domingo, 22 de septiembre de 2019

El ausente
Ramón Peña
La Asamblea General de la ONU es el escenario mundial a la medida para cualquier gobernante que desee fanfarronear. Lo han aprovechado, desde Nikita Khruschov, cuando se sacó el zapato y golpeó el estrado, hasta Chávez cuando exorcizó a G. W. Bush, sin olvidar la interminable perorata de Fidel Castro o la dramática intervención del líder palestino Yaser Arafat.
Nuestro usurpador tenía la oportunidad de asistir para denunciar, al mejor estilo cubano, el ”bloqueo” que según él es la causa de todos nuestros padecimientos, pero desistió. Sus motivos tenía: en primer término, sabe que en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que lo investiga por crímenes de lesa humanidad, existe una comisión del organismo que estudia presentar testimonios y evidencias ante la Corte Penal Internacional; segundo, el miedo de alguna acción de la Fiscalía de EE.UU, aunque solo fuese cautelar, sobre él o su cónyuge por sus hijastros acusados de blanqueo de dinero y otros delitos; la denuncia en la Asamblea del Presidente Duque por cobijar terroristas colombianos en Venezuela y, por supuesto, el anunciado repudio y desaire a su presencia por los representantes de los casi sesenta países que desconocen su autoridad.
Quienes lo representaron en la Asamblea, tuvieron como preámbulo las noticias de esta misma semana sobre Venezuela: Human Rights Watch denuncia 18 mil ejecuciones extrajudiciales desde 2016 hasta mayo de este año; Unicef denuncia un millón de niños sin escolaridad; la Sociedad Venezolana de Ingenieros Agrónomos califica la crisis agrícola como la de un país en guerra; los venezolanos emigrados a Colombia ya suman un millón seiscientos mil; arde por desidia en Paraguaná la refinería más importante del país.
Nada de esto lo atormenta, continúa cultivando su adiposidad y su gusto caribeño por la salsa. No puede salir de casa, pero no importa, aquí, como dijo, está “bien seguro” y sigue “durmiendo como un bebé”. Entre bayonetas, por supuesto.


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Rumbo a la violencia
Fernando Ochoa Antich
EL NACIONAL
Las consecuencias del acuerdo firmado entre el oficialismo y algunos partidos minoritarios de la oposición no pueden ser analizadas sin antes profundizar en las causas que condujeron al fracaso de las negociaciones orientadas a encontrar una real solución a la crisis política venezolana, conducidas entre el régimen de Nicolás Maduro y los sectores mayoritarios de la Asamblea Nacional, liderados por su presidente Juan Guaidó, con los buenos oficios del reino de Noruega. La ruptura de estas conversaciones ocurrió por el retiro de los negociadores oficialistas con la excusa de que lo hacían como respuesta al incremento del nivel de las sanciones económicas impuesto por Estados Unidos, el cual no tuvo mayores consecuencias, a pesar de que el régimen lo etiquetó como «un bloqueo». Los representantes del reino de Noruega hicieron consistentes esfuerzos para lograr su reincorporación sin lograrlo. Por su parte, los representantes opositores esperaron más de quince días el regreso del oficialismo hasta que decidieron dar por finalizada la negociación. Por ello es importante conocer, con detalle, lo ocurrido para poder determinar las responsabilidades de este nuevo fracaso.
Gerardo Blyde, uno de los negociadores de la oposición, aclaró en una entrevista radial en el programa de Román Lozinski, el lunes pasado, el nivel alcanzado en las negociaciones de Noruega: “A mi juicio, lo más importante para los venezolanos es que Maduro abandone el poder para poder ir a unas elecciones en condiciones justas y libres. Para lograrlo, se propuso reformar la Ley Electoral y constituir un gobierno de transición de unidad nacional que incluyera a todas las fuerzas políticas y a la propia Fuerza Armada. En este caso, Nicolás Maduro y Juan Guaidó abandonarían sus cargos. El oficialismo intentó agregar acuerdos adicionales a los pautados en la agenda demostrando que su único interés era lograr la suspensión de las sanciones impuestas por Estados Unidos…”. Es decir que, con la excusa del bloqueo norteamericano, el oficialismo decidió retirarse de las negociaciones al llegar las conversaciones a este punto fundamental que exigía una decisión definitiva. No le importó conocer que su permanencia en el poder incrementaría, aún más, la tragedia que viven los venezolanos.
El lunes pasado, los venezolanos fuimos sorprendidos con la noticia de que esa tarde se firmaría en la sede de la Cancillería venezolana un acuerdo entre el oficialismo y algunos partidos de oposición, en lo que se conoció como la “Mesa Nacional de Diálogo por la Paz”. Esos partidos son: Cambiemos, Soluciones, MAS, y Avanzada Progresista representados por Timoteo Zambrano, Claudio Fermín, Felipe Mujica y Luis Augusto Romero. El acuerdo se firmó con base en los siguientes puntos: reincorporación de los diputados del Gran Polo Patriótico a la Asamblea Nacional; designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral; suficientes garantías para los próximos procesos electorales; enviar a la Comisión de la Verdad los expedientes de los presos políticos para que se estudien y a su criterio sean liberados; rechazar la aplicación de sanciones económicas contra Venezuela; canjear petróleo por alimentos, medicinas e insumos en concordancia con los mecanismos aplicados por las Naciones Unidas. Estos puntos exigen, si en verdad hay intención de cumplirlos, una mayor clarificación ya que en la forma en que fueron planteados no permiten una mínima garantía de cumplimiento.
El primer aspecto que resalta de la firma de estos acuerdos es su falta de representatividad parlamentaria. Al aceptarse que los diputados del Gran Polo Patriótico se reintegrarán a la Asamblea Nacional, se supone que ese será el escenario de discusión de la crisis política que afecta a Venezuela. De los cuatro partidos que firmaron, solo dos tienen representación parlamentaria: Cambiemos, 6 diputados y Avanzada Progresista, 2 diputados. El Gran Polo Patriótico, 50 diputados. Sumados no logran el quórum necesario, ya que el sector mayoritario de la oposición suma 112 diputados. De inmediato surgen otros interrogantes: ¿la designación del nuevo Consejo Nacional Electoral se hará por votación calificada de la Asamblea Nacional? ¿Será eso posible, sin el respaldo de los sectores mayoritarios de la oposición? ¿El Tribunal Supremo de Justicia declarará a la Asamblea Nacional fuera del supuesto desacato para que pueda cumplir sus funciones? ¿Qué ocurrirá con la asamblea nacional constituyente? ¿Se le permitirá regresar a todos los diputados presos y perseguidos? ¿Se puede aceptar que el estudio de los casos de los presos políticos a ser liberados lo realice la actual Comisión de la Verdad, la cual está formada exclusivamente por representantes del oficialismo? ¿Por qué razón no se aprobó en el acuerdo la representación proporcional de las minorías?
Estoy convencido de que el acuerdo recientemente firmado terminará en un nuevo fracaso al no poder obviar dos factores fundamentales de la crisis nacional: el tiempo y el empecinamiento de Nicolás Maduro de mantenerse en el poder aún a costa del sufrimiento de todo un pueblo. Venezuela necesita resolver, lo más rápido posible, la actual crisis política para poder iniciar su proceso de reconstrucción. Cada día que pasa la solución se hace más difícil. En estos veinte años de desgobierno chavista-madurista se ha destruido gran parte del esfuerzo de varias generaciones que aprovecharon las favorables condiciones de nuestro siglo XX para encaminar a Venezuela por la senda de la modernidad y el progreso. El gran obstáculo para encontrarle solución a la tragedia nacional es Nicolás Maduro. Eso hay que saberlo. Ensoberbecido como se encuentra, el mismo día de la firma del acuerdo trató de destruir las figuras de Juan Guaidó y Henri Falcón sin importarle que se estaba iniciando un supuesto proceso de distensión nacional. También creo que es posible regresar a las negociaciones de Oslo si se ratifican los puntos alcanzados en las conversaciones en Barbados. De no hacerse, Nicolás Maduro continuará conduciendo a nuestro pueblo por un doloroso camino de violencia y de pobreza. Esta realidad deben conocerla los venezolanos y los miembros de la Fuerza Armada NaciONAL.
fochoaantich@gmail.com



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EL CIRCO DE LAS PULGAS

FERNANDO RODRIGUEZ
EL NACIONAL

No hay duda de que desde mucho tiempo para acá vivimos en el mundo de lo insólito. Limitémonos a decir que son tales los recovecos en que se esconde la racionalidad, esa donde A es igual a A, que cuesta demasiado unificar los hilos del quehacer político nacional.
Pero visto el enredo a distancia, sin ínfulas de querer desenredarlo, uno puede ver dos cosas al menos: que el crecimiento del rollo parece cada vez más indetenible, más enrollado y desconcertante y, por ende, más trágico, insoluble mal que nos está matando. Pero también cómico, porque los enredos iniciales permitían cierta mínima coherencia que se fue acabando a medida que se le sumaban nuevas vueltas y nudos que la hacían desaparecer por acumulación, teatro del absurdo.
Chaplin practicaba ese esquema con maravillosa destreza: de un pequeño incidente, el barman que moja ligeramente y sin querer a una dama, a un tumulto donde los muchos clientes del lugar se golpean unos a otros sin límite ni razón discernible. No es igual el asombro que uno sentía oyendo hace ya muchos años los disparates de los discursos de Chávez, digamos, a un país con dos presidentes, con inmensas riquezas naturales y millones de migrantes menesterosos, y ahora con una oposición (hay varias) que hace oficios domésticos para el gobierno. Tanto desvarío amontonado causa el mismo efecto que los gags por acumulación del genial Charlot y, no crea, a ratos es saludable reír para no desesperarse.
El resentimiento es sentimiento generalizado, doloroso y a la vez cruel. No es posible que usted tenga su partido, y no diga cuando tiene pasado y hasta santuario, y no le paran. Usted o ustedes (unos pocos) son cadáveres políticos, coroneles que no tienen quien le escriba, fantasmas del viejo pasado, ceros a la izquierda, recién llegados sin rostros para unos tipos (iba a decir chamos, pero me acordé de Ramos Allup) que manejan asambleas, hasta la presidencia interina del país, la solidaridad internacional y además los encarcelan y le hacen todo tipo de vilezas. Todo ello porque son mayoría indudable y ustedes no juntan seis diputados en conjunto y la militancia de cada quien cabe en un Volkswagen, como se decía antaño. Entonces más vale ser, al menos, colas de ratón, así se existe, y a ver cómo nos paga el patrón y, qué diablos, ya los tenían a uno muy mal vistos como gobierneros camuflados que mejor salir del clóset.
Pero este grupo de partidillos y líderes olvidados no tiene mayor importancia, son un circo de pulgas que aspira a tener algún poder y a engordar. Eso sí, tienen que hacer su trabajo como se debe. Es recomendable, para empezar, que no olviden que son oposición y que deben de vez en cuando lanzarle piedras al gobierno. Es parte de su papel, y ya sabemos que no es fácil y propensa a olvidarse de golpear la mano que le alimenta. Pero no se les ha contratado para amar al gobierno, sino para detestarlo pero democráticamente, como compatriotas que somos, como dialogantes. Ojo, ni muy serviles ni muy feroces.
Pero más importante que ocuparse de las pulgas son los propósitos del dueño del circo con esta triste jugada, de armar una mesita casera con invitados que ni siquiera la oposición los quería como acompañantes, al menos como iguales. Un tarantín político en definitiva de muy poca monta. Ya la respuesta internacional la dio la Mogherini, para ser dialogantes hay que tener representatividad política. Y nacionalmente no creo que nadie crea que su hambre y su salud y sus derechos van a ser mejorados por esta comandita –en adelante el diminutivo va a tener que usarse muy a menudo– de despechados políticos.
En mi muy disminuida opinión (ver supra) me da la impresión de que este gobierno se dio cuenta de que no era cosa de su tamaño y sus mañas la propuesta de Noruega, con fama de ser tan fríos y serios en estos asuntos como su clima; además, apoyada y seguida por la democracia mundial, como para seguir debatiendo bajo semejante supervisión. No había ni siquiera la compañía siempre alentadora de Zapatero, que por cierto debían traerlo y ahora sí, jefe de la mesita criolla, reivindicar su fama de mal alcahueta, lo merece. Tampoco funcionaban las viles tretas y las falsas risas de Jorge. Así que mejor bajar a las ligas menores, aunque a mí me parecen demasiado chiquitas.




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UN SUCESO FÚNEBRE

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              Elias Pino Iturrieta

EL NACIONAL

Para buscar una supervivencia cada vez más esquiva, la usurpación fragua una reunión de residuos o intenta un remiendo de elementos deleznables cuya característica esencial es la decadencia política y física. Presenciamos cómo el usurpador y sus secuaces, debido a su situación crítica, acuden a lo que más se les parece para tratar de impedir el movimiento de una historia dispuesta a arrollarlos sin misericordia. Tal es el drama que advertimos como sociedad, compendio de una descomposición frente a la cual debemos estar prevenidos debido a que puede ser una conjura de sujetos desesperados que son capaces de cualquier maniobra oscura para mantenerse en el candelero.
Sin una sola idea digna de tal nombre en la cabeza, sin apoyo popular y carentes de planes medianamente razonables para superar la crisis que han provocado, los cabecillas del oficialismo se han aproximado a un conjunto de políticos, por fortuna poco numeroso, que se les parecen como gotas de agua y que están condenados al mismo suplicio del desprecio de una colectividad que los ha empujado silenciosamente hasta las orillas de merecido abismo. Son dos piezas agotadas que buscan consuelo a la recíproca, dos enclenques sin ortopedia, dos elencos de mercaderes unidos por la bancarrota común, un par de banderías condenadas a los rincones de una vida sin destino plausible debido a una anomia labrada en décadas de mediocridad.
La precariedad de los compañeros de viaje con quienes ha topado la urgencia de la dictadura se descubre cuando comprobamos que solo son una media docena de pigmeos. Es bien probable que apenas cuenten con quinientos o con ochocientos seguidores, con un grupete de fieles que no superan el millar. Si tuvieron casas para sus partidos, o despachos que alguna vez sintieron el calor de las militancias, hoy han desaparecido o son apenas tres habitaciones desvencijadas. Las publicaciones que fundaron en el pasado como canales de expresión colectiva terminaron en una mohosa gaveta por falta de lectores. Las banderas que ventilaron en remotas marchas y en desfiles que parecían prometedores, terminaron, si no en el basurero, en los anaqueles de la hemeroteca para consumo de los curiosos. Lo que pudo haber sido no fue. Solo ellos quedan, solo ellos persisten, unas tres o cuatro encarnaciones de tiempos que parecen prehistóricos y que el fuelle de los almanaques y la hoz de la sociedad convierten en cortejo fúnebre.
Se quieren disfrazar de presente, se quieren presentar como parte de la actualidad, o la usurpación les ofrece maquillaje para ocultar las arrugas infinitas, o quizá dinero para tratamientos estéticos que faciliten la pantomima terminal, pero una pesada carga de errores, de omisiones y años desperdiciados los conduce al único camino del cementerio. Pero esos senderos se transitan habitualmente con lentitud por quienes los realizan. Pese a su senectud, no quieren meterse en el prometido agujero de los desaciertos políticos o de los calendarios agotados, ni solos ni con la compañía de sus semejantes. Guardan la ilusión de un segundo aire que no llegará, pero que los mantiene con la ilusión de respirar porque otros pacientes de la misma grave enfermedad, aparentemente más saludables y más ricos, les aseguran desde la disimulada cama de su clínica que se levantarán de la postración gracias a su auxilio.
Las procesiones que marchan hacia los cementerios son habitualmente parsimoniosas. Los difuntos no se llevan en volandas porque los deudos no están para prisas, o porque los apuros no le vienen a la ocasión; o porque, antes de que lo metieran en la urna, el candidato a difunto pidió a los allegados que tomaran las cosas con calma, por si acaso. Tales pormenores, y otros de parte interesada que pueden interferir el rito de inhumación, deben provocarnos atención. Estamos a punto de enterrar una conjunción de calamidades, un montón de migajas, o ellas, contra sus deseos, se vienen empeñando en hacer su último itinerario, pero mientras se muevan debemos ser cautelosos.




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sábado, 21 de septiembre de 2019

MINORÍAS NEGOCIANTES

Gehard Cartay Ramírez

Por donde se le analice, ese acuerdo entre el régimen y esa supuesta oposición -minoritaria, por lo demás- no tendrá efectos reales para una posible solución de la tragedia venezolana.
El régimen sabe que no son los interlocutores válidos y ellos mismos saben que no tienen la representación mayoritaria de la oposición venezolana que, a su vez, aglutina a la gran mayoría de los venezolanos.
Más allá de los denuestos y descalificaciones contra sus firmantes, esas negociaciones adolecen entonces de un importantísimo vicio de origen: se trata de dos minorías sin poder real para cambiar nada, mucho menos para producir una solución efectiva a la tragedia que sufre Venezuela por culpa de chavomadurismo.
Se trata de una negociación donde la mayoría de los venezolanos no está representada. Eso significa que no tienen mandato para hacer lo que anuncian, por una parte y, por la otra, que se están arrogando atribuciones que nadie les ha dado. Pero, además, más allá de sus propósitos reales, lo cierto es que los temas abordados en su declaración inicial despiertan todo tipo de sospechas. Veamos.
En primer lugar, al no plantear la necesaria realización de elecciones presidenciales cuanto antes, están reconociendo automáticamente al régimen de Maduro y los resultados de la farsa fraudulenta de los pretendidos comicios de mayo de 2018. No es poca cosa y dice mucho sobre la verdadera intencionalidad de tales negociaciones.
Tal vez esta circunstancia sea producto de que esos negociantes minoritarios opositores no creen que la superación de nuestra tragedia nacional pase por la necesaria y urgente salida del régimen de Maduro. Y esto es, desde luego, de suma gravedad. Porque si tal es su premisa básica entonces no tienen manera de legitimarse como facilitadores de una eventual solución de la crisis. Si tal es su convencimiento, resulta obvio que están a contracorriente de lo que piensa la mayoría de los venezolanos y de lo que, en realidad, constituye el presupuesto básico de toda solución: la sustitución inevitable del actual régimen, único causante de todas nuestras desgracias y problemas actuales.
Lo mismo sucede en cuanto a la designación de un nuevo CNE, atribución exclusiva de la Asamblea Nacional, pero que el régimen y su TSJ le han venido desconociendo tan sólo para no perder el control del organismo. Este asunto, como los demás, no ha sido asumido con claridad, con lo cual surgen otra vez las sospechas frente a esos autocalificados representantes opositores y la natural desconfianza en tales acuerdos. Se trata de un aspecto que, hasta ahora, ha sido tratado de manera opaca y nada transparente.
Otro asunto que también hace surgir justificadas reservas lo constituye el tema de las elecciones de la Asamblea Nacional que deberían celebrarse el año venidero, de acuerdo con la norma constitucional. Aquí se ha producido una extraña coincidencia entre los firmantes del acuerdo. Se trata, por cierto, de las únicas elecciones a que hacen referencia. No se necesita ser muy zahorí para darse cuenta de que tal punto viene siendo planteado insistentemente por el régimen y, por supuesto, no podría ser una simple coincidencia que ahora también lo hagan suyo quienes se autoproclaman opositores, y con tal carácter -y sin que, insisto, nadie les haya otorgado un mandato al efecto- han decidido asumir la conducción “opositora” para sentarse a negociar con la dictadura. Con razón algunos han recordado al respecto el apotegma que reza: “Piensa mal y acertarás…”
Curiosamente nada dicen tampoco sobre los 25 diputados opositores inhabilitados, presos y perseguidos por el régimen, ni sobre los tres parlamentarios del estado Amazonas, desconocidos desde sus inicios por el TSJ, tan sólo para que la oposición democrática no hiciera uso de las dos terceras partes que logró en las elecciones de 2015. No hay una sola referencia al desconocimiento continuado y perverso de la Asamblea Nacional que, desde su elección en 2015, han venido haciendo el régimen y su TSJ. Este es un silencio escandaloso y comprometedor, ciertamente. A propósito: la minoría opositora que se ha sentado negociar con el régimen apenas tiene ocho diputados en el parlamento venezolano.
Pero en este asunto la supuesta oposición que ahora negocia unilateralmente con Maduro y su cúpula no cuida ni siquiera las apariencias. Al plantear la necesidad de elegir la nueva Asamblea Nacional, nada dice sin embargo sobre la Constituyente fraudulenta del madurismo. Ese silencio equivale, sin duda, a un reconocimiento del parapeto que, en teoría, discute una nueva Constitución. ¿No resulta entonces también digno de sospecha que unos supuestos opositores callen ante esta situación y, en cambio, se pronuncien por la elección de un nuevo parlamento nacional? ¿Será acaso una exageración señalar que han hecho suya la estrategia del régimen para debilitar a la oposición mayoritaria y a su líder Juan Guaidó?
A este respecto, no creo que haga falta recordar que esos sectores que ahora se sientan en la mesa con el régimen fueron los mismos que le sirvieron de comparsa en el fraude de las pretendidas elecciones de 2018, en las que no participó la inmensa mayoría de los venezolanos. Con este antecedente y con su actitud de ahora no debería extrañarles la desconfianza con que el país ha recibido el anuncio de tales negociaciones. Tampoco debería sorprenderles su falta absoluta de credibilidad en tales actores y en los acuerdos a que puedan arribar con la dictadura.
En definitiva, ambos negociantes constituyen dos minorías de espaldas al país, sin poder real para producir una salida al conflicto que sufrimos los venezolanos.



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LA FIRMA DEL 19/9
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    ISMAEL PÉREZ VIGIL
Sobre la instalación de la llamada “Mesa de Diálogo Nacional” o firma de varios acuerdos entre representantes de un sector minoritario de la oposición y el régimen, se pueden adoptar diversas respuestas: Dejarse llevar por la indignación que produce el manifiesto oportunismo de algunos de los firmantes –descalificándolos y profiriendo hacía ellos todo tipo de insultos– o analizar las consecuencias e impacto que tiene el acto realizado. Escojo esta última opción, aunque entiendo perfectamente la otra.
¿Lo ocurrido, realmente divide la oposición?, claramente: NO; la oposición hace tiempo que está dividida en varios sectores y dependiendo del tema del que se elija hablar, se manifestará esa división con más o menos virulencia. El grupo que se manifestó el lunes 16/9 con la firma de un acuerdo con el régimen no es nada nuevo o que deba producir sorpresa, porque además desde hace tiempo venían hablando de esa posibilidad. Además, los firmantes del lunes 16 de septiembre no tienen mayor representatividad; apenas cuentan con 6, o eventualmente 8, parlamentarios y congregan –los firmantes– a 4 partidos que no alcanzan el 3% en votaciones y encuestas; ni por asomo tienen la representatividad del Frente Amplio Venezuela Libre (FAVL), la Asamblea Nacional (AN) o Juan Guaidó, quien está respaldado por más de 100 diputados, más de 50 países y cuenta con un liderazgo indiscutible, avalados por todas las encuestas. Más bien creo que la irrupción de este grupo minoritario firmando ese acuerdo con el régimen clarifica y delimita mejor a la oposición, pues se van haciendo más evidentes las posiciones y los extremos a los que algunos están dispuestos a llegar.
No obstante, para el venezolano común, desprevenido de la política, el que está más ocupado del duro quehacer cotidiano o preocupado de la sobrevivencia, lo ocurrido en la Casa Amarilla, suponiendo que le haya prestado atención –que es algo que se puede dudar– pudiera ser algo confuso y hasta desmoralizante; pero creo que esa confusión y desmoralización viene de antes, de haberse quedado sin “alternativas”, sin “política”, al fracasar las negociaciones promovidas por los Noruegos en Barbados y al ver que cada día se cierra más la opción de la “intervención internacional” con la salida de Bolton y las desafortunadas declaraciones del presidente Trump. A una parte de los venezolanos, la oposición mayoritaria, la del FAVL, la de Juan Guaidó y la AN, les luce hoy un tanto a la deriva y por eso se deben articular cuanto antes unas propuestas concretas, que insuflen ánimo a nivel nacional y que le den nuevos parámetros y objetivos al apoyo internacional.
¿Sale fortalecida esa “oposición minoritaria” con la firma del documento del lunes 16/09?, tampoco creo que sea el caso. A cambio de algo de notoriedad, que en dos días ya se disipó, ese grupo, supuestamente opositor, hace una serie de concesiones, que favorecen algunas de las políticas del régimen, como, por ejemplo:uno, “defienden” los derechos de Venezuela sobre la Guayana Esequiba, sumándose a la estrategia de guerra sucia del régimen para acusar y tratar de desprestigiar a Juan Guaidó;
  • dos, rechazan y piden se levante la aplicación de sanciones contra empresas del estado y de carácter personal contra representantes del régimen, que ha implantado la comunidad internacional y que obviamente están afectando a la dictadura;
  • tres, favorecen la supuesta política del régimen de intercambio de petróleo por alimentos y productos médicos, llamada al fracaso pues la industria petrolera ha sido destruida por el régimen y carece de recursos para llevar adelante esa política; y
  • cuatro, hacen otras concesiones al régimen que no dejan de ser importantes, como por ejemplo el reconocimiento de la Asamblea Nacional Constituyente, la reafirmación del reconocimiento de la elección presidencial fraudulenta del 20 de mayo de 2018 y el reconocimiento de la situación de “desacato” con que el régimen desconoce y acosa a la Asamblea Nacional.
Pero a cambio de esas concesiones, en favor de la dictadura, la “oposición minoritaria”  firmante sólo recibe una difusa promesa de la conformación de un “nuevo CNE”; una probable incorporación a la Asamblea Nacional de la fracción parlamentaria del PSUV, que voluntariamente la abandonó hace mucho tiempo para constituirse en Asamblea Nacional Constituyente; un exhorto a los organismos de justicia para que liberen a algunos de los rehenes políticos del régimen, mal llamados presos políticos, que nunca debieron de estar presos –afortunadamente dos de ellos han logrado ya su libertad, pero nada se dice de los otros presos y los diputados presos, inhabilitados o en el exilio– y una vaga e inútil promesa de una elección parlamentaria en 2020, que de todas maneras y de acuerdo con la Constitución, es el año en que corresponde elegir una nueva Asamblea Nacional.
¿Sale fortalecido el gobierno con la firma del acuerdo del 16/9?, solo aparentemente, pues si examinamos un poco más detenidamente, las cosas lucen distintas:
  • Primero, con la firma de este documento el régimen pone en evidencia que necesita negociar con la oposición para mantener una cierta imagen entre sus seguidores internos y ante la comunidad internacional.
  • Segundo, es evidente que el régimen utiliza a estos sectores, supuestamente de oposición, para tratar de destruir a la “oposición mayoritaria”, la que realmente le hace daño, que es la encabezada por Juan Guaidó y la Asamblea Nacional y de allí que surjan esos planteamiento de: “defender el Esequibo venezolano” e incorporar la fracción del PSUV a la Asamblea Nacional, que en realidad lo que persigue al sumar los votos de los diputados de esa “oposición minoritaria” es romper la mayoría de 2/3 que tiene la “oposición mayoritaria” en la Asamblea.
  • Tercero, no obstante, para tratar de controlar la Asamblea Nacional, el régimen se vio precisado a reconocerla en el acuerdo firmado en la Casa Amarilla al señalar que sus diputados se incorporarían a una Asamblea, supuestamente en “desacato” y dejando de paso en entredicho a su propia e ilegítima Asamblea Nacional Constituyente;
  • Cuarto, con respecto a la nueva conformación de un CNE, sospechábamos que esta es una promesa vacía –como todas las del régimen– pues sabemos que varios de los miembros del CNE tienen sus periodos vencidos y deben ser renovados de todas formas; no es difícil suponer que de ocurrir la incorporación del PSUV a la Asamblea Nacional, como ninguna de las fracciones alcanzará la mayoría necesaria de 2/3 para elegir un nuevo CNE, este será designado nuevamente por el TSJ, dominado por el régimen, usurpando nuevamente las funciones de la Asamblea.

En conclusión, podemos afirmar que el acto perpetrado el 16 de septiembre por esa llamada “oposición minoritaria” con la dictadura fue un acto fallido, que desprestigiará más a sus supuestos líderes, que, al no conseguir objetivos políticos importantes, dejan la enorme duda de si los beneficios obtenidos con ese acto no serían de otro tipo.


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