jueves, 2 de julio de 2015

EL REFERENDUM GRIEGO: UNA BUENA MALA IDEA

José Ignacio Torreblanca
  JOSE IGNACIO TORREBLANCA

La decisión de Alexis Tsipras de convocar un referéndum es una muy mala idea. Y no porque los referendos sean malos en sí mismos sino porque para que cumplan su función democrática tienen que reunir una serie de condiciones. Un referéndum exige una pregunta clara que la gente corriente pueda entender. Y las posibles respuestas, idealmente no más de dos y mutuamente excluyentes, deben estar igualmente claras, tanto en su formulación como en las consecuencias. Ninguna de esas condiciones se da aquí.
La pregunta del referéndum griego remite a un complejísimo texto de diez páginas sembrado de detalles sobre aumentos de impuestos, recortes en gastos y reformas estructurales que la inmensa mayoría de los griegos ni podrá leer ni mucho menos entender. Incluso la minoría que pueda entenderlo no podrá valorarlo fácilmente, ni en su contenido ni en sus implicaciones. Cada griego tendrá que hacerse dos preguntas de muy difícil respuesta: una, si las medidas que las instituciones europeas ofrecen son las adecuadas para relanzar la economía griega (¿comparadas con qué?); dos, si independientemente de la sabiduría de dichas medidas, el gobierno griego podría obtener mejores condiciones en una nueva negociación. A la primera pregunta, el gobierno griego responde que no, a la segunda que sí. ¿Entonces por qué convoca un referéndum?
El referéndum es instrumento de ratificación y, por tanto, de legitimación democrática de los acuerdos ya alcanzados, no un ardid negociador para acumular fuerzas de cara a una negociación posterior. Lo que hace un gobierno que convoca un referéndum para pedir el no a un acuerdo no alcanzado es confesar su debilidad en un doble plano: en el exterior, incapaz de cerrar un buen acuerdo, y en el interior, incapaz de lograr su ratificación. De ahí que, inevitablemente, el referéndum se convierta en un plebiscito sobre el negociador. Ahí es donde esta consulta acaba convirtiéndose en una buena idea: tras seis meses de negociaciones, todo griego debería tener una opinión formada sobre si Tsipras debe seguir al frente de la negociación o si es hora de ir a unas elecciones anticipadas. El referéndum versará sobre la gestión que Tsipras ha hecho de las negociaciones con los socios comunitarios. Una pregunta muy pertinente y que ayudará a clarificar el futuro de Grecia.
JOSE IGNACIO TORREBLANCA

La decisión de Alexis Tsipras de convocar un referéndum es una muy mala idea. Y no porque los referendos sean malos en sí mismos sino porque para que cumplan su función democrática tienen que reunir una serie de condiciones. Un referéndum exige una pregunta clara que la gente corriente pueda entender. Y las posibles respuestas, idealmente no más de dos y mutuamente excluyentes, deben estar igualmente claras, tanto en su formulación como en las consecuencias. Ninguna de esas condiciones se da aquí.
La pregunta del referéndum griego remite a un complejísimo texto de diez páginas sembrado de detalles sobre aumentos de impuestos, recortes en gastos y reformas estructurales que la inmensa mayoría de los griegos ni podrá leer ni mucho menos entender. Incluso la minoría que pueda entenderlo no podrá valorarlo fácilmente, ni en su contenido ni en sus implicaciones. Cada griego tendrá que hacerse dos preguntas de muy difícil respuesta: una, si las medidas que las instituciones europeas ofrecen son las adecuadas para relanzar la economía griega (¿comparadas con qué?); dos, si independientemente de la sabiduría de dichas medidas, el gobierno griego podría obtener mejores condiciones en una nueva negociación. A la primera pregunta, el gobierno griego responde que no, a la segunda que sí. ¿Entonces por qué convoca un referéndum?
El referéndum es instrumento de ratificación y, por tanto, de legitimación democrática de los acuerdos ya alcanzados, no un ardid negociador para acumular fuerzas de cara a una negociación posterior. Lo que hace un gobierno que convoca un referéndum para pedir el no a un acuerdo no alcanzado es confesar su debilidad en un doble plano: en el exterior, incapaz de cerrar un buen acuerdo, y en el interior, incapaz de lograr su ratificación. De ahí que, inevitablemente, el referéndum se convierta en un plebiscito sobre el negociador. Ahí es donde esta consulta acaba convirtiéndose en una buena idea: tras seis meses de negociaciones, todo griego debería tener una opinión formada sobre si Tsipras debe seguir al frente de la negociación o si es hora de ir a unas elecciones anticipadas. El referéndum versará sobre la gestión que Tsipras ha hecho de las negociaciones con los socios comunitarios. Una pregunta muy pertinente y que ayudará a clarificar el futuro de Grecia.
 

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APRENDER DE VIETNAM

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        LUIS UGALDE SJ

Nuestra educación está en bancarrota y sigue cuesta abajo. Ocultando la realidad en esta y otras áreas, el gobierno decidió no participar en las pruebas internacionales PISA, que miden “lo que saben los estudiantes y lo que pueden hacer con sus conocimientos”. Nosotros somos revolucionarios y no nos vamos a someter a mediciones capitalistas para saber si los muchachos razonan y leen bien y cuánto aprenden en matemáticas y ciencias. El gobierno comunista de Vietnam, que no es revolucionario de opereta y quiere sacar a su país del subdesarrollo, decidió en 2012 participar y medirse con los mejores del mundo en estas pruebas y arrancó con buen nivel. En 2015 sorprendió con el puesto 12, muy por delante del puesto 28 de USA  y 51 del mejor de América Latina. Los jóvenes vietnamitas de 15 años obtuvieron una puntuación más alta que los norteamericanos y los ingleses en lectura, matemáticas y ciencias. Vietnam, como país colonial hasta ayer y todavía el más pobre de los 65 participantes en la prueba PISA, tiene serios déficit de cobertura escolar, pero sabe que necesita buscar el mejor nivel en los aprendizajes escolares.
Nos preguntamos cómo logra Vietnam este puesto 12 cuando lo latinoamericanos están entre el 51 y 65. Se nos informa que el secreto está en un trípode: una clara decisión educativa del gobierno, un plan de estudios coherente para lograr las metas, e inversión en el profesorado. Mirar y aprender de los países más exitosos con claros objetivos de superación. En 2010 dedicó 20% de todo el gasto público a educación, lo que supera en porcentaje a todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). El currículo se centra en las habilidades básicas, frente a otros que abarcan mucho y memorizan sin enfocarse en lograr lo fundamental y duradero. Aprenden menos cosas, pero fundamentales y con más profundidad. La escuela en Vietnam es muy exigente. En contraste, nuestro “revolucionario” pasar materias sin verlas, aprobarlas sin saber, entregar títulos sin exigir respaldo de conocimientos, es un fraude gigantesco que tiene sus costos.  Así como se convierten las universidades en campo de frustración y fracaso al obligarlas a admitir sin examen, aun a quienes carecen de la mínima preparación. Los maestros en Vietnam están muy bien considerados en la sociedad y son respetados en sus escuelas y aulas. Hay convicción de que el desarrollo y bienestar de su país depende del buen desarrollo del talento de su población y de que la familia y la buena escuela son la clave. No hay mejor inversión y toda la sociedad debe crear esa conciencia y clima educativo.
Entre nosotros la falsa idea repetida de que somos un país riquísimo, y que en consecuencia nuestro problema económico no es producir riqueza, sino repartir la que hay en abundancia natural, es la madre de todas las frustraciones y errores. Por el contrario, el talento y la bondad potencial que se esconde en cada venezolano y la convicción de que somos pobres lleva a apreciar que la buena formación es el secreto para salir de la pobreza económica y política y de la miseria de la convivencia social. La buena escuela es la clave del cultivo del talento y de la buena cosecha.
Desde luego, no basta con tener a todos los muchachos en una buena escuela con buenos maestros, si en  paralelo no se desarrollan decenas de miles de empresas exitosas en conexión con la escuela y dispuestas a recibir a esos jóvenes que se preparan adecuadamente. Lo contrario termina en el desempleo y el éxodo obligado de jóvenes preparados, porque en su país no hay opciones de trabajo y de vida. Cuba era un caso típico donde la educación era mejor que las oportunidades de trabajo, realmente miserables, ayer y hoy.
Un nuevo gobierno en Venezuela requiere un consenso grande y decidido  para exigir y apoyar la buena escuela  y un excelente sistema educativo con creatividad plural para que por lo menos 8 millones de niños y de jóvenes  durante una docena de años saquen lo mejor de sí. Es la base para producir una economía exitosa, una ciudadanía con responsabilidad y sentido solidario de bien común con una política democrática, que sean verdaderamente envidiables. Ese es el futuro de Venezuela.

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ALFREDO PADILLA: “Gobierno involucra en ‘bachaqueo’ a todo el que hace cola, cuando lo que debe es solucionar esa consecuencia de su política económica”
Considera que el incremento salarial no da ni para media empanada
 
Prensa Unidad Venezuela (Caracas, 1 de julio de 2015).- “Es muy cómodo para el Gobierno Nacional envolver en el término ‘bachaqueo’ a una variedad de actividades vinculadas con las circunstancias económicas que vive el venezolano, en general, y en particular, a quienes requieren de insumos para trabajar en lo que siempre han hecho”.
 
Así percibe el director general de la Asociación de Trabajadores Emprendedores y Microempresarios (Atraem), Alfredo Padilla, la denominación que el sector oficial ha conferido al citado fenómeno: “Es una injusticia decir que es un especulador todo el que compra con ansiedad o que compra mayor cantidad de lo que normalmente requiere; además, genera una enorme confusión y cabalga sobre la percepción inmediata que tiene el ciudadano común sobre lo que está ocurriendo en las colas”, afirmó.
 
Para el experto, el ‘bachaqueo’ es producto de erráticos lineamientos económicos del Ejecutivo. “Debemos considerar que la ansiedad por comprar deriva de la incertidumbre de adquirir hoy lo que quizás no podamos encontrar mañana; esa es la consecuencia psicológica por una situación que ha generado el Gobierno con sus políticas, las cuales han promovido una gran escasez en productos que son demandados con muchísima necesidad por los consumidores”.
 
No son todos los ‘bachaqueros’ que están ni están todos los ‘bachaqueros’ que son
 
Padilla advierte que, en primer lugar, hay que saber diferenciar la ‘economía colaborativa’, que se verifica cuando alguien acude al mercado y sabe que una persona cercana, un pariente, le urge algún insumo – por ejemplo, un adulto mayor que necesita pañales - y ve oportunidad de auxiliarlo. “Esa es una persona que tiene sentido de la colaboración con sus semejantes, no es un ‘bachaquero’; o un trabajador que va a comprar y su jefe le pide el favor de que aproveche y le traiga algo, de manera que se explica por qué una persona compra más de un producto a la vez; también hay productores de alguna actividad – quien hace tortas requiere más azúcar -; y existe una tercera categoría que es por razones especulativas”.
 
Para el experto, quien conceptúa al ‘bachaqueo’ como aquel que desarrolla el contrabando en entidades fronterizas, no se puede aplicar dicha palabra al común de los ciudadanos, porque sería involucrar a seis millones de personas que viven del trabajo por cuenta propia.
 
Cómo dan trabajo las estadísticas sobre desempleo y descontrolan los controles
 
“El Gobierno se luce cuando dice que casi no hay desempleo porque suma el que trabaja por cuenta de otro, en el sector público o privado – en el orden de 50 y tanto por ciento -, y el que trabaja por su cuenta que, de acuerdo con el INE, abarca 42 %;  lo cual arrojaría unos niveles de empleo fenomenales. Entonces, a ese 42 % se le califica de especulador y no se le brinda la oportunidad de trabajar por su cuenta. Por ejemplo, el estilista que labora en peluquería y lo visita a usted en su casa necesita acetona, necesita tinte, y no puede estar todo el día en una cola, tiene que comprarle a alguien que le provee de lo que el Gobierno no, y esa persona incurre en unos costos que es el tiempo invertido en hacer la cola para comprar esos productos”, destaca el director general de Asociación de Trabajadores Emprendedores y Microempresarios, al referir las dificultades en las cuales coloca la crisis económica a quienes trabajan por su cuenta.
 
“Hay que estar alertas porque el Gobierno intenta pasar del ‘Dakazo’ al ‘bachacazo’ con el objetivo de explicar su mala política económica, buscando fijar en la mente del ciudadano que todo el que está en la colas es un delincuente”, señaló Padilla, agregando que concuerda con la tipificación ofrecida por el director de Datanálisis, Luis Vicente León, quien estima que el ‘bachaqueo’ se ha convertido en un factor estabilizador, desde la óptica social. “La relación con el ‘bachaquero’ es a veces de ‘te odio y te quiero’ ”, mencionó el declarante.
 
Además, para el portavoz de Atraem, el mercado negro y los controles se presentan como complicaciones adicionales al problema. “Verbigracia, en el mercado de divisas: cuando Ud. va a conseguir que le den la planilla de liquidación a lo mejor debe hacer algo para apurar el trámite, y cuando llega la mercancía al puerto para hacer que desembarquen el contenedor algo tiene que hacer para que baje más temprano, y si se traslada el contenedor en unas gandolas hacia el destino final algo hay que hacer para que en el camino no se la roben los malandros, y cuando llega a la bodega alguna colaboración tiene que dar con los militares que hicieron posible que llegara bien la mercancía”, enumeró.
 
“Al completar el día, el Gobierno controla el 100 % de todas las cosas que estamos hablando, pues, en lo concerniente a los controles, donde hay exceso de trámites, de permisos, cada trámite genera una oportunidad de cobro”, indicó el vocero, denunciando que el mercado negro hace que se encarezca el producto porque “el buhonero le paga más al bodeguero, que a su vez le paga plata por fuera al de Mercal, que a su vez le trae el producto que no debería tener en exceso allí, y el de Mercal está conectado con el del depósito privado que también está conectado y le dice al amigo ‘yo te aviso cuando lleguen las cosas aquí, por detrás, en la noche, cuando ya no esté el gerente’; todo eso lo ha desatado una economía que no funciona”, subrayó.
 
Gobierno debe darse cuenta de que hay un universo de 6 millones de personas en economía informal
 
Alfredo Padilla sugirió al presidente de la República, tras la convocatoria a diálogo que el titular de Miraflores le formulara a los factores económicos del país – “los llama ‘pelucones y luego los invita a conversar”,  comenta Padilla – que cite también a las organizaciones que representan a quienes trabajan por su cuenta. 
 
“Hay un mundo de 6 millones de personas que lo está pasando muy mal, a quienes se les han prometido muchas cosas y solo se les usa como estadística: trabajan, no tienen  protección social, les cuesta mucho conseguir los productos y, encima de eso, les aplican un decreto, 1348, mediante el cual la policía les decomisa la mercancía en la calle”, acotó.
 
Asimismo, según el analista, también privan los “costos ocultos”, los cuales están presentes en todos los sectores de la economía, especialmente, en la economía popular: “Nadie va a decir cuánto pagó para conseguir los dólares a 6,30, ni nadie va a decir cuánto pagó para que le pusieran el contenedor adelante en el puerto, ni nadie va a decir cuánto le pagó al policía para que te deje vender en la plaza, ni se va a decir cuánto se le paga al malandro para que no se la roben; y cuando alguien se atreve a revelar cómo obtuvo las cosas, entonces, viene el llamado de atención, que no es, precisamente, de cortesía ideológica”, ironizó Padilla. 
 
Para el director general de la Asociación de Trabajadores Emprendedores y Microempresarios, la escasez y la inflación mantienen al ciudadano, tal como reza el argot taurino, ‘entre cacho y quijada’: “La inflación es un tema de ingresos y de costos reales porque si tú mides los productos como los pagas al final es mucho más de lo que establecen las estadísticas. Si tú estás 16 horas a la semana metido en una cola, ¿qué estás pagando? Estás pagando con oro, que se llama tiempo, y ese tiempo en lugar de dedicarlo a cuidar a tú mamá o al niño o a descansar, lo tienes que invertir o lo invierte otro, y tienes que pagarle la diferencia porque te hizo el favor de comprar”.
 
Una empanada que sabe a nada
 
Padilla opina que los decretos sucesivos de incrementos salariales constituyen una burla: “El aumento de salario es de 22.3 bolívares: eso es lo que cuesta un bolibomba, eso es media empanada, un poquito menos de media empanada diaria, eso es nada. Es más lo que se gastará en tinta y papel para decir que un trabajador va a ganar 22 bolívares más al día, que lo que realmente le van a dar al final. No es que sea malo que a uno le aumenten el salario, lo que es malo es que aumenten el costo de la vida; si aumentan el salario pero el costo de la vida tiende a bajar o se mantiene estable, no hace falta que aumenten mucho el salario, lo que se necesita es que me bajen lo que cuestan las cosas”, explicó.
 
Propugna, además, una sinceración de la política cambiaria y de los costos para que se acabe la ansiedad. “Si el dólar cuesta 200 bolívares, eso es lo que cuesta, el que quiera comprar dólares en 200 bolívares los compra, el que quiera importar con 200 bolívares importa, pero si Ud. no le da al comercio para que importe ni le da al sector de repuestos, por ejemplo, para que importe, con el dólar negro ellos tienen que adquirir los repuestos; por eso, se va a conseguir un repuesto muy barato o muy caro porque se adquirió con dólar del mercado paralelo o con divisas preferenciales. Toda esa ‘loquetera’ con los dólares incide bárbaramente en la situación del país”, expresó Padilla.
 
Con trabajo de hormiguita se remedia el ‘bachaqueo’
 
Como una solución al problema del ‘bachaqueo’, Alfredo Padilla sostiene que las autoridades nacionales deberían abocarse a los registros que poseen las direcciones de comercio informal de las 335 alcaldías del país, sobre los permisos para ejercer la actividad, acerca de los cuales se exige renovación y sobre los que privan ordenanzas municipales.
 
“Si el Gobierno le distribuyera a ese sistema de, por lo menos, 3 millones de personas que están en la calle vendiendo cosas, así como les distribuye a los mercados privados, resolvería el problema del ‘bachaqueo’. Se les distribuye a los que legalmente venden productos. ¿Cómo sabe quiénes son? Pregúntele a cada alcaldía quiénes son: el que no esté en esa lista no es del trabajo informal, es sospechoso de ser un revendedor abusivo. Es decir, con la misma consideración que se le tiene a la cadena privada de supermercados, distribuya también a los trabajadores que Ud. ha reconocido como tales y que están registrados en cada ayuntamiento. La otra opción es violenta”, planteó Alfredo Padilla, director general de la Asociación de Trabajadores Emprendedores y Microempresarios (Atraem).

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miércoles, 1 de julio de 2015

¿La dictadura castrista será indultada?

TRINO MARQUEZ

Barak Obama y Raúl Castro anunciaron la próxima apertura de sus embajadas, luego de más de medio siglo de haberse mantenido rotas las relaciones diplomáticas.  Obama logró derrotar al poderoso lobby anticastrista de Florida y la resistencia de los sectores más radicales del Partido Republicano, entre ellos el Tea Party. Incluso venció a quienes dentro del Partido Demócrata se oponían a restablecer los vínculos con el gobierno de la isla. Este anuncio inaugura una nueva fase en los nexos entre ambos países.

        Luego de los acuerdos alcanzados, cuya fase inicial fue ultrasecreta, se informará en fecha cercana la suspensión del bloqueo impuesto por Norteamérica desde 1962. Este giro sorpresivo e inesperado coloca a los hermanos Castro en una escala distinta a la tradicional. Los ancianos dictadores, al igual que Francisco Franco o Juan Vicente Gómez, están cerca de pasar ilesos a la historia política de América Latina y mundial. En la actualidad, especialmente Raúl, aparece como un viejito pragmático que con los años se ha convertido en un sabio, conocedor de los intríngulis de la política, capaz al mismo tiempo de teledirigir a su subalterno, el Presidente venezolano, y negociar y llegar a pactos con su encarnizado rival histórico, el gobierno de los Estados Unidos.

        El cambio de la actitud cubana revela que el eje del poder se desplazó definitivamente desde Fidel a Raúl. El mayor de los hermanos se resistió durante décadas a pactar con los norteamericanos, a pesar de los intentos que en su momento realizaron Jimmy Carter y Bill Clinton. Fidel se nutría de la confrontación con el Norte. Le ayudaba a mantener el control total del poder interno. Raúl, seguro de la estructura política y militar armada durante más de cinco décadas, se siente capaz de abrir una fase de convenios con Estados Unidos sin que su autoridad o prestigio se debiliten. Para preservar el régimen totalitario existente no requiere alimentar la confrontación con el Norte. Piensa que Cuba, en su escala, podría ser el Vietnam o la China del Caribe: una sociedad de mercado con un hermético sistema político.

        Esta dimensión no ha formado parte de las conversaciones, al menos que se sepa, no obstante que en Cuba desaparecieron desde 1959 los derechos ciudadanos tradicionales, esos conquistados por la Humanidad a partir de la Revolución Francesa, y que la modernidad fue fortaleciendo a medida que fue desmontando el absolutismo y armando los sistemas políticos complejos, caracterizados por los parlamentos y la pluralidad de organizaciones políticas y sociales.

En los diálogos entre cubanos y norteamericanos no se ha discutido la liberación y democratización progresiva de la vida política cubana: la realización de elecciones libres, plurales, transparentes y equilibradas en el futuro mediato, la posibilidad de constituir partidos de distintas corrientes ideológicas y doctrinarias, la liberación de los presos políticos, la libertad de prensa, información y comunicación, la formación de sindicatos independientes, la creación de organizaciones autónomas de la sociedad civil para el control ciudadano.

Si estos asuntos hubiesen formado parte de la agenda, seguramente no se habría avanzado en las conversaciones, los obstáculos insalvables habrían aparecido desde el comienzo y el éxito no se habría alcanzado. La intransigencia y arrogancia comunista habrían aparecido recubiertas con el manto con el que los autoritarios cubren todas sus trastadas: la autonomía de los Estados y la libre determinación de los pueblos. Habría que preguntarle al pueblo cubano si durante los últimos  sesenta años ha ejercido esa fulana “soberanía”, o ha sido la nomenclatura del Partido Comunista la que se ha arrogado la representación del pueblo, sin haberlo consultado jamás de forma transparente.

Los acuerdos entre el presidente Obama y Raúl Castro hay que celebrarlos. Pero para quienes vemos en la democracia norteamericana un ejemplo válido para el mundo entero, queda un sabor agridulce.  Cuba necesita más a Estados Unidos, que estos a la isla antillana. Era conveniente que la primera potencia del mundo exigiera respeto a los derechos humanos de la oposición cubana y abogara por el restablecimiento progresivo de la democracia, en un momento en el cual los dictadores necesitan encontrar nuevos aliados.

Ahora existe el riesgo de que la vitalicia y tenebrosa dictadura de los hermanos Castro sea indultada y reivindicada por la historia.

@trinomarquezc

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UN VENEZOLANO DE OTRO TIEMPO


ANIBAL ROMERO

Acabo de concluir la lectura del libro de Gabriel Ruan Santos, destacado abogado y académico, sobre su antepasado tachirense y también jurista: Abel Santos y su tiempo, otra cara del andinismo, obra publicada en Caracas hace un par de meses por la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y coauspiciada por el Salón de Lectura de San Cristóbal.
Deseo articular algunas reflexiones suscitadas por este estudio biográfico, que aparece en momentos tan complejos y desafiantes para el país como los que ahora vivimos. Más que realizar una reseña, quiero expresar mi reacción ante la historia que allí se relata y su significado pasado y presente.
Como expone el autor al explicar su propósito, procuró ubicar al personaje biografiado en su contexto sociopolítico, intentando dar cuenta con un sentido de equilibrio de las circunstancias en que se desenvolvió la existencia de ese venezolano de la época de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, dibujando el marco histórico, evaluando los problemas que enfrentó y las respuestas que ante los mismos formuló el protagonista de la obra.

Ruan avanza en su relato sin ocultar las contradicciones y polémicas de una vida, la de Abel Santos, que se explayó en la política, en el ejercicio de la abogacía, en importantes tareas dentro del campo de las finanzas públicas y de la diplomacia, así como –y de manera muy importante– en el esfuerzo civilizatorio, luchando con perseverancia en un medio lleno de dificultades.
Corresponderá a cada lector hacerse un juicio propio sobre los logros y limitaciones del esfuerzo del autor del libro, a objeto de preservar una perspectiva crítica en torno a un personaje al que le unen lazos familiares. De mi parte, creo que se trata de una obra ponderada y pedagógica, que alcanza un justo balance en las apreciaciones y que me ha llevado a pensar de nuevo con cierto orden y rigurosidad acerca de nuestro proceso histórico, a comparar los retos de ese tiempo, que luce tan lejano, con las tormentas que actualmente acosan el panorama venezolano, y a hacer un recuento de lo que como nación hemos logrado, perdido, recuperado y vuelto a perder a lo largo de nuestro convulsionado devenir.
La Venezuela de Castro y Gómez fue en lo esencial prepetrolera, y ello nos traslada prácticamente a otro mundo, a una dimensión de nuestra historia que sin duda se encuentra distante, pero que a su vez no podemos dejar de lado en el empeño de entender adecuadamente nuestras actuales turbulencias. Conocer ese pasado es vital para diagnosticar el sistema nervioso de una sociedad que experimentó cambios traumáticos, a raíz del impacto del petróleo sobre todos sus circuitos vitales, pero que a pesar de esas grandes transformaciones continúa ligada a etapas anteriores, que están allí y que no cesan de ejercer un influjo intangible pero real sobre el acontecer de hoy.
Como tantos venezolanos de entonces y ahora, Abel Santos quiso contribuir al progreso del país. Y como tantos venezolanos de entonces y ahora Santos se vio tentado, y quizás también se sintió empujado a ello en vista de las apremiantes circunstancias que le rodeaban, a hacer su aporte mediante la participación política. En dicho plano, como siempre, contrastan las luces y las sombras, y no dejan de mostrarse las tan frecuentes frustraciones, exilios, carcelazos, retornos y reinicios que forman parte de una historia –la venezolana– repleta de desencantos, pero también surcada las por recurrentes esperanzas de hombres y mujeres de excepción.
El libro pone con claridad de manifiesto el carácter con no poca frecuencia implacable y destructivo de las polémicas políticas, que se producían en un país plagado de penurias, así como las reiteradas y hondas divisiones entre los pequeños grupos y escasos individuos que en aquél momento poseían la capacidad y la cultura para vislumbrar y dar forma a un propósito común de la sociedad.
La política es crucial para la existencia colectiva, pero algunas páginas de la obra que comento hicieron preguntarme si una nación puede sostener la convivencia entregando sus energías fundamentales al conflicto por el poder político. Pienso, más bien, que solo si la política se despliega en un espacio limitado, que no perturbe y asfixie otros ámbitos de la existencia social, es capaz una sociedad de salir delante de modo civilizado.
Me refiero a lo que posiblemente intentaba decir el agudo y original filósofo político inglés Michael Oakeshott, fundador del Departamento de Gobierno de la London School of Economics, cuando afirmaba que el gobierno debe actuar en la sociedad como el ajo en la gastronomía: “Solo debe notarse su ausencia”. Es decir, la política, el Estado y los gobiernos deben cumplir su misión, que no debe transgredir los espacios de la libertad.
Conozco en líneas generales los debates históricos acerca de la figura y el tiempo de Juan Vicente Gómez, y las encontradas tesis sobre lo que se logró o dejó de hacerse durante ese largo período en lo que concierne a la unidad de un país escindido, a la organización de la hacienda pública y de un ejército profesional, entre otros y relevantes asuntos. Ruan se esfuerza, me parece que con buen tino, en explorar estos temas, así como en descubrir la huella personal del protagonista de su libro sobre los debates y ejecutorias de la época. Más allá de las diatribas se percibe en esta historia, en la del país y la etapa que Ruan pinta, la ausencia de ese propósito colectivo que hace grandes a los pueblos, y que en Venezuela constantemente tiende a esfumarse entre las polvaredas y la pólvora, reales y metafóricas, de nuestras guerras civiles, enfrentamientos y controversias políticas.
Del lado positivo –e intuyo que este es el objetivo central del autor– Ruan pone de relieve los meritorios esfuerzos de su biografiado y de otros tachirenses de su tiempo, esfuerzos dirigidos a promover el avance cultural y el progreso material de su región y del país, moldeando así esa “otra cara del andinismo”. Este empeño se vio plasmado, para solo citar un caso, en instituciones como el Salón de Lectura de San Cristóbal, fundado por Abel Santos en un escenario en el que leer constituía un paso clave en el camino hacia la superación común.
Si lo interpreto bien, el autor de esta obra aspira, con razón, a reivindicar a través de la historia de un venezolano en particular, de un civil, la historia relativamente oculta o subestimada de la contribución del mundo civil en sentido amplio al avance de Venezuela, no necesariamente en contraste, pero sí como imperativa corrección a la abrumadora versión militarista y épica del devenir del país a partir de la guerra de Independencia.
En síntesis, este libro me condujo a lo que presumiblemente debería lograr todo libro de historia: a mirar hacia atrás y reflexionar sobre el pasado, y a dar su justo valor a las vicisitudes específicas de un individuo y a través suyo de otros venezolanos, colocados ante las dificultades, desafíos y oportunidades concretas de su momento y coyuntura. La lectura de la obra llevó también a interrogarme acerca del presente del país y las sombras que ahora oscurecen nuestro horizonte. ¿Vendrá acaso un amanecer, más luminoso? A veces lo dudo. Pero lo que me dice la razón es siempre contrarrestado por lo que la emoción y el compromiso exigen.

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El hallazgo de petróleo hecho por la compañía estadounidense Exxon Mobil en el Esequibo, podría llegar a alcanzar hasta 1,5 mil millones de barriles de petróleo, de acuerdo con el ministro de Estado de Guyana, Raphael Trotman.
El ministro anunció ayer que el gobierno de su país podría presionar a la petrolera para lograr este objetivo de producción en cinco años, afirmó el portal digital Stabroek News.
"Entendemos que una cantidad importante de hidrocarburos ha sido descubierto. No sabemos la cantidad exacta, pero sabemos que podría estar rondando entre 800 y 1,5 mil millones de barriles”, afirmó Trotman.

El gobierno de Guyana ha asegurado que Exxon Mobil continuará con sus exploraciones, pese a las solicitudes de Venezuela de que la petrolera paralice los trabajos en un territorio que reclama como suyo.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, promulgó el pasado 27 de mayo un decreto para crear las llamadas Zonas Operativas de Defensa Integral Marítima e Insular, en aguas aún por delimitar con Guyana y Colombia. Esto ha llevado al gobierno guyanés a tomar una posición dura frente a las exigencias de Caracas.
Por su parte, el presidente de Guyana, David Granger, calificó el decreto como una violación flagrante del derecho internacional.

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LA UNIDAD NO ES CONCHA DE AJO

FERMIN LARES

La unidad de fuerzas políticas disímiles en función de un mismo objetivo no es un asunto fácil. Los venezolanos que desean restaurar la democracia en su país exigen la unidad de los partidos de oposición para salir de la pesadilla chavista y los partidos deben responder a esa exigencia, pero esa no es cualquier concha de ajo.
Hace, digamos, unos cuatro o cinco años, se escuchaba decir que hacía falta un líder, alguien con capacidad de enfrentar a Chávez; que era lo que le hacía falta a la oposición. Fueron surgiendo varios. Hubo una elección primaria para medirse con Chávez en las presidenciales de 2012, en la que compitieron los más sobresalientes, y la gente escogió a Henrique Capriles.
Capriles perdió con Chávez conquistando, según el conteo oficial, 45% de las preferencias electorales. Cuando Capriles se midió al año siguiente con Maduro, el margen de la alegada victoria electoral del candidato chavista se redujo a 1%. En ambos casos, funcionó la unidad electoral de los partidos de oposición, en torno a un candidato que se creció como líder en esa segunda elección.

Podría decirse que desde que se creó la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), especialmente desde que la dirigió Ramón Guillermo Aveledo (2009-2014), hasta el día de la proclamación de Maduro como ganador, la unidad de propósitos de los partidos de oposición funcionó bastante bien. La rabia de sentir que el triunfo electoral había sido arrebatado a Capriles por triquiñuelas de último minuto, según la propia reacción del candidato, fue lo que empezó a generar controversias sobre cómo enfrentar al régimen en este nuevo escenario. Que si salimos a protestar por el fraude, que si no. Que si lanzamos al pueblo a la calle, que si no.
Las divergencias entre líderes y partidos afloraron con más fuerza durante todo el 2013 hasta que en febrero de 2014 surgió la llamada “salida”, que abogaba por protestas en la calle, la petición de renuncia a Maduro y el llamado a una asamblea constituyente que renueve los poderes del Estado, tal como se hizo en 1999.
Yo diría que las protestas callejeras y la petición a Maduro a que renuncie eran diferencias tácticas de la acción política desde la oposición, manejables dentro de la unidad, pero el llamado a una asamblea constituyente no lo era ni lo es. No es lo mismo tratar de conquistar el poder con la intención de aplicar la Constitución vigente, de hacerla cumplir, y si acaso, plantear la posibilidad de alguna enmienda necesaria (la reelección presidencial indefinida, por ejemplo), que plantear desde ya querer cambiarla completamente. Pero dejemos esa discusión para más adelante.
El hecho es que la unidad electoral funcionó. El planteamiento de la MUD, de buscar el cambio por la vía pacífica, electoral y constitucional tuvo acogida. El electorado respondió positivamente al llamado opositor con la percepción de que un conjunto de fuerzas políticas distintas estaban de acuerdo con una estrategia, y también se identificó crecientemente con un líder con nombre y apellido, Henrique Capriles.
Ahora, cuando decimos que conseguir la unidad no es cualquier concha de ajo, ¿ustedes se acuerdan de la Coordinadora Democrática? Aquella organización fue un arroz con mango de empresarios, voceros televisivos, sindicalistas y jefes de grupos políticos grandes y pequeños, que querían hacer política sin saber cómo, sin estrategia definida y cuyo único objetivo era sacar a Chávez del poder, a como diera lugar. De allí no podía salir sino un 11 de abril, en el que los pocos políticos que tuvieron que ver con eso andaban a la cola del presidente de Fedecámaras y de generales y almirantes sin tropas ni marineros.
Esa no era la unidad política deseada para reconquistar la democracia. Y no lo pudo ser. Ese frente fue la resultante de una larga campaña contra el antipartidismo y la antipolítica, que pasó por tener a Chávez en el poder y después por no saber cómo sacarlo. Los partidos participantes de la Coordinadora todavía estaban acomplejados de mostrarse como tales, por el desprestigio que ellos mismos se habían labrado y por el que le crearon quienes se sentaron con ellos ese frente opositor. Por eso andaban a la cola del corporativismo.
La MUD, por su parte, fue el resultado de un largo darse cuenta tanto los líderes políticos como la población en sí de que era necesario que el zapatero se ocupe de sus zapatos, los políticos a la política. A la MUD no se llegó fácilmente. Se inició, como su nombre lo indica, como una mesa de diálogo que luego se basó en acuerdos simples para avanzar electoralmente en el objetivo de reconquistar la democracia para el país. Y para ello contó con un secretario ejecutivo que aun siendo político prometió no aspirar a ningún cargo electivo sino a construir paso a paso la unidad. Ese es el gran logro en la carrera política de Ramón Guillermo Aveledo, a mi modo de ver, más que el de haber sido secretario privado del presidente de la República cuando todavía no tenía 30 años, o de haber ejercido dos veces la presidencia de la Cámara de Diputados. ¿Poner de acuerdo a una cantidad de vedettes o aspirantes a ello? ¿Poner de acuerdo a quienes desde visiones distintas compiten por llegar al poder? Eso no fue ni es tarea pequeña.
En la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez, Acción Democrática y el Partido Comunista de Venezuela pudieron ponerse de acuerdo en sus esfuerzos por derrocar al dictador. Ambos partidos tenían fuerza entre los obreros y campesinos, entre los estudiantes y los intelectuales, entre las mujeres y los profesionales. Habían sido rivales antes de la dictadura, y lo fueron después que esta cayó. Copei y URD también estuvieron en la jugada. La cabeza de la Junta Patriótica era Fabricio Ojeda, urredista, y el miembro Enrique Aristiguieta era copeyano. Había unidad y coordinación en la acción. Pero no debe olvidarse que era una lucha clandestina. La alternativa a la división era ir preso, ser torturado o asesinado. No había pataleo por los medios ni por Internet. No había la posibilidad de medirse públicamente. Había que echarle pichón, más nada.
La unidad que se exige hoy a la dirigencia opositora debe tomar en cuenta que se trata de partidos y dirigentes que mientras luchan por la renovación democrática, con un régimen que no da cuartel, aspiran y compiten por la aprobación pública del pueblo, que los escudriña por los medios sociales todos los días.
Pero hay algo más, la tradición política venezolana no los ayuda. La escuela histórica que han tenido estos políticos es la del líder que no acepta desacatos a su voluntad en el marco de un partido centralista democrático. Mi partido y yo, yo y mi partido, decía Jóvito en URD. Caldera montó el chiripero cuando sus delfines no lo dejaron ser candidato. Teodoro se salió del MAS cuando este partido apoyó a Chávez. Luis Beltrán Prieto creó el MEP porque Betancourt no le permitió ser el abanderado presidencial de AD.
Cuando Capriles detuvo en Venezuela las marchas de protesta por el resultado electoral que supuestamente favoreció a Nicolás Maduro, los venezolanos en el exterior tenían que acatar la orden de no salir a protestar frente a la OEA en Washington, o frente a las embajadas y consulados en el exterior. Había que coger la línea que lanzaba el politburó de los partidos de la MUD. La gente, con razón, no entendía esa posición, pues en el exterior no había los riesgos de matanzas o atropellos que había en Venezuela. Pero había que acatar la línea.
Los partidos políticos venezolanos están acostumbrados a funcionar bajo el modelo centralista democrático que Lenin impuso a los bolcheviques para poder derrocar desde la clandestinidad al régimen zarista. Es una tradición organizativa que prevaleció después en el Partido Comunista de la URSS y en los partidos comunistas del mundo, adoptada en Venezuela no solo por el PCV, sino también por AD, Copei, URD, el MAS, el MEP, por todas las organizaciones democráticas venezolanas, y peor aún ahora por el PSUV. Es el modelo de organización donde hay que coger línea, donde las listas de candidatos a diputados y concejales la elaboran los cogollos, donde las autoridades partidistas se eligen a varios niveles hasta llegar al cogollo, que es el que manda, y dentro del cogollo, el máximo líder.
Los políticos actuales a quienes se les exige la unidad están en un proceso de aprendizaje de cambiar eso. Deben luchar contra el régimen y al mismo tiempo zafarse de modelos de actuación política que no están acorde con estos tiempos.
La exigencia unitaria de la población los obliga a ello. Aunque sea de la boca pa’ fuera, ya todo el mundo se dice unitario. Y si antes no había un líder, ahora hay varios. Lo que pasa es que los dirigentes se sienten tentados de abusar de sus propios logros. Pareciera que se sienten cómodos y sobrados con lo alcanzado. De allí surgen las convocatorias unilaterales de un sector hacia la acción, así como la inflexibilidad del otro de mantenerse en una excesiva prudencia.
Rescatar la democracia y la dignidad ciudadana en Venezuela requiere de un esfuerzo conjunto de todos los demócratas, con una estrategia coherente, pero también creativa, unas líneas de acción de común acatamiento, pero sin temor al riesgo, donde no se confunda la libertad de opinión e independencia con el libertinaje donde cada quien vaya por su lado, pero donde haya flexibilidad y mano zurda. La unidad de acción para salir del régimen es difícil, pero necesaria. Cuando se logre ese gran objetivo, que después los políticos se caigan a cipotazos.

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