domingo, 3 de junio de 2018


Palabra de ZAPATERO

 HERMANN TERTSCH

ABC
 
Nicolás Maduro anuncia una liberación de presos políticos y en Europa enseguida surge demasiada gente que quiere interpretarlo como una novedad esperanzadora. Lógico porque son muchas las franquicias y los agentes que en Europa y especialmente en España agitan bien pagados para mentir sobre el carácter real e intenciones del régimen narcocomunista. No está solo en esa ignominiosa actividad José Luis Rodríguez Zapatero. No hay nada esperanzador en la deriva de la encanallada dictadura. Desde la farsa electoral del mes pasado que fue un ridículo internacional, Maduro busca nuevas formas de confundir. Y nada es más barato para una dictadura que sacar de la cárcel a unos presos inocentes arbitrariamente detenidos. Porque al día siguiente o el mismo día puede sustituirlos por otros venezolanos tan arbitrariamente detenidos y encarcelados como los anteriores.
La semana pasada el régimen anuncio ya un acto de clemencia y generosidad con la liberación de 22 presos. Todos ellos estaban presos por protestar contra los cortes de luz. Nadie sabe quiénes y cuántos serán que iban a liberarse ayer, hoy o en los próximos días. Es posible que muchos tengan «delitos» tan grotescos como aquellos. Y puede que incluya a algún preso de relieve. Como la desvergüenza de los defensores del régimen es infinita se lanza una vez más la «noticia» de que esta liberación es una conquista y «un regalo» de Zapatero, expresidente del gobierno del Reino de España, hoy pura servidumbre del dictador caribeño.
En sus esfuerzos por la reconciliación nacional en Venezuela. No se crean nada. Estas groseras maniobras de Maduro y Zapatero son propaganda para intentar reconducir el inmenso fiasco electoral. Y para buscar formas de romper el cada vez más estrecho cerco sobre la dictadura debido a las medidas que toman tanto EEUU como la UE. Se intenta “vender” la libertad de presos y especular con esa mercancía. Ceaucescu y la RDA vendían a Bonn súbditos alemanes a tanto la pieza. Las dictaduras siempre hacen negocio con la libertad y la vida de sus maltratados súbditos. En Venezuela todo avance pasa por el fin de la satrapía de Maduro. Lo demás es palabra de Zapatero.


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 ¿RECONVERTIDO EN QUÉ?

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                LUIS VICENTE LEÓN

EL UNIVERSAL

Como era de esperar, el gobierno se vio obligado a retrasar la reconversión monetaria, algo que ya habían anticipado la mayoría de los venezolanos desde que lo anunciaron por primera vez, quizás recordando la triste historia del inmortal billete de 100. 

El proceso ha sido abortado, usando la estrategia clásica de derivar responsabilidades en un tercero, en este caso la banca, que aparece en cadena pidiendo más tiempo para cumplir adecuadamente este objetivo, algo absolutamente lógico y razonable ante los múltiples problemas antes mencionados. Sin embargo, ver la escena del gobierno, ahora sí, “complaciendo” una solicitud de la banca no deja de tener un componente tragicómico. Es como un político en campaña que se lanza un discurso grandilocuente planteando que el “pueblo” le pidió a gritos que se lanzara, mientras sabemos que era la esposa, los hijos y el compadre quienes pedían desesperados el lanzamiento. La parte trágica es que la banca tenía que pedirlo, sabiendo que era una locura seguir adelante en los tiempos previstos originalmente y podrían terminar de chivos expiatorios para limpiar la cara al verdadero culpable del desaguisado. 

Pero bueno, tratemos de rescatar algunos elementos positivos. Lo primero es que el gobierno entró en razón y retrasó el disparate. Lo segundo es que haya entendido que el país requiere reconvertir su moneda después de la pulverización casi total del valor del bolívar fuerte. Esta es una acción necesaria. Pero el problema es que no es suficiente. Quitar ceros a la moneda no baja la candela que origina la hiperinflación. Es relevante para el manejo operativo del país a corto plazo, pero inútil para resolver los desequilibrios monetarios y fiscales que impactan los precios. No recupera la confianza, ni estabiliza la macrodevaluación, ni estimula las inversiones, ni aumenta la producción. Es cierto que reconvertir la moneda permite tener billetes de más valor a muy corto plazo, pero es una obra de arte efímero. Asumiendo que tendremos ese cono funcionando a plenitud en 90 días y que la inflación siguiera estable a una tasa equivalente a 100% mensual (que es un supuesto optimista en una economía en hiperinflación desbordada, donde la devaluación del mes pasado superó el 700%), un billete de 100 bolívares “soberanos” de hoy tendría un valor real equivalente a 12,50 BsS dentro de tres meses. Un producto que hoy cueste 100, en un mes costaría 200, en el segundo 400 y en el tercero 800. Es decir, se requerirían 8 billetes de 100 para comprar un bien que hoy se compraría con uno. Es una pérdida de 87,5% de su valor o lo que es lo mismo, queda sólo el 12,5% del valor de cada billete. ¿Cuánto tiempo le das para que estés igual que hoy? ¿En qué momento el gobierno tendrá que decir que se prepara para lanzar nuevos billetes con más ceros o quitarle ceros a los billetes? Es el perro mordiéndose la cola. Y el tema sigue sin resolverse. No se trata de cambiar monedas, ni quitar ceros, ni inventar nombres rimbombantes para esconder el fracaso. Se trata de cambiar el modelo y reconocer que el problema no son los empresarios sino el intervencionismo y el control de cambio que genera corrupción y el de precios que ocasiona inflación y que se necesita abrir la economía, buscar recursos frescos, rescatar inversión privada y estabilizar las relaciones internacionales. Sin eso no hay reconversión, ni discursito, populista o amenazante, que valga. Porque no puedes apresar la inflación, ni expropiar el conocimiento, ni decretar la producción, ni amenazar a la confianza, ni prohibir la rabia.
La historia indica que tarde o temprano, la hiperinflación o te hace cambiar… o te cambia.

luisvleon@gmail.com

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REVOLUCIÓN Y ALUCINACIÓN
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      CARLOS RAUL HERNANDEZ 

EL UNIVERSAL
Revolución y alucinación “No podemos seguir gobernados pasivamente por las leyes de la ciencia, ni por las de la economía, ni por los imperativos de la técnica” (Asamblea estudiantil de Toulouse 1968) 

Algunos dicen que hay que estudiar la Historia para no repetir errores, mientras otros creen que estamos condenados a reincidir (¿2005 y 2018?). La insurrección estudiantil de mayo 1968 en Francia, que sacudió al mundo y produjo una oleada universal de revueltas, sería un buen ejercicio comparativo. Comienza en las universidades y se extiende a la ciudadanía, una revolución reaccionaria contra la sociedad abierta, inspirada en ideas fanáticas, despóticas y simplistas, como el Libro rojo de Mao, la hagiografía de la revolución cubana y las teorías del filósofo alemán-norteamericano Herbert Marcuse.

 La sociedad abierta se modernizaba, se extendía la TV, se imponía el rock, música sexual por excelencia en las caderas de Elvis y Jagger. El amor libre venía en las anticonceptivas y la minifalda, sensacional invento de Mary Quant. Manifestaciones convocadas por la Unión Nacional de Estudiantes terminan en violencia con la policía y llevan al cierre de La Sorbonne y Nanterre, lo que suma a los de educación media y los sindicatos de izquierda que soñaban derrocar “el capitalismo”.

Llaman a una huelga general y decretan autogobierno estudiantil, con cacería de brujas contra profesores que no fueran suficientemente críticos, es decir, comunistas. Las huelgas eran “salvajes”, sin objetivos, no solicitaban mejoras laborales sino derrocar el orden burgués. Para mediados de ese meteórico mes, había diez millones de huelguistas, 2/3 de la fuerza de trabajo. Los estudiantes creían que Francia, Italia, EEUU, Alemania, Inglaterra, al decir de Marcuse, eran sociedades esclavizadas, enajenadas por el consumo (el bienestar), y no había nada tan libre como la Revolución Cultural China y los regímenes de Enver Hoxda en Albania y Fidel Castro.

La gran sorpresa
Vivían formas extremas de libertad y gritaban prohibido prohibir, pero sus ídolos eran Mao y el Che Guevara. En la capital de las comunas y las barricadas, habían algunas en las que día y noche un piano tocaba jazz. En mayo el país parecía dispuesto a salir de De Gaulle, pero en junio los franceses le dieron un monumental viraje y triunfó en las urnas. De Gaulle era un personaje épico, de un valor personal casi imposible. Recibió disparos en tres ocasiones y un bayonetazo en pelea cuerpo a cuerpo. En 1916 perdió el conocimiento por una explosión de gas mostaza y lo secuestraron los alemanes. Intentó fugarse cinco veces. 

Caminaba sin siquiera bajar la cabeza en medio de balaceras y pánico colectivo en atentados contra él ya siendo presidente. Si bien al principio de la revolución los enfrentamientos entre el gobierno y la fuerza pública dejaron miles de heridos, luego la policía se repliega y entrega las calles a las muchedumbres, que misteriosamente no se dedican al saqueo ni al pillaje, como ocurrió varias veces en las revoluciones parisinas. François Mitterrand declaró que en Francia “el Estado dejó de existir”.

De Gaulle abandona el Palacio del Elíseo, “estaba caído”, pero el hombre de hierro no dio su brazo a torcer y se refugió en la base francesa de territorio alemán, Baden-Baden, dirigida por uno de sus mejores amigos de la guerra. El 30 de mayo, después de crear una ansiedad límite con su desaparición, emerge y afirma, contra las conjeturas, “no renunciaré”, que “probaré a los franceses que los fanáticos del totalitarismo y la destrucción habían hecho un carnaval”, y anuncia elecciones adelantadas para el 23 de junio.

Elección-traición
Llamar a elecciones es acto de extraordinaria habilidad, y como cita Marcuse, convirtió “cada barricada, cada automóvil incendiado… en decenas de miles de votos para el gobierno”. La alianza revolucionaria lo reta y saca un millón de manifestantes, con la consigna elección=traición, pero esta vez los cuerpos de seguridad se despliegan en los Campos Elíseos bajo el decreto de Estado de emergencia. Por fortuna para Francia, la alianza opositora decide suspender la movilización, aceptar el expediente del proceso electoral y todo termina con los bistros de la ciudad abarrotados de manifestantes que castigaban las existencias de vino y cerveza. 

Mattei Dogan en su monumental obra Ciencia política y otras ciencias sociales dice que 57% de los franceses desaprobaba un golpe de Estado, y luego en la elección castigaron la locura revolucionaria, que se ahogó en sus odios y vituperios a los que hacían críticas a la insensatez. Cómico que los estudiantes de Nanterre invitaron a los sindicatos a una gran asamblea, los recibieron con vítores, y minutos después los corrieron con una andanada de insultos porque ya no querían expropiar las fábricas.

Jean Paul Sartre quiso convertirse en el padrino de la revolución y gruñía ya que el Partido Comunista era traidor por asumir preceptos burgueses como el pluripartidismo. Raymond Aron, tal vez el más grande pensador francés del siglo XX, se horroriza de las humillaciones contra honorables profesores que temían suicida el movimiento, al que define como “una masa de resentimientos en envoltura lírica” (YouTube: Aron analiza mayo 68). Milan Kundera lo califica como “una explosión de lirismo revolucionario seguida por una explosión de escepticismo revolucionario”. 

@CarlosRaulHer

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EN DEFENSA DE LOS MILITARES PRESOS

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 FERNANDO OCHOA ANTICH

EL NACIONAL

A todo militar, que haya elegido la carrera de las armas con genuina vocación, tiene que impactarle dolorosamente la información que ha circulado, en los medios de comunicación alternativos, sin que haya sido desmentida, sobre la detención de más de 250 compañeros de armas de las diferentes fuerzas y su inmediato sometimiento a los tribunales militares, acusados de haber cometido delitos de traición a la patria e incitación a la rebelión. Una acusación de tanta gravedad obliga éticamente al ministro de la Defensa y al Alto Mando Militar a dar una detallada explicación a la opinión pública sobre lo que supuestamente ha ocurrido en el seno de la institución armada. Esa obligación es aún más perentoria cuando tiene que ser necesariamente vinculada a lo acaecido recientemente cuando Nicolás Maduro, de manera absolutamente ilegal, emitió un decreto presidencial mediante el cual se degradaba y expulsaba de la Fuerza Armada Nacional a 24 oficiales activos y retirados de diferentes grados.

Al mismo tiempo que apareció la noticia de esas detenciones, curiosamente, empezaron a circular a través de las redes numerosos mensajes ofensivos a la dignidad y el honor de los miembros de la Fuerza Armada Nacional. Es importante diferenciar el contenido de esos mensajes, de las severas críticas que, desde hace varios años, han realizado los venezolanos ante la inaceptable posición que ha mantenido nuestra institución, representada por sus altos mandos, al ser utilizada para actividades de orden político-partidista, en brutales acciones represivas contra manifestaciones pacíficas y la participación de algunos de sus integrantes en graves hechos de corrupción. En verdad, dichos mensajes denigrantes, de autores desconocidos, me causaron sorpresa y malicia. Intuyo que fueron redactados y publicados por expertos en guerra psicológica, pertenecientes a los organismos de inteligencia del Estado, con la finalidad de generar odio en la sociedad en contra de los miembros de la Fuerza Armada y viceversa.
Es importante analizar, con alguna perspicacia, esta ola de arbitrariedades. No tengo la menor duda en afirmar que esas detenciones han sido ordenadas por Nicolás Maduro con la deliberada intención de atemorizar a los cuadros militares y crear incertidumbre y desconfianza entre ellos. Esa es la razón de la gravedad de los delitos que se le imputan a todos por igual: traición a la patria e incitación a la rebelión. El creciente malestar existente en el sector civil también está presente en la Fuerza Armada Nacional. Las razones sobran. No hay ingreso que pueda resistir la creciente hiperinflación que nos azota a todos por igual. Además, hay razones de orden profesional que causan desasosiego e inconformidad en los amplios sectores institucionales de la organización militar: los ascensos y la asignación de cargos, durante estos dieciocho años de gobierno revolucionario, perdieron progresivamente su sentido de justicia y reconocimiento al mérito para privilegiar el grado de lealtad al régimen y el compromiso político-personal con Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Además de las razones de orden profesional, sobre las cuales no profundizo por razones de espacio, ha surgido un profundo malestar en los cuadros como consecuencia del desprestigio de la Fuerza Armada Nacional en la sociedad venezolana. El empleo de un importante número de oficiales en cargos civiles y su vinculación con los inmensos errores de la gestión de Nicolás Maduro son percibidos como causas de ese desprestigio. Ese rechazo lo siente el oficial activo en el colegio de los hijos, en reuniones familiares, o en cualquier otra actividad donde deba interactuar con el resto de la sociedad. También se rechaza la subordinación del gobierno madurista al régimen cubano y su debilidad para enfrentar nuestra reclamación territorial con Guyana. Esa permanente presión psicológica conduce al militar activo a criticar cualquier acción del gobierno nociva a la imagen de nuestra institución. Tal reacción es considerada como una muestra fehaciente de su falta de lealtad a la revolución bolivariana y conduce de inmediato a su detención y acusación por traición a la patria e incitación a la rebelión.
Inexplicablemente, los distintos niveles del mando han permitido que ese sistema represivo se aplique a los cuadros militares sin hacer oír su voz de protesta ante tan inmensa injusticia. Es posible que, en estos últimos años, puedan haber existido algunos intentos conspirativos ante el fracaso del gobierno de Nicolás Maduro y su permanente violación de la Constitución. Sin embargo, la percepción existente en la sociedad es que esos intentos de rebelión militar surgen de la lucha existente entre chavistas y maduristas, en la cual la mayoría de los oficiales institucionalistas no toman partido. De todas maneras, el temor que esa situación produce en Nicolás Maduro lo ha conducido a tomar medidas represivas, con la anuencia de los mandos, por cualquier nimiedad que, a su juicio, constituya una amenaza para la estabilidad de su dictadura. Mi esperanza es que los altos mandos asuman su papel de verdaderos jefes militares y se avoquen a evitar los abusos en contra de sus subalternos, a quienes deben comandar y proteger.
También creo importante recordarles a los dirigentes políticos de la oposición, quienes justificadamente exigen, entre otras condiciones, la libertad de todos los presos políticos para acceder a negociar con el régimen, que existen 250 presos militares y que sería una gran inconsecuencia no tomarlos en cuenta en esa petición. Es posible que el régimen argumente que esos profesionales estaban conspirando en contra del gobierno constitucional. Ese planteamiento no tiene sustento alguno. Al contrario, en el caso que alguno de ellos haya estado vinculado en algún proceso de desconocimiento de Nicolás Maduro y su gobierno, como consecuencia de su permanente violación de la Constitución Nacional, su actuación habría estado en cabal consonancia con el contenido del artículo 333 constitucional que reza: “Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella. En tal eventualidad, todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia”.
fochoaantich@gmail.com.

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CLEPTOCRACIA Y CACOCRACIA

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                                 MOISES NAIM

Mientras el mundo se desgañita debatiendo sobre socialismo, capitalismo, independentismo, populismo y otros “ismos”, los ladrones y los ineptos están tomándose cada vez más gobiernos. Ladrones en el poder los ha habido siempre y gobernantes incompetentes también. Pero, en estos tiempos, la criminalidad de algunos jefes de Estado ha alcanzado niveles dignos de los tiranos de la antigüedad. Y las consecuencias de la ineptitud de quienes mandan se ven ahora amplificadas por la globalización, la tecnología, la complejidad de la sociedad, así como por la velocidad con la que suceden las cosas. 


Ya no estamos hablando solo de la corrupción “usual”; la del ministro que cobra una comisión por la compra de armas o por otorgar a dedo el contrato para construir una carretera. Ni de un caso aislado en el cual el más tonto de la clase llega, para sorpresa de sus antiguos compañeros, a ser presidente.
No; en el caso de la cleptocracia se trata más bien de conductas criminales que no son individuales, oportunistas y esporádicas sino colectivas, sistemáticas, estratégicas y permanentes. No es el caso de uno o más individuos deshonestos que se aprovechan de su cargo público para hacer ocasionalmente un negocio sucio. Se trata, más bien, de un sistema en el cual todo el liderazgo de un gobierno es cómplice y se organiza de manera deliberada para enriquecerse –y usar las fortunas acumuladas para perpetuarse en el poder–. Para los cleptócratas el bien común y las necesidades de la población son objetivos secundarios y solo merecen atención cuando están al servicio de lo más importante: engordar sus fortunas y seguir mandando.
El caso de los tontos en el poder es algo distinto. Las cacocracias proliferan en sistemas políticos degradados y caóticos que repelen a los talentosos y les abren paso a los ciudadanos menos preparados y más ineptos. Obviamente es posible que a veces se combinen los dos y el gobierno no solo sea criminal sino también incompetente.  Cuando coinciden, la cleptocracia y la cacocracia se refuerzan entre sí.   
Un ejemplo que ilustra la conducta de gobiernos cleptócratas lo ofrece el respetado periodista brasileño Leonardo Coutinho. Recientemente, Coutinho reportó el testimonio de Marco Antonio Rocha, un oficial de la aviación boliviana que reveló el tráfico de grandes volúmenes de cocaína de Bolivia a Venezuela y a Cuba. Cuenta Rocha que semanalmente debía pilotar un avión desde La Paz hasta Caracas y La Habana cargado con las “maletas diplomáticas”, entregadas por los agregados militares de la Embajada de Venezuela en La Paz. Solo que en este caso no eran ni maletas ni llevaban documentos diplomáticos. Eran enormes bultos que contenían 500 kilos de cocaína.  Una operación de este tipo requiere la complicidad de los más altos niveles de gobierno de al menos tres países. Esta no es solo la historia de una operación más de narcotraficantes, sino que también revela las actividades de una alianza de gobiernos cleptocráticos. El recién depuesto primer ministro de Malasia, Najib Razak, ha sido acusado de haber organizado un sistema financiero que le permitió pasar 42.000 millones de dólares de cuentas públicas a las cuentas privadas controladas por sus familiares y cómplices. En Brasil, el escándalo conocido como Lava Jato reveló una vasta, sofisticada y permanente red de corrupción que involucró durante años a centenares de los más poderosos políticos, gobernantes y empresarios del país.
Un error común es suponer que las cleptocracias solo se dan en los países más pobres y subdesarrollados. Rusia es un buen ejemplo de un país avanzado cuyo gobierno muestra claros signos de ser una cleptocracia. Los ex agentes secretos de la KGB convertidos en oligarcas cuyas enormes empresas trabajan de la mano del Kremlin son un pilar fundamental de la cleptocracia que gobierna al país. En un testimonio ante el senado de Estados Unidos en 2017, Bill Bowder, empresario de vasta experiencia en Rusia y acérrimo crítico de su gobierno afirmó que “Putin se ha hecho el hombre más rico del mundo y su fortuna alcanza a los 200.000 millones de dólares.”
Es también un error pensar que solo en países con instituciones débiles y sistemas políticos inmaduros pueden llegar a ocupar las posiciones más importantes del gobierno personas que no tienen la capacidad y la preparación necesaria. Lo que estamos viendo en países con una larga tradición democrática en Europa y también en Estados Unidos muestra que ningún país es inmune a la cacocracia.
En Estados Unidos, la búsqueda por Internet del significado de esta palabra ha tenido un enorme auge desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
Como buenos prestidigitadores, los cleptócratas saben cómo distraernos de sus fechorías y los cacócratas de su incapacidad. Lo hacen hablándonos de sus ideologías y atacando a las de sus rivales. Mientras nosotros vemos y participamos en estos torneos ideológicos, ellos roban. O tontean.
Twitter @moisesnaim
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EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

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FERNANDO RODRIGUEZ

El título del gran libro de Conrad, y la brillante película de Coppola, me asaltó porque creo que todos los venezolanos hemos tratado de indagar en nuestra afectividad dónde reside el centro de la angustia y el desgarramiento que nos embarga, sobre todo en los últimos años, los de la crisis y ahora de la hiperinflación. Justamente la pregunta por el epicentro de nuestra noche de piedra, el fondo de todas las oscuridades.

Sin duda, no se trata de las tropelías políticas con que el gobierno destroza sistemáticamente toda institucionalidad, la democracia, los derechos civiles. Aunque ellas agreden nuestra dignidad cívica y humana y nuestro deseo de tramitar en paz nuestros conflictivos destinos. Además, somos conscientes de que lo político nunca se puede aislar de los otros males que han hecho un infierno de nuestras vidas, pero no es la herida más viva y sangrante de nuestro cuerpo colectivo.
Ni siquiera el hecho de que vivamos bajo un régimen forajido, que ha sido implicado por las más cabales instancias mundiales en delitos que ameritan las más severas condenas de cualquier justicia. Sobre todo el más espectacular: el saqueo, probablemente sin precedentes en la contemporaneidad continental, de los dineros públicos, de las causas mayores de nuestro hundimiento.
Aquello que se hace indigerible para quien tenga alguna sensibilidad es el sufrimiento corporal de millones de venezolanos y cuyo límite real o su fantasma siempre presente es la muerte, la muerte evitable, postergable exactamente. El hambre, por ejemplo. El remedio que falta para el alivio del dolor o para salvar la enfermedad que puede asesinar. Los migrantes, no los poseedores de divisas y confort, sino los que nada tienen y que caminan en el vacío hacia lo incógnito, reino de la incertidumbre, del peor desasosiego. Y no quiero subrayar en exceso, porque podría parecer indebido dramáticamente, pero ello no lo hace menos realista, a los ya de por sí frágiles, indefensos, niños y ancianos. También el preso que es torturado, lejos de toda presencia que al menos consuele y acompañe, enfrentado no solo a su miedo, sino al temible mandato a no entregar su integridad moral. He allí el corazón de las sombras, de nuestro horror, y a partir de lo cual debería organizarse nuestra entrega a la lucha y el diseño de nuestras estrategias. Eso es lo que no podemos tolerar que suceda allí, a nuestro lado, con nuestros coterráneos.
Agreguemos que sustancialmente es el país de los pobres. Nunca la desigualdad social se hizo tan inmensa objetivamente, ochenta y tanto por ciento de pobres, y tan cruel, cebándose en los últimos reductos de los que poco o nada tienen para paliar el huracán, la demolición social.
Es eso lo que no podemos perdonarle a este gobierno sanguinario. El haber conducido a la nación a ese abismo de sufrimientos y, sobre todo, haberse negado a cualquier movimiento que pudiese aliviar tanta desolación. Empeñado únicamente en mantener el poder, entre otras cosas, para evitar el castigo por esa inmensa dosis de sufrimiento infringido a millones, a quienes debería proteger y no hacerlos materia prima para sus descomunales beneficios y la custodia de estos. El solo hecho de rechazar la ayuda humanitaria por la que clama no solo el país sino la comunidad internacional democrática es la muestra más tangible de su irreparable crimen. Nicolás Maduro, dice Enrique Krauze, “es el tirano típico de la historia latinoamericana, con una novedad: induce deliberadamente el hambre, la miseria y exilio del pueblo”.
Pero es allí también donde debemos recuperar toda nuestra capacidad de lucha. Es allí donde el médico o el maestro que no se van pueden hacer una labor ímproba. O el defensor de los derechos humanos. O el luchador político sin tregua. O el intelectual que no se calla. Sí, ahí está la raíz de la fuerza anímica que nos hará vencer y que viene de lo más profundo de la condición humana, de eso que algunos llaman fraternidad, y que sostiene la libertad y la igualdad, como diría Charles Peguy. Viene de nuestras entrañas más reales, viene de la ira y del llanto, de Eros y seguramente de Tánatos. Debería ser invencible si nos conectamos realmente con su fuerza.

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YO SIN TÍ NO VALGO NADA

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 TULIO HERNANDEZ

EL NACIONAL

A pesar de que la muerte por asesinato se hizo en Venezuela asunto de rutina, de que la vida entre nosotros no tiene ya nada de sagrado y de que, con la excepción  de los jerarcas chavistas, todos los venezolanos nos sabemos candidatos proclives al balazo fortuito; cuando la muerte por asesinato nos pisa cerca, el corazón igual vuelve a estremecerse.
No habíamos terminado de recuperarnos del asesinato del ganadero rubiense Carlos Manuel Tarazona Medina, cometido en el más puro estilo de una vendetta narco, por una escuadra de pistoleros del régimen, cuando recibimos la infausta noticia de la muerte, también a balazos, también a mansalva, del músico y amigo caraqueño Evio di Marzo.
II 
A “Cocha”, como lo llamaban cariñosamente familiares y amigos, lo mataron casi a la vista de todos, luego de que los pistoleros comandados por el jefe psuvista Freddy Bernal atravesaron las calles de Rubio, irrumpieron en su oficina del matadero Baritaria y descargaron sus armas sin piedad. 
La muerte de Evio fue también dramática. Frente a su esposa y dos de sus pequeños hijos, para robarle una bolsa de comida, una pareja de malandrines de la zona aledaña a la mezquita de Quebrada Honda, en Caracas, terminaron disparándole en el pecho, también sin piedad ni sentido, hasta segarle la vida.
Que un venezolano cualquiera viva la experiencia de enterarse, en un mes, del asesinato de dos personas que ha conocido durante largas décadas de su vida es un dato estadísticamente revelador. Psicológica y afectivamente amenazante. Humanamente cruel.
Porque es obvio que esa persona, el autor de estas líneas, no puede ser una excepción. Lo que le ocurre, sin duda, le sucede igual a miles y miles de venezolanos que mes a mes lloran la muerte de alguien cercano que no logró evadir el asedio armado de  la delincuencia común y de la delincuencia política. De los rateros de la calle, los grupos paramilitares rojos llamados colectivos o las policías y las fuerzas armadas pretorianas que a fuerza de bala y gas aseguran la continuidad de Maduro en el poder.
III 
En tiempo de las redes la mordaza informativa no logra impedir que le lleguemos al dolor en primera fila. En los días posteriores a la muerte de “Cocha”, varias veces nos frotamos la tristeza mientras veíamos los videos de sus hijos, amigos, y concejales explicando quién era ese hombre apreciado al que los jerarcas chavistas han tratado de degradar moralmente –narcotraficante, asesino, es lo menos que le han dicho– para justificar lo injustificable en un país donde no hay pena de muerte.
Y todavía hoy escribo con un nudo en la garganta, mientras leo las notas que amigos queridos, Xariell Xarabia,  memoria afectiva de los músicos de la ciudad; nuestro compositor entrañable, Henry Martínez; Yajaira Núñez, la periodista cuidadora de los artistas venezolanos; el poeta Willie McKey y tantos otros, han escrito compungidos ante el adiós acribillado de Evio di Marzo.
IV
La muerte de los cercanos desde el exilio duele más. Lo supe con exactitud cuando no pude ir a despedir, allá en Rubio, a mi tío Héctor Erebo, el último de la estirpe de los abuelos Ernesto y Eduarda. Lo verifiqué acompañando en Bogotá a un buen amigo activista político quien, para no correr el riesgo de terminar torturado en La Tumba o en Ramo Verde, tuvo que privarse de ir al entierro de su madre.
Duele por la muerte en sí. Y por no poder estar allí, con los seres queridos, despidiendo una vida. Entonces te encierras en tu habitación prestada. Te imaginas la ceremonia funeraria. Y haces silencio. Sin abrazos. Ni compañía.
Pero ahora, como compensación, le doy tregua al dolor mientras veo en la pantalla a un hombre joven, delgado, apuesto y feliz, que pega saltos ingrávidos asido a su guitarra mientras interpreta, acompañado por un grupo de maestros imberbes, una pieza titulada “Yo sin ti no valgo nada”. Me reconforto leyendo al sociólogo y, ahora descubro que, escritor Juan Bautista González contándonos que el de Evio fue un “entierro ecuménico”.  Y así apaciguo un dolor en el plexo solar donde esta tarde bogotana se me ha incrustado, como un puñal, la convicción de que Venezuela ya no es una nación sino un extenso y ajeno valle de lágrimas.

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