viernes, 7 de junio de 2019


DEL DELIRIO EXPROPIADOR AL DESASTRE ECONÓMICO ACTUAL






Emilio Nouel V.




De aquellos polvos vienen estos lodos, reza el refrán castizo. Y traerlo a colación en estos tiempos de calamidad social grave en nuestro país, resulta lo más adecuado, sobre todo, cuando pensamos acerca del daño causado a la Nación por las expropiaciones llevadas a cabo por la tiranía.

Muchas son las ocasiones en que me he referido a las ideologías demenciales que han traído consigo hambre y desdichas a granel en los países en que han instaurado regímenes políticos.

El socialismo, en general, es una de ellas, con su carga de colectivismo e intervencionismo estatal, que en los casos más extremos conduce a situaciones aberrantes, conculcadoras de las libertades, por un lado, y por otro, destructoras de las bases económicas de la sociedad. 

Tales ideologías son la causa primera de la locura expropiadora que se apodera de los regímenes socialistas. Los resultados de esta política son nefastos y están a la vista en los registros históricos.

Se parte de una idea tan sencilla como letal. La actividad económica debe ser tomada por el Estado, el cual representaría el interés de la sociedad en su conjunto, y así se evita que los propietarios privados egoístas se apropien de una ganancia que debe ser repartida entre todos, y quién mejor que ese ente  para distribuirla en beneficio de todo el cuerpo social.

De este enfoque colectivista  -“la propiedad es un robo”- han padecido muchos gobernantes, incluso no socialistas marxistas ortodoxos, como algunos gobiernos socialdemócratas.

En Venezuela, el chavismo es un ejemplo de esta ideología delirante.

Hugo Chávez expropió a diestra y siniestra mientras estuvo en el poder. Embriagado de poder y de dólares petroleros, expropió caprichosamente lo que se le ocurría (un ejemplo insólito: el Edificio La Francia en la Plaza Bolívar de Caracas, por cierto, propiedad de la Universidad de Oriente) y re-estatizó sectores que habían pasado a ser gestionadas más eficientemente por actores privados  (SIDOR, CANTV).

La lista de empresas y actividades privadas que fueron arrebatadas de manera absurda a los sectores privados es larga.  Van del petróleo, pasando por la manufactura hasta los servicios agrícolas.

Los fundamentos de racionalidad económica o de otra naturaleza, si las hubiera, no se encuentran por ningún lado, en ningún caso de expropiación. La explicación no es otra que la ideológica.

El daño causado a esos sectores y empresas es enorme. La acción del Estado chavista ha sido ruinosa con repercusiones directas en la sociedad en términos de productividad, inflación, escasez y empleo.

Sin embargo, peor es aún el daño patrimonial a la Nación que se deriva de los juicios entablados por los expropiados. Porque si bien quebrar unas empresas es una cosa de por sí perjudicial, otra secuela más grave es haber generado demandas mil millonarias, en las que el país ha salido con las tablas en la cabeza, porque no hay forma de defender en juicio, con argumentos jurídicos sólidos, evidentes arbitrariedades. 

Nunca Venezuela había sido demandada ante entes jurisdiccionales y de arbitraje como lo ha sido en los últimos tiempos. Alrededor de 38 veces en el Centro de Arbitraje del Banco Mundial.  Los costos de esos juicios son enormes, sin mencionar los mil millonarios montos de las condenas. Se dice que nada más en honorarios de abogados en el caso de Conoco Phillips, Venezuela ha debido pagar más de 40 millones de dólares, sin contar todas las expensas causadas por el proceso. 

Activos internacionales valiosos de la República hoy están en riesgo cierto de perderse por una conducta irresponsable e injustificada de un régimen embriagado de poder e infectado con una ideología tóxica, que ha conducido a Venezuela a la crisis sin precedentes que vivimos.

Los causantes de este inconmensurable perjuicio al patrimonio de todos los venezolanos deberán pagar por ello. Y ese es sólo una parte del legado exterminador que dejó Hugo Chávez Frías.

    



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miércoles, 5 de junio de 2019


LA IMPORTANCIA DE NEGOCIAR


Trino Márquez

A raíz de la ronda de conversaciones en Oslo, varios sectores de la oposición, especialmente los que viven en el exterior, han expresado algunas opiniones sorprendentes por el nivel de desconocimiento e insensatez que manifiestan. Tomo una en particular: la de Jaime Bayly, quien sintetiza la posición de muchos de ellos. De acuerdo con este personaje, Juan Guaidó traicionó su diáfana postura inicial: solo discutiría con Maduro los términos de su salida de Miraflores; ninguna otra opción. Para Bayly la cuestión es muy sencilla: con terroristas y delincuentes no se discute, ni se negocia: se les aplasta o defenestra.

         Esta visión presenta varias fallas de origen. Las negociaciones entre posturas discordantes forman parte de la historia de la humanidad desde la más remota antigüedad. Las primeras ciudades Estado surgieron de acuerdos entre sectores rivales para dotarse de un cuerpo mínimo de normas que les permitieran vivir en paz dentro del territorio compartido. Los acuerdos comerciales aparecieron para regularizar los intercambios entre grupos con intereses disímiles. Las guerras, que siempre se desatan entre adversarios encarnizados, fueron regularizadas para evitar que se violara la dignidad de las personas, y la violencia y el sadismodesbordaran los límites aceptables dentro de los conflictos armados convencionales. Incluso, se inventó, en el marco de la construcción de los acuerdos, el calificativo ‘crímenes de guerra’ para condenar y castigar los actos que salen del campo de los protocolos establecidos.  La negociación, por lo tanto, se da entre rivales enconados.

         Desde que el terrorismo apareció y se  extendió como forma de ejercer presión y desatar la violencia política, se dice que a mediados del siglo XIX en Rusia, se conformó una rama especial de las negociaciones para tratar de lidiar, o sea, entenderse, con los terroristas. El diálogo se aplicó, por ejemplo, en 1975 cuando los ministros de petróleo  reunidos en la sede de la Opep en Viena, fueron secuestrados por un comando dirigido por Carlos ‘El Chacal’. La mediación del presidente de Argelia,  Boumédiène, fue clave para que los liberaran, previa concesión a los terroristas de sus exigencias económicas. Si no se hubiese negociado, en Viena se habría producido una hecatombe.

         En los Estados Unidos y Europa hay expertos en negociar con secuestradores, terroristas y toda clase de gamberros que ponen en jaque la seguridad de personas inocentes en centros comerciales, hospitales, aviones y escuelas, por ejemplo. La negociación suele preceder la aplicación de la fuerza. Solo en casos extremos, se obvia.

         La negociación de ningún modo significa reconocer algún mérito en el contrincante u otorgarle algún tipo especial de dignidad o virtud. Nada de eso. Se le puede despreciar. Se puede sentir por él,  generalmente es lo que ocurre, animadversión. La condición necesaria para entablar una negociación es que al adversario se le reconozca poder. Se admita que posee una fuerza que solo puede anularse o doblegarse mediante acuerdos que permitan resolver el conflicto existente al menor costo posible.

         Esas son las condiciones que privan en Venezuela. Maduro cuenta con muy poco apoyo popular. Apenas llega a 20% de respaldo. En el plano internacional, se encuentra aislado y desprestigiado. El cerco financiero se cierra cada vez más. El malestar en el país y en sus propias filas es creciente. Sin embargo, todavía controla las Fuerzas Armadas y todos los aparatos de seguridad. Continúa siendo el jefe del Ejecutivo de un Estado centralista y presidencialista. Les dicta órdenes a los miembros de su gabinete ministerial, a los jefes de los órganos desconcentrados de la Administración Pública, a los directores y gerentes de las empresas estatales, al Presidente de Pdvsa y al de la CVG. Es el eje que organiza el aparato público. Carece del poder de la razón, pero posee el poder de las armas y no le importa gobernar sobre escombros. Le da igual que los venezolanos coman o se mueran de hambre. Que  tomen agua potable o vivan como los camellos. Que disfruten de energía eléctrica o se alumbren con velas.

         Es frente a un personaje con esas características que les toca lidiar a la oposición, a la sociedad venezolana y a los países vecinos y remotos, afectados por la diáspora venezolana.

         La negociación planteada en Oslo, o donde sea que termine cristalizando, debe  tomar en cuenta las fisuras del madurismo, la galopante crisis del país, los brotes de descontento dentro de la FAN, la asfixia financiera y la presión internacional, para tratar de lograr los mejores términos posibles en un pacto para la solución pacífica de la crisis.

         Ni Juan Guaidó, ni sus representantes en Oslo, traicionaron a nadie. Intentan lograr una solución pacífica y electoral en el menor tiempo posible, considerando las características específicas de la pandilla que secuestró el país. El reciente leve giro de China y Rusia favorecen esta postura.

         @trinomarquezc

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lunes, 3 de junio de 2019

Reflexiones sueltas para los días que corren
Luis Alberto Buttó
El punto va más allá de no hacer lo suficiente para atajar al poder despótico, cebado como de manera natural éste siempre estará en su predecible apetito de sometimiento social y permanencia temporal. El asunto principal se centra, por encima de cualesquiera otras consideraciones, en no equivocarse al diseñar y poner en práctica la estrategia que permita desmontarlo y minimizar sus posibilidades de recomposición hasta donde sea realista alcanzar tal objetivo. En este sentido, buscar atajos internos o externos sólo ayuda a retardar el deshielo y por consiguiente aleja el arribo de la primavera.
Es verdad que, per se, abrigar esperanzas no se traduce en la formulación de estrategia alguna, pero es cierto también que al opacar la creencia de que la victoria es razonablemente alcanzable se le restan alicientes al acto de mantenerse en la lucha y se le niega todo sentido a la tarea de trazar las líneas de acción que sean necesarias, oportunas y pertinentes para materializar el cambio. Una cosa es ser realistas al reconocer las dificultades y vicisitudes presentes en el camino y otra muy distinta es pintar paisajes que vaticinan de antemano la derrota al fungir de profecías auto-cumplidas. Toda argumentación que dé a entender que se está anclado en puntos muertos sin salidas aparentes, amén de ser rotunda mentira, es motivo poderoso para la desmovilización de la gente. No en balde, gobernar sobre masas descorazonadas es la condición ideal en la cual el poder tiránico perpetúa su despropósito opresor.
El plegarse a una opinión política porque esté de moda demuestra muy poca inteligencia, o cuando menos inexistente capacidad de articular criterio propio, máxime si dicha opinión sólo esconde el afán de convertirse en tendencia o de ganar audiencia para la satisfacción personal de quien la emite. Sobran aquellos a quienes les importan más los seguidores que cuentan o los aplausos que reciben, antes que la resolución práctica de la tragedia que sufre el país. Las falacias y las medias verdades son perniciosas, en especial si los encargados 
de regarlas hasta ayer no más elucubraban a favor de la tiranía y hoy se desgañitan para aparecer como los más radicales entre los radicales. No hay que olvidar que aquellos que en algún momento cohonestaron la infamia indefectiblemente están condenados a desesperarse por borrar de la memoria colectiva la vergüenza que los arropa. Por su parte, quienes los siguen, a veces sin saberlo, otras veces conscientemente, actúan como caja de resonancia de la maldad camuflada.
El análisis debe trascender la circunstancia inmediata y no anclarse en las insustanciales controversias que se estructuran en las redes sociales con la intencionalidad manifiesta de desviar el foco de los asuntos importantes o para dar cabida al brillo momentáneo de quien en otra circunstancia no superaría su oscuro y sempiterno anonimato. El posicionamiento de una etiqueta en la galaxia del pajarito, aun cuando no haya sido artificialmente construida por los equipos propagandísticos que actúan subvencionados por el poder autoritario o por intereses grupales, individuales o partidistas ocultos con habilidad discursiva, no define el destino de un país. La política tiene su propia dinámica y ella es imperturbable. Acercarse al entendimiento de esa dinámica es avanzar en la comprensión de los esfuerzos pendientes y de las temporalidades implícitas, cuyo acatamiento es insoslayable. En más de una oportunidad, al hacer política es recomendable andar despacio, especialmente si se tiene la valedera prisa del momento.
A ser realistas: no siempre se obtiene lo que se desea. Lo fundamental es garantizar que lo alcanzado sea consistente con la materialización de la libertad.


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domingo, 2 de junio de 2019

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

GONZALO CORDERO

LA TERCERA

La excelente biografía de Borges que escribió Edwin Williams muestra que la obra del gran escritor está cruzada por la tensión entre civilización y barbarie. De su educación inglesa viene la primera, de su fascinación por la pampa y los bordes del Buenos Aires de comienzos del siglo XX vienen sus cuentos de cuchilleros.

La civilización, como en Borges, está en lucha permanente con la barbarie. En lo político el avance civilizatorio consiste básicamente en limitar el uso del poder, sometiendo al soberano a ciertas reglas, haciéndolo responsable de sus actos y generándole una frontera infranqueable: los derechos fundamentales. Lo propio de la barbarie es que la fuerza coercitiva de la sociedad política se ejerce al mero arbitrio del soberano, sin límites que lo contengan.

La civilización ha logrado que las leyes sean normas generales y abstractas, que el estatuto que regula la persecución penal debe ser previo, tanto al hecho punible como a su juzgamiento, al punto que no sólo la tipificación de las conductas debe ser anterior, sino el tribunal que conoce de las infracciones también debe establecerse previamente. Retroactividad y persecución penal son conceptos incompatibles en cualquier sociedad civilizada, no sólo porque es un derecho de los imputados, sino principalmente, porque es un límite al ejercicio del poder público.
La Cámara de Diputados acaba de resolver que ciertos delitos -abuso sexual contra menores- serán imprescriptibles, pero además, que esa imprescriptibilidad regirá con efecto retroactivo hasta 1990. Vale decir, el soberano estima que respecto de estos delitos puede violar el principio básico de la irretroactividad de las normas que ordenan la persecución penal. Mañana podría también establecer tribunales especiales o, llegados a este punto, por qué no, sancionar conductas con efecto retroactivo.
Que estos abusos son atroces no cabe duda, que es fácil y populista saltarse los principios civilizatorios cuando limitan la persecución de actos despreciables es evidente; y más irresponsable aún cuando hay otros órganos, como el Tribunal Constitucional, que deberán poner las cosas en su lugar y es fácil escudarse después tras consignas como la de la “tercera cámara”.

Siempre que el soberano impone su visión por sobre las garantías lo hace en aparente defensa de valores superiores, para perseguir conductas deleznables o para proteger víctimas merecedoras de apoyo. Pero el fin no justifica cualquier medio, porque al validarse ciertos medios no solo se sacrifica la seguridad jurídica del delincuente, sino la de toda la sociedad.

Confundir la democracia con la opinión de la mayoría, sin reglas, ni límites, es otra forma de barbarie. Es bueno no olvidarlo.


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¿NEGOCIAR O NO NEGOCIAR?

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            LUIS VICENTE LEÓN


En el medio del gran debate que se ha planteado alrededor de las reuniones en Noruega, quisiera hacer algunas puntualizaciones que me resultan relevantes. 

La primera es que si estuviéramos en un país normal, lo mejor sería resolver los conflictos a través de acuerdos políticos y si esos acuerdos son imposibles de lograr, entonces se debe recurrir a las instituciones, que son las llamadas a intermediar en los conflictos y tomar decisiones en base a la Constitución y las leyes. Pero en el caso venezolano, es evidente que no estamos en condiciones normales y no existen instituciones confiables que sirvan para intermediar en ese conflicto y tomar decisiones que todos puedan respetar. Así llegamos entonces a un clásico conflicto de poderes, que no se resuelve en función de la legitimidad o la legalidad, sino de acuerdo a quien es más fuerte o más hábil. 

En este tipo de conflictos, la teoría indica que no tiene sentido para el actor dominante entrar en una real negociación política. ¿Para qué negociar si puedes doblegar a tu adversario sin sacrificar algo a cambio? Por su parte, el más débil tampoco tiene estímulos para sentarse a negociar. ¿Qué puede hacer para que el adversario le entregue lo que quiere en una mesa, si él no tiene mucho que ofrecer a cambio? 

En ambos casos, las negociaciones son inútiles, como no sea para manipular al adversario. Ahora, ¿qué pasa cuando ninguna de las dos partes es suficientemente fuerte para pulverizar a su adversario y ganar claramente la batalla? Pues si ninguno tiene la fuerza para doblegar al otro o el uso de esa fuerza condena el futuro del país al conflicto, entonces puede ser indispensable negociar. 

Una negociación puede ser exitosa en la medida en que ambas fuerzas tienen poder de negociación y necesitan acordar para sobrevivir. Sólo cuando ambas partes llegan a ella agotadas y en peligro, su interés de intercambio puede promover una negociación, en la que nadie puede ganar ni perder todo. 

Es un absurdo pretender sentarse a negociar sólo la rendición del adversario. Eso sólo ocurre cuando alguien ganó la guerra y ofrece al enemigo algunas concesiones para calmar y estabilizar el futuro. No requiere para eso mediadores, ni organizadores, ni nada. Pero en el caso venezolano, es obvio que ninguna de las partes ha ganado y ambos tienen costos vinculados al tiempo del conflicto sin solución. El gobierno se aferra a su fuerza militar (riesgosa) y la oposición no logra que su mayoría y apoyo internacional sea suficiente para doblegar al enemigo. Se puede continuar el conflicto sin negociación si crees que vas a ganar. El tema es que si ninguna de las dos fuerzas es suficientemente poderosa para derrotar al adversario, el conflicto puede prolongarse “Ad infinitum” y en el camino destruir país y pueblo. 

¿Qué se puede estar negociando en Oslo? Lo mismo que se negociaría en la Cochinchina o Altagracia de Orituco: Cómo manejar una transición con participación de todos los sectores cívico-militares para dar marco a los cambios que lleven a una elección competitiva en el tiempo. 

¿Va a entregar la revolución el gobierno a Guaidó antes de una elección? Absolutamente no. ¿Va la oposición a aceptar una elección controlada por la revolución? Absolutamente no. Desde ese par de límites imposibles se comienza la negociación hacia el intermedio. 

Será una negociación larga y tortuosa, y nadie puede garantizar que terminará en algo que resuelva la crisis y menos que nos guste a todos. Pero lo que sí podemos garantizar, es que dado el balance de fuerzas actuales, la negociación es imprescindible, ahora o después, con la diferencia del nivel de destrucción que dejará su ausencia.

luis@luisvicenteleon.com


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RAZÓN Y PASIÓN 

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          Carlos Raul Hernandez



La vida humana se rige por esos dos principios antagónicos y según filósofos de la cultura, las notorias diferencias entre sociedades y períodos históricos tal vez se deban al predominio colectivo de alguna sobre la otra. Entre nosotros estamos viviendo desde hace casi treinta años la edad de la ira, la destrucción, Leviatán. Tanto en la política como en la guerra y en cualquier actividad humana, el choque mal resuelto entre las dos fuerzas desgarra al hombre. Colón tenía la razón renacentista, la fuerte convicción de la redondez de la Tierra, pero no hubiera cambiado el mundo sin el fuego interior que lo hizo salir de la comodidad a retar su destino. 

Así forcejeó años por hacer posible su alocada expedición, para luego embestirle al infinito mare tenebrosum. Sin pasión habría sido como miles de navegantes innominados que también sabían lo que él. Sócrates no habría inventado el conocimiento sin tentar a la muerte. Nada importante se logra sin voluntad, en una batalla que se da primero en el corazón y señala el destino de cada uno, aunque la cultura y las instituciones fuerzan a controlarla en beneficio de la razón, por lo menos en el dominio público. En el fuero interno la lucha es tan feroz que puede llevar al nirvana o a la destrucción.

Homero las encarna en dos personajes eternos. Aquiles, la violencia, “que soltó chorros de sangre negra”, incapaz de soportar la contradicción, esclavo de la soberbia, aplastante e inderrotable, salvo por su única fragilidad. El talón que simboliza su debilidad por dos seres, Criseida y Patroclo, su extraña pasión bipolar. Por él se dirige a la muerte y por ella muere. Aquiles un semidiós, cae a los veintinueve años. La otra es Ulises, el estratego, que a diferencia vive hasta muy anciano, un extraordinario coraje embridado por la razón, no para aplastarlo sino para triunfar. El valor no lo domina sino él domina su valor. 

Simpatía por el diablo
No va perderse el canto de las sirenas seductoras y asesinas, pero se hace amarrar al mástil para no sucumbir a ellas. Es por ese equilibrio que logra conducir la guerra y ganarla, retornar a Itaca en la terrible Odisea y, casi perdidas sus propiedades y Penélope, utiliza la inteligencia para recuperarlo todo. Según documento confidencial del gobierno americano una intervención en Venezuela costaría miles de muertes, años de presencia militar, decenas de millones de dólares y no se sabe qué quedaría después de lo que fue un país. 

El otro Moloch conduce a ahorcar la ciudadanía por hambre. Claro que la destrucción se debe al modelo socialista como en todas partes donde se aplicó, pero las sanciones operan como si a un presidiario enfermo, hambriento y debilitado, lo ponen a correr media maratón en vez de hospitalizarlo. ¿Existe algo o alguien con quien Ud. no hablaría para evitar que su país se destruya? “¡No se puede negociar con delincuentes!”, vociferan almas cándidas que piden guerra sin saber lo que dicen y a quienes nunca les secuestraron un familiar. Hablar hasta con el diablo si fuera necesario, y Fausto incluso pactó con él. 

Pero por fin se enciende un bombillo con la reunión en Oslo, cosa que hay agradecer profundamente al gobierno Noruego. Que parlamenten, se vean, se sienten juntos civilizadamente, que hagan uso de todas las triquiñuelas y astucias odiseas, pero que lleguen en algún momento a un acuerdo, y aunque este encuentro no ofreció mucho, sirvió para que trastabillara el odio por las soluciones pacíficas en los gruppies y fans. Estimula ver en las redes a los mismos que excomulgaban la posibilidad de dialogar, comenzar su camino de Damasco. 

Tripa vacía vs. fusil
Así es posible que aprendamos a no dejar escapar la palabra definitiva, a no pisar el terreno del letrero que dice “quien llegue hasta aquí, pierda toda esperanza”. A no incinerar los recursos de la razón, paz, elecciones, negociaciones, convivencia, tolerancia, ante los pies de dioses de la pasión desenfrenada, Moloch que se apaciguan con la sangre y el olor a grasa quemada de los sacrificios bárbaros. Cuando eliminamos o desacreditamos los instrumentos de la política civilizada, la sociedad se queda inerme, cede la capacidad de decidir a los fusiles de los que carecemos o a fuerzas exógenas que disponen de nosotros. 

De las peores secuelas de abandonar las vías democráticas y electorales, es que perdimos la melena y el poder, y pasamos a ser cachorros en manos de otros. Citaba el dramaturgo José Tomás Angola una frase clásica: “para cualquier perro su amo es Dios. Por eso muchos hombres prefieren los perros a otros humanos”. Los conductores que hicieron historia, para bien o para mal, se cuidaron de dejar abiertas puertas para la oportunidad. Nixon negoció y pactó con Mao Zedong, Bolívar con Morillo, los norteamericanos con los vietnamitas. 

El diálogo de Oslo está atrapado entre dos mantras de hierro, que confiamos puedan derretirse: Maduro no se va y cese de la usurpación. Si hay una posibilidad de cambio real, las elecciones supervisadas por el mundo entero debían darse con garantías para ambos bandos. Cambio del CNE, un reclamo masivo, y mecanismos y transicionales en manos que hagan institucionalmente imposibles las venganzas con o sin Maduro en el cargo. Pero llevamos casi tres décadas de tochadas irracionales… 

@CarlosRaulHer


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sábado, 1 de junio de 2019


O SE VAN POR SUS PROPIOS PIES O NEGOCIAMOS.



Emilio Nouel V.

No pocos artículos de opinión y declaraciones hemos leído esta semana sobre la reunión de Oslo.

De nuevo, en el cotarro político de los sectores que adversan la tiranía militar-cívica,  no se ha hecho esperar la polémica entre los grupos que allí hacen vida.

Así, por un lado, los que consideran que con los usurpadores del gobierno no se puede ni tomar un café, y se oponen de manera rotunda y hasta airada a que se haya atendido la invitación de los noruegos, arguyendo que eso significaría hacerle el juego y retrasar su caída al darle más tiempo en el poder, y por otro, los que juzgaban conveniente, política y diplomáticamente, acudir al encuentro, porque nada se perdía con ello; porque se pudiera poner en riesgo los apoyos internacionales negándonos a ir y, además, porque se ha dicho hasta la saciedad que todos las opciones están sobre la mesa, y eso obviamente incluye una eventual negociación.

Entre estas dos posiciones, más allá de los matices y énfasis particulares, se debate el sector democrático.

En esta controversia, quien escribe estas líneas tiene, por supuesto, su posición, que ha reiterado en unas cuantas ocasiones.

Estoy claro sobre el tipo de adversario que tenemos enfrente. Lo que he dicho al respecto está a la disposición de quien pueda navegar por internet. Nadie podrá decir que he sido ambiguo, tibio o guabinoso en la caracterización de la tiranía que ha descalabrado al país.

No obstante, consciente de ese adversario destructor, inescrupuloso y perverso, creo que para salir de la calamidad que padecemos, antes que cualquier cosa, prefiero recorrer una vía pacífica, consensuada, ajustada a la Constitución y la ley en lo que sea posible. Esa es mi aspiración como ser humano y ciudadano que repudia la violencia, que le tiene pavor a vivir una guerra, un enfrentamiento sangriento entre venezolanos.

Subrayo: eso es lo que prefiero, y por lo que abogo, sin que ello signifique que lamentablemente otra pudiera ser la vía, sobre todo, si el gobierno sigue irracionalmente aferrado a un poder que se está desmoronando y no se aviene a una salida negociada que abra un cauce a un gobierno de transición, que a la brevedad posible llame a unas elecciones libres, con una institución electoral verdaderamente imparcial, con todas las garantías para los competidores y supervisadas por la Comunidad Internacional.

Es por ello que juzgo una decisión correcta haber atendido la invitación de Noruega. Desde lo político y lo diplomático, era lo obligante, lo más conveniente. Guaidó hubiera podido perder muchos de los soportes internacionales que trabajosamente ha logrado si se negaba a ello. No se hubiera comprendido una negativa de su parte. Con seguridad tales apoyos hubieran podido enfriarse si se adoptaba una posición inflexible, cerrada.

Porque, en definitiva, nada se perdió con ir al encuentro; más bien se demostró un talante razonable, serio y responsable ante el mundo. Se probó firmeza y se ganó credibilidad.

Por su parte, el gobierno no ha ganado tiempo, como lo afirman equivocadamente algunos. ¿Cuánto? ¿2, 3 días?  ¿Es que ir a Oslo iba a retrasar la caída de Maduro esta semana que pasó?  Eso es lo que cabe preguntar cuando se ve ciertos ridículos argumentos, blandidos en las redes sociales.

Siento que lo de Oslo no se ha cerrado. Como, igualmente, creo que no se pueden descartar otras puertas a la negociación, con los noruegos o sin ellos.

Estoy convencido de que ése es un camino muy difícil y que los impacientes no lo soportan, como tampoco los que rechazan cualquier tipo de acercamiento con el enemigo y se inclinan por la utilización de métodos de fuerza expeditos, supuestamente, más eficaces y definitivos, pero que, por cierto, no vemos quien estaría dispuesto realmente a emplearlos, más allá de la retórica amenazante.

Todas las cartas están sobre la mesa. Los usurpadores, cada día más ahogados por la terrible situación que ellos crearon, solo dos opciones claras les quedan: o se van por sus propios pies y dejan que los venezolanos resolvamos la reconstrucción del país libremente, o negocian los términos de un gobierno de transición que ponga las bases de la reconciliación nacional, que reactive la economía y abra un proceso de elección transparente de las autoridades ejecutivas del país.

Tengo mis fuertes dudas sobre que la primera opción pueda darse, dado el talante casi suicida de muchos de los usurpadores. 

Lo que veo muy claro es que la alternativa a ambas posibilidades podría ser espantosa en términos de costos materiales y de vidas. 

Seguimos apostando por la vía pacífica y consensuada. 



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