domingo, 1 de noviembre de 2015

TRANSICIÓN, INSTITUCIONES Y PETRÓLEO

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FRANCISCO J. MONALDI

Para que prospere la democracia es necesario que se limiten los beneficios del poder, “lo que está en juego” en un cambio de gobierno. Si “el ganador se lo lleva todo”, aquellos que están en el poder harán todo lo posible para no dejarlo y aquellos que están fuera del poder harán cualquier cosa para obtenerlo. Estar fuera del poder significa la aniquilación política, estar en el poder permite eternizarse en él. La democracia, por tanto, requiere límites a lo que puede hacer quien ostenta una mayoría circunstancial, de lo contrario tenderá a ser inestable y a desnaturalizarse. Esto lo han entendido perfectamente quienes han diseñado los marcos institucionales de las democracias más desarrolladas, a veces como resultado de dolorosas experiencias de abuso de poder por gobiernos inicialmente electos democráticamente, pero que luego ejercieron el poder en forma despótica y pretendieron gobernar sin límites. Otras veces porque la democracia misma surgió del proceso de limitar el poder de la monarquía.
Instituciones que restringen el poder incluyen: la separación de poderes, los límites a la reelección, los límites a la autoridad legislativa del ejecutivo, el federalismo efectivo, los sistemas electorales proporcionales, las barreras a la modificación de las normas constitucionales, así como la independencia del poder judicial, de la autoridad electoral, de la autoridad monetaria y de ciertas agencias regulatorias, entre otras. La configuración institucional de cada país determina qué tan limitado es el uso discrecional del poder. El ejemplo típico de un sistema político restringido, con muchos actores con capacidad de veto, es Estados Unidos, donde la constitución y otras instituciones políticas han puesto importantes barreras al ejercicio del poder presidencial (quizás con la notable excepción del uso del poder militar fuera de su territorio, que al menos transitoriamente es sorprendentemente discrecional). Por otra parte, la otra cara de la moneda es que los límites al poder hacen difícil producir reformas importantes ante situaciones que lo ameriten, como por ejemplo una crisis económica de gran magnitud. Por eso es necesario que exista un cierto equilibrio entre la capacidad de cambiar y la garantía de estabilidad.
Los países petroleros tienen un reto mucho mayor al tratar de limitar el poder. Los petroestados controlan la mayor parte de las divisas y no necesitan de los contribuyentes para financiarse. Por tanto, si el gobernante tiene control discrecional sobre la renta petrolera, los beneficios del poder son inmensos. Estos recursos pueden usarse para perpetuarse en el poder, para comprar apoyo político, o para destruir a los rivales. Por eso se habla de que el petróleo puede tener un efecto autoritario, especialmente cuando suben los precios del crudo. Sin embargo, en países de alto desarrollo institucional como Noruega la renta petrolera no ha producido tales efectos. Incluso se ha argumentado que en Venezuela el petróleo más bien tuvo un efecto democratizador porque permitió resolver institucionalmente los conflictos que llevaron al quiebre de la democracia en otros países de la región. Pero quizás eso fue posible debido a que ocurrió en el marco del Pacto de Puntofijo y la Constitución de 1961, acuerdos construidos para limitar los beneficios del poder.
La Constitución de 1999 y aún más las reformas institucionales subsecuentes realizadas durante el chavismo, incrementaron dramáticamente los beneficios del poder y redujeron los límites a la autoridad presidencial. En particular hay dos elementos constitucionales que le dan al presidente de Venezuela un poder desmedido comparado con sus pares en la región y en el mundo. El primero es la reelección ilimitada. Una de las grandes batallas históricas para la consolidación de la democracia en América Latina fue precisamente por limitar la reelección. En la historia de Suramérica todos los presidentes en ejercicio que se lanzaron a la reelección lograron salir victoriosos, lo cual testimonia la extraordinaria ventaja que otorga estar en el poder. Por eso casi todas las democracias presidenciales del mundo prohíben la reelección inmediata o la limitan a una sola reelección consecutiva.
La segunda consideración es la autoridad conferida al presidente para convocar referendos para elegir una Asamblea Constituyente con autoridad absoluta, que puede disolver todos los otros poderes. Es el “botón nuclear” que le permite a un presidente popular amenazar a los otros poderes con su aniquilación si se oponen a sus designios. Chávez de hecho lo hizo explícitamente con los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia. Nótese sin embargo que las dos prerrogativas antes mencionadas tienen poco valor cuando el presidente es impopular. En esas circunstancias son otros los instrumentos claves del poder.
Entre otros elementos institucionales que han exacerbado los beneficios del poder en la Venezuela chavista podemos destacar: el sistema electoral mayoritario (que viola el principio constitucional de representación de las minorías), el control discrecional de las finanzas de PDVSA y de los fondos extrapresupuestarios, el control del Banco Central (que también viola la norma constitucional que otorga independencia al ente emisor), el debilitamiento del federalismo fiscal y el control discrecional presidencial sobre los asensos militares. Adicionalmente, la mayoría legislativa ha permitido que el gobierno tome control del poder judicial y electoral y que le conceda al ejecutivo el poder de legislar. Es importante destacar que algunos de estos poderes podrían limitarse significativamente si la legislatura pasa a ser controlada por la oposición, pero en lo esencial el sistema político venezolano seguiría siendo del tipo “el ganador se lo lleva todo”.
A largo plazo para sentar las bases de una democracia estable será necesario hacer reformas institucionales importantes que limiten los beneficios del poder. La más obvia es la eliminación de la reelección ilimitada y la reducción del periodo constitucional. Otra es requerir un consenso mayor entre actores políticos para activar mecanismos de cambio constitucional y acotar el poder de la Asamblea Constituyente. Adicionalmente, un tema fundamental es el control de la renta petrolera. Hay que buscar mecanismos para que sea más difícil que el gobierno use las rentas, que son de todos venezolanos, para su beneficio político, e igualmente para que los gobiernos tengan más incentivos para pensar en el futuro, ahorrando en los auges y posibilitando la inversión en el desarrollo de la industria petrolera.
A corto plazo, en una transición democrática, estos temas son también fundamentales, especialmente en una sociedad polarizada. Por un lado las instituciones políticas pueden servir para garantizar al grupo en el poder que el sistema que ellos usaron para aplastar a las minorías, no será ahora usado para hacerles lo propio. Puede que en esas circunstancias los distintos bandos estén dispuestos a limitar la reelección o a hacer más proporcional al sistema electoral. Por ejemplo, en varios procesos de transición se ha acordado que el ejecutivo inaugural no pueda reelegirse, reduciendo los beneficios del cargo y creándole incentivos para adoptar decisiones difíciles para resolver la crisis económica y política. En el caso venezolano, instituciones como el Consejo Federal pudieran servir para garantizar los espacios regionales de los diversos sectores políticos. Asimismo, una negociación en la Asamblea Nacional para la conformación del TSJ y CNE pudiera tener un propósito equivalente.
El tema se complica por la magnitud de la crisis económica que vive el país. Posiblemente la más grave de su historia contemporánea. En estas circunstancias cualquier gobierno quisiera tener el poder con que cuenta hoy el ejecutivo, para acometerlas reformas necesarias. Eso permitiría actuar con rapidez y eficacia. Sin embargo, lo que es positivo desde la perspectiva económica y tecnocrática, pudiera ser negativo desde el punto de vista de la estabilidad política. El hoy desprestigiado Pacto de Puntofijo precisamente trataba de equilibrar esas dos necesidades en tensión: la capacidad de gobernar, pero dentro de un marco de reglas que garantizara a todos los actores un espacio. Ojala el liderazgo político del país posea la madurez y habilidad necesarias para manejar este difícil reto. No es imposible, otros lo han conseguido, de hecho los venezolanos ya lo logramos una vez.
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ARMAZÓN AGRIETADA

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           ELSA CARDOZO

La nota con la que el Tribunal Superior Electoral de Brasil hizo público su retiro fue muy concisa y precisa en razones, todas reveladoras, para comenzar, de las responsabilidades que esa autoridad electoral demostradamente independiente sabe que tiene a la hora de actuar en tareas de observación. También ha dejado constancia de las obligaciones que el gobierno venezolano ha desatendido al impedir que la misión de Unasur pueda actuar con independencia, objetividad y presencia temprana en fases esenciales para un proceso electoral verdaderamente libre y confiable.
Lo expresado por la máxima autoridad electoral brasileña es también revelador del estado de la armazón internacional del régimen venezolano, construida mediante el uso y abuso de teorías conspirativas, de la invocación al principio de no intervención y de la transferencia a otros países de recursos y oportunidades en muy turbia mezcla de promesas y amenazas. En cada una de esas vertientes se suman cada día más voces que alertan sobre la represión de derechos políticos y condenan la ilegítima argumentación utilizada para incumplir compromisos y evadir cualquier forma de escrutinio internacional en materia de derechos humanos. Al coro se añaden las condenas y expresiones de desagrado en una región en la que, en medio de un panorama económico complicado, crece la sensibilidad de las sociedades ante la corrupción y la opacidad en las cuentas.
Están a la vista al menos tres condiciones internacionales que están contribuyendo a ensanchar las grietas en la estructura de apoyos y silencios en los que se había escudado el gobierno venezolano. La más gruesa y visible se proyecta desde el interior. Es la del inocultable descalabro institucional y material que no solo desdice del modelo mismo que se pretendió proyectar con una agresiva petrodiplomacia, sino que hace que esta sea cada vez más costosa y contraproducente para un gobierno que no duda en aumentar los daños para el país todo. Así lo dejan ver las desgastadas respuestas oficialistas ante las denuncias y solicitudes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los votos perdidos en las Naciones Unidas, el torpe manejo de las relaciones con Guyana y los toscos acercamientos recientes a países de la Comunidad del Caribe y a otros deudores y acreedores.
En el entorno regional, el panorama socioeconómico del final de la “década dorada” se perfila con cambios importantes en la correlación de fuerzas políticas al interior de la mayoría de los países. Los presidentes, afectados en general por la reducción en sus niveles de apoyo y espacio político, han perdido capacidad de maniobra y les resulta tan necesario hacer alianzas, como costoso hacerse oídos sordos o descalificar a los opositores. La actitud ante la situación venezolana se ha convertido en una suerte de termómetro muy visible sobre la salud de la política exterior –e interior– de los gobiernos del vecindario.
A esa presión política se añade la no gubernamental de personas, grupos y organizaciones que atraviesan la armazón protectora y ensanchan sus grietas. Son quienes, solo con ataduras a principios democráticos, mantienen la atención sobre el proceso electoral venezolano y, con sus alertas, contribuyen a hacer cada día más costoso para el gobierno desvirtuarlo.
Cuanto más se opone el gobierno venezolano a la observación internacional, más deja ver sus grietas y más atención atrae sobre un proceso electoral en el que es imperativo seguir poniendo especialísimo y muy justificado empeño.

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ESE COMO SEA

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                  ELIAS PINO ITURRIETA

Tal vez una frase de Chávez sirva para intentar una explicación de las escandalosas palabras pronunciadas hace poco por el presidente Maduro, que no han recibido la repulsa que merecen. A lo mejor esa frase sirva igualmente para comprender los motivos de la respuesta apenas tibia que se ha producido frente a las afirmaciones del jefe del Estado sobre las elecciones parlamentarias que se avecinan. Sea como fuere, lo dicho por el “comandante eterno” remite a una atmósfera de irrespeto a la sociedad que conduce, sin encrucijadas, a los vocablos del actual mandatario que todavía esperan por el firme rechazo del cual son acreedores.
“No se fijen en lo que digo, sino en lo que hago”, afirmó Chávez en memorable ocasión. Hacía la advertencia quizá porque sabía, en un rapto de sensatez, que iba a desembuchar una lluvia de necedades, muchas enormidades que saldrían sin freno de su boca para desaparecer en el aire, pero que quería expresar porque se le pegaba la gana aunque jamás se convirtieran en hecho concreto. La cuestión era hablar por hablar, el asunto consistía en emborracharse de sonidos vacuos para pasar por el formidable tribuno de la plebe que jamás se había visto en nuestra historia. Le hizo honor a la indicación: nadie puede hacer el inventario de sus expresiones sobadas o de sus discursos insustanciales, sin el riesgo de ponerse como Sísifo a mover la maciza roca.
Así no fue siempre. En ocasiones sus chácharas se convirtieron en disparates redondos y en injusticias incalificables, pero prevaleció la idea de que el perro que ladraba solo mordía cuando tenía malas pulgas. Aquello no dejó de ser un alivio, algo parecido a la tranquilidad de los que ven llover desde balcón techado y apenas reciben unas salpicaduras, pero introdujo el hábito de la indiferencia frente a las afirmaciones de los gobernantes. Nos fuimos acostumbrando a las frases que se lleva el viento, a los gritos que suenan durante un rato para perderse en la nada, a las disposiciones que rara vez salen de la escena del guiñol para perturbar la vida. Pavoroso alivio, debido a que cambia la tranquilidad de los destinatarios del discurso político por la devaluación de los ingredientes esenciales de ese discurso. Fiero trueque que muda el verbo por la banalidad. ¿Qué importa lo que dicen los políticos, podemos asegurar, si Chávez nos metió en la costumbre de comunicar pendejadas que solo en rara vez se volvían carne y hueso, si todavía estamos aquí escuchando bullas pasajeras que apenas a veces nos cortan el pellejo? Tres lustros de acentos baldíos no pasan en vano.
Maduro afirma que el gobierno ganará las elecciones parlamentarias “como sea”, y en Venezuela no sucede nada. La institución más concernida por el anuncio de semejante intención se hace la sorda para no desentonar, es decir, para mantenerse en su papel de sujeción frente a la voluntad del Ejecutivo y ante los intereses del partido de gobierno. Estará conforme con ese “como sea”, si el jefe lo maquilla para que nadie crea que fue. La MUD escribe un comunicado y sigue el camino que la debe conducir a la victoria, pese a que debe sospechar que no será así según el aviso anticipado sin rubor por el presidente en cadena nacional. Los demás solo escuchamos un poco sin calibrar la gravedad de la afirmación, y seguimos en nuestros asuntos como si cual cosa. Destinatarios del discurso de Chávez, aficionados a las bravatas sin colmillo, esperamos el 6-D con fe en una ineludible epifanía en cuyo advenimiento no vale el “como sea”.
Las palabras de Maduro son una falta moral de inmensas proporciones, y se deben juzgar como tales, pese a lo que oímos con preocupación relativa en los discursos de su antecesor. En su palabrerío Chávez no se atrevió a adelantar una maniobra semejante. Más bien se decantó por las echonerías. Si lo hizo, no importa mucho ahora. De lo superfluo se pasa al oprobio en un santiamén. De la afirmación de Maduro se puede desprender cualquier zancadilla, cualquier porquería, cualquier ventaja, cualquier ilegalidad sin vínculos con las sugeridas por el “eterno”. ¿El “eterno” era mejor, más confiable, más decente? No, desde luego, pero jamás estuvo en los aprietos electorales del sucesor.

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LA NATURALEZA HUMANA CONTRA LA MADRE NATURALEZA



          MOISES NAIM

La madre naturaleza nos ha estado mandando señales. El 2015 va en camino de ser el año más caluroso de la historia. Hace unas semanas el huracán Patricia, el más fuerte jamás registrado por los meteorólogos, generó vientos sostenidos de 320 kilómetros por hora, un récord.
Según la ONU, el número de tormentas, inundaciones y olas de calor es hoy cinco veces mayor que en 1970. Aunque parte de este aumento seguramente se debe a que ahora tenemos más y mejor información que entonces, todos los estudios evidencian la mayor frecuencia con la que ocurren fenómenos climáticos extremos: temperaturas extraordinariamente altas o bajas, lluvias torrenciales, sequías, incendios, etcétera. La cifra de personas desplazadas de sus hogares debido a desastres climáticos no tiene precedentes, y supera a la de los desplazados por conflictos armados.
Un reciente estudio concluye que hacia finales de este siglo algunos centros de población del golfo Pérsico “experimentarán niveles de calor y humedad intolerables para los humanos”. El sureste asiático también está expuesto a este tipo de amenaza. En estos análisis, “intolerable” no quiere decir muy incómodo; quiere decir que estar a la intemperie tan solo algunas horas implicará correr un riesgo mortal.
Después de décadas de debates, los científicos han concluido que estos cambios climáticos se deben al aumento de las emisiones de gases que produce la actividad humana. Aún quedan escépticos que dudan de esto, pero son cada vez menos. Y en algunos casos, el escepticismo es nutrido por tendenciosos “estudios científicos” financiados por actores que se verían perjudicados si el mundo se decide a cambiar la manera como produce y consume energía. Y sabemos que, hasta ahora, el mundo no ha sido capaz de actuar con eficacia para modificar su desastrosa trayectoria con respecto al calentamiento global.
Pero esta inacción ante una crisis cada vez más obvia no se debe, en esencia, a las manipulaciones de empresas y países que buscan proteger sus intereses a expensas del bien de todos.
Se debe a la naturaleza humana.
Nos cuesta mucho alterar hábitos y costumbres. Todas las investigaciones encuentran que la gran mayoría de quienes inician una dieta para bajar de peso la abandonan antes de lograr su objetivo. Quienes han intentado dejar de fumar saben lo difícil que es, dado lo adictiva que es la nicotina. También sabemos que no hay nada más eficaz para modificar hábitos, dietas y estilos de vida poco sanos que un infarto que no nos mata. En muchos, ese susto produce cambios positivos que parecían imposibles. ¿Será que necesitamos un gran susto colectivo para cambiar la forma en la que nos relacionamos con nuestro planeta?
¿Es que las señales que nos está mandado la naturaleza no son suficientes? Hasta ahora no. Pero todo apunta a que nos viene un infarto climático que obligará a la humanidad a hacer una dieta para la cual no está preparada.
La adicción que hoy día tiene el mundo al consumo de carbono es tan difícil de romper como la adicción al tabaco, al azúcar o al alcohol que tienen algunas personas. La manera en que alumbramos, calentamos o enfriamos nuestras casas y oficinas, nuestros medios de transporte o los productos que consumimos —de plásticos a hamburguesas— implican un alto consumo de carbono que, una vez emitido a la atmosfera como CO2, contribuye a calentar el planeta y a enloquecer el clima. Y esto tendrá que cambiar.
Si mantener una dieta resulta difícil para una persona, lo es aún más cuando muchos países la deben hacer colectivamente. Es costoso para todos. Por eso algunos países harán trampa. Otros pedirán que la dieta de los más gordos sea más severa que la de los más delgados. Y otros exigirán que los países que llevan desde la revolución industrial contaminando el planeta y su atmósfera sean quienes hagan la dieta, y no aquellos que aún están industrializándose.
La primera conferencia mundial sobre el medio ambiente se celebró en Brasil en 1992. La próxima tendrá lugar en París en unas semanas. Entre ellas ha habido muchas otras reuniones y muy poco progreso. La de París promete ser la que más avances logre y es probable que así sea.
Sin embargo, aun si tiene éxito, las metas que se plantean en cuanto a reducción de emisiones están por debajo de las necesarias para evitar que la temperatura aumente a niveles peligrosos. Así, la inercia de la naturaleza humana seguirá retando a la madre naturaleza. Sin importar que sepamos que, al final, la madre naturaleza siempre gana.
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Franklin Nieves: “Me fui porque no quería defender la farsa contra Leopoldo López”



El fiscal venezolano Franklin Nieves, de 51 años, es hoy día una de las personas más buscadas del planeta. Se le percibe abrumado por el alboroto que ha suscitado su huida de Venezuela tras denunciar que el Gobierno de Nicolás Maduro amañó pruebas en el juicio contra el dirigente opositor Leopoldo López. Desde hace cinco días está oculto con su esposa y sus dos hijas pequeñas en Miami, en Estados Unidos, donde está tramitando la solicitud de asilo político. El papel de Nieves fue decisivo para condenar a 13 años de prisión a López por las manifestaciones del 12 febrero de 2014, que acabaron con 43 fallecidos. Asegura que responsables del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional le dijeron que Maduro dio la orden de actuar contra López y que, sobre la marcha, montó la acusación. “Un cuento”, dice Nieves, quien, en la entrevista con EL PAÍS, relata los tejemanejes del Gobierno para acusar a López y muestra su arrepentimiento.
Pregunta. ¿Cuándo y por qué decide huir de Venezuela y denunciar la manipulación de pruebas en el juicio de Leopoldo López?
Respuesta. En Venezuela hay persecución contra los fiscales y los jueces y tenía temor porque allí funciona la ley del miedo. El 19 de octubre le dije a mi esposa que nos íbamos. Alargué mis vacaciones, compré los pasajes a Aruba y desde allí a Estados Unidos.
P. Ha denunciado presiones para acusar a López. ¿En qué consistieron?
R. En obligar a los expertos, a los funcionarios, a los testigos a que respondieran las preguntas que les hacíamos. Preparábamos las respuestas, luego firmaban y listo.
P. ¿Personalmente sufrió amenazas?
R. No, no, pero estaban latentes.
P. ¿Planteó objeciones a las presiones y a las pruebas falsas?
R. A las presiones no, pero denuncié que el procedimiento no era correcto. Las pruebas falsas constan en el expediente, pero cuando hicimos la acusación, tergiversamos la información. Y donde no había fuego, poníamos que sí había existido fuego.
P. Cuándo se iba a su casa, ¿qué pensaba?
R. Estaba en shock. Leopoldo López es inocente, en ningún momento llamó a la violencia. En los vídeos colgados en YouTube o en las redes sociales se comprueba que decía a sus seguidores que no cayeran en provocaciones. Nosotros pusimos en la acusación que cuando se retiró de las manifestaciones empezaron las agresiones contra el edificio de la fiscalía y eso es totalmente falso.
P. ¿Cómo se siente sabiendo que ha falsificado pruebas contra un inocente?
R. [Pausa] Imagínese… por eso vengo aquí a contar la verdad, la violación de los derechos de Leopoldo López. Juré defender la Constitución y las leyes. ¿Dónde quedó eso, Franklin Nieves? ¿Dónde te enseñaron en la Universidad a cometer delitos, a violar derechos humanos? He pisoteado todo en mi carrera, los estudios de Derecho Penal, de Derecho Internacional Humanitario… ¿Qué hice? Tanto tiempo preparándome, para al final…
P. ¿Cuál sería su condena?
R. Imagino que cadena perpetua porque nunca voy a olvidar esto.
P. ¿Qué pruebas trae de la manipulación del proceso?
R. En sí, no sustraje ninguna prueba física, pero tengo algunos casos que puedan ser interesantes.
P. ¿Pudo hacer algo para que el proceso contra López no avanzara?
R. No, no. Conmigo o sin mí, la condena era segura. Si yo renunciaba, me iban a hacer un expediente, una persecución… o me mataban.
P. ¿Le prometió algo el Gobierno por hacer la acusación?
R. No, no.
P. Hay parte del exilio venezolano que desconfía de su arrepentimiento. ¿Lo entiende?
R. Claro, pero no creo que sea tarde para recapacitar. Podía haber contestado a la apelación que ha hecho López, haber solicitado mi jubilación y no lo hice. Me vine cinco días antes de tener que contestar la apelación porque no quería defender esa farsa.
P. ¿El Gobierno venezolano ha intentado contactar con usted?
R. No. Lo que han hecho ha sido allanar mi casa y una de mi esposa. Fueron a mi oficina, la registraron sin ninguna orden, se llevaron los discos duros y amedrentaron a mi personal.
P. Tras confesar que manipuló pruebas, ¿teme alguna actuación judicial contra usted?
R. No, no. Estoy contando la verdad, no estoy evadiendo mi responsabilidad penal. Si me detienen y me meten en el calabozo, quiero que el calabozo sea ¡grande! Ahí tienen que entrar Nicolás Maduro y Diosdado Cabello [presidente de la Asamblea Nacional y número dos del régimen]
P. ¿Había hecho antes alguna acusación irregular?
R. Todas las acusaciones que he realizado, todas menos esta, han sido correctas. Siempre he actuado apegado a la ley.
P. ¿La petición de perdón a Leopoldo López y su familia es suficiente?
R. Espero que surta efecto en la conciencia y en los corazones de los venezolanos, por lo menos en el del ciudadano Leopoldo López Mendoza. Sobre todo, en el corazón de sus hijos Manuela y Leopoldito. Algún día tengo que arrodillarme y pedirle perdón a esa gente. El día que liberen a Leopoldo López, yo seré su mejor amigo.
P. ¿Saldrá López pronto de la cárcel?
R. La justicia venezolana tiene ahora la responsabilidad de anular el juicio. Se violaron garantías constitucionales, el derecho a la defensa… Pero en Venezuela lo que opera es una sociedad de cómplices, se protegen entre ellos porque muchas personas saben secretos de otras.

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CATÁSTROFE

REVISTA DINERO

El segundo semestre está corriendo y el desastre económico también. Pero con un impulso curioso: va  más rápido que la acelerada inflación –ya con rango de hiper— y el gobierno de Nicolás Maduro no reacciona, no hace nada, está paralizado ante la crisis,  viendo como crece geométricamente la pobreza.  El Presidente y su gabinete –donde no hay, de paso, ningún economista— parecen creer que el rumbo es el correcto y combaten de brazos cruzados, con pura indiferencia,  su fantasma de la “guerra económica”.

Estamos ya en el tobogán de la estanflación:  un enemigo desbocado que aprovecha la absurda anomia oficial y avanza sin obstáculo alguno, como un cáncer social a cuyos síntomas –colas en cada esquina, escasa producción, *bachaqueo *infame, empresas en cesantía, importaciones mínimas, desabastecimiento y carestía galopantes-- el Ejecutivo ignora con una pasmosidad  que asombra. Incluso no quiere enterarse de los números  –ni que nadie se entere— por lo que el Banco Central hace rato no los publica.

Eso sí, cada día, en cadena nacional, la verborrea presidencial amenaza al empresariado y acusa a la “economía criminal” y  a los “pelucones” (curioso calificativo con posible referencia a la aristocracia del siglo XIX). Pero sigue sin oír a nadie, sin demostrar verdadero interés en resolver los problemas y sin temor, tampoco,  a que la grave crisis le estalle en la cara.

Algo insólito, porque para peor sucede en un año electoral de comicios parlamentarios que el Gobierno no puede darse el lujo de perder (y la oposición tampoco, de paso, por lo que también es absurdo que no intervenga más y mejor). Pero la obligación de conducir el país es del Gobierno. Es desde Miraflores que deben partir las acciones para restablecer el equilibrio, sosegar al mercado, aprovisionarlo, crear empleo y resolver la enorme brecha cambiaria que ya marca record Guinness: quizá no hubo nada similar en el mundo, quitando la Alemania de 1923.

En diciembre de 1998, cuando el chavismo ganó el poder, un dólar valía 565 bolìvares.  En febrero de 2003 llegó el control cambiario y en el 2008 la reconversión monetaria dio a luz el Bolívar Fuerte. Al cierre de esta nota hay cuatro tipos de cambio con abismales brechas entre los oficiales –desde 6,30 y 12,70 hasta casi 200 bolívares del “dólar simadi”--  y el mercado negro según el valor de la divisa en la frontera: unos 700 bolívares fuertes (sic), que representan 700.000 bolívares de la época previa a la reconversión, que le quitó tres ceros al bolívar “débil”.

Esta distorsión monumental, inmanejable, se nutre además de otro montón de distorsiones entre las cuales la gasolina de mayor octanaje a 0,97 bolívares el litro (¡Dios!) bate también record Guinness. Haga la cuenta en dólares al cambio que prefiera. Todos los precios resultan ridículos.

Otros desaguisados son la falta de política monetaria y su espejo: la impresión infernal de moneda sin respaldo, que para colmo se manifiesta con el empecinamiento de seguir haciendo billetes de 2; 5 y 10 bolívares. Fabricar cualquiera  de ellos –e incluso los de 100—cuesta por unidad mucho más que su valor facial de compra. Pero el gobierno sigue como si nada, imprimiendo a millón esa monedita.

¿Será tan difícil corregir todo este enredo?  Económicamente no, dicen los que saben. Sólo con dar una progresiva salida al control cambiario, libertades elementales al mercado y sus agentes, seguridad jurídica a los inversionistas y aliento crediticio al devastado sector industrial, se pondría rumbo a una segura senda de bienestar, promoviendo trabajo en vez de la limosna de las misiones y el *bachaqueo*. Y de paso subirían las reservas, hoy caídas pese a los controles y la baja de importaciones por la crisis.

Pero si la inacción prosigue, para desgracia del gobierno se llegará a las elecciones del 6 de diciembre con la contracción económica más grande de la historia de Venezuela (7 por ciento del PIB) sumada a una inflación de superior al 200 por ciento,  dependiendo de quién y cómo la mida.

Humillante para un país petrolero, geográficamente privilegiado, que es además agrícola, ganadero, pesquero, turístico, gasífero, rico en hierro, bauxita, uranio, madera, oro y diamantes; con más agua que ninguno y menos habitantes que los que podría albergar; que fue faro democrático de Latinoamérica cuando casi todos los demás países padecían la bota militar.
Un país de oportunidades, perdido en su laberinto y hundido en un oscuro túnel que, por desgracia, desató además una furiosa crisis  social, política, educativa, moral y ética superior al drama económico. Un país rico, hoy más pobre que nunca, que solo se hace una pregunta al borde delabismo: ¿hasta cuándo?

¿Será capaz usted de responderla, señor Presidente?

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Fouquier Tinville, Vichinsky y, ahora, Nieves

 

                    Ibsen Martinez

¿Fiscal verdaderamente digno de sus infames galones? Antoine Quentin Fouquier Tinville, cuyo alto cargo presta nombre a mi bagatela de hoy y título a una brillante e injustamente olvidada pieza teatral del austriaco Fritz Hochwälder. Alma del Tribunal de Salud Pública, Fouquier llevaba en un cuadernillo la cuenta de las carretas que condujeron a la guillotina a decenas de girondinos y dantonistas por igual. Y a Carlota Corday, a María Antonieta, a Saint Just y al mismísimo Robespierre. Al final, para pararle el trote asesino hubo que decapitarlo a él también, ¡qué remedio! Con el cuello en el tajo de rebanar pescuezos sospechosos alcanzó a decir lo que siempre dicen estos desalmados: que esperaba no ser malinterpretado por la posteridad, pues, total, no hacía más que cumplir órdenes.

¿Qué decir de Andréi Vichinsky, fiscal supremo de la desaparecida Unión Soviética, que acató la orden de Stalin de liquidar a toda la élite bolchevique en una misma tanda de juicios amañados? Sabía añadir la vituperación a la prueba falsa: “Fusilad a estos perros rabiosos, al buitre de Trotski, de cuya boca gotea sangre pútrida sobre los nobles ideales del marxismo”. Murió en su cama, el tovarich Andréi. Pregunta: ¿merece el retrato del fiscal venezolano Franklin Nieves un nicho en esa pinacoteca de infames? Sin duda que sí, digo yo. Pero no en la sala de los soberbios hijos de mala madre que mueren en su ley, como Fouquier Tinville o Vichinsky, sino en la de las desdentadas y pestilentes almas en pena cuyo fingido arrepentimiento no suscita sino bascas de repudio en los venezolanos de bien.
Nieves es quintaesencial muestra del ruin funcionariado civil chavista, gozosamente sujeto a los designios de esta novísima cepa de dictadura militar que aún pretende, como solía hacerlo Chávez, y luego de tropelías sin cuento, vindicar una legitimidad de origen electoral. El exfiscal no es sino transmutación posmoderna de Mujiquita, el personaje de Rómulo Gallegos, despreciable leguleyo lameculos, escribiente de Ño Pernalete, el bárbaro chafarote, coronel de montonera. Las trapacerías expuestas en el carrusel de sobreexposición mediática al que zafiamente ha saltado Nieves, proferidas en el pésimo español hablado de la nomenklatura chavista que tartajea el exfiscal, autorizan a pensar que sus motivos últimos no son los de un incauto de cuyos ojos cae al fin la proverbial venda de los arrepentidos. ¡Ya se sabrán! Es cosa de saber esperar.
De todo esto una sola verdad resplandece: tanto el exfiscal como el presidente Nicolás Maduro, por nombrar a otro homúnculo, pertenecen ambos a una misma subcategoría jerárquica: la de los sumisos secuaces de Diosdado Cabello, el hombre que, según el exfiscal, dictó palabra por palabra, ahogándose de risa, la orden de captura contra Leopoldo López. Es Cabello el acusador público del régimen; él y solo él imparte todas las órdenes. Es el verdadero enemigo a vencer en las elecciones del 6 de diciembre.

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