domingo, 27 de noviembre de 2016

CUBA SOBREVIVE A FIDEL CASTRO

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                             Yoani Sanchez

Pocos miraban la televisión oficial a esa hora. La noticia de la muerte de Fidel Castro comenzó a correr en la noche de este viernes vía telefónica, como una información imprecisa y vaga. “¿Otra vez?”, preguntó mi madre cuando se lo conté. Nacida en 1957, esta habanera de casi seis décadas no recuerda la vida antes de que el Comandante en Jefe tomara el poder en Cuba.
Tres generaciones de cubanos hemos puesto este viernes punto final a una época. Cada uno la definirá a su manera. Habrá quienes aleguen que con la partida del líder se ha ido también un trozo de nación y que ahora la Isla parece incompleta. Serán aquellos que darán forma al credo del fidelismo que llenará, en reemplazo del importado marxismo-leninismo, los manuales, las consignas y los encendidos compromisos de continuidad.
Los propagandistas del mito colocarán su nombre de cinco letras en el panteón de la Historia nacional. Le dedicarán un rezo revolucionario cada vez que la realidad parezca negar “las enseñanzas” que dejó en sus horas de interminables discursos. Para sus seguidores, todo lo malo que ocurra a partir de ahora será porque él ya no está.
En Miami, el exilio que tanto vilipendió en sus arengas celebra que el dictador haya emprendido su último viaje. En la Isla, dentro de la privacidad de muchas casas, algunos descorchan una botella de ron. “La tengo guardada hace tanto tiempo que pensé que nunca iba a poder tomármela”, me dijo un vecino madrugador. Son aquellos que han amanecido este sábado con un peso de menos sobre los hombros, una sensación de ligereza a la que todavía no se acostumbran.
Estas también son jornadas para recordar a los que no han llegado hasta aquí. A los que murieron durante el castrismo, naufragaron en el mar, fueron víctimas de la censura que el Máximo Líder impulsó o perdieron la cordura a consecuencia de los delirios que promovió. Un inmenso coro de víctimas se expresa hoy en el suspiro de los sobrevivientes, la euforia en las calles de Florida o un simple “amén”.
Los más, sin embargo, tras enterarse de los detalles del magno funeral, bajan el volumen al televisor y expresan su hastío con un simple movimiento de hombros. Esta indiferencia contrasta con los mensajes de condolencia de los líderes internacionales, tanto los afines ideológicos como los demás. Sobre el muro del Malecón de La Habana, un par de horas después de que Raúl Castro notificara la muerte de su hermano, algunos grupos seguían comportándose como en cualquier otra madrugada: el sudor, la sensualidad, el tedio y la nada los rodeaban.

La indiferencia contrasta con los mensajes de condolencia de los líderes internacionales


Los cubanos que tenían menos de 15 años en julio de 2006, cuando se anunció la enfermedad del entonces presidente, apenas recuerdan el timbre de su voz. Solo conocen las fotos en las que aparecía últimamente cuando lo visitaba algún invitado extranjero o a través de sus cada vez más disparatadas reflexiones. Es la generación que nunca vibró con su oratoria y jamás lo secundó en el temible grito de “¡Paredón!” con el que hizo bramar la plaza de la Revolución.
Esos jóvenes ya se han encargado de reducir su dimensión histórica, en proporción inversa con la desmesura que exhibió para gobernar esta nación. No dejarán de escuchar una sola letra de sus canciones preferidas de reggaetón para entonar la consigna de “Viva Fidel”. No darán a luz a una ola de recién nacidos que lleven el nombre del extinto y tampoco se golpearán el pecho ni se rasgarán las vestiduras durante el sepelio.
Nunca se había oído menos sobre el Comandante en Jefe que al momento de su fallecimiento. Nunca el olvido se había cernido como una sombra más amenazante que cuando se anunció su final. El hombre que llenó cada minuto de Cuba por más de 50 años se fue apagando, desvaneciendo, perdiéndose de la vista de los espectadores de esta larguísima película, como el personaje que se aleja por un camino hasta quedar como apenas un punto en nuestra retina.
Deja tras de sí la gran lección de la Historia cubana contemporánea: coser el destino nacional a la voluntad de un hombre termina por transmitir a un país los imperfectos rasgos de su personalidad e insuflar al ser humano la arrogancia de hablar por todos. Su gorra verde olivo y su perfil griego alentarán por décadas las pesadillas de unos o los ripios poéticos de otros, además de las promesas populistas de muchos líderes del planeta.
Su “antiimperialismo”, como lo llamó tercamente, habrá sido su actitud más constante, el único renglón en que logró llegar hasta las últimas consecuencias. No en balde, Estados Unidos fue el segundo gran protagonista de los documentales que la televisión nacional comenzó a transmitir nada más publicarse la noticia. La obsesión de Castro con el vecino del norte recorrió cada momento de su vida política.

Los jóvenes no dejarán de escuchar sus canciones preferidas para entonar la consigna de “Viva Fidel”


La eterna pregunta que tantos periodistas extranjeros hacían, ya tiene respuesta. “¿Qué pasará cuando se muera Fidel Castro?”. Hoy sabemos que lo cremarán, pasearán sus cenizas a lo largo de la Isla y las colocarán en el cementerio de Santa Ifigenia, a pocos metros de la tumba de José Martí. Habrá lágrimas y nostalgia, pero su legado se irá apagando.
El Consejo de Estado ha decretado duelo nacional durante nueve días, pero el panegírico oficial durará meses, el tiempo suficiente para tapar con tanta algarabía la chata realidad del posfidelismo. Un sistema que el actual presidente intenta mantener a flote, agregándole remiendos de economía de mercado y llamados al capital extranjero que su hermano abominaba.
A la representación del “policía bueno y el policía malo” que ambos hermanos desplegaban ante nuestros ojos, ahora le falta una de sus partes. Será difícil para los defensores raulistas sostener que las reformas no van más rápido ni son más profundas porque en una mansión de Punto Cero, en la periferia de La Habana, un nonagenario tiene el pie puesto en el freno.
Raúl Castro se ha quedado huérfano. No conoce una vida sin su hermano, una acción política sin preguntar qué pensará sobre sus decisiones. Jamás ha dado un paso sin esa mirada sobre el hombro que lo juzga, impulsa y subestima.
Fidel Castro ha muerto. Lo sobrevive una nación que ha vivido demasiados duelos como para vestirse con el color de la viudez.

Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.

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EL MILAGRO

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                 LUIS VICENTE LEÓN

Tenemos una crisis larga y difícil que se ha traducido en caída de las inversiones y la producción, altos niveles de inflación y desabastecimiento, devaluación explosiva, sentimientos negativos de la gente, migración y huida, y, sobre todo, empobrecimiento galopante de la población venezolana.
No hay duda sobre las causas de esa crisis. En materia económica, es el resultado esperado y natural de la aplicación de un modelo de intervencionismo y control extremo, con todos sus componentes clásicos de manipulación cambiaria y de precios, la sustitución de la producción e importaciones privadas por públicas, con expropiaciones ineficientes y corrompidas y la hostilidad frente al sector privado, que pulveriza las inversiones, la oferta de bienes, la generación de valor y la confianza. En el plano político, el concepto es el mismo. La concentración de poder y el autoritarismo primitivo, con todas sus consecuencias conocidas.
El impacto de esta situación, que afecta la vida cotidiana de la gente, se observa claramente en el campo político. 90% de los venezolanos sienten que la situación del país es mala o muy mala. 78,5% responsabiliza al presidente Maduro de esa situación y 80,5% quisiera un cambio de gobierno y de modelo, que rescate los equilibrios y le devuelva al país, las empresas y a la gente la esperanza de un futuro mejor.
Lamentablemente, las vías institucionales están colonizadas y cerradas para cualquier posibilidad de cambio, en el marco de la Constitución y las leyes. El gobierno abusa de su poder e impide que la población se exprese a través de las vías pacíficas y electorales, que el mismo líder de esa revolución incorporó en el marco jurídico venezolano.
El análisis del futuro esta lleno de incertidumbres. Algunos piensan que no hay forma de que la población se habitúe. Que la crisis hará que la gente explote y se producirá un cambio inevitable. Otros piensan que eso no es más que uno de los múltiples escenarios posibles, pero no es una certeza. Los mismos ven obvio la reacción popular, también creían que Chávez y el chavismo eran insostenibles y la población venezolana, con el bravo pueblo, jamás aceptaría el deterioro y el empobrecimiento, ni harían grandes colas para comprar comida ni mendigarían medicinas en el medio de una penosa enfermedad. ¿Se acuerdan de eso que ahora suena a la misma imposibilidad de mantenimiento del castro comunismo en Cuba para los cubanos en Miami hace 60 años? Claro que puede ocurrir un escenario de cambio. Eso también ha pasado muchas veces y en  muchas partes, pero es algo que tendrá que construir la misma gente y no dejar en manos del “destino”.
En todo caso, la palabra que más se ha mencionado recientemente para explicar cómo saldremos de esto es: milagro. El presidente Maduro apeló a ella para explicar cómo resolvería la crisis económica, esperando un milagro en el mercado petrolero, mientras más recientemente la Iglesia ha dicho que espera resultados del diálogo porque esa institución milenaria confía plenamente en los milagros.
Yo también creo en los milagros, pero al oír esa solución potencial para nuestros problemas gigantes comopaís, me recuerdo el cuento del español que se cayó por un barranco y quedó guindado de la camisa en una ramita como en las comiquitas y empieza a pedir ayuda. Aparece de repente un ángel y le dice que no se preocupe. Que se tire al vacío y él batirá sus alas para hacer una cámara de aire que lo reciba abajo e impida que se estortille. El hombre mira al ángel, con coronita, cabello rubio y espléndidas alas, tal cual como en las pinturas del museo Vaticano. Pero aun así, luego de darle las gracias al ángel, lanza un último grito desesperado. ¿Pero hay alguien más?
luisvleon@gmail.com

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EL LORO FENIX

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           CARLOS RAUL HERNANDEZ

En un ruinoso crucero por el Caribe que daba su recorrido número 14.534, el viejo mago repetía por 25 años su rutina frente a los turistas. Desde el mástil un loro igualmente viejo, se complacía en chalequearle la presentación: “¡tienes el conejo en el cajón!... o… ¡los pañuelos los escondiste en la manga de la camisa, mago tramposo!... ¡sácate esa paloma de la chaqueta!”. Un día en medio de la función, la caldera del obsoleto barco estalla, naufragan en medio del caos y las llamas, y solo sobreviven, flotando en un pedazo de madera, el loro y el mago frente a frente… “Ok, está bien, ganaste… -murmura el loro estupefacto y aterrado-, pero dime: ¿cómo c… desapareciste el barco?”.

Entre los filosos aunque inoperantes colmillos de la guerrilla virtual y la presión extrema de la aldea global, PJ, AD, UNT, AP (y VP a media asta crítica) mantienen insufribles conversaciones con el gobierno.
El Vaticano, EEUU, Unión Europea, OEA, Mercosur las impusieron, y los partidos recuperan la iniciativa política. Estaban prisioneros en la trampajaula del RR, ilusoria desde el inicio porque era el escenario extremo para el gobierno y paradójicamente requería el aval del TSJ y el CNE. En punto muerto, tierra movediza, en la angustia de despertarse atascado, se entra en el tobogán de subir la apuesta retórica (“… quinientos millones de veces”, “… cada vez que respire un chino”) y al final “¡voy jugando a Rosalinda n… j..., vamos a Miraflores!”. Pero en la realidad esta testosterona supernumeraria podía costar vidas. Los duros del gobierno decían que “había necesidades más imperiosas que las elecciones”, ya tenían su esquema para acabar con ellas y una decisión idiotizada les hubiera servido la mesa.

Quítate tú
Un problema grave de orden público  -20 muertos, por ejemplo- bastaba para dar el palo, ilegalizar la oposición y hacer preso a todo el mundo. Las dos grandes marchas en septiembre y octubre 2016, convocadas por la mayoría parlamentaria, no por agitadores desgañitados, atrajeron la atención internacional, pero ahora la sangre en los charcos de Puente Llaguno, como la de José Arcadio Buendía, exhalaba su aroma desde la imaginaria “toma de Miraflores”. Ante eso, los factores globales de poder casi que impusieron el diálogo, como en todo conflicto desde que Caín mató a Abel. Los que no tienen nada que perder sino megas de Internet, se frotan las manos porque si fracasa el diálogo, tienen la vaga ilusión de desbancar a los dirigentes y ya cuadraron la narrativa (para decirlo snob) de su telenovela: al borde de la toma del poder, los traidores enfriaron las masas que iban al triunfo.
De no ser por la traición, el gobierno habría caído (y seguramente hay cerebros mermados que lo crean). A los radicales no les importa que la gente normal no simpatice con ellos ni los acepte. Su problema es derrotar a la MUD y que de las cenizas resurja majestuoso el Loro Fénix. “Diga cualquier cosa, mientras más descabellada mejor y déjese ver… lo demás es marketing” (estrategia Trump). La Unidad interviene para sacarle las pezuñas radicales del barro y le pagan con denunciarla ante el público, como el loro del crucero: “...¡apenas liberaron seis presos, faltan ciento y pico, farsantes!” o “… aceptar elecciones en Amazonas es entregar la mayoría calificada”, y la joya: “lo único negociable es que el gobierno se vaya”. Hay gente que aprende de la experiencia, otra no puede, y una tercera lo hace pero finge que no para echar varilla. Varios dramas desde 2002, enseñaron las implicaciones del mito de marchas-que-derrocan-gobiernos.
Corregir el déficit
Y cualquier ejemplo de alguna que suponen cumplió esos fines mágicos, formó parte de mecanismos institucionales con prescindencia militar. Muy distinto hubiera sido si la fuerza armada se mete en favor de Dilma Rousseff. Las movilizaciones naturales expresan necesidades de la gente por medicinas, comida, seguridad. En 2016 hubo alrededor de 6.000 y, por lo tanto, nadie niega su pertinencia. Pero su aporte en la política de poder es limitado, como lo puso de manifiesto el Galáctico que tuvo al país en las calles durante mes y medio. Las marchas pueden no servir demasiado para tales fines, servir poco, y con demasiada frecuencia ser contraproducentes para los movimientos, como sostienen Fukuyama y Montaner. Cuidado con enviar gente a jugarse la vida inútilmente.
El objetivo inmediato es la reconstrucción de la política, la articulación de fuerzas, a distancia de grupos cuyos ataques de nervios a cada cierto tiempo la hacen fracasar. Alguien dijo que un error de izquierda no se corrige con un error de derecha, pero hay que corregirlos. El año que abrió con superávit y esperanzas de cambio, cierra con déficit por acciones afiebradas y eso es inocultable. Por fortuna la racionalidad interna y la de la comunidad internacional lograron parar la locomotora de violencia. Volver al camino de la razón, la elección de gobernadores, legisladores, alcaldes y concejos municipales, sin ensoñaciones diurnas. Si se logra conquistar la alternabilidad y dispersar la pesadilla fidelista, reaccionarán como el loro boquiabierto frente al mago, flotando en aquel madero cerca de Martinica: “Ok, está bien… pero dime ¿cómo c… desapareciste el barco?”.  

@CarlosRaulHer

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LA ZONA DE SOMBRAS

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                 FERNANDO RODRIGUEZ

Todos sabemos, con mayor o menor certidumbre, que detrás de la escenografía de este régimen, ya de por sí siniestra, hay un lugar oculto muy extenso donde se agolpan millares de delitos oficiales de la más variada naturaleza. Vedado  a los ojos de los venezolanos de a pie y de a caballo. La  imaginación popular lo supone inmenso, nunca visto, sideral. Yo también. El gobierno ha tenido éxito en mantenerlos en la oscuridad, en que hasta ahora no se exponga sino muy sesgadamente a la moral y al juicio públicos, acorde con el pensamiento de Chávez, padre de esa y todas las criaturas del proceso y su eterno custodio.
En muy buena medida el creciente acaparamiento o domesticación de los medios de comunicación, la cacareada hegemonía comunicacional, tiene como objetivo poner una cortina de hierro a ese último rostro  del despotismo, su más grotesca realidad. Para solo dar un ejemplo muy reciente y exclamativo repare usted en como cubrieron los medios oficialistas y los amansados el juicio y la condena de los sobrinos Flores, noticia incitante como pocas para el periodismo responsable y ético. Y no se venga con el cuento de la privacidad cuando es uno de los hechos más públicos que hemos aportado a las páginas rojas del planeta; ni del honor presidencial, el honor del país es el que ha sido pisoteado.
De manera que la incursión en esa cueva de los cuarenta ladrones, debería ser un objetivo siempre primordial en cualquier estrategia opositora. Comienza a ser, por ejemplo,  una de las tareas mayores de la acosada Asamblea y a lo mejor de sus flancos  más defendibles porque la denuncia a voz en cuello  es difícil que la sentencie y acalle  la Sala Constitucional. Así los jueces del horror y las instituciones policiales y judiciales corruptas le silben a la luna. Y eso, por suerte, ha comenzado en grande, con Rafael Ramírez y un descomunal puñado  de millares de dólares sustraídos durante años al hambre y la salud de los  venezolanos, en la Pdvsa rojita. Y ha continuado con algo no menor aunque diferente, hay para todos los gustos, la nacionalización del espectacular caso de esos narcosobrinos, en un  debate del cual ha salido un  acuerdo demoledor, dirigido al país y al mundo, sobre la infiltración del narcotráfico en todo el organismo del poder nacional. El hecho que estuvo a punto de que el gobierno huyera del diálogo del cual tanto y tan hipócritamente se ha declarado adalid indica la potencia de la denuncia razonada y centrada.
No hay que esperar que el gobierno de Maduro permanezca impasible ante semejantes revelaciones. Va a pelear con todas las armas, sus preferidas que son las más sucias, en esto le puede ir su vida pública, la poca que le queda. Para muestra recuérdese que Cabello, siempre deslumbrando en estos parajes, demandó a tres diarios, a sus directores y juntas directivas, que padecen vejatorias y crueles medidas cautelares sine die, por haber osado simplemente replicar una información que circulaba en el extranjero sobre sus  vinculaciones con el narcotráfico, revelaciones atribuidas a uno de los hombres de más confianza de Chávez y ex jefe de seguridad del propio Cabello. Ya Ramírez anuncia la suya. Y juececillos de cuatro centavos existen por montón, como todos sabemos. ¿Por cierto en qué anda la fiscal, alguien la ha visto?
Tampoco son nuevas estas grietas por donde hemos entrevisto el horror. Ya son muchos los “traidores”, informados por años de confraternidad con el alto gobierno, que le han vendido el alma al demonio imperialista. Este en verdad maneja estos asuntos con una insólita calma, apenas les da voz a sus testigos protegidos. Dicen que son laberintos de la diplomacia que administra los recaudos policiales. Nosotros tenemos el imperativo de hablar a nuestra gente, de velar por la justicia que se le debe, por ayudarlo a restañar su  dignidad y su sufrimiento. En todo caso ahora que la oposición anda en busca del tiempo perdido, reafirmando estrategias, debería insistir en estos ámbitos que no son ni diálogo ni calle, tampoco los excluye, ni truculencias voluntaristas. ¿No se dice que la resistencia de los pecadores de esa torva comarca es el escollo mayor para la “salida”?


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EL FRACASO CULTURAL BOLIVARIANO

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        Tulio Hernandez

I. 
No es sólo en lo económico. O en la salud. En la inseguridad. O en la incapacidad para abastecer a la gente común de alimentos y medicinas. En la conducción de la empresa petrolera estatal.  O en el desborde de la corrupción de alta escala. En la pérdida del apoyo popular. O en el desprecio internacional.  El proyecto rojo es también y, sobre todo, un fracaso cultural.
En dos acepciones. En primer lugar en la cultura política y ciudadana. No sólo falló la promesa revolucionaria de crear un hombre nuevo: solidario, que haría trabajo voluntario todos los sábados, comprometido con el país, trabajador incansable, honesto, bien formado intelectualmente, revolucionario, incluso hermoso físicamente. Escultural. Apolíneo.
Como aquel que soñaron Lenin y Mao, pintaban grandilocuentemente los grandes muralistas de ambas revoluciones, la rusa y la china, y cuya decadencia y rápido olvido retrató con fina ironía el maestro polaco Andrezj Wajda  en su gran película El hombre de hierro
II.
No sólo les falló aquel hombre perfecto, sino que el verdadero engendro de la revolución, la  novedad humana que surgió en Venezuela, es una especie de Frankestein que tiene su mejor expresión en el imaginario popular forjado alrededor de cuatro figuras: el malandro político miembro de los colectivos armados; el bachaquero mártir de las colas y martirio de quienes le compran; el abusador todo terreno con la expresión mayor en el motorizado que se desplaza sin pudor (o sin conciencia) en sentido contrario de la flecha indicada; y el corrupto o narcotraficante guapo y apoyado, que encarna en los sobrinos neoyorkinos de la primera combatiente y en el ex presidente de Pdvsa, su retrato. La suma de los cuatro. Una dosis de cada uno, batido en una licuadora llena de escocés 18 años.  Ese es el verdadero Hombre Nuevo.
III.
Pero también hay un fracaso cultural en otra acepción. La de la gestión cultural y la creación artística. El chavismo devenido en madurismo no ha generado ninguna forma nueva de expresión artística. Ninguna ruptura estética importante. Como, por ejemplo, lo que significó Malevitch y los constructivistas en la revolución rusa. Los lenguajes disruptivos en el cine documental del maestro Santiago Álvarez –a mi juicio el pionero del video clip– en la cubana. Incluso, aunque no llegó a ser revolución, el movimiento de la Nueva Canción Latinoamericana, en el Chile de Allende.   
No hay una sola expresión creativa que podamos decir fue producto de este revolcón de la historia venezolana en los últimos 17 años. Ni siquiera en el cine, que es el área donde el militarismo rojo ha sido más permisivo. Lo que ha habido es una continuidad, en algunos casos superación técnica, de los lenguajes cinematográficos que se forjaron en la era democrática, que le dejó como legado a la historia del arte venezolano lo que se conoció como Nuevo Cine Venezolano.
No hay un lenguaje cinematográfico del maestro Chalbaud, ni uno plástico de Quintana Castillo o Espinoza, ni uno poético de Crespo o  Pereira, ni uno dancístico de Zandra Rodríguez ni de alguna figura joven en cada campo, que expresen, dibujen, retraten, confirmen, traduzcan, recreen, comuniquen, el sentir profundo de esta  supuesta revolución llamada socialismo del siglo XXI.
IV.
La estética también es una prueba para los procesos políticos. La belleza en las construcciones oficiales, en las viviendas y los monumentos que se construyen, en el tipo de urbanismo que se desarrolla, son una prueba de la calidad de los gobiernos y de las élites económicas que construyen los países y la ciudad.
Esta era oscura del país será también juzgada por el tipo de cultura ciudadana que generó. Por los lenguajes televisivos –Zurda conducta, Con el mazo dando, La Hojilla que la signaron. Y por la  calidad de los monumentos  que construyó: el Mausoleo de Farruco, la pirámide de Barreto en El Valle, los edificios apresurados de la Misión Vivienda. Cuestión de tiempo para evaluarlos.   


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HACE FALTA MAS

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   ELSA CARDOZO

No es el caso negar ni dejar de agradecer las manifestaciones de preocupación y denuncia internacional ante la aceleración del derrumbe en el que se va convirtiendo Venezuela, pero hace falta más. Más firmeza ante el gobierno y más solidaridad hacia los venezolanos. Eso es justo, necesario y posible.
Sí, es muy cierto que la solución es fundamentalmente responsabilidad de los venezolanos. También lo es que el ejercicio de esa responsabilidad desde la Asamblea Nacional sitiada, la protesta social asediada y la iniciativa de revocatorio presidencial groseramente bloqueada necesita franco apoyo exterior. No puede olvidarse que el aislamiento del país del escrutinio y los acuerdos internacionales ha sido estrategia clave para el régimen que perfiló las relaciones exteriores a la medida de sus necesidades por casi dos décadas.
En estas semanas la preocupación internacional se ha ido diluyendo en torno a un ejercicio de diálogo en el que me parece que los participantes del exterior han privilegiado la intención apaciguadora y relegado la consideración de las soluciones de fondo. Por supuesto que nadie puede sentirse tranquilo ante la posibilidad de que nuestro caos se profundice en medio de la aceleración del deterioro humano y material del país; pero en nada ayuda atenderlo sin tener en cuenta la responsabilidad central, crucial, que tiene el gobierno con las políticas que se niega a rectificar y que aceleran el paso al precipicio mientras detienen las iniciativas que favorecen el cambio de rumbo. Tampoco ayuda que se subestime la voluntad mayoritaria que quiere cambio y ya se expresó con los votos para elegir a una Asamblea Nacional que la representara, se evidenció en la disposición más que demostrada de alentar una solución institucional y las manifestaciones en su apoyo, a lo que se añade lo que dicen todas las encuestas.
Por supuesto que hace falta y debe reclamarse la mayor coherencia estratégica opositora, pero hay que anotar también cuánto la ha desfavorecido la prioridad apaciguadora que hasta ahora parece haber prevalecido en el diálogo. Es lo que desde el oficialismo mismo se alienta con constantes referencias ofensivas y sobre la violencia que vendrá o, más bien, con la que amenaza, si hay cambio de gobierno.
Si la continuación de este diálogo pretende tener significación real para la pronta reconstrucción de Venezuela, tiene que haber mayor y mejor respaldo e incentivos internacionales a las soluciones de fondo que, para ser institucionales, pasan por un proceso electoral, y para ser sostenibles también requerirán incentivos y facilidades internacionales.
Qué bueno que en la OEA se vuelva a tratar el caso venezolano y se urja por una solución, pero qué malo que en términos tan vagos y distantes en los que se diluye la gravedad del diagnóstico –ya hoy mucho más crítico– que hace pocos meses presentó el secretario Luis Almagro y que nadie ha podido objetar. Qué bien que el Mercosur continúe ejerciendo presión sobre los incumplimientos del gobierno venezolano, pero qué malo que no se hayan centrado en el rechazo a los protocolos democráticos y de derechos humanos.
Venezuela necesita que los actores internacionales que medien en una negociación que, ojalá más temprano que tarde, contribuya a construir nuestra transición a la libertad, la justicia y la prosperidad, sepan mediar desde un compromiso cierto con esos tres principios.


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DOS PONTÍFICES

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ELIAS PINO ITURRIETA

Dos papas debieron enfrentar directamente situaciones relacionadas con la política venezolana. A otros les tocó antes y después vérselas con nuestros asuntos y buscarles remiendo desde una prudente distancia, pero ahora se tratará de mirar hacia aquellos que toparon con predicamentos excepcionales ante los cuales debieron involucrarse sin la posibilidad de escurrir el blanco bulto: Pío IX y Francisco. De la primera incursión sabemos los resultados. En relación con la otra lo más importante está por verse.
Pío IX, el célebre y longevo papa Mastai, fue un personaje controversial. Debió lidiar con el siglo laico y terminó con las tablas en la cabeza, asediado en el palacio apostólico por las tropas del liberalismo italiano con las cuales había simpatizado, pero a las que declaró después una hostilidad que lo convirtió en figura ineludible de la pugna contra la modernidad. La cristiandad le debe aportes de trascendencia, como la declaración de la infalibilidad del magisterio papal aprobada por el Concilio Vaticano I, y un par de documentos en cuyo contenido declaraba que el liberalismo era pecado y que no se podía leer la literatura pecaminosa en campante boga. Uno de los pleitos con ese liberalismo que lo llevaba por la calle de la amargura tuvo que ver con nosotros, cuando recibió la noticia de que un tal Antonio Guzmán Blanco quería fundar una iglesia nacional porque no lo dejaban poner en Caracas un obispo a su gusto. Guzmán había expulsado al mitrado de turno porque no quiso cantar un Te Deum por su triunfo en la batalla de Guama, y se encaprichó con la designación de la sede vacante hasta el punto de amenazar con la creación de una especie de anglicanismo tropical si no lo complacían en Roma.
El nono de los Píos tuvo que enviar un delegado que tratara personalmente el asunto, no fuera a ser que una liebre levantisca le descompusiera un panorama que apenas lo dejaba dormir. Pensaba desde su recién estrenada infalibilidad que la cosa no pasaría a mayores, debido a la intrascendencia del inoportuno rival y a lo poco que conocía de los asuntos de una modesta grey. Evidente equivocación. Antoñito se puso duro e insistió en imponer su voluntad sin aceptar las sugerencias de los clérigos más influyentes del contorno, ni las imploraciones de un atormentado embajador que no entendía mayor cosa del lío en el cual lo había metido su jefe creyendo que era cosa de coser y cantar. No le quedó más remedio que aceptar lo que el mandón de Caracas quería, sin alternativa de protesta.
Hasta llegó el mandón a ofrecerle plata al delegado apostólico para que se dejara de tonterías y pusiera la mitra en la cabeza de uno de sus amigos, detalle que revela los extremos a los que podía llegar el patrón del Liberalismo Amarillo para que las situaciones se arreglaran según su real gusto. El escándalo no pasó a mayores porque llegaron órdenes romanas para que se detuviera la tempestad antes de que lloviera de veras, es decir, para que se evitara la creación de una iglesia venezolana a través de un acuerdo complaciente con quien quería presentarse aquí como flamante protector de la fe. Se ha tenido la idea de que entonces se vivió una querella trascendental que estuvo a punto de terminar en divorcio histórico, pero sucedió lo menos parecido a una batalla digna de memoria. No se pasó de escaramuzas lamentables. Pío IX terminó condecorando a Guzmán con una medalla pontificia, mientras el complacido campeón del laicismo venezolano enviaba a su santidad la presea del busto del Libertador. A poco, cuando se inauguró en Caracas la Santa Capilla, el nuevo arzobispo escogido en el encierro de la oficina presidencial proclamó que Venezuela tenía la fortuna de vivir la época dorada del Ilustre Americano, a quien prodigó solemne bendición desde un palio que el régimen le había obsequiado.
¿Ocurrirá ahora una pantomima semejante? Francisco no lidia con Guzmán Blanco, desde luego, y seguramente tiene más noticias sobre Venezuela que las que pudo manejar su apurado antecesor. Pero tal vez deba topar con mañas parecidas, con un semejante afán de dominación y de falta de respeto, con unas agallas y una carencia de escrúpulos como las que estrenó un astuto gobernante que impuso una forma particular de contar la historia patria. No estaría mal, beatísimo padre, antes de meterse en mayores honduras, que recordara la peripecia de Pío IX entre nosotros.

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