miércoles, 15 de julio de 2015

TSIPRAS: TANTO NADAR PARA MORIR EN LA ORILLA

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EMILIO NOUEL V.
La supranacionalidad económico-financiera se impuso en Europa. Que no quepa duda alguna, el que quiera pertenecer a este club selecto deberá someterse a sus exigencias, a su disciplina, si no, que lie sus bártulos y a otro perro con ese hueso.
Si necesitas que tus socios te socorran en los momentos peliagudos, tendrás que aceptar negociar sus condiciones. No podrás pretender que te auxilien financieramente de manera indefinida si no te comprometes a administrar de forma correcta los fondos otorgados y a hacer lo que toque para repagarlo.
Cuando reiteradamente no has tenido una conducta económica idónea y engañaste a tus socios mostrando cifras amañadas, como Grecia, esperar que se tenga confianza en ti implicará un mayor esfuerzo para garantizar que aquel proceder no volverá a tener lugar.  
El éxito de la Unión Europea (UE) en sus 64 años de existencia ha consistido en eso. Respeto de las reglas comunes establecidas y ajuste a un régimen que va en beneficio de todos sus miembros.
No es sólo una comunidad económica, es también de Derecho y se levanta sobre un conjunto de principios, que de no respetarse, el edificio construido laboriosamente durante décadas, se podría venir abajo. La solidaridad no significa olvidar la responsabilidad en el manejo de los asuntos económicos. Ambos principios son allí importantes.
Cuando se crearon las instituciones que la gobiernan les fueron conferidas competencias por encima de los Estados. La redistribución de atribuciones entre éstos y los órganos comunitarios que traía consigo una cesión progresiva de soberanía en las distintas materias, ha sido la clave del exitoso funcionamiento del bloque y del logro de la paz.
Allí se inventó el concepto de soberanía por allá en los siglos XV y XVI, pero también se ha dado paso a otra noción: la supranacionalidad. Desconocer las ventajas de ésta para los europeos es no calibrar adecuadamente lo beneficiosa que ha sido para los ciudadanos.
El recorrido del concepto en acción no ha dejado de tener sus accidentes y oposiciones, y aún hoy vemos grupos políticos anacrónicos y ultranacionalistas que lo contestan. Podemos en España, Syriza en Grecia, el Frente Nacional en Francia o  el UKIP en el Reino Unido son grupos que no comprenden la interdependencia global y la necesidad de la cooperación y la integración para enfrentar los problemas de todos.    
La supranacionalidad se ha instaurado sobre la base de la vieja idea de construir una federación europea, son Los Estados Unidos de Europa de Victor Hugo. Pero también ella ha tenido una importancia práctica, concretada mediante la coordinación de políticas y la uniformidad de las legislaciones, instrumentos imprescindibles para avanzar hacia la unión económica y monetaria, y quizás algún día la política.
El complejo caso griego debe ser abordado desde este cuadro institucional.
Los que gobiernan Grecia no creen en la supranacionalidad, se oponen a ella, llaman antidemocrática la burocracia comunitaria que vela por los intereses del conjunto integrado. Sin embargo, han pretendido que sus socios europeos los rescaten, los financien, que los saquen del hoyo en que  se metieron ellos mismos, sin condiciones y bajo términos muy laxos. No les gusta la supranacionalidad pero esperan de ella todo.
Luego de arduas negociaciones al borde del precipicio se alcanzó un acuerdo  más riguroso que el que hace unas semanas pudo haberse firmado.
Después de un referéndum en nada democrático, tramposo, cuyo objetivo era el de presionar a los socios para que accedieran a las peticiones del gobierno griego y de los coqueteos con Putin, la Europa comunitaria endureció su postura y no cedió al chantaje de Tsipras y su partido.

El gobierno griego debió someterse. Privatizaciones, racionalización de las pensiones, incremento de tributos, sin quita de deuda. Un duro pero necesario paquete de ajuste, que quizás no hubiera sido tan rígido, si desde el principio, Tsipras, más responsablemente frente al drama de un pueblo agobiado, juega un juego realista, no cegado por la ideología y sus intereses políticos.  
A Tsipras le viene muy bien el dicho que se suele expresar coloquialmente en Venezuela: Tanto nadar para morir en la orilla.
La UE es una construcción perfectible, no es una utopía, y sus logros concretos lo demuestran, no está a la vuelta de la esquina un Estado federal deseable. La crisis financiera que arrancó en 2008, generada fuera de ella, es en gran parte la causa de sus problemas y de la consecuente desafección hacia ella.
Lamentablemente, pareciera que los jóvenes de hoy no conocieran los sacrificios que hicieron sus mayores para llegar a la sociedad del bienestar de que gozan. Siento que no la valoran lo suficiente, de allí que sean presa fácil de los discursos nacional-populistas de los radicales de todo pelaje, como Syriza o Podemos, que no han comprendido la trascendencia de los frutos alcanzados.  

EMILIO NOUEL V.

@ENouelV

 

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