domingo, 3 de junio de 2018
Palabra de ZAPATERO
HERMANN TERTSCH
ABC
Nicolás Maduro anuncia una liberación de presos políticos y en Europa enseguida surge demasiada gente que quiere interpretarlo como una novedad esperanzadora. Lógico porque son muchas las franquicias y los agentes que en Europa y especialmente en España agitan bien pagados para mentir sobre el carácter real e intenciones del régimen narcocomunista. No está solo en esa ignominiosa actividad José Luis Rodríguez Zapatero. No hay nada esperanzador en la deriva de la encanallada dictadura. Desde la farsa electoral del mes pasado que fue un ridículo internacional, Maduro busca nuevas formas de confundir. Y nada es más barato para una dictadura que sacar de la cárcel a unos presos inocentes arbitrariamente detenidos. Porque al día siguiente o el mismo día puede sustituirlos por otros venezolanos tan arbitrariamente detenidos y encarcelados como los anteriores.
La semana pasada el régimen anuncio ya un acto de clemencia y generosidad con la liberación de 22 presos. Todos ellos estaban presos por protestar contra los cortes de luz. Nadie sabe quiénes y cuántos serán que iban a liberarse ayer, hoy o en los próximos días. Es posible que muchos tengan «delitos» tan grotescos como aquellos. Y puede que incluya a algún preso de relieve. Como la desvergüenza de los defensores del régimen es infinita se lanza una vez más la «noticia» de que esta liberación es una conquista y «un regalo» de Zapatero, expresidente del gobierno del Reino de España, hoy pura servidumbre del dictador caribeño.
En sus esfuerzos por la reconciliación nacional en Venezuela. No se crean nada. Estas groseras maniobras de Maduro y Zapatero son propaganda para intentar reconducir el inmenso fiasco electoral. Y para buscar formas de romper el cada vez más estrecho cerco sobre la dictadura debido a las medidas que toman tanto EEUU como la UE. Se intenta “vender” la libertad de presos y especular con esa mercancía. Ceaucescu y la RDA vendían a Bonn súbditos alemanes a tanto la pieza. Las dictaduras siempre hacen negocio con la libertad y la vida de sus maltratados súbditos. En Venezuela todo avance pasa por el fin de la satrapía de Maduro. Lo demás es palabra de Zapatero.
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¿RECONVERTIDO EN QUÉ?

LUIS VICENTE LEÓN
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LUIS VICENTE LEÓN
EL UNIVERSAL
Como era de esperar, el gobierno se vio obligado a retrasar la
reconversión monetaria, algo que ya habían anticipado la mayoría de los
venezolanos desde que lo anunciaron por primera vez, quizás recordando
la triste historia del inmortal billete de 100.
El
proceso ha sido abortado, usando la estrategia clásica de derivar
responsabilidades en un tercero, en este caso la banca, que aparece en
cadena pidiendo más tiempo para cumplir adecuadamente este objetivo,
algo absolutamente lógico y razonable ante los múltiples problemas antes
mencionados. Sin embargo, ver la escena del gobierno, ahora sí,
“complaciendo” una solicitud de la banca no deja de tener un componente
tragicómico. Es como un político en campaña que se lanza un discurso
grandilocuente planteando que el “pueblo” le pidió a gritos que se
lanzara, mientras sabemos que era la esposa, los hijos y el compadre
quienes pedían desesperados el lanzamiento. La parte trágica es que la
banca tenía que pedirlo, sabiendo que era una locura seguir adelante en
los tiempos previstos originalmente y podrían terminar de chivos
expiatorios para limpiar la cara al verdadero culpable del desaguisado.
Pero
bueno, tratemos de rescatar algunos elementos positivos. Lo primero es
que el gobierno entró en razón y retrasó el disparate. Lo segundo es que
haya entendido que el país requiere reconvertir su moneda después de la
pulverización casi total del valor del bolívar fuerte. Esta es una
acción necesaria. Pero el problema es que no es suficiente. Quitar ceros
a la moneda no baja la candela que origina la hiperinflación. Es
relevante para el manejo operativo del país a corto plazo, pero inútil
para resolver los desequilibrios monetarios y fiscales que impactan los
precios. No recupera la confianza, ni estabiliza la macrodevaluación, ni
estimula las inversiones, ni aumenta la producción. Es cierto que
reconvertir la moneda permite tener billetes de más valor a muy corto
plazo, pero es una obra de arte efímero. Asumiendo que tendremos ese
cono funcionando a plenitud en 90 días y que la inflación siguiera
estable a una tasa equivalente a 100% mensual (que es un supuesto
optimista en una economía en hiperinflación desbordada, donde la
devaluación del mes pasado superó el 700%), un billete de 100 bolívares
“soberanos” de hoy tendría un valor real equivalente a 12,50 BsS dentro
de tres meses. Un producto que hoy cueste 100, en un mes costaría 200,
en el segundo 400 y en el tercero 800. Es decir, se requerirían 8
billetes de 100 para comprar un bien que hoy se compraría con uno. Es
una pérdida de 87,5% de su valor o lo que es lo mismo, queda sólo el
12,5% del valor de cada billete. ¿Cuánto tiempo le das para que estés
igual que hoy? ¿En qué momento el gobierno tendrá que decir que se
prepara para lanzar nuevos billetes con más ceros o quitarle ceros a los
billetes? Es el perro mordiéndose la cola. Y el tema sigue sin
resolverse. No se trata de cambiar monedas, ni quitar ceros, ni inventar
nombres rimbombantes para esconder el fracaso. Se trata de cambiar el
modelo y reconocer que el problema no son los empresarios sino el
intervencionismo y el control de cambio que genera corrupción y el de
precios que ocasiona inflación y que se necesita abrir la economía,
buscar recursos frescos, rescatar inversión privada y estabilizar las
relaciones internacionales. Sin eso no hay reconversión, ni discursito,
populista o amenazante, que valga. Porque no puedes apresar la
inflación, ni expropiar el conocimiento, ni decretar la producción, ni
amenazar a la confianza, ni prohibir la rabia.
La historia indica que tarde o temprano, la hiperinflación o te hace cambiar… o te cambia.
luisvleon@gmail.com
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REVOLUCIÓN Y ALUCINACIÓN
CARLOS RAUL HERNANDEZ
EL UNIVERSAL
Revolución y alucinación
“No podemos seguir gobernados pasivamente por las leyes de la ciencia,
ni por las de la economía, ni por los imperativos de la técnica”
(Asamblea estudiantil de Toulouse 1968)
Algunos
dicen que hay que estudiar la Historia para no repetir errores, mientras
otros creen que estamos condenados a reincidir (¿2005 y 2018?). La
insurrección estudiantil de mayo 1968 en Francia, que sacudió al mundo y
produjo una oleada universal de revueltas, sería un buen ejercicio
comparativo. Comienza en las universidades y se extiende a la
ciudadanía, una revolución reaccionaria contra la sociedad abierta,
inspirada en ideas fanáticas, despóticas y simplistas, como el Libro rojo de Mao, la hagiografía de la revolución cubana y las teorías del filósofo alemán-norteamericano Herbert Marcuse.
La
sociedad abierta se modernizaba, se extendía la TV, se imponía el rock,
música sexual por excelencia en las caderas de Elvis y Jagger. El amor
libre venía en las anticonceptivas y la minifalda, sensacional invento
de Mary Quant. Manifestaciones convocadas por la Unión Nacional de
Estudiantes terminan en violencia con la policía y llevan al cierre de
La Sorbonne y Nanterre, lo que suma a los de educación media y los
sindicatos de izquierda que soñaban derrocar “el capitalismo”.
Llaman
a una huelga general y decretan autogobierno estudiantil, con cacería
de brujas contra profesores que no fueran suficientemente críticos, es
decir, comunistas. Las huelgas eran “salvajes”, sin objetivos, no
solicitaban mejoras laborales sino derrocar el orden burgués. Para
mediados de ese meteórico mes, había diez millones de huelguistas, 2/3
de la fuerza de trabajo. Los estudiantes creían que Francia, Italia,
EEUU, Alemania, Inglaterra, al decir de Marcuse, eran sociedades
esclavizadas, enajenadas por el consumo (el bienestar), y no había nada
tan libre como la Revolución Cultural China y los regímenes de Enver
Hoxda en Albania y Fidel Castro.
La gran sorpresa
Vivían formas extremas de libertad y gritaban prohibido prohibir,
pero sus ídolos eran Mao y el Che Guevara. En la capital de las comunas
y las barricadas, habían algunas en las que día y noche un piano
tocaba jazz. En mayo el país parecía dispuesto a salir de De Gaulle,
pero en junio los franceses le dieron un monumental viraje y triunfó en
las urnas. De Gaulle era un personaje épico, de un valor personal casi
imposible. Recibió disparos en tres ocasiones y un bayonetazo en pelea
cuerpo a cuerpo. En 1916 perdió el conocimiento por una explosión de
gas mostaza y lo secuestraron los alemanes. Intentó fugarse cinco
veces.
Caminaba sin siquiera bajar la cabeza
en medio de balaceras y pánico colectivo en atentados contra él ya
siendo presidente. Si bien al principio de la revolución los
enfrentamientos entre el gobierno y la fuerza pública dejaron miles de
heridos, luego la policía se repliega y entrega las calles a las
muchedumbres, que misteriosamente no se dedican al saqueo ni al pillaje,
como ocurrió varias veces en las revoluciones parisinas. François
Mitterrand declaró que en Francia “el Estado dejó de existir”.
De
Gaulle abandona el Palacio del Elíseo, “estaba caído”, pero el hombre
de hierro no dio su brazo a torcer y se refugió en la base francesa de
territorio alemán, Baden-Baden, dirigida por uno de sus mejores amigos
de la guerra. El 30 de mayo, después de crear una ansiedad límite con su
desaparición, emerge y afirma, contra las conjeturas, “no renunciaré”,
que “probaré a los franceses que los fanáticos del totalitarismo y la
destrucción habían hecho un carnaval”, y anuncia elecciones adelantadas
para el 23 de junio.
Elección-traición
Llamar
a elecciones es acto de extraordinaria habilidad, y como cita Marcuse,
convirtió “cada barricada, cada automóvil incendiado… en decenas de
miles de votos para el gobierno”. La alianza revolucionaria lo reta y
saca un millón de manifestantes, con la consigna elección=traición,
pero esta vez los cuerpos de seguridad se despliegan en los Campos
Elíseos bajo el decreto de Estado de emergencia. Por fortuna para
Francia, la alianza opositora decide suspender la movilización, aceptar
el expediente del proceso electoral y todo termina con los bistros de
la ciudad abarrotados de manifestantes que castigaban las existencias de
vino y cerveza.
Mattei Dogan en su monumental obra Ciencia política y otras ciencias sociales
dice que 57% de los franceses desaprobaba un golpe de Estado, y luego
en la elección castigaron la locura revolucionaria, que se ahogó en sus
odios y vituperios a los que hacían críticas a la insensatez. Cómico que
los estudiantes de Nanterre invitaron a los sindicatos a una gran
asamblea, los recibieron con vítores, y minutos después los corrieron
con una andanada de insultos porque ya no querían expropiar las
fábricas.
Jean Paul Sartre quiso convertirse en
el padrino de la revolución y gruñía ya que el Partido Comunista era
traidor por asumir preceptos burgueses como el pluripartidismo. Raymond
Aron, tal vez el más grande pensador francés del siglo XX, se horroriza
de las humillaciones contra honorables profesores que temían suicida el
movimiento, al que define como “una masa de resentimientos en envoltura
lírica” (YouTube: Aron analiza mayo 68). Milan Kundera lo
califica como “una explosión de lirismo revolucionario seguida por una
explosión de escepticismo revolucionario”.
@CarlosRaulHer
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EN DEFENSA DE LOS MILITARES PRESOS

FERNANDO OCHOA ANTICH
EL NACIONAL
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FERNANDO OCHOA ANTICH
EL NACIONAL
A todo militar, que haya elegido la carrera de las armas con genuina
vocación, tiene que impactarle dolorosamente la información que ha
circulado, en los medios de comunicación alternativos, sin que haya sido
desmentida, sobre la detención de más de 250 compañeros de armas de las
diferentes fuerzas y su inmediato sometimiento a los tribunales
militares, acusados de haber cometido delitos de traición a la patria e
incitación a la rebelión. Una acusación de tanta gravedad obliga
éticamente al ministro de la Defensa y al Alto Mando Militar a dar una
detallada explicación a la opinión pública sobre lo que supuestamente ha
ocurrido en el seno de la institución armada. Esa obligación es aún más
perentoria cuando tiene que ser necesariamente vinculada a lo acaecido
recientemente cuando Nicolás Maduro, de manera absolutamente ilegal,
emitió un decreto presidencial mediante el cual se degradaba y expulsaba
de la Fuerza Armada Nacional a 24 oficiales activos y retirados de
diferentes grados.
Al mismo tiempo que apareció la noticia de esas detenciones,
curiosamente, empezaron a circular a través de las redes numerosos
mensajes ofensivos a la dignidad y el honor de los miembros de la Fuerza
Armada Nacional. Es importante diferenciar el contenido de esos
mensajes, de las severas críticas que, desde hace varios años, han
realizado los venezolanos ante la inaceptable posición que ha mantenido
nuestra institución, representada por sus altos mandos, al ser utilizada
para actividades de orden político-partidista, en brutales acciones
represivas contra manifestaciones pacíficas y la participación de
algunos de sus integrantes en graves hechos de corrupción. En verdad,
dichos mensajes denigrantes, de autores desconocidos, me causaron
sorpresa y malicia. Intuyo que fueron redactados y publicados por
expertos en guerra psicológica, pertenecientes a los organismos de
inteligencia del Estado, con la finalidad de generar odio en la sociedad
en contra de los miembros de la Fuerza Armada y viceversa.
Es importante analizar, con alguna perspicacia, esta ola de
arbitrariedades. No tengo la menor duda en afirmar que esas detenciones
han sido ordenadas por Nicolás Maduro con la deliberada intención de
atemorizar a los cuadros militares y crear incertidumbre y desconfianza
entre ellos. Esa es la razón de la gravedad de los delitos que se le
imputan a todos por igual: traición a la patria e incitación a la
rebelión. El creciente malestar existente en el sector civil también
está presente en la Fuerza Armada Nacional. Las razones sobran. No hay
ingreso que pueda resistir la creciente hiperinflación que nos azota a
todos por igual. Además, hay razones de orden profesional que causan
desasosiego e inconformidad en los amplios sectores institucionales de
la organización militar: los ascensos y la asignación de cargos, durante
estos dieciocho años de gobierno revolucionario, perdieron
progresivamente su sentido de justicia y reconocimiento al mérito para
privilegiar el grado de lealtad al régimen y el compromiso
político-personal con Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Además de las razones de orden profesional, sobre las cuales no
profundizo por razones de espacio, ha surgido un profundo malestar en
los cuadros como consecuencia del desprestigio de la Fuerza Armada
Nacional en la sociedad venezolana. El empleo de un importante número de
oficiales en cargos civiles y su vinculación con los inmensos errores
de la gestión de Nicolás Maduro son percibidos como causas de ese
desprestigio. Ese rechazo lo siente el oficial activo en el colegio de
los hijos, en reuniones familiares, o en cualquier otra actividad donde
deba interactuar con el resto de la sociedad. También se rechaza la
subordinación del gobierno madurista al régimen cubano y su debilidad
para enfrentar nuestra reclamación territorial con Guyana. Esa
permanente presión psicológica conduce al militar activo a criticar
cualquier acción del gobierno nociva a la imagen de nuestra institución.
Tal reacción es considerada como una muestra fehaciente de su falta de
lealtad a la revolución bolivariana y conduce de inmediato a su
detención y acusación por traición a la patria e incitación a la
rebelión.
Inexplicablemente, los distintos niveles del mando han permitido
que ese sistema represivo se aplique a los cuadros militares sin hacer
oír su voz de protesta ante tan inmensa injusticia. Es posible que, en
estos últimos años, puedan haber existido algunos intentos conspirativos
ante el fracaso del gobierno de Nicolás Maduro y su permanente
violación de la Constitución. Sin embargo, la percepción existente en la
sociedad es que esos intentos de rebelión militar surgen de la lucha
existente entre chavistas y maduristas, en la cual la mayoría de los
oficiales institucionalistas no toman partido. De todas maneras, el
temor que esa situación produce en Nicolás Maduro lo ha conducido a
tomar medidas represivas, con la anuencia de los mandos, por cualquier
nimiedad que, a su juicio, constituya una amenaza para la estabilidad de
su dictadura. Mi esperanza es que los altos mandos asuman su papel de
verdaderos jefes militares y se avoquen a evitar los abusos en contra de
sus subalternos, a quienes deben comandar y proteger.
También creo importante recordarles a los dirigentes políticos de
la oposición, quienes justificadamente exigen, entre otras condiciones,
la libertad de todos los presos políticos para acceder a negociar con el
régimen, que existen 250 presos militares y que sería una gran
inconsecuencia no tomarlos en cuenta en esa petición. Es posible que el
régimen argumente que esos profesionales estaban conspirando en contra
del gobierno constitucional. Ese planteamiento no tiene sustento alguno.
Al contrario, en el caso que alguno de ellos haya estado vinculado en
algún proceso de desconocimiento de Nicolás Maduro y su gobierno, como
consecuencia de su permanente violación de la Constitución Nacional, su
actuación habría estado en cabal consonancia con el contenido del
artículo 333 constitucional que reza: “Esta Constitución no perderá su
vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere
derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella. En tal
eventualidad, todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el
deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia”.
fochoaantich@gmail.com.
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CLEPTOCRACIA Y CACOCRACIA
MOISES NAIM
Mientras el mundo se desgañita
debatiendo sobre socialismo, capitalismo, independentismo, populismo y
otros “ismos”, los ladrones y los ineptos están tomándose cada vez más
gobiernos. Ladrones en el poder los ha habido siempre y gobernantes
incompetentes también. Pero, en estos tiempos, la criminalidad de
algunos jefes de Estado ha alcanzado niveles dignos de los tiranos de la
antigüedad. Y las consecuencias de la ineptitud de quienes mandan se
ven ahora amplificadas por la globalización, la tecnología, la
complejidad de la sociedad, así como por la velocidad con la que suceden
las cosas.
Ya no estamos hablando solo de la
corrupción “usual”; la del ministro que cobra una comisión por la compra
de armas o por otorgar a dedo el contrato para construir una carretera.
Ni de un caso aislado en el cual el más tonto de la clase llega, para
sorpresa de sus antiguos compañeros, a ser presidente.
No; en el caso de la cleptocracia se
trata más bien de conductas criminales que no son individuales,
oportunistas y esporádicas sino colectivas, sistemáticas, estratégicas y
permanentes. No es el caso de uno o más individuos deshonestos que se
aprovechan de su cargo público para hacer ocasionalmente un negocio
sucio. Se trata, más bien, de un sistema en el cual todo el liderazgo de
un gobierno es cómplice y se organiza de manera deliberada para
enriquecerse –y usar las fortunas acumuladas para perpetuarse en el
poder–. Para los cleptócratas el bien común y las necesidades de la
población son objetivos secundarios y solo merecen atención cuando están
al servicio de lo más importante: engordar sus fortunas y seguir
mandando.
El caso de los tontos en el poder es
algo distinto. Las cacocracias proliferan en sistemas políticos
degradados y caóticos que repelen a los talentosos y les abren paso a
los ciudadanos menos preparados y más ineptos. Obviamente es posible que
a veces se combinen los dos y el gobierno no solo sea criminal sino
también incompetente. Cuando coinciden, la cleptocracia y la cacocracia
se refuerzan entre sí.
Un ejemplo que ilustra la conducta de
gobiernos cleptócratas lo ofrece el respetado periodista brasileño
Leonardo Coutinho. Recientemente, Coutinho reportó el testimonio de
Marco Antonio Rocha, un oficial de la aviación boliviana que reveló el
tráfico de grandes volúmenes de cocaína de Bolivia a Venezuela y a Cuba.
Cuenta Rocha que semanalmente debía pilotar un avión desde La Paz hasta
Caracas y La Habana cargado con las “maletas diplomáticas”, entregadas
por los agregados militares de la Embajada de Venezuela en La Paz. Solo
que en este caso no eran ni maletas ni llevaban documentos diplomáticos.
Eran enormes bultos que contenían 500 kilos de cocaína. Una operación
de este tipo requiere la complicidad de los más altos niveles de
gobierno de al menos tres países. Esta no es solo la historia de una
operación más de narcotraficantes, sino que también revela las
actividades de una alianza de gobiernos cleptocráticos. El recién
depuesto primer ministro de Malasia, Najib Razak, ha sido acusado de
haber organizado un sistema financiero que le permitió pasar 42.000
millones de dólares de cuentas públicas a las cuentas privadas
controladas por sus familiares y cómplices. En Brasil, el escándalo
conocido como Lava Jato reveló una vasta, sofisticada y permanente red
de corrupción que involucró durante años a centenares de los más
poderosos políticos, gobernantes y empresarios del país.
Un error común es suponer que las
cleptocracias solo se dan en los países más pobres y subdesarrollados.
Rusia es un buen ejemplo de un país avanzado cuyo gobierno muestra
claros signos de ser una cleptocracia. Los ex agentes secretos de la KGB
convertidos en oligarcas cuyas enormes empresas trabajan de la mano del
Kremlin son un pilar fundamental de la cleptocracia que gobierna al
país. En un testimonio ante el senado de Estados Unidos en 2017, Bill
Bowder, empresario de vasta experiencia en Rusia y acérrimo crítico de
su gobierno afirmó que “Putin se ha hecho el hombre más rico del mundo y
su fortuna alcanza a los 200.000 millones de dólares.”
Es también un error pensar que solo
en países con instituciones débiles y sistemas políticos inmaduros
pueden llegar a ocupar las posiciones más importantes del gobierno
personas que no tienen la capacidad y la preparación necesaria. Lo que
estamos viendo en países con una larga tradición democrática en Europa y
también en Estados Unidos muestra que ningún país es inmune a la
cacocracia.
En Estados Unidos, la búsqueda por
Internet del significado de esta palabra ha tenido un enorme auge desde
la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
Como buenos prestidigitadores, los
cleptócratas saben cómo distraernos de sus fechorías y los cacócratas de
su incapacidad. Lo hacen hablándonos de sus ideologías y atacando a las
de sus rivales. Mientras nosotros vemos y participamos en estos torneos
ideológicos, ellos roban. O tontean.
Twitter @moisesnaim
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EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

FERNANDO RODRIGUEZ
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FERNANDO RODRIGUEZ
El título del gran libro de Conrad, y la brillante película de
Coppola, me asaltó porque creo que todos los venezolanos hemos tratado
de indagar en nuestra afectividad dónde reside el centro de la angustia y
el desgarramiento que nos embarga, sobre todo en los últimos años, los
de la crisis y ahora de la hiperinflación. Justamente la pregunta por el
epicentro de nuestra noche de piedra, el fondo de todas las
oscuridades.
Sin duda, no se trata de las tropelías políticas con que el
gobierno destroza sistemáticamente toda institucionalidad, la
democracia, los derechos civiles. Aunque ellas agreden nuestra dignidad
cívica y humana y nuestro deseo de tramitar en paz nuestros conflictivos
destinos. Además, somos conscientes de que lo político nunca se puede
aislar de los otros males que han hecho un infierno de nuestras vidas,
pero no es la herida más viva y sangrante de nuestro cuerpo colectivo.
Ni siquiera el hecho de que vivamos bajo un régimen forajido, que
ha sido implicado por las más cabales instancias mundiales en delitos
que ameritan las más severas condenas de cualquier justicia. Sobre todo
el más espectacular: el saqueo, probablemente sin precedentes en la
contemporaneidad continental, de los dineros públicos, de las causas
mayores de nuestro hundimiento.
Aquello que se hace indigerible para quien tenga alguna
sensibilidad es el sufrimiento corporal de millones de venezolanos y
cuyo límite real o su fantasma siempre presente es la muerte, la muerte
evitable, postergable exactamente. El hambre, por ejemplo. El remedio
que falta para el alivio del dolor o para salvar la enfermedad que puede
asesinar. Los migrantes, no los poseedores de divisas y confort, sino
los que nada tienen y que caminan en el vacío hacia lo incógnito, reino
de la incertidumbre, del peor desasosiego. Y no quiero subrayar en
exceso, porque podría parecer indebido dramáticamente, pero ello no lo
hace menos realista, a los ya de por sí frágiles, indefensos, niños y
ancianos. También el preso que es torturado, lejos de toda presencia que
al menos consuele y acompañe, enfrentado no solo a su miedo, sino al
temible mandato a no entregar su integridad moral. He allí el corazón de
las sombras, de nuestro horror, y a partir de lo cual debería
organizarse nuestra entrega a la lucha y el diseño de nuestras
estrategias. Eso es lo que no podemos tolerar que suceda allí, a nuestro
lado, con nuestros coterráneos.
Agreguemos que sustancialmente es el país de los pobres. Nunca la
desigualdad social se hizo tan inmensa objetivamente, ochenta y tanto
por ciento de pobres, y tan cruel, cebándose en los últimos reductos de
los que poco o nada tienen para paliar el huracán, la demolición social.
Es eso lo que no podemos perdonarle a este gobierno sanguinario.
El haber conducido a la nación a ese abismo de sufrimientos y, sobre
todo, haberse negado a cualquier movimiento que pudiese aliviar tanta
desolación. Empeñado únicamente en mantener el poder, entre otras cosas,
para evitar el castigo por esa inmensa dosis de sufrimiento infringido a
millones, a quienes debería proteger y no hacerlos materia prima para
sus descomunales beneficios y la custodia de estos. El solo hecho de
rechazar la ayuda humanitaria por la que clama no solo el país sino la
comunidad internacional democrática es la muestra más tangible de su
irreparable crimen. Nicolás Maduro, dice Enrique Krauze, “es el tirano
típico de la historia latinoamericana, con una novedad: induce
deliberadamente el hambre, la miseria y exilio del pueblo”.
Pero es allí también donde debemos recuperar toda nuestra
capacidad de lucha. Es allí donde el médico o el maestro que no se van
pueden hacer una labor ímproba. O el defensor de los derechos humanos. O
el luchador político sin tregua. O el intelectual que no se calla. Sí,
ahí está la raíz de la fuerza anímica que nos hará vencer y que viene de
lo más profundo de la condición humana, de eso que algunos llaman
fraternidad, y que sostiene la libertad y la igualdad, como diría
Charles Peguy. Viene de nuestras entrañas más reales, viene de la ira y
del llanto, de Eros y seguramente de Tánatos. Debería ser invencible si
nos conectamos realmente con su fuerza.
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YO SIN TÍ NO VALGO NADA
TULIO HERNANDEZ
EL NACIONAL
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TULIO HERNANDEZ
EL NACIONAL
A pesar de que la muerte por asesinato
se hizo en Venezuela asunto de rutina, de que la vida entre nosotros no
tiene ya nada de sagrado y de que, con la excepción de los jerarcas
chavistas, todos los venezolanos nos sabemos candidatos proclives al
balazo fortuito; cuando la muerte por asesinato nos pisa cerca, el
corazón igual vuelve a estremecerse.
No habíamos terminado de recuperarnos
del asesinato del ganadero rubiense Carlos Manuel Tarazona Medina,
cometido en el más puro estilo de una vendetta narco, por una escuadra
de pistoleros del régimen, cuando recibimos la infausta noticia de la
muerte, también a balazos, también a mansalva, del músico y amigo
caraqueño Evio di Marzo.
II
A “Cocha”, como lo llamaban
cariñosamente familiares y amigos, lo mataron casi a la vista de todos,
luego de que los pistoleros comandados por el jefe psuvista Freddy
Bernal atravesaron las calles de Rubio, irrumpieron en su oficina del
matadero Baritaria y descargaron sus armas sin piedad.
La muerte de Evio fue también
dramática. Frente a su esposa y dos de sus pequeños hijos, para robarle
una bolsa de comida, una pareja de malandrines de la zona aledaña a la
mezquita de Quebrada Honda, en Caracas, terminaron disparándole en el
pecho, también sin piedad ni sentido, hasta segarle la vida.
Que un venezolano cualquiera viva la
experiencia de enterarse, en un mes, del asesinato de dos personas que
ha conocido durante largas décadas de su vida es un dato
estadísticamente revelador. Psicológica y afectivamente amenazante.
Humanamente cruel.
Porque es obvio que esa persona, el
autor de estas líneas, no puede ser una excepción. Lo que le ocurre, sin
duda, le sucede igual a miles y miles de venezolanos que mes a mes
lloran la muerte de alguien cercano que no logró evadir el asedio armado
de la delincuencia común y de la delincuencia política. De los rateros
de la calle, los grupos paramilitares rojos llamados colectivos o las
policías y las fuerzas armadas pretorianas que a fuerza de bala y gas
aseguran la continuidad de Maduro en el poder.
III
En tiempo de las redes la mordaza
informativa no logra impedir que le lleguemos al dolor en primera fila.
En los días posteriores a la muerte de “Cocha”, varias veces nos
frotamos la tristeza mientras veíamos los videos de sus hijos, amigos, y
concejales explicando quién era ese hombre apreciado al que los
jerarcas chavistas han tratado de degradar moralmente –narcotraficante,
asesino, es lo menos que le han dicho– para justificar lo injustificable
en un país donde no hay pena de muerte.
Y todavía hoy escribo con un nudo en
la garganta, mientras leo las notas que amigos queridos, Xariell
Xarabia, memoria afectiva de los músicos de la ciudad; nuestro
compositor entrañable, Henry Martínez; Yajaira Núñez, la periodista
cuidadora de los artistas venezolanos; el poeta Willie McKey y tantos
otros, han escrito compungidos ante el adiós acribillado de Evio di
Marzo.
IV
La muerte de los cercanos desde el
exilio duele más. Lo supe con exactitud cuando no pude ir a despedir,
allá en Rubio, a mi tío Héctor Erebo, el último de la estirpe de los
abuelos Ernesto y Eduarda. Lo verifiqué acompañando en Bogotá a un buen
amigo activista político quien, para no correr el riesgo de terminar
torturado en La Tumba o en Ramo Verde, tuvo que privarse de ir al
entierro de su madre.
Duele por la muerte en sí. Y por no
poder estar allí, con los seres queridos, despidiendo una vida. Entonces
te encierras en tu habitación prestada. Te imaginas la ceremonia
funeraria. Y haces silencio. Sin abrazos. Ni compañía.
Pero ahora, como compensación, le doy
tregua al dolor mientras veo en la pantalla a un hombre joven, delgado,
apuesto y feliz, que pega saltos ingrávidos asido a su guitarra
mientras interpreta, acompañado por un grupo de maestros imberbes, una
pieza titulada “Yo sin ti no valgo nada”. Me reconforto leyendo al
sociólogo y, ahora descubro que, escritor Juan Bautista González
contándonos que el de Evio fue un “entierro ecuménico”. Y así apaciguo
un dolor en el plexo solar donde esta tarde bogotana se me ha
incrustado, como un puñal, la convicción de que Venezuela ya no es una
nación sino un extenso y ajeno valle de lágrimas.
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