lunes, 9 de agosto de 2021

 Tokio 2020: ¡Sayonara!


Leandro Area P.


En estos tiempos tremendos que tropezamos, bien viene algún respiro de sana emoción y de reencuentro espiritual con lo que hemos podido llegar a vencer y ser como humanos a través del esfuerzo individual y colectivo expresado a través del deporte.

Me refiero a la tan pasajera brisa de ilusión, que fue competitiva en el digno esfuerzo de tensión y alegrías, que nos ha dejado la vivencia de los juegos olímpicos de Tokio, que pudieron realizarse con éxito, asumiendo innumerables riesgos, contra todo pronóstico.

En cascada irrefrenable de imágenes y sentimientos, hemos sido bombardeados por millones de instantes que nos han provocado atención, sorpresa y alegrías. Intensidades profundas, que dormidas en el fondo de nuestros corazones, frágiles y humanos más que nunca, no encuentran respiro en el tóxico mundo que nos rodea.

Y los juegos, que eso son, han servido de estimulantes para romper con la rutina de nuestros desencantos; esa, la interminable rueda que se anula al dar vueltas sobre sí misma sin conseguir avanzar más allá de su propia e interminable sombra.

El deporte, el amor, el arte y la educación, constituyen cuatro dimensiones del ser y del hacer humano donde confluye la fuerza y el orgullo vital de la humanidad y su razón de ser fundamental. Son ellas cuatro entrelazadas semilla fértil en calidad, cantidad y calidez, sobre las cuales apoyarse para sembrar cualquier proyecto de sociedad futura que pretenda otorgar felicidad al mundo que construimos diariamente.

En esta nueva experiencia olímpica vivimos y sentimos el esfuerzo de superación del ser humano por ir más allá; por alcanzar metas, corregir errores, comprender límites, aceptar derrotas, vencer riesgos, reconocerse asimismo en sus posibilidades de maduración y florecimiento; participar junto con otros en la necesidad de expresarnos en cuerpo y alma. Porque para eso el hombre inventó el juego: para conocerse a sí mismo en el divino arte de compartir.

Lástima que durarán tan poco los juegos olímpicos de Tokio que, sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, nos dejaron ya golosos por los que vendrán. Arreglen las maletas: ¡Nos vemos en París 2024!

Leandro Area Pereira



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domingo, 8 de agosto de 2021

RECORDADO BOLIVAR

          RAMON PEÑA 

Tú no eres el Libertador, pero fuiste bautizado con el nombre del Padre de la Patria por el Presidente Antonio Guzmán Blanco, el 31 de marzo de 1879, y declarado Unidad Monetaria Legal de Los Estados Unidos de Venezuela. Naciste en cuna enmantillada, con noble apelativo y esplendorosa primera edición troquelada en monedas de oro y de plata. Te ilustró en tu primera edición el pintor Carmelo Fernández, con altivo perfil de Simón Bolívar. En emisiones posteriores, en tus 142 años de existencia, el rostro del Libertador no dejó de acompañarte en grabados inspirados en retratos de artistas como François Desiré Roulin, José Gil de Castro, Tito Salas, todos pintores reconocidos en la densa  Iconografía del Libertador de Don Alfredo Boulton.

Hasta 1939, año de la creación del Banco Central de Venezuela (BCV), bancos privados gozaron de potestad para emitir tus billetes y lo hacían con el requerido respaldo en oro en sus bóvedas selladas y custodiadas por fiscales del Ministerio de Hacienda. A partir de 1940 el BCV, como único ente autorizado, lanza su primera emisión en un cono monetario con denominaciones de 10, 20, 50, 100 y 500 bolívares, el cual se mantuvo inalterado, salvo emisiones temporales de billetes de 5 y 2 bolívares, hasta 2008. Se complementaba con piezas en metal, incluidas las útiles y convenientes fracciones.

Pero en 2008, el desastre económico en marcha te desvaloriza gravemente, recurren al maquillaje borrándote tres ceros y te apellidan “Fuerte”. En 2018, te podan otros cinco y te acomodan el manoseado apelativo de “Soberano”. Ahora, para adornar otros seis ceros, te bautizan “Digital”. ¡Qué burla! digital eras tú, antes, cuando te contábamos pasando los dedos, ahora se los pasamos a los entrometidos dólares. Y encima, te estampan ese espantajo que ideó el profanador lenguaraz, para él emparejarse dándole un toque zambón al rostro del Libertador.

Algún día te rescataremos, ancestral amigo.


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Negociación, Elecciones y Críticos

       Ismael Pérez Vigil


La próxima semana se activan dos eventos políticos que seguramente agriarán aún más la discusión en el seno de la oposición: Se abre el proceso de inscripción de candidatos para las elecciones regionales, sin que la oposición mayoritaria −la representada por Juan Guido y el llamado G4− haya decidido si participará o no; y se dará un primer contacto en México entre los representantes del régimen y de la oposición, con la mediación o participación de Noruega.

En materia de negociación, al menos, finalmente dejaremos el mundo de las conjeturas, de lo posible, el oscuro terreno de la incertidumbre. Pero eso desatará una nueva oleada de críticas y comentarios entre los que se oponen a esta situación y los que estamos a favor de la misma. Los que se oponen se afincarán en su absoluta creencia de que se aproxima una nueva “traición”, “cohabitación”, “entrega”, de lo que llaman la oposición “falsa”, “oficial”, “entreguista”. Es inevitable que esto ocurra, como son inevitables las respuestas, con igual ácido, de los que favorecemos estas opciones.

No es ninguna sorpresa los análisis e interpretaciones de una buena cantidad de asesores, consultores y analistas sobre lo que ocurre en el país; sobre todo si observan desde la distancia −y no me refiero solo a la distancia física− porque desde la distancia, piensan, todo se ve distinto, mejor, más nítido, sobre todo los errores que comete la oposición; y si es la llamada “oposición oficial”, todavía más claro se ven los errores.

Las opiniones en contra o a favor de la participación electoral y de la negociación, al final de todo, oscilan entre argumentos de eficacia política y argumentos que podemos llamar de “principios” o “morales”. Pudiéramos seguir hasta el infinito, contraponiendo argumentos, que en definitiva no convencen a nadie, pues todos estamos cómodos en nuestra burbuja, en nuestro mundo de pensamientos y no queremos salir de allí. Eso es perfectamente humano, razonamos. Por lo tanto, más que referirme a los argumentos en contra, me referiré a algunas conclusiones preliminares a las que he llegado.

Con respecto a ambos temas, mi primer comentario es constatar, humildemente, que en el ya reducido mundo de los que tenemos alguna preocupación acerca de ambos, el grupo de los consultores, asesores, “opinadores” o los llamados “influyentes”, aunque debatimos duramente entre nosotros, somos un grupo realmente reducido. A estas alturas −yo, al menos− no estoy muy seguro de si nuestras opiniones llegan a alguna parte, sí tienen algún eco o si alguien las tiene en cuenta para tomar sus decisiones de acción política, que en definitiva es lo que cuenta.

Mi segunda consideración es que, en materia de negociación, tal parece que el régimen no es tan fuerte como parece o que la oposición no está tan debilitada; si el régimen fuera tan fuerte, ¿Por qué accedería a negociar? Con intensificar la represión y mantener la fuerza, que sin duda la tiene, le bastaría, no necesita hacer concesiones a un rival considerablemente más débil. Pero lo que no cabe duda es que esa fortaleza opositora o la “debilidad” del régimen que lo lleva a la mesa de negociación, descansa en la presión que ejerce la llamada “comunidad internacional”, de manera directa o mediante las sanciones económicas. Nacionalmente la oposición, como un todo, sigue en deuda con la presión interna que debe desplegar, en favor de cualquier opción: participar o abstenerse, negociar o no hacerlo.

También se argumenta que lo del régimen no es más que un “truco” para ganar tiempo y ver sí, de paso, le levantan algunas sanciones internacionales. Pero, para mí, el régimen, en realidad, tiene todo el tiempo que necesita, no hay premura, nadie lo está desalojando del poder de manera perentoria y, además, a pesar de las sanciones, ha logrado también manejarse para “sobrevivir”.

Mi tercer comentario tiene que ver con la incapacidad de los críticos, incluidos los supuestos líderes políticos que se oponen a participar electoralmente y a las negociaciones, en convencer a la población de la justicia o valor de sus propuestas. Son clásicos los análisis buenos, lógicos, eruditos, documentados; pero que dejan el problema en carne viva: si, como dicen, el gobierno, dictadura o régimen, es de la naturaleza que ellos describen, ¿cómo negociar con ellos?, pareciera claro que eso no es posible. Y surgen entonces dos alternativas, pero que nunca las dicen: una, que no hay que oponerse, no hay que hacer nada; o dos, que hay que buscar una especie de fuerza policial que se ocupe del régimen; pero, nunca dicen, ni proponen cual es esa fuerza policía y donde puede estar disponible.

Mi último comentario es que el liderazgo político, opositor, sea el ligado a Juan Guaidó y el llamado G4, o el que se denomina o autodenomina “radical”, ambos, están en deuda con el país en ofrecer una alternativa que signifique algo, que nucleé, le dé esperanza y objetivo al sector opositor del país, al que se considera mayoritario en todas las encuestas. Ese “¿Qué hacer?” no se puede seguir evadiendo, no puede seguir siendo una pregunta retórica.

Desde luego son aún más lamentables los que, últimamente, admiten claramente − ¿cínicamente? − que ellos no tienen ninguna alternativa acerca del “qué hacer”, pero no se arredran en criticar, sembrar dudas: sobre la corrupción de la oposición, sobre sus fallas y la mediocridad general de todos los políticos, sin excepción, aunque ellos −afirman− que no tienen una posición “antipolítica”; pero tampoco terminan de ofrecer una alternativa concreta. Solo vemos una retórica tan vacía como la que critican.

Los líderes opositores no son de plastilina, que pueden aguantar toda clase de embates e improperios; tampoco son frágiles piezas de porcelana que no resisten el mínimo impacto. Pero la crítica, inevitable y necesaria, debe ser fundamentada y, no habría ni que decirlo, que debe ser respetuosa y no ser personal, para que sea contundente, para que conduzca a la reflexión y a la rectificación oportuna, de ser necesario. ¿Mucho pedir?


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sábado, 7 de agosto de 2021

 Balance olímpico


                 Jesús Elorza


El desempeño de los 43 atletas que nos representaron en los juegos de Tokio estuvo rodeado de una serie de factores que marcadamente influyeron en los resultados finales. A medida que se iban desarrollando las diferentes competencias, fuimos testigos de la entrega total de nuestros deportistas por alcanzar los triunfos en sus diferentes especialidades. Ganamos y perdimos, pero en su conjunto quedo plasmado el esfuerzo y la dignidad de nuestros representantes por dar lo mejor de cada uno de ellos.

Venezuela entera saltó con Yulimar, gritó con Rosa y Ahymara en cada lanzamiento, se elevó a las alturas con Peinado tensó sus músculos al igual que Mayora y Vallenilla al levantar sus pesas, acompañaron con muestras de asombro y alegría las piruetas de Dhers, sufrieron el no poder avanzar en la competencia de nuestros atletas en boxeo, voleibol, tiro, vela, saltos ornamentales, natación, aguas abiertas, esgrima, karate, judo; en fin, todos fuimos atletas en esos juegos saboreando los triunfos y aceptando las derrotas.

Pero, también hay que señalar la indignación que sentimos al ver como se manipuló con intención propagandística a uno de los ganadores de medalla, para que la ofrendara al conocido por todos como “El difunto eterno”. No se quedó atrás, el canal de televisión que trasmitió los juegos, cuando uno de sus “comentaristas” dijo que “el padre putativo de nuestra saltadora de triple fue Aristóbulo Isturiz” o cuando interrumpieron a Alfredo Loyo director técnico de deportes de combate del IND, en el momento en que señalaba “el esfuerzo de cada deportista para llegar a Tokio, pese a la falta de respaldo”. En ese preciso momento, uno de los entrevistadores pidió interrumpir la grabación para censurar ese fragmento. Fuera de sus cabales gritó a todo pulmón “No, no, no, este marico está loco. Interrumpe eso porque va a quedar como si el ministerio o el IND no le pararon bolas a los atletas”.

Estos hechos sirven para demostrar que el verdadero objetivo de las incapaces autoridades deportivas gubernamentales y olímpicas solo se circunscribe al efecto mediático propagandístico de los resultados, dejando de lado la implementación de políticas públicas que hagan posible el desarrollo deportivo del país.

Por el contrario, la “gerencia” de los incapaces ha conducido a la suspensión de los juegos deportivos nacionales, el abandono de las instalaciones deportivas, inasistencia a eventos internacionales por falta de pasajes, pasaportes y viáticos, la no dotación de implementos adecuados para competir como fue el caso de la nadadora Paola Pérez quien sufrió un ataque de hipotermia por no contar con un traje de baño adecuado, el no pago de las becas a los atletas y la inexistencia, a pesar, de estar en una situación de pandemia, de un programa de asistencia social integral (seguro HCM).

En lo referente a los entrenadores nacionales o extranjeros, hay que señalar que la política de los incapaces en esta materia se destaca por los salarios de hambre para los primeros y el incumplimiento de pagos para los segundos.

Especial referencia, es la de señalar, que ninguno de los 10.000 “entrenadores” cubanos aparece relacionado con la preparación de nuestros atletas.

En este duro y lastimoso cuadro, también hay que considerar a la diáspora, ya que en el área deportiva su impacto ha provocado la migración de atletas y entrenadores que buscan en otros países mejores condiciones de vida. En este punto destaca, el caso de la migración de más de 15 entrenadores de pesas. En particular hay que señalar el caso del entrenador Jorge Rivero, quien representó a Ecuador como entrenador del equipo de pesas femenino que ¡¡¡logró ganar una medalla de oro, una de plata y un diploma olímpico!!!. Cabría preguntarse ¿Por qué no pudo entrenar a las persistas venezolanas?

En el balance de los resultados, con las 4 medallas obtenidas pasamos a ocupar el puesto número 42 en la clasificación general. Pero, Ecuador ocupó el lugar 34 y Colombia cuantitativamente logró una medalla más que nosotros (ninguna de oro) y estuvo representada en un mayor número de competencias, nos indica que estos dos países continúan siendo nuestros fuertes rivales para el próximo ciclo olímpico: Bolivarianos, Centroamericanos y Panamericanos.

Finalmente, los incapaces, corruptos y manipuladores que conforman las autoridades deportivas, por su destacada actuación en la crisis del deporte venezolano, merecen, sin lugar a dudas, la medalla de plomo.

Atletas y entrenadores cuentan con el reconocimiento pleno de un país. Alcanzar un mejor deporte es una tarea de todos.


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 LOS RELOJES ASINCRONICOS

      ANGEL OROPEZA

EL NACIONAL


Ante la tarea de la liberación democrática de Venezuela, es difícil insistir lo suficiente en la importancia capital de la creación de una poderosa y sistemática presión cívica interna. Para algunos analistas y observadores, sin embargo, uno de los problemas es que la construcción, organización y promoción de la presión cívica interna marcha a un ritmo más lento en comparación con la velocidad de los cambios en el escenario político. Es necesario aclarar entonces que, si bien esto es cierto, no constituye un obstáculo y mucho menos una excusa.

Efectivamente, y no solo en Venezuela, ambas dimensiones –la política y la social- no suelen marchar de manera sincrónica. Los hechos del escenario político suelen suceder mucho más rápido que el trabajo de organizar a la ciudadanía y construir presión cívica. Pero la idea no es tanto procurar su sincronía sino su articulación.  La formación progresiva de presión cívica y la organización popular hacen falta justamente para presionar y propiciar cambios en el escenario político,  para viabilizar y hacer posible esos cambios, porque sin ellas pueden suceder cualquier cantidad de eventos y hechos en el entorno político y no ser aprovechados para el objetivo de la liberación democrática.

Una muy conocida parábola del Evangelio de San Mateo cuenta que el Reino de los Cielos sería semejante a 10 damas que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al dueño de la casa. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas, se prepararon con tiempo y llevaron aceite en sus alcuzas. Como el dueño de la casa tardaba en venir (algunas habrán pensado: “eso ya no va a ocurrir, no sigo más”, mientras otras dirían “es que aquí no pasa nada”)  les entró sueño y se durmieron. A medianoche se oyó un grito: ¡Ya está aquí el dueño de la casa! Entonces se levantaron todas y aderezaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “dennos del  aceite de ustedes porque nuestras lámparas se apagan”. Pero las prudentes les respondieron: “Mejor es que vayan a comprarlo, no sea que no alcance para ustedes y nosotras”. Mientras fueron a comprarlo vino el dueño de la casa, y las que estaban preparadas y se habían organizado entraron con él al palacio y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras damas diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Pero él les respondió: “No las conozco”. Y al finalizar la parábola, Jesús remató con una exhortación que muy bien nos viene a nosotros: “Estén siempre preparados, porque ustedes no saben ni el día ni la hora».

Lo anterior viene a cuento porque lo cierto es que el trabajo de organización ciudadana y de articulación social para la generación de presión cívica hay que llevarlos adelante más allá de la asincronía y de los vaivenes –muchas veces imprevistos- del escenario político, porque no es posible esperar el momento que hagan falta para entonces empezar a construirlas. Ya sería demasiado tarde.

Si alguna característica tiene hoy nuestro país, es que su futuro es altamente incierto e impredecible. Nadie sabe lo que nos espera ni lo que va a pasar en Venezuela. Hay cosas que sabemos y otras que no. Pero los acontecimientos por venir  no nos pueden sorprender desmovilizados, desorganizados o durmiendo. Como las señoritas necias de la parábola de Mateo.

Por supuesto, esta tarea sufre la acción de muchos factores en contra. La lucha diaria por la supervivencia, la falta de comunicación debida a la hegemonía mediática de la dictadura, que hace que la gente no se entere de lo que hacen los demás y termina creyendo entonces que no está pasando nada, el miedo entendible y lógico de muchos de nuestros compatriotas, la migración forzada, la crónica crisis económica y la represión selectiva pero salvaje de la dictadura contra dirigentes políticos y sociales locales, todo esto corre en contra del objetivo de la organización popular.

Además, la formación de presión cívica requiere de un elemento necesario y es la presencia activa de estructuras sociales y partidistas aguas abajo para empujar esa labor. Y los mismos factores expuestos en el párrafo anterior también han mermado en alto grado estas estructuras organizativas, y esa es una de las razones por las cuales ha resultado –y resulta- tan difícil la construcción de una poderosa y eficaz fuerza de presión interna como cabría esperar en una situación tan grave como la que vivimos. Por ello es necesario y urgente el trabajo de construir nuevas estructuras de organización sociales y políticas locales, en las comunidades y barrios, y fortalecer  las que existen.  Ello requiere, en primer lugar y por supuesto, que nuestra dirigencia política y social asuma esta tarea –ciertamente lenta y complicada- como prioritaria, si queremos que el resto de las piezas tácticas del engranaje del cambio funcionen y se alcance el objetivo.

Este es uno de los retos más difíciles para nuestro liderazgo y para todos quienes luchamos por la liberación democrática de Venezuela. Hoy por hoy, el partido político más grande del país es el partido de los descontentos. Y el principal compromiso de una dirigencia política y social unitaria es actuar como cara visible del país en demanda de cambio, como vanguardia política del descontento.  Desde esa posición de vanguardia, su preocupación prioritaria debe ser cómo conectar con su base de apoyo, que es precisamente la inmensa legión de descontentos y sufrientes.

No se trata de la ingenua conseja de intentar dirigir la conflictividad social, que es precisamente la expresión conductual del descontento. Ello no solo es políticamente inconveniente sino además inútil, pues la conflictividad tiene su propia y autónoma dinámica. Se trata de que nuestra dirigencia política y social se conciba a sí misma y se plantee funcionar como el instrumento político de la lucha social de los descontentos. Y eso pasa, entre otras cosas, por evitar que algunos sectores de la población perciban o crean que hay dos luchas distintas: la política y la del descontento callejero. La lucha es una sola, y es lograr la canalización política del descontento, tanto para lograr el cambio de régimen como para generar las condiciones políticas que permitan la gobernabilidad y estabilidad de la transición.

El resto de los venezolanos tenemos también varias tareas frente a la asincronía de los relojes político y social. La primera es perseverar, que es muy distinto a simplemente tener paciencia. La segunda es confiar en sus propias capacidades, fortalecidas en el duro crisol de las adversidades. Y la tercera es no caer en las trampas de nuestros explotadores de turno, interesados en exacerbar constantemente la división, la desesperanza y el desánimo.

En esta larga lucha por la liberación democrática de nuestro país no tenemos balas, y aunque las tuviéramos no las usaríamos, por un asunto no sólo de convicción sino de aprendizaje histórico. Uno sabe cuándo comienza la violencia pero no sabe cuándo termina. Pero, además, el peor error es parecerse a lo que uno quiere combatir. Y los violentos son a quienes estamos combatiendo. Si del lado de la dictadura lo que hay es represión, fuerza bruta, balas y mentira, del lado de quienes amamos a  Venezuela lo que tiene que haber son argumentos, organización popular, presión cívica y verdad.

¿Difícil? Mucho. Pero como afirmaba Cicerón, cuanto mayor es la dificultad, mayor es la gloria. Por ello, si hacemos lo que tenemos que hacer, nuestros hijos nos agradecerán siempre haberles dejado una patria en herencia y nos recordarán cada vez que con orgullo reciten o canten aquello del “gloria al bravo pueblo”.


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viernes, 6 de agosto de 2021

Más democracia


EDUARDO FERNANDEZ


La salud de la democracia venezolana reclama un sincero esfuerzo por la descentralización del poder.

Cuando defendimos la descentralización, en el Congreso de la República Civil, en 1987, lo que queríamos era que Venezuela tuviera más y mejor democracia. En aquellos tiempos, la democracia estaba secuestrada en la capital de la República y en los cogollos partidistas. Los gobernadores de estado eran designados por el Presidente de la República, no existía la figura de los alcaldes, ni del gobierno local y todo se resolvía en una sola fecha electoral en la que, con una tarjeta pequeña se votaba por cosas tan disímiles como senadores, diputados al Congreso Nacional, diputados a las Asambleas legislativas regionales y concejales.

Propusimos entonces la separación de las elecciones: una elección nacional para elegir al Presidente de la República y al Congreso Nacional. Una elección regional para elegir, por el voto popular en cada estado, al gobernador y al Consejo Legislativo Regional, y una elección municipal para elegir al alcalde y a los concejales en cada municipio. La elección nacional era la oportunidad y el escenario para discutir los problemas nacionales. La elección regional, para discutir los problemas de cada estado, y la elección municipal, para discutir los problemas de cada municipio.

“Esta gente”, que todo lo enreda y todo lo confunde, está convocando ahora para una “mega elección” en la que se mezcla la elección de las autoridades regionales con la de las autoridades municipales. Por supuesto, ellos no creen en la descentralización, todo lo contrario. Lo poco que se había avanzado en materia de descentralización, se destruyó y se regresó a un centralismo absoluto y total. De nuevo, todo el poder concentrado en Caracas.

Además, se inventó, contra la Constitución Nacional, la figura de los “protectores” en los estados que se habían atrevido a votar por gobernadores no alineados con el oficialismo y finalmente, se ha inventado una figura de ciudades comunales para liquidar al municipio que, de acuerdo con la Constitución, es la base fundamental del poder público en Venezuela.

Como si todo esto no fuera demasiado, los partidos de la oposición, también influidos por una cultura partidocrática y centralista, pretenden decidir en Caracas en un grotesco reparto de gobernaciones y alcaldías entre las distintas tarjeticas, quienes deben asumir la responsabilidad de los gobiernos regionales y locales.

La salud de la democracia venezolana reclama un sincero esfuerzo por la descentralización del poder. Gobiernos regionales con autoridad y con recursos para resolver los problemas regionales y gobiernos locales, con autoridad y con recursos para resolver los problemas municipales.

Seguiremos conversando.

Eduardo Fernández

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jueves, 5 de agosto de 2021

Resistir o colaborar (reflexiones en medio del desierto)

      ALONSO MOLEIRO

POLITIKA UCAB


La polarización no es un mal que se atiende fomentando la cordialidad complaciente, los regalos retóricos, la complicidad y el silencio. No es cierto que la democracia se concretará si nos hacemos amigos de quienes nos la están negando

Las dictaduras van rutinizando su presencia, consolidando su vocación inevitable. Apropiándose de la voluntad de las personas al forjar un contrato ilegítimo con la población. A veces lo hacen de forma terminante y despótica; en otras ocasiones, como en nuestro caso, de manera progresiva y sofisticada.

Las dictaduras aprenden a depurar su discurso, a alimentar sus mitos y a desmentir cotidianamente lo que diga la realidad. Toda dictadura convive en esa dualidad.

Es relativamente sencillo apreciar, a distancia, la conducta condicionada y vergonzante de cualquier actor social en el marco de una dictadura.  Es mucho más complejo identificarla estando inmersos en el bosque de la dominación política, dentro de los imperativos de un estado de necesidad.

En los marcos autoritarios, y lo vamos aprendiendo con la experiencia, muchas personas terminan ejecutando con total convicción aquello que, en principio, jamás habrían tolerado en una circunstancia no condicionada: cumplir y hacer cumplir las disposiciones sin virtud que prescribe un régimen de fuerza, o atenerse entusiasmado a sus designios para sobrevivir.

Imponerse a la realidad, a la voluntad de las personas y a los factores que contradicen sus objetivos totalizadores, es parte de uno de los objetivos centrales de cualquier dictadura. Desde Jorge Rafael Videla hasta Kim Jong Un.

Colocar a la población dominada dentro de la técnica escapista de tapar el sol con un dedo. Procurar reconciliarla con su realidad. Controlar la comunicación política para minimizar el impacto social de sus excesos y construir una narrativa que justifique su existencia.  Penalizar la reflexión, la contraloría, el debate de ideas, las denuncias,  la actividad económica. Los insumos de la democracia que tanto defendían antes de llegar al poder. Penalizar la verdad.

El objetivo de la dominación es consolidar un ambiente de armonía fundamentado en la mentira y la coacción. Inhibir por completo cualquier idea o aspiración de alternabilidad en el mando.  Las dictaduras consolidadas son, por eso mismo, espacios sin conflictos, zonas donde se impone el discurso unidimensional. Como no hay forma de procesarlos civilizadamente, los conflictos sencillamente se penalizan y se proscriben.

La polarización, una causa, no una consecuencia

Como otros modelos de dominación política del tiempo lejano y reciente, el objetivo ulterior de la hegemonía chavista consiste en apropiarse de la voluntad de sus ciudadanos. En escamotear la memoria y en bastardear, para sus propios fines, ese espacio colectivo donde está inscrita la identidad, el devenir, las aspiraciones del proyecto nacional venezolano.

Al quedar roto el pacto constitucional democrático, y en consecuencia vetado el principio republicano de la rendición de cuentas, Nicolás Maduro ha dado continuidad a un perverso mecanismo para ir castrando por agotamiento las demandas de la sociedad venezolana a través del escamoteo del voto, del fraude institucional y de la represión política.

Mientras tanto, trabaja para ofrecer ante las cámaras, de manera campechana y serena, la sensación de inevitabilidad de su presencia en el poder, por muy  inaceptable que esto le parezca a la mayoría del país.

Puede resultar comprensible que la sociedad disidente y los espacios democráticos que sobreviven en Venezuela estén obligados a hacer concesiones a la imposición chavista si con ellas salvan sus cabezas y el empleo de muchos ciudadanos inocentes.

La presencia de Maduro en el poder es una realidad concreta, que es obligatorio tomarse muy en serio. Será necesario aprovechar los resquicios que ofrezca su legalidad para intentar persuadir nuevamente al país, como otras veces en el pasado, con métodos participativos, movilizadores y pacíficos.

Los brotes de violencia que han tenido lugar en estos años no han sido ni deseados ni escogidos por nadie, mucho menos por personas desarmadas: constituyeron la inevitable desembocadura de un deslave social desproporcionado y masivo, que el chavismo jamás ha querido asumir, producto de la quiebra y el fracaso de un modelo económico, y esta circunstancia fue advertida en incontables ocasiones como un posibilidad al chavismo por economistas, sociólogos y expertos.

Medios de comunicación, gerentes, periodistas, políticos, empresarios y activistas civiles deben saber, sin embargo, que, al omitir hechos políticos graves, al desnaturalizar el diagnóstico de la crisis, al guardar silencio invocando motivos profesionales, al ofrecerle a la autocracia argumentos falaces, equilibristas, para procurar agradarle, al fortalecer la narrativa oficial, no se está obrando a favor de la convivencia civilizada: se colabora para ayudar al poder de turno a concretar el sórdido objetivo de borrarnos la memoria. De impedirnos comprender. De provocar la confusión. De consolidar el engaño.  De secuestrar nuestra voluntad y apoderarse de nuestra soberanía.

No es necesario ultrajarse para fomentar la cohabitación. No es justo distanciarse convenientemente de aquellos que están sacrificando tranquilidad personal y familiar con el objeto de recuperar las libertades públicas para  columpiarse en argumentos salomónicos y engañosos.

Porque, finalmente, contrariamente a lo que algunos  políticos piensan, la polarización política no es un desorden molecular de carácter casual que se ha apoderado del ánimo de unos activistas ociosos: es la consecuencia de una premeditada decisión de estado diseñada desde el poder para cercar el pensamiento disidente, y apoderarse, no ya de las zonas de gobierno, sino de la identidad de la sociedad entera.

La polarización no es un mal que se atiende fomentando la cordialidad complaciente, los regalos retóricos, la complicidad y el silencio. Esto ha quedado demostrado una y otra vez en la interminable historia de nuestra crisis nacional.  No es cierto que la democracia se concretará si nos hacemos amigos de quienes nos la están negando. Es inconducente proponer un pacto entre torturadores y torturados en los términos del torturador.  La polarización, que más que una consecuencia es una causa, es  un mal que quedará conjurado únicamente cuando quede restaurado el pacto constitucional en el país. El planteamiento de juego limpio tiene que traerle planteada una propuesta al chavismo, y  puede formularse con claridad y respeto, sin faltarle a la verdad y sin escamotear los hechos.

Manteniendo viva la llama ciudadana inconforme, trabajando para fomentar la comprensión de la tragedia nacional, habitando las zonas en las cuales las circunstancias permitan que sea colocada la luz en las zonas de oscuridad, mientras esperamos por mejores tiempos, sin traicionarse: en eso consiste seguir resistiendo en Venezuela.


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