miércoles, 25 de septiembre de 2013

MI AMIGO MUTIS
   Gabriel García Márquez
Alvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el peluquero que le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta.
Alvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la Cartagena idílica de 1949. Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, hasta una tarde de hace tres o cuatro años, cuando le oí decir algo casual sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café. Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años, hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de pasar una aguja por el ojo de un camello.
“Carajo”, le dije derrotado.”De modo que eras tú”.
Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso. De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero.
Alvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en sus programas. En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras mayores. Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo un título inocente: El cultivo del naranjo. Fue también jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión. El tiempo de Alvaro se le iba en identificar los cadáveres, para darles la noticia a las familias de las víctimas antes que a los periódicos. Los parientes desprevenidos abrían la puerta creyendo que era la felicidad, y con sólo reconocer la cara caían fulminados con un grito de dolor.
En otro empleo más grato había tenido que sacar de un hotel de Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó quién iba dentro, le dijo: “El señor obispo”. En un restaurante de México, donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que en realidad era Walter Winchell, el personaje de Los Intocables que Alvaro doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas enlatadas para América Latina, le dio 17 veces la vuelta al mundo sin cambiar el modo de ser.
Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.
Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Alvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: “Ahí tiene, para que aprenda”. Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Alvaro Mutis desde que escribí Cien Años de Soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. El los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Alvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado:
“Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos”, me gritó. “Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado”.
Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.
Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Alvaro y yo nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido en México más de 30 años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos. Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Alvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz de ser.
Fue así: ahogado de tequila, con un amigo muy querido, toqué a las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Alvaro sobrellevaba su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio la gana. Alvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.
Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que hemos estado juntos, ha sido viajando. Esto nos ha permitido ocuparnos de otros y de otras cosas la mayor parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno del otro cuando en realidad valía la pena. Para mí, las horas interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí más de 300 kilómetros sobre los cátaros y los papas de Aviñón. Así en Alejandría como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto como en París.
Sin embargo, la enseñanza más enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a través de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor de caca humana de los barbechos recién abandonados. Alvaro había manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De pronto dijo: “País de grandes ciclistas y cazadores”. Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como aquella, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.
Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las clases, sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de comprar, Alvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco y extendió su trémula mano de mendigo. Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: “Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cachemir”. Pero le dio un franco. En menos de 15 minutos recogió 40.
En Roma, en casa de Francesco Rosi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli, a Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y los mantuvo en vilo durante horas, contándoles sus historias truculentas del Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de italiano. En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo que era él. Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: “Ahora que sé que nunca conoceré Estambul”.
Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo Estambul. De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio de la poesía. Sólo hoy, cuando Alvaro es un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar a la muerte.
De todos modos, la única vez en que de veras me he creído a punto de morir, también estaba con Alvaro. Rodábamos a través de la Provenza luminosa, cuando un conductor demente se nos vino encima en sentido contrario. No me quedó otro recurso que dar un golpe de volante a la derecha sin tiempo para mirar adónde íbamos a caer. Por un instante sentí la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía en el vacío. Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior, permanecieron sin aliento hasta que el automóvil se acostó como un niño en la cuneta de un viñedo primaveral. Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de Alvaro en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir con un gesto de conmiseración que parecía decir:
“¡Pero qué está haciendo este pendejo!”.
Estos exabruptos de Alvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macy’s, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo:
“No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va”.
Por supuesto que le iba bien, si era una versión culta y magnificada de ella, y conocido en medio planeta, no tanto por su poesía como por ser el hombre más simpático del mundo. Por dondequiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo queremos más sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas. Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Alvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior. Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía.
Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paquidérmicas de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada En busca del tiempo perdido. Pues una buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de 1.200 páginas. En la cárcel de México, adonde estuvo por un delito del que disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció los 16 meses que él considera los más felices de su vida.
Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. El me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.
Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Alvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.
Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a cumplir con Alvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y sólo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.

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UN REGUERO DE COCA



               Milagros Socorro



 Los cargamentos en ruta a los puertos y aeropuertos los traficantes dejan un reguero de veneno que los venezolanos están consumiendo a ritmo creciente.
El hecho de que las 31 maletas donde iban 1,3 toneladas de cocaína hayan sido descubiertas fuera del territorio nacional refuerza la falsa impresión de que la droga pasa por Venezuela, pero no se queda.
Un somero rastreo en la prensa de los últimos años demuestra que hay un cierto acomodo con la idea de que el país es puente de los estupefacientes, un mero tránsito, pero no hay de que preocuparse porque todavía no estamos en el elenco estelar de los consumidores de sustancias ilegales. Como si ser el corredor de las mafias fuera muy chévere y un atenuante puesto que, supuestamente, los alijos pasan olímpicos sin dejar ni una postal de recuerdo.
Incluso los voceros del Gobierno demuestran una curiosa familiaridad con esta noción, según la cual la droga pasaría de largo, casi en puntillas como los adultos la noche de Navidad, sin molestar el sueño de los justos ni causar ningún estropicio. Esta versión se alínea a la permanente actitud del gobierno chavista de poner las culpas en otro lugar (con frecuencia, los más inusitados e inverosímiles), y jamás admitir las propias responsabilidades. Si el país no es más que un pasillo por donde la droga circula de lo más considerada y sin ensuciar el piso recién pulido, entonces las culpas son de otros, del país de donde salió y del que será su destino final. Nuestra participación en el asunto no va más allá de la ubicación geográfica de Venezuela.
La reacción automática del Gobierno al divulgarse el hallazgo de la cocaína en un avión de Air France salido de Maiquetía rumbo a París fue atribuir el criminal tejemaneje a “una mafia de italianos y británicos”. Ni una palabra sobre las autoridades del terminal ni sobre la Guardia Nacional, componente de las fuerzas armadas encargado de custodiar las fronteras y de pararle las patas al narcotráfico. En vez de eso, y antes investigar, el dedo del régimen apunta para afuera. Pa’llá. Bien lejos. Donde parezca que no se tiene control.
Todo eso es mentira. La verdad es que las autoridades venezolanas sí están obligadas a impedir que el país sea el desfiladero de contrabando (de ingreso y de extracción), de tráfico de estupefacientes, de personas y de funcionarios extranjeros que vienen a entrepitear en los asuntos nacionales.
La verdad es que la droga pasa en volúmenes cuyas dimensiones ignoramos, pero tenemos razones para sospechar que es mucha, como también es mucha la que se queda. Es mucha la que se distribuye y se vende. Y es mucha la que se consume. Pregunte usted a cualquier profesional de la salud, a uno que no esté vinculado directamente con el consumo de sustancias ilegales, se sorprenderá al comprobar hasta qué punto la drogadicción es un problema de salud pública en Venezuela. Se quedará usted abismado al asomarse al insondable mundo de la dependencia de las drogas en Venezuela. No en los países productores, conjunto al que por fortuna todavía no hemos ingresado. También en este aspecto el Gobierno tiende a un discurso edulcorante de la realidad.
Nicolás Maduro intenta presentarse como un adalid contra el narcotráfico y dice haber incautado 36,84 toneladas de droga en lo que va de 2013; pero hace dos semanas, Estados Unidos incluyó a Venezuela en la lista de países fracasados en su lucha contra el tráfico de drogas. Un grupito donde nos codeamos con Birmania y Bolivia. En noviembre del año pasado, la Oficina Nacional Antidrogas (ONA) hizo un estudio en 2009, con una muestra de 74.465 estudiantes para indagar en consumo de drogas de la población estudiantil y, según los voceros de la ONA, Venezuela es uno de los países de la región con la tasa más baja de consumo de drogas lícitas e ilícitas de población escolar. Esta es un información que sorprende puesto que un año antes, en 2011, la Organización Mundial de la Salud había revelado que el aumento de adictos a los narcóticos ilícitos en los últimos 10 años se incrementó 30% en Venezuela, donde los niños de nueve años ya consumen sustancias estupefacientes (mientras que una década antes el inicio era a los 13).
La verdad es que en Venezuela es muy fácil conseguir drogas. El acceso presenta muy pocas trabas, incluso para niños en edad de estar en piñatas. La verdad es que los venezolanos seguimos creyendo que los riesgos no son tan altos. La verdad es que tenemos poca información. La verdad es que los cargamentos en ruta a los puertos dejan un reguero de veneno que los venezolanos están consumiendo a ritmo creciente y con consecuencias cada vez más trágicas. La verdad es que la violencia que se ha desa-tado y la escandalosa cifra de homicidios, una de las más altas del mundo, se deben en muy buena medida a esa mercancía de sombras. La verdad es que la subestimación del problema equivale a su desatención.
La verdad es que la sociedad no se ha plantado frente a este flagelo con la determinación necesaria.
Por: MILAGROS SOCORRO
@MilagrosSocorro

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¿Por qué peligran 
los derechos
que corresponden a la Fachada 
Atlántica de Venezuela?


El territorio de Venezuela comprende, además de sus costas sobre el Mar Caribe, una costa  que está situada frente al Océano Atlántico abierto, la costa del estado Delta Amacuro. Ningún país del mundo discute la soberanía ni la posesión pacífica de Venezuela sobre esa costa. Al Sureste de esa costa está la costa del territorio poseído por Guyana y reclamado por Venezuela, que se extiende hasta el río Esequibo. Siguen luego la costa del territorio   de Guyana no reclamado por Venezuela, y luego la de Surinam.

Al Noreste de esa costa del Delta Amacuro  está la Isla de Trinidad.

Según el Derecho Internacional reconocido por todos los Estados del Mundo, a la costa de todo Estado le corresponde, más allá del mar territorial de doce millas náuticas (20 kilómetros) una zona económica exclusiva hasta la distancia de 200 millas náuticas de la costa, en la cual es el único que tiene el derecho de aprovechar  los recursos económicos de la superficie del fondo del mar y de las aguas que lo cubren, y de la plataforma continental, que puede ir más allá de las doscientas millas, y que según el derecho internacional puede alcanzar hasta el talud continental, en la cual tiene el derecho exclusivo de explotar los recursos del subsuelo. En el caso de Venezuela, ese talud está a más de 360 millas náuticas de la costa.

Venezuela ya acordó con Trinidad y Tobago, mediante un tratado firmado en 1990 (y publicado en la Gaceta Oficial Nº 34,588 del 6 de noviembre de 1990.) la línea de frontera marina que separa los espacios que respectivamente les corresponden. En él se reconoce la proyección hasta el talud continental.

Venezuela y Guyana ni siquiera han discutido la extensión de las zonas de mar que corresponden a la costa del Delta Amacuro, a la del territorio en reclamación ni al resto de Guyana.

El estado actual de la técnica hace posible explotar petróleo y gas a grandes profundidades marinas. Trinidad y Tobago ya ha perforado de su lado de la línea acordada con Venezuela. Venezuela, por su parte, ha contratado la perforación frente a Delta Amacuro, en la llamada Plataforma Deltana, pero no ha dado a conocer, interna ni internacionalmente, su posición respecto a cuál es la extensión que a su juicio corresponde a esa plataforma deltana.

Entretanto, Guyana ha estado otorgando concesiones para la explotación de petróleo y gas en zonas situadas frente a las costas del Delta Amacuro, que invaden zonas que corresponden a la plataforma deltana y que impedirían su acceso al Atlántico libre.

Lo que precede se refiere únicamente a los derechos que corresponden a Venezuela por la costa del Delta Amacuro, sin tratar en este escrito lo referente a las zonas marítimas que genera la costa de la Zona en Reclamación, ni las concesiones que Guyana ha otorgado en ellas.

En ninguno de los dos casos ha hecho pública Venezuela alguna protesta ante Guyana. Se corre el riesgo de que este silencio sea interpretado por el resto de la comunidad internacional como una aceptación tácita de las pretensiones de Guyana.

                             


Luis Herrera Marcano, Doctor en Derecho, Profesor Universitario jubilado y ex-Embajador.

Rosario Orellana Yépez. Abogado, ex Vice Canciller, ex Vice Ministro de la Secretaría de la Presidencia y ex Embajador.

Sadio Garavini di Turno, Doctor en Ciencias Políticas, ex Embajador en Guyana, ex-Vice Ministro de Justicia y  Profesor Universitario.






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VOTAMOS Y VOTAMOS ...Y NO PASA NADA

     ANGEL OROPEZA |  
EL UNIVERSAL

La anterior es una de las expresiones que se suelen recoger por allí, sobre todo de la boca de algunos miembros de nuestro inmenso pueblo opositor.  Dado el potencial efecto desesperanzador y frustrante que puede tener dar esa oración por cierta, es necesario discutir abiertamente sobre su veracidad. Y ello pasa por definir qué significa eso de que votamos y supuestamente no ha servido para nada.

El "no pasa nada" es esencialmente un juicio perceptual -y, por tanto, subjetivo- que es en parte explicable por 2 razones: por un lado, el entendible cansancio de la gente, luego de 3 lustros de oscurantismo, ante la evidencia de un país que se empobrece a pasos agigantados en medio de una orgía de dólares petroleros que sólo disfrutan los ricos del Gobierno.  Y, por la otra, la dificultad para percibir los cambios que, aunque reales y progresivos, no suelen ser tan evidentes como algunos quisieran.

La cotidianidad y cercanía con cualquier realidad a veces dificulta darse cuenta de los cambios que esa realidad experimenta. Así, los visitantes eventuales del niño pequeño son más hábiles en percibir las transformaciones y cambios físicos en el infante que sus propios padres, quienes conviven con él a diario. Igual pasa con quien tiene tiempo sin vernos, o el amigo que hace rato nos dejó y ahora nos visita. Pero el que a veces los cambios nos pasen frente a los ojos y no reparemos en ellos, dada la excesiva proximidad de quienes sufrimos la realidad con ella misma, no significa que tales cambios no estén ocurriendo.

Lo cierto es que, contrario a la expresión a que hemos hecho referencia, en Venezuela votar ha producido, y continúa haciéndolos, cambios muy importantes. La victoria popular del 14 de abril pasado pudo ser secuestrada en su dimensión formal por las instituciones corrompidas de un gobierno decadente, pero no ha podido ser erradicada del sentimiento colectivo. En otras palabras, si bien no se ha logrado -mientras tanto- la toma formal del poder, ya el pueblo ha alcanzado un despertar de conciencia que luce difícil de revertir, y que tiene evidentes consecuencias conductuales.

Algunas de estas consecuencias son las más de 450 protestas mensuales que se registran mensualmente en nuestro país, producto de la indignación del pueblo ante la indolencia de la oligarquía gobernante; y el desarrollo y profundización de una organización popular que avanza a pesar de las presiones e intentos de compra de dignidad por parte de los poderosos, y de la exitosa estrategia de invisibilidad mediática hacia todo lo que no huela a genuflexión gobiernera. Pero, además, el estado calamitoso del país, con "emergencias" en lo económico y lo alimentario, en vialidad e infraestructura, en salud, seguridad, educación, y en todas las áreas de la vida de los venezolanos, es producto de la imposibilidad de que el madurocabellismo pueda levantar cabeza. ¿Y esto por qué? Porque existe un vínculo necesario y fundamental entre ilegitimidad y capacidad para la solución de los problemas sociales. Un gobierno ilegítimo es estructuralmente incapaz de reconocer, abordar y resolver la problemática social. Y esa ilegitimidad quedó al descubierto porque votamos y ganamos el 14 de abril.

A Maduro y a Cabello nadie les para, nadie los toma en serio. Tienen poderes, armas, escoltas y mucha plata, pero no tienen autoridad. Su auctoritas -la cual sólo existe cuando hay reconocimiento a la moralidad y legitimidad socialmente aceptada de un mandato- es tan precaria  como risible. Por eso la insistencia en la amenaza y el miedo, porque es la única forma de obtener, ya no obediencia, sino al menos simple acatamiento.

Maduro y Cabello tienen un plomo inmenso en el ala debido a su ilegitimidad. El país reclama por los cuatro costados un cambio, y eso es consecuencia de haber votado y de haber ganado el 14 de abril. Por ello lo más inteligente y políticamente más efectivo,  -porque además ha demostrado ser la única estrategia exitosa tras 15 años de lucha- es  insistir en el camino de la organización popular, la acumulación de espacios de poder y la vía del voto vigilante, como herramientas de transformación social y de cambio político. El camino ya se inició, y para que pasen más cosas de las que ya están ocurriendo, hay que hacerlo cada vez más masivo y extenso, aunque al Gobierno le encantaría -porque, de hecho, es su única esperanza para evitar la debacle- que se abandone en manos de la desesperanza y la inacción.

Desde todos los rincones del país, soplan vientos de cambio. Y soplan, porque hicimos evidente que somos mayoría a punta de organización y de votos. A los amigos que piensan, en su buena fe, que votamos y no pasa nada, hay que recordarles que  para conquistar efectivamente el poder, había que primero conquistar al país. Y esta última tarea, si bien es un trabajo cotidiano y un compromiso permanente, ya se alcanzó. Sobre esa poderosa base, lo primero es sólo cuestión de tiempo.

@angeloropeza182


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LA NIEVE DEL ALMIRANTE


     Miguel Angel Santos
EL UNIVERSAL

La memoria es un instrumento caprichoso. Se aferra a imágenes anodinas, mantiene a flor de piel un puñado de retratos exiguos, si se les contrasta con las innumerables imágenes percibidas, en rápida sucesión, a lo largo de la vida. Por encima de todo, me asombra su capacidad para resguardar recuerdos, y liberarlos en ciertas circunstancias, cuando un algo o alguien, pulsa cierta tecla que abre las compuertas del olvido. Algo así me ha sucedido el domingo pasado, cuando supe de la muerte de Álvaro Mutis. Me acordé entonces de cosas en las que había pensado poco o nada durante muchos años. Se me vino a la mente la primera de sus novelas que cayó en mis manos, a mediados de los noventa, y se me hizo evidente también el por qué hizo una diferencia en aquél momento.

La nieve del almirante está conformada por una serie de entradas de diario de un marinero en travesía por el río Xurandó. Forma parte de una tripulación que va en búsqueda de un aserradero abandonado, que se hace más nebuloso e improbable en la medida en que el desvencijado bote remonta el río y se adentra en los peligros de la selva. El despropósito del viaje y su distanciamiento de los otros tres tripulantes lo reorienta hacia adentro, en una exploración de su propio paisaje interior, sus motivos, sus afectos, su propia vida. "Siempre me ha sucedido lo mismo: las empresas en las que me lanzo tienen el estigma de lo indeterminado, la maldición de una artera mudanza. Y aquí voy, río arriba, como un necio, sabiendo de antemano en lo que irá a parar todo. Me intriga la forma como se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia. Una fervorosa vocación de felicidad constantemente traicionada, a diario desviada y desembocando siempre en la necesidad de míseros fracasos, todos por entero ajenos a lo que, en lo más hondo y cierto de mi ser, he sabido siempre que debiera cumplirse si no fuera por esta querencia mía hacia una incesante derrota".

Es allí, en ese viaje interior, en esa suerte de corriente que absorbe y empuja hacia viajes y empresas imposibles, en donde reside el encanto del Maqroll, el gaviero. No se trata del personaje invencible, del héroe que triunfa tras haber superado todas las adversidades. Es todo lo contrario. Es esa certeza de la empresa inútil en conjunción con la corriente que arrastra de forma irremediable. Álvaro Mutis insistía siempre en que Maqroll no hablaba por él. "Él es mucho más radical en su pesimismo, mucho más radical en su desesperanza... Ya quisiera yo haber haber sido así de valiente, y haber vivido más, pero no... Yo soy muy cómodo, me gusta leer y escribir". A mí me parecía imposible que aquél compromiso impostergable con el presente, aquellos rasgos tan bien definidos, existiesen solo en su imaginación. Me di a la tarea de leer algo más sobre su vida.

No había terminado bachillerato. Se casó joven, y para ganarse la vida se convirtió en locutor de Radio Caracol. Fue director de Publicidad de Seguros Bavaria, y jefe de Relaciones Públicas de Lansa, hasta que -según García Márquez- ésta derribó su último avión. De allí pasó a la Esso, en donde era el responsable de lo que hoy llamaríamos responsabilidad social. Aprovechando aquél presupuesto abundante empezó a desviar fondos hacia quimeras culturales, lo que provocó una demanda que lo llevó a la cárcel de Lecumberri, en donde pasaría quince meses. Al salir se convertiría en Gerente de Ventas de la Twentieth Century Fox and Columbia Pictures para toda América Latina, posición que ocuparía hasta su jubilación veinte años después. Sus primeros poemas, sus cuentos, y las novelas que les seguirían fueron concebidas en aviones, hoteles, y salas de esperas de aeropuertos. No ha sido la vida del gaviero, que se revuelve en la convicción de que su existencia ha sido equivocada, pero tampoco ha sido una línea recta, ni ha estado exenta de aventuras y desvaríos.

"Maqroll no es feliz nunca, no se viene al mundo únicamente a ser feliz, se viene a vivir, a ser desventurado, a ser feliz, a ser fracasado, a ser útil, a realizar algo que soñamos. Es un ir y venir". Acaso tenía razón. El pasado domingo se consumó la ida del escritor. Maqroll, el responsable de la gavia, la vela en el mástil mayor de la nave, sigue entre nosotros. Así sea para recordarnos que no estamos solos, ni aun estando solos. "Maqroll está solo, en el sentido que todos estamos solos. El pensar que estamos acompañados y que la soledad luego aparece, es un error. Estamos solos, pero hay que saber acompañarse en ciertos trechos de la vida sin hacerse ilusiones".



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CAPRILES EN MIAMI
MARÍA TERESA ROMERO 
Llegué supremamente tarde, como diría un colombiano, al evento público organizado por la MUD y el Miami Dade College. El entretenido juego con los nietos y el palo de agua que caía sobre Miami, me retrasaron más de la cuenta. Ya Henrique había comenzado su charla sobre la lucha por la democracia en Venezuela cuando logré que me dejaran entrar. Tuve que darme de codazos para encontrar un puesto. Nunca me imaginé que iría tanta gente. En el mes y pico que tenía de visita en la ciudad, eran más las piedras que las flores lo que le tiraban al "flaco" los residentes venezolanos con quien tuve ocasión de hablar.

De hecho, durante el evento Capriles tuvo que enfrentar cuestionamientos que le hiciera un pequeño grupo de personas con pancartas en mano e innecesarios reproches a gritos, a los que respondió con claridad y convicción. Se trataba de las críticas de siempre, de las que durante 14 años algunos opositores han lanzado en contra de sus líderes políticos de turno por tomar la vía democrática, electoral, por no ser radicalmente activos. Que sí se vendieron al gobierno, que sí son ingenuos, que sí son cobardes... 

Pero allí se encontraba un gentío, una multitud eufórica que aplaudió a Capriles con contundencia. Fue una grata sorpresa para mí. Es la evidencia que también en el exterior el liderazgo político tiene fuerza y logra crear esperanza hacia el futuro, pese a que la propaganda gubernamental y la depresión de no pocos opositores hacen ver lo contrario. 

Me llamó mucho la atención que entre los presentes también se encontraran otros latinoamericanos igualmente satisfechos con la visita. La familia cubana que tenía sentada a mi lado me explicó que asistían al acto porque Capriles y otros jóvenes líderes venezolanos, como María Corina y Leopoldo, también significaban una salida para Cuba. "Ustedes siempre han dado el ejemplo democrático en el continente, y está vez también lo harán", me dijo la madre con una generosa sonrisa.

Demostrémoslo con el voto masivo en las municipales, digo yo. 

Matero1955@hotmail.com

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¿ES RUSIA UN GRAN PODER?

    Aníbal Romero

Es un error subestimar a Rusia. Napoleón y Hitler lo hicieron y lo pagaron caro. Las cosas fueron distintas con la URSS. Reagan percibió que después de setenta años de idiotez, torpeza y crueldad comunistas la Unión Soviética se hallaba en avanzado estado de descomposición. Sin embargo, la URSS no se “derrumbó”. Pocas veces, quizás nunca, los regímenes políticos colapsan o se producen las llamadas implosiones. Para que un régimen caiga es necesario empujarle al abismo, y eso lograron Reagan, Thatcher y Juan Pablo II con la agonizante URSS.
Luego del fin del comunismo, agotada en sus más hondas raíces nacionales por un sistema político inhumano y atroz, Rusia ha venido dando tumbos en el escenario internacional. La patria de Tolstoi, Sajarov y Solzhenitsyn enfrenta hoy serios problemas, entre ellos el demográfico. La enfermedad comunista dejó como legado, entre otros horrores, una población carente de esperanzas que en buena parte no desea reproducirse. Sumemos a ello una economía dependiente de las materias primas, en particular de recursos energéticos, que se queda atrás en los campos de la educación y la innovación tecnológica, todo esto empeorado por una galopante corrupción.
Sin embargo, insisto, no es inteligente subestimar a Rusia. La razón principal es que la situación de un país tan importante, por su pasado, su geografía, sus recursos naturales y la experiencia acumulada de su gente, no debe medirse exclusivamente en términos materiales o en función de su poderío militar, convencional y atómico. Otro factor de crucial relevancia es la calidad de su liderazgo. No me refiero a los aspectos morales sino a su visión estratégica, capacidad de decisión y voluntad de poder.
Si estos ingredientes son tomados en cuenta, y en vista que la condición de gran poder es siempre relativa a otros, Rusia cuenta actualmente con una apreciable ventaja sobre, por ejemplo, Estados Unidos, Europa y Japón, donde las élites experimentan un período de dispersión interna, extravío estratégico y vocación aislacionista orientada hacia los asuntos domésticos, y en general desinteresada de la geopolítica mundial. El caso de China es más complicado y no mucho sabemos de la situación de sus élites dirigentes, pero estoy convencido de que el poderío chino ha sido exagerado. Los problemas internos que enfrenta China son enormes y su alcance estratégico siempre será limitado.
Putin es un cínico entrenado en las artes del más crudo maquiavelismo. Sus actuaciones muestran que tiene claro que el interés nacional ruso exige actuar con una cuidadosa mezcla de audacia y cautela, juzgando con frío cálculo sus propias debilidades y las de sus adversarios. Esta línea de conducta le hizo ganar, por los momentos, el complicado ajedrez sirio, y Rusia es de nuevo un actor significativo en el Medio Oriente, donde Arabia Saudita y Egipto han decidido que acercarse al oso siberiano es un imperativo estratégico.
En Corea, Vietnam, Irak, Afganistán, y ahora en Siria, Washington no logró imponer su voluntad. Ello desgasta y desconcierta. Estados Unidos ya no es el mismo. En Europa, el complejo de culpa alemán y la crisis del euro paralizan una comunidad que luce decrépita antes de tiempo. Japón no termina de salir del pantano económico y su población envejece. China avanza pero a tientas. En medio de todo esto y a pesar de sus desafíos internos, Rusia retorna al tablero estratégico con base en la fuerza de su élite política y en particular del perspicaz y siniestro Putin. Pocos lo creían posible pero los hechos son elocuentes.


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