viernes, 31 de julio de 2015

AL CIELO NO VAN LOS POLITICOS

      Emilio Nouel V.
 
Los políticos lo saben, ésa es su cruz. Ellos no van al Paraíso, no tienen reservado el cielo. Los exitosos que en el mundo han sido, los que han alcanzado grandes logros imperfectos para sus naciones, en alguna de las pailas del infierno están.
Allí los veo per sécula seculorum y en cordial conversa: Roosevelt, Churchill, De Gaulle, Betancourt, Mitterand, Mandela y hasta a Caldera, por solo ceñirme al siglo XX.
Por supuesto, aludo a los que han tenido la política como profesión, vocación y pasión, los entregados en cuerpo y alma a esa actividad. Los que se han formado para ejercerla y han asumido riesgos, que han acertado y se han equivocado también, los derrotados y los triunfantes. En este grupo no corren los que sólo tienen como credenciales las buenas intenciones -“les bonnes âmes”, que llaman irónicamente los franceses-, los que se pierden en los vericuetos de la política con su visión naif y no comprenden la necesidad de dialogar, negociar, retroceder, avanzar, acordar y ceder frente al adversario, así sea con un pañuelo en la nariz, cuando las circunstancias lo imponen.
Conocido es que Niccolo Machiavelli, en su lecho de muerte, tuvo un sueño que habría relatado a sus amigos.
Il machia”, que así lo llamaban sus compañeros de farras, en el famoso sueño vio pasar un grupo de personas tristes, andrajosas y con rostros de haber sufrido mucho, y les preguntó adónde iban,  y éstos contestaron que eran santos y beatos de camino al cielo.  Después observó a otro grupo de señores bien vestidos, elegantes, en conversa animada sobre temas políticos trascendentes, entre los que pudo reconocer a filósofos, a Platón y Plutarco, y les inquirió también hacia dónde se dirigían, y la respuesta fue que ellos eran los condenados a las hogueras eternas del infierno.
Resulta obvio a cuál de los dos grupos Machiavelli preferiría después de muerto.
Cierta o no esta anécdota, de ella se podría deducir que, según “il machia”, el paraíso no podría resultar atractivo para un político que se precie. Le resultaría más interesante estar en el Averno, pues se podrá encontrar con los grandes hombres que idearon y construyeron repúblicas con sus ideas, escritos y obras. En una de sus pailas, con seguridad, la pasaran mejor que en un aburrido cielo.
Viene a cuento esta evocación blasfema, al momento de reflexionar acerca de nuestra situación política particular y cómo ven a los políticos ciertos sectores del país. Sobre todo, cuando veo los nefastos efectos de la antipolítica en acción, la misma que llevó al poder a la barbarie que hoy destruye al país.
Aunque vivimos una situación que precisa de la incorporación del mayor número de personas, el papel del profesional de la política es central en todo esto. Es a él a quien debemos confiar la tarea, no a improvisados, “incontaminados” o a supuestos cuatriboleados de ocasión que en lugar de hacernos avanzar en la lucha por recuperar la democracia, nos retroceden.
Si no se comprende que la del político es una profesión que exige no sólo voluntad, vocación y entrega, sino también preparación técnica y experiencia, y que, por tanto, a él debe encomendarse los asuntos de la polis, del gobierno; si seguimos pensando que bastan las agallas o los buenos deseos para conducir una lucha política o administrar un gobierno, el resultado, en el caso nuestro como en cualquiera otro, será el fracaso. 
La alergia que se tiene a los políticos, atizada por muchos que se asoman a la política a partir de concepciones pacatas, moralistas, románticas o seudoreligiosas, es la causa directa de ingentes errores de apreciación, de los que los venezolanos tenemos pruebas bien amargas.
Para Machiavelli, irreverente, de fino humor, maestro de la ironía y transgresor de las normas de la moral cristiana de su época, el cielo sería muy aburrido con tanto personaje sombrío y beato. 
Para él, un político que no sólo reflexionó y escribió, sino que también tuvo una experiencia práctica, la vida en el infierno sería más atractiva.
Que el cielo quede para los bien intencionados, los moralistas, los inflexibles, los principistas, los del “todo o nada”, los que ven las cosas en blanco o negro y sin grises; los maniqueos, los impacientes, los supuestamente puros.
Para los otros, los que realmente concretan los cambios políticos y sociales porque ésa es su especialidad, los que se atreven a equivocarse, les queda la recompensa de no aburrirse en la otra vida, si es que existe un más allá.
Emilio Nouel V.
@ENouelV
 
 

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