viernes, 7 de mayo de 2010

4 OPINIONES SOBRE MOCKUS DESDE VENEZUELA


YO NO VOY A MOCKUS


Emilio Nouel V.


Los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia, hoy como nunca antes, deben interesarnos a los venezolanos. Si eventos electorales mucho más lejanos no dejan de repercutir en nosotros, con mucho más razón los de nuestro vecino, al que nos ligan y ligarán un sin número de vínculos por los siglos de los siglos.

Hoy por hoy, no nos podemos sustraer de la intensa interdependencia global, y ésta es, sin duda, también política. Lo que pase allá en Colombia traerá consecuencias, buenas o malas, para los venezolanos y la región; al igual que lo que suceda aquí, incidirá en los acontecimientos de allá y en el continente. No hace falta abundar en razones al respecto.

Pero si eso es cierto en condiciones normales, en las presentes lo son aun más.

Así las cosas, no nos queda otra que comentar esas elecciones, sobre todo, lo que empiezan a apuntar las encuestas, y éstas indican, hasta ahora, que tendremos un duelo final entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus.

Llama la atención el vertiginoso ascenso del último, similar a otros casos que hemos visto en Latinoamérica. En un año, Mockus no ha hecho sino subir en la preferencia del electorado colombiano, colocándose en la actualidad en el primer lugar.

Mockus, como se sabe, ha sido un Alcalde exitoso, académico reconocido, hombre inteligente, aunque extravagante; a ratos atrabiliario, y muy dado a los gestos espectaculares que rompen con los cánones y la circunspección de la política tradicional. Para sus detractores, es una persona imprevisible, que se equivoca mucho, no se conoce a ciencia cierta su rumbo, que es un fenómeno aluvional, “más cercano a las nubes que a la tierra”, seráfico, y populista típico latinoamericano, débil de carácter, y, en fin, una incógnita política en muchos aspectos, lo que representaría un alto riesgo para la sociedad colombiana y sus instituciones asediadas por graves amenazas. Un líder de estas características, según éstos, no sería entonces el indicado para enfrentar los retos no resueltos de Colombia. Plinio Apuleyo Mendoza señala que “Con Mockus, el enigma y los riesgos que conlleva son los mismos. Es etéreo, brumoso, imprevisible, expuesto a cada paso a rectificarse a sí mismo. ¿Adónde nos llevaría? De pronto ni él mismo lo sabe”.

Sus seguidores, por el contrario, señalan grandes virtudes en Mockus. Brillante administrador y ejecutor, honesto, moderno, eficaz, dialogante, “la fuerza tranquila”, dirige un equipo triunfador, no proviene de las oligarquías partidistas y dispondría del temple suficiente para enfrentar a la delincuencia, el narcotráfico y la guerrilla.

Obviamente, Mockus pareciera representar una opción fuerte de la población colombiana fatigada de la dirigencia política, de la violencia y de los problemas sociales no resueltos. Quizás, para la mayoría de los colombianos pueda ser lo mejor, pero no estamos tan seguros de ello.

Mockus es un político ubicado en el centro-derecha del espectro político, a pesar de sus gestos irreverentes, propios de la izquierda. Es partidario de la economía de mercado, de apertura a las inversiones extranjeras y el libre comercio. Para algunos es neoliberal.

No obstante, como simple observador venezolano debo enmarcar este asunto en un entorno mucho más amplio, incluso más allá de las relaciones bilaterales.

El régimen autoritario bajo el cual vivimos promueve un proyecto político-ideológico hemisférico (ALBA) expansionista, tiene relaciones estrechas con las FARC, y con la llamada Coordinadora Bolivariana Continental.De allí que no sea ocioso preguntarse sobre lo que más convendría que ocurriese en Colombia para las fuerzas democráticas venezolanas y su propósito de recuperar la democracia.

¿Es preferible un mandatario que pongan un freno a aquellas pretensiones de Chávez y su expansionismo o uno que permita que sus designios autoritarios se sigan proyectando?

Porque si en Venezuela no tuviéramos ése régimen, que amenaza a la región, quizás estos comentarios transitarían por otros derroteros, y las preferencias respecto de las figuras que se disputan la presidencia de Colombia serían otras; el asunto, si bien se mantendría como importante, sería, sin embargo, menos preocupante. Podríamos expresar nuestras preferencias con mayor comodidad.

En Venezuela, la figura de Mockus atrae mucho. Hemos visto políticos, analistas y humoristas pronunciarse al respecto, en su mayor parte, favorablemente. Pero los enfoques no calibran suficientemente la significación y los efectos probables de un triunfo de Mockus en Colombia para el desarrollo de la oposición democrática en nuestro país.

Hay opiniones muy superficiales, como, por ejemplo, la que dice que a Chávez le conviene un triunfo de Santos porque así podrá mantener la confrontación viva con un factor exterior, “el enemigo externo”, lo cual reforzaría su posición en lo interno. Eso no es necesariamente así. ¿Acaso necesita Chávez a Santos para ser confrontacional? ¿No viene de decir en UNASUR que no le importa quien gane en Colombia, porque igual se entenderá con ese gobierno?

Estas opiniones dan por descontado que con Mockus, Chávez estaría apaciguado, “desarmado”, porque no tendría con quien pugnar, ni dispondría de enemigos externos a señalar, lo cual podría facilitar más una salida democrática en Venezuela.

Esta hipótesis, expresada, incluso, por Fernando Mires, no nos luce bien sustentada, conociendo la naturaleza del gobernante de Venezuela y sus arrebatos.

A nuestro juicio, Chávez se enfrentará, más temprano que tarde, con Santos o con Mockus, o con quien sea. Enemigos externos a elegir le sobrarán, así tenga a un Mockus en Colombia tranquilo. Si no es Mockus, los conseguirá en la oligarquía de Colombia, en EEUU, en Chile o en Europa. Por otro lado, no alcanzamos ver cómo una salida democrática en Venezuela podría acelerarse con Mockus en la presidencia; más bien, percibimos que se prolongaría en el tiempo con un Mockus, “apaciguado” y/o “apaciguador”, “neutralizado”, o en el peor de los casos, “zelayizado”. No cabe la menor duda, sería una presión menos para Chávez, un flanco cubierto, que le permitiría avanzar en sus planes con las FARC, la Coordinadora Bolivariana Continental y la ALBA, desembarazado, como estaría, de un factor que lo frene o enfrente; y con esto no queremos que se infiera que el presidente colombiano deba ser beligerante ante Chávez. Pero permítannos dudar de que Mockus se conduzca adecuadamente frente a un aliado de Chávez: las FARC.

Ciertamente, para la industria y el comercio colombianos sería un gran alivio un Mockus que haga las paces con Chávez. ¿Y para Venezuela sería lo mismo? Me refiero a sus industriales y comerciantes, asediados, confiscados, sin dólares para importar, con sus derechos económicos en proceso de extinción. Para éstos, a mi juicio, nada cambiaría sustancialmente.

Para los consumidores venezolanos, quizás sea positivo también; tendrían mayores opciones de compra, y el gobierno venezolano se aliviaría igualmente al no tener la presión del problema de la falta de alimentos y otros productos que reiniciarían su ingreso desde Colombia.

El “fenómeno electoral Mockus”, “la bola de Mockus” o “el tsunami verde” es probable que gane en las elecciones de Colombia.

Como venezolano, sin embargo, no apuesto a ese triunfo, y que me disculpen los colombianos que lo siguen. Pero este asunto no es sólo del interés de ellos, es también continental, y es, por supuesto, nuestro. Yo no voy a Mockus.


EMILIO NOUEL V.


MOCKUS Y COLOMBIA

Antanas Mockus se ha convertido en un artista de lo inesperado y tanto es así que estoy seguro que a él no le extrañaría llegar a ser Presidente de la República de Colombia. No es el destape de su trasero pálido el primer ensayo exitoso de llamar la atención, si tomamos por cierto lo que él mismo narra en el bello libro “Gracias Maestra” de la Fundación Compartir. Cuenta allí: “El profesor Restrepo me animó sin quererlo a cometer mi primer sacrilegio: en una izada de banderas, aburrido con la actitud displicente de mis compañeros, insulté al pabellón patrio y ante el silencio absoluto que siguió al improperio, insulté a los presentes por haber dejado insultar a la bandera”.

Y así le ha ido bien. El listado de ejemplos sería, oh gloria, inmarcesible, y por ello no patinaré en esa tinta pintada de elefantes, disfraces, vasos de agua vaciados sobre el rostro del oponente político. Pero nada en privado; todo en público. Preparado con cálculo matemático, que para eso también sirven los números. Imágenes, escenarios, resultados. Y a los colombianos les ha agradado ese espectáculo, pues hasta su propio mal de Parkinson ha consolidado a su electorado.

Esa combinación de “mono” (catire), sin pasado partidista, eficiente, en ambiente circense, ha calado en un país aburrido de las formulas partidistas que no han hecho sino revalidar el pasado: azules y rojos, liberales y conservadores, cachacos y corronchos, godos y cachiporros, pájaros, chulavitas, uribistas. Sociedad cansada además de líderes, gamonales, barones de la guerra, caudillos, y también de estilos de hacer política. Paralelamente se ha registrado un cambio en la agenda de temas que preocupan a la gente, tanto así que la seguridad, por ejemplo, ya no es prioridad en ese menú del desasosiego ciudadano, como si lo son ahora la educación, la legalidad, el medio ambiente, los derechos humanos y otros valores post-materialistas, dicen.

Los “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez, y la cultura que allí se idealiza, pareciera desvanecerse frente a un hiperrealismo neurálgico que ha encontrado en la Ola Verde una alternativa existencial, psiquiátrica más que política, en el país que fuera de Aureliano Buendía, Tiro Fijo, Raúl Reyes, Pablo Escobar, Gaitán y tantos otros, que son parte de un pasado mitológico y atávico. Cual cadáveres insepultos son una sola sombra larga que aún vaga por Colombia causando terror y horror sobre una población que les teme pero que ni los respeta ni los sigue. Es otra dimensión. Dos Colombias, dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad. Uno en el pecado y otro en la redención.

Recuerdo que Mockus estuvo en Caracas en 1997, ya siendo aspirante presidencial de su país para las elecciones que se celebrarían en 1998 y que llevaron a la Presidencia a Andrés Pastrana, último presidente antes de Uribe, el gemelo de Chávez, que abrió, sin maquinarlo, las puertas para que se convirtiera en el fenómeno que es hoy.

Leandro Area


MOCKUS
Alonso Moleiro

Aunque muchos voceros locales, algunos de ellos personas de toda mi amistad y aprecio, se encrespan y se preocupan con su sola mención, tengo que confesar que, cuando hablamos de Colombia, a mí me simpatiza el nombre, la candidatura y lo medular de la propuesta de Antanas Mockus.

A Mockus se le ha retratado como un plumífero vocero intrascendente; como un monigote enamorado de sí mismo, portador de un liderazgo que constituye todo un riesgo a las instituciones y las buenas costumbres. En uno de estos aluvionales especialistas en abrir zanjas para imponer de forma unilateral autocracias constituidas a partir de sus antojos. Para entendernos: en un Hugo Chávez con cara de Fujimori.

Una alarma que a mí me luce desproporcionada, que no me convence, por conservadora y amante de los modales, y que se me parece demasiado a la monserga de una tía escandalizada cuando un muchacho le trae a la casa, en calidad de invitado, a un amigo algo más "malportado" de la cuenta.

Un intelectual por derecho propio, con horas de vuelo académico, un civil que postula, antes que la necesidad de las balas, la promoción del conocimiento.

Un comprobado gerente público, pionero de la milagrosa renovación urbana de Bogotá. Mockus y su partido Verde parecen portadores de una sofisticada propuesta política con interesantes elementos progresistas, en cuyo eje hacen su presencia elementos adicionales a la necesidad de la guerra. Como me lo han atestiguado periodistas amigos del otro lado de la frontera, los colombianos comienzan a hacerle caso ahora, en la misma medida que las cosas comienzan a mejorar. Parecen suponer, y tienen todo el derecho, que pueden superar el espantoso dilema de apoyar una banda de matones en el Ejército y el universo paramilitar para acabar con la plaga de la narcoguerrilla. Democracia no es sólo equilibro de poderes: democracia son derechos humanos. Los excesos del uribismo no son sólo aquellos que lucen inevitables, los que son producto de la guerra. Descansan sobre la ristra de muertos dejados en fila por una aceitada máquina de matar personas y arrasar con poblaciones enteras, al tiempo que se comprometen voluntades en el Parlamento y se filtra el alto gobierno de toda suerte de marramucias. Los paramilitares y la parapolítica.

¡Qué dirán mis amigas de Chapinero! Clama un horrorizado Plinio Apuleyo, el liberal más conservador del hemisferio. Cierto: no es Mockus tan patiquín; no es jerarca de partido; no es amigo de banqueros; no lo tenían en la lista de la fiesta. Si Mockus fuera como el bonaerense Macri no habría problemas en que fuera outsider. He escuchado a venezolanos afirmar, no sin algo de razón, que desde acá no hay opciones; que no es este tiempo de exquisiteces, que se necesita una mano firme que detenga el proyecto chavista en la región y que no podemos ser ingenuos al decantarnos por el extravagante alcalde de marras. Todo lo cual no me impide comprender las razones adicionales de mis hermanos colombianos ahora que el barbado sin bigotes crece en las encuestas. Son ellos, y no nosotros, los llamados a decidir quién los va a gobernar.


TSUNAMI VERDE

MANUEL F. SIERRA

Cada día el “tema Chávez” cobra mayor fuerza en la lucha presidencial colombiana. Mockus, para eludir un asunto que le resulta dañino en términos de opinión, asegura que no permitirá que se repita en su país el caso venezolano. El mandatario, en una frase que ayuda al candidato verde, asegura que “pasará la página” del conflicto. Santos anuncia que acentuará su condición de heredero político de Uribe. En todo caso, pareciera que el interés de Chávez en la política colombiana es un asunto de los gobernantes de ese país; y no es así. Colombia es una meta fundamental en los objetivos del socialismo del siglo XXI; y, gane quien gane las elecciones, Chávez no bajará la guardia e incrementará seguramente sus relaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Lo que ya prendió en Bolivia, Ecuador y está latente en Perú, resultaría incompleto si no contamina el poder en Colombia. En esto no ha habido cambios. No fueron distintas las relaciones con Pastrana ni Uribe, ni lo serán con Santos o Mockus. Chávez reforzó sus vínculos con las FARC durante el diálogo de paz propuesto por Pastrana y no dejó de marcar distancia con el gobierno de éste. Fue una época en la cual las fuerzas militares reforzaron su capacidad bélica y dieron paso al Plan Colombia, y en que las FARC recobraron aliento como actores políticos ante el mundo.

La “seguridad democrática” de Uribe, endureció la lucha antisubversiva y alcanzó victorias consecutivas que dieron la impresión de una definitiva derrota de la subversión. La muerte de Tirofijo, víctima de un cáncer, estimuló la percepción de una inevitable aniquilación de la narcoguerrilla. Chávez asumió, entonces, una actitud mucho más frontal contra Uribe y la respuesta de éste en el mismo tenor estableció un duelo que favoreció el interés doméstico de ambos.

Gane Santos o Mockus se aplicará la doctrina Uribe porque es ya una política de Estado. La victoria de Santos reforzaría la ofensiva militar; y la de Mockus abriría el juego político y podría replantear el ritmo de las operaciones bélicas. Chávez estaría en condiciones de responder en cada caso sin que ello implique renunciar a sus objetivos estratégicos. Hoy parece existir un sentimiento mayoritario favorable a una pausa en la confrontación, que explicaría una victoria de Mockus.

Pero la guerra no ha terminado. Chávez lo sabe, y Santos y Mockus también.


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jueves, 6 de mayo de 2010

El candidato es la unidad
Teodoro Petkoff
Tal Cual

Prácticamente conformados los lineups para el próximo encuentro electoral (faltando sólo el del PPT, que, por razones obvias, adquiere una significación que no se debe subestimar), tenemos ahora por delante los 150 duros días de la campaña electoral, que oficialmente o no, ya está arrancando.

Para la oposición no es suficiente el empeño que sin duda pondrán en la campaña sus candidatos y la fuerza unitaria que los apoya. Necesita el respaldo firme, sin reticencias ni reservas, de parte del vasto electorado que adversa a Chacumbele y su camarilla. Todavía se leen por ahí críticas a la Mesa Democrática, muchas de ellas injustas y desenfocadas, cuando no mal informadas. ¿Que no fueron satisfechas todas las expectativas en materia de candidatos? No podía ser de otro modo, por una ley de la Física que no es muy difícil de entender: el espacio ocupado por un cuerpo sólido no puede ser ocupado simultáneamente por otro. Había que escoger, ya sea en la propia Mesa o mediante primarias. Y la selección se hizo con base en reglamentos previamente establecidos, aprobados por todos los participantes y cuyo estricto cumplimiento fue una de las claves del éxito, porque hacer excepciones era el camino seguro para el desencuentro definitivo y la torta final.

Quienes abogan todavía por Enrique Mendoza, por ejemplo, deberían comprender que por muchos que sean sus méritos, no se podía hacer en su caso una excepción a la regla que reservaba a los partidos de la MUD las listas de los estados, en el orden de llegada de las elecciones de gobernadores y alcaldes en noviembre de 2008.

Si se hacía esa excepción se destapaba una caja de Pandora. ¿Por qué él y no yo? Su posterior pretensión de que se le dé el circuito de Petare, ya asignado cuando él solicitaba la cabeza de la lista y más bien rechazaba opciones que se le ofrecían en los circuitos (”o la cabeza de la lista o nada”, decía) implicaría desplazar al candidato existente y barajar todo el juego, y seguramente no sólo en Miranda.Ahora amenaza con lanzarse solo en caso de que no se ceda a su petición. Pelará bola porque el electorado castigará la que a todas luces sería una conducta absolutamente divisionista. Un poquito de sentido común, Mendoza, que el mundo no se acaba en septiembre.

El hobby favorito de algunos, que es despotricar de los partidos, no valora el enorme esfuerzo que estos han hecho por superar, en la práctica, errores del pasado. La unidad alcanzada es la mejor autocrítica y la demostración de que no se quiere tropezar dos veces con la misma piedra. Comenzar por reconocer esto es el primer paso para asumir el resultado unitario como un logro formidable. La unidad es la gran candidatura. Los críticos gratuitos de los partidos políticos deberían preguntarse si había alguna otra institución o grupo de ellas (¿la sociedad civil?) que hubiera podido cumplir ese cometido. ¿La había? No la había, no la hay, ni la habrá. De modo que quienes produjeron ese “milagro” merecen reconocimiento y el respaldo decidido y sin tapujos de todos, porque si seguimos con esta babiecada de sembrar pesimismo lanzando descalificaciones injustas y caprichosas, lo único que podemos ganar es una derrota.



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miércoles, 5 de mayo de 2010

YO NO VOY A MOCKUS

Los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia, hoy como nunca antes, deben interesarnos a los venezolanos. Si eventos electorales mucho más lejanos no dejan de repercutir en nosotros, con mucho más razón los de nuestro vecino, al que nos ligan y ligarán un sin número de vínculos por los siglos de los siglos.

Hoy por hoy, no nos podemos sustraer de la intensa interdependencia global, y ésta es, sin duda, también política. Lo que pase allá en Colombia traerá consecuencias, buenas o malas, para los venezolanos y la región; al igual que lo que suceda aquí, incidirá en los acontecimientos de allá y en el continente. No hace falta abundar en razones al respecto.

Pero si eso es cierto en condiciones normales, en las presentes lo son aun más.

Así las cosas, no nos queda otra que comentar esas elecciones, sobre todo, lo que empiezan a apuntar las encuestas, y éstas indican, hasta ahora, que tendremos un duelo final entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus.

Llama la atención el vertiginoso ascenso del último, similar a otros casos que hemos visto en Latinoamérica. En un año, Mockus no ha hecho sino subir en la preferencia del electorado colombiano, colocándose en la actualidad en el primer lugar.

Mockus, como se sabe, ha sido un Alcalde exitoso, académico reconocido, hombre inteligente, aunque extravagante; a ratos atrabiliario, y muy dado a los gestos espectaculares que rompen con los cánones y la circunspección de la política tradicional. Para sus detractores, es una persona imprevisible, que se equivoca mucho, no se conoce a ciencia cierta su rumbo, que es un fenómeno aluvional, “más cercano a las nubes que a la tierra”, seráfico, y populista típico latinoamericano, débil de carácter, y, en fin, una incógnita política en muchos aspectos, lo que representaría un alto riesgo para la sociedad colombiana y sus instituciones asediadas por graves amenazas. Un líder de estas características, según éstos, no sería entonces el indicado para enfrentar los retos no resueltos de Colombia. Plinio Apuleyo Mendoza señala que “Con Mockus, el enigma y los riesgos que conlleva son los mismos. Es etéreo, brumoso, imprevisible, expuesto a cada paso a rectificarse a sí mismo. ¿Adónde nos llevaría? De pronto ni él mismo lo sabe”.

Sus seguidores, por el contrario, señalan grandes virtudes en Mockus. Brillante administrador y ejecutor, honesto, moderno, eficaz, dialogante, “la fuerza tranquila”, dirige un equipo triunfador, no proviene de las oligarquías partidistas y dispondría del temple suficiente para enfrentar a la delincuencia, el narcotráfico y la guerrilla.

Obviamente, Mockus pareciera representar una opción fuerte de la población colombiana fatigada de la dirigencia política, de la violencia y de los problemas sociales no resueltos. Quizás, para la mayoría de los colombianos pueda ser lo mejor, pero no estamos tan seguros de ello.

Mockus es un político ubicado en el centro-derecha del espectro político, a pesar de sus gestos irreverentes, propios de la izquierda. Es partidario de la economía de mercado, de apertura a las inversiones extranjeras y el libre comercio. Para algunos es neoliberal.

No obstante, como simple observador venezolano debo enmarcar este asunto en un entorno mucho más amplio, incluso más allá de las relaciones bilaterales.

El régimen autoritario bajo el cual vivimos promueve un proyecto político-ideológico hemisférico (ALBA) expansionista, tiene relaciones estrechas con las FARC, y con la llamada Coordinadora Bolivariana Continental.De allí que no sea ocioso preguntarse sobre lo que más convendría que ocurriese en Colombia para las fuerzas democráticas venezolanas y su propósito de recuperar la democracia.

¿Es preferible un mandatario que ponga un freno a aquellas pretensiones de Chávez y su expansionismo o uno que permita que sus designios autoritarios se sigan proyectando?

Porque si en Venezuela no tuviéramos ése régimen, que amenaza a la región, quizás estos comentarios transitarían por otros derroteros, y las preferencias respecto de las figuras que se disputan la presidencia de Colombia serían otras; el asunto, si bien se mantendría como importante, sería, sin embargo, menos preocupante. Podríamos expresar nuestras preferencias con mayor comodidad.

En Venezuela, la figura de Mockus atrae mucho. Hemos visto políticos, analistas y humoristas pronunciarse al respecto, en su mayor parte, favorablemente. Pero los enfoques no calibran suficientemente la significación y los efectos probables de un triunfo de Mockus en Colombia para el desarrollo de la oposición democrática en nuestro país.

Hay opiniones muy superficiales, como, por ejemplo, la que dice que a Chávez le conviene un triunfo de Santos porque así podrá mantener la confrontación viva con un factor exterior, “el enemigo externo”, lo cual reforzaría su posición en lo interno. Eso no es necesariamente así. ¿Acaso necesita Chávez a Santos para ser confrontacional? ¿No viene de decir en UNASUR que no le importa quien gane en Colombia, porque igual se entenderá con ese gobierno?

Estas opiniones dan por descontado que con Mockus, Chávez estaría apaciguado, “desarmado”, porque no tendría con quien pugnar, ni dispondría de enemigos externos a señalar, lo cual podría facilitar más una salida democrática en Venezuela.

Esta hipótesis, expresada, incluso, por Fernando Mires, no nos luce bien sustentada, conociendo la naturaleza del gobernante de Venezuela y sus arrebatos.

A nuestro juicio, Chávez se enfrentará, más temprano que tarde, con Santos o con Mockus, o con quien sea. Enemigos externos a elegir le sobrarán, así tenga a un Mockus en Colombia tranquilo. Si no es Mockus, los conseguirá en la oligarquía de Colombia, en EEUU, en Chile o en Europa. Por otro lado, no alcanzamos ver cómo una salida democrática en Venezuela podría acelerarse con Mockus en la presidencia; más bien, percibimos que se prolongaría en el tiempo con un Mockus, “apaciguado” y/o “apaciguador”, “neutralizado”, o en el peor de los casos, “zelayizado”. No cabe la menor duda, sería una presión menos para Chávez, un flanco cubierto, que le permitiría avanzar en sus planes con las FARC, la Coordinadora Bolivariana Continental y la ALBA, desembarazado, como estaría, de un factor que lo frene o enfrente; y con esto no queremos que se infiera que el presidente colombiano deba ser beligerante ante Chávez. Pero permítannos dudar de que Mockus se conduzca adecuadamente frente a un aliado de Chávez: las FARC.

Ciertamente, para la industria y el comercio colombianos sería un gran alivio un Mockus que haga las paces con Chávez. ¿Y para Venezuela sería lo mismo? Me refiero a sus industriales y comerciantes, asediados, confiscados, sin dólares para importar, con sus derechos económicos en proceso de extinción. Para éstos, a mi juicio, nada cambiaría sustancialmente.

Para los consumidores venezolanos, quizás sea positivo también; tendrían mayores opciones de compra, y el gobierno venezolano se aliviaría igualmente al no tener la presión del problema de la falta de alimentos y otros productos que reiniciarían su ingreso desde Colombia.

El “fenómeno electoral Mockus”, “la bola de Mockus” o “el tsunami verde” es probable que gane en las elecciones de Colombia.

Como venezolano, sin embargo, no apuesto a ese triunfo, y que me disculpen los colombianos que lo siguen. Pero este asunto no es sólo del interés de ellos, es también continental, y es, por supuesto, nuestro. Yo no voy a Mockus.

EMILIO NOUEL V.


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martes, 4 de mayo de 2010

VENEZUELA: LA SALIDA SERÁ POR EL CENTRO

Fernando Mires

1. Elecciones parlamentarias son en una democracia un procedimiento formal en donde perdiendo o ganando es posible reordenar la correlación política de fuerzas mediante sustituciones y nuevas alianzas. No ocurre lo mismo en un marco determinado por una dictadura militar. En esas circunstancias las elecciones son llevadas a cabo en un ambiente lleno de miedos, incertidumbres y dudas, y por si fuera poco, en un espacio extremadamente polarizado donde no caben alternativas intermedias.

Las elecciones bajo una dictadura no cumplen, luego, la función de reordenar el juego político. Mediante elecciones, muchas veces fraudulentas, los dictadores buscan obtener una nueva carta que les permita aumentar su poder, esta vez por la vía de la legitimación pública. No son las elecciones, como en las democracias, un fin en sí. Son un simple medio de un proyecto que culminará con la toma del poder total. De ahí que para los dictadores las elecciones son sólo batallas que hay que ganar para, en un momento dado, destruir políticamente a sus enemigos. Esa es la razón por la cual los dictadores, en las raras ocasiones en que pierden elecciones, no reconocen los resultados.

Mas, por otro lado, la pérdida de legitimación política – y este es el riesgo que corren los dictadores al convocar a elecciones- ha sido en muchas ocasiones el comienzo del fin de cada dictadura, a menos de que la dictadura acepte la chance de la democratización del poder, decidiéndose a compartir algunas partes de ese poder, con la oposición. Está quizás de más decir que en la historia no hay ni un solo ejemplo parecido. En efecto, es mucho más fácil que una democracia se convierta en una dictadura a que una dictadura se convierta en una democracia. Ese es también el dilema que probablemente enfrentará el gobierno militar de Chávez a partir del 26 de septiembre del 2010. Naturalmente no faltará quien opine que ese dilema es falso porque el gobierno de Chávez no es en sentido estricto una dictadura, o por lo menos, no es una dictadura clásica.

En sentido estricto, una dictadura se caracteriza por la militarización de poder político y por la concentración bajo un solo mando de los tres poderes del Estado. En el caso de Venezuela basta observar la hegemonía de los cuadros militares en los aparatos de poder, o la extrema militarización que han alcanzado las organizaciones sociales de las cuales las llamadas “guerrillas comunicacionales” son sólo el último ejemplo. La celebración de efemérides civiles con paradas militares al estilo norcoreano es otro ejemplo. La verdad, ni siquiera las dictaduras del Cono Sur llevaron a cabo una militarización tan detallada de las instituciones públicas y de las organizaciones sociales como la que está teniendo lugar en la Venezuela de Chávez.
En cuanto a la concentración autocrática del poder, y más allá de que la AN haya sido regalada a Chávez por una errática oposición, el hecho objetivo es que la AN es una dependencia más del ejecutivo. Del poder judicial ni el más empecinado chavista podría negar que se encuentra al servicio de las decisiones y ocurrencias del presidente. Los presos políticos son, por último, el trágico testimonio de la existencia de una dictadura pues como dijo una vez el ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias: “en una democracia no hay presos políticos”. De tal modo, no veo ningún impedimento ni político ni politológico para referirse al gobierno de Venezuela como a una dictadura militar, una más de las tantas que han asolado nuestro desdichado continente.

Después de todo, la gran mayoría de las dictaduras han sido plebiscitarias. Se argumentará quizás que el gobierno de Chávez no es dictadura porque no es plebiscitario sino electoral. Falsa afirmación: Chávez ha convertido cada elección en un plebiscito en torno a su persona. En Venezuela se vota a favor o en contra de Chávez; así de simple.

2. No obstante, todas las dictaduras alcanzan, tarde o temprano, su periodo de descenso. En ese sentido algunos comentaristas venezolanos, basados en recientes encuestas, opinan que la dictadura de Chávez ha comenzado a vivir su fase terminal. Sin embargo, basar opiniones en encuestas es en política algo arriesgado, sobre todo si estamos hablando de un líder como Chávez quien ha demostrado, y más de una vez, capacidad para revertir encuestas, aún al precio de amenazar con prisión a los contrincantes. Recursos monetarios le sobran, y los medios de propaganda y coerción que maneja, son múltiples.

Hay que reconocer, no obstante, que para Septiembre del 2010 los candidatos que enviará Chávez a la palestra pública no las tendrán todas consigo. No sólo porque el país atraviesa una profunda crisis económica y energética, irrecuperable a corto plazo. No sólo porque sus candidatos ostentan un bajísimo nivel político. No sólo porque después de 11 años el mandatario no ha podido, quizás no ha querido, resolver los problemas más inmediatos de la sociedad venezolana, entre ellos el sistema hospitalario y la seguridad pública. Además, y por si fuera poco, Chávez ha unido el destino de su nación al de otra nación en bancarrota económica, política y moral: la Cuba de los Castro, hasta el punto que el siniestro hermano menor opina que Venezuela y Cuba son cada vez más “la misma cosa”.

Intentar ganar elecciones ofreciendo como alternativa el modelo cubano es un desatino increíble. Pero además de eso, el más grave problema para Chávez es que no sólo necesita ganar. Para que su proyecto de totalización del poder pueda ser posible, necesita, sobre todo, ganar de un modo abrumador, o como dice en su tierno lenguaje, necesita “pulverizar a la oposición”. Y ese objetivo, por lo menos hasta el día en que se escriben estas líneas, parece inalcanzable. Veamos:

De las elecciones de Septiembre del 2010 pueden surgir cuatro alternativas. La primera es que efectivamente Chávez obtenga una mayoría abrumadora. Si esto ocurre el destino de la nación tendrá sus días contados. El de la oposición, y sobre todo el de la disidencia, también. Ya hablaremos de eso.

La segunda alternativa es que la oposición pierda, pero obteniendo un porcentaje respetable de votos, digamos, no menos o alrededor del 45%. Si eso ocurre, se mantendrá hasta el 2012 -cuando tengan lugar las elecciones presidenciales- el neurótico empate que caracteriza la vida política de Venezuela. En esa dirección, aún perdiendo, la oposición podría obtener algunas ganancias relativas: aumentar por ejemplo su presencia discutitiva en la AN, o abrirse a futuras deserciones que ocurrirán en el campo chavista, y no por último, como siempre sucede en elecciones parlamentarias, generar nuevos liderazgos con vistas al 2012.

La tercera alternativa sería muy buena para la oposición, y es que, dado el sistema truculento que inventaron los secuaces de Chávez para hacer imposible un triunfo de la oposición (Ley Orgánica de Procesos Electorales), podría ser posible que la oposición obtenga la mayoría nacional, pero no la mayoría parlamentaria. En esas condiciones la pérdida de legitimidad no sólo de la AN sino, además, del propio gobierno, sería enorme.

La cuarta alternativa significaría para la oposición un verdadero triunfo histórico: obtener la mayoría nacional y la mayoría parlamentaria a la vez. Se trata, por cierto, de un objetivo dificilísimo, mas no absolutamente imposible. Si eso ocurriera, la dictadura, aunque no el gobierno de Chávez, habría llegado a su fin.

En síntesis, de las cuatro alternativas Chávez tiene solo una positiva. La oposición en cambio cuenta con una sola alternativa muy mala, con una buena, con una ni tan buena ni tan mala y con una extraordinaria. Vale la pena jugarse.

O para decirlo en pocas palabras: las probabilidades de que la dictadura de Chávez no quede bien parada después de Septiembre del 2006 y que a partir de esa fecha comience su fase de descenso, no son pocas. Lo cierto es que el resultado de las elecciones del 2010 será muy decisivo para el año 2012,

Pensar en el 2012 en medio del 2010 es, por supuesto, un error político. Pero no es un error politológico, y vale la pena aclarar la diferencia. Desde el punto de vista político lo único que debe hacer la oposición es concentrar todos sus esfuerzos para obtener un triunfo electoral. No tiene por lo demás otra alternativa. Desde el punto de vista politológico, que no es el de los políticos sino el de los analistas de la política, hay que barajar todas las posibilidades, analizar todos los escenarios y extraer todas las consecuencias posibles. El analista que escribe sólo de acuerdo al escenario político inmediato es un mal analista, de la misma manera que el político que piensa en plazos demasiado largos es un mal político. La política es presente y nada más que presente.

Ahora, desde el punto de vista politológico, y no desde el político, es posible suponer que a partir de las elecciones de septiembre del 2010 existirán condiciones para que comience, definitivamente, el periodo de descenso de la dictadura de Chávez.

Mi otra afirmación – que es a la vez la tesis central del presente artículo- es que la redemocratización de la política venezolana deberá ocurrir a través del centro político y no a través del polo que representa el anti-chavismo más radical. ¿En qué baso esa afirmación? Primero, en muchas experiencias históricas. Segundo, en que en Venezuela no sólo existe una oposición políticamente constituida sino, además, una disidencia representada en estos momentos por los sectores que siguen al chavismo constitucional del gobernador del Estado Lara, Henry Falcón. Esto significa que en Venezuela se dan todas las condiciones para que –más temprano que tarde- tenga lugar una relación dialéctica entre oposición y disidencia, relación que es, a la vez, el preámbulo del descenso de toda dictadura. La tercera razón es que el ambiente internacional, sobre todo el latinoamericano, es y será cada vez más desfavorable para un proyecto radical y polarizante como el que representa Hugo Chávez. Vamos entonces por partes.

3. Antes que nada hay que constatar que el tema relativo al descenso de las dictaduras no ha sido una ocupación predilecta de la teoría política. A diferencia de la abundante literatura que existe acerca del tema de la articulación y ascenso de los movimientos nacionalistas y populistas que han llevado al establecimiento de dictaduras, el del descenso y de la desarticulación política de las dictaduras ha sido tratado con cierto descuido. Razón inexplicable pues acerca de ese tema existe un nutrido aporte historiográfico.

Uno de los pocos autores que ha tratado el tema del descenso dictatorial desde una lúcida perspectiva teórica ha sido Nicos Poulantzas en su ya antiguo pero siempre actual libro “La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia y España”. En ese texto Poulantzas hace algunas constataciones básicas que son perfectamente traspasables a otras experiencias históricas. Una de ellas es que la condición del descenso dictatorial surge cuando en el “bloque en el poder” aparecen notorias fracciones o rupturas (disidencias). Otra, es que esas fracciones se articulen con la oposición democrática al régimen, teniendo lugar así una alternativa “centrista”. Por último, para Poulantzas –marxista al fin- el proceso de democratización política es inseparable de la modernización económica que tiene lugar a nivel internacional. Todas esas condiciones se dieron efectivamente en el descenso de las dictaduras sur-europeas.

Si no hubiese aparecido la disidencia interfranquista representada por el habilidoso falangista Adolfo Suárez; si no hubiese aparecido la disidencia militar al interior del ejército colonial de Oliveira Salazar; si la oficialidad joven de Grecia no hubiese desobedecido a los “coroneles”, la democratización de esas naciones no habría sido posible sin pasar por los traumas de cruentas guerras civiles. En todos esos casos la salida ocurrió no por los extremos sino por el centro.

Del mismo modo, la segunda ola democratizadora (Hungtinton) que fue la ocurrida en la URSS y en sus satélites de Europa Central y del Este, también fue posible gracias a las disidencias que tuvieron lugar al interior de las Nomenklaturas (clases dominantes de Estado).

La caída de las dictaduras comunistas comenzó a vislumbrarse desde el momento en que al interior del Partido Comunista Soviético, Gorbachov, un hombre del régimen, pasó a ser el portador de una disidencia intra-dictatorial. No fue, por lo tanto, la heroica resistencia anticomunista sino el pragmatismo gorbachiano el hecho que permitió el enlace entre la oposición interna y la disidencia externa. De igual manera, en Polonia, la alianza entre Iglesia y Solidarnosc no habría servido de nada si es que algunos miembros de la Nomenklatura, entre ellos el propio general Jaruzelski, no hubiesen tomado contacto con la masiva resistencia democrática de la nación. Pero quizás el caso más dramático ocurrió en la RDA, cuando el dirigente comunista Egon Krenz mandó abrir el nefasto muro de Berlín oponiéndose así a las decisiones genocidas de Honecker y su esposa Margot. Tanto en ese, como en otros casos (habría que agregar Hungría y Checoeslovaquia) la salida fue por el centro, o lo que es parecido: de ese enlace, muchas veces fortuito, entre la disidencia interna y la oposición externa.

De la misma manera, la tercera ola democratizadora del siglo veinte, que fue la ocurrida en América Latina de los años ochenta del pasado siglo, sobre todo durante el declive de las dictaduras del Cono Sur, tuvo como portadores a estadistas representantes del centro político. El demócrata-cristiano chileno Patricio Alwyn fue incluso uno de los impulsores del golpe de Estado de Pinochet, pero a la vez tuvo que ponerse, mucho después, a la cabeza de la democratización del país. En Argentina, la democratización no podía ser llevada a cabo por los peronistas, eternos contrincantes del Ejército. Fue Raul Alfonsín, del Partido Radical, quien tuvo que asumir la salida institucional centrista de la nación. Lo mismo ocurrió en el Uruguay de José María Sanguinetti. En todos estos casos, la salida ocurrió por el centro y no desde la oposición radical.

Que la salida de una dictadura ocurra por el centro y no por los extremos, es el motivo por el cual algunos dictadores, dándose cuenta del peligro que representan las posiciones centristas, han atacado con más furia a los representantes del centro político que a la propia oposición. Recordemos que en Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro fue enviado a asesinar por la dictadura somocista. Lo mismo ocurrió en Filipinas con el político centrista Benigno Aquino, enviado asesinar por la dictadura de Ferdinand Marcos. En El Salvador, el asesinado Monseñor Óscar Arnulfo Romero representaba las posiciones del centro democrático y no las ultra-radicales del Frente Farabundo Martí, y así sucesivamente.

4. También Hugo Chávez, a quien nadie puede negar su casi innata astucia política, ha advertido el peligro que porta consigo la disidencia interna “centrista” que representa, entre otros, el gobernador Henry Falcón.
La brutalidad con que Chávez ataca a su antiguo aliado ya no tiene límites. Su propósito nada oculto es sacarlo de su camino lo más pronto posible. Quizás, desde los rincones más oscuros de su inconsciente político, advierte Chávez que Falcón, atrincherado en el PPT, puede llegar a convertirse en el catalizador de una creciente disidencia interna la que si logra enlazar con la oposición externa llevará al fin de la era chavista. O quizás presiente Chávez que Falcón puede ser el tumor visible de un cáncer cuyas metastasis se ramifican al interior del organismo del régimen, tumor que hay que extirpar lo más pronto posible. En cualquier caso, con Falcón o sin Falcón, no podrá evitar Chávez que su descenso sea signado por el acuerdo que logre alcanzar la oposición externa con la disidencia interna (o inter-chavista). La salida será, nuevamente, por el centro.

Falcón y quienes les siguen puede que sepan que el momento para comenzar el juego dialéctico entre disidencia y oposición todavía no ha comenzado. Ese juego deberá darse a partir de los resultados de Septiembre del 2010. Lo que sí seguramente saben, es que la salida será por el centro. Lo que por otra parte nadie sabe, es si la disidencia cautivará el corazón de la oposición o será la oposición la que atraiga hacia sí a la disidencia. Eso dependerá de factores que en estos momentos son imposibles de pronosticar. Pero si Falcón posee al menos la mitad del instinto político de Chávez, podrá darse cuenta que lo peor que puede suceder tanto a él como al PPT, es que los candidatos de Chávez obtengan una mayoría abrumadora en las elecciones de Septiembre. Si eso ocurre, Chávez aprovechará el momento para “depurar” sus fuerzas, y enviar a PPT a la oposición a formar otro partido socialdemócrata, de los que ya abundan en Venezuela. A Falcón le imputarán cualquier delito (conspiración, corrupción, magnicidio) y el Presidente, como ya es su costumbre, dictará sentencia desde la televisión, la que ejecutarán en un santiamén sus solícitos jueces (así funciona “la democracia” en Venezuela).

Pero por otra parte es imposible dejar de advertir que en la Venezuela de nuestro tiempo, la primera gran derrota electoral de Chávez, ocurrida en el referendum del 2007, estuvo precedida por dos quebraduras disidentes de alta significación. Una política y otra militar. La política fue la deserción de Podemos y de su líder Ismael García. La militar fue la del general Raúl Isaías Baduel quien todavía paga su osadía en prisión. Ahora, las elecciones parlamentarias del 2010 ya están precedidas por dos, si no deserciones, por lo menos dos disidencias de tanta o mayor magnitud que las ocurridas el año 2007: la de Henry Falcón y la del general Antonio Rivero. Si bien este último carece del carisma que poseía Baduel al interior del Ejército, las razones de su disidencia son muchísimo más graves: la entrega de la soberanía nacional a militares cubanos. De tal manera que si uno creyera en cábalas, podría pensarse que las disidencias nombradas anuncian una nueva derrota de Chávez. Pero el análisis político no tiene nada que ver con cábalas. Lo único que es posible advertir es que todo indica que la salida será, alguna vez, por el centro. Las condiciones ya están dadas.

Por si fuera poco existe al interior de la oposición un fuerte potencial centrista. La hegemonía política de la oposición no está formada, en efecto, por partidos de derecha sino más bien por partidos que en cualquiera democracia normal serían calificados como partidos de centro izquierda y centro-centro. La derecha a la que se refiere Chávez con tanto ahínco, tiene una existencia política altamente precaria. Tampoco existe en Venezuela una oligarquía económica. Hay por cierto, como en todo país, personas adineradas, de las cuales muchas son chavistas, pero están lejos de constituir una oligarquía o una burguesía en el sentido social del término. En fin, en Venezuela no hay fuertes corporaciones agrarias como las del “interior” de Argentina o las asociaciones cafetaleras de Colombia, ni tampoco un empresariado pujante como en Brasil o Chile. En un Estado rentista, como es el venezolano, la única oligarquía posible es la “clase de Estado” que controla el petróleo, clase a la que los venezolanos llaman “chavo-burguesía”. Y Hugo Chávez es el máximo oponente de esa nueva “clase en el poder” (oligarquía de Estado), de las que nos habla el mencionado texto de Poulantzas.

5. Para Poulantzas, la última razón que lleva al descenso de las dictaduras reside en el contexto internacional. De acuerdo a su visión teórica marxista, el desarrollo de la economía capitalista a escala mundial había penetrado al interior de países como España, Portugal y Grecia, produciéndose así una inadecuación entre la superestructura política equivalente a estructuras agro-oligárquicas, y la modernización económica.

Dejando de lado ciertas interpretaciones mecanicistas en las que incurrió Poulantzas, hay que rescatar la idea de que en el contexto europeo los gobiernos dictatoriales que regían esos países constituían una rémora difícil de soportar. Ampliando esa interpretación hacia las revoluciones anticomunistas de 1979-1980, es posible convenir que lo que buscó Gorbachov, en una primera instancia, no fue el fin del comunismo, sino la europeización económica y tecnológica de la URSS, hecho que pasaba por la modernización de las arcaicas estructuras correspondientes al periodo de la industrialización pesada, pero no al de la industria digital, plano en que la URSS se encontraba muy atrasada. Y nuevamente ampliando la interpretación de Poulantzas, esta vez hacia el caso latinoamericano, podemos advertir que el descenso de las dictaduras del Cono Sur comenzó a tener lugar cuando éstas dejaron de cumplir un papel funcional en la lucha en contra de un enemigo que ya no existía más: el comunismo. En fin, en los tres casos mencionados hay una cierta relación de correspondencia entre los imperativos que demanda el contexto internacional y la existencia de estructuras políticas arcaicas.

Ahora bien, si se analiza el discurso político supuestamente “antimperialista” de los Castro, Chávez, y sus aliados del ALBA, lo primero que salta a la vista es el enorme grado de regresividad histórica que comporta. En efecto, tanto los hermanos Castro como Chávez representan gobiernos de la Guerra Fría, pero sin Guerra Fría. Si ese discurso antagonista de Guerra Fría pareció funcionar durante la era de Bush, con Obama funciona de modo muy defectuoso. Debido a esa razón Chávez ha decidido trasladar sus imaginarios antagonismos ya no tanto en contra de “el imperio”, sino en contra de Colombia.

En los momentos en que escribo estas líneas, Chávez se encuentra interviniendo directamente en las elecciones presidenciales del vecino país, atacando al candidato del uribismo, Juan Manuel Santos, quien habla el mismo lenguaje agresivo y militar de Chávez. Resulta así evidente que lo que más podría convenir a Chávez, a fin de impedir una salida democrática “centrista” en su país, es erigirse como el salvador de la patria amenazada por la “intervención” extranjera. En ese sentido, Santos se adapta perfectamente al rol del agresor que requiere Chávez, del mismo modo como Chávez se adapta al rol del agresor que requiere Santos. Y al llegar a este punto, permítaseme jugar con una hipótesis: ¿Contra quién va a dirigir Chávez su política agresiva si en lugar de Santos llega a la presidencia de Colombia el extraño candidato Aurelijus Rutenis Antanás Mockus quién, además, habla un lenguaje políticamente centrista, o por lo menos despolarizante, lenguaje que Chávez no entiende? Analizando el tema desde esas perspectiva, lo peor que podría ocurrir a Chávez es que las elecciones colombianas no sean ganadas por Santos. Estaríamos así frente a una muy interesante ironía histórica. Si se da tal situación, la salida por el centro quedaría mucho más abierta que antes. Pero esa es sólo una hipótesis y, en ningún caso, una tesis.

PS.
Puede que deba una explicación, y es la siguiente: el centro en política no tiene nada que ver con un centro geométrico. Tampoco tiene que ver con una práctica de concesiones mutuas, ni mucho menos con una política de la ambigüedad. El centro en política es un punto de encuentro entre dos fuerzas –en este caso, la disidencia y la oposición- que descubren que para seguir existiendo deben unirse frente a un enemigo común. Luego, ese centro no está dado. Debe ser buscado.

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sábado, 1 de mayo de 2010

Unidad: entre el miedo y la esperanza

Miguel Ángel Santos
El Universal

Sin duda el fin de semana pasado se cuenta entre los más afortunados de la última década para la oposición venezolana. Lo digo con plena consciencia de que podría estar incursionando en el resbaladizo plano de la candidez, algo que aquí se suele pagar muy caro. Aún así. Ahí está el anuncio de la unidad improbable, el rompecabezas final, integrando nada menos que ciento sesenta y cinco piezas por nombres y otras tantas listas, mezcla de complejos acuerdos y de primarias. Quizás no alcance para devolvernos la esperanza perdida, pero sí nos pone ante una encrucijada. Se trata de creer en nuestras posibilidades o abandonarnos al síndrome "Chávez lo tiene todo calculado y nos va a ganar" que a ratos pareciera circular por el ADN de la oposición. En su última carta el Emperador Adriano escribe a su sucesor Marco: "Todavía no estoy tan débil como para ceder ante las alucinaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, pero mucho más penosas. De engañarme, preferiré siempre el camino de la confianza. Acaso no gane más con ello, pero sí sufriré menos". De eso se trata, de escoger entre el miedo y la esperanza. La alianza de oposición también ha suscrito un acuerdo de prioridades y políticas públicas: "100 Propuestas para Venezuela". Este es el resultado de meses de discusión y ha sido suscrito por los 16 partidos que participan en la MUD y los más de 50 que comprende la coalición, además de todos los candidatos postulados. En un país con la herencia individualista y divisionista del nuestro, eso no es poca cosa. Alberto Quirós le ha dedicado al documento algunas reflexiones que a mi manera de ver son un tanto mezquinas. El mensaje final ha sido algo así como "muy bien niñitos, esta tarea es para 15 puntos, pero vamos a ponerles 20 para reconocerles el esfuerzo". Ha dicho que es una mezcla de todo, y utiliza el punto 48 ("Garantizar la continuidad y la más alta calidad de las políticas y programas sociales") como ejemplo de "Socialismo del bueno". Un símil confuso, maniqueísta y absurdo. Como si la sola referencia a la política social tuviese alguna relación con el Estado Socialista. También se ha quejado de que el principio de promover "la diversificación de la economía" (punto 32), está muy "trajinado". Trajinar, del latín TRAGINARE, arrastrar. Es decir, que si el gordo quiere adelgazar, no le digan que tiene que comer menos o hacer más ejercicio, porque eso está muy "trajinado". Alberto quiere un atajo, un SLIMFAST. Su propuesta es "acercar la industria petrolera al ciudadano y permitir que reciban directamente parte de sus ganancias". Bastante trajinada también, pero no por todos, sino por un pequeño grupo. Para formar parte de las 100 propuestas tiene que existir consenso, y ahí estamos lejos de alcanzarlo. Tanto así, que para no dejar por fuera el petróleo, ante los múltiples puntos de vista, tuvo Ramón Guillermo Aveledo que recurrir a una redacción ecléctica, que se limita a "administrar con mayor eficiencia y justicia los recursos del subsuelo". Hasta ahí llegó el acuerdo, no dio para más. Y eso ya es bastante. ¿Es una propuesta ingenua? Sí, hasta cierto punto. Pero ingenuidades así, a veces alcanzan a salvar un país.


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CONFESIÓN FRENTE AL ESPEJO

ARGELIA RÍOS

La unidad no es un simple trámite destinado a optimizar el desempeño electoral de la alternativa democrática. Reducirla a esta finalidad es un error que conspira contra otros de sus importantes objetivos. Todos los propósitos que ella involucra son eslabones de una misma cadena: una atractiva maqueta de candidaturas es el anillo inicial que contribuiría a garantizar la actuación opositora en la próxima AN. De poco servirá un buen resultado el 26S si quienes integran la oferta no se desenvolvieran a la altura de las circunstancias. En política las victorias pueden diluirse. Hoy quisiéramos tener la certeza contraria: la de un triunfo sostenible en los hombros de figuras bien equipadas para el ejercicio del exigente debate que se avecina. Los nombres que integren la unidad deben sugerir, en sí mismos, la misión y el tipo de servicio que la resistencia se propone ofrecer en el foro parlamentario. En Venezuela nadie desconoce la peligrosidad de los tiempos por venir: la destreza con que se aborden definirá la viabilidad de la revolución y el éxito de sus adversarios en la dura travesía que se asoma. De ese "cuerpo a cuerpo" político-ideológico dependerá la suma de nuevos sectores sociales, sin cuya decidida incorporación será cuesta arriba doblegar las pretensiones del modelo comunista-autoritario. Al ímpetu violentista del "proceso" debe oponérsele el coraje bien acerado de la representación democrática y, también, su buena dotación intelectual para desmontar las falsedades de la utopía socialista. La gestión de los parlamentarios democráticos inspirará o desestimulará la resistencia del país que rechaza la cubanización de Venezuela: ese país sólo se rebelará si percibe la consistencia de quienes le representan en la AN y su preparación para conducir la lucha hacia un destino seguro. El temple con que la población democrática se disponga a desafiar al comunismo es lo único que pudiera producir giros estratégicos en las instituciones revolucionarias, incluyendo, desde luego, a la FAN. Pero todo esto está atado a la calidad de la escogencia; al primer eslabón de objetivos. El trabajo de la MUD ha sido complejo y valorable. Sus miembros han hecho lo que han podido, pero aún hay tiempo de mejorar la oferta. Dentro y fuera de las organizaciones partidistas sobran talentos y voluntades ideales para esa tribuna crucial. Algunos seleccionados deberían verse al espejo y reconocer si en verdad cuentan con los atributos que se necesitan en este escenario. Con seguridad poseen otras cualidades inestimables para otros frentes de batalla. La AN no es la única trinchera. Los partidos también lo son: buscar su fortalecimiento en las bases es una tarea esencial. ¡Hagan un sincero inventario de sus condiciones personales y ofrézcannos esperanza!

Argelia Rios. El Universal.

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APOSTAR A LA DERROTA
Fausto Masó
El éxito de la Mesa de Unidad Democrática seguirá dependiendo de cumplir los acuerdos firmados a finales del año pasado, estrictamente. A cara descubierta, algunos están jugando de manera hipócrita a la derrota, para después jactarse de que no se obtuvo una victoria total por no haberlos incluido a ellos, a dedo, en listas o en circuitos. Por Internet, sus seguidores envían mensajes amenazando con no votar por los candidatos de la oposición. Estupidez electrónica. La mesa ha logrado mucho, pero no lo suficiente. Mañana habrá que reemplazar esta unidad electoral por una unidad nacional férrea. Pero, ¿cómo dirigirla? ¿Consultando en cada crisis a cada organización? ¿Aceptando como dogmas las opiniones de algunos en los medios? Esto garantizaría la derrota frente a un movimiento que tiene un mando vertical y a la que le sobran los recursos. No le quedará más remedio a Chávez que aceptar los resultados de septiembre si son concluyentes y están respaldados por una organización real. Sabremos entonces, además, si la escisión de Henri Falcón no debilitó la votación del PSUV en Lara… Carabobo y Yaracuy. Si en el futuro se persiste en la manía de no respetar los acuerdos, reproduciremos los fracasos de la Coordinadora Democrática, del abstencionismo y del paro petrolero. Hasta ahora, los partidos han dirigido con mayor eficacia el proceso político. Los que apuestan a una derrota en septiembre están contribuyendo a la desaparición de los medios privados, en especial de las televisoras, y de las principales empresas nacionales, pues un Chávez triunfador aplicaría sin límites su visión del socialismo. Convendría que la mesa avanzara hacia la meta de lograr una dirección efectiva, en la que participen las universidades, los empresarios. Una gran unidad, pues, en la que nadie pretenda hablar en nombre del país sin haber sacado nunca un voto. Chávez procurará coaccionar a los futuros asambleístas igual que Ortega hace hoy en Managua con el Congreso, o como les sucedió a los alcaldes y a los gobernadores de oposición. En resumen, al día siguiente de la victoria electoral se recrudecerá la lucha política. ¿Cómo unificar y organizar la oposición? Formar un comité directivo integrado por pocas personas, sentar las bases de una política para los próximos 20 años, presentarle al país un panorama de futuro en el que no se vuelva al pasado. En la oposición hay sectores partidarios de un socialismo sin Chávez, de una vuelta a la cuarta república; y algunos que quieren una apertura económica incondicional, semejante a la de los países como Lituania, Latvia, hoy en tremenda crisis económica En 1999, en un momento de máxima popularidad de Chávez, los diputados de la oposición supieron defender el Congreso, saltaron las rejas que lo rodean y desafiaron la violencia oficial en el centro de Caracas. Victorias electorales y hasta la toma del poder no bastarán para cambiar el país; y de eso se trata frente al desafío que representa Chávez. Sin integridad, sin voluntad de castigar corruptos, por ejemplo, no se llegará lejos. Los países que progresan cuentan con instituciones estables; en Venezuela éstas han sido destruidas y en la oposición hay quienes se han comportado bochornosamente en el ámbito administrativo. Por último, los jóvenes no votaron masivamente el pasado domingo. ¿Por qué? No estaban inscritos muchos de ellos.

Fuente: El Nacional

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