miércoles, 28 de enero de 2015

La bancarrota de Maduro

Humberto García Larralde

A Nicolás Maduro le parece mejor insistir en una “guerra económica” que agarrar el toro por los cachos para solucionar la actual tragedia venezolana. Es lo que se desprende de las “medidas” (¿?) anunciadas, que no van a ningún lado, y de la insultadera a factores de oposición con que descarga su impotencia. Pero no se atreve a tocar ese engendro de expoliación montado por Chávez bajo el nombre del “Socialismo del Siglo XXI”. En lo que sí tiene razón -en su discurso del viernes 23-, es en señalar a la “oligarquía parasitaria” como responsable de estos males. Pero, contrario a sus temores, ésta no estaría planificando ningún golpe de Estado, pues desde hace años está muy bien enchufada en el aparato estatal, gracias al comandante eterno. Así que a continuar echándole la culpa al imperio y al capitalismo por el desastre…

Maduro aspira a que la devaluación del híbrido SICAD I/II llene los cofres del Estado para poder continuar con sus prácticas populistas. De ahí su discurso demagógico del miércoles 21, ofreciendo ampliar la cobertura de distintas misiones y su mención de un pírrico aumento de un 15% en el sueldo básico, muy inferior a la inflación. Al informar que seguirá importando alimentos y medicamentos a Bs 6,30/$, anuncia la intención de continuar controlando precios a niveles artificialmente bajos, con más corruptelas y mayor desabastecimiento como secuela. Pero si PdVSA tendrá que reservar unos $10 millardos para cubrir tales importaciones, quedará poco para vender a la nueva tasa SICAD I/II. ¿A cuánto deberá llegar esta devaluación para cumplir con los fines fiscalistas de Maduro? ¿A cuánto se disparará la inflación?

El gravísimo problema económico que enfrenta Venezuela no obedece a insuficiencias fiscales sino a la destrucción del aparato productivo durante los últimos 16 años. La economía hoy es mucho más vulnerable a la suerte del mercado petrolero internacional que antes. El crudo a $40 el barril no alcanzará para financiar todas las importaciones de insumos, maquinaria y bienes de consumo, pero tampoco hay como sustituirlas con producción doméstica. El desabastecimiento y la inflación fueron insoportables con el barril a $100, ¿qué nos espera este año cuando su precio esté por la mitad?

Las exportaciones petroleras en 2013 sumaron $87,1 millardos y en 2014 unos $75 millardos. Este año pueden ser menos de $45 millardos. Pero tampoco es esta la suma que va a ingresar al país. PdVSA debe pagar primero lo del préstamo chino. Este pago, en 2013, fue por $9,7 millardos. Adicionalmente, el Ejecutivo debe apartar otros $11 millardos para pagar deuda externa, si no quiere declararse en default, por lo que quedarán unos $25 millardos o menos para pagar importaciones. En 2012 las compras externas (bienes y servicios) alcanzaron los $75,3 millardos y en 2013, $70,6 millardos. Con la contracción del año pasado, habrían cerrado por debajo de los $60 millardos. Adicionalmente, está la deuda comercial pendiente con proveedores externos, así como los juicios de empresas foráneas exigiendo indemnización a PdVSA y a otras instancias del Estado por contratos violados y/o nacionalizaciones apresuradas. ¿Con qué culo se sienta la cucaracha?

Ante tales expectativas, la opción de financiamiento externo es prácticamente nulo. Ningún organismo internacional, banco o país, arriesgará $20 millardos o más –que es lo requiere Venezuela para cubrir su déficit externo- sin exigir el desmantelamiento del sistema de controles y regulaciones que han destruida a la economía, y sin un compromiso creíble por equilibrar y sanear las cuentas macroeconómicas. El rating crediticio de Venezuela ha sido degradado a honduras nunca antes vistas, anticipando un posible default por simple incapacidad de pago. Las reservas internacionales, por su parte, están en apenas $20,8 millardos y sólo un 14% de éstas son líquidas (el grueso está en oro o en Derechos Especiales de Giro). Al encomendarse a Dios, Maduro confiesa que no tiene idea donde está parado. Le recomiendo leer a Laureano Márquez: Dios ya proveyó pero no entiende cómo fue capaz (el gobierno) de dilapidar tanta dicha.

El Presidente regresó de su larga y costosa gira mundial con las manos vacías. Ni los chinos ni Qatar le  van a financiar el enorme hueco en las cuentas externas, ni Arabia Saudita va a sacrificar cuotas de mercado, regalándoselas a los gringos y a otros nuevos productores, para apuntalar los precios del crudo. Queda como recurso que China refinancie sus acreencias con Venezuela, que se remate CITGO y que se venda la factura petrolera, con fuertes descuentos, adeudada por los países integrantes de PetroCaribe. Asimismo, debe suspenderse el desaguadero representado por el blandísimo financiamiento otorgado a estos países. Pero en el mejor de los casos, todo esto sólo cubriría la mitad de la brecha, desnudando, además, la desesperación del Ejecutivo.

Pero para Maduro y los suyos, no es lo económico lo que les quita el sueño. Piensan que con no levantar los controles ni sincerar la economía, y echarle la culpa al capitalismo por la escasez de los bienes, se contendrá la fuerte caída en su apoyo político. Las colas, además, sirven para doblegar a la gente en borregos sumisos dispuestos a aguantar horas para comprar algunos bienes baratos, “gracias a las bondades del socialismo”. Les tiene sin cuidado que estos controles han generado la inflación más alta del mundo, que han procreado una economía corrupta en la que la reventa de productos o dólares adquiridos a precios irrisorios rinde mucho más que la actividad productiva. Tampoco parece importarles el ausentismo laboral que provocan las colas, ni la escasez de insumos para producir por no contar con las divisas para pagar a los proveedores. Ante la caída en la productividad y los sueldos reales, venden la ilusión de un abastecimiento a precios que no cubren los costos. El FMI pronostica que la economía venezolana caerá un 7% este año.

La respuesta del fascismo gobernante es prepararse para la guerra contra los venezolanos que protestan ante el deterioro de su bienestar y luchan por su libertad. La “guerra económica” -una imbecilidad que solo puede ocurrírseles a ellos-, es la escusa. Así aspiran canalizar el descontento social hacia los supermercados y abastos privados, a la “burguesía apátrida” que atenta contra “el pueblo”. Deben perseguir y encarcelar a gerentes de empresas distribuidoras de alimentos. En este montaje, Maduro tiene el tupé de proyectarse como víctima, cual nuevo Allende, de una conspiración de “ultraderecha” (¡!) cuando, en realidad, encabeza una oligarquía mafiosa de militares, burócratas y boliburgueses, consustanciada con la economía corrupta que ha fructificado bajo la prédica socialista. Rectificar la conducción de lo económico impediría que siguieran esquilmando al país.    

Contrario a su discurso, Maduro transmite una imagen de hombre ignorante, cruel y mezquino, que no sabe dónde está parado pero no le importa, pues cree que basta y sobra con imitar a Chávez y repetir las consignas huecas acuñadas por sus mentores cubanos. Su talante fascista lo impela a reprimir brutalmente a estudiantes, a criminalizar la protesta y a no liberar los presos políticos. Cree que con censurar a los medios, meter preso a tuiteros e intimidar a periodistas, la gente no se va a enterar. Su cinismo y sus mentiras han debilitado tanto el liderazgo que hubiera podido tener entre los suyos que ya no inspira a nadie. Y la torpeza con los ex presidentes latinoamericanos, de negarle la posibilidad de visitar a Leopoldo López, así como las ofensas a sus personas, pone de manifiesto que el Socialismo del Siglo XXI es la Venezuela bárbara de caudillos y montoneras.

Más allá del agravamiento de nuestras penurias, los venezolanos nos enfrentamos a la perspectiva de una creciente anomia por la descomposición del régimen, si no se ataja a tiempo este desbarajuste. Por ello es tan importante el surgimiento de un liderazgo firme de las filas democráticas, que sea capaz de insuflar esperanzas y aunar voluntades, tanto de chavistas decepcionados como de no chavistas, con un mensaje claro sobre la imperiosidad de los cambios necesarios para devolvernos nuestro futuro. Sin reformas, aunque sea dolorosas, no habrá financiamiento externo y, a menos que Dios le haga caso a Maduro elevando el precio del petróleo a pesar de la sobreoferta y la caída de la demanda, nos espera el caos.


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ENTREVISTA A MOISÉS NAIM
"NO HAY NADIE A CARGO"


LETRAS LIBRES
 
Moisés Naím (1952) dirigió durante catorce años la revista Foreign Policy, antes de integrarse en 2010 al Carnegie Endowment for International Peace en Washington, D. C., como senior associate en el departamento de economía internacional. También es director y presentador del programa de televisión Efecto Naím. En 2013 fue incluido por Prospect en la lista de los intelectuales más destacados del mundo y este año fue reconocido como un global thought leader por el Gottlieb Duttweiler Institute por El fin del poder (Debate, 2013, publicado originalmente en inglés por Basic). En este libro Naím, acostumbrado a desafiar la sabiduría convencional, ve en el nuevo (des)orden mundial no una reconfiguración del poder de los Estados-nación, sino una mutación mucho más profunda que atañe al poder mismo y a lo que hasta ahora habíamos comprendido como tal.

¿Qué es el poder?
Es la capacidad de una persona o una organización para hacer que otros hagan o dejen de hacer algo, ahora o en el futuro.
En El fin del poder, usted ha dicho que el poder ya no es lo que solía ser.
Primero debo aclarar de qué hablo. No soy ingenuo y mi argumento no es que el Vaticano, el Pentágono, Goldman Sachs, Google, el gobierno de México o China no tengan poder. El argumento de mi libro es que quienes hoy en día tienen poder pueden hacer menos con él que quienes los precedieron en esos cargos o en esos roles.
“El poder se ha hecho más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder”, escribió. ¿Por qué sucede esto?
Porque las barreras que protegen a los poderosos se han debilitado, se han hecho más fáciles de penetrar. No es que quienes tenían poder lo hayan perdido sino que se ven más restringidos en su capacidad para utilizarlo. Tienen más retadores, más rivales. Y los sujetos de su poder tienen más posibilidades de rechazarlo, ignorarlo o evadirlo. Por todo esto el poder es ahora más efímero.
Muchas personas piensan que lo más importante que le ha pasado al poder en términos de su degradación tiene que ver con internet y otras tecnologías de comunicación e información. Por supuesto, han sido importantes, pero no hay que perder de vista que estas tecnologías son instrumentos y los instrumentos requieren de usuarios y esos usuarios tienen motivaciones e intenciones, de ahí que lo que es vital entender es qué determina o moldea la intencionalidad de quienes utilizan esas tecnologías.
Usted analiza estas fuerzas o motivaciones y las agrupa en tres grandes “revoluciones”: la revolución de “el más”, “la de la movilidad” y “la de la mentalidad”.
La revolución de “el más” simplemente intenta condensar el hecho de que vivimos en un mundo de proliferación, de abundancia, de que hay más de todo, hay más personas, más países, más organizaciones internacionales, más empresas, más redes internacionales criminales, más filantropía, más medicinas y más armas, hay más de todo.
Pero no solo hay más de todo, sino que ese más se mueve más: se mueve la gente, se mueven las ideas, se mueven las empresas, el dinero, los productos, la información, las religiones, los grupos terroristas. Todos somos vecinos, a pesar de que nuestro vecino esté del otro lado del planeta. Esta es la revolución de la movilidad que al combinarse con la revolución “del más” nutre la revolución de la mentalidad. El mundo de hoy está lleno de gente con expectativas, aspiraciones, valores, tolerancias y repudios que no existían antes con tanta intensidad.
Estas tres revoluciones han permitido que lo que usted llama “micropoderes” reten continuamente a los grandes poderes o al poder como solíamos conocerlo. Esto le genera a usted, por un lado, cierta confianza, pero también escepticismo. ¿A qué se debe ese sentimiento encontrado?
Si todas las tendencias que describo en El fin del poder son correctas, ¿qué pasaría? Mi primera respuesta es que esta es una excelente noticia. Lo que describo es un mundo de más oportunidades, sin duda. Es un mundo donde un grupo de jóvenes se puede reunir y promover una nueva iniciativa que logre tener un impacto político enorme, o es una empresa que desde un garaje consigue financiamiento y desarrolla tecnología o una organización que ayuda a los demás o lucha contra un problema importante. Es un mundo en el cual los marginados, los históricamente excluidos de las mesas de las decisiones, tienen mayor oportunidad de que su voz e intereses sean representados. Al lado de esto que es tan buena noticia, hay un área que es preocupante: estas tendencias, en el ámbito de la política nacional, están teniendo efectos negativos que resultan en gobiernos a los cuales les es muy difícil gobernar. El mundo de hoy se ha vuelto considerablemente más ingobernable porque hay una proliferación de lo que Francis Fukuyama ha llamado vetocracia. Esto es: sistemas políticos con una sobrepoblación de protagonistas que detentan una pequeña cuota de poder. Si bien el poder de cada uno no es suficiente para imponer su visión o sus preferencias, sí lo es para bloquear las iniciativas ajenas. Esto lo hemos visto en Estados Unidos, en Europa y en América Latina, en donde se traba el juego político.
¿No es paradójico que históricamente las luchas por las democracias hayan buscado fragmentar y repartir el poder y que ahora sea esa misma lucha la que tiene desempoderados a todos?
Sí, es una paradoja. Para que funcione una democracia no basta con que haya elecciones libres y justas. Es necesario, entre otras cosas, que después de los comicios la división de poderes sea real. Una democracia no solo la define lo que sucede el día de las elecciones sino lo que pasa todos los días entre una elección y otra. Es importante que ninguna institución o individuo tenga el poder absoluto. En muchos gobiernos de América Latina hay una guerra abierta contra esos pesos y contrapesos, y ha sido evidente en los intentos de cambiar constituciones para concentrar el poder. Lo hemos visto en el Ecuador de Rafael Correa, en la Nicaragua de Daniel Ortega, en la Argentina de Cristina Kirchner y, por supuesto, en la Venezuela de Hugo Chávez.
Y, al tiempo que institucionalmente vemos una intención para concentrar el poder, hay una sociedad en efervescencia que de manera constante sale a la calle a protestar. En Brasil, Chile, México, Venezuela y Colombia vemos marchas que buscan reivindicaciones sociales o cambios políticos. Vemos gente en la calle enfrentada a las brigadas de choque, tomas de autopistas, barricadas en las principales arterias de esos países. En estos momentos la sociedad se está expresando no solo a través de los votos.
Y esto, por principio, no le parece mal. Lo que a usted le preocupa es el tema de la gobernabilidad.
Me parece bien que autócratas y dictadores se vean más limitados en su capacidad de abusar de la población. Es algo a lo que debemos darle la bienvenida. Mi preocupación no es solo con los dictadores, sino también con las democracias que no logran funcionar porque se transforman en vetocracias.
Una de las metas del liberalismo era la lucha en contra del poder jerarquizado y centralizado, pero ahora parece que el poder se ha segmentado a tal punto que se ha puesto en jaque la gobernabilidad misma. Si la gobernabilidad está en peligro, pero queremos que estos micropoderes sigan existiendo sanamente, ¿cuál es la alternativa?
Una alternativa, que es mi recomendación y que sé muy bien que no es fácil de aceptar, es la de mejorar, fortalecer, modernizar y adecentar los partidos políticos. Pocas instituciones hoy en día son tan despreciadas y vilipendiadas como los partidos políticos. Han dejado de ser el hogar natural de los idealistas. Las personas decentes sienten que los partidos políticos son antros de corrupción, oligarquías excluyentes que no permiten la entrada de nuevas ideas y de nuevos protagonistas. Poca gente piensa que los partidos están al servicio del país o de los intereses colectivos. Muchos solo existen para enriquecer a sus dirigentes y militantes. Se han ganado su mala reputación, pero la solución no está en las ong que se dedican a un tema único, ni en los grandes movimientos catárticos que salen a protestar a las calles. La energía política, la participación, tiene que terminar en algo concreto que puede ser un cambio en las políticas públicas, un cambio en las instituciones, un cambio en la manera de gobernar, o un cambio de los gobernantes. Todo eso es lo que en teoría deben hacer los partidos políticos. Interpretar, agregar y canalizar las preferencias y necesidades de la comunidad a la que sirven. No puede existir una democracia sin partidos políticos.
Curiosamente los partidos políticos son una de las instituciones cuyas barreras de entrada se mantienen muy altas.
Esa es una preocupación muy mexicana. En otros países los partidos políticos monolíticos, permanentes, potentes, históricos e impenetrables –como los que ahora hay en México– desaparecieron. Los partidos políticos no están exentos de las mismas fuerzas que están minando el poder de los grandes bancos, las grandes maquinarias militares, las grandes organizaciones religiosas o las más poderosas empresas.
¿No resulta contraintuitivo que ahora que se ha logrado fragmentar y dispersar el poder se nos pida que confiemos en los partidos políticos?, ¿la idea de dejarlos afianzar las riendas para que nos bien gobiernen?
No. Y quiero aclarar que de ninguna manera estoy diciendo que debamos fortalecer a los partidos políticos existentes con todos los vicios que acumulan y que los hacen antipáticos o inaceptables para la gran mayoría de la sociedad. Estoy argumentando que la gente honesta y comprometida del mundo tiene que inscribirse y participar en partidos políticos o crear nuevos partidos que no tengan los defectos de los partidos tradicionales. Deben tomar las virtudes de las ong, los movimientos y las redes sociales y combinarlas con aquellas propiedades que solo tienen los partidos políticos. Los partidos deben ser más dinámicos y ágiles, más horizontales, más innovadores y más transparentes y más capaces de recoger el sentido y las necesidades de la población y transformarlos en un plan de acción y agendas para gobernar.
Imagino que inevitablemente sucederán casos como el Movimiento 5 Estrellas, de Beppe Grillo en Italia, que logró un gran éxito en las elecciones pero su nula experiencia gobernando los ha metido en aprietos.
Que también es la misma experiencia del Partido del Hombre Común en India, creado a finales de 2011. Tuvieron un gran eco entre los votantes, pero les ha sido difícil gobernar y han perdido influencia. En el mundo están proliferando los partidos y micropoderes que repudian a los partidos políticos tradicionales, muchos de ellos disputan seriamente el poder de los poderes tradicionales. Lo vemos en Gran Bretaña con el partido ukip. Y en Venezuela: Hugo Chávez era un micropoder que logró desmantelar partidos políticos que parecían permanentes e intocables.
En El fin del poder cita a Zbigniew Brzezinski, exasesor en Seguridad Nacional durante el gobierno de Jimmy Carter, sobre la era posthegemónica y a Randall L. Schweller sobre la nueva era de la entropía y por qué el nuevo orden mundial no será ordenado. Y en Efecto Naím se lee una entrevista en la que Richard Haass, exasesor de Colin Powell, declaraba que “sin Estados Unidos no hay orden mundial”. ¿No hay cierta nostalgia por el fin de las hegemonías? ¿Una preocupación porque en medio de la constante fragmentación del poder parece que ya nadie tiene la sartén por el mango?
Niego y rechazo que tenga nostalgia por la hegemonía. Mi respuesta a eso está en esta gráfica que aparece en el libro
En el extremo izquierdo el poder está lo más concentrado posible. Ese es el mundo de los monopolios y los dictadores. A medida que el poder se va difuminando –moviéndose a la derecha– los poderosos ya no tienen la capacidad de hacer lo que les dé la gana. ¡Y eso es bueno para la sociedad! Pero llega un momento en que puedes caer en el punto extremo de la derecha, que es la anarquía, el caso de países fallidos, como, por ejemplo, Somalia. Ahí no hay hegemonía de nadie y si nadie tiene el poder de imponer un mínimo de orden y la capacidad de hacer respetar las leyes y el Estado no puede desempeñar funciones básicas, eso se llama un “Estado fallido”. No es lo mismo la nostalgia por la hegemonía que la preocupación por las anarquías.
Entiendo la preocupación sobre la fragmentación del poder político, pero ¿hay algún tipo de fragmentación del poder que no solo sea deseable sino que deba fomentarse?
Absolutamente, cada vez que se pueda. Ningún monopolio es bueno, ni en política, ni en economía, ni en ciencia o cultura o deporte. La competencia es siempre deseable.
Me he concentrado en el poder político porque la emergencia más grande que tiene la humanidad no ocurre debido a la parálisis en la toma de decisiones en el poder nacional, sino en la toma de decisiones urgentes a nivel global. Estoy pensando en la capacidad que ha mostrado el mundo para actuar frente al cambio climático, para enfrentar la proliferación de armas nucleares o las turbulencias financieras. A medida que las tres revoluciones han ido profundizándose, ha aumentado la cantidad de problemas que no son susceptibles de ser solucionados o mitigados por un país actuando solo. Ni siquiera las superpotencias en solitario logran enfrentar con éxito estos grandes retos globales. Necesitamos un mundo con mayor capacidad para actuar en concierto, pero precisamente esa capacidad de actuar en conjunto ha menguado porque a nivel nacional los gobiernos que se sientan en las mesas internacionales a negociar acuerdos con otras naciones están muy debilitados. Un ejemplo que ilustra esto: tenemos a los gobernantes reunidos alrededor de una mesa para discutir cómo disminuir sus emisiones de co2una gran amenaza para la humanidad, sobre eso no hay duda científica. Sin embargo, aunque el mundo conoce la amenaza climática, no puede actuar colectivamente sobre esta cuestión, porque las decisiones implican costos para los países y esos costos son políticamente impopulares. Quienes se sientan en las convenciones internacionales saben que una vez que se dieron la mano y llegaron a un acuerdo, cada uno debe volver a sus países y enfrentar a los micropoderes, a la vetocracia y a los partidos políticos tal y como los conocemos. Y por supuesto ellos saben que de regreso en su país no cuentan con el apoyo político para autorizar el acuerdo al que llegaron en las reuniones internacionales. En el fondo mi preocupación son las grandes emergencias que enfrenta la humanidad y que no están siendo atendidas con la eficacia y la velocidad necesarias.
Esta entrevista es parte de un dosier que se llama “El nuevo desorden mundial”...
Decir que el mundo está pasando por convulsiones que no tienen precedentes no es sorpresa para nadie. Basta oír las noticias o leer los periódicos. Ha habido, además, una gran cantidad de textos que abordan el tema. ¿Qué tiene en común el análisis de esos textos? Que están en su mayoría focalizados en las actuaciones de los Estados-nación. En cambio lo que enfatizo, y de eso trata El fin del poder, es que los Estados-nación son influidos por las tres revoluciones de tal manera que no son susceptibles de ser intervenidos directamente por un gobierno. Un titular que diga “El mundo está alborotado” no me va a impresionar. El titular más realista es “No hay nadie a cargo”. ~


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UTOPÍAS DESGARRADORAS

Javier Solana

MADRID – Emigró de Argelia buscando una vida mejor. Llegó a París para escapar de la pobreza, de la marginación y la falta de futuro. Logró un trabajo de baja cualificación, tuvo hijos y también nietos. Ellos ya eran franceses, tuvieron derecho a la educación y a la sanidad, pero para ellos ya no era suficiente tener un techo digno y agua caliente en casa. Vivían en un país en el que no lograron integrarse, en barriadas con muchas familias como la suya, sin un ascensor social que les asegurara el futuro. Su paraíso estaba roto. Buscaron una utopía y fue la peor de las posibles.
Esta historia se ha repetido millones de veces en los países de Europa occidental. La gran mayoría de las veces termina formando bolsas de pobreza y exclusión. En el peor de los casos, acaba en las redes de captación de grupos terroristas, criminales, radicales o fanáticos, que ofrecen lo que la sociedad en la que viven no ofrece: sentido de pertenencia, identidad, objetivos vitales y búsqueda de ilusión; pero también mentiras, autodestrucción y muerte.  
Los atentados de París y la operación antiterrorista en Bélgica han puesto a Europa frente al espejo. Los emigrantes de segunda o tercera generación, ya ciudadanos europeos de pleno derecho, están en el punto de mira. La falta de integración, es decir, la exclusión social, es el problema que subyace y el que necesita ser arreglado cuanto antes. Está indisolublemente asociado a la creciente desigualdad que golpea, como consecuencia de la crisis, a Europa.
Las personas necesitan esperanzas que llenen la vacante de la desilusión. Aferrarse a una utopía, a un proyecto ilusionante que implique la realización personal y colectiva es fundamental. Ahora, en tiempos de crisis, es más evidente que nunca. No es casual que emerjan opciones populistas de todo signo, pero tampoco que los grupos terroristas extiendan sus redes de captación por la sociedades europeas. El debate sobre la emergencia yihadista está de nuevo en lo más alto de las prioridades, y las decisiones políticas debieran saber leer la situación sin caer en la tentación del enfrentamiento entre culturas.
Francia estima que más de 1.200 personas están implicadas en las redes yihadistas sirias. Reino Unido en torno a 600, Alemania 550 personas. Bélgica ha exportado ya 400 ciudadanos a la combatir por la guerra santa en Siria. Lo mismo ocurre en otros países europeos, como España. Otros, como los asesinos de París, han actuado en suelo europeo. La labor de seguimiento de los servicios de inteligencia es crucial, pero no lo es menos detectar las causas profundas para encontrar soluciones duraderas. Éstas no son policiales ni legales, son sociales y a largo plazo.
El esfuerzo occidental, por ello, debe ir mucho más allá que la defensa de la libertad de expresión y la coordinación policial. También del falso debate entre libertad y seguridad. Si la seguridad condiciona las libertades que caracterizan al mundo occidental, el fanatismo podrá apuntarse un tanto. Del mismo modo, si avanza la islamofobia, el racismo o la xenofobia, Occidente habrá sufrido una derrota. Las palabras de Angela Merkel junto al primer ministro turco, haciendo suya la afirmación del expresidente Christian Wulff sobre el islam, junto al cristianismo y al judaísmo, como “parte de Alemania”, marcan el camino a seguir. Debemos ser capaces de convivir e integrar a los musulmanes de primera, segunda o tercera generación en las sociedades europeas. No se ha conseguido hasta ahora. Pero la convivencia no es importante solo dentro de nuestras sociedades. El mismo principio debe aplicarse a nivel global. La convivencia, respeto y tolerancia debe llegar a la escena internacional, de manera que se conforme un marco inclusivo donde avanzar hacia el desarrollo social de los países islámicos y se rechace claramente a los fanáticos. El cristianismo necesitó siglos para llegar al nivel de desarrollo del que hoy goza, lastrado por disputas internas y los fundamentalismos destructivos. Afortunadamente, hoy, son problemas del pasado.
La religión no es sólo una fe o una creencia, también es una institución, un lenguaje e incluso un mercado donde se compite por creyentes. El radicalismo terrorista trata de consolidarse como única institución verdadera del Islam, imponiendo su lenguaje para copar todo el mercado musulmán. El Estado Islámico y Boko Haram se suman hoy a Al Qaeda, enzarzados en una lucha interna por liderar el yihadismo global y atraer a musulmanes de todo el mundo hacia sus filas. El Estado Islámico, las fallidas transiciones árabes (con la excepción de Túnez) y la violencia en Siria, Irak, Libia o Yemen cambian el tablero global en el que debe analizarse la nueva emergencia del terrorismo yihadista.
Las revueltas árabes se produjeron en un contexto de estancamiento social, desempleo y hastío de las dictaduras imperantes en Oriente Medio y el Norte de África. El fracaso, con la excepción tunecina, deja a millones de jóvenes sin expectativas, frustrados por lo que pudo ser y no fue. La ilusión está rota dentro y fuera de los países musulmanes. La yihad, como cualquier otro mensaje simplista, radical y reduccionista, es capaz de seducir a mucha gente sumida en la desesperanza. La vacante que deja el desánimo se puede ver fácilmente cubierta con fanáticos que posan ante banderas negras. No debemos permitirlo.
Las intervenciones militares occidentales han demostrado sobradamente su fracaso, como demuestra el caso afgano o iraquí. Occidente debe ser consciente de que hay un conflicto dentro del mundo musulmán que no se puede ganar con bombas ni intervenciones extranjeras. Deben ser los propios musulmanes moderados, la gran mayoría, la que venza. Debemos encontrarlos, acercarnos, apoyarlos e integrarlos. Dentro y fuera de nuestros países. Son la gran esperanza de paz para un contexto tan volátil e inestable como el que nos rodea.

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SOBRE WINSTON CHURCHILL

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El pasado día sábado 24 de enero se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de Winston Churchill, una de las figuras históricas más importantes del siglo XX.
Churchill fue un personaje complejo y de múltiples facetas, como casi siempre ocurre con individuos de su categoría e impacto en el curso histórico. Se distinguió como soldado, periodista, político e historiador; pero por encima de todo fue un líder en el sentido más profundo de la palabra. Como lo argumenta Ronald Heifetz en su libro de 1994, Liderazgo sin respuestas fáciles, ser líder significa guiar enseñando; en otras palabras, la esencia del liderazgo es pedagogía, y un verdadero líder es aquel que ayuda a otros a enfrentar retos y problemas exigentes sin pretender que los mismos son susceptibles de soluciones simples, mágicas o carentes de costos.
Churchill tuvo una larga vida que no careció de vaivenes, de subidas y bajadas, de contradicciones, de polémicas, de triunfos y reveses. Se equivocó en no pocas ocasiones, pero también tuvo grandes aciertos como estadista y conductor de su pueblo en su hora más dramática. Sin duda alguna, la cúspide de su carrera tuvo lugar entre 1940 y 1945, y muy en particular durante el período de mayo-junio de 1940, cuando Francia sucumbió ante el ataque de Hitler, y la Batalla de Inglaterra en los meses de verano y otoño de ese año. Como el mismo Churchill lo expresó en sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, durante esa etapa crucial la Gran Bretaña estuvo sola. Francia había capitulado, la URSS seguía atada a la Alemana nazi a raíz del pacto Hitler-Stalin de agosto de 1939, y Estados Unidos solo entraría en la guerra hacia fines de 1941, después del ataque japonés en Pearl Harbour.
A lo largo de pocos meses decisivos se produjo uno de esos fenómenos misteriosos, en los que un pueblo encuentra su  representación y su voz en un individuo, en una persona singular que encarna a la vez una convicción y una voluntad. El destino de Europa, de Occidente y de la libertad se jugó entonces en los cielos de Inglaterra.
Los caminos de Churchill y del pueblo británico no habían marchado de modo sincronizado durante los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Al final de la primera conflagración mundial, en 1918, la sociedad británica, extenuada y herida hasta lo profundo por los inmensos costos humanos y materiales de ese conflicto, había optado por el pacifismo y una extendida pasividad frente a los eventos internacionales. Sus dirigentes de entonces, hasta llegar a Chamberlain en la década de los treinta, no hicieron realmente sino manifestar los deseos predominantes entre su pueblo, proyectando una diplomacia de conciliación y apaciguamiento con respecto a las convulsiones europeas de la época, y de modo especial hacia las arremetidas del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán.
El pueblo británico quería la paz, y la diplomacia de conciliación con Hitler y Mussolini desarrollada por sucesivos gobiernos en Londres expresaba ese deseo. Igual impulso de apaciguamiento hacia los dictadores totalitarios dominaba la diplomacia francesa, y semejante propósito de diálogo y negociación casi a toda costa llegó a su humillante conclusión en el infame acuerdo de Munich de septiembre de 1938, suscrito por Chamberlain, Daladier, Hitler y Mussolini, mediante el cual la Gran Bretaña y Francia cedieron a las presiones nazis, y sin disparar un tiro ni consultar a las víctimas aceptaron el desmembramiento de Checoslovaquia y la incorporación de la mitad de ese país al Reich alemán.
Hasta ese momento, aunque abrigando crecientes dudas, los británicos habían respaldado a Chamberlain, a pesar de las incesantes advertencias de Churchill. El acuerdo suscrito en Munich había contado con reiteradas promesas de Hitler, según las cuales con la anexión de parte sustancial del territorio checo sus ambiciones territoriales habían sido colmadas, y ya no buscaría expandir más allá el poder nazi en Europa. Pero Churchill comprendía la verdadera naturaleza del enemigo. La hazaña de Churchill fue primeramente intelectual y psicológica, y consistió en entender a tiempo que Hitler era un verdadero revolucionario, es decir, un actor histórico con objetivos ilimitados que no sabía detenerse, y con el cual todo diálogo y toda negociación no eran otra cosa que eslabones tácticos de una cadena aferrada a la meta estratégica del poder absoluto.
Si bien durante esos años anteriores a la claudicación de las democracias en Munich, Churchill se había dedicado con incansable tesón a advertir y alertar acerca de quién era Hitler y qué representaba el nihilismo nacionalsocialista, los británicos en general prefirieron evadir el panorama que el ya viejo político dibujaba persistentemente con sus discursos parlamentarios, artículos de prensa e intervenciones radiales. No se trató de que los británicos le ignorasen por completo, sino que simplemente escogían mirar con aprensión hacia otro lado.
Munich fue un momento clave. Cuando pocos meses después, en marzo de 1939, Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia violando así sus más solemnes y repetidas promesas, se produjo en lo más hondo de los espíritus de millones de británicos una sacudida fundamental y una decisión sin retorno. Se hizo evidente para ingleses, galeses, escoceses e irlandeses, en una especie de revelación súbita pero raigal, que ante Hitler el apaciguamiento no funcionaba, y que el diálogo, la conciliación y la negociación con el Fuhrer nazi no significaban sino pasajeros fuegos de artificio que dejaban atrás solamente la huella de un espejismo.
Una política de apaciguamiento, como han apuntado diversos autores, solo tiene sentido si se lleva a cabo con relación a actores políticos “normales”, es decir, actores políticos con propósitos limitados, así como dispuestos, como ocurre en genuinas democracias, a ceder el poder pacíficamente de acuerdo con la libre voluntad popular. Pero ante actores revolucionarios, cuyos objetivos son ilimitados, una política de apaciguamiento es expresión de un error de diagnóstico, de una equivocación analítica, y también a veces de una claudicación moral. Por esto último mi frase favorita de Churchill es la siguiente: “La guerra es mala, pero la esclavitud es peor”. A veces resulta imperativo e inevitable confrontar, pues la alternativa es una indigna e irreparable sumisión.
Durante los meses heroicos de junio a noviembre de 1940, cuando la Real Fuerza Aérea británica doblegó a la Luftwaffe e impidió a Hitler el dominio del aire, condición indispensable para invadir Inglaterra, Churchill se convirtió en el líder, el inspirador y el pedagogo de un pueblo que superó todas sus dudas, para entregarse con extraordinaria tenacidad, generosidad y valentía a la tarea de derrotar a Hitler y el nazismo. A esa etapa pertenecen memorables discursos, en los que Churchill, a la vez de decir la verdad y explicar a los británicos que la victoria exigiría “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” (“blood, toil, sweat, and tears”), transmitió una vibrante e indoblegable fe en el triunfo, escribiendo un hermoso capítulo en el libro que narra las luchas por la libertad.

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EL LEGADO DE KING

Pedro Pablo Fernandez

Las luchas de mayor trascendencia positiva ocurridas en la humanidad han sido posibles porque han estado dirigidas por líderes con una gigantesca autoridad moral que solo se alcanza con testimonios de honestidad y coherencia. En la India, un líder con un bastón y una cabra, que parecía no tener fuerza para mantenerse de pie, puso de rodillas al Imperio Británico en los momentos de su mayor poderío. 
Fue Martin Luther King, Jr. el que hizo posible el reconocimiento de igualdad de derechos para los negros en Estados Unidos. Obama no hubiera sido presidente sin Luther. Fue Nelson Mandela con su testimonio personal y con la consecuencia absoluta con principios y valores el que hizo posible el fin del Apartheid en Suráfrica. 
Ninguno de los tres podía derrotar al enemigo por la fuerza. No tenían armas, ni ejércitos ni tanques. Los tres obtuvieron la victoria por el poder que acompaña a una monumental autoridad moral y soportaron injusticias y persecuciones sin caer en la tentación de odiar.
Con todas las humillaciones a las que eran sometidos los negros, King decía: “No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio”. “Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas para enfrentar la fuerza física con la fuerza del espíritu”. Los tres tuvieron que enfrentar a sus opresores y también a la incomprensión de compañeros de lucha que no entendían que, como decía Gandhi, “la paz es el camino”.
Mandela escribe en su autobiografía Largo camino a la libertad: “Mi gente decía que yo tenía miedo, que era un cobarde por tender la mano a los afrikáners. No les dije nada. Sabía que tenía razón. Sabía que ese era el camino hacia la paz. Al cabo de algún tiempo lo comprendieron. Han visto los resultados. Vivimos en paz”.
No fueron comeflores, no fueron cobardes, no fueron colaboracionistas, no los compró el régimen, no complacieron a la mayoría, no revisaron las encuestas para decir lo que la gente quería escuchar, no. Fueron inteligentes, valientes, tuvieron coraje para hacer lo que consideraban que era correcto y tenían razón. Su perseverancia logró dignificar a sus pueblos.
En su discurso “I have a dream”, King dijo: “Yo tengo el sueño de que mis cuatro pequeños hijos vivan en una nación donde no sean juzgados por el color de su piel, sino por la fuerza de su carácter”.


Pedro Pablo Fernández

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LOS CABALLEROS DE LA MESA REDONDA

John Carlin

El País

Domingo, doce de la mañana, horario de misa. Faltan cuatro días para Navidad y el recinto está repleto; el ambiente, festivo; el fervor ante la inminente llegada del elegido, in crescendo.Gente de todas las edades, de los dos años a los ochenta, la mayoría de pie, con los ojos puestos en una puerta al fondo de la sala por donde saldrá el hombre llamado a señalarles el camino. Pasan los minutos —doce y cinco, doce y diez, doce y cuarto— y aún no aparece. Pero la multitud no se desanima. Se deleita con la sensación de estar participando en un momento histórico y corea una consigna tras otra, todas cargadas de ilusión, aunque de origen diverso.
“¡Sí, se puede!”, eco del “Yes, we can” de la campaña electoral del presidente de Estados Unidos; “¡El pueblo, unido, jamás será vencido!”, importada de América Latina, de las luchas antiimperialismo yanqui; “A por ellos, ¡oé!”, de la liturgia futbolera; y “¡Paaablooo! ¡Paaablooo!”, al ritmo que marcan los fieles del vecino Camp Nou —“¡Meeessiii! ¡Meeessiii!”— cuando aclaman a su ídolo.
El lugar, el Palau Municipal d’Esports de Vall d’Hebron, barrio obrero de Barcelona; la fecha, el 21 de diciembre del año recién concluido.
Falta casi un año para las elecciones generales españolas pero ya huele a victoria aquí en el Vall d’Hebron. Es el primer acto multitudinario de Podemos, el partido político líder según las encuestas nacionales, en tierras catalanas. Unas 2.500 personas dentro del pabellón y otras mil afuera aclaman a Pablo Iglesias, profesor de Ciencias Políticas de 36 años que, justo un año antes, con otros cuatro catedráticos de la Universidad Complutense de Madrid, decide fundar Podemos. Ahora es su secretario general, primus inter pares y cara pública de la nueva formación, el líder de la primavera española que hoy agita a la vieja Europa.
Viste camisa blanca, vaqueros azules, zapatos deportivos negros con rayas blancas, marcando la diferencia con la encorbatada burguesía. Podemos representa cambio, futuro y modernidad, pero la coleta larga que luce le da un aire rockero años setenta.
La simbología es algo confusa, como las consignas, como las palabras del propio Iglesias. Es catedrático pero el plato fuerte de su discurso es un cuento para niños, una fábula sobre gatos y ratones de fácil digestión para todas las edades: los gatos son los malos, los representantes de la casta dominante, y los ratones son el pueblo, los buenos. Dice —su tono urgente, disparando palabras como balas— que ni él ni ninguno de los fundadores de Podemos son Podemos: “¡Podemos sois vosotros!”, para luego agregar: “Hay cientos de miles que dicen ‘El de la coleta soy yo”. Declara: “Yo soy de izquierdas”, pero al instante matiza: “El poder no teme a la izquierda sino a la gente”. Y afirma: “No he venido a Cataluña a prometer nada a nadie. No me fío de los políticos que hacen promesas”.
Pablo Iglesias, candidato a la presidencia por Podemos en Barcelona, el diciembre pasado. / Consuelo Bautista
El público en el pabellón de Vall d’Hebron no deja de aplaudir, pero queda por ver si, a la hora de votar, una mayoría de españoles estará dispuesta a fiarse de un partido político que no hace promesas. Quedan muchas preguntas por contestar. ¿Qué ha hecho Podemos para convencer a tantos en tan poco tiempo? ¿Cómo son sus dirigentes, sus activistas, los nuevos conversos a la causa? Y, ante todo, ¿qué quiere Podemos?
En la sede del partido, en la plaza de España en Madrid, reina el ambiente despacho-garaje de una start-up californiana. Unos diez jóvenes en vaqueros y camisetas trabajan intensamente en una ambiciosa misión: conquistar los corazones y las mentes del público votante español. Sus armas, ordenadores portátiles y teléfonos móviles, las herramientas digitales con las que Podemos ha logrado amplificar el mensaje del partido con tan frenética efectividad.
Aquí no gusta el concepto de jefe pero Miguel Ardanuy, de 25 años, es el cerebro del sector de Podemos que en otros tiempos se hubiera denominado “propaganda” pero que ellos llaman “participación”.
“Sin las redes sociales no estaríamos donde estamos hoy en las encuestas”, cuenta Ardanuy, que estudió Ciencias Políticas en la Complutense, habla como si tuviera prisa como Iglesias y luce dos colas rastas, largas y finitas. “En otra época uno transmitía su mensaje yendo de puerta en puerta”, dice. “Hoy todo ocurre al instante”.
Gracias a Internet los simpatizantes de Podemos, 300.000 de ellos suscritos a la página web Plaza Podemos, son todos vecinos. A través de esta plataforma, de Twitter y de una aplicación para móviles llamada Appgree han armado foros de debate que aportan ideas al proceso de decisiones del partido y a la vez funcionan como un servicio de datos, ofreciendo la materia prima con la que el liderazgo afina los mensajes que tienen mayor resonancia entre la población.
Así Podemos ha ido destilando las claves de su vendedora “narrativa” y de ahí también las frases hechas que Ardanuy y sus compañeros oficinistas-militantes salpican en la conversación: “Nosotros representamos la ilusión”; “el PP y el PSOE están osificados”; “adiós a la casta corrupta que nos gobierna” (la casta, la palabra más utilizada en el lexicón de Podemos), y la frase que repiten una y otra vez, “no somos ni de izquierda ni de derecha”.
Esta última es a la vez la consigna que más polémica genera y la que más alcance tiene. Indigna a la izquierda tradicional, de la que se han distanciado, pero al mismo tiempo, apelando a lo que Podemos llama el “sentido común”, despeja miedos y despierta entusiasmo en un amplio sector de la población. Es la fórmula para construir lo que Pablo Iglesias llama “una marca ganadora”.
No todos los rebeldes de Podemos son jóvenes. Jesús Montero, de 51 años, es el recién electo secretario municipal del partido en Madrid. Trabaja en la Complutense (todos los caminos de Podemos se originan aquí) en un alto cargo de administración.
De tez y físico delgados, luce una ligera barba blanca y una pequeña gorra de cuero, lo que le proporciona un aspecto medio Quijote, medio Lenin. Pero, a diferencia de Iglesias y Ardanuy, habla de manera medida y serena, seguramente más pausado que cuando inició su trayectoria política a los 14 años como organizador de una huelga en el colegio. Influido por “curas politizados”, a tal punto que durante un tiempo pensó que él mismo iba para cura, se incorporó a las Juventudes Comunistas y fue elegido secretario general cuando tenía 20 años. De ahí pasó a ser uno de los fundadores de Izquierda Unida en 1986, partido que dejó en 1997 tras una crisis interna, pero el año siguiente acudió con entusiasmo a Chiapas, en México, a observar de cerca la revolución zapatista del subcomandante Marcos. “Ahí surgió la idea de que otro mundo es posible, en contra de la globalización y la revolución conservadora de Reagan y Thatcher”, dice. Pero el zapatismo tampoco prosperó y la izquierda española “naufragó por falta de audacia”. En 2003 abandonó toda militancia organizada.
Once años después, la vida le ha ofrecido una segunda oportunidad. “He recuperado la ilusión. Venimos a democratizar el poder y remoralizar la vida pública, a sacar el discurso de los bares a la plaza, a restaurar el vínculo entre la gente y el gobierno, que ha tratado a la gente como si fueran menores de edad”.
Para restaurar el vínculo hay que acabar con el paternalismo de los partidos tradicionales, dice. En otro momento de su vida quizá hubiera dicho que había que acabar con el capitalismo también. Ya no.
“No todos los empresarios son iguales”, afirma. “Hay dos culturas empresariales. Una es casta, la otra quiere contribuir al bienestar social, como la familia Botín en el Banco Santander”. ¿Habla en serio? “¡Sí! Yo estoy convencido de que hay empresarios de buena voluntad. Hay sectores del capitalismo emprendedor que saben que necesitan un país con menos desigualdad social, que entienden que así expanden su mercado. Seguro que Ana Botín [presidenta del Banco Santander] se vería con Pablo Iglesias y hablarían de estas cosas”.
Menos matizado fue el populista mensaje —prácticamente el único mensaje— que se lanzó durante un acto de Podemos que presidió Montero unas horas más tarde en el barrio céntrico obrero de Madrid, Lavapiés. “Vamos a echar a la mafia económica y política, vamos a echar a los golfos, vamos a recuperar Madrid para los ciudadanos”, y “vamos a acabar con el austericidio”, y “vamos a acabar con la vieja política y vamos a crear una democracia participativa” fueron las consignas más coreadas.
La democracia participativa es más posible hoy que nunca gracias a la revolución digital, dice Montero cuando le toca su turno de hablar, y anuncia que Podemos va a lanzar una campaña para que todo el mundo tenga acceso a la web y pueda así tener un impacto directo sobre las políticas de Podemos. Como ha propuesto Pablo Iglesias, “cada vez que haya que tomar una decisión en Podemos que sea compleja y difícil propondremos que vote la gente”.
La idea es bonita, pero surgen un par de dudas. Primero, se parte de la base de que las grandes mayorías comparten o pueden llegar a compartir la pasión por la política de los politólogos y sociólogos que han creado Podemos, cuando quizá la realidad sea que en España, como en todos lados, la política es un deporte minoritario. Segundo, se opera según la premisa, alimentada hoy por el fenómeno de referendos virtuales permanentes que ofrecen las redes sociales, de que la opinión del pueblo debe ser escuchada. Pero, como se vio en Alemania en su día, la sabiduría de las masas es un concepto cuestionable, muchas veces basado en la ignorancia o en la histeria colectiva. En temas delicados y complejos de economía, o de política extranjera, las ideas que aporta la masa tuitera a las grandes cuestiones del día pueden resultar de poco más valor que las de los pasajeros al piloto cuando un avión atraviesa aires turbulentos.
Alguien que conversa sobre política con la desenvoltura y pasión de un fanático del Real Madrid sobre el fútbol es Íñigo Errejón. Señalado por algunos como el verdadero genio de Podemos, tiene el aspecto de un chico de 16 años, aunque tiene 31. Como los otros cinco fundadores de Podemos, Errejón es profesor en la Complutense.
El secretario de Política de Podemos, Íñigo Errejón, el pasado noviembre, en Madrid. / Hugo Ortuño (EFE)
Sus gafas le dan un aire Harry Potter, motivación adicional para preguntarle por el truco mágico que ha transformado a militantes de izquierda como él en políticos pragmáticos todoterreno.
“La mayor parte de la gente no se ve representada hoy ni en los dos partidos políticos dominantes, ni en la vieja izquierda”, responde. “Izquierda y derecha son metáforas, son nombres nada más, y no son eternos. Nosotros representamos el sentido común contenido en una identidad transversal y popular, frente a la oligarquía”.
Errejón emana una enorme confianza en sí mismo unida a una casi agotadora hiperactividad mental. Pero esa palabra, oligarquía, chirría un poco en alguien que pretende alejarse de los tópicos de la vieja izquierda, como también chirría la asociación de los líderes de Podemos con la Venezuela de Hugo Chávez, según Pablo Iglesias, “una de las democracias más saludables del mundo”.
¿Cómo encaja la admiración por el chavismo venezolano, que tras 15 años de gobierno ha llevado al país latinoamericano al borde de la ruina, con el ecumenismo que profesa Podemos? Errejón no responde ¿Vene... qué?, pero casi. Descalifica cualquier noción de que Podemos piense en replicar el modelo de Venezuela. “España no es un país como Venezuela, con petróleo. Es otra cosa. El Estado funciona, el PIB es mucho más alto, no viven pobres en la montaña sin luz”.
Pero entonces, ¿cuál es el programa? Es la pregunta que todos los sectores opuestos a Podemos hacen, pero Errejón insiste en que el partido es un recién nacido y es prematuro exigir “mañana mismo” muchos detalles al respecto.
Lo que sí tiene Podemos es lo que más necesita un partido que pretende ganar elecciones: una narrativa identitaria al alcance de todos. Se presentan al imaginario colectivo como los caballeros de la Mesa Redonda que, junto al pueblo enardecido, pretenden atacar, despoblar y ocupar el castillo negro donde se atrinchera la despiadada casta. Errejón no discrepa de la metáfora pero matiza que “aún falta mucho para llegar a las murallas”.
En caso de que lleguen, Errejón no menosprecia la enormidad del reto al que Podemos se enfrentaría. Sueña, pero con los ojos abiertos. “Si ganamos las elecciones, ahí empieza el partido de verdad. Ahí competimos en Champions y el cambio revolucionario que deseamos, debemos reconocerlo, no se va a lograr sin que Europa, o al menos la parte sur de Europa, esté con nosotros. Esto no es la apología de la utopía. Vamos a empujar tantito, pero el cuánto dependerá de otros en Europa también”.
Es decir, en una Europa en la que la soberanía nacional es limitada, en un mundo más económicamente interdependiente que nunca, un Gobierno como el español poco puede hacer solo para, por ejemplo, aumentar el gasto público o reducir el paro. Como decía hace poco en una entrevista a la BBC el presidente saliente de Uruguay e ídolo de Podemos, José Mújica: “El problema es la realidad porque no hacemos lo que queremos, hacemos lo que podemos dentro del margen de la realidad”.
¿Qué pasaría si Podemos desapareciera del mapa tan rápidamente como emergió? ¿Para algo habría servido?
Errejón es listo y lo sabe pero posee la suficiente humildad para no descartar esta posibilidad. “Si desaparecemos mañana le habremos dado una buena lección a los poderosos. Se les habrá metido miedo. Con su sola existencia Podemos ha demostrado el deseo de la gente de regeneración democrática, ha destapado como nunca la necesidad de que los gobernantes rindan cuentas”.

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martes, 27 de enero de 2015

MUD RECHAZA Y DENUNCIA LA AGRESION GUBERNAMENTAL A LOS EXPRESIDENTES ES LAMENTABLE MUESTRA DE LA QUE SUFRE PERMANENTEMENTE EL PUEBLO VENEZOLANO


Continuando con la línea de la confrontación en el manejo de las relaciones internacionales de la República, la política exterior de Maduro ha suscitado un nuevo conflicto con algunos gobiernos de la región tradicionalmente amigos de Venezuela.
Fueron agresivas y desconsideradas las descalificaciones contra los ex presidentes de Colombia, Chile y México cuya visita a Venezuela fue falazmente vinculada a supuestos planes de desestabilización.
Ante tal despropósito, obviamente los gobiernos de Colombia y de Chile han rechazado tales señalamientos y exigido el respeto que merecen los exmandatarios.
Esta agresión contra los expresidentes es lamentable continuidad de lamentables situaciones anteriores, en la que también fueron agredidos altos representantes de la Internacional Socialista cuando igualmente intentaron visitar a líderes democráticos venezolanos actualmente presos en
un establecimiento militar.
Desde la Alternativa Democrática repudiamos esta conducta del régimen venezolano, muy distante a la tradición amigable y respetuosa de nuestro pueblo, y agradecemos a los distinguidos invitados que (al asistir a esteacto promovido por una de las organizaciones miembros de la alianza y que contó con el respaldo de la Mesa de la Unidad Democrática) pudieron  ser testigos de la intolerable situación de precariedad económica que actualmente padecemos los venezolanos y lamentablemente fueron víctimas de la violencia gubernamental que nuestro pueblo sufre a diario .

Caracas, 27 de enero de

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