miércoles, 27 de marzo de 2013

LA CAMPAÑA Y LA VERDAD

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  Anibal Romero


Hace unos días el candidato presidencial de la oposición aseveró que, de ganar las venideras elecciones, decretará un aumento de 40% en el salario mínimo. Recuerdo que mi reacción al leer la noticia fue preguntar: ¿Y cómo lo hará, con qué recursos? Si de un lado la oposición afirma que el país ha sido colocado al borde de una debacle económica, debido a la ineficacia y el despilfarro del Gobierno, ¿qué sentido tiene, de otro lado, formular promesas que de cumplirse profundizarían la crisis financiera?
No realizo este señalamiento con ánimo mezquino hacia Henrique Capriles. Reconozco su esfuerzo y los cambios positivos que ahora pone de manifiesto. Para empezar, todo indica que ha acumulado suficiente indignación en el alma para golpear con fuerza al régimen, aunque todavía le falta un largo trecho en esa senda. Pareciera haber entendido que su postura sumisa el pasado 7 de octubre desalentó a amplias capas de votantes. Ha dicho la verdad al llamar corrupto al régimen y denunciar a su candidato como representante de los intereses imperiales del castrismo. De nuevo, sin embargo, este tema no ha sido colocado, como debería ser el caso, en el eje de la campaña electoral.
Ahora bien, lo que deseo enfatizar es que promesas como las de un aumento del salario mínimo y otras por el estilo no responden realmente a la situación que vive Venezuela, no se ajustan a la naturaleza del desafío que enfrenta la oposición, ni creo que sean las que en verdad motivan a los ciudadanos que rechazamos este régimen funesto, o a los que en el pasado le han apoyado pero podrían tal vez ser persuadidos de cambiar su actitud.
Venezuela enfrenta un reto que trasciende lo social y económico y se centra en lo político; de lo que se trata es de la lucha por valores completamente incompatibles en cuanto al rumbo que debe tomar la actividad política y el país como un todo, una lucha que exige un cambio radical hacia la libertad.
No creo que la inmensa mayoría de ciudadanos de oposición que han votado bajo el actual régimen se movilizaron en función del monto del salario mínimo, la recolección de basura, los huecos en las calles y ni siquiera la vivienda o el empleo, a pesar de su obvia relevancia. Les han motivado razones que tocan lo aún más esencial, razones que también alientan a los centenares de miles de personas en los sectores populares que han respaldado a la oposición democrática. Es un error presumir que el mero hecho de ser pobre impide ver más allá de lo puramente material y entender lo que está en juego en el país.
En este orden de ideas cabe preguntarse: ¿qué obstaculiza al candidato de oposición desplegar una campaña que sin descanso revele a los venezolanos la sombría y grotesca realidad del socialismo en Cuba? Y ya que tenemos tantos expertos en pobreza, y que el discurso sobre los pobres predomina absolutamente en el país y el mundo, ¿qué tal si la campaña opositora procura explicar por qué son ricos los países ricos y cuáles han sido en todas partes los resultados nefastos de las fórmulas socialistas?
¿Es que acaso tienen miedo de hacerlo, o es que, por desgracia, en no poca medida la dirigencia opositora comparte las ideas que defendía el difunto caudillo y todavía pregonan sus disminuidos sucesores? ¿Por qué no suscitar un debate que aborde de manera específica la realidad de Cuba y la tragedia del socialismo? ¿Fue acaso un logro de Chávez colocar a la oposición en su terreno y hacerla imitar sus esquemas ideológicos, sus tendencias demagógicas y su mensaje engañoso?

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lunes, 25 de marzo de 2013

ANGELITOS NEGROS


              IBSEN MARTÍNEZ

La semana pasada publiqué un artículo que suscitó en el chavismo un vendaval de mentadas de madre televisivas y una verdadera paliza virtual, propinada anónimamente a este servidor gracias a las llamadas redes sociales. Afortunadamente para mì, los porrazos hasta ahora sólo han sido virtuales y las amenazas a mi integridad personal no se han concretado.
La tradición periodística occidental recomienda no dejar pasar la ocasión, responder con otro artículo que deje ver cuán inútiles son las intimaciones a callar porque el aborrecido está ganado para la causa de la libertad de expresión y nada ni nadie logrará etcétera, etcétera.
La verdad, si bien no me siento en absoluto acobardado, debo admitir que los denuestos de Mario Silva, los tuits de Jorge Rodrìguez y el esfuerzo conjunto de la docena de malentretenidos que colmaron mi buzón de voz con la promesa de sodomizarme y exhortaciones a abandonar el país han logrado disuadirme de escribir sobre lo que pasa en Venezuela.
Al menos por una vez debería ocuparme de asuntos menos lacerantes para la tan jaleada "dignidad revolucionaria". Pero, ¡ay!, no puedo prometer nada porque la oferta de temas para la irrisión que ofrece el chavismo sin Chávez es demasiado suculenta, hasta para el talante más desaprensivo: ahí tiene usted, por ejemplo, la estampa llanera que la televisión gobiernera brindó en estos días: un Nicolás Maduro tocado con un sombrero de ala ancha, sentado justo en el medio de un semicírculo de seguidores, entre quienes se encontraba un militar en traje de faena. El grupo estaba, a su vez, en un reventadero de sol cuya inclemencia era apenas mitigada por una carpa.
Un árbol llanero y una hamaca brindaban el toque justo de galleguiano telurismo. ¡Ah, el sombrero de Maduro! Lo hemos visto en más de un desfile "cívico-militar", multiplicado en las cabecitas de innúmeros reclutas caracterizados de llaneros de Páez .
Es un modelo que, desde luego, nadie usa ya: no es invención mía que el tocado llanero por excelencia sea desde hace muchos años la simpática y demótica gorra de pelotero.
Sin embargo, Maduro se toca con un sombrero alón y adopta el continente grave de un daguerrotipo en el que, digamos, el general Joaquín Crespo, posase con el alto mando de la revolución de 1892 poco antes de la acción de Mata Carmelera.
Imagino que Maduro se pone ese sombrero para mejor subrayar el cariz campesino de la "misión" que, sin duda, estaba anunciando. Para ello incurre en tan simbólico anacronismo: este genuino astro de la impostación se disfraza de Ezequiel Zamora y se sienta bajo un merecure a perorar ante las cámaras para que nadie dude de su compromiso con la causa de borrar de la faz de Venezuela todo vestigio de latifundismo. Esto último es solamente lo que presumo que decía Maduro, disfrazado de Maisanta.
No puedo asegurarlo porque el monitor de la sala de redacción en que lo vi no tenía puesto el volumen, pero el efecto logrado era muy descorazonador: todos los circunstantes tenían cara de pena ajena, no sé si me explico. Cara de "cuando terminará esta vaina", cara de cuarenta grados a la sombra. En especial, el alto oficial de la fuerza armada.
Con todo, no abrigo la menor duda de que Maduro ganará las elecciones. ¡Ugh! ¿Qué he dicho? ¡Ahora serán los entusiastas de Henrique Capriles quienes me lapiden con sus tuits! Ya me parece estar leyéndolos: "¡Derrotista, escribidor de culebrones, ¿quién te estará pagando?" En fin, a lo hecho pecho: decía que pienso que Maduro ineluctablemente ha de ganar las elecciones del 14 de abril porque uno de los aportes culturales del chavismo a la antropología del colectivismo latinoamericano, con o sin Chávez, ha sido "conectar" la cursilería ambiente.
Hablo de esa cursilería basal del pueblo venezolano que nos ha dado, entre otras manifestaciones, a Lila Morillo y , en un plano más astral, a María Lionza. Y lo está haciendo estupendamente bien; su desempeño como monigote designado por el Nunca Bien Llorado para llevarnos al socialismo del siglo XXI es sencillamente impecable.
Uno lo ve allí, con su sombrero alón y su bigote y el ceño fruncido , rodeado de personeros muy compenetrados con su tarea histórica y, llevado de descaminadores reflejos intelectuales propios de la élite blanca y eurocentrista, piensa: "Esto es realmente lastimero, esto carece de imaginación, esto es el colmo de la ramplonería".
Y, puesto a pensar de este modo, puesto a estirar esa opinión esteticista y pequeñoburguesa, puede llegar a pensar, como lo expresan algunos analistas, que la estampa llanera deja ver alguna debilidad, algún nerviosismo preelectoral. Pero no es así. El hombre del bigotazo y el sombrero alón es espejo y guía de los desposeídos venezolanos. Los interpreta a cabalidad.
Se merecen los unos a los otros y por eso prevalecerán. Y dicho esto, queridísimo Jorge Rodrìguez, envío mi artículo a Talcual y me dispongo a escuchar un quinteto de Himdemith y a leer un poquito más de Christopher Hitchens.

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domingo, 24 de marzo de 2013

LESA MAJESTAD


Elías Pino Iturrieta

El Universal


La señora Virginia Betancourt andaría de tribunal en tribunal si se dedicase a lavar el honor de su padre, supuestamente mancillado por arteros enemigos. Probablemente nadie como su padre, Rómulo Betancourt, fundador de Acción Democrática, y uno de los artífices de la democracia venezolana, haya recibido, debido a su trayectoria de hombre público, más dardos y dicterios en la historia contemporánea de Venezuela. No sólo mientras vivió, cuando se podía defender del adversario, sino también después de su muerte, cuando no podía, desde luego, pelear por su reputación. Pero la hija no se ocupó de luchar por la fama del viejo a quien dejaba en el cementerio, sino de cuidar el testimonio de su paso mediante la custodia y la publicación de su archivo. Disponible para cualquier persona interesada, de ese archivo han manado historias desconocidas o poco trajinadas a través de las cuales se han sustentado nuevos reproches contra el político que lo construyó a través del tiempo, pero el pormenor no impidió que los papeles se ventilaran libremente. La señora Betancourt supo distinguir entre la vida pública y la vida privada, entre lo que concierne al ámbito familiar y lo que incumbe a la sociedad toda, entre el afecto filial y la sensibilidad del resto de los venezolanos, para que nos ahorráramos el espectáculo antirrepublicano de un altar hecho por los descendientes para la santificación de quien no sólo se ocupó de ellos, sino especialmente del resto del país, para bien o para mal.
El caso del presidente Chávez, recientemente desaparecido, remite a la situación antípoda. Se ha puesto en marcha una inquisición que pretende impedir cualquier tipo de críticas sobre su actividad pública. No sólo los líderes del oficialismo, sino también una considerable parte de la población estimulada por ellos, se rasgan las vestiduras ante cualquier parecer sobre la obra del “líder supremo” que les parezca irrespetuoso o irreverente. Chávez debe habitar en adelante un tabernáculo para el ejercicio de una idolatría que no admite la alternativa de la indiferencia, mucho menos la posibilidad de la reprobación. Los agentes de un santo oficio insólito están disponibles para una cacería de herejes digna de la Edad Media, debido a que se ha proclamado la transfiguración de quien, mientras llega al Panteón Nacional, habita una basílica rodeada de coraceros. Los letrados del régimen se han apresurado a redactar hagiografías, que ríanse ustedes de las vidas de santos y beatos que alguna vez pasaron frente a su inocente vista. Pero también se han involucrado los miembros de la Sagrada Familia. Se han alzado las voces de la parentela para impedir cualquier tipo de vociferación contra el patriarca, como si se tratara de un tema exclusivo de los lares domésticos. Pero, como parece que lo han tomado como afrenta nacional, pueden suceder pleitos que terminen en la presencia de un juez o en la obligación de ofrecer disculpas públicas.
En breve se puede estar ante casos que sólo sucedían en los tiempos ya lejanos de la monarquía absoluta, cuando el rey se asociaba con la presencia de la divinidad. Por consiguiente, quienes se enemistaban con las testas coronadas lo hacían también con el Dios que las había ungido. Podían terminar en el patíbulo por un crimen de lesa majestad en cuyo proceso participaba la potestad eclesiástica. Después, con el advenimiento de la monarquía constitucional, adelanto que significó la abolición de los privilegios de la aristocracia, y en especial las prerrogativas de la nobleza de la sangre, tales juicios desaparecieron para siempre. Si no pregunten a la reina de Inglaterra, acosada pero silenciosa ante lo que dice la prensa sobre las veleidades de los herederos; o traten de hablar con el rey de España, que no sabe dónde meter a la segunda infanta en días de borrasca comentados por los medios. En Venezuela, sin embargo, se ha instaurado una especie de calco de las viejas dinastías contra las que nos alzamos durante la Independencia.
En nuestra historia sólo se conoce un caso de mezcla de la familia con la política, sucedido en 1879. Enloquecido por la demolición de sus estatuas, Antonio Guzmán Blanco publicó un manifiesto titulado “A mis hijos”, en el cual incluía la lista de los demoledores de los bronces y pedía a los vástagos que los castigaran por la afrenta. Los liberales se preocuparon por la demasía, por el extravagante mandato que convertía a los Guzmán Ibarra en protagonistas de hechos que no les incumbían en una república que ya se pavoneaba por su modernidad. Hasta el viejo Antonio Leocadio, raíz de la progenie, consideró el episodio como un peligroso trastocamiento de valores: “Estás confundido, hijo de mi alma y jefe de mi patria”, dijo al Ilustre Americano. “Búscale la vuelta”, aconsejó. Fue de tal magnitud la reprobación, que el hombre que ya se consideraba como semidiós prohibió que se recordara el infeliz mandamiento. Se contentó con la restauración de la estatuaria, sin ocuparse de los “apátridas” que las mancillaron y sin meter a los pollinos en los pleitos de los burros. Hoy parece que volvemos a las andadas, si partimos de considerar la deificación en marcha, el retorno hacia los crímenes de lesa majestad y la intromisión de la familia del presidente recientemente fallecido en asuntos que están vedados en una república hecha y derecha. Pero, como tal vez no estén las cosas tan hechas ni tan derechas para que se les busque la vuelta, se refirió al principio un ejemplo de recato que no debe pasar inadvertido. 

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ENTREVISTA A HENRI FALCÓN: 

El reto es convertir el descontento en votos para Capriles


Henri Falcón, gobernador reelecto del estado Lara | Leonardo Guzmán


Sumar esfuerzos para tomar la calle y debatir concienzudamente sobre los problemas más apremiantes de los venezolanos es la estrategia que desarrollará el comando de campaña de Henrique Capriles Radonski. Henri Falcón, quien se separó del cargo de gobernador de Lara para coordinar las acciones de todos los partidos políticos y organizaciones sociales de la oposición, asegura que la desaparición física de Hugo Chávez, los supuestos enfrentamientos en el seno del PSUV y el impacto de la crisis económica en los sectores más pobres de la población configuran una oportunidad estelar para lograr un relevo en Miraflores.
—¿Cómo afrontar la última voluntad de Chávez, que pidió a sus seguidores votar por Maduro?
—El oficialismo es víctima de una crisis de liderazgo derivada del culto a la personalidad del presidente fallecido. No sólo se trata de la última voluntad de Chávez, sino de la voluntad de los dirigentes y militantes del PSUV, que no están totalmente de acuerdo con entregar las riendas del proceso político a Nicolás Maduro. Para nadie es un secreto que hay fuertes enfrentamientos en el sector oficialista, precisamente porque algunos desconocen esa última voluntad del presidente fallecido.
—¿Quiénes integran esos sectores?
—Ellos se conocen y la gente lo intuye.
—Las supuestas disputas con los militares fueron aclaradas por el ministro de la Defensa, que fue explícito y enfático al apoyar a Maduro.
—El ministro es una individualidad en la Fuerza Armada que no compromete la honorabilidad de la institución. No es precisamente el único y más calificado vocero del sector militar. Pero no es sólo lo que ocurre en el sector militar, sino también en la Asamblea Nacional, en el Gabinete Ejecutivo y en el PSUV. El problema ya no es Chávez, es Maduro.
—Chávez sigue siendo el principal aval del oficialismo.
—Deberíamos sacar a Chávez de la contienda electoral y dejar que descanse en paz.
—En todos los procesos electorales los militantes del chavismo se han manifestado disciplinadamente.
—La disciplina del oficialismo se ha roto cuando Chávez no participa directamente en los comicios. Sube la abstención y los que más se abstienen son los chavistas. Hay un sector importante que sólo se moviliza por Chávez. Es gente que no pertenece al PSUV y que no reconoce otro liderazgo que el del presidente fallecido. En el gobierno de Chávez no habíamos visto una crisis tan aguda como la que vive Venezuela. La inseguridad ciudadana sigue cobrando vidas en forma alarmante. La gente no consigue los productos esenciales como harina de maíz, pasta dental o papel higiénico. Los hospitales están peor que nunca. El desempleo es cada vez mayor y las perspectivas son desalentadoras por la destrucción del aparato productivo. No se ha logrado resolver ni siquiera 10% del déficit habitacional. Las fallas eléctricas son la regla en algunas regiones del país. La ineficiencia del Gobierno es un padecimiento cotidiano de la gente, pero sobre todo desde que Maduro está al frente. Estos 100 primeros días de él en el poder han sido de golpes contra la pared. Desde diciembre para acá hemos visto una paralización absoluta del país. Ese es el origen de los verdaderos problemas de la gente y lo que debemos discutir para convencerlos de votar por un cambio.
—¿Un mes es suficiente tiempo para lograr ese propósito?
—Es que ni el más furibundo chavista podría negar la anarquía y el caos en que nos encontramos. El reto es convertir el descontento en votos para Capriles.
—¿Cuál es el sentido de diferenciar la gestión de gobierno de Maduro de la de Chávez?
—En los 100 días de Maduro el país se ha paralizado.
—¿Cómo van a establecer el contraste entre Maduro y Capriles?
—No tengo ninguna duda de que va a haber migración de votos del oficialismo a la oposición, así como abstención en las filas del oficialismo. Nuestra oferta al país es la posibilidad de vivir en paz y con prosperidad. El Chávez que despertaba emociones ahora no está y lo que el oficialismo tiene es una crisis que conspira contra el Gobierno. Las contradicciones en el PSUV incluyen la posibilidad de que algunos dirigentes regionales, como gobernadores y alcaldes, no hagan campaña por Maduro. Hay mucha gente que se siente con derecho a heredar a Chávez. Eso es un problema de ellos, pero nos favorece. Lo nuestro es la unidad, un gran diálogo nacional que nos permita afrontar la crisis económica que nos afecta a todos por igual. Poner el acento en lo social: hablarnos y entendernos con los pobres, con los sectores más deprimidos de la población.
—¿Qué diferencia a Capriles de Maduro?
—Nicolás cabalga sobre el liderazgo de Chávez, no tiene liderazgo propio. Henrique tiene como aval 6.800.000 votos después de recorrer todo el país. Maduro no tiene experiencia en la administración de recursos, mientras que Capriles sí, y ha demostrado ser eficiente. Maduro no está preparado para soportar la presión de una crisis económica, al tiempo que Capriles ha tenido que gobernar a pesar de la asfixia financiera sistemática del Gobierno central. Quizás la mayor diferencia entre ambos sea el sentido común, porque hay que interpretar las coyunturas. El más interesado en promover el diálogo y la gobernabilidad debería ser el Gobierno. Henrique ha sido firme en la promoción del reencuentro de todos los venezolanos, alejado de radicalismos y exclusiones.
—¿Capriles insiste en pedirle un debate público a Maduro. ¿Es una confesión de que no está punteando las encuestas?
—No necesariamente. Yo le pedí debate a Luis Reyes Reyes (candidato oficialista a la Gobernación de Lara). Yo le llevaba 15 puntos de ventaja en las encuestas y le gané por 12. Nunca me dio el debate. Estamos convencidos de que las verdaderas democracias se construyen sobre la base de los debates. En este momento no hay dudas de que es necesario contrastar las dos ofertas de gobierno.
—¿Cuál es el mensaje para los indecisos?
—El llamado es a reflexionar sobre el destino del país y de cada una de nuestras familias. Hay venezolanos que sienten que podemos ir a un gran conflicto social por la ineficiencia del Gobierno.
—¿Con qué recursos cuenta la oposición para movilizar gente y ocupar la calle?
—Hay muchas experiencias de organización social. En Lara se organizan grupos de hasta 500 personas que desfilan con banderas hasta el centro electoral. Llevan comidas para compartir, sillas de extensiones, mesitas...
—Eso puede ser muy poco en comparación con una flota de autobuses de Pdvsa.
—A la movilización tradicional de los partidos se sumarán las organizaciones sociales. En esta oportunidad, estamos trabajando juntos y coordinadamente. Hemos aplicado los correctivos para que nuestros testigos estén en los 14.000 centros electorales del país. Tenemos una encuesta que indica que al inicio de la precampaña Henrique tenía 4 puntos de ventaja por encima del candidato del Gobierno. Tenemos razones para ser optimistas.
—Si la oposición gana, ¿cómo sería la convivencia con el chavismo?
—En paz, con mucho respeto.
—Si el chavismo vuelve a ganar, ¿cuál debe ser el papel de la oposición?
—Si gana en las condiciones establecidas en la Constitución y en las leyes, sin dudas, nosotros reconoceremos los resultados. Estrategia La vuelta al país en 10 días
La vuelta al país en 10 días
Aunque Capriles Radonski inició su recorrido por el país, los diez días de campaña no le alcanzarían para visitar tantos pueblos como lo hizo para la contienda presidencial anterior. "Estamos obligados a ser muy eficientes. Hablo de una campaña descentralizada y envolvente. De nada sirve que andemos todos con Henrique, quien no será el único líder de la oposición que estará recorriendo el país y dando los debates con la gente en la calle. Allí estaremos Leopoldo López, Henry Ramos Allup, Edgar Zambrano, Roberto Enríquez, María Corina Machado, Andrés Velásquez...", indicó Henri Falcón. El jefe del comando de campaña opositor se expresa como si fuera él el candidato presidencial: "Así debe ser. Todos los dirigentes de la alternativa democrática tenemos la responsabilidad de difundir el mensaje". Al parecer, el financiamiento de la campaña no es un problema: "Estamos organizando cenas, rifas... Pero contamos con la colaboración de mucha gente. Gente que no tiene miedo, porque entiende que el miedo le ha hecho mucho daño al país".

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UNA DELIRANTE TELENOVELA

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Alberto Barrera Tyszka

EL NACIONAL


Estoy por pensar que tenemos más reservas de delirio que de petróleo y de gas. Nuestra capacidad para el disparate es infinita, no tiene fondo. Pareciera que de pronto hubiéramos descubierto la inmensa rentabilidad del absurdo.
“Hablar del comandante inmortal es hacer patria”, dijo esta semana Nicolás Maduro. De esta manera, trataba de proponer un argumento frente a quienes critican que Chávez sea su mensaje, su principal oferta electoral. Le di varias vueltas a la frase. La miré al derecho y al revés. La doblé, la estire, la desarmé y jugué a mudar sus sílabas. La colgué del techo. La dejé respirar sobre la mesa. Nada. No hubo manera. La releo y todavía ahora me parece una cuchillada a cualquier lógica. Incluso más lamentable: me parece una traición a lo mejor del chavismo.
Otro ejemplo: “Nosotros –insiste Maduro en proponer alguna coherencia que justifique su campaña–, para ser nosotros mismos, tenemos que nombrar, vivir y tener a Chávez, cada segundo de la vida que estamos viviendo hoy, mañana y siempre: Chávez, Chávez, Chávez, Chávez…”. Me pasó lo mismo. La primera vez que leí estás palabras quedé encandilado. Pasé varios segundos parpadeando. Lo mejor es detenerse y dejar que los ojos se deslicen varias veces sobre cada línea. Despacio. Poco a poco, se va haciendo claro el sentido. Y resulta, sin duda, asombroso. Casi es una definición involuntaria de la alienación. El “líder supremo” termina convertido ahora en un instrumento de dominación, en un procedimiento de aniquilación de la conciencia.
Lo que el poder está haciendo con la figura del fallecido presidente comienza a estar fuera de control. Todo puede ser posible, potable. Jorge Rodríguez dice en VTV que “deberíamos llamar a Caracas como la novia de Chávez”. El delirio se contagia más rápido que el dengue. A este paso, nadie se extrañaría si, muy pronto, empezaran a multiplicarse los desatinos. A cualquier funcionario muy celoso de su trabajo se le podría ocurrir que, a partir de ahora, todas las cédulas de identidad del país lleven la firma en rojo del comandante. Incluso podría crearse un sistema de evaluación patriótica según el cual algunos ciudadanos, cuya lealtad revolucionaria no esté suficientemente comprobada, sean condenados a llevar, en su documento de identidad, la firma de Chávez pero en color azul. Cualquier cosa vale.
¿Un programa semanal que rescate los mejores momentos del Aló, Presidente? ¡Por favor! ¡Eso es una mezquindad burguesa! ¿Por qué no tener un canal de televisión y una emisora de radio, dedicados a transmitir, las 24 horas al día y de manera exclusiva, la vida y obra del nuevo libertador de la patria? No entiendo cómo algún diputado con mucha iniciativa aún no ha planteado algo así. La programación podría incluir de todo. Programas infantiles, espacios de discusión y debate, documentales, viejas entrevistas y alocuciones; pero también seriados melodramáticos, horas de humor, concursos de canto. Incluso podría producirse un reality show donde participaran algunos de los allegados a Chávez, obligados a convivir y a competir bajo la premisa: “Yo lo conocí mejor”.
Cualquier cosa vale. A la línea religiosa, que impulsa la fantasía de la resurrección, la ilusión de que Chávez renacerá y volverá a vivir si votas por Nicolás Maduro, se suma esta suerte de exaltación colectiva en la cual la imagen del líder puede servir para todo, puede asociarse a cualquier cosa y en cualquier momento. Se trata de enfrentar todas las situaciones con el mismo método. Chávez es ahora un producto multiusos en manos de la salvaje mercadotecnia oficial.
No habrá debate porque esto no es un asunto de ideas. No estamos para esas densidades. Aquí sólo importa la emoción. Maduro critica aguerridamente las telenovelas pero, en gran medida, su campaña es un culebrón que para qué te cuento, Leonardo Padrón. El centro ideológico de la oferta electoral del PSUV es una novela rosa. Una historia clásica y conservadora. Según nos narra el relato oficial, la pobre Venezuela, un tanto tonta e inocente, infantil y sin demasiadas luces, se enfrenta a la decisión crucial de elegir entre Nicolás, “un hijo legítimo y directo de Hugo Chávez”, y Henrique, un “bastardo”, de apellido ajeno y machismo no probado. Ese es el discurso de fondo de la autollamada “revolución bolivariana”. Sus asesores saben más de Delia Fiallo que del Che Guevara. Rehúyen el debate porque lo que está en discusión es el amor y la fidelidad. Con un parlamento que parece sacado del capítulo 124 de una teleculebra tradicional, Maduro afirma: “Chávez nos dejó un testamento, y cuando un padre deja un testamento, los hijos tienen que dar la vida porque se cumpla”. El Derecho de Nacer pesa más que todos los libros de Marx y Engels.
Quizás por eso Tibisay Lucena no interviene, no hace nada. Está distraída. Está viendo la telenovela.

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Entre el mito y la realidad

EL TIEMPO


"La izquierda ha dominado el debate de ideas en las últimas décadas. Sobre todo, porque ha ganado la batalla de la imagen, y eso ha ocurrido en la mayor parte de los países occidentales. Las ideas de la izquierda han tenido mejor imagen que las ideas de la derecha. La siguen teniendo..."
Me habría encantado que este párrafo fuese mío. Pero no es así. Pertenece a mi amiga y gran analista española Edurne Uriarte. Con él abre un contundente libro que subtitula La izquierda en sus cavernas. Se refiere a la vieja izquierda que sigue vigente en buena parte de América Latina (y desde luego entre nosotros, en Colombia) y en Europa. Si uno, leyendo a Edurne, examina las razones que embellecen la imagen de esta corriente ideológica, descubre el engañoso poder que tiene el mito sobre la realidad.
Mito es el viejo dogma marxista de la sociedad sin clases. Nunca la hemos visto, pues en un régimen comunista la nomenclatura tiene todos los privilegios. Mito y engaño es presentar como responsable de nuestra pobreza a la economía de mercado, al imperialismo, a los ricos, a la inversión extranjera o a la banca internacional. Mito es la revolución cubana y mito, su seguidor: el socialismo del siglo XXI. Mito es ver con bellos colores el mundo precolombino. Mito es presentar con piadosos calificativos (nacionalismo, insurgencia, liberación, etcétera) a Eta, Hamas, Farc o Eln, ocultando sus acciones terroristas y presentándolos como actores de un conflicto interno que exige la mano tendida de una negociación.
A propósito de Chávez, es bueno ver dónde está el mito y dónde, la realidad. El dolorido fervor que advertimos en millones de venezolanos pertenecientes a las clases sociales más bajas obedece, sin duda, no solo a las prebendas y subsidios que regalaba el gobierno en cerros y barrios periféricos donde viven, sino también al carisma del caudillo, a su forma de vestir, de hablarles en su mismo lenguaje de barriada llamando a sus opositores 'majunches', 'sifrinos' o 'pitiyanquis'.
La realidad, por supuesto, es otra. Si bien Chávez logró reducir niveles de pobreza, no lo hizo de una manera sostenible, pues su política asistencial no puede quedar para siempre a cargo del Estado. Y si a ello se suma la ruina del sector privado, el ocaso de la clase media y el éxodo de los empresarios, no hay porvenir confiable para los sectores marginales.
Tanto más que la situación económica venezolana es definitivamente catastrófica: ruina en la industria petrolera, descomunal deuda externa, una altísima inflación, una moneda por los suelos, desabastecimiento total de productos básicos, descuido de la infraestructura, alarmante inseguridad y, por si fuera poco, una escandalosa corrupción y una autocrática concentración de los poderes públicos, siguiendo el modelo castrista.
Afortunadamente, al lado de esta vieja izquierda hay otra que acepta la economía de mercado como condición necesaria para alcanzar un desarrollo sostenible, como ocurre en Brasil, Uruguay, Chile y Perú. Es una izquierda que al fin se aparta del mito para entrar en la realidad.
La chilena Michelle Bachelet, por ejemplo, siguiendo la pista de países exitosos como Singapur, India, Finlandia y otros, trazó en un libro promovido por ella el real camino hacia el desarrollo. ¿Qué supone este objetivo? Ante todo, una educación calificada para lograr el desarrollo de la clase media y el fomento de la pequeña y mediana empresas, además de la seguridad jurídica, el apoyo de la inversión extranjera y la conquista de mercados internacionales. Es decir, el modelo que defendemos y que le permite a la vieja izquierda llamarnos reaccionarios y neoliberales. Pero qué le vamos a hacer, la realidad debe sobreponerse al mito. Si no, apague y vámonos.

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CARTA SECRETA DEL PAPA FRANCISCO A CRISTINA KIRCHNER


Carlos Reymundo Roberts
La Nación


Esta carta me quema las manos. Sé que es recontra privada y confidencial, pero me resisto a no publicarla. Aunque suene demagógico, me debo a mis lectores. Eso sí, no diré cómo llegó a mis manos. Temo que un nuevo VatiLeaks caiga sobre mi cabeza y la haga rodar. Señores, señoras, todos y todas: éste es el texto de la respuesta que Francisco, el primer papa argentino, dirigió a Cristina, que horas después de su llegada al trono (la llegada de Bergoglio, digo) le había enviado una salutación.
"Señora Presidenta, vayan estas líneas para expresar mi gratitud por su carta. Como se demoró unas horas (sé que mientras se conocía el resultado del cónclave estaba ocupada mandando tuits), antes me llegaron unas 15.000, de todo el mundo. Pero ninguna acarició mi espíritu tanto como la suya.
"Aprecio su entusiasmo y emoción, apenas contenidos, y que haya podido condensar todo lo que usted sentía en sólo dos párrafos. La misma austeridad de palabras, el mismo esfuerzo de síntesis que le conocemos en sus discursos.
"Aprecio que no haya usado la cadena nacional para referirse al tema y que la Televisión Pública haya preferido emitir Paka-Paka en vez de seguir la transmisión desde la Plaza San Pedro. Esto hace a la pluralidad de voces que usted y yo tanto defendemos. Además, podríamos pensar que el Paka alude a un Papa K, nada muy alejado de la realidad.
"Aprecio, desde luego, las cálidas palabras que me tributó durante su discurso de esa noche en Tecnópolis. Se contuvo durante 40 minutos, mientras hacía importantes anuncios para cooperativas, y después me dedicó las palabras de cierre. Eso habla de orden: primero el trabajo y después el placer.
"Por cierto, muchas gracias por superponer sus palabras a los silbidos que aparecieron cuando empezó a hablar de mí. Cuánto lamento que se hayan infiltrado en el acto desilusionados seguidores del cardenal brasileño Scherer.
"Gracias también por haber ordenado a sus diputados que se resistieran a interrumpir la sesión para saludar mi elección, como pedían los bloques opositores. Era una burda artimaña de los obstruccionistas de siempre para impedir la sanción de leyes fundamentales.
"Le agradezco, asimismo, que en el acto del día siguiente, en Avellaneda, no haya hecho ninguna alusión a mi persona. Me viene muy bien. A ver si todavía me la creo.
"He sabido, señora, que el martes vendrá a mi asunción. Para mí es un honor, y una responsabilidad. Como jefe de Estado del Vaticano he ordenado que el Tango 01 pueda aterrizar sin temor a embargo alguno. Y no sé si también vendrá Boudou -acaso interesado en conocer de cerca el funcionamiento del IOR (el Banco del Vaticano)-, pero por las dudas he hecho saber a los celosos guardias suizos que el señor vicepresidente es persona de mi confianza.
"A propósito de su venida, querida señora, no puedo dejar de pensar en lo insondables que son los caminos del Señor. Todos los años usted se iba a cualquier provincia para evitar mis homilías en los tedeum, y ahora, pobre, va a tener que venir hasta el Vaticano y escucharme de punta a punta sin poder decir nada. Pero despreocúpese. Soy una persona de códigos. Cuando hable de pobreza me estaré refiriendo al África. Cuando hable de riqueza excesiva no estaré pensando en nadie en especial. Cuando pida libertad de expresión será un mensaje a los chinos. Cuando reclame diálogo y confraternidad entre hermanos será una referencia a las dos Corea. Cuando critique la falta de libertades y el discurso único será por Cuba. Condenaré el consumismo desenfrenado pensando en Estados Unidos. Condenaré la corrupción pensando en Turkmenistán.
"Sí, Cristina, soy hombre de códigos. Hablaré de justicia y democracia, pero no de la democratización de la Justicia. De educación, pero no de paros docentes que dejan a millones de chicos sin clases durante semanas. Me referiré al flagelo de la inseguridad, pero desde un ángulo psicológico, vinculándola con el ámbito de las sensaciones.
"Usted comprenderá que, como Papa, estoy obligado a hablar de pacificación de los espíritus. Prometo no mirar a nadie a los ojos. De humildad. Pero lo haré en forma abstracta. Por supuesto, una y otra vez me referiré a El, a su bondad, a su poder, a las maravillas que ha hecho. ¿Cree usted necesario que yo haga alguna aclaración?
"Señora, me despido, no sin antes decirle nuevamente gracias. Gracias por todos estos años de amable convivencia. Por permitirme que ahora llegue a mis compatriotas de una forma distinta. Por las críticas en 6,7,8 , que me ayudan a reconocerme como un pecador. Por prohibirle al embajador ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero, que siga hablando con los medios (bajo la consigna, me imagino, de que es tiempo de meditación y no de palabras). Desde ya, gracias por la alegría con que va a llegar a Roma, por pasar desapercibida entre tantos líderes de todo el mundo, por hacer transmitir en vivo la ceremonia por Canal 7, por escuchar mi homilía, por aplaudirme, por sonreír. Gracias por postrarse ante mí y besar mi anillo, en actitud de respeto y sumisión. ¡Gracias, hija mía!"
La señora terminó de leer la carta y quería destruirla. Después hizo cuentas: "Doce párrafos de él contra sólo dos míos. Además, para mí seguirá siendo Bergoglio, y yo soy más Cristina que nunca".

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