domingo, 3 de junio de 2018

EL FEUDALISMO MILITAR

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            ELIAS PINO ITURRIETA

Los fundadores del Estado nacional encuentran en el militarismo uno de los principales escollos para la creación de una sociabilidad moderna. Hombres de su tiempo, pero también pensadores capaces de aproximarse con clarividencia hacia el porvenir, los estadistas que nos separan de Colombia en 1830 para fabricar una cohabitación distinta de la colonial, pero también de la que se pretendió durante la Independencia, dominada por el autoritarismo, insisten en el establecimiento de un poder civil de orientación laica que debía anular la influencia de las bayonetas. No se acude ahora a sucesos antiguos para ofrecer una lección de historia, sino con el objeto de detenerse en la permanencia de un fenómeno perjudicial para el cual no se encuentra entonces desenlace: continúa como un lastre susceptible de convertirse en rasgo dominante de nuestros días.

Cuando elimina los fueros castrenses y religiosos, la Constitución fundacional da un paso esencial en el tratamiento del asunto. El hecho de liquidar los privilegios ostentados hasta entonces por la gente de uniforme y sotana indica el viraje de naturaleza progresista que se pretende para la gobernabilidad, pero la iniciativa no permanece en el papel de la carta magna. Se inicia entonces una campaña de prensa contra los parásitos de la sociedad, en la que se insiste en una premisa sin cuya consideración naufragarían los anhelos de una república cabal: el que no produce riqueza debe permanecer en los rincones de la vida, alejado de la pretensión de ejercer cargos públicos o de sugerir salidas en torno a los asuntos del bien común. Era indispensable, según los partidarios del flamante régimen, que la Iglesia colocara en el mercado los bienes de manos muertas, y que los oficiales del ejército abandonaran los cuarteles para ponerse a trabajar. Los textos más leídos aseguraban ante los impresionados lectores que los establecimientos militares eran albergues del parasitismo, afirmaciones que condujeron a un alzamiento contra el presidente Vargas recién electo.
El movimiento del Ejército Libertador hizo que Tomás Lander, autor de textos lapidarios contra Bolívar antes de la secesión venezolana, combativo miembro de la Diputación Provincial y fundador del Partido Liberal a la vuelta de cinco años, escribiera un ensayo sobre el “feudalismo militar”. Los oficiales no se levantaban contra las fallas del gobierno, ni contra la incompetencia del primer magistrado, afirmó, “sino porque no hallaban todos los goces que aspiraban temerariamente, porque se creían con los derechos de los conquistadores debido a que habían contribuido a redimir la tierra del dominio extranjero”. “Estamos frente al feudalismo militar que invoca el derecho del más fuerte”, concluyó.
El texto se detuvo en una situación que pretende controlar mediante la influencia de las instituciones, pero fue complementado por la profundidad de las Catilinarias de Francisco Javier Yanes que circularon en breve. Leemos en la Segunda Catilinaria: la irrupción militar encuentra origen “en el infame deseo de vivir de la propiedad ajena y de las rentas públicas, de ese tesoro formado únicamente por la actividad del comerciante, por la industria del artesano y por las fatigas del labrador virtuoso”. Y después, para no dejar cabo suelto, hace una advertencia movida por el pesimismo: “Estamos ante el comienzo de una larga desventura”. El “feudalismo militar” es una negación de la legalidad que obedece a intereses particulares en pugna con el proyecto nacional, de acuerdo con Lander, pero para Yanes es una reacción difícil de superar contra los fundamentos de un proyecto liberal asentado en los pilares de la propiedad, el esfuerzo personal y la productividad.
La historia no se repite, pero los hábitos del pasado tienen vocación de permanencia. Los fenómenos que no se enfrentan en su oportunidad, o que no se pueden enfrentar debido a resistencias epocales, buscan el momento adecuado para la reaparición. Ya lo sugirió el penetrante Yanes. Una reaparición que, pese a los maquillajes de rigor, puede ser brutal y para cuyo análisis es útil mirar hacia lo que no pudimos hacer antes como sociedad. Si utilizamos tal método para el entendimiento del problema, acertaremos en más de 45%.

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sábado, 2 de junio de 2018

La división es el caos

Simon García

Días lamentables para la oposición. Uno de sus grandes objetivos, llevar las contradicciones en el bloque de poder a una fractura, no se produjo. Consumada la imposibilidad de seleccionar un candidato único, la oposición se fragmentó entre abstencionistas y participacionistas. La candidatura de Falcón se castigó con dureza, a veces fanática; en vez de mantener abierta la oportunidad de que se desarrollara como un referendo contra Maduro.
Si alguien considera que la situación es para cantar victoria valga la admisión del hecho de que el 54% de la población optó por la abstención. Pero si la alegría no proviene de malas broncas contra aliados, debería notarse que el dinosaurio sigue allí. El enfrentamiento a su jugada para perpetuase en el poder por seis años más, resultó, votando o absteniéndose, testimonial.
¿Importa ahora que los números indiquen que la tesis de la votación masiva era más eficaz para derrotar al poder?, ¿Tiene sentido señalar que la legitimidad que se invocó para no votar, se conceda ahora con apretones de mano? Se puede aún considerar los probables resultados de una abstención masiva, aunque la experiencia internacional y la nuestra reflejen que terminan en la nada, en la frustración o espesando el caldo antipolítico. Votar sigue siendo la forma probada de ejercer y defender la democracia.
Una lección queda clara: la división de la oposición concurre al fortalecimiento del régimen. Sin concertar inteligentemente las divergencias que no puedan superarse habrá menos contundencia y menor eficacia opositora. Estas debilidades se potencian cuando no se atiende la desvinculación entre la política y lo social, entre la crisis y las prioridades de los partidos.
Deberíamos esclarecer, juntos o por separado, si efectivamente las campanas doblaron por el país, es decir por toda una oposición que desaprovechó la gran oportunidad de montar una celada de masas al poder en su propio territorio. Es deseable aclarar si los partidos están pasando a ser agentes para propagar la inutilidad del voto y adscribirse a una cultura que coloca a fuerzas determinantes de la oposición al borde de abandonar el carácter electoral de la estrategia que había sido común.
La democracia, como muchas otras actividades humanas, se aprende cuando la gente participa en su hechura. En esta ocasión existía una premura que llamaba a la proclamada y poco practicada “unidad superior”: salvar a Venezuela de la perpetuación de un gobernante autoritario. Cuesta creer que el error del 2005 ya no se aprecie como tal en el 2018.
El problema de sobrevivencia común sigue siendo cómo sacar a Venezuela de la crisis. Ganó la abstención. Sus promotores no deberían ceder a la pretensión de representarla sin saber de que está hecha. En los resultados no hay nada que autorice a tocar el cuerno ante victorias realmente inexistentes.
Se ha abierto un compás para discutir y aprobar las bases de una estrategia antiautoritaria eficaz. He constatado, en quienes sostuvieron la candidatura de Falcón que existe la inclinación a reformular una ruta y un plan común, sin retornar a la antigua MUD, a una visión de la Unidad que se base en purgas y exclusiones o a consentir la fragmentación.
El diputado Calzadilla dividió las aguas, con incontrolada franqueza. Presenta a la unidad como imperio del pensamiento único en la oposición y la extirpación del derecho a las disidencias. Es difícil que un demócrata pase por el ojo de esa aguja.
Una perspectiva diferente fue levantada por Víctor Márquez, Presidente de la APUCV, en el acto Renace la esperanza realizado en el Aula Magna. Esbozó criterios que podrían ser útiles para fabricar un entendimiento de las tres oposiciones. En la unidad de los diversos, hay espacio para que distintos actores actúen en varios tableros, pero avanzando hacia un mismo norte.
@simongar

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Una política que se entienda

Daniel Innerarity

Todo parece apuntar a que vivimos en una democracia de los incompetentes. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente instrumentalizada o enviar señales equívocas al sistema político.
La política nos resulta incomprensible. Si hay una crisis de la política es precisamente porque no consigue cumplir una de sus funciones básicas, la de hacer visibles a la sociedad sus temas y discursos, así como la imputabilidad de las acciones, facilitar su inteligibilidad. Al mismo tiempo que el Estado ya no funciona como gran institución que hace comprensible la política desde el momento en que nuestra inserción en espacios globales difumina la autoridad y la responsabilidad, las instituciones que ejercían una mediación (partidos, sindicatos, medios de comunicación) apenas desarrollan esta función orientadora. El demos está sobrecargado, pero también las élites y los expertos. ¿Cómo ejercer, entonces, la función de control público?
Nuestras instituciones políticas han sido pensadas para hacer frente a la escasez de información y hemos atendido muy poco a la posibilidad de que lo que estuviera dificultando el juicio político fuera, por el contrario, el exceso de información. Lo que hoy tenemos es más bien una proliferación de datos e informaciones, spam político, publicidad omnipresente, solicitaciones de atención, opiniones múltiples y contradictorias, comunicación en todas las direcciones. El ciudadano corriente vive hoy la política como un exceso de ruido que no le orienta, pero sirve para irritarle; tenemos una especie de calentamiento global de la ciudadanía que dificulta hacerse una opinión de lo que pasa e imprimir a la sociedad la dirección deseable.
Nos escandaliza más el uso que se hizo de unas tarjetas ‘black’ que el coste del rescate bancario
Hay un problema básico de economía de la atención, dadas las condiciones actuales de la observación política: escasez de tiempo, aceleración de los procesos, sobrecarga informativa, extrañeza de los asuntos, saber precario. La profusión de detalles irrelevantes, el cambio continuo de los temas, su rápida desvalorización, dificultan la organización reflexiva de las nuevas informaciones en una imagen omniabarcante y coherente de lo político. Hacemos frente a este desconcierto con dos grandes recursos, ambos insuficientes, y que podríamos sintetizar en una lógica populista y en el recurso tecnocrático a los expertos.
La “popularización” de la política consiste en mover el foco de los contenidos hacia quienes deciden, de los temas a los símbolos y las escenificaciones, una reacción que simplifica y alivia pasajeramente el desconcierto porque es más fácil hacerse un juicio sobre las personas que sobre los asuntos. Una derivada de esta estrategia es la moralización de los problemas. La asignación de culpabilidad, la indignación o las llamadas a la ejemplaridad personal sustituyen al conocimiento. La síntesis de ambas posibilidades (personalización y moralización) tiene lugar en los escándalos, momentos de gran explosión emotiva, que no siempre contribuyen a que nos hagamos una idea de lo que realmente pasa y de los que se siguen menos consecuencias de las que deberían. Fijémonos en la peculiar lógica despolitizadora con la que funciona nuestra política convertida en espectáculo: nos escandaliza más el uso concreto que se hizo de unas tarjetas black que el enorme coste económico y social del rescate bancario; la presidenta de una comunidad autónoma tuvo que dimitir por el robo de unas cremas (de lo que había imágenes) y no por el daño invisible que había hecho a la universidad con la falsificación de sus títulos; buena parte de nuestra clase política ha estado ocupada con un chalet que se habían comprado unos dirigentes políticos en el mismo momento en el que debería concentrarse en la construcción de una alternativa… Los escándalos parecen representar momentos en los que se produce una revelación política, pero lo cierto es que su lógica pone de manifiesto que somos una sociedad continuamente distraída.
El otro gran posible recurso para entender la política también es muy limitado. La delegación en los expertos está llena de paradojas. La primera de ellas es que no parece que debamos reconocerles demasiada autoridad cuando sus opiniones no coinciden ni concluyen en un saber incontestable. Pero la objeción que verdaderamente cuenta desde el punto de vista democrático es que la delegación y la representación no nos exoneran de la función de observación y control. En una democracia, la ciudadanía no puede dimitir de la obligación de observar y controlar críticamente a aquellos en quienes ha confiado.
Cuando comenzaron a universalizarse los derechos democráticos, los más conservadores se inquietaron por la posible incapacidad de los nuevos ciudadanos incorporados al grupo de quienes opinan y deciden, es decir, a quienes se supone en plena disposición de juicio político. Pero ni el problema es de las personas (dirigentes o dirigidos), ni hay que responsabilizarlas individualmente de su solución. La falta de competencia política no es un fallo individual, razón por la que no debemos esperar demasiado de la capacitación personal de los votantes, ni la buena política se resuelve con la ejemplaridad de quienes nos representan. Las soluciones han de ser institucionales y procedimentales; lo que hay que mejorar es la capacidad del sistema político para actuar inteligentemente, nuestro aprendizaje colectivo. No se trata tanto de fortalecer las capacidades individuales como aquellos aspectos de la organización social que incrementan sus capacidades cooperativas. La solución al problema que nos ocupa no sería menos democracia (simplificación populista o delegación en los expertos), sino más democracia, en el sentido de una mejor interacción y un ejercicio compartido de las facultades políticas.
La complejidad de las sociedades modernas no nos condena necesariamente a una pérdida de sustancia de la democracia en la medida en que puede ser entendida como una invitación a realizar experiencias de aprendizaje cooperativo. En este sentido, no es tanto que la democracia requiera competencia política como que la competencia política requiere democracia; la adquisición de esas propiedades, cognitivas y cívicas no es plenamente realizable más que en el contexto de una experiencia de vida democrática común.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Acaba de publicar Política para perplejos (Galaxia-Gutenberg). @daniInnerarity

 




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EN EL AULA MAGNA OTRA VEZ

ARNALDO ESTÉ

EL NACIONAL

El Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela es un ámbito cómplice, bello y generoso donde la libertad y la irreverencia se conjugan. Tan así que los que ahora dirigen la maquinaria electoral dictatorial se reunieron aquí en planchas ochentosas que devinieron, con costosa fatalidad, en el cinismo eficiente y destructor actual del país.
El padre Luis Ugalde habló de la necesidad de renacer, y es una proposición pertinente. Al punto de que ya no se puede hablar de polarización: la mayoría de la gente, no un polo, quiere el cambio, y una minoría, tan reducida en proyecto como en número, se agarra y usa cualquier cosa. Eso no lo pudo ocultar el fraude y, más bien, lo evidenció.
Más allá de toda estrechez el Aula Magna de la UCV convoca no solo a unirse, sino a trabajar y organizarse en todo sitio y nivel. Se reclama un nuevo liderazgo, un renacer no solo para el cambio, sino para la construcción, cosas tan necesarias como difíciles. Habrán de menudear las sorpresas.
Los partidos son necesarios y convenientes intermediarios. En el mundo occidental se hacen ahora pragmáticos y buscan nuevos nombres que los deslinden de cansadas ideologías y de los gaveteros cómodos del periodismo, que reducen esa complejidad política a “izquierdas” y “derechas”. Y, más allá de Occidente, uno se pregunta: los gobiernos de Irán, Turquía, Rusia, China ¿son de izquierda o de derecha?
Aquí los partidos parecieran estar atrapados en unos procedimientos, maneras y pretensiones que ocultan o distancian lo que deberían ser sus fines. Deben tener graves problemas para funcionar y más aún para comunicarse. Uno sabe que están trabajando, pero no sabe qué sale de esos trabajos y piensa, más pretenciosamente, ¿no será que los viejos esquemas de territorio, autoridad y prestigio cierran puertas y ventanas que deberían estar abiertas?
Mientras, crecen y varían, como lo hemos encontrado en el Aula Magna, las organizaciones civiles, concitadas por los derechos humanos, vecindades, agua, luz, transporte, violencia policial y callejera, vocaciones, oficios, hambre, mengua, destrozo educativo (los liceístas se hicieron sentir)… Muchas comienzan como simples protestas que, en el cuadro de la crisis general, convergen hacia una lucha, aún imprecisa, por el cambio de gobierno y exigen otro lenguaje diferente al actual, y en lugar de hablar de no rendición, “Venezuela no se rinde”, podría tomar un sabor a triunfo y futuro: ¡El gobierno se va!... ¡Abajo la dictadura!

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viernes, 1 de junio de 2018

LA CASTA CON COLETA














       JEAN MANINAT

Pablo Iglesias, máximo líder de Podemos en España, ha demostrado su condición de caudillo 2.0, una mezcla del stardom con Gramsci, producto de eso que llaman “tertuleros”, estrellas de las tertulias televisadas, que en la “madre patria” suelen ser más una contienda de dimes y diretes, que un diálogo platónicamente pausado y esclarecedor. ¿Por qué habla tan alto el español? Se preguntaba el poeta -español- León Felipe.
Don Pablo es un maestro del oficio, y de los plató saltó a la política con un grupo de profesores de izquierda, todos alumbrados por los “procesos revolucionarios” latinoamericanos, especialmente, el que dirigía el difunto comandante galáctico. Se dieron su paseíllo por América -para estudiar de cerca los “procesos”- y de paso pescar asesorías en aquel mar revuelto de petrodólares. El adelantado en esas tareas fue Juan Carlos Monedero (Monedero: la tiranía del significante, diría Lacan) quien se llevaría 425.000 euros como pago por su asesoría al gobierno de Venezuela, y otros del ALBA, para implantar una moneda común y desarrollar la unidad financiera de Latinoamérica. 

Fundaron Podemos, y lograron capturar una parte importante del descontento frente a la crisis y los casos de corrupción que explotaban a cada rato en los medios de comunicación. Su mensaje -suficientemente adhesivo- era el de enfrentar al “común” contra la “casta”, una versión edulcorada de la lucha de clases. Tuvieron éxito en el empeño y lograron convertirse en un paradigma del progresismo europeo -ese de plaza, botellón y porro- con una presencia determinante en el Congreso de los Diputados, el centro nervioso de la vida política española. 

Pero, hélas, que como en un cuento de ciencia ficción, apenas respiraron el ambiente de la política real, empezaron a perder la lozanía, el aire de jóvenes respondones, y adquirieron con sinigual destreza los hábitos y malas formas de sus mayores. Pronto vinieron las disputas por el poder interno, los castigos a la disidencia -notable en el caso de Íñigo Errejón, el más original de todos- y la consagración de Pablo Iglesias y su pareja, Irene Montero, como dupla todopoderosa de la organización contestataria. Imposible no evocar a los Ortega en Nicaragua. 

Y cómo si faltara poco, muy recientemente, lo que es una aspiración normal en toda pareja joven: comprarse una vivienda, ha destapado un follón en el seno de Podemos, gracias al precio, y las cómodas dimensiones y prestaciones -piscina y jardines- de la residencia escogida por la poderosa pareja. Acusados de traicionar la ética y la estética del izquierdismo, llamaron a una consulta interna para que fueran los inscritos quienes decidieran su permanencia en la máxima dirección del partido. Sin chalé, no quiero mando. Sus correligionarios han decido que se merecen el chalé y el mando. 

Tal como señala El País en un reciente editorial: “Convocar un referéndum para implicar a los seguidores de Podemos en la bendición de una decisión estrictamente personal ya reveló en su día el carácter mesiánico y cesarista que la pareja otorga a su liderazgo”. 

La deriva autoritaria y personalista de Podemos ha demostrado la verdadera naturaleza de los proyectos socialistas: instaurar una nueva casta, pero con coleta, esta vez. 

@jeanmaninat 

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“LA TIERRA DEL OLVIDO”, LAS GRANDES LIGAS E IVAN DUQUE
 













      Emilio Nouel V.

Son noticias que vienen de fuera y que compensan en parte a uno, venezolano atormentado por la situación particular que vive su país, hundiéndose este en el colapso social y económico más grande de su historia, y de paso, transitando un camino hacia la irrelevancia, a menos que despertemos y resurjamos.
Colombia, que es y será nuestro vecino per sécula seculorum, es aceptada en la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), club de los países más desarrollados del mundo, e ingresará próximamente como “socio global” a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).  Entra a las "Grandes Ligas" y hay que felicitarse.
Ambas instituciones, una económica y la otra estratégica-militar, en las que se deciden asuntos de dimensión planetaria.
Y no es que Colombia pueda ser catalogada en la actualidad como país totalmente desarrollado, ni que haya acabado con todos su problemas sociales. Sabemos que aun los tiene y que hay algunos deberes pendientes por hacer.
Sin embargo, cumple con ciertos requisitos mínimos que la hacen acreedora de las membresías en cuestión, y esto a pesar de algunos temas importantes y graves como la violencia política y el tráfico de drogas presentes todavía.  
Como se sabe, la OCDE es una organización en la que se intercambian experiencias positivas que apunten al cambio social y económico. Acepta en su seno a países que reúnen unos estándares de productividad, competitividad y desarrollo institucional, adecuados para el desarrollo y el crecimiento.  
Colombia hoy los reúne, afortunadamente, para enfrentar los desafíos de su propio desarrollo.    
Desde el 2013 el presidente Juan Manuel Santos había venido acercándose a la OTAN y en el 2016 con ocasión de los acuerdos de Paz, inicio un proceso de colaboración con aquella.
Ser “socio global” de la OTAN implicará para Colombia realizar operaciones de cooperación estratégica militar en los asuntos relativos al mantenimiento de la paz mundial, más allá del ámbito europeo de la organización. Y esto no es un asunto de poca monta, sobre todo, visto desde nuestra región y de Venezuela.
Por otro lado, en la reciente primera vuelta de las elecciones presidenciales de ese país, el joven candidato Iván Duque del partido Centro Democrático, senador, escritor, de excelente formación  académica y con experiencia política, ganó con una ventaja importante.
Para los venezolanos que lo deseábamos, es también una buena noticia ese triunfo. Él ha demostrado de manera sincera y reiterada su solidaridad con los cientos de miles de venezolanos que han debido irse a ese país. Lo ha dicho claramente: el éxito de Colombia es el mismo de Venezuela.  
Ciertamente, lo que allá ocurra y lo que aquí suceda, incumbe a ambos. Nuestra existencia y los destinos de venezolanos y colombianos están cruzados inexorablemente. Todo nos convoca a la convergencia y la integración. La política, la economía y la geografía. Y hasta la sangre.
Colombia y Venezuela. Venezuela y Colombia. Dos países que deben marchar juntos y complementarse. Como ya de hecho lo han logrado, más allá de los intentos por separarnos y/o enemistarnos, a causa de puntos y rayas geográficos y de prejuicios absurdos.   
Desde la Tierra de Gracia, como la llamó el Almirante de la Mar océano, a la Tierra del olvido, como alude a Colombia ese cantante telúrico Carlos Vives, corre una sola y profunda corriente subterránea de savia común que nos alimenta y nos hermana.  
Es posible que el proceso que se abre para Colombia con el nuevo Presidente Duque, tenga repercusiones prontas e importantes para nuestra situación particular. Ojalá. Así lo anhelamos desde aquí, gozosos como estamos de las tan buenas noticias que nos llegan de más allá de San Antonio del Táchira, Paraguaipoa o Guasdualito.  
EMILIO NOUEL V.

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Contra corriente
 
Eduardo Fernandez

A través de toda mi vida, me ha tocado nadar contra corriente. Cuando me inicié en la política, la corriente predominante decía que la política era una actividad sucia, reservada para bribones y estafadores. En esos días leí una frase del papa Pio XII según la cual “la política es la forma más excelsa de la caridad después de la religión”. Entonces decidí, nadando contra la corriente, perseverar en la política.

Durante mis luchas juveniles, la corriente prevaleciente era la izquierda, el marxismo, el comunismo. La mayoría de los jóvenes de aquella época consideraba que la historia avanzaba inexorablemente hacia el “paraíso comunista”. En aquellos años se produjo la Revolución Cubana que vino a ser como la confirmación de la tesis que sostenía que el futuro sería comunista.

Entonces me tocó de nuevo, nadar contra la corriente. Con toda convicción abracé las banderas del humanismo cristiano. Me inscribí en un partido que entonces apenas llegaba al 10% de los votos.
Años más tarde, me tocó enfrentar el empeño re-releccionista de dos distinguidos venezolanos: Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez. En ambos casos aconsejé en la dirección contraria a la corriente. En ambos casos prevaleció la opinión contraria a la mía. Creo que en ninguno de los dos casos lo que se hizo fue conveniente ni para el país, ni para la figura histórica de esos distinguidos compatriotas.

En febrero de 1992 hubo un intento de golpe de estado contra las instituciones. No vacilé en condenar aquel acto salvaje. Al día siguiente sentí que había una significativa corriente de opinión que aplaudía la acción de los bárbaros. Había aconsejado que no se reeligiera a Carlos Andrés Pérez. Después aconsejé, que una vez que lo habían reelegido lo dejaran terminar su período constitucional.

Poco tiempo después me opuse a la elección de Hugo Chávez. La mayoría acudieron a las urnas electorales votó por hacerlo presidente.

Nadé contra la corriente cuando se convocó a una Asamblea Constituyente que lo único que perseguía era el poder absoluto para los bárbaros. Me sentí como “la voz del que clama en el desierto”. La mayoría de los venezolanos apoyó aquel proceso que condujo a lo que estamos padeciendo desde hace 20 años.

También nadé contra la corriente cuando me opuse a la política abstencionista en 2005 que le permitió al chavismo tener el control absoluto de la Asamblea Nacional para legislar a su antojo.
Ahora también me ha tocado nadar contra la corriente. Entre votar y no votar, aconsejé votar. La mayoría se inclinó por no votar. Entre la paz y la violencia, me incliné por la paz. Entre Maduro y Falcón preferí a Falcón.


Eduardo Fernández
@EFernandezVE
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