domingo, 2 de septiembre de 2018

Lejos de la Venezuela de Maduro: Con el violín y la batuta en la mochila
 
Clarin

La creciente presencia de hombres y mujeres venezolanos en gran parte de la ciudad de Buenos Aires genera un impacto social indisimulable. En bares, negocios, universidades, escuelas, gimnasios la novedad se vuelve cotidiana. Llegan por día unos cuatrocientos venezolanos, en su mayoría jóvenes, luego de emprender con escasos dólares una larga travesía. Durante los dos primeros meses de 2018 ingresaron al país 21.444 ciudadanos de ese país, a un promedio de de 363 por día. Según la Dirección Nacional de Migraciones, de 2016 a 2017 las radicaciones aumentaron un 142 por ciento, de 12.859 a 31.167. La mayoría posee formación profesional.
También es posible cruzarlos en subtes y trenes interpretando obras de Bach, Mozart o Piazzolla. Aclaración: no son meros músicos que llegaron motivados por un espíritu aventurero para ganarse la vida tocando en la calle. Forman parte del mayor proyecto musical masivo de la historia: a lo largo de cuatro décadas, en Venezuela, mediante cientos de orquestas infantiles y juveniles a través de todo el país, se formaron más de un millón de músicos, en su mayoría de sectores de bajos recursos. Hoy, muchos de ellos integran la Latin Vox Machine, notable orquesta que componen 80 músicos clásicos venezolanos anclados en Buenos Aires y dirigidos por el director surcoreano Jooyong Ahn.
 Uno de estos músicos desterrados es Adrián González (19) violinista desde los once años. En el relato de su agitado viaje hasta Buenos Aires cuenta su buena suerte porque lo revisaron apenas “en doce de las dieciocho cabinas de control del último tramo hacia la frontera”. Viajó dos días en la camioneta de uno de los tantos traficantes de nafta que la venden en Pacaraima (Brasil), unas cincuenta veces más cara de lo que se paga en Venezuela. “Cada tanto explota alguna”, comenta. En los siete días de viaje por tierra que le esperaban para arribar Buenos Aires se alimentó con pan y queso untable, dos veces al día. Llegó a Buenos Aires con cien dólares. “Mi padre estuvo siete años desempleado y cuando empecé a generar mi dinero como músico también ayudaba con los gastos de la casa, los artículos de limpieza, la comida. Hace poco más de un año me di cuenta que debía irme de Venezuela, mis padres siempre me han apoyado para que lo hiciera. Nos depedimos antes de embarcar con un abrazo y ninguno lloró en ese momento. Después del embarque, a través de vidrio vi que todos estábamos llorando”.

Otro caso fue el de Verónica Rodríguez Prieto (22) quien partió cargando una valija grande y el estuche de su violoncello a pesar de ser algo pequeña de cuerpo. En el último control una guardia la obligó a desvestirse. Escondidos en su corpiño, la agente le encontró la mitad de sus dólares. La otra mitad la había dejado al remisero para evitar que la roben si la revisaban. “Mi padre insistió para que llevara unos documentos que probaran que era hija de un militar retirado. Se los mostré a la guardia para que me devolviera mis dólares y me dejara ir”. Afortunadamente, el remisero la estaba esperando. “Al cruzar la frontera me sentí en el paraíso. Había decidido emigrar convencida por una amiga que vivía en París pero la posibilidad de conseguir un pasaje como estudiante se terminó de un día para otro. Eso me deprimió mucho. Dos semanas después vendí lo que tenía y decidí venir a la Argentina porque la situación en mi país se ha vuelto invivible”. Si bien las cosas fueron duras, hoy se alegra por saber que a fin de año vendrán su madre y su hermana a vivir con ella.
Al violinista y director Moisés Pirela (28) le quitaron el poco dinero que tenía, además de su violín. Aún así pudo sentirse agraciado: el viaje sería breve gracias al pasaje que le habían pagado unos colegas en la Argentina, algo casi imposible, dado el precio inalcanzable para un venezolano y porque quedan pocas aerolíneas operando en su país. Sin dinero y en Cúcuta (Colombia), pudo conseguir quien lo llevara al aeropuerto antes de perder el avión. Partir al exilio, como para la mayoría, fue también su primer viaje al exterior. En el aeropuerto mientras realizaba una escala se confundió de pasillo y perdió la conexión a Buenos Aires. Para reembarcar debía pagar una multa. El ingenio fue clave:consiguió una camiseta de fútbol prestada de un jugador de un equipo juvenil uruguayo que tomaban el mismo vuelo. “Llegué sin dinero y sin mi instrumento. Es decir, literalmente con lo puesto. Debía comenzar de cero”. Actualmente, planea ir a vivir a Italia para continuar sus estudios.
Formación de excelencia ​A los protagonistas de esta historia los une un rasgo común:hablan como adultos, aun siendo demasiado jóvenes. Son adolescentes que en la necesidad forzada de dejar atrás familia, orquesta, maestro y amigos han hecho un curso acelerado de supervivencia en un país del que poco o nada conocían. También los hermana el haber recibido una formación particular en “El sistema”, es decir el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela.Es una iniciativa creada en 1974 por el ex ministro de cultura, músico y maestro José Antonio Abréu, hoy malherida por la catástrofe política, económica y social venezolana.
Uno de sus logros fue haber desarticulado la superstición de que la música clásica es una preferencia de clases altas, personas cultas o que puede resultar aburrida. El entusiasmo general de muchos niños y jóvenes por saber tocar un instrumento y formar parte de una orquesta es solo comparable en la Argentina con el entusiasmo de cualquier niño por ser jugador de su equipo favorito de fútbol.
Gustavo Dudamel, representante global del Sistema y directores como Zubin Metha, Claudio Abbado, Dick Van Gasteren, Giuseppe Sinopoli y Daniel Baremboim, entre otros, dirigieron a muchos de estos jóvenes.
“El proyecto del Maestro Abréu nunca fue un intento para hacer de Venezuela una fábrica de músicos de excelencia sino que su propósito fue la formación de una ciudadanía de excelencia a través de la práctica colectiva e individual de la música”, cuenta Omar Zambrano (36) quien dejó su carrera de pianista para dedicarse a su carrera como realizador audiovisual. Hace tres años que vive aquí. “Trabajé documentando el trabajo del Sistema por años. Vi con mis ojos cómo esos niños rescatados de los sectores más vulnerables eran una verdadera revolución cultural y me sentí afortunado de que ocurriera en mi país”. Para él fue difícil el primer año en Argentina hasta que escuchó un corno francés en el subte: “Ese día cambió mi vida. Encontré a Eduard Cortez (19), perteneciente al Sistema, que se ganaba la vida con la caridad de los pasajeros. Me estremeció ver cómo aquel proyecto tan importante en nuestras vidas terminara bajo la indiferencia de transeúntes que pasaban frente a un gran talento. Entonces pensé que había que hacer algo”.
Así, junto a Boris Jerbic, un amigo argentino, fundaron hace un año la Latin Vox Machine, de la cual son productores, y cuyo director titular es el maestro surcoreano Jooyong Ahn. “Jooyong llegó a nosotros por nuestro amigo y tutor musical Eduardo Ihidoype. Desde el primer día se enamoró del proyecto y es un pilar fundamental para nosotros”.En la práctica, el proyecto de integración artística está dirigido a la contención de músicos inmigrantes venezolanos que buscan trabajar profesionalmente en la Argentina. “Un proyecto musical y académico de esta envergadura no suele ser económico. Estamos realizando gigantescos esfuerzos para captar la atención y alcanzar la sustentabilidad deseada. Queremos sacar a estos músicos de las calles, ofreciéndoles una vida digna acorde al gran talento que han traído desde Venezuela”.
Cada vez que ensayan o tocan suelen sentirse por un rato en Venezuela, en el “núcleo” al que asistían. Pero en Venezuela, el Sistema lentamente se desintegra por el exilio permanente de maestros y músicos. “Muchos de nosotros estamos desperdigados por el mundo como si fuera una pausa. Algún día debería volver a mis inicios en Venezuela para brindar oportunidades a otras personas para que se formen en la música, como las tuve yo”, comenta Adrián.
Los músicos de la Latin Vox Machine -que tocan cuando pueden y no siempre con instrumentos de calidad- “podrían actuar en cualquier orquesta profesional del mundo porque El sistema puso a Venezuela en la cima de la música clásica a escala mundial” dice el director y violista Jesús Parra (23) quien llegó hace tres meses. El músico fue becado en Gotemburgo, viajó como violista en una gira por Asia y dirigió la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela en la Scala de Milán. Esa misma orquesta fue la que dirigió en el Festival de Salzburgo junto a Sir Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín. Fue un acontecimiento que marcó un hito para el propio festival: por primera vez en su historia subía al escenario una orquesta infantil. Y el Sistema expuso los resultados de excelencia pedagógica en el mayor encuentro mundial de la música académica. Según Rattle , no se trató de una simple orquesta de niños, sino que se escuchó como una orquesta profesional: “Muchas orquestas desearían tocar así; numerosos músicos europeos viajan desde hace años a Venezuela y quieren traer a las orquestas del Sistema”. En el mismo concierto el tenor Plácido Domingo quedó sorprendido y aseguró que en Venezuela se había dado un milagro.
En Buenos Aires, los músicos suelen recibir un pago magro por sus trabajos por fuera de lo musical y complementan sus ingresos interpretando obras en andenes y vagones. Alquilan habitaciones entre varios y se muestran agradecidos de estar en un lugar en el que “hay trabajo, comida todos los días y hasta papel higiénico” y desde el que pueden enviar dinero a Venezuela para sus padres. “Tres días de tocar unas pocas horas en el subte representa más dinero que el salario de mi madre allá. Quien hoy tiene comida es porque alguien manda dinero desde el exterior” afirma Verónica.
También Jesús, Adrián, Eduard, Moisés ú otros de los tantos músicos de la Latin Vox Machine son retazos de un Sistema que nos revela que es posible construir una pertenencia ciudadana mediante el ejercicio de la música, los resultados de una política pensada a futuro y sostenida por décadas y la actual escala de la catástrofe humanitaria venezolana. Y además, nos invita a ser igualmente agradecidos con quienes amplían nuestras fronteras culturales.

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Consultores 21: El 66% de los chavistas, no maduristas quieren salir del país

La cifra de migrantes rojos "rojitos" es superior a la de opositores que se ubica en un 63%, los alineados con la MUD, y un 58% los no alineados con la MUD
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Versión Final: Maracaibo, miércoles 29/08/2018 - Norka Marrufo - @norkabmarrufo
La diáspora venezolana no distingue raza, clase social ni color político. Según un reciente estudio de la encuestadora Consultores 21, los que con anterioridad manifestaban mayor intención de irse del país eran los opositores al régimen, pero en la actualidad el 17% de las personas que quieren salir de Venezuela se declara maduristas y el 66% son chavistas, no maduristas.
Efraín Rincón, profesor titular emérito de la Universidad del Zulia y gerente de campo de Consultores 21 para el occidente del país, asegura que en la investigación realizada, en junio de 2018, a 2 mil habitantes de zonas urbanas y rurales del territorio nacional, la cantidad de chavistas que desean salir del país es superior a la de opositores alineados en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), quienes quedaron representados por un 63%. Los opositores que no están alineados con la MUD quedaron conformados por un 58%.
El otro elemento que llama poderosamente la atención es que con anterioridad la diáspora estaba concentrada mayoritariamente en los estratos socioeconómicos medios y altos de Venezuela. Hoy día eso ha cambiado, el 54% de los que se quieren ir forman parte de una clase, de un estrato socioeconómico medio alto y un 43% se declara marginal-popular”, explica el catedrático a Versión Final.
Es decir, acota, que los pobres también están o declaran la intención de salir del país en una proporción mucho mayor que la del año pasado o la de hace unos años atrás.
Razones por las que se quieren ir
En opinión del experto, el 75% de la población declara la voluntad de abandonar el país por la crítica situación económica. “Lo que quiere decir que de cada 10 venezolanos que desean salir del país 8  lo quieren hacer por la mala economía que está viviendo Venezuela y solo 2 manifiestan que se quieren ir por la situación política que existe en el país”.
Rincón explica que Consultores 21 determina cuál es el número de hogares en Venezuela de acuerdo a los datos del censo nacional y, a través de este instrumento, la encuesta arroja cuál es el promedio de familias que declaran que alguien del núcleo familiar se ha ido del país.
Esa ecuación que hace Consultores 21 establece que hasta junio del 2018 se ha ido del país el 17% de la población total de Venezuela, lo cual está referido a 5 millones 511.965 venezolanos”.
Para el especialista “esto en términos porcentuales es mucho más alto que la diáspora o el flujo de refugiados de Siria, porcentualmente. Seguramente a nivel absoluto, por supuesto, los sirios están saliendo de su país en mayor proporción”.
Un 31% de zulianos se han ido
De acuerdo con el experto en investigaciones de campo, del número de emigrantes que han salido de Venezuela, el 31% se fue del Zulia y del occidente del país, lo que representa 1 millón 713.178 venezolanos y a nivel central, el 13% ha emigrado y constituye 700 mil 169 venezolanos.
El estudio de Consultores 21 igualmente determinó que el 37% de las familias venezolanas manifiesta que al menos un miembro de su núcleo familiar ha emigrado, lo que promedia que por lo menos 2 integrantes de estas familias  se han ido fuera del país.
Eso es algo demasiado alto e inédito en Venezuela. Ese es el tamaño de la diáspora y por eso estamos observando, a pesar de que el Gobierno quiera ocultar esa pavorosa realidad, cómo la diáspora venezolana se ha convertido en un problema de Estado para Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Chile y para otras naciones, pero particularmente para esos países que es para donde el flujo migratorio venezolano es mucho mayor”.
Reacción del Gobierno
El gerente de campo de Consultores 21 para el occidente del país cree que la diáspora hay que verla como un “problema” que tendrá serias consecuencias y provocará la reacción del gobierno nacional.
Creo que ese es un elemento que va a generar fuertes implicaciones en este mes, porque ya estamos observando cuál es la publicidad o la percepción que quiere transmitir el Gobierno que eso es mentira, que es un guion cinematográfico ver caminar a los venezolanos por las calles, por las carreteras de Perú y Ecuador”.
El catedrático opina que la fuga de conciudadanos igualmente causará efectos negativos en la sociedad venezolana. “Porque no solamente se están yendo nuestros afectos, nuestros cariños, están dividiendo, desarticulando a las familias, que culturalmente era un elemento muy importante para la sociedad venezolana, sino que se están yendo y se han ido talentos importantes para poder contribuir en un momento determinado con la reconstrucción del país”.

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No cierren las puertas a los venezolanos

DOMENICO CHIAPE

Como tantos otros cientos de miles que tuvimos en Venezuela un país adoptivo, crecí en un ambiente de gran movilidad social y empuje económico, relativamente estable en política (dos partidos que se alternaban) y con una corrupción endémica que permeaba todos los estratos. Yo tenía cuatro años cuando llegué de Lima con mi madre y hermana. Mi padre había viajado antes y ya llevaba algunos meses en Caracas. Ellos, ambos peruanos, decidieron abandonar su tierra en la época del dictador Velasco Alvarado. No lo hicieron apenas asumió el poder. Aunque mi padre había sido gobernador de Chimbote, una capital de provincia, en la buena época de Banchero y la anchoveta (descritos por Guillermo Thorndike), no se consideró nunca un refugiado político, ni buscó esa figura. Era comerciante, hijo de un fabricante de vidrio, y así quiso ganarse la vida en el extranjero.
Los cuatro entramos con visa de turista. Mi padre logró el cambio a «transeúnte» (un año de vigor) cuando un militar que trabajaba en un ministerio le ofreció ayuda en la madrugada de un bar. Mi padre me contó que al día siguiente acudió a la cita en su despacho. Pasado el fragor etílico, el oficial se negó a atenderle pero su secretaria le pidió el pasaporte. Cuando volvió, tenía el sello. Cumplió con su palabra. Hizo el favor desde la perspectiva chovinista de todo el que cree en la superioridad nacional. Del que está convencido que nunca, jamás, tendrá que abandonar su patria. Venezuela no tenía experiencia migratoria, más allá de la populosa mudanza del campo a la ciudad. Vivía en una feliz endogamia.
Ahora los venezolanos huyen de su país, un desplazamiento típico de las zonas invadidas y bombardeadas. En Venezuela no hubo una guerra, pero los efectos de veinte años de mandato de Chávez y Maduro han logrado hundirlo en una devastación similar a la de los actuales territorios en armas. Porque el deterioro no empezó ayer y la fuga de cerebros y capitales tienen más de una década de goteo. Pero ahora el éxodo es masivo. Las fotografías de la gente que huye revelan la magnitud del desastre humanitario que ya no es noticia. Gente de barrio, a pie o autobús, con un bulto a rastras o en la espalda, con niños de la mano o en brazos. Individuos igualados en la desesperación y la miseria, incapaces ya de alimentarse o curarse mientras los cleptómanos instalados en toda instancia de gobierno saquean lo poco que aún queda.
Empobrecidos y humillados, deben sortear además los recientes brotes xenófobos de países cuyos ciudadanos antes habían recorrido el trayecto a la inversa. Desde los gobiernos, todavía de baja intensidad, empiezan a idear formas de bloquear el paso, entorpecer su asimilación, encerrarles en las fronteras, montarles un campamento. Llegan noticias de una represión de baja intensidad en Argentina, Ecuador, Perú y Colombia. O de confrontación populista y xenófoba, que incluye agresiones como las de Brasil.
Si algo enseñó Venezuela en sus años de bonanza fue la integración de esa marea de latinoamericanos y europeos, en la que cada emigrado se buscaba la vida por las grietas de la economía. Desordenada, anárquica, alegal, sí, pero que permitía que los recién llegados se incorporaran al mercado de trabajo, a la productividad en los ramos industriales y de servicios, financieros y campesinos. En la publicidad, la ingeniería, la medicina, en las fábricas textiles y de conservas. En la universidad, en el comercio. Se bailaba salsa y vallenato por igual. Se entremezclaban palabras y carnes. Las tascas de españoles servían vino chileno.
Con esas visas de transeúnte, del que está de paso, mi familia vivió en Caracas durante varios años. Nadie nos pidió ningún papel de mayor permanencia para alquilar casas, inscribirnos en colegios, obtener trabajo, crear sociedades. Varios años después, fui el primero en tener la «residencia» (cinco años de estadía) y evitar las largas colas anuales de las oficinas de extranjería desde las cinco de la mañana. Al foráneo nunca en ninguna parte le ofrecen confort y en ocasiones traga con la hostilidad, el desprecio o la indiferencia. Al que emigra nada le regalan. Lo que obtiene, se lo gana; incluso a codazos. Mejor así, tanto para el país que acoge como para el que emigra. En mi caso, aunque nunca obtuve la naturalización que por dos veces solicité, si tengo alguna patria es la de aquella Venezuela que desapareció y cuyos restos se están vaciando de gente. Un sentimiento que permanece aunque haya emigrado a España, donde empecé de cero y donde nacieron mis hijos.
Como alguien que no conoce otra condición que la del extranjero pido, por favor, que no le cierren las puertas a los venezolanos. Que no les confinen en guetos que sólo replicarán el modelo del que vienen, el de regalar lo mínimo para la supervivencia. Pido que les dejen colarse por las fisuras para que se integren a las sociedades, para que recuperen la dignidad. Que les concedan el beneficio de la inocencia, sin condenarles de antemano por venir de un Estado delincuente. Que no sean cómplices de la administración de Maduro, cuya política genocida les niega incluso los pasaportes, para mantenerlos como rehenes.
La situación de Venezuela no se va a arreglar a medio plazo. Los que se van, aunque crean al comienzo que en poco tiempo regresarán a sus casas y su clima, envejecerán y quizás mueran fuera. Pasados los años, el éxito o no de la acogida de los venezolanos se verá en sus hijos. Si, como me pasó a mí, de corazón se sienten como uno más del lugar elegido por sus padres. Si no guardan rencores, por dura que haya sido la odisea. El deber de acogida ahora es que esos hijos crezcan en libertad y protegidos por el cumplimiento de los derechos fundamentales, mientras escuchan de los nostálgicos labios de sus padres que la democracia alguna vez también existió en el país que dejaron atrás.

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La crisis económica acorrala a Mauricio Macri

M.C. / F.R.C.

EL PAIS

El derrumbe de la economía argentina sacude el tablero político a poco más de un año para las elecciones generales. Para reabrir el grifo del crédito, el Fondo Monetario Internacional y los inversores privados exigen a Mauricio Macri un plan económico que elimine el déficit fiscal. Pero lograr ese objetivo requiere duros recortes en el gasto público y un acuerdo con la oposición peronista, un escenario poco propicio para las aspiraciones de reelección del Presidente en 2019. El equipo económico, muy cuestionado, anunciará el lunes una batería de medidas destinada a reestablecer la confianza de los mercados, mientras los argentinos buscan cómo resguardarse de una crisis que se agrava cada vez más.
El peso se ha devaluado más de un 50% frente al dólar en lo que va de año y el Banco Central atacó el problema desde la ortodoxia: subió los tipos de interés e intervino en el mercado cambiario para sostener la moneda. Desde el jueves, la tasa de referencia argentina es del 60%, un récord mundial que triplica a la de Venezuela y es nueve veces más alta que la de Brasil, su principal socio comercial. La sangría de reservas internacionales para frenar la devaluación es también significativa: sólo el viernes subastó 250 millones para contener la depreciación del peso y logró recuperar un 5% de su valor tras el desplome del 14% del día anterior.
El diagnóstico de los expertos es casi unánime: Argentina enfrenta un problema de falta de confianza, más que de solidez económica. "Las provincias tienen superávit fiscal, los bancos están capitalizados y sanos, el Gobierno trabaja para llegar al déficit cero cuanto antes y el problema de liquidez está resuelto por el acuerdo con el FMI", que aportó un rescate de 50.000 millones de dólares, dice el presidente de HSBC Argentina, Gabriel Martino. "El FMI garantiza liquidez para el déficit fiscal y los niveles de deuda en relación al PIB están en niveles adecuados. No estamos ante una crisis de solvencia o de liquidez", confirma desde Nueva York Siobhan Morden, directora general del holding financiero Nomura.
Desde Wall Street plantean que el Gobierno no tiene otra alternativa que acelerar el ajuste y reducir el déficit. El compromiso del 1,3% para 2019 debe rebajarse aún más y acercarse al punto de equilibrio. "La estrategia del gradualismo fiscal se agotó. Se necesita un shock fiscal", asegura Alberto Ramos, director para América Latina de Goldman Sachs. Para Ramos, Macri no provocó los problemas económicos actuales, sino que los heredó del kirchnerismo, pero el cambio de la situación económica mundial, con la fuga de dólares desde los mercados emergentes, impide que los resuelva de forma paulatina, tal y como se había propuesto. "La aceleración del ajuste fiscal es muy difícil desde el punto de vista político y económico, pero es la menos costosa. No hacer nada es peor porque el mercado está muy nervioso", advierte Ramos. Entre las medidas esperadas para ser anunciadas hoy hay un torniquete al gasto público y subidas de impuestos.
Graffiti contra Macri en una calle de Buenos Aires.
Graffiti contra Macri en una calle de Buenos Aires. AP

Desplome de popularidad

Ajuste y déficit cero son dos conceptos que generan escalofríos a los argentinos. Remiten a grandes crisis económicas, como la que en 2001 hizo saltar por los aires a todo el sistema. En aquella crisis, la economía estaba encorsetada por un tipo de cambio fijo, la convertibilidad ideada por el ministro Domingo Cavallo en los años 90. Ahora, la dificultad para ajustar es política. Los límites fueron evidentes el pasado diciembre, cuando hubo movilizaciones multitudinarias y graves disturbios en rechazo a la rebaja de las pensiones. El Gobierno acababa de recibir un enorme espaldarazo en las urnas, Macri contaba con una imagen positiva del 60% y encontró aliados en la oposición, pero no pudo evitar la presión de la calle. Nueve meses después, la situación es más complicada: la popularidad del presidente se ha desplomado hasta el 35% y la oposición tiene en mente las elecciones de 2019.
En ningún país de América Latina es tan difícil como en Argentina sacar adelante reformas impopulares. "Hay que buscar un mayor ajuste, es el único sendero. El problema es que el éxito del programa económico depende de la continuidad política, de la reelección de Macri. Y ahora hay mayor riesgo del lado político por el ajuste", admite Morden. Lo cierto es que la continuidad de Macri ya no está garantizada. "El Presidente está hablando a los mercados, al FMI, no le está hablando a la gente", advierte Mercedes D'Alessandro, catedrática de la Universidad de General Sarmiento y fundadora de Economía Feminista. Las encuestas reflejan que la mayoría de la población cree que ahora está peor que en 2015, aunque la división del peronismo sigue beneficiando las aspiraciones políticas de Macri.
En este escenario, los peronistas parecen tener, una vez más, la llave de la gobernabilidad. Macri los necesita para sacar adelante el ajuste y mantener, al mismo tiempo, la paz social. El poder está en manos de los gobernadores de las provincias, que tienen bajo su control el Senado. Sus legisladores serán claves durante el debate del presupuesto de 2019, que decidirá quién pagará el ajuste fiscal. El problema es que muchos de esos líderes del interior tienen aspiraciones presidenciales y juegan entre un apoyo que evite el desastre y la distancia que los mantenga a salvo de las malas noticias. La política argentina sólo es apta para equilibristas.

El dólar, refugio de tormenta

Un hombre fotografía la pizarra con la cotización del dólar, el jueves en Buenos Aires.
Un hombre fotografía la pizarra con la cotización del dólar, el jueves en Buenos Aires. EFE
M.C. / F.R.M.
Los argentinos tienen una gran experiencia en crisis y reconocen con rapidez los síntomas que las preceden. Pocos hay más claros que una brusca subida del dólar y de la inflación, con tasas de interés por los cielos y anuncios oficiales de ajuste de la economía. En enero, para comprar un dólar hacían falta 18 pesos; el viernes, esa cantidad había aumentado a casi 40. La inflación de 2018 iba a ser del 15% y ya se habla del 35%. Frente a esas señales de alarma, los argentinos han vuelto a recurrir a estrategias conocidas: los que pueden compran dólares; los que no, anticipan compras de bienes para protegerse frente a futuros aumentos de precios.
"El año pasado, cuando hubo elecciones de mitad de legislatura, se compraron 22.000 millones de dólares, 3,5 puntos del PIB. Este año, hasta julio ya se habían comprado 20.000 millones", dice Marcos Buscaglia, ex economista jefe para Latinoamérica del BofA Merrill Lynch. "La gente ha tenido tantas malas experiencias, que huye", explica.
En 2017, con el peso estable, los grandes inversores obtuvieron ganancias extraordinarias, pero cuando la moneda local empezó a devaluarse, muchos jugadores huyeron hacia otros mercados y otros se refugiaron en el dólar. Los pequeños ahorradores descartaron los plazos fijos y optaron también por la divisa estadounidense. En julio, 1,3 millones de argentinos atesoraron en dólares, cuando ya se acercaba a 30 pesos. En agosto, con ese techo ya roto, volvieron las colas a bancos y casas de cambio. El pasado jueves, con el dólar a 42 pesos en algunas casas de cambio, los transeúntes del centro de Buenos Aires sacaban fotos a las pizarras y enviaban la cotización a sus conocidos.
"Muchos salen a comprar dólares, pero hay gente que mira la cotización no para comprar sino porque sabe que le aumenta la leche, la carne, el pan. Por eso va a los supermercados, antes de que le suban los precios", señala Mercedes D'Alessandro, fundadora de Economía Feminista
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CHILE: MAURICIO ROJAS













MARIO VARGAS LLOSA
 
Mauricio Rojas, nombrado ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile por el presidente Sebastián Piñera el 9 de agosto de este año, tuvo que renunciar el día 13, es decir, menos de noventa horas después. Su velocísimo paso por el Gobierno se debió a una impecable operación de descrédito y calumnias de una izquierda que yo creía, ingenuo de mí, reformada y democrática. Me equivocaba: sigue siendo la misma que contribuyó, con su sectarismo extremista y retórica incendiaria e irreal en los tiempos de Salvador Allende, a destruir la democracia chilena y a llevar al poder al sanguinario régimen de Pinochet, que, por supuesto, la golpeó a mansalva.
Eso es lo que le critica Mauricio Rojas, que la conoce bien pues la vivió en su juventud desde adentro, y lo que esa izquierda intolerante no le puede perdonar. Diré, antes que nada, que, desde que lo conocí tengo una gran admiración por él, pues lo considero una de las personas más limpias y decentes que he tenido el privilegio de tratar, y por su trabajo intelectual, una veintena de libros que son un modelo de rigor, conocimiento e inteligencia.
Nacido en 1950, educado por una madre socialista, Juana Mullor, a quien la dictadura de Pinochet encerró y torturó en Villa Grimaldi, antes de permitirle exiliarse en Suecia, Mauricio fue militante del MIR en su juventud y creyó en la revolución armada como muchos jóvenes chilenos de su generación que rechazaban la democracia burguesa —máscara de la reacción— y estaban convencidos de que sólo el comunismo crearía una sociedad justa y solidaria. Tuvo la suerte de salir al extranjero antes de que lo cogieran y pasara muchos años en la cárcel o muriera fusilado o a consecuencia de las torturas, como tantos camaradas suyos.
En Suecia, se mantuvo unido a los exiliados chilenos más radicales y trató de ir a Cuba a recibir instrucción militar —guerrillera y terrorista— pero complicaciones burocráticas frustraron este intento (menos mal para él). El gran cambio —su conversión— ocurre en la Universidad de Lund, a la que ingresó para estudiar Economía. Fue un cambio intelectual y ético primero que político. Antes de doctorarse sus ideas habían evolucionado del marxismo hacia la democracia y el liberalismo, como ha contado en ensayos muy diversos, que se refieren a la economía latinoamericana, a Suecia, a Marx, a Lenin, a la Argentina, a su propio país. Siempre es fascinante leerlo, porque, aunque trate de cuestiones especializadas y muy técnicas, sobre economía por ejemplo, nunca se aparta de la realidad viva y circundante, de la problemática actual. Y eso da a lo que escribe, además de su cualidad intelectual, un sentido práctico, de verdad vivida, como los artículos y libros de un George Orwell.
Mauricio Rojas es un intelectual y un hombre de acción, un maridaje nada frecuente. En Suecia no sólo aprendió el idioma —en el que escribió algunos de sus libros— sino que militó en el Partido Popular Liberal y por seis años fue su diputado en el Parlamento sueco. Luego, trabajó en España en un tema de su especialidad, la inmigración, y quienes hemos leído la memoria que escribió sobre la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación podemos valorar el tamaño de las calumnias que se han vertido contra él en estos días, acusándolo, entre otras innobles estupideces, de haberse mostrado injurioso e insensible contra los millares de africanos que huyen de sus países y arriesgan sus vidas tratando de entrar a Europa. Pocas personas han trabajado con tanta solidaridad y comprensión sobre este dramático asunto como Mauricio Rojas.
El Diálogo de conversos que ha publicado con Roberto Ampuero —hay dos volúmenes—, y que yo reseñé en esta columna, es un muy interesante testimonio de dos chilenos que, en su juventud, creyeron en la revolución, las pistolas y las bombas como armas políticas para acabar con las injusticias sociales —Ampuero no fue mirista sino comunista— y que, luego, asumieron que esta era una vía insensata que podía traer a la sociedad remedios peores que la enfermedad, y que optaron por posiciones democráticas, es decir, pacíficas y liberales. De este libro está entresacada, desgajándola de su contexto, la frase que desató la gran movilización de la izquierda chilena contra Mauricio Rojas, una frase que critica al Museo de la Memoria llamándolo un “montaje” dramático más que un museo. Deducir de ello que Mauricio niega los horrores cometidos por el régimen de Pinochet es un disparate sin pies ni cabeza. Hay decenas de citas que se pueden sacar de sus artículos, libros e intervenciones públicas, en los que reconoce y condena con dureza los crímenes de la dictadura que padeció Chile durante el régimen militar.
Sólo que él nunca se queda en estas admoniciones sin escarbar en los orígenes de aquel golpe de Estado que destruyó una de las democracias más sólidas de América Latina. La responsabilidad de la extrema izquierda en la caída de Allende fue muy grande. Este había sido elegido por un tercio del electorado para mantener y perfeccionar las instituciones democráticas, no para hacer una revolución socialista semejante a la cubana. Los desórdenes, tomas de tierras y de fábricas, la violencia desatada por aquellas masas que querían “dar el salto cualitativo” hacia el estatismo, el colectivismo, y convertir a Chile en una segunda Cuba, aterraron a buena parte de la sociedad chilena, y eso creó un estado propicio para el golpe militar y ese período terrible de la historia chilena.
En vez de encarnizarse montando grotescas distorsiones como ésta de la que ha sido víctima Mauricio Rojas, con alguien que fue uno de los suyos —ahora hasta tratan de negarlo— y que fue capaz de emanciparse de la ceguera ideológica y el fanatismo político, haría bien esa izquierda que todavía representa un segmento importante de la sociedad chilena, en examinar con un ojo crítico sus errores y excesos durante aquel período incandescente de la historia chilena, para contribuir mejor a perfeccionar esa democracia que Chile ha recobrado, y que, no lo olvidemos, lo ha convertido en el país latinoamericano que progresa más rápido en todos los sentidos: el político, el social y el económico. Lástima que esta victoria del revanchismo hepático prive a Chile de un ministro que en el campo cultural hubiera dejado también una huella de progreso en la realidad chilena.
Lo siento por Chile, no por él ni por sus lectores. Porque entiendo que, ahora, después de esta experiencia frustrante, ha decidido apartarse de todo cargo político para retornar a su trabajo intelectual. Es cierto que la vida no ha sido demasiado generosa con Mauricio Rojas, pues le ha deparado experiencias muy dolorosas. Él siempre ha sabido superarlas, con un optimismo envidiable, transformándolas en experiencias intelectuales, para beneplácito del número creciente de sus lectores. Quienes consiguieron sacarlo de malas maneras del ministerio que apenas llegó a ocupar no deben apresurarse a cantar victoria. La batalla sólo ha empezado y será larga, pero, pongo mi mano al fuego por ello, tarde o temprano Mauricio Rojas será el ganador.
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© Mario Vargas Llosa, 2018.

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¿QUIEN LE TEMA A ELIOTT NESS?
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CARLOS RAUL HERNANDEZ

EL UNIVERSAL

Una declaración del llamado tsj-exilio, “conminó” a la Asamblea Nacional a dar los pasos derivados de haber declarado en enero de 2017 abandono del cargo por Maduro (¿hacerlo preso, nombrar un nuevo Presidente de la República?). Para sorpresa mayúscula poco después el secretario general Almagro da las mismas “instrucciones”, que la AN debía cumplir a menos que quisiera ser cómplice del reo. Se sabe que la AN está capitis diminutio precisamente por esa infantil decisión, entre otras parecidas, más que simbólica, inoperante; “más que un crimen, una estupidez” diría Talleyrand. 

Lo sabe Almagro cuya actividad transcurre en esguinces y muñequeos de gabinete. Era una operación que buscaba quebrar a la AN: o se estrellaba contra el gobierno o contra los cazadores de brujas del almagrismo local. Es muy grave que la autoridad de la OEA, sistemáticamente fallida en lograr algo concreto para la democracia venezolana, se luzca pechereando su último reducto de constitucionalidad, y queda en evidencia que anda en tejemanejes más propios de un edil de aldea. Pero ayuda a entender porqué su gestión ha fracasado y cómo sus ligerezas, el llamado a no votar, por ejemplo, fortalecieron lo que quiere combatir. 

Es difícil dudar que si no se leyera como un triunfo de Maduro, varios países despacharían al desmañado secretario. El plan fue urdido en conjunción con esa alma que pena cuya obsesión es ocupar el tonto cargo de presidente en el exilio, después de despilfarrar el poder que le dimos los ciudadanos. Pero al día siguiente ocurrió algo increíble que aciduló por minutos el café: el objetivo de la bomba cazabobos, la Asamblea Nacional, cae en la burda trampa, y como es habitual, rueda. 

El dictador que no dictaba
Ratifican su propia e inútil declaración de enero 2017 y la “sentencia” de cárcel para Maduro del tsj-exilio. No era imaginable que pudieran morder el anzuelo sin carnada. Pero lo escandaloso es que 24 horas después de la decisión de la AN, magistrados de Miami publican un acta en la que misteriosamente alguien interpoló el nombre de Henrique Capriles para solicitar su investigación penal. La exdirectora de la Escuela de Derecho de la UCV, doctora Eglée González Lobato, posteó un documento, Comentarios al acuerdo de la AN del 21/A/2018 en el que evidencia los retorcimientos de este lamentable episodio. 

Por ejemplo, después de publicada, uno de los magistrados del exilio, Rafael Ortega Matos, aclara a propósito de la mención a Capriles, que en la supuesta acta “aun cuando aparece mi firma, el contenido no se corresponde con la audiencia del 15/A/2018” (ver González Lobato p.2). En otras palabras, el magistrado deja ver o no puede ocultar falsificación del documento original y uso no autorizado de su firma (¿también falsificación?), dos delitos en uno. La secuencia completa integra una auténtica sentina en la que se mezclan maniobras de parte de la oposición de afuera para aprovecharse de la nobleza de la AN. 

Se ven uñas de los que, sin apoyo ni prestigio, solo agallas, conspiran con fines turbios, acciones opacas del secretario de la OEA, de los magistrados, y las dos falsificaciones declaradas por uno de ellos. Es necesario recordar que los de Miami no son un TSJ sino un grupo de jueces que la AN nombró para cubrir vacantes de los express designados por el gobierno contra la Constitución, sin cumplir los requisitos, arbitrariamente, y no pudieron asumir el cargo porque la represión lo impidió. Empiezan a actuar en el exilio con una investidura simbólica, los intocables en lucha romántica por la justicia, aunque me cueste la vida, en la Chicago de los años 20. 

Romeo y Julieta barrigones
Dependía de ellos mantener su prestancia para encarnar ante el mundo el Estado de Derecho que no existe en Venezuela. Pero el romanticismo se nutre de sí mismo, de la abnegación, la pureza, la incontaminación y de ahí su razón de ser. Lancelot se desmayaba de amor solo de ver el peine con los cabellos dorados de Ginebra, y los amantes de Verona mueren jóvenes porque no puede uno imaginarse a Romeo un domingo ante el televisor, sin afeitarse, barrigón y bebiendo cerveza, mientras Julieta en estado pelea con él y con sus dos diablitos que no quieren comer. El llamado tribunal-exilio perdió el glamour en estas operaciones más mafiosas que jurídicas. 

Dice González Lobato… “Las relaciones no solamente están rotas entre gobierno y oposición sino entre los distintos factores que componen esta última. Permanecen los discursos excluyentes y destructivos, y esta vez, peligrosamente abarcan una temática tan sensible como la justicia y la legalidad… aun cuando Venezuela se encuentra en uno de los últimos puestos en el ranking de World Justice Project Privacy Policy…”. En esta comedia de las equivocaciones, hemos visto las costuras de los moralistas. 

Hacen gárgaras con la palabra dignidad, pero pueden bailar lo que les pongan en cualquier tugurio, desde Almagro hasta el pichón de presidente en el exilio, pasando por varios aturdidos comediantes del Derecho que en Venezuela defienden esa desvergüenza. En una página Web aparecen declaraciones anónimas de uno de estos magistrados, en las que deja escapar: “estamos haciendo el ridículo”. Pienso que es algo peor. Más bien nos permitieron ver una laguna de oxidación moral que no tiene nada que envidiar a la conducta del gobierno. 

@CarlosRaulHer

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PROPATRIA LIBRA PUGNA

ELIAS PINO ITURRIETA

EL NACIONAL

Las ideas que ahora se presentan son tomadas de un escrito de Trajano Boccalini, autor del siglo XVII italiano a quien importaba el tema del patriotismo y la soberanía nacional que gastó mucha tinta en su  tiempo. El filósofo argentino Andrés Rósler lo maneja como posibilidad de entendimiento de un punto capital para el republicanismo de nuestros días, si olvidamos sus minucias para captar lo esencial: la patria y el ejercicio de la libertad. Veamos si tiene sentido frente a nuestros problemas de aquí y de hoy.


Marco Catón, encarnación del republicanismo romano, escribió el díptico pro patria pugna (pelea por la patria), lo puso en letras de oro y lo colocó en la entrada de su casa ubicada en el Parnaso. Pero no quedó satisfecho y quiso hacerlo más redondo. Cambió la inscripción por pro patria libera pugna (pelea por la patria libre) y la puso en el mismo sitio, mientras los vecinos curioseaban. Hizo ostentación de la variación de las palabras sin pensar que pudieran provocar reacciones  públicas, o tal vez queriendo que las provocara.
De inmediato llegó el conflicto, porque los príncipes y los habitantes más acomodados del Parnaso sintieron que se trataba de una provocación capaz de alterar el orden. Se dirigieron a Zeus, porque sospechaban de las torvas intenciones de Marco Catón. ¿El cambio de las letras no formaba parte de un proyecto inconfesable? ¿No había gato encerrado? ¿No buscaba el hasta entonces tranquilo vecino,  desde un  afán sedicioso que ocultaba,  ganarse la voluntad del pueblo para tomar el poder y gobernar como tirano? Estaba planteando, concluían los denunciantes, “una libertad impertinente”.
Marco Catón aclaró ante Zeus que solo quiso dar mayor vigor a las palabras, pero también afirmó que no le preocupaban los temores de los vecinos, gente sin aprecio por el prójimo. Sin el adjetivo libera, agregó el ciudadano, la gente podía sentir la obligación de dar la vida por su país sin considerar el tipo de gobierno que lo regía, como si las nociones de patria y libertad estuviesen  vinculadas en forma permanente e invariable. Pero el padre de los dioses respondió insatisfecho: los  príncipes, especialmente los buenos, tienen el poder de mandar a sus súbditos a luchar por el stato del principe,  como si pugnaran  ellos por las más valiosas de  sus propiedades y por sus seres queridos.
Justo por la respuesta que esperaba de Apolo, escribe Boccalini, Marco Catón cambió el díptico y provocó la alarma: no hay que confundir patria con país. El país es cualquier comunidad en la que nacemos o vivimos, pero por cuya buena marcha  no es obligatorio ni provechoso luchar. Para profundizar el punto, para darle actualidad, Rósler acude al siguiente texto de Rousseau, toma

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