jueves, 13 de octubre de 2011


Lección de Alvarez Paz

Cuando mediaba la década del sesenta del siglo recién pasado, llegó a Caracas, procedente de la salerosa Maracaibo, Oswaldo Alvarez Paz, para sustituir en la secretaría general de la Juventud Revolucionaria Copeyana(JRC-social cristianos)a Abdón Vivas Terán.
 Oswaldo venía de ser el líder de la JRC  y presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad del Zulia, estado petrolero y agroindustrial cuya capital es Maracaibo. Los liceístas social cristianos, a quienes yo dirigía en esos tiempos, nos entregamos a respaldar la gestión de Alvarez Paz.
De aquellos años revoltosos recuerdo a Oswaldo como un abogado joven, muy talentoso, amable, deportista y, sobre todo, con mucho coraje político.  No olvidemos que vivíamos días de intensa confrontación en liceos y universidades, con la Juventud Comunista.
 Después este maracucho recio y simpático fue diputado, jefe de la fracción parlamentaria social cristiana y hasta presidente de la Cámara de Diputados de Venezuela. Siempre fue un buen polemista y nunca traicionó a la democracia.
Con el paso del tiempo Oswaldo ganó una cerrada contienda al dirigente socialista Luis Hómez, para convertirse en el primer gobernador electo de su estado natal, el Zulia. Cuatro años más tarde fue reelecto abrumadoramente para continuar esa función.
Ganó unas elecciones primarias para ser el candidato presidencial del partido social cristiano COPEI, y si no fue electo presidente de la República, como le correspondía en ese momento, fue por la inverosímil inconsecuencia del líder histórico de su partido, Rafael Caldera.
La llegada del teniente coronel golpista Hugo Chávez Frías, a la cabeza del gobierno de su país,  colocó inevitablemente a Oswaldo, como a todos los venezolanos dignos de ese nombre, en el escenario de la lucha para defender la democracia amenazada.
Con Chávez Oswaldo ha sufrido persecución y cárcel, pero un hombre como él no es de los que doblan las rodillas o se hacen el sordomudo cuando se presenta el hecho.  Oswaldo sigue en la primera línea de combate contra el abuso de poder y la corrupción chavista.
 Ante el proceso paradigmático de elecciones primarias, Oswaldo Alvarez Paz ofreció su nombre para ser el candidato de la oposición unida, que busca rescatar a Venezuela de la pesadilla neocomunista que Chávez encarna. El siempre será una buena opción para dirigir la patria en tiempos difíciles.
Pero Oswaldo, con la sabiduría de los genuinos estadistas, percibió que para este proceso otros compatriotas están mejor ubicados electoralmente.  Entonces con elegancia y generosidad dio un paso lateral. Y lo hizo en resguardo de la unidad de la oposición y el porvenir de los venezolanos.
Oswaldo, hermano, que la Virgen de Chiquinquirá te bendiga por ese gesto.


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domingo, 9 de octubre de 2011


Decadencia y ocaso de los Estados Unidos 

Joseph S. Nye



Los Estados Unidos atraviesan tiempos difíciles. Su recuperación de la crisis de 2008 se ha frenado, y algunos observadores temen que los problemas financieros de Europa puedan empujar la economía mundial y de los Estados Unidos hacia una segunda recesión.
Por si fuera poco, los políticos estadounidenses siguen atascados en torno de cuestiones presupuestarias y es incluso más difícil que lleguen a un acuerdo cuando se tiene por delante la elección de 2012, en la que los republicanos esperan servirse de los problemas económicos para desbancar al presidente Barack Obama. En estas circunstancias, muchos predicen una decadencia de los Estados Unidos, especialmente en términos relativos respecto de China.
Y no solamente los expertos piensan así. Hace poco, el Pew Research Center condujo una encuesta en 22 países y encontró que en 15 de ellos, la mayoría de las personas creen que China sustituirá a los Estados Unidos como “superpotencia dominante del mundo”, o que ya lo ha hecho. En Gran Bretaña, los que piensan que China ya está en la cima aumentaron al 47%, respecto del 34% que eran en 2009. Se ven tendencias similares en Alemania, España y Francia. De hecho, la encuesta encontró percepciones más pesimistas de los Estados Unidos entre los aliados más antiguos y cercanos del país que en América Latina, Japón, Turquía y Europa Oriental. Pero esto no sucede solamente fuera del país; incluso los estadounidenses están igualmente divididos respecto de si China sustituirá a los Estados Unidos como superpotencia mundial.
La respuesta depende en gran parte de un factor que se suele subestimar: el grado de incertidumbre que traerán consigo los futuros cambios políticos en China. Es cierto que el crecimiento económico permitirá a los chinos acercarse a los Estados Unidos en materia de recursos de poder, pero eso no implica necesariamente que China vaya a desplazar a los Estados Unidos del lugar del país más poderoso.Aunque estos sentimientos son un reflejo de los problemas fiscales y el lento crecimiento posteriores a la crisis financiera de 2008, no es la primera vez que ocurren en la historia. Los estadounidenses tienen una larga tradición de subestimar sus capacidades. En las décadas de 1950 y 1960, después de lo del Sputnik, muchos pensaron que los soviéticos aventajarían a los Estados Unidos; en la de 1980, se pensó lo mismo de los japoneses. Hoy son los chinos. Pero ahora que la deuda de los Estados Unidos va camino de igualarse de aquí a una década con la renta nacional, y mientras el sistema político se muestra incapaz de encarar los desafíos fundamentales del país, ¿habrá llegado la hora en que los “declinacionistas” finalmente tengan la razón?
Es casi seguro que dentro de diez años el PIB de China será superior al de los Estados Unidos, gracias al tamaño de su población y a su impresionante ritmo de crecimiento económico. Pero si nos atenemos al ingreso per cápita, pasarán décadas antes de que China alcance a los Estados Unidos (si es que lo hace).
Además, incluso aunque China no sufriera en el ámbito interno ningún contratiempo político de importancia, muchos de los pronósticos actuales se basan solamente en el crecimiento del PIB y no tienen en cuenta ni las ventajas militares y de poder blando de los Estados Unidos ni las desventajas geopolíticas de China. En la medida en que Japón, la India y otros países intentarán contrarrestar el poderío chino, le abrirán las puertas a la presencia estadounidense. Es lo mismo que si México y Canadá buscaran aliarse con los chinos para contrarrestar la influencia estadounidense en Norteamérica.
En cuanto a una declinación en términos absolutos, aunque los Estados Unidos tienen muchos problemas reales, la productividad de la economía estadounidense se mantiene en un nivel alto. El país mantiene la primacía en cuestiones como el gasto total en I+D, la calidad de sus universidades, la cantidad de premios Nobel y los indicadores del espíritu empresarial. Según el Foro Económico Mundial, que el mes pasado publicó su informe anual sobre competitividad económica, los Estados Unidos son la quinta economía más competitiva del mundo (detrás de cuatro economías pequeñas: Suiza, Suecia, Finlandia y Singapur). China figura en el 26° lugar.
Además, los Estados Unidos siguen a la vanguardia en tecnologías de avanzada como la biotecnología y la nanotecnología; esto difícilmente se condice con una idea de decadencia económica absoluta.
A algunos observadores les preocupa la posibilidad de que la sociedad estadounidense termine anquilosándose, como la del Reino Unido en la cima de su poder, un siglo atrás. Pero la cultura estadounidense es mucho más emprendedora y descentralizada que la cultura británica de aquel tiempo, cuando los hijos de los empresarios industriales iban a Londres a buscar honores y títulos de nobleza. Y a pesar de ciertos períodos preocupantes que se repiten en los Estados Unidos a lo largo de su historia, el país tiene la enorme ventaja de la inmigración. En los diez años anteriores a 2005, el 25% de los nuevos emprendimientos tecnológicos contó con la participación de inmigrantes nacidos en el extranjero. Como me dijo una vez Lee Kuan Yew, [ex primer ministro] de Singapur, China puede extraer los talentos de una población de 1.300 millones de personas, pero los Estados Unidos pueden extraer los de siete mil millones en todo el mundo, y recombinarlos en una cultura variada que fomenta la creatividad en formas que el nacionalismo étnico Han no puede igualar.
A muchos comentaristas les preocupa la ineficacia del sistema político estadounidense. Es verdad, los padres fundadores de la nación crearon un sistema de controles y contrapesos cuyo objetivo es preservar la libertad a expensas de la eficacia. Además, en este momento el país atraviesa un período de intensa polarización partidaria. Pero la política sucia no es una novedad en los Estados Unidos: el período fundacional fue cualquier cosa menos un idilio de deliberación desapasionada. En la historia del gobierno y de la política estadounidenses siempre hubo épocas como la de ahora, y si bien a la sombra de los melodramas actuales parecen poca cosa, lo cierto es que algunos de esos períodos fueron peores que el presente.
Los Estados Unidos enfrentan problemas serios: deuda pública, educación secundaria deficiente y atasco en materia política, por solo mencionar algunos. Pero no hay que olvidar que esos problemas son apenas una parte de todo el panorama, y que, en principio, se pueden resolver en el largo plazo.
Es importante distinguir los problemas que tienen solución de los que, en principio, no la tienen. De más está decir que aunque haya soluciones, nada asegura que los Estados Unidos puedan implementarlas; varias comisiones propusieron planes factibles para modificar la trayectoria de la deuda estadounidense, mediante un aumento de los impuestos y un recorte de los gastos, pero su factibilidad no es garantía de aplicación. Y sin embargo, es probable que Lee Kuan Yew tenga razón cuando dice que aunque China “hará sudar tinta a los Estados Unidos”, no superará el poderío general estadounidense durante la primera mitad de este siglo.
Si es así, las sombrías predicciones de un ocaso de los Estados Unidos en términos absolutos resultarán tan equivocadas como lo fueron otras similares en décadas pasadas. Y en términos relativos, si bien el “ascenso de los demás” implica que los Estados Unidos serán menos dominantes que en otros tiempos, esto no implica necesariamente que China ocupe su lugar como superpotencia mundial.
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Joseph Nye, ex subsecretario de defensa de los Estados Unidos, es profesor en Harvard y autor de The Future of Power [El futuro del poder].

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sábado, 8 de octubre de 2011


PROMESAS Y DISPARATES ELÉCTRICOS

El hermano del presidente de la república, y flamante nuevo presidente de Corpoelec, Argenis Chávez, ha anunciado este martes 4 de octubre que en tres años, es decir en el 2014,  “se verán resultados en Corpolec”, tiempo durante el cual entrarán en operación, según promete, nuevas plantas generadoras  y se acondicionaran otras que permanecen indisponibles.  No será en el 2011, como había anunciado antes, ni en el 2012, para la campaña electoral, cuando se acabarán los racionamientos ¡Argenis Chávez anuncia que durante lo que queda del gobierno de Hugo Chávez no veremos mejoría del servicio eléctrico; habrá que esperar hasta el nuevo gobierno!

En una de sus últimas reapariciones, el presidente de la república informó (El Universal 2-10-2011) que comenzarían a llegar barcos al país con “miles de plantas eléctricas para fortalecer el plan energético”.  El presidente Chávez informó que las plantas serán ubicadas en las ciudades y comunidades del país que se han visto afectadas por los problemas eléctricos, según lo que reseñó la  AVN.

¿Alguien, su hermano Argenis, presidente de Corpoelec o el ministro Alí Rodríguez, se habrá atrevido a informarle al presidente que las fulanas “miles de plantas eléctricas”, chinas, son de difícil manejo y mantenimiento,  son poco confiables y que no resolverán la crisis eléctrica?  ¿,Le habrán dicho que salen muy caras al país porque consumen combustible diesel, producto con un  alto valor en el mercado internacional? No debe saber el presidente que nuestra capacidad de producción de diesel está comprometida en su casi totalidad en el mercado interno, en transporte y en la generación de electricidad, y que pronto no tendremos suficiente diesel para exportar.

El presidente evidentemente no sabe que esas planticas chinas o cubanas son riesgosas desde el punto de vista de la seguridad de las personas y viviendas y ambientalmente, y hay que evaluar muy bien dónde instalar esas unidades generadoras en barrios, comunidades y complejos residenciales para evitar futuros accidentes. Que abastecerlas de combustibles resulta complicado y riesgoso por el estado de las vías, el déficit de gandolas y las exigentes condiciones para almacenarlo.

Se sabe que los técnicos de Corpoelec han advertido de la inconveniencia de estas plantas  e incluso se suspendió el programa de plantas de generación distribuida.  Parece que de nada de esto sabe el Presidente. Si no,  cómo entender que él siga insistiendo en ofrecer las fulanas planticas, que no resolverán la crisis eléctrica, y que por el contrario crearán o agravarán otros problemas en las comunidades. Claro, ya las plantas fueron adquiridas, el negocio está hecho, y vienen en barco!  Se almacenarán en un depósito o se instalarán en algún lugar; en Margarita, en Cuba, Nicaragua! ¡No importa! ¡En cualquier caso, se trata de un disparate, de un nuevo disparate presidencial, que no resolverá la crisis pero que permitirá seguir prometiendo y mintiendo al pueblo venezolano.

Manuel Guevara Baro/ Caracas, 6 de octubre de 2011

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miércoles, 5 de octubre de 2011



PÉREZ CARLOS ANDRÉS



Lleva meses de muerto y no más ahora es que vienen a enterrarlo. ¿Qué dirá, qué pensará, dónde estoy? Sin entender por qué lo llevan en hombros bajo un sol abrasador gentes en flux o en mangas de camisa luchando por estar, como tribu desnuda, lo más cerca posible del que viaja al fin hacia la eternidad, conserva dignidad. Sobre el asfalto hirviente se enredan curiosos, leales, farsantes, traidores de última hora, infiltrados, familiares (¿?) y amigos (¿?) que invitan al acto del sepelio. Como si fuera una venganza, todavía Pérez Carlos Andrés, presente señorita,  enseña las miserias y grandezas que lo acompañaron y la pequeñez de condición política de los que no sólo lo dejaron solo, sino que armaron, con acciones y omisiones, el aquelarre que lo sacó del poder y abrió las puertas sin el más mínimo pudor para que los venezolanos llegáramos a vivir lo que lamentablemente padecemos hoy.

El asesinato político de Pérez Carlos Andrés, y luego su muerte física, su entierro ahora después de meses de no saberse qué hacer con su cadáver, hacen de él un personaje de cruda ficción. La realidad, tan brutal como es ella, no ha perdido oportunidad para enseñarnos, con todas sus ruinas, matices y elocuencias, lo que somos. Pérez Carlos Andrés, presente maestra, se dibujó un futuro, allá en sus tierras andinas, Colombia o Venezuela, qué importa ahora ese detalle, y lo fue calcando en las acciones que emprendió desde su origen provinciano sin calcular jamás que el final sería como ha sido. Hombre de convicciones y de partido, entendió y vivió la política como quien lleva una energía por dentro que lo supera y que lo hacía ir siempre hacia delante, “Ese hombre sí camina, va de frente y da la cara”, con música de Chelique Sarabia, que lo hacía cometer locuras, tanto de las buenas como de las demás. También hay que decirlo, para que no me vengan a apuntar con el dedo porque después de muerto le han salido o resucitado amigos a montón, dejó un legado y una lección. Asumió su vida y  su destino político como un vicio, como quien carga con una cruz. Respetó los designios de los dioses imperfectos de la democracia y de sus leyes; castigó a los traidores que lo rodearon dejándose enjaular por los miserables inevitables que le abrieron el camino a Chávez Frías.

Pérez Carlos Andrés, presente profesora, dejó una huella que hay que reivindicar con justos gestos que yo comparto, como los que viven en emocionada y sincera procesión los que hoy lo entierran. En todo caso aunque ya es tarde para lamentos, pero para que quede como testimonio, pienso que su destino y el del país pudieron ser distintos. Como lo expresa Antonio Muñoz Molina en el prólogo al libro “A treinta días del poder”, de Henry Ashby Turner, “estudiando la historia y aprendiendo que no hubo nada inevitable tal vez cobremos la lucidez y el coraje necesarios para no resignarnos a la inevitabilidad del presente, a las peores amenazas del porvenir”. Hubiera preferido otra muerte.

Leandro Area

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martes, 4 de octubre de 2011

“El golpismo como coartada”

Por Teodoro Petkoff

Todo el mundo recuerda el cuento infantil del ladrón que huyendo de sus perseguidores trataba de desviar la atención de estos señalando hacia otra persona al tiempo que le gritaba “ladrón, ladrón”. Se acuerda uno de estas cosas cuando lee hoy a alguno de algunos plumíferos del régimen insistiendo en el tema de que la “derecha” (lo cual, por extensión, implica, según el vocabulario de esos escribidores, a la oposición en general) está “montando un golpe”.
Para algunos sería, un “golpe a la chilena”, preparado (como en efecto lo fue, ciertamente) por un conjunto de actos y movilizaciones previas que crearon el ambiente para el posterior alzamiento militar.
Otros hablan de un “golpe a la Libia” y no hay quien no pronostique un madrugonazo a la hondureña. En otras palabras, aquí habría un golpe andando y hay para todos los gustos.
Sin embargo, curiosamente, esos tipos, que ven en cualquier protesta popular un signo de golpismo en marcha, no han emitido una sola palabra ante las rotundas y públicas amenazas de golpe de Estado, provenientes de unos pocos pero muy connotados generales y almirantes, si es que, arguyen estos, el candidato Hugo Chávez fuera derrotado en las elecciones presidenciales.
Foto: Diario Tal Cual
Es pues, el cuento del ladrón que huye. Porque es lo que hacen cuando “teorizan” sobre un golpe inexistente, obviando las que, en tanto que amenazas y declaraciones de altos jefes militares pueden ser consideradas con toda propiedad como preparativos políticos para una aventura sediciosa. Hablan de unos “golpistas” fantasmagóricos, pero se hacen los locos ante quienes abiertamente manejan la idea de alzarse contra la voluntad del pueblo. Es el colmo del cinismo.
Es cierto que en este país existe una intensa movilización social y que por todas partes brotan grupos populares reclamando derechos conculcados o promesas incumplidas.
Lo interesante es que no sólo buena parte de esas protestas proviene precisamente de la frustración de quienes hace años confiaron en Chávez, sino que casi todas tienen un carácter pacífico y distan de operar como pretextos para la fabricación de un ambiente antidemocrático. Incluso las movilizaciones obreras en Guayana, que son de las más poderosas y las más reprimidas también, jamás se descarrilan de los rieles sindicales y legales.
Si a esto unimos el caos administrativo en que el gobierno tiene sumido al país, donde nada funciona bien, se puede comprender por qué aparecen estas recientes lucubraciones sobre un “golpe de la derecha”.
Es un mecanismo de intimidación, un espantapájaros. Al obrero que protesta, al ama de casa que reclama, a los sin techo que lo exigen, se les está queriendo decir “si coges la calle eres un golpista, o eres cómplice de los golpistas”. Es un truco viejo, tan viejo como el del ladrón que apunta hacia un inocente, y no les va a dar resultado.
Entre otras cosas, porque si existe un potente factor antigolpista hoy en Venezuela es la visible voluntad democrática de la MUD y sectores afines.¿Quién que va a ganar unas elecciones comprometería ese triunfo en una aventura? En cambio, no es nada casual que quienes sienten el piso moverse y el cosquilleo de la derrota recorrerles la espalda sean los que amenazan con alzarse.
Para eso, para montar la escena, cuentan con los teóricos del “golpe de derecha”.

Vía diario Tal Cual

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sábado, 1 de octubre de 2011


Tierra de redentores
ENRIQUE KRAUZE 01/10/2011
El País
No uno sino dos fantasmas recorren la historia independiente y moderna de América Latina: el culto al caudillo y el mito de la Revolución. Los pensadores liberales del siglo XIX abjuraron de ambos. En Facundo -su obra clásica sobre el telúrico caudillo Facundo Quiroga, "sombra terrible" de las pampas-, Sarmiento recreó al prototipo del poder personal en el siglo XIX latinoamericano, el dueño de vidas y haciendas, hombre de horca y cuchillo, símbolo de Barbarie opuesta a la Civilización. Publicada en 1845, aquella obra tuvo una brillante descendencia, primero en el Nostromo de Conrad y más tarde en una larga sucesión de novelas sobre dictadores: Tirano Banderas de Valle-Inclán, El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, Oficio de difuntos de Arturo Uslar Pietri, Yo, el Supremo de Augusto Roa Bastos y las dos antitéticas creaciones de García Márquez y Vargas Llosa: El otoño del Patriarca y La Fiesta del Chivo. Por lo que hace a la Revolución, a pesar del influjo romántico de la Revolución Francesa, en el siglo XIX el concepto se entendió como una ruptura ilegítima y violenta del orden legal. En ese mismo sentido lo emplea Conrad para describir a su turbulenta Costaguana: la Revolución como la otra vertiente de la Barbarie. Pero al despuntar el siglo XX, con el advenimiento de la Revolución mexicana y la bolchevique, una lenta trasmutación comenzó a operar en la realidad y la imaginación de nuestros países: la crítica del caudillo se transformó en culto al hombre fuerte, al héroe providencial; y la Revolución adquirió el prestigio de una nueva aurora de justicia para los pueblos.
En la larga vigencia del culto heroico y el mito de la Revolución convergen dos autores clásicos: Thomas Carlyle y Carlos Marx. Al ensayista e historiador escocés se debe la idea de que la historia no tiene más sentido del que le confiere la biografía de los "Grandes Hombres", en particular la de los inspirados "héroes" políticos como Oliver Cromwell o el Doctor Francia, que prescindieron de las instituciones democráticas por considerarlas una parafernalia inútil. (Varios tiranos latinoamericanos como el venezolano Juan Vicente Gómez, a quien un reconocido historiador llamó "Hombre de Carlyle", siguieron ese libreto). A propósito de la Historia de la Revolución Francesa de Carlyle, Carlos Marx (que lo admiraba) escribió en 1850: "Le corresponde el crédito de haber combatido en la arena literaria a la burguesía... de una manera, por momentos, revolucionaria". El problema -agregaba Marx- es que "a sus ojos, la apoteosis de la Revolución se concentra en un solo individuo... Su culto a los héroes... equivale a una nueva religión". Pero también Marx creía que la apoteosis de la Revolución se concentraba en un solo protagonista
... colectivo: el proletariado, las masas. Y ese culto, con el tiempo, "equivalió" también a "una nueva religión". El siglo XX probó que las simpatías entre ambos pensadores eran mayores que sus diferencias: solo se requería la aparición de un héroe carlyleano que asumiera la Sagrada Escritura de Marx. Ese personaje fue Lenin, y tras él irrumpieron en la escena varios otros: "El Dios trascendente de los teólogos...", escribió Octavio Paz, "baja a la tierra y se vuelve 'proceso histórico'; a su vez, el 'proceso histórico' encarna en este o aquel líder: Stalin, Mao, Fidel".
La sacralización de la Historia en la persona de un héroe produce la figura política de los "redentores". En América Latina el proceso tuvo antecedentes populares en la guerra de independencia mexicana y en los movimientos mesiánicos de Brasil (que Vargas Llosa recreó en su clásica novela La guerra del fin del mundo), pero su versión moderna -a mi juicio- nace del agravio contra Estados Unidos a partir de la guerra de 1898. Todavía Martí, el último liberal del XIX, pudo soñar con una constelación de repúblicas americanas, orientadas al progreso y respetuosas entre sí. Pero las actitudes imperiales del "monstruo" en cuyas entrañas había vivido (y cuya democracia y dinamismo había admirado) terminaron por decepcionarlo. Con su muerte murió también el proyecto de una América homogénea e igualitaria. Había que imaginar y construir otra América, distinta y opuesta a la del Norte. Movido por ese agravio, el pensador uruguayo José Enrique Rodó publicó en 1900 un opúsculo que influyó en el destino político e intelectual de "Nuestra América". Se titulaba Ariel y postulaba un "choque de civilizaciones" entre la superior espiritualidad de Hispanoamérica y la "barbarie" materialista de Estados Unidos.
Conforme avanzó el siglo, las más diversas corrientes ideológicas (el nacionalismo, el anarquismo, el socialismo, el marxismo, el indigenismo y aun el fascismo) fueron deudoras, en diversa medida, del idealismo "arielista" y encarnaron en personajes con ideas o actitudes "redentoras", como las del mexicano José Vasconcelos (que quiso ser presidente para "salvar a México" y vio en América Latina la cuna de una "Raza Cósmica") o las más terrenales del peruano José Carlos Mariátegui (que profetizó la convergencia revolucionaria entre el marxismo y el indigenismo). Tras la guerra civil española, América Latina se escindió entre fascistas y socialistas (con poco espacio para los liberales) pero a ambas corrientes las vinculaba aquel resentido desprecio contra el yanqui. Hasta un personaje ajeno al universo de los libros como Eva Perón, la "santa de los descamisados", lo albergaba.
En 1959, cuando el Ariel seguía siendo lectura obligada en las escuelas del continente, una santísima dualidad de redentores apareció en el escenario y cumplió la profecía de Rodó: Fidel y el Che. Mi generación los veneró. Debido a ellos, la Revolución -palabra mágica, concepto histórico, promesa de redención social- volvía a adquirir, acrecentado, el viejo hechizo de la Revolución mexicana o rusa. Era fácil adoptarla: una pasión excitante, un libreto sencillo y una inmediata gratificación del narcisismo moral. Y era imposible evadirla: estaba en las aulas y los cafés, en las páginas literarias, los suplementos culturales y la oferta editorial. La filiación de izquierda había dejado sus ámbitos habituales de la primera mitad del siglo XX (los sindicatos, las infinitas sectas, los partidos subterráneos o proscritos) para refugiarse en el mundo de la cultura y la academia, donde se volvió hegemónica. Y como el neotomismo en tiempos coloniales, la doctrina marxista alcanzó el rango de canon irrefutable.
En el verano de 1968 estalló en México un movimiento estudiantil que, si bien tenía orígenes de izquierda, no se proponía una Revolución sino la apertura de espacios de libertad en un sistema cerrado y autoritario. Vacunándose contra una hipotética conjura comunista (que creía inminente), el 2 de octubre el Gobierno masacró a decenas de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Nunca olvidamos el agravio. Unos tomaron las armas y se incorporaron a la guerrilla urbana o rural, otros practicaron la guerrilla ideológica en la redacción de los periódicos y revistas o el trabajo editorial y académico. Otros más fueron activistas en organizaciones obreras y campesinas. Sin embargo, comparada con la radicalización armada de muchos países de América Latina, la mexicana fue relativamente débil. Tras el golpe de Estado en Chile, de Guatemala a la Patagonia, al menos dos generaciones de estudiantes y profesores universitarios quisieron emular al Che Guevara. Muchos perdieron la vida a manos de los feroces Gobiernos militares -algunos, como el argentino, verdaderamente genocidas- que aparecieron en la región.
A raíz de la matanza de Tlatelolco, Octavio Paz, nuestro poeta mayor, había renunciado a la Embajada de India. Sus jóvenes lectores esperábamos su regreso para encabezar un partido revolucionario de izquierda. Pero Paz pensó que la batalla central de América Latina era de ideas y debía librarse en el ámbito de la literatura. Por eso hizo algo insólito: hace exactamente 40 años, el 1 de octubre de 1971, fundó la revista Plural y en ella puso casa a la disidencia de izquierda en México y Latinoamérica.
Tener a Paz de vuelta era como tener cerca a Orwell, Camus o Koestler, los antiguos hechizados, los grandes desencantados de la Revolución. Paz hizo entre nosotros lo que los disidentes del Este (Kolakowski, Havel, Sajarov) hacían en sus países: criticar a la izquierda totalitaria real desde la izquierda democrática posible. Mi generación no lo entendió así, y lo atacó sin tregua. Paz venía de un periplo político que nos era casi desconocido. Aunque sabíamos algo de su participación en la guerra civil española, ignorábamos la historia de su paulatino desencanto con el régimen soviético. En 1971, a raíz del caso Padilla (reedición caribeña de los Procesos de Moscú, admirablemente recreada por Jorge Edwards en Persona non grata), varios escritores latinoamericanos y españoles (Vargas Llosa, Juan Goytisolo y el propio Paz, entre otros) marcaron sus distancias definitivas con Castro. Pero los universitarios radicales, armados o no, permanecieron por muchos años -y algunos por siempre- fieles a la Revolución y a su caudillo.
Para Paz, la lectura del Archipiélago Gulag en 1974 fue el punto de quiebre definitivo. Allí terminó por confrontar la naturaleza totalitaria del socialismo soviético y, para su sorpresa y sosiego, redescubrió el viejo ideario liberal del siglo XIX, el de su propio abuelo. Paz, en una palabra, se volvió plenamente demócrata. No era una hora temprana en su vida -cumplía 60 años- pero aún era tiempo para prevenir a los jóvenes latinoamericanos sobre los peligros del redentorismo político en el que convergían el culto al poder (ya sea del caudillo o del presidente omnímodo) y el mito de la Revolución: "La gran Diosa, la Amada eterna, la gran Puta de poetas y novelistas". No quisieron escucharlo. La querella de Paz con la izquierda continuó hasta su muerte, en abril de 1998. Incluyó polémicas, descalificaciones, insultos y hasta amenazas de muerte. En 1984 su efigie fue quemada por una turba a unas calles de su casa, frente a la Embajada de Estados Unidos en México, por haber cometido la herejía de pedir elecciones en Nicaragua.
Su trinchera fue la revista Vuelta, heredera de Plural, que apareció de diciembre de 1976 a septiembre de 1998 y circuló ampliamente por el mundo de habla hispana. (Tránsfuga de mi generación, lo acompañé en su aventura). Trinchera es la palabra exacta, porque Vuelta no se ocupaba académicamente de la historia política de América Latina: Vuelta quería cambiar esa historia. Por eso, en la arena de las ideas postulaba la democracia y combatía las lacras derivadas del culto al caudillo y el dogmatismo ideológico: el militarismo, el populismo, el presidencialismo, el estatismo, la guerrilla. Naturalmente, la revista fue prohibida lo mismo en la Argentina de Videla que en la Nicaragua de los sandinistas (no se diga en el Chile de Pinochet o en la Cuba castrista). Los principales escritores del idioma para quienes la libertad ha sido un valor supremo escribieron en sus páginas. En Vuelta, Mario Vargas Llosa publicó su estrujante reportaje sobre la Matanza de Uchuraccay (documento irrefutable contra el fanatismo guerrillero) y los principales ensayos de su travesía liberal. En Vuelta, Gabriel Zaid reveló la naturaleza elitista y universitaria (no campesina, ni obrera, ni espontánea, ni social) de las guerrillas salvadoreñas. En Vuelta, Guillermo Cabrera Infante explicó por qué el suicidio ha sido la ultima ratio de expresión política en la Cuba de Fidel.
En 1989 la batalla de las ideas parecía ganada. En París, con motivo de la recepción del Premio Tocqueville, Paz habló de dos "portentos de una nueva era que, quizás, amanece: ...el ocaso del mito revolucionario en el lugar mismo de su nacimiento... y el regreso a la democracia en América Latina". Tenía razón en recordar que el acta de fundación de los países iberoamericanos en las primeras décadas del siglo XIX había sido precisamente la democracia liberal -entendida en un sentido amplio, republicano y constitucional-. Parecía un milagro que todos los países de América Latina (salvo Cuba) estuviesen a punto de volver al origen democrático, pero el milagro fue real y muy pronto se consolidó. Significativamente, muchos detractores de la democracia (sin mayor explicación) se volvieron súbitos demócratas. No obstante, en 1994, la Historia -ese teatro sorprendente- puso en escena una nueva representación revolucionaria: una rebelión indígena vagamente inspirada en las ideas de Mariátegui. Ocurría al sur de México, en el Estado de Chiapas. La encabezaba un sacerdote que profesaba la "Teología de la liberación" (el obispo Samuel Ruiz) y un guerrillero enmascarado (el subcomandante Marcos) que, emulando al Che, fumaba pipa, recetaba medicinas y escribía cuentos. Ante esta resurrección, Paz entró en un estado de perplejidad y así murió.
El Réquiem por la Revolución había sido prematuro. La tensión entre Revolución y Democracia seguía desgarrando a América Latina. Mientras la democracia se consolidaba, el posmarxismo seguía imperando en no pocas universidades del continente (y hasta en algunas norteamericanas). Y a principios del siglo XXI, en Venezuela, el mito revolucionario reencarnó en un esperpento político extraído de Valle-Inclán. En su discurso inaugural, Chávez vituperó a la "maloliente" democracia y en su desempeño -como dicta Carlyle- buscaría reducir la historia venezolana a su biografía personal. Marx había escrito: "Todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces... una vez como tragedia y la otra como farsa". Chávez, es cierto, sería una caricatura de Fidel, pero una caricatura con cientos de billones de petrodólares en la cartera y un carisma diabólico: un caudillo posmoderno, un redentor por Twitter.
Como tragedia y como farsa, los fantasmas redentores del poder y el dogma siguen rondando la vida latinoamericana. Ningún empeño por exorcizarlos se compara al de Mario Vargas Llosa. Su liderazgo intelectual y moral ha sido indiscutible. En sus obras, como expresó el comité que le otorgó en 2010 el Premio Nobel, Vargas Llosa ha construido una "cartografía de las estructuras de poder y el reflejo de éstas en la resistencia del individuo, en su rebelión y su derrota". Su tema central -su obsesión, su misión- ha sido la minuciosa y apasionada crítica de ese poder: el poder de los fanatismos de la identidad (racial, nacional, ideológica, religiosa) y el poder de los dictadores militares o revolucionarios, los "Chivos" del continente, a quienes detesta por razones casi genéticas. En ese sentido, su trayectoria contrasta con la de Gabriel García Márquez, el otro gran novelista latinoamericano en cuya obra no es difícil advertir una marcada veneración por el hombre fuerte a partir de la cual se comprende su prolongado servicio a la Revolución cubana y a su amigo, el redentor inmortal.
El mesianismo político latinoamericano nació en 1898 en Cuba, cristalizó en Cuba en 1959, y definirá su destino en Cuba, en un futuro cercano. El hechizo de la Revolución fue tan grande como lo es ahora el desencanto y la pesadumbre de las generaciones sacrificadas en el altar de un caudillo vitalicio. Ojalá llegue la hora de la reconstrucción y la reconciliación, la hora de la libertad: obra de demócratas, no de redentores.
Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947) publicará el próximo día 6 Redentores. Ideas y poder en América Latina (Debate). Es director de la revista Letras Libres, cuya edición española celebra diez años, con actos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, del 5 al 7 de octubre. Enrique Krauze conversará allí con Mario Vargas Llosa (viernes, 7, a las 19.30).www.enriquekrauze.com


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El insepultable

Los aprendices de brujo que heredaron el liderazgo destruyeron el patrimonio democrático

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ |  EL UNIVERSAL
sábado 1 de octubre de 2011  
Carlos Andrés Pérez no se dejó enterrar tranquilamente en Florida. Viene a Venezuela a incorporarse a la pelea por la democracia y Mirtha Rivero con su libro La rebelión de los náufragos, impide que entierren los crímenes políticos cometidos contra él. Es difícil conseguir un linchamiento similar. Lo derrocó una Corte de los Milagros, la más variada coalición de bajas pasiones en la historia reciente: políticos duchos en fracasos, capitanes de empresas subsidiadas, plumíferos, locutores, que en sus vidas solo medraron y/o hicieron el mal. Como todos los manetos, jugaron contra sí mismos, abrieron la puerta al "proceso" y después, arrepentidos, lloraron zumo de limón. 

Desde el campanazo del Viernes Negro, febrero de 1983, quedó en evidencia que la industrialización sustitutiva estaba exhausta y el crecimiento "hacia adentro" ya era maligno. Una industria débil y subsidiada no producía suficientes empleos ni divisas, sino productos caros, de mala calidad y un gran endeudamiento externo. Inflación, devaluación, desempleo, pobreza, malestar social. A Pérez lo recibe un "crack" económico en 1989. En medio del remolino, lanza el programa de cambios, el Gran Viraje. 

Era la paradoja del estatismo. Las ciudades se llenaban de ranchos, la "marginalidad" corroía la salud institucional. Toda América Latina debate sobre el "nuevo modelo de desarrollo" en la Crisis de la Deuda, 1984: apertura a los mercados, las inversiones globales y racionalización de un Estado que despilfarraba y corrompía el ingreso fiscal. No había recursos para las escuelas, porque se compartían con una montaña de supuestos "institutos autónomos" y "empresas del Estado", parasitismo de clientelas políticas, empresariales y sindicales. 

Venezuela estaba en situación privilegiada para ese salto. La industria petrolera era de punta y la democracia había hecho un ahorro masivo en las empresas de Guayana que comenzaban a languidecer. Con inversiones globales en innovación y tecnología, se recuperarían para asegurar un ingreso permanente al país. 

Asediado arranca en 1989 el Proyecto de Reforma Integral: apertura económica, reforma del Estado y descentralización. Obligaba a los empresarios a competir y hacía que la elección directa renovara el sistema político con el voto popular. Con los veinticinco programas de atención social, que mejoraron el ingreso real de los sectores populares, fue el mejor proyecto en la América Latina que iniciaba el camino de las reformas. 

El clima ruin creado por los llamados "notables" desmoronó la imagen de uno de los gobiernos más aptos y honorables en los cuarenta años, con Naím, Rodríguez, Rosas, Torres, Haussmann, Cisneros. Ayudó que algunos tarúpidos llevaban principalísimos medios de comunicación que, así como destruyeron la democracia, años después casi destruirían la oposición democrática y arrasaron las empresas que, para desventura de los dueños, les habían caído en las manos. 

Pérez descabezó los dos golpes militares y aunque algunos filibusteros le soplaban desconocer las instituciones, aceptó la sentencia de una Corte hasta los tuétanos en la conspiración. La misma que después rechazó inhabilitar al golpista y que le regaló la constituyente inconstitucional para que se cogiera el poder. La caída de Pérez cede el paso a aquel gobierno recordado como una catástrofe natural que abrió la Caja de Pandora, hoy en la laguna de oxidación de la Historia. 

Por cuatro décadas la democracia venezolana fue un modelo. Con el millón de millones de dólares que ha desangrado el régimen actual y el programa económico-social de Pérez, Venezuela cambiaba de rumbo y hoy seríamos un país desarrollado, la envidia de Chile, Brasil o Perú. A Pérez se le recuerda en muchas partes del mundo por hacer el bien. Factor decisivo en la derrota de Somoza, y también en la de los sandinistas, en las transiciones democráticas de España, Chile, Argentina, Bolivia, Centroamérica. 

Fue una decadencia trágica. La política cayó en manos de partidos irresponsables, de los lamentables "denunciantes" y el liderazgo intelectual en la mediocridad de gacetilleros de tercera, todos de similar estirpe. La inactualidad, y mala intención de notorios individuos y cenáculos rebozados de envidia, nos trajo la desgracia. Con su derrocamiento el país se volvió loco y los aprendices de brujo que heredaron el liderazgo destruyeron el patrimonio democrático y de paso, se autodestruyeron. No pudieron manejar ni la primera crisis que se les presentó. "Padre zapatero, hijo millonario, nieto pordiosero". 

@carlosraulher

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