domingo, 25 de febrero de 2018

Woody Allen y el infierno

JAVIER CERCAS
UNA ESCENA de Sin perdón, la película de Clint Eastwood. El sheriff del pueblo acaba de pegarle una paliza a un antiguo pistolero, interpretado por el propio Eastwood, a quien un grupo de prostitutas quiere contratar para vengarse de unos clientes desalmados; escandalizadas, las prostitutas le reprochan al sheriff su brutalidad, le gritan que su víctima era inocente; entonces el sheriff, interpretado por Gene Hackmann, las mira intrigado y pregunta: “Inocente, ¿de qué?”. George Steiner sostiene que esa anécdota condensa el mundo de Franz Kafka; tiene razón: el de Kafka es un mundo donde, a diferencia de lo que ocurre en un estado de derecho, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario (y demostrarlo es imposible). Y por eso el mundo de Kafka es, con permiso de Dante, la mejor descripción que la literatura ha hecho del infierno. Hace unos meses publiqué en esta columna un artículo titulado Feminismo salvaje. Se trataba en lo esencial de un salvaje chiste antimachista en el que venía a acusar a todos los hombres sin excepción, empezando por un servidor, de ser machistas por defecto, botarates básicamente ocupados en averiguar quién es más macho, y en el que proponía castigar a los asesinos y maltratadores de mujeres con diversos tipos de tortura, a cuál más cruel. Como es natural, algunos machotes se apresuraron a acusarme de incurrir en el delito de odio. Angelitos. Cuento esto porque ahora mismo no conozco una causa más justa que la de la igualdad entre hombres y mujeres, salvo la que combate la asquerosa violencia universal contra las mujeres. Pero la justicia también es una cuestión de forma, no sólo de fondo, y por eso en ella no es el fin lo que justifica los medios, sino los medios los que justifican el fin.
Me explico con el caso candente de Woody Allen. Como saben, en 1993 Dylan Farrow, hija adoptiva de Allen y Mia Farrow, acusó al director neoyorquino de abusar sexualmente de ella, que entonces contaba siete años. La denuncia fue investigada por los servicios de bienestar infantil de Nueva York y por un hospital de Connecticut, y ambos concluyeron que no hubo abuso. Pero, al calor de las campañas antimachistas surgidas a raíz del caso Weinstein en la industria cinematográfica norteamericana, Farrow ha insistido en sus acusaciones, lo que ha provocado que un nutrido grupo de estrellas de Hollywood abomine públicamente de Allen y que se haya desatado un torrente de solidaridad con ella; en el momento en que escribo estas líneas, el escándalo es de tal calibre que los productores de la última película de Allen se están planteando dejarla sin estrenar. De nada ha servido que el director haya proclamado una y otra vez su inocencia, que haya sostenido que todo fue orquestado por su exmujer, Mia Farrow, para vengarse de que la abandonara por otra de sus hijas adoptivas, que alegue las dos investigaciones independientes que le absolvieron e incluso el testimonio de otro hijo adoptivo suyo y de Farrow, según el cual fue ésta quien inventó las acusaciones: que yo sepa, casi nadie en Hollywood se ha atrevido a defender abiertamente a Allen, sin duda por temor a ser acusado de machista, de amparar a un verdugo frente a una víctima, así que todo parece indicar que el director ha sido ya condenado. Menudo espanto. Porque nadie parece advertir que aquí lo esencial no es atacar o defender a Allen, quien por supuesto podría ser culpable; lo esencial aquí es que, a menos que decidamos convertir nuestro mundo en el mundo de Kafka, Allen es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Ese es el principio de la civilización; también el final: más allá sólo está el infierno. La lucha por la igualdad y la integridad de las mujeres es una lucha justísima, pero, mal defendida, la lucha más justa puede convertirse en la más injusta. Cuando estalló el caso Weinstein, Allen declaró a la BBC que aquella era una historia trágica, retorcida y triste, sin ganadores. Añadió: “Sólo espero que no nos lleve a una caza de brujas”. A juzgar por lo que está ocurriendo con el propio Allen, es evidente que sus esperanzas no se han cumplido. Malas noticias para una buena causa.

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962). Estudió Filología Hispánica en Barcelona y en la actualidad ejerce la docencia en la Universidad de Girona, donde enseña Literatura Española. También es un colaborador habitual de medios como el periódico El País.es conocido tanto por sus novelas como por su labor periodística y de ensayo. Con su obra Soldados de Salamina (2001) -adaptada al cine en 2003- logró un gran éxito de crítica y ventas. Su primer libro, El móvil (1987) fue una antología de cuentos, siendo sus novelas El inquilino (1989) y El vientre de la ballena (1997) sus siguientes publicaciones, que consiguieron un éxito moderado. Sin embargo, con Soldados de Salamina (2001) Cercas alcanzó un gran éxito, no sólo a nivel nacional sino internacional. Gracias a esta novela, Cercas ha ganado premios tan importantes como el Salambó, el Ciutat de Barcelona, el Librero o el Grinzane Cavour. Tras este importante éxito, las siguientes novelas de Cercas han alcanzado el favor de la crítica y habría que destacar títulos como La velocidad de la luz o La verdad de Agamenón. Al mismo tiempo, Cercas ha destacado como traductor, acercando al público en español la literatura contemporánea catalana. En 2009, Cercas publicó Anatomía de un instante, una novela periodística, casi un ensayo, sobre el golpe de estado español del 23F, con el que alcanzó los primeros puestos de ventas en no-ficción durante meses. En 2010 su obra fue premiada con el Premio Nacional de Narrativa, reconociendo de esa manera la calidad literaria de su obra. Javier Cercas es uno de los autores españoles más traducidos, ha sido publicado en 20 idiomas ha sido alabado por la crítica en Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

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APOCALYPSE Now 

Ramón Peña

Un sentimiento que no experimentaban los venezolanos desde la Guerra Federal (1859-1863) y que hoy nos habita, es lo que podríamos denominar el dolor colectivo. Desde aquella cruenta y estéril degollina, arruinadora para casi todos, esta sociedad transitaba vías –aunque desiguales y entrecortadas- que alumbraban progresivamente su existencia; vías que se aceleran a partir de la irrupción del petróleo en la vida de todos. Con la expansión de la educación crecían también las oportunidades para los más humildes. Llegamos a ser la nación más próspera del continente, la envidiada. Pero hace veinte años emprendimos el retorno hacia aquella desgracia decimonónica.
La reversión se acelera. La más reciente Encuesta de Condiciones de Vida (UCAB-UCV-USB), revela una sociedad sumida en los predios del dolor colectivo. 87% de los venezolanos han descendido a la condición de pobreza; la inseguridad alimentaria se enseñorea en 90% de los hogares, seis de cada 10 personas se van a la cama con hambre. Las ponderadas misiones de la revolución se redujeron a una sola: bolsas inciertas y precarias de comida, mejores para extorsionar que para nutrir. La violencia reina en 90% del país. 26 mil fallecieron violentamente el último año. La mortalidad materna ya es la mayor en toda América Latina; 68% de la población sin seguro de atención médica. Treinta de cada cien niños no tienen acceso a la educación. Crece la inasistencia regular a las escuelas por falta de comida. En centenares de miles, los ciudadanos emigran, la mayoría sin destino cierto…
Solo las guerras pueden provocar desastre semejante en una sociedad. Nuestro símil de guerra ocurre mientras sus causantes alucinan jactanciosos de su poder. Un poder lúgubre, desquiciado como el de aquel coronel Kurtz del Apocalypse Now de Coppola. Ante el dolor colectivo se mofan con señas de sordomudos, también bailan mientras masacran a jóvenes en las calles. Si no los detenemos, marchamos hacia El corazón de las tinieblas…
Ramón

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UNA DICTADURA, NECIOS

JAVIER MARIAS

Contaba Juan Cruz en un artículo que, en un intercambio tuitero con desconocidos (a qué prácticas arriesgadas se presta), alguien lo había conminado a callarse con esta admonición, o semejante: “Estás desautorizado, perteneces a una generación que permitió a Franco morir en la cama”. Que algún imbécil intervenga en estas discusiones ha de ser por fuerza la norma, pero Cruz añadía que se trataba de un argumento “frecuente” o con el que se había topado numerosas veces, y esto ya trasciende la anécdota, porque supone una criminal ignorancia de lo que es una dictadura. En parte puede entenderse: cuando yo era niño y joven, y oía relatar a mis padres las atrocidades de la Guerra, me sonaban, si no a ciencia-ficción, sí a lección de Historia, a cosa del pasado, a algo que ya no ocurría, por mucho que aún viviéramos bajo el látigo de quien había ganado esa Guerra y había cometido gran parte de las atrocidades. Pero sí lograba imaginarme la vida en aquellos tiempos, y los peligros que se corrían (por cualquier tontería, como ser lector de tal periódico o porque un vecino le tuviera a uno ojeriza y lo denunciara), y el pavor provocado por los bombardeos sobre Madrid, y el miedo a ser detenido y ejecutado arbitrariamente por llevar corbata o por ser maestro de escuela, según la zona en que uno estuviese. Me hacía, en suma, una idea cabal de lo que no era posible en ese periodo.
Tal vez los que pertenecemos a la generación de Cruz no hayamos sabido transmitir adecuadamente lo que era vivir bajo una dictadura. Hay ya varias que sólo han conocido la democracia y que sólo conciben la existencia bajo este sistema. Creen que en cualquier época las cosas eran parecidas a como son ahora. Que se podía protestar, que las manifestaciones y las huelgas eran un derecho, que se podía criticar a los políticos; creen, de hecho, que había políticos y partidos, cuando éstos estaban prohibidos; que había libertad de expresión y de opinión, cuando existía una censura férrea y previa, que no sólo impedía ver la luz a cualquier escrito mínimamente crítico con el franquismo (qué digo crítico, tibio), sino que al autor le acarreaba prisión y al medio que pretendiera publicarlo el cierre; ignoran que en la primera postguerra, años cuarenta y en parte cincuenta, se fusiló a mansalva, con juicios de farsa y hasta sin juicio, y que eso instaló en la población un terror que, en diferentes grados, duró hasta la muerte de Franco (el cual terminó su mandato con unos cuantos fusilamientos, para que no se olvidara que eso estaba siempre en su mano); que había que llevar cuidado con lo que se hablaba en un café, porque al lado podía haber un “social” escuchando o un empedernido franquista que avisara a comisaría. También ignoran que, pese a ese terror arraigado, Franco sufrió varios atentados, ocultados, claro está, por la prensa. Que mucha gente resistió y padeció largas condenas de cárcel o destierro por sus actividades ilegales, y que “ilegal” y “subversivo” era cuanto no supusiera sumisión y loas al Caudillo. O ser homosexual, por ejemplo.Tampoco saben que, una vez hechas las purgas de “rojos” y de disidentes (entre los que se contaban hasta democristianos), la mayoría de los españoles se hicieron enfervorizadamente franquistas. Se creen el cuento de hadas de la actual izquierda ilusa o falsaria de que la instauración de la democracia fue obra del “pueblo”, cuando el “pueblo”, con excepciones, estaba entregado a la dictadura y la vitoreaba, lo mismo en Madrid que en Cataluña o Euskadi. De no haber sido por el Rey Juan Carlos y por Suárez y Carrillo, es posible que esa dictadura hubiera pervivido alguna década más, con el beneplácito de muchísimos compatriotas. Estas generaciones que se permiten mandar callar a Juan Cruz no saben lo temerario y arriesgado que era levantar no ya un dedo, sino la voz, entre 1939 y 1975. Que, si alguien caía en desgracia y tenía la suerte de no acabar entre rejas, se veía privado de ganarse el sustento. A médicos, arquitectos, abogados, profesores, ingenieros, se les prohibió ejercer sus profesiones, entrar en la Universidad, escribir en la prensa, tener una consulta. Hubo muchos obligados a trabajar bajo pseudónimo o clandestinamente, gente proscrita y condenada a la miseria o a la prostitución, qué remedio.
También hay frívolos “valerosos” que reprochan a los españoles no haberse echado a la calle para parar el golpe de Tejero el 23-F, olvidando que los golpistas utilizaron las armas y que había tanques en algunas calles. Cuando hay tanques nadie se mueve, y lo sensato es no hacerlo, porque aplastan. Hoy las protestas tienen a menudo un componente festivo (la prueba es que no las hay sin su insoportable “batucada”), y quienes participan en ellas se creen que nunca ha habido más que lo que ellos conocen. Reprocharles a una o dos generaciones que Franco muriera en la cama es como reprocharles a los alemanes que Hitler cayera a manos de extranjeros o a los rusos que Stalin tuviera un fin apacible. Hay que ser tolerante con la ignorancia, salvo cuando ésta es deliberada. Entonces se llama “necedad”, según la brillante y antigua (retirada) definición de María Moliner de “necio”: “Ignorante de lo que podía o debía saber”.

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¿Por falta de tiempo?

EL NACIONAL EDITORIAL
25/2/2018

La inocultable pelea entre los hermanitos Rodríguez y el número 2 de la dictadura rojita va creciendo con el tiempo. No otra cosa queda al descubierto cuando la gran dama del Consejo Nacional Electoral, doña Tibisay, ha dado a conocer su decisión sobre la inconveniencia de efectuar las elecciones presidenciales conjuntamente con las correspondientes a la Asamblea Nacional.
La razón esgrimida parece lógica y sensata: no hay suficiente tiempo para poner a punto la maquinaria electoral. Ahora bien, siendo así, ¿por qué se lanzó esa propuesta de una manera tan improvisada y sin el mayor sustento? ¿Qué motivó a los chavistas a pensar que si se unían las presidenciales y las legislativas alguien saldría ganancioso? Y, lo que es peor, ¿cómo olvidaron que Tibisay es una ficha personal de los hermanitos Rodríguez?
En este escenario lleva las de ganar el sector madurista que, harto como están de depender del sector militar y, por ende, del chavismo más concentrado, ya no toleran más tantas intromisiones en lo que consideran la nueva etapa que debe tomar Maduro en los próximos seis años de su reinado.
Si recordamos a los participantes en el show de las mímicas para sordomudos que representaron los principales representantes del gobierno madurista, observaremos sin mayores dificultades que los ministros militares se negaron a participar en el espectáculo. “Somos gente seria”, dijeron, lo que a buen entendedor se traduce en que “me niego porque puedo hacerlo sin temor a represalias”, es decir, insubordinación clara y limpia.
Desde las caóticas reuniones llevadas a cabo en Santo Domingo y la estimación de que era un juego incierto en el que solo Jorgito confiaba en llegar a buen puerto la misión encomendada, los chavistas acérrimos esperaban que con cada etapa de fracaso se fuera hundiendo Jorge, el artífice de la trampa política que se desarrollaba en la isla. Desde Venezuela, el capitán lanzaba bombas de profundidad como quien caza a un submarino en la Segunda Guerra Mundial para hundir a su enemigo que, para sorpresa, no era la delegación democrática.
La batalla que se desarrollaba en las declaraciones de cada polo socialista, el militar y el civil, no tocaba directamente la esencia de la agenda, sino que mentaba aquellos puntos en los que, de costado, se debilitara a los opositores democráticos pero que permitieran, simultáneamente, quebrar la estrategia de Jorgito y sembrar, en la opinión del escenario chavista, el estruendoso fracaso de quien le disputaba la hegemonía al capitán.
Toda la charada del documento firmado y clandestinamente no firmado, vaya usted a saber, estaba intrínsecamente determinado a salvar a Jorgito, que regresaba con las manos vacías y cuya cabeza pendía de un hilo, tal era la magnitud de su fracaso. Pero si Maduro lo sacrificaba sería un autogol, pues su enemigo (ya sabemos quién) no perdería esa oportunidad de oro para despejar el campo de ese habilidoso enemigo.
Ahora podemos entender por qué sacaron al corrupto Ramírez de Pdvsa, por qué lo disfrazaron de canciller y luego lo mandaron a  la guillotina.

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PEROGRULLADAS PARA EL DIA DESPUES

FERNANDO RODRIGUEZ

EL NACIONAL

Seguro que la noche del 22 de abril todos estaremos pegados del televisor viendo el balcón infame. Confieso, por mi parte, que ese acto en que la sacerdotisa mayor es Tibisay me parece  vomitivo. La atención centrada por lo menos una hora antes; el inútil carómetro (los “actores” ya saben qué cara poner);  y de repente el alto mando que aparece no se sabe con qué objeto, probablemente  muy bajo; el tío diputado  que ya sabe, pero nunca pega una…Esta vez habrá expectativas especiales por la abstención porque esas calles estaban vacías como un Viernes Santo versus el pueblo que se volcó multitudinariamente. O cuántos votos sacará “el oportunista de…” o el evangelista de los paraísos fiscales. Porque esta película tendrá un devaluado suspenso, pues ya sabemos quién va a ganar por forfait, incluso si tienen  el  valor de clausurar la Asamblea Nacional como pide el infame Cabello, el segundón. Nos iremos a dormir deprimidos. Algunos tendrán sueños de diversa índole con ese extraño pasillo y sus parcas.

El día siguiente habrá cansancio, trabajo, poco tráfico y algunas clases. Y si no han pasado conmovedores sucesos antes, durante y después del notable acontecimiento, la vida continuará,  con sus rutinas y, sobre todo, con la tragedia nacional que no cesa: colas, hambre, muertes por falta de antibióticos, caras largas y apesadumbradas. Y el gobierno dando gritos por sus medios en honor del nuevo prócer, que por lo visto ya el de los ojos fisgones se lo están comiendo las termitas de la historia. Si a ver vamos no habrá pasado mucho políticamente porque tendremos el mismo tirano del día anterior, con sus mismos amigotes y su misma esquizofrénica retórica. Eso pasa, mi general Pérez Jiménez, Q.E.P.D., fue el último que hizo entre nosotros dos rubicundos fraudes y la cosa siguió como si nada hasta que llegó Larrazábal y mandó a parar. Y todo dictador, de estos tiempos, hace uno de esos simulacros.
Por tanto, obviamente, la pregunta más importante es qué vamos a hacer nosotros hoy y mañana. Además de sobrevivir, claro. Bueno, habrá que esperar instrucciones de la MUD o el nuevo frente ampliado o el sindicato o el centro de estudiantes o la junta de vecinos…ojalá que la mayoría juntos. Y que sean certeras y eficaces las directrices. Pero por ahora no se me ocurre otra cosa que lo primero que hay que hacer es recuperar y robustecer los gestos más elementales. Por ejemplo hablar, sí, hablar. Porque cuánto hemos padecido de silencios de un tiempo a esta parte, el último el que originó el fracaso dominicano y la convocatoria del CNE, inexplicable, porque se ha terminado por decir lo que parecía obvio desde pocos días posteriores, que no se podía participar en esa siniestra trampa electoral. Que era una obligación ineludible con los venezolanos no entregárselos al Cancerbero, pero también con el mundo democrático que nos apoya. Pero si esto ha sido evidente y escandaloso no  es nuevo, pareciera que a los líderes opositores les ha dado por callarse desde hace un buen rato, desde que hemos acumulado derrotas y pareciera que es mejor sacarle el cuerpo y no denunciar su canallesca naturaleza. Hasta se andaba buscando un líder, o candidato embozado… que no sería, en principio, sino alguien que hable en serio. Como el arzobispo de Caracas  y el estupendo comunicado de la MUD del miércoles.
Luego juntarse y de la única manera posible, cuando son unos cuantos, en la calle. No necesariamente para guerrear, que eso hay que explicar cómo se hace en las actuales condiciones, contra  fuerzas armadas duchas en disparar contra civiles. Pero sí, al menos, para darnos ánimo y demostrar que somos mayoría y que podemos desafiar al poder mafioso. Que no hay condiciones, pues habrá que comenzar sin condiciones porque sentados no vale. Que van a reprimir, pues es seguro que riesgos habrá que correr, hay que ser hábiles al respecto pero no medrosos. Sí llegamos a ser muchos les será más difícil.
Por último, además de hablar y amontonarse, en la unidad y en la calle, digamos que vamos a vencer, porque lo haremos si juntamos el dolor del pueblo, nuestra capacidad de pelear y la mano amiga internacional. Si alguien tiene ideas más complejas, bienvenidas.

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LO QUE SABE ZAPATERO

MOISES NAIM

¿Cómo se sentirían los españoles si un gobierno con propensiones autoritarias convoca unas elecciones adelantadas en las que los partidos opositores están invalidados, sus principales dirigentes están presos o exiliados y el árbitro electoral es un ente controlado por el presidente que busca ser reelecto? Para ser más concreto, ir a unas elecciones que se celebrarán dentro de unas semanas y en las cuales el PSOE está invalidado, Pedro Sánchez está preso y Albert Rivera en el exilio.
Eso sería inaceptable. Y, seguramente, eso lo sabe el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, esa es la propuesta que Zapatero quiso que aceptara la oposición venezolana.
Cuando decidieron negociar con el régimen de Nicolás Maduro su participación en las próximas elecciones, los partidos opositores tenían unos objetivos muy concretos: que se organizaran unos comicios presidenciales transparentes, libres y competitivos; que se liberara a todos los presos políticos; que se restituyeran los derechos políticos a los candidatos opositores arbitrariamente inhabilitados; que se reconociera la Asamblea Nacional elegida por el pueblo y, lo más importante, que se atendiera la crisis que está diezmando a los venezolanos. Nada de eso resultó aceptable para el gobierno de Maduro.
Y eso lo sabe Zapatero.
Todos los sondeos de opinión muestran que la mayoría de los venezolanos no quiere que Nicolás Maduro siga siendo su presidente. Y la gran mayoría desea que la salida del actual régimen sea democrática y sin violencia. ¡Quieren votar! Pero no en elecciones donde las trampas y los trucos garanticen la continuidad de este gobierno. El Consejo Nacional Electoral, que es el árbitro, en teoría independiente, está a cargo de garantizar la pulcritud de las elecciones. En la práctica es, desde hace casi dos décadas, un desvergonzado y transparente apéndice del gobierno.
Eso lo sabe Zapatero.
La gran mayoría de los medios de comunicación están controlados directa o indirectamente por el régimen, que los usa como un potente instrumento de propaganda. También son la fuente de constantes e inmisericordes ataques a la oposición, a la cual no se le permite el derecho de réplica o la rectificación de las calumnias que diariamente diseminan los órganos del Estado.
Eso lo sabe Zapatero.
El gobierno no ha permitido la presencia de observadores internacionales neutrales y cualificados en ninguna de las elecciones que ha habido y en las que están por venir. Eso también lo sabe Zapatero.
Más aún, los líderes de la oposición más populares, competentes y electoralmente competitivos están presos, han sido inhabilitados por jueces leales al gobierno o han debido huir al exilio. Y sí, eso lo sabe Zapatero.
A los 28 años, David Smolansky fue electo alcalde de El Hatillo, una zona adyacente a Caracas. El alcalde más joven en la historia de Venezuela llevó a cabo una gestión exitosa y supo sobreponerse a las más burdas maniobras del gobierno para hacerlo fracasar. La popularidad y el éxito de Smolansky resultaron intolerables para Maduro y sus esbirros. El joven alcalde fue acusado por el Tribunal Supremo de Justicia, otro apéndice del gobierno, de no reprimir con violencia las protestas pacíficas que ocurrieron en su jurisdicción. Fue inmediatamente destituido y se ordenó su arresto y traslado a una cárcel donde rutinariamente los presos políticos son torturados. Smolansky se negó a entregarse y estuvo 35 días en fuga. Finalmente, se lanzó a un arriesgado periplo por el sur de Venezuela que le permitió entrar a Brasil por la ruta de la selva. En un gesto que les honra, las autoridades brasileñas lo acogieron. Hoy el joven político vive en el exilio y sueña con volver a trabajar por Venezuela. El de Smolansky no es un caso aislado. Otros 12 alcaldes han sido arbitrariamente destituidos, y la mitad de ellos han sido encarcelados y maltratados.
Y, por supuesto, todo esto lo sabe Zapatero.
Recientemente, el ex jefe del gobierno español participó junto con Pablo Iglesias, el líder de Podemos, en un acto de apoyo a Evo Morales, el presidente de Bolivia. Morales lleva 12 años en el poder y aspira a un cuarto mandato. La Constitución boliviana no contempla esa posibilidad: un presidente solo puede permanecer en el cargo dos períodos consecutivos. En 2016 Morales convocó un referéndum nacional para eliminar esa limitación. Lo perdió. Sin amilanarse, el presidente apeló entonces al Tribunal Constitucional, cuyos magistrados no tuvieron problema alguno en decidir que Morales puede postularse una vez más a la Presidencia de Bolivia.
La conducta de Evo Morales no merece el aval y el aplauso de un demócrata.
Y Zapatero lo sabe.

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HACER LO CORRECTO

TULIO HERNANDEZ

EL NACIONAL

I. Tampoco el perezjimenismo instauró la dictadura de un día para otro. Aunque la asonada militar con la que derrocaron a Gallegos había ocurrido en noviembre de 1948, no fue sino hasta finales de 1952 cuando el general Marcos Pérez Jiménez se hizo formalmente un dictador.
Dos hechos fueron decisivos. El asesinato en el mes de octubre de Leonardo Ruiz Pineda, el máximo símbolo nacional de la resistencia clandestina contra la dictadura en ciernes. Y el fraude en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente. El partido Unión Republicana Democrática había ganado de modo aplastante. Pero el resultado fue revertido a favor del FEI, el partido provisional creado para darle un viso de legalidad al gobierno de facto que comenzaba. Los 11 miembros del árbitro electoral renunciaron de inmediato a sus cargos. Tenían dignidad.
Con el fraude quedó claro que se clausuraba la salida política. La convocatoria a elecciones para la Constituyente había sido el último simulacro democrático del gobierno militar. La tiranía se desnudaba. URD lo había perdido todo. El partido, inhabilitado. Sus líderes, a la cárcel o el exilio. El país entraba en un largo y paralizante silencio. El que a veces ocurre, al revés, antes de la tormenta.
A partir de ese momento nadie más se hizo ilusiones. La salida no era fácil. Pero tampoco se le hizo más el juego al gobierno dictatorial. La unidad era una obligación. No había más. En 1957 comenzó a hacerse evidente. El 23 de enero de 1958 un avión atravesando el cielo de Caracas, con el dictador a bordo y su legendaria maleta llena de dólares, anunciaba el fin de una era. La Vaca Sagrada apodaban popularmente a la nave.
II
Ahora estamos en una situación equivalente. Maduro, más la suma de civiles ultraizquierdistas y militares golpistas que nos gobiernan, también se desnudan. Sin mayorías para ganar elecciones, se deshacen del antifaz democrático que ocultaba el verdadero rostro del socialismo del siglo XXI.
Dos hechos marcan el quiebre del modelo anterior y la entrada en el régimen de facto en cuyo borde, sin cruzar definitivamente la raya amarilla, se supo mantener por más de una década el presidente que murió en La Habana. Uno: la detención de Leopoldo López, para su momento la figura más emblemática de la resistencia democrática. Por suerte para todos no le ocurrió lo que a Ruiz Pineda, pero igual lo sacaron de juego sin importarles la ley ni los derechos fundamentales.
Dos: el más grave, y por tanto decisivo, el fraude poselectoral cometido por el gobierno una vez que le arrebató a la oposición, por vía de la fuerza, el triunfo que legítimamente había obtenido en las elecciones legislativas de 2015. No hubo reconteo de votos como en 1952, pero el efecto es el mismo: una cúpula militar desconoce, rodilla en tierra, la voluntad popular. Con el nombramiento de la asamblea nacional constituyente comienza formalmente la dictadura.
La misma historia. Otra vez no hay retorno. Nada que buscar a ciegas en el territorio de la acción política electoral. Un territorio que la oposición democrática supo jugar muy bien hasta demostrar fehacientemente que se había convertido en la mayoría sobrada del país. Hasta confirmar por vía de los hechos sus intenciones constitucionales. Pero se acabó. El paso está cerrado y ahora a desalambrar.
III
Pareciera que, salvo los grupos políticos de salario mínimo, hay un acuerdo abrumador. La Iglesia, los partidos importantes, la comunidad democrática internacional, el empresariado, eso que llaman la opinión pública no quieren simulacros. No así.
De ahora en adelante tenemos la certeza de que no se puede ir a elecciones sin condiciones justas y, además, convocadas por un ente ilegítimo. Puede venir un período de oscuridad mayor. Como el que dicen ocurre cuando se avecina el día. Puede que el poder de los milicos y la ultra lo cope todo. Miraflores, el Parlamento, las asambleas estadales. Por un rato. Pero ya no tendrán argumento alguno que los justifique. Porque al final tampoco lo necesitan. Cuando el poder es solo poder de fuego es porque el simulacro ya era insostenible. Entonces una nueva etapa comienza y la imaginación no tiene límites. Tiempo de que bailen solos.

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