lunes, 2 de abril de 2018

EL IMPERIO DE LA LEY

ANTONIO NAVALON

En el año en el que más del 75% de los habitantes de la América que no habla inglés acudirán a las urnas para elegir a sus nuevos presidentes y representantes, se hace más evidente que nunca la crisis de los sistemas democráticos, pero también la necesidad de reestructurar su supervivencia. Baste recordar que en los últimos 30 años, 19 presidentes elegidos en el subcontinente no han logrado terminar su mandato, el último Pedro Pablo Kuczynski.
De todos los países, Brasil, México y Colombia son especiales porque sufren ahora mismo la pulsión y la presión de los tribunales en la persecución y desmantelamiento de los casos de corrupción. El sistema de partidos está en crisis, y lo está por la pérdida de la autoridad moral frente a los pueblos y la consiguiente escalada de la falta de fe democrática que se va reflejando cuando se pulsa el ánimo de la población.
El problema es grave en todo el mundo, pero en América Latina es peor por varias razones. La primera, porque solo recupera el perfil democrático a finales de los ochenta, ya que la libertad fue un anhelo largamente esperado y casi siempre abortado por la injerencia de EE UU. La segunda, porque ese desembarco en la democracia fue a través de la experiencia, por agotamiento de las dictaduras y por el éxito del modelo de la transición española.
La América que va a votar tiene en este momento —por alguna u otra razón— procesos judiciales en marcha y el imperio de la ley es lo que marca la atmósfera política. Odebrecht no solo ha sido un virus como el ébola, no solo ha sido la demostración de que todo era peor de lo que se suponía, sino que ha sido —y sigue siendo— la demostración de que, cuando se habla de democracia en América, se habla de corrupción e impunidad.
Odebrecht y Petrobras están a punto de lograr que el favorito de las listas y de las encuestas en Brasil, el expresidente Lula da Silva, no pueda llegar al palacio de Planalto por tercera vez a causa de sus problemas legales. Esa preeminencia del imperio de la ley y de los jueces plantea cuestiones que tienen que ver con el futuro, de una manera decisiva.
Los jueces están para cumplir y hacer cumplir la ley en todas partes. Tienen, también, la obligación de comportarse según las mismas leyes que tienen que interpretar y aplicar, aunque ellos no son quienes las hacen. ¿Es posible un gobierno de los jueces? Ese tipo de experiencias siempre fracasaron. No hay más que recordar que el mítico juez Oliver Wendell Holmes —el presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos más longevo de la historia— terminó su mandato queriendo anular el New Deal de Franklin D. Roosevelt, después de la gran crisis de 1929.
Los jueces pueden lograr que haya justicia, perseguir delitos e interpretar las leyes, pero no está en su ámbito, ni en su formación, ni en sus capacidades definir cómo es el juego de la Administración y de la democracia. Este imperio de la ley necesita una salida política y esa salida no puede ser solo seguir contabilizando el número de presidentes en la cárcel o las condenas por delitos varios. El problema es que tienen una misión diferente a la de gobernar o a la de generar las ilusiones necesarias del sistema democrático.
Solo hay una experiencia muy importante y reciente, que conviene recordar: la operación Mani Pulite (Manos Limpias), que acabó con el sistema político italiano, metió a un sinnúmero de políticos en la cárcel e invalidó el sistema que había gobernado Italia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La consecuencia, además de la justicia, fue la llegada al poder de Silvio Berlusconi como alternativa a la crisis del sistema. La pregunta que hay que hacerse es: después del gobierno de los jueces, ¿solo hay lugar para los populistas?

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ELECCIONES Y BUENA FE













Sadio Garavini di Turno

Algunas muy respetables personalidades del universo opositor apoyan, en buena fe, la candidatura de Henry Falcón para las elecciones de mayo, convocadas por el gobierno Maduro, alegando que el rechazo al gobierno está alrededor del 80%, según todas las encuestas, y que, por tanto, si todos los opositores fueran a votar, la derrota del gobierno sería contundente e imposible de ocultar. Lo cual obligaría al gobierno a aceptar los resultados o a cometer un evidente y burdo fraude, creando las condiciones para una fuerte reacción popular y el desconocimiento de la comunidad  internacional. El argumento es endeble porque es absolutamente irreal que la gran mayoría de los opositores vayan a votar en mayo, cuando todos los partidos relevantes de la oposición y prácticamente la totalidad de la sociedad civil, incluyendo la Iglesia Católica, las iglesias protestantes, las universidades, las academias, los sindicatos relevantes, entre otros, sostienen que las elecciones de mayo son una farsa. Además la comunidad internacional democrática, cuyo apoyo es existencial para la oposición, también considera que las condiciones en las cuales se dan las elecciones de mayo son inaceptables. A esto habría que agregar que el candidato Falcón tiene una baja aceptación en el electorado opositor y que, para colmo, viene de una contundente derrota en las elecciones regionales en el mismo estado donde era el gobernador en ejercicio. Además los técnicos electorales de la oposición afirman que para organizar un control electoral aceptable en todo el país, la oposición necesitaría, por lo menos, de  unos tres o cuatro meses. Parecería lógico y razonable pensar que las posibilidades de Falcón de ganarle a Maduro, en estas condiciones, son sumamente reducidas, para no decir inexistentes. También los “participacionistas” alegan que el CNE, controlado por el régimen, es el mismo que en el 2015 “bendijo” la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias, con mayoría calificada de dos tercios. Sin embargo, me parece evidente que hasta esa derrota el régimen creía que el ventajismo oficial, las trampas locales, el clientelismo descarado y las amenazas a los empleados públicos, entre otras irregularidades, eran suficientes para ganar elecciones, contando  los votos más o menos correctamente. A partir de diciembre del 2015, el régimen nombró inconstitucionalmente al Tribunal Supremo, a través del cual desconoció totalmente la Asamblea Nacional, abortó tramposamente el referéndum revocatorio presidencial y eligió una “Asamblea Constituyente”, electa fraudulentamente como se elegían los Soviets en la fenecida URSS y el Congreso de las Corporaciones fascistas de Mussolini. En las negociaciones de Santo Domingo con la oposición, el régimen no aceptó, las garantías mínimas que la oposición y la comunidad internacional le solicitaban para poder participar en unas elecciones. Por tanto me parece también evidente que el régimen ya no está dispuesto, por lo menos por “ahora”, a enfrentar a la oposición en unas elecciones libres, limpias y transparentes.
Por otro lado, hay también muy respetables personalidades de la oposición que afirman, también en buena fe, que la salida electoral está absolutamente cerrada y proponen solicitar a la comunidad internacional una intervención humanitaria. El problema en este caso es que los gobiernos democráticos siempre van a preferir una salida pacífica, electoral y constitucional, por tanto la oposición no debe cerrar unilateralmente la posibilidad de esa salida, sino debe seguir exigiendo todas las garantías necesarias para poder en un futuro participar, lo cual no excluye que se siga solicitando la intervención humanitaria, el aumento de las sanciones  y organizar otras actividades de resistencia civil frente al régimen. La historia nos  enseña que los caminos para enfrentar las dictaduras son diversos, simultáneos y no excluyentes. Recomiendo a este respecto estudiar, en particular, los casos de África del Sur y Nicaragua (1979-90).
sadiogta@gmail.com

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EL EMBRUJO DE THANATOS

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  MIBELIS ACEVEDO

Casi dos décadas de empeño del poder por normalizar las anomalías, han hecho que el “destrudo” -esa energía del impulso destructivo que según Edoardo Weiss se opone a la libido, al impulso creador- se esparza como hiedra venenosa, que intente ocupar a juro todos los espacios de nuestra existencia, aún aquellos cuyas anatomías resisten mejor la odiosa embestida. Ha sido, sigue siendo también una lidia fragosa contra la pulsión de muerte, contra esa tendencia a abandonar la lucha de la vida y retornar a un estado inanimado: Eros contra Thanatos, puja inevitable, en verdad, pues paradójicamente y desde el punto de vista psicoanalítico se trata además de la tensión entre extremos por lograr el equilibrio. El instinto de muerte vendría así a balancear la propensión de los organismos a hacer lo que atiende a la exclusiva satisfacción de sus apetitos, aquello que les da placer.
Podría pensarse entonces que la aceptación de ambos principios en política serviría para ajustar la brújula que apunta hacia la consecución del objeto de nuestros deseos, lo que le daría carne y finitud a la idea, visión del terreno imperfecto, lo que confrontaría el embelesado apego con las aristas oscuras de la realidad. Una síntesis que se concretaría en un resultado ajeno al callejón del narcisismo y las “buenas intenciones” sin mayor esqueleto estratégico. No procurar ese equilibrio entre una y otra pulsión, por el contrario, amén de negar la naturaleza dual de lo humano (¿y qué actividad más humana que la política?) podría condenarnos al infructuoso desbordamiento: y elegir no la pasión que aviva, sino la pasión que mata.
Pero parece obvio que es el Thanatos lo que hoy va haciendo casa en los traumados espíritus de buena parte de los venezolanos. Frente a la idealización romántica del contexto y el ciego voluntarismo, por un lado, los sentimientos de autodestrucción y derrotismo se ciernen como mala sombra, para gozo de los del régimen. Cuesta transitar en medio del bosque de ofensas, la fragmentación opositora, el ataque entre viejos aliados, las amenazas a quienes optan por organizarse electoralmente, la resentida demanda del mea-culpa, la imposibilidad de perdonar, al mismo tiempo; la injuria vengativa que pisotea reputaciones, la recriminación mutua, la parálisis de los políticos de oficio, el desolador canje de la oferta de “acertar juntos” por la aridez del “equivocarse juntos”. Es como si el fracaso hubiese plantado su bandera de antemano y la perspectiva se hubiese reducido a esperar dignamente que baje la hoja filuda de la guillotina; como si lo que está por pasar se escapase de nuestras manos, del influjo de la acción colectiva y concertada, y hubiese que endosar toda solución a terceros. Dios, incluido.
Los errores recientes (muchos, de paso, rejuvenecidos y rebautizados a conveniencia de sus autores, y desempolvados terca y crónicamente desde 2005) han hecho lo suyo, sin duda. La desconfianza pica con rabia los corazones y compromete los afanes de la razón ciudadana. Más allá de la duda respecto al obsceno ventajismo oficialista, el “¿para qué participar si igual mi voto no servirá de nada, si nadie lo defenderá?” (lo cual equivale a decir “para qué apostar a un inicio, si la muerte es inevitable”) igual habla de la decepción por la falta de respuestas de los partidos, del ancla que la crisis del liderazgo ha colgado a la motivación, al impulso de vida. Junto al abatimiento y la rendición sin antes haber intentado algún plan de defensa organizada, el virus del fatalismo -como negación de la responsabilidad humana frente a la tiranía del fatum– y la idea de la “invencibilidad” del adversario, aparecen para justificar la retirada. Es el naufragio de la política y el hacer juntos vs el triunfo del pathos, la blanda aceptación de la emoción sufriente. “El culpable no soy yo, sino Zeus y el destino que determinan que actúe así”: de pronto nos convertimos en trágicos personajes homéricos que esperan migajas de los dioses.
En el palco, claro, están quienes no pueden menos que aplaudir mientras la tragedia transcurre: tratándose del adversario, cada brío cobrado por el pesimismo es ganancia para los autócratas, los eternos diletantes del destrudo. La desmovilización política como corolario de esa postración es una de sus primeras metas, y a ella se han volcado tan eficazmente que ahora la sola palabra basta para anular la potencia del presente, la proyección reflexiva de nuestra voluntad sobre el futuro. “Nunca entregaremos el poder”: y es como si el oráculo hubiese hablado a través de la Sibila para desarmar cualquier conatus.
¿Qué le espera a una sociedad dividida, atomizada, atajada por sus fantasmas, incapaz de mirar más allá de sus prejuicios, roturas y dolores, incapaz por tanto de ponerse de acuerdo para sacar provecho a sus fortalezas, a su hambre de ser? La previsión puede ser demoledora: pero advertirla quizás nos obligue a juntarnos antes de que Thanatos nos robe todo aliento, antes de que su embrujo nos gane la partida.

Mibelis Acevedo Donís  –  @Mibelis
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VENEZUELA: CRECIENTES EXCEPCIONES A LA CONSTITUCIONALIDAD

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                          JESÚS M. CASAL H.

En el Derecho como en la vida, cuando se cruza una cierta raya con la lógica de la excepcionalidad se puede llegar a un punto de no retorno. Es lo que ha pasado a raíz del desmantelamiento del Estado de Derecho y de la Democracia que estamos padeciendo. Uno de los trazados sobrepasados de ese umbral hacia el autoritarismo fue la declaratoria del estado de excepción y emergencia económica al que está sometido el país desde enero de 2016. Ya llevamos más de dos años bajo estado de emergencia económica y recientemente se prorrogó por 60 días más el decreto dictado en enero de 2018. Lo más grave de esta utilización indebida y de la prolongación inconstitucional del estado de excepción es que para imponerlo mediante decisión ejecutiva la Sala Constitucional sostuvo, contrariando la Constitución y toda la doctrina jurídico-pública, que la Asamblea Nacional no tenía facultad para dejar sin efecto el decreto presidencial sino solo para desaprobarlo con carácter declarativo, como una suerte de control político inocuo. Igual postura ha avalado en relación con la prórroga del decreto, reservada sin embargo constitucionalmente a la Asamblea Nacional y que, por cierto, solo se admite por una vez.
Lecciones no aprendidas de la Historia
En la historia universal y latinoamericana los estados de excepción con frecuencia han sido usados no para proteger o restablecer un orden político y comunitario atacado y puesto gravemente en riesgo por acciones o circunstancias de distinta naturaleza, sino para acelerar la implantación de un sistema político diferente. Pasó en la República romana, en el tránsito al Imperio; en el medioevo monárquico europeo, en la ruta hacia el absolutismo; y en el Cono Sur americano, en procesos de erosión de la democracia y luego para el afianzamiento de regímenes dictatoriales. Lo que está ocurriendo en Venezuela se inscribe en coordenadas similares.
La excepción como sistema
Lo llamativo en el caso nuestro es que hay una multiplicidad de artificios institucionales que han multiplicado las excepciones a la constitucionalidad y todas conviven entre sí y sale a relucir una u otra según la ocasión y conveniencia. En paralelo a la declaratoria del estado de excepción de enero de 2016 el Tribunal Supremo de Justicia urdió la aberrante construcción teórica del mal llamado desacato de la Asamblea Nacional, destinado a invalidar anticipadamente todos sus actos y a ella misma como órgano constitucional. Se trataba supuestamente de algo temporal y excepcional. Ha permitido al Ejecutivo gobernar sin parlamento y sin leyes, suprimir los controles parlamentarios y dejar intacto al Consejo Nacional Electoral, pese a que correspondía a la Asamblea Nacional renovarlo parcialmente.
Algo semejante sucedió luego con la espuria asamblea constituyente. Sería una medida extraordinaria para lograr la paz. Frente a los evidentes peligros para la institucionalidad derivados de su instalación, tal como estaba siendo convocada, algunos se conformaron al saber que el Presidente de la República incluiría en las bases comiciales que la nueva Constitución se sometería a referendo, lo cual significa poco al no haber sido aprobadas esas bases en referendo, pero, sobre todo, al no haber determinado el pueblo un plazo para su funcionamiento. No sabemos qué quedaría de la nación después de los dos años que dicha asamblea estableció para sus deliberaciones y decisiones.
En fin, excepciones tras excepciones, que en nada han contribuido a resolver los problemas del país, pues la economía está destruida, la institucionalidad democrática derribada; y la paz ha sido devaluada a una consigna engañosa empleada para presentar como positivo la pérdida de la esperanza de los jóvenes en el futuro de su país y la emigración, así como las detenciones arbitrarias, que vacían las calles, junto a la delincuencia desbordada y el toque de queda que de hecho se ha impuesto. Lo único que queda en pie es un poder gubernamental cada vez más concentrado y al mismo tiempo incapaz de superar la crisis humanitaria.
¿Rectificación?
¿Quedará un ápice de sensatez para entender que seguir por ese sendero de la unilateralidad, la negación del pluralismo, el congelamiento de organismos que deberían ser renovados conforme a la Constitución con participación de todos y el desconocimiento de los derechos nos hundirá cada vez más? ¿Habrá el mínimo de conciencia democrática y amor patrio requeridos para saber que el simulacro electoral presidencial de mayo solo agravará los problemas apuntados? Pareciera que no, pero es un deber ciudadano exigir un cambio de rumbo cuando son tan grandes los males que lleva aparejada la obstinación autoritaria.
jesusmariacasal@gmail.com

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domingo, 1 de abril de 2018

ENTRE TRAMAS

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                  ELSA CARDOZO

Las más truculentas se asoman en las noticias y suscitan especial atención entre nosotros los venezolanos, no por casualidad: son tramas internacionales que favorecen a los autoritarismos en su afán por consolidarse. Vienen a ser muestras de lo que elegantemente  se ha dado en caracterizar como ejercicios de “poder punzante”, objeto de un reciente estudio que con el título de Sharp Power publicaron el Foro Internacional para Estudios Democráticos  (NED) y el Fondo Nacional para la Democracia (Forum). Hay gradaciones en tales modos de actuar con sus variables pero esenciales opacidades, pero siempre se aproximan más a conductas francamente injerencistas que a las de acercamiento e influencia política, económica o cultural. Asomémonos, apenas, a tres ilustraciones.


De la trama rusa conocemos no solo lo que se va sabiendo de las investigaciones abiertas en Estados Unidos sobre la  interferencia en la campaña electoral para favorecer el triunfo de Donald Trump. Hay otras referencias y pruebas en las estrategias de desinformación y de noticias adulteradas cuya difusión favorece a gobiernos, y a candidatos a serlo, que sean considerados afines a los propósitos rusos de debilitar las democracias occidentales y sus acuerdos. Así ha sido denunciado en el Reino Unido, Francia, Alemania y en caso catalán, entre otros. Por aquí tenemos nuestra muestra en la mezcla de declaraciones, informaciones y desinformaciones que sobre Venezuela dan a conocer voceros gubernamentales y medios como Rusia Today y Sputnik. Casos más violentos, sea la modalidad de intervención que precedió a la anexión de Crimea o  la de los envenenamientos de espías, se mueven a otro nivel de ejercicio de poder, con rudeza y poco disimulo, revelador también de la escalada de riesgos que por ganar influencia mundial está dispuesto a correr el régimen que preside Vladimir Putin.
De modo más sutil, pero alejándose del poder “blando” de la influencia, se desarrolla la trama china. Ha transitado desde la tesis del ascenso pacífico y su énfasis en el desarrollo de negocios y vínculos comerciales y financieros hacia la creación de una red global más allá de su manifestación de influencia más tradicional como, por ejemplo, los Institutos Confucio. El giro económico y político de la cada vez más poderosa presidencia de Xi Jinping proyecta los intereses chinos ya expresamente como los de una potencia dispuesta a aprovechar las aperturas de la globalización y a fortalecer su peso geopolítico y sus capacidades militares. Para ello esta trama cuenta con un tejido de relaciones económicas mundiales y ambiciones adicionales como en los gigantescos proyectos de la Franja y la Nueva Ruta de la Seda que se dibujan entre el occidente de Europa, Eurasia y el Lejano Oriente. Es una proyección internacional menos truculenta que la rusa, pero no inmune a los impactos de la corrupción, las tentaciones de manipulación de la dependencia económica y el silenciamiento de cualquier asomo de escrutinio a China y sus socios sobre derechos humanos, libertades o Estado de Derecho. Encajan bien en el argumento  las coincidencias chinas con Rusia al bloquear iniciativas de las Naciones Unidas para la protección de derechos humanos en regímenes como los de Siria y Birmania, así como en el apoyo a recortes presupuestarios para las tareas de la ONU en esta materia.
En medio de las dos ilustraciones previas puede colocarse un tercer conjunto de tramas, que para los venezolanos funcionan como una sola. Es muy cercana y en su tejido participaron muy activamente los cuatro socios más estrechos de la Alianza Bolivariana, con el inescrutable nudo entre Cuba y Venezuela en el centro,  así como gobiernos que le fueron tan cercanos en la política y los negocios y negociados, como los de los Néstor y Cristina Kirchner y el de Luiz I. Lula Da Silva. Todo ello con el uso intensivo de recursos dispuestos por el gobierno venezolano, sin importar la exposición del Estado y de los venezolanos a alianzas y simpatías generadoras de todas las pérdidas de autonomía imaginables, así como de costos y riesgos incalculables. Esa trama se caracterizó por la penetración de procesos políticos e injerencia en asuntos altamente sensibles de otros países y de la propia Venezuela, sin respeto por la soberanía en sus más esenciales dimensiones, y por el debilitamiento de los acuerdos internacionales de salvaguardia de los derechos ciudadanos. El tejido se ha ido deshaciendo, salvo parcialmente en la muy pragmática versión de los beneficiarios que van quedando en medio del aparatoso derrumbe del proyecto y los recursos venezolanos en los que se sustentaba. Están a la vista los residuos de una trama que se descubre cada día más truculenta, entre corrupción e ilícitos a los que se suma el visible deterioro de la calidad de vida de los venezolanos, al lado de las acciones y omisiones gubernamentales que lo agravan, nacional e internacionalmente.
Por necesario que sea, no deja de ser muy pesado para el ánimo de los venezolanos pasearnos por estos asuntos. Lo cierto es que también es necesario, y más bien alentador,  identificar otras tramas, nada truculentas y muy respetables, como las que leemos sobre las solidaridades internacionales y nacionales ante la tragedia de Venezuela. Una mirada a la franca preocupación e iniciativas que mantienen gobiernos, organismos internacionales y organizaciones sociales dibuja un mapa muy distinto del mundo. En lo que va de año, en breve e incompleto recuento, se han pronunciado en defensa de los derechos fundamentales de los venezolanos y ofrecido sus apoyos, aparte de gobiernos como los que acogen a nuestros emigrados, el Grupo de Lima, el Consejo Permanente de la  OEA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en dos informes, el Parlamento y la Alta Comisionada para la Política Exterior de la Unión Europea, el Consejo de la Unión Europea, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), a los que se suman respetables organizaciones no gubernamentales internacionales como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Transparencia Internacional.
Y recordemos finalmente lo más importante, lo que merece atención especial que escapa al alcance de estas líneas y de las elucubraciones sobre el poder: que nacionalmente hay una red de franca solidaridad con los necesitados y oprimidos, tejida desde la sociedad. Se manifiesta de mil maneras, más y menos estructuradas o permanentes, pero cada día más presente y necesaria, a la vez que  necesitada de nuestro apoyo.

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LA NECESIDAD DEL REPUBLICANISMO

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                       ELIAS PINO ITURRIETA

La obligación de ser republicanos es tema arduo debido a que, si el asunto se mira desde la superficie, parece una referencia innecesaria en la vida de nuestros días. Es lo contrario, precisamente, el desafío sin cuya satisfacción aumentará el atolladero en el cual nos ha metido el “socialismo del siglo XXI”, pero las miradas miopes  sugieren que se está ante realizaciones que cumplimos como sociedad desde hace tiempo. El problema es la democracia perdida, indican las observaciones comunes, porque republicanos o partes de una república  somos desde 1811, o desde 1830, sin solución de continuidad. De acuerdo con tal explicación  ahora apenas falta recuperar los usos democráticos que hemos dejado escapar, porque, por ejemplo, ninguna fuerza ha conducido a la restauración de la monarquía, ni al restablecimiento de los derechos de la nobleza de la sangre, ni a fórmulas o distinciones propias del sistema derrotado   en los campos de batalla del pasado.
El llamado de atención que ahora se hace puede sustentarse en el fragmento de una carta enviada por Clemenceau al conde Anuay desde París, en 1898. Es un fragmento que he citado en otras partes, porque me parece fundamental. Escribe entonces el famoso dirigente: “Habría un medio de asombrar el universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”. ¿Nueva la república en una colectividad como la francesa de finales del siglo XIX? ¿No llueve Clemenceau  sobre mojado en una sociedad que no solo pensó hasta extremos asombrosos las teorías republicanas, sino que, además, decapitó al rey, creó un sistema de representación colectiva que condujo al fin  del Antiguo Régimen, se libró de dos emperadores y triunfó en campañas épicas por los derechos de la ciudadanía? ¿No fue Francia la comarca que inventó a los ciudadanos en la época moderna, y que los impuso como reto a las otras comarcas de Europa y América conmovidas pos su influencia?  
La república es una creación temporal, es decir, un sistema que se establece en un lapso determinado pero que se pierde por las presiones contrarias a las cuales conviene el establecimiento de un tipo determinado de absolutismo. No es cuestión de unas fórmulas que se pueden mantener en el papel, sino un asunto de conductas. Pero no de cualquier tipo de conductas. Depende de la implantación de actitudes  cristalinas de los individuos que viven en un período específico y a quienes corresponde la misión de ser pilares de un edificio sometido a reparaciones, a cuidados  y fábricas constantes. No es un hecho definitivo, sino un pugilato condenado a la repetición. Los autores ocupados de su tratamiento no lo han hecho por ocio.  Como saben que es o puede ser habitual que el tesoro se  les escape de las manos, vuelven a su contenido cuando es menester para evitar que desaparezca del todo.
De allí que estemos frente un negocio cuyo tratamiento se inicia en la antigüedad clásica para llegar a nuestros días, ante una propuesta  que despunta en las obras de Tito Livio  hasta llegar a las cercanas profundidades de Isaiah Berlin. En el caso venezolano, a partir de un hilo iniciado en el texto medular de Roscio que prosigue en  las reflexiones de politólogos de actualidad como Manuel García Pelayo, Juan Carlos Rey y Diego Bautista Urbaneja. Todos van, desde épocas remotas, tras la búsqueda  de prácticas morales, de obligaciones individuales que deben orientarse hacia el  bien común, hacia la sugerencia de  discursos trasparentes y debates sin trampa, clamando por la claridad conceptual y por la erradicación del dogmatismo. Tales asuntos dependen de la evolución de las sociedades y de la reiteración de las amenazas que se ciernen contra la libertad, entendidas tales amenazas como fenómenos cuyos disfraces y excusas no dependen de un propósito genérico, sino de una agresión que nace y se desarrolla cuando le sopla buen viento.
El problema de esas reflexiones es que hablan de ti, como afirma el filósofo argentino Andrés Rosler, que pretenden que te involucres en el negocio a título particular desde una perspectiva que solo te toca a ti como destinatario sometido a presiones inéditas. En consecuencia, se te convoca a “algo totalmente nuevo” para que después pueda existir la democracia.
epinoiturrieta@el-nacional.com
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EL HOMBRE REVOCADO

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                      CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ

Por comer del árbol del bien y el mal, y cometer así el pecado original, Dios estuvo a punto de revocar la creación al hombre, y mandó el diluvio, del que solo se salvaron Noé y los suyos. Ya les había propinado el peor castigo, convertirlos en criaturas mortales. La advertencia sobre comer los frutos del Árbol, está llena de paradojas y misterios que han merecido cavilaciones interminables de cientos de generaciones. La promesa de la serpiente resultó una bendición y los llevó a la caída en el momento, pero al triunfo final. 
El hombre según Freud es un dios con prótesis. La víbora vista equivocadamente como el Demonio, pero él aún no existía. El primer operador maligno, que promueve las desgracias de Job, no tiene la jerarquía que cobrará posteriormente de Príncipe de las Tinieblas. Quien mortifica a Job es un simple mandadero intrigante de Yhavée que actúa bajo estrictas órdenes suyas, una especie de sicario servil e intrigante que sopla cosas al oído de su jefe todopoderoso y la serpiente de Eva no es ni tan siquiera eso. La imagen del Príncipe del Mal solo surge entre los siglos XII y XIII con la Inquisición cuando está hecho el Canon de la Biblia.
Desde el Nuevo Testamento el Demonio es ahora la fuerza que se mide y enfrenta a Jesucristo y es capaz de moverlo a su pesar de sus meditaciones en el desierto y atormentarlo. Un superpoder ubicuo que produce tormentas, sequías, guerras, pestes. Tiene miles de sirvientes, las brujas y ellas practican actos aberrantes. Toma la forma que se le antoja, chivo, perro feroz, oso o una serpiente e induce a los hombres a la perversidad. Se acuesta con mujeres como íncubo y con hombres como súcubo. Es el Antagonista de Cristo.
La manzana de la discordia
Tampoco nadie sabe por qué según la tradición de siglos, la manzana es el fruto prohibido que tomaron Adán y Eva. Hegel, a quien no le agradaban el Génesis ni Isaac Newton, a propósito hace una de sus boutades, “tres veces una manzana ha resultado fatal. Primero para la especie humana con la caída de Adán; después para Troya por el regalo de París; y finalmente para la ciencia, con la que le cayó a Newton”. La manzana de la discordia, se acepta con picardía como transgresión, el acto sexual, y por más que todo el mundo piense que es así, no parece tener ningún sentido.
Incluso si de alusión femenina se trata, otras frutas, como el níspero, tienen mayor tradición y justificación para ese fin. Adán y Eva fueron creados para que crecieran y se multiplicaran y por eso el mismo Hegel comparó el Edén con “un corral para animales” que vivían plácidos y seguros, ocupados de comer y engendrar, por lo que sería un tour de force pensar que la actividad reproductiva era ilícita. No había, según el maestro de la dialéctica, muchas más cosas que hacer por aquellos predios. Miguel Ángel retrata la pareja inicial en el fresco de la Capilla Sixtina sorprendida por el fotógrafo cósmico en una sexualidad no comentable aquí (vea la obra).
Así visto, el pecado no está en la actividad reproductiva sino en el sexo como mera satisfacción de los sentidos. Buonarroti parece apoyarse en diversos momentos de la Biblia que rechazan el placer desvinculado de su función creadora de vida, que fustigan la sodomía y el onanismo. Pero aún así es muy difícil creer que en ninguna época o recinto, la gente haga el amor con propósitos exclusivamente reproductivos. Carlos Fuentes en Cambio de piel relata que en las familias conservadoras de México durante el siglo XIX, las señoras decentes para “cumplir sus obligaciones” maritales, tenían sábanas de hilo con aberturas a nivel de la ingle.
¿La ley crea la falta?
Las sábanas delicadamente bordadas con flores y el texto de una oración: “no es por vicio, no es por fornicio, es para hacer un hijo en tu santo servicio”. Poco convincente que por ahí venga el pecado original. Para otros la falta consistió en violar la prohibición, el acto de rebeldía. Pero en aquel mundo sin malicia, en el que estaban dedicados únicamente a existir, todos los árboles eran iguales, no existían ni el bien ni el mal y por lo tanto no había la posibilidad de pecar. Y es la primera prohibición la que crea lo ilícito separado de lo lícito (comer del árbol) y a partir de eso comienza a existir el mal, el fruto de ese árbol.
Toda ley es una prohibición, que separa los buenos de los malos actos. Quien se dedicó a resolver todos los nudos gordianos de la nueva religión es San Pablo, y lo afirma en una doble negación. En su Carta a los Romanos dice: “¡Lejos de nosotros decir ahora que es pecado la Ley! Pero no conocería el pecado si no fuera por la Ley. Nada sabría yo de la concupiscencia si la ley no hubiera dicho no seas concupiscente. Entonces el pecado manda en mí como causa y excita en mí toda clase de apetitos, pues sin la ley el pecado estaba muerto”. Eva cree a la serpiente que le promete “seréis como dioses”.
¿Y el pecado es la soberbia, el orgullo, la vanidad que ha causado las más terribles tragedias colectivas e individuales de los humanos, tal vez el más destructivo de sus defectos? ¿O si simboliza que, a diferencia del resto de la naturaleza, los seres humanos pueden decidir su destino y equivocarse? A partir de ese momento nace la libertad y el hombre se convierte, a diferencia de la tesis de Hegel, en el dueño del mundo que somete a su designio a los demás animales.
@CarlosRaulHer

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