sábado, 27 de octubre de 2018

Hispanidad ¿mala palabra?

MARIO VARGAS LLOSA
 
En un artículo muy bien escrito, como suelen ser los suyos, Antonio Elorza explica el disgusto que le causa la palabra Hispanidad, que asocia al racismo nazi y al franquismo (EL PAÍS, 17 de octubre, 2018). A mí su texto me recordó a los indigenistas, que la asociaban sobre todo a los “horrores de la conquista española”, es decir, a la explotación de los indios por los encomenderos, a la destrucción de los imperios inca y azteca y al saqueo de sus riquezas.
Quisiera discutir esos argumentos negativos y reivindicar esa hermosa palabra que, para mí, más bien se asocia a las buenas cosas que le han ocurrido a América Latina, un continente que, gracias a la llegada de los españoles, pasó a formar parte de la cultura occidental, es decir, a ser heredera de Grecia, Roma, el Renacimiento, el Siglo de Oro y, en resumidas cuentas, de sus mejores tradiciones: los derechos humanos y la cultura de la libertad.
La conquista fue horrible, por supuesto, y debe ser criticada, al mismo tiempo que situada en su momento histórico y comparada con otras, que no fueron menos feroces, pero que, a diferencia de la que integró América al Occidente, no dejaron huella positiva alguna en los países conquistados. Y es preciso también recordar que España fue el único imperio de su tiempo en permitir en su seno las más feroces críticas de aquella conquista —recordemos sólo las diatribas del padre Bartolomé de las Casas— y de cuestionarse a sí misma sobre ese tema, estimulando un debate teológico sobre el derecho a imponer su autoridad y su religión sobre los habitantes de aquellos territorios.
La situación de los indígenas es bochornosa en América Latina, sin duda, pero, hoy, las críticas deben recaer sobre todo en los Gobiernos independientes, que, en doscientos años de soberanía, no sólo han sido incapaces de hacer justicia a los descendientes de incas, aztecas y mayas, sino que han contribuido a empobrecerlos, explotarlos y mantenerlos en una servidumbre abyecta. Y no olvidemos que las peores matanzas de indígenas se cometieron, en países como Chile y Argentina, después de la independencia, a veces por gobernantes tan ilustres como Sarmiento, convencidos de que los indios eran un verdadero obstáculo para la modernización y prosperidad de América Latina. Para cualquier latinoamericano, por eso, la crítica a la conquista de las Indias tiene la obligación moral de ser una autocrítica.
Las civilizaciones prehispánicas alcanzaron altos niveles de organización y construyeron soberbios monumentos. Desde el punto de vista social, se dice que los incas eliminaron el hambre de su vasto imperio; que en él todo el mundo trabajaba y comía. Una formidable hazaña. Pero, no nos engañemos; pese a todo ello, eran todavía sociedades bárbaras, donde se practicaban los sacrificios humanos y donde los fuertes y poderosos sometían brutalmente y esclavizaban a los débiles.
Gracias a la Hispanidad varios cientos de millones de latinoamericanos podemos entendernos porque nuestro idioma es el español, una lengua que nos acerca y nos enlaza dentro de una de las muchas comunidades que constituyen la civilización occidental. Qué terrible hubiera sido que todavía siguiéramos divididos e incomunicados por miles de dialectos como lo estábamos antes de que las carabelas de Colón divisaran Guanahaní. Hablar una lengua —haberla heredado— no es sólo gozar de un instrumento práctico para la comunicación; es, sobre todo, formar parte de una tradición y unos valores encarnados en figuras como las de Cervantes, Quevedo, Góngora, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, y de aportes nuestros tan singulares a ese legado como Sor Juana Inés de la Cruz y el Inca Garcilaso de la Vega, para nombrar sólo a dos clásicos.
Yo no soy creyente, pero muchos millones de hispanoamericanos lo son, y la religión, o el rechazo de la religión, son dos maneras de prolongar en América unas formas de ser y de creer que proceden de Occidente y refuerzan nuestra pertenencia a la civilización que —hechas las sumas y las restas— ha contribuido más a humanizar la vida de los seres humanos y a su progreso material y social. También forman parte de la tradición occidental las satrapías y el fanatismo, y esas siniestras dictaduras como las de Hitler y de Franco, pero sería mezquino y absurdo considerar que es esa deriva del Occidente —como el antisemitismo— la que se encarna en la Hispanidad, un concepto que esencialmente se refiere a la muy rica lengua en la que nos expresamos más de quinientos millones de personas en el mundo de hoy.
La Hispanidad es un concepto muy ancho, por supuesto, y aunque sin duda los conquistadores se cobijan en él, y también los inquisidores, y los dictadorzuelos de toda índole que ensucian nuestra historia, en él están presentes los mejores pensadores y poetas y luchadores por las buenas causas —la libertad, la más importante de ellas— que hemos tenido en España y en América, y los héroes civiles y anónimos que dedicaron su vida a ideales que siguen siendo actuales y admirables. Sería aberrante creer que España es sólo Franco; también lo son los millones de demócratas que sufrieron por serlo persecución, cárcel y fusilamiento, o un exilio de muchos años.
La Hispanidad en nuestros días es la transición pacífica que asombró al mundo por la sensatez que mostraron los dirigentes políticos de todos los partidos y tendencias y la Constitución más admirable de la historia de España que ha garantizado las instituciones democráticas y el extraordinario progreso que ha vivido el país en estos cuarenta años de libertad. Soy testigo de esto que digo. Llegué a Madrid como estudiante en agosto de 1958 y España era entonces un país subdesarrollado, con una dictadura severísima y una censura tan estricta que tenía a la sociedad como embotellada en una atmósfera de sacristía y cuartel, donde había que sintonizar todas las noches la radio francesa para enterarse de lo que estaba ocurriendo en España y en el resto del mundo. Viajar en aquellos años por ciertas regiones era encontrarse con pueblos sin hombres —se habían ido a trabajar a Europa—, de pésimas carreteras y unos niveles de pobreza que se parecían mucho a los de América Latina. La transformación de este país en pocas décadas ha sido poco menos que prodigiosa, un verdadero ejemplo para el mundo de lo que es posible hacer cuando se trabaja y se vive en libertad y se aprovechan las oportunidades que permiten el ser parte de una Europa en construcción.
En aquellos dos primeros años de mi estancia en Madrid sólo soñaba con terminar las clases en la Complutense y partir a París. Muy ingenuamente asociaba Francia con un paraíso de las letras y las artes y los debates políticos de ese elevado nivel que permitían y estimulaban una alta cultura y la libertad. Buscando eso mismo, hoy llegan a España muchos jóvenes de toda América Latina, artistas, escritores, músicos, bailarines, que vienen aquí buscando aquello que hace unas décadas buscábamos nosotros en París. El 12 de octubre celebra, no los años oscuros y la pesada tradición de censura, represiones, guerras civiles y oscurantismo, sino que la España de hoy día haya dejado atrás todo aquello y ojalá que sea para siempre. No hay razón alguna para avergonzarse de lo que representa la palabra Hispanidad, la que, dicho sea de paso, ahora rima con libertad.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2018. © Mario Vargas Llosa, 2018.

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jueves, 25 de octubre de 2018

Se avecinan tiempos oscuros para mi país
 
 
Caetano Veloso
 
The New York Times
 
RÍO DE JANEIRO — “Brasil no es para principiantes”, decía Tom Jobim, compositor de “La garota de Ipanema” y uno de los músicos más importantes de Brasil, a quien podemos agradecerle el hecho de que los amantes de la música en todas partes deban pensarlo dos veces antes de clasificar el pop brasileño como “música del mundo”.
Cuando le dije la frase del maestro a un amigo estadounidense, él replicó: “Ningún país lo es”. Mi amigo tenía algo de razón. En cierta forma, Brasil quizá no sea tan especial.
Ahora mismo, mi país está demostrando ser una nación como muchas. Al igual que otros Estados del mundo, Brasil se está enfrentando a una amenaza de la extrema derecha: una tormenta de conservadurismo populista. Nuestro nuevo fenómeno político, Jair Bolsonaro, el candidato favorito para ganar la elección presidencial del domingo, es un capitán retirado del Ejército brasileño que admira a Donald Trump, pero que en realidad se parece más a Rodrigo Duterte, el líder autócrata de Filipinas. Bolsonaro apoya la venta irrestricta de armas de fuego, propone que haya una presunción de defensa propia si un policía mata a un “sospechoso” y declara que un hijo muerto es preferible a uno homosexual.
Si Bolsonaro gana la elección, los brasileños pueden esperar una oleada de terror y odio. De hecho, ya se ha derramado sangre. El 7 de octubre, uno de los simpatizantes de Bolsonaro apuñaló a mi amigo Moa do Katendê, músico y maestro de capoeira, en el estado de Bahía por un desacuerdo político. Su muerte dejó a los habitantes de la ciudad de Salvador con dolor e indignación.
Recientemente, he estado pensando en la década de los ochenta. Grababa discos y daba conciertos con entradas agotadas, pero sabía lo que tenía que cambiar en mi país. En esos años, los brasileños luchábamos por tener elecciones libres después de más de veinte años de dictadura militar. Si entonces me hubieran dicho que algún día elegiríamos como presidentes a personas como Fernando Henrique Cardoso y después a Luiz Inácio Lula da Silva, me habría parecido un sueño inalcanzable. Pero luego sucedió: las elecciones de Cardoso en 1994 y de Lula da Silva en 2002 tuvieron una enorme carga simbólica. Demostraron que éramos una democracia y contribuyeron a cambiar nuestra sociedad al ayudar a millones de personas a salir de la pobreza. La ciudadanía brasileña adquirió un

 mayor respeto por sí misma.  
Sin embargo, a pesar del progreso y la aparente madurez del país, Brasil, la cuarta democracia más grande del mundo, está lejos de tener una democracia sólida. Hay fuerzas oscuras, tanto en el interior como en el exterior, que nos están haciendo retroceder y hundirnos.
La vida política del país ha estado en decadencia desde hace tiempo: primero, una recesión económica; después, una serie de manifestaciones en 2013; más tarde, la destitución de la entonces presidenta Dilma Rousseff en 2016 y, finalmente, un escándalo de corrupción enorme que llevó a muchos políticos, incluyendo a Lula da Silva, a prisión. Los partidos de Cardoso y Lula quedaron gravemente afectados y la extrema derecha vio una oportunidad.
Muchos artistas, músicos, cineastas y pensadores se encontraron en un ambiente de ideólogos reaccionarios que —a través de libros, sitios web y artículos periodísticos— han desacreditado los esfuerzos para superar la desigualdad al equiparar las políticas socialmente progresistas con una pesadilla parecida a Venezuela. También han propagado el miedo de que los derechos de las minorías van a socavar los principios religiosos y morales, o simplemente han adoctrinado a las personas a la brutalidad a través del uso sistemático del lenguaje despectivo. El ascenso de Bolsonaro como una figura mítica cumple con las expectativas que ese tipo de ataque intelectual creó. No es un intercambio de argumentos: aquellos que no creen en la democracia actúan de manera insidiosa.
Los principales medios noticiosos han optado por mitigar estos peligros, lo que ha resultado favorable para Bolsonaro, porque las elecciones se han descrito como un enfrentamiento entre dos extremos: por un lado, el Partido de los Trabajadores que podría guiarnos a un régimen comunista autoritario y, por el otro, Bolsonaro, quien combatirá la corrupción y hará que la economía sea amigable con los mercados. Muchos miembros de los medios más establecidos ignoran de manera deliberada que Lula respetó las normas democráticas mientras que Bolsonaro ha defendido en repetidas ocasiones la dictadura militar de las décadas de los sesenta y setenta. De hecho, en agosto de 2016, durante el juicio político a Rousseff, Bolsonaro dedicó su voto para destituirla a Carlos Alberto Brilhante Ustra, quien dirigió un centro de tortura en los setenta.
                               Caetano Veloso en 1993 Credit Laif/Redux
Como figura pública en Brasil, es mi deber tratar de esclarecer los hechos. Ahora ya soy viejo, pero en los años sesenta y setenta era joven, y recuerdo todo. Así que debo hablar.
A finales de la década de 1960, la junta militar arrestó y encarceló a muchos artistas e intelectuales por sus ideas políticas. Yo fui uno de ellos, igual que mi amigo y colega Gilberto Gil.
Gilberto y yo pasamos una semana cada uno en una celda sucia. Después, sin explicación alguna, nos trasladaron a otra prisión militar, donde pasamos dos meses. Luego estuvimos en arresto domiciliario durante cuatro meses hasta que, finalmente, nos exiliamos, y así permanecimos dos años y medio. Había otros estudiantes, escritores y periodistas encarcelados en las mismas celdas que nosotros, pero ninguno fue torturado. Sin embargo, por las noches escuchábamos gritos. Tal vez eran presos políticos sospechosos de tener vínculos con grupos de la resistencia armada, según el Ejército, o quizá eran simples jóvenes pobres a quienes habían atrapado robando o vendiendo droga. No he podido olvidar esos sonidos.
Algunos dicen que las declaraciones más despiadadas de Bolsonaro son solo una pose. Es cierto que suena muy parecido a muchos brasileños comunes y corrientes, y está manifestando abiertamente la brutalidad superficial que muchos hombres piensan que deben ocultar. Pero el número de mujeres que votan por él, en todas las encuestas, es mucho menor al de los hombres. Para gobernar a Brasil, Bolsonaro tendrá que enfrentarse al Congreso y a la Corte Suprema, así como al hecho de que las encuestas muestran que una mayoría más amplia que nunca de brasileños opina que la democracia es el mejor sistema político.
Usé la frase de Jobim —“Brasil no es para principiantes”— para darle un toque de humor a mi perspectiva de nuestros tiempos difíciles. El gran compositor lo decía con ironía, pero expresó una verdad y destacó las peculiaridades de nuestro país: una nación gigantesca en el hemisferio sur, con una mezcla racial intensa y la única del continente americano donde se habla portugués como idioma oficial. Amo Brasil y creo que puede aportarle nuevos colores a la civilización; creo que la mayoría de los brasileños lo aman también.
Muchas personas han dicho que planean irse a vivir al extranjero si gana el militar retirado. Yo nunca he querido vivir en otro país que no sea Brasil, y ahora tampoco quiero hacerlo. Ya me obligaron a vivir en el exilio una vez. No volverá a pasar. Quiero que mi música, mi presencia, sean una resistencia permanente ante cualquier rasgo antidemocrático que pueda surgir del probable gobierno de Bolsonaro.

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Rafael Cadenas: “la palabra crisis aplicada a Venezuela es un eufemismo

En la ocasión de recibir, este 24 de octubre, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el poeta venezolano, Rafael Cadenas, abogó en Salamanca por el retorno de la democracia a Venezuela y destacó el vínculo entre ambos países a través de sus mutuos exiliados, recibidos en épocas distintas por cada país.
En un breve discurso, Cadenas habló de “la importancia del lenguaje en el ejercicio de la política”. “Tiene la enorme tarea de enfrentarse a la neolengua de todo totalitarismo, un peligro para los seres humanos porque los vuelve absolutamente dependientes del Estado”, dijo en el evento realizado de manera excepcional en Salamanca en lugar de Madrid.
A continuación, el mensaje completo ofrecido por Cadenas en el paraninfo de la Universidad de Salamanca:
Señora, señor Rector, señor Presidente del Patrimonio Nacional, autoridades, familiares y amigos. Este es un inmenso honor. Debo decir, una vez más, gracias. Esta palabra es muy importante. Se usa para agradecer, como en este momento, un bien recibido que además viene de la mano de la Reina Sofía y de las autoridades de la más antigua universidad española, por añadidura, en la conmemoración de los ochocientos años de su creación. Este cumpleaños la destaca entre las demás en edad en el mundo. En otro ámbito, el de la política, permítaseme una referencia diferente al motivo que nos reúne. Hay palabras tan principales como aquélla, por ejemplo, libertad, justicia, democracia, civismo, honestidad; las cuales cuando se ausentan de un país tornan muy difícil para sus ciudadanos el hecho de vivir realmente. Esas palabras, además, deben corresponder a lo que designan, si no habría que recurrir a lo que Confucio llamaba rectificación de los nombres, que se asemeja a nuestra adequat. Es que en Venezuela nos urge instaurar la normalidad, que sólo puede ser democrática. Pero no voy a adentrarme en este punto porque no es la ocasión de hacerlo.
Quisiera sí señalar la importancia del lenguaje en el ejercicio de la política. Tiene la enorme tarea de enfrentarse a la neolengua de todo totalitarismo, un peligro para los seres humanos porque los vuelve absolutamente dependientes del Estado. Ahora, voy a decirles mis vínculos con España. A ella me une profundamente la lengua. Sobre esta relación no es necesario insistir. Menos evidente es la que he tenido con su literatura. Comencé a leerla siendo muy joven, creo que a los catorce años, y me cautivó. El desfile empezó con la Generación del 27. Rafael Alberti, Federico García Lorca y Pedro Salinas fueron los primeros con quienes estuve. Debo mencionar también a Miguel Hernández, cuya poesía se adhiere tanto a la memoria, y a León Felipe, que peregrinó por Hispanoamérica diciendo sus poemas y quien, a su vez, se adelantó en España, como Walt Whitman en Norteamérica, a la ampliación del poema, la cual lo hermana con la prosa. Recordemos que ya Lorca llamaba prosía a los poemas de Salinas. Más tarde, leí a Jorge Guillén y a Luis Cernuda. Luego pasé a los autores del 98. Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Azorín, y a Miguel de Unamuno, nombre inseparable de esta universidad. Este despertador de almas llegó temprano a Venezuela a través de las ediciones argentinas. De ellas tengo casi toda su obra. De Unamuno me interesa, además de su estilo, lo que él llamaba instinto de charla, su liberalismo y la idea de intrahistoria que realza a la gente del común, que no entra en la historia pero sostiene todo. En cuanto a la riña con Ortega y Gasset sobre lo de españolizar a Europa o europeizar a España creo que lo resolvió la creación de la Unión Europea. Como soy un gustador de la prosa, ¿qué amante del idioma no lo es?, disfruté la de todos los mencionados.
A mi regreso de Trinidad, a donde me exilió una de nuestras habituales dictaduras, que fue derrocada por un sector del pueblo y del ejército, la vida me llevó de la mano a estudiar en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Después di clases por más de treinta años, y en esa época una de las principales materias a mi cargo fue la de poesía española. Continúo este recuento. Con mi esposa, y gracias a ella, recorrimos mucho España. Inicialmente por iniciativa propia, después por invitaciones de la Residencia de Estudiantes, lugar sagrado para mí, Casa de América, o festivales como Poemat; a cada paso encontrábamos rasgos de nuestra filiación.
Ahora me referiré a un hecho capital de nuestra historia que a menudo se olvida: la llegada a Venezuela de los exiliados españoles durante o después de la guerra civil. Fueron miles y entre ellos vinieron profesores, científicos, escritores, que contribuyeron decisivamente con nuestra cultura. Como Juan David García Bacca, Pedro Grases, Manuel García Pelayo, Marco Aurelio Vila, Juan Niño, Federico Riu, Manuel Granel, Guillermo Pérez Enciso, Mateo Alonso, Santiago Mariño y muchos otros. Todos dejaron su impronta perdurable en nosotros. Quisiera nombrar a otros, pero en razón de su cantidad no puedo. En realidad vinieron españoles de todas las profesiones.
Hace años se publicó en Caracas un libro de dos tomos con biografías breves de ellos, aunque no de todos, y en 2015 apareció el libro “Humanistas españoles en Venezuela”, compilado por el escritor Tulio Hernández, hoy exiliado de Venezuela. Les daré una idea de lo dicho. Yo hice el bachillerato en una ciudad del interior, Barquisimeto, que originariamente se llamó Nueva Segovia de Barquisimeto, y recibí clases de tres profesores españoles. Es decir, no sólo trabajaron en las universidades, sino también en el Instituto Pedagógico, en los liceos de Caracas y de otras ciudades.
Antes de concluir, debo agradecerle a la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo lo que a su vez ha hecho aquí por nosotros con el apoyo de la Universidad de Salamanca. Ella fundó hace años la cátedra que lleva el nombre de un gran poeta venezolano, José Antonio Ramos Sucre, a fin de conocer la poesía venezolana. Merece un gran reconocimiento de parte nuestra.
En una entrevista dije que la palabra crisis aplicada a Venezuela es un eufemismo. Nuestra situación es algo que va más allá de la crisis. Es de salida muy difícil. Termino con una observación tal vez oportuna. Creo que los nacionalismos son abominables. Traen odios, conflicto, guerra. Ojalá aprendamos y optemos por la amistad entre las naciones; por eso he evocado la que existe entre Venezuela y España, no sin recordarles a los que atacan este país que lo hacen en español.

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DOS CARAVANAS, DOS RESPUESTAS
 
TRINO MARQUEZ
 
Podría ser cierta la afirmación del vicepresidente Mike Pence, según la cual la caravana de migrantes que partió de Honduras rumbo a los Estados Unidos fue promovida y financiada por el gobierno de Nicolás Maduro con el fin de perjudicar al presidente hondureño Juan Orlando Hernández, adversario de Manuel Zelaya, afectar la imagen de Donald Trump en las próximas elecciones legislativas de noviembre y, sobre todo, distraer la atención sobre el constante e inmenso flujo de venezolanos que corren despavoridos huyendo de la severa crisis nacional.

Hay que esperar que Pence u otro funcionario del gobierno norteamericano o del gobierno hondureño muestren pruebas que demuestren la presencia de la mano roja detrás de esta operación, que combina el dolor de la gente movilizada con el chantaje a una potencia que, por rica y amplia que  sea, es soberana para definir las características  de los inmigrantes que recibe. Crear e imponer situaciones de hecho representa una coacción que ninguna nación soberana  acepta.

       En el cuadro actual, existen  rasgos de la conducta del madurismo que llaman la atención, por ejemplo, la solidaridad tan entusiasta exhibida por Maduro y Diosdado Cabello, entre otros personajes, con los varios miles de personas   que emprendieron la travesía. Esos caminantes les parecen dignos de apoyo y solidaridad por el sufrimiento que padecen, pero no les ocurre lo mismo con los cientos de miles de venezolanos que han llegado a pie a distintas zonas de Colombia, o que se encuentran en Brasil, Ecuador o Perú en refugios donde apenas sobreviven. Cabello se burla de la visita de Angelina Jolie a Perú y considera que los reportajes gráficos de El Tiempo de Colombia, la BBC de Londres, The New York Times o la Deutsche Welle alemana, forman parte de una coreografía  montada por los medios burgueses internacionales, con la perversa intención de desprestigiar la revolución bolivariana. Resulta extraño que, en el caso de los hondureños, vean a humildes trabajadores desplazados y arruinados por el capitalismo; mientras en el otro lado, observan a unos escuálidos oportunistas e irresponsables, incapaces de aceptar las bondades del socialismo del siglo XXI y tontos útiles de las arteras maniobras de la derecha.

         Honduras se ha visto sometida durante los últimos tiempos a un intenso período de lluvias y sequías que han afectado su economía, fundamentalmente agropecuaria. Esa nación, que arrastra una pobreza secular, ha vivido una lenta, aunque sostenida y prolongada fase de crecimiento, interrumpida abruptamente por el ciclo inclemente de la naturaleza. Ese pequeño país ha sabido aprovechar el Plan alianza para la prosperidad del triángulo norte de Centroamérica, financiado básicamente con fondos  estadounidenses. Ahora de nuevo su actividad económica principal se ve afectada. El gobierno de Hernández ha admitido el delicado estado de la economía y la gravedad de la crisis desatada por las caravanas humanas. A partir de ese reconocimiento, está proponiendo un plan de inversión masiva en infraestructura  y pymes, con el fin de evitar  que nuevas oleadas de inmigrantes se desplacen hacia el Norte.

         El gobierno hondureño admite que las lluvias y la sequía han agudizado los problemas del país, que el flujo de migrantes representa un problema para esa nación, la región y los Estados Unidos. Como respuesta propone un programa para encarar y resolver las dificultades. Aunque la oposición pueda estar vinculada con las movilizaciones, el presidente Hernández no se escuda en ese argumente para eludir sus responsabilidades.

         En contraste, el gobierno de Nicolás Maduro actúa en sentido totalmente opuesto. Para Maduro y su corte la situación económica, a pesar de la hiperinflación, es estable con tendencia a la prosperidad. Los tropiezos  se han debido a la guerra económica y al bloque financiero internacional liderado por los Estados Unidos. La diáspora, que ha esparcido a varios millones de venezolanos –muchos de ellos caminando-  por distintos países del continente y el globo terráqueo, representa una leyenda negra urdida por los adversarios de la derecha. El éxodo intenta revertirlo trayendo unos cuantos centenares de compatriotas que prefieren regresar al país, antes que asumir los gigantescos retos que significa emigrar en precarias condiciones. Maduro  no propone ningún plan original ni novedoso para superar, o al menos atenuar, los entuertos provocados por su descocada política económica. Sigue aferrado a los prejuicios del marxismo más rancio y a las tradicionales fórmulas totalitarias que buscan escamotear la realidad, en vez de enfrentarla con inteligencia e ingenio.

         Las dos caravanas han recibido dos respuestas diametralmente opuestas. Los venezolanos, como ocurre desde hace dos décadas, cargamos con la peor parte.

         @trinomarquezc

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domingo, 21 de octubre de 2018

El pinochetazo venezolano

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             Thays Peñalver

Los polemistas del caso Nicaragua, también utilizan una visión simplista del fenómeno Pinochet. “Dictadura si sale con votos” es correcto y hasta yo he escrito sobre eso, pero siempre saldrá con las mínimas condiciones que debemos tener y exigir. Es decir dictadura por supuesto que sale con votos, pero jamás sin las mínimas garantías electorales. Ahora bien los polemistas tienen razón en algo, la abstención en si misma conduce al inmovilismo y al fracaso en forma de entrega. Por eso las salidas posibles las analizaremos en mi articulo dominical.
Para entender nuestras posibles salidas, les ruego que lleguen al final de este artículo que creo no va a gustar demasiado, pero que es parte de lo que pudiéramos ver en un futuro posible, porque sí apreciados lectores, vivimos el final de un ciclo histórico y todo va a transformarse y será para bien, pero el parto va a ser doloroso y no necesariamente el alumbramiento le va a gustar a muchos. Por eso hay que conocer la historia y sobre todo para no dejarnos llevar por los simplismos.
Como ya vimos, el caso Chamorro en Nicaragua se debió a la mayor intervención extranjera en una elección en toda la historia del continente, fueron miles los observadores internacionales que llegaron a tener hasta dos expertos por centro de votación. El tema de las garantías electorales fue fundamental para que Chamorro ganara las elecciones de Nicaragua [i] y como bien me recordó mi amiga Idania Chirinos, incluso tras la paliza electoral, Ortega estaba renuente a entregar su presidencia, porque la presión de los otros ocho comandantes (y el sistema) no lo permitían. De hecho las negociaciones en las horas posteriores fueron tan o más importantes que las que condujeron a las garantías electorales y fueron llevadas a cabo por los presidentes regionales, la presión mundial y con la gigantesca influencia del Presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, quien fue decisivo para que Ortega cediera finalmente y evitar así un inminente baño de sangre.
Finalmente al día siguiente las tensiones eran tremendas, no había algarabía en las calles y las negociaciones secretas con los presidentes continuaban sin descanso. No fue sino hasta esa noche postelectoral en la que Ortega visitó a Chamorro y claudicó -haciendo que el pueblo nicaragüense respirara aliviado- cuando el líder comunista dijo que aceptaría y Chamorro exclamaría el famoso: “mi bello padrecito” para luego anunciar solemne que: “esta elección no producirá exiliados, ni presos políticos”.
Pero tras esa frase que parecía democrática, se ocultaba otra gigantesca operación internacional de negociaciones. Fue Pérez quien convenció a Ortega, a tres de los comandantes más importantes y a Chamorro de buscar la paz interna y evitar toda persecución al régimen anterior, fue Pérez quien convenció a Bush padre y a Chamorro, de la necesidad de dejar como Jefe del Ejercito al más temido de los comandantes: Humberto, el hermano de Daniel Ortega. Fue Pérez el que convenció a los demócratas de emprender el camino a la inmunidad de quienes también mataron y asesinaron y también fue Pérez el que se comprometió a proteger la vida y la integridad de Chamorro, a sabiendas que una parte de los comandantes históricos (eran nueve) ya tenían la idea de asesinarla, porque no aceptaban los resultados que significaban no solo “el fin de su proyecto histórico” sino las gigantescas prebendas (dólares) que tenían sus respectivos grupos de poder. (Que caro le costó a CAP ser un Estadista para Nicaragua mientras aquí sus enemigos, propios y extraños, ignorantes del concepto de Seguridad de Estado, lo esperaban para aniquilarlo, haciéndole el mayor favor a los comunistas en toda la historia)
Pero hay que dejar también claro algo importantísimo, llegado el momento fueron los sandinistas quienes creían que podían ganar las elecciones compitiendo limpiamente y también quienes iniciaron el proceso posterior de diálogos secretos para exigir sus condiciones de entrega del poder. Y esto último, es vital para entender lo más importante en todos los procesos de dialogo y negociaciones: el que debería entregar el poder, sometido o no a presiones de todo tipo, debe obligatoriamente estar dispuesto a entregarlo.
Tanto el caso chileno como el nicaragüense, en algunos aspectos tienen muchísimas similitudes con el nuestro, la fragmentación opositora, el escaso margen de aceptación de los partidos,  la falta de respaldo casi total a movilizaciones que pueden conducir a la violencia –lo que es natural en condiciones dictatoriales- en fin que estudiar las encuestas de la época en Chile o actuales en Venezuela pueden reflejar exactamente las mismas cifras[ii].
Los polemistas obvian, como en el caso nicaragüense, el gran apoyo de Reagan a la oposición chilena basado en sus miedos de que los revolucionarios alcanzaran el poder, de allí las amenazas de Estados Unidos al régimen militar que lograron el compromiso de “respeto a las reglas del juego”, la dotación a la oposición de una red de computadoras para el control y seguimiento de los votos, la fragmentación del alto mando militar con respecto a que Pinochet continuara por la vía dictatorial y más aún las garantías electorales mínimas. Pues la Corte Suprema de Chile no solo autorizó el espacio televisivo en las mismas condiciones y gratuitamente para los participantes diariamente, sino los derechos a manifestaciones y mítines. Y hay que verle la cara a que los chilenos vieran en su televisión debates abiertamente democráticos en los que por ejemplo Ricardo Lagos llamaba mentiroso y asesino al dictador, pero además, la campaña fue estupenda porque la basaron en el futuro de su país, enaltecieron las características positivas del chileno, avanzaron contra el miedo y tuvieron una estrategia muy asertiva: dejaron atrás tanto a Allende como a Pinochet. La consigna fue: “Chile, la alegría ya viene”.
Le pido a mis amigos chilenos que entiendan que la tiranía del espacio escrito me impiden narrar con detalle la increíble templanza, honestidad y compromiso demostrado por el pueblo chileno, así como el gigantesco esfuerzo realizado por la Concertación (Unidad) en materia de preparación para el plebiscito, tanto como la existencia de un liderazgo envidiable y comprometido con su país y su futuro. Un Plebiscito tan difícil que los partidos tuvieron que crear nada menos que el Padrón Electoral, casa por casa y llevar a sus votantes a inscribirse y así controlarlos en un registro electoral (Lagos dixit) que hasta la fecha no había existido nunca, lo que sumado a la obligatoriedad del voto (sanciones económicas y hasta cárcel para los abstencionistas), logró lo impensable. Los polemistas siguen obviando, como en el caso de Nicaragua, el levantamiento de los estados de excepción y de emergencia así como el retiro de la prohibición de retornar a Chile a todos los exiliados, porque Pinochet estaba tratando de lavar su imagen internacional.
¿Si es así? Masivamente acudiremos a votar
Los polemistas y ahora hay que sumar a los tienen años haciendo comparaciones, obvian un pequeño detalle, que la segunda intervención extranjera más grande en materia electoral fue la chilena, con cerca de dos mil observadores internacionales que arribaron a Chile, un despliegue de cerca de trescientos especialistas de la ONU y la OEA, otros 348 eran diputados, senadores y políticos de 21 países del mundo (ABC), junto a cerca de 500 especialistas electorales de Europa y América sumados a mas de medio millar de corresponsales extranjeros. Pero también llegaron cientos de artistas provenientes del exterior a unirse a la campaña por el NO, por eso bien vale recordar que Pinochet no dejó entrar a Joan Manuel Serrat a Chile, pero si a Paloma San Basilio o Sara Montiel, quienes se presentaron en conciertos junto a muchos cantantes que regresaban del exilio, haciendo campaña abierta contra el dictador.
 ¿Si fuera así? Masivamente acudiremos a votar
Por lo tanto a quienes sostienen que debemos salir a votar porque así salió Pinochet del poder, tienen absolutamente toda la razón, vamos a votar aquí en Venezuela, pero con las mismas garantías que se dieron en el caso de Pinochet y cercanas a las que dio Daniel Ortega. Pero sería bueno añadir aquí, que para nosotros en imperativo entender un poco, otra de las grandes verdades históricas de ambas elecciones y su comparación con el caso venezolano.
“Hubo mucho de arrogancia” dijeron algunos tras la derrota de Ortega, “los sandinistas creyeron que podían ganar”, “todas las encuestas los daban de favoritos” y “se permitieron unas elecciones limpias”. Mismas palabras que escribió en su libro el ex presidente chileno Ricardo Lagos [iii]“la arrogancia de Pinochet fue su ruina; creía que el plebiscito solo sería una formalidad y que nada podía acabar con sus quince años de . O quizás simplemente no hizo los cálculos”. Esto mismo lo escribió magníficamente el escritor chileno Antonio Skármeta “Pinochet, seguro de su triunfo profetizado por los asesores, quiere acreditarse ante el mundo como un demócrata. La economía marcha de maravillas y lo único que hace falta es limpiarse esas manchas del uniforme. Tolera que la oposición esté presente con observadores en todas las etapas del sufragio, e incluso, un mes antes del día crucial, según lo establece su Constitución, autoriza por primera vez en 15 años un espacio en la televisión para que sus detractores pidan al pueblo que voten contra él”. Sí, tan seguro estaba.
Mi opinión es que esa misma arrogancia la tuvieron aquí en el año 2015 cuando el chavismo perdió estrepitosamente la Asamblea Nacional y ocurrió finalmente el golpe de estado a la Constitución, eliminando las potestades institucionales y legítimas nada menos que del Poder Legislativo, sacándolos del juego político e ignorándolos como actores fundamentales de la vigilancia y el control del país, creo que a partir de allí cambió para siempre nuestro panorama electoral. Como cambió cuando Ortega retomó el poder y mas nunca cedió condiciones, como seguramente no lo haría Pinochet luego de pisar la cárcel, o como no haría Lula, Dilma, Correa o Cristina si vuelven a las presidencias.
Ya el chavismo no permitiría más unas elecciones que no controlara y por eso diseñó un modelo electoral hipercontrolado al estilo cubano, en el que solo los empleados públicos e instituciones afiliadas al gobierno tuvieran la mitad más uno de los delegados a la Constituyente. Es decir podían votar el 90% por la oposición y un diez por ciento de los votos lograría la mayoría. De la misma manera que por primera vez todas las encuestadoras coincidían en dar como ganadores a la oposición en las gobernaciones de forma aplastante y terminaron siendo la minoría sin que, repito, existiera abstención.
Pero hubo otra diferencia fundamental con el caso chileno, fue principalmente en sus Fuerzas Armadas, una institución donde sus integrantes no solo estaban divididos y con poder pero que estaban dispuestas a respetar las reglas del juego que se pretendía implementar y además, comprometidos a respetar los resultados, pero sobre todo a ejercer su poder de ser necesario, pues en un momento hasta amenazaron con bombardear a los extremistas de derecha si trataban de boicotear o amenazar a los votantes chilenos. Fueron principalmente la Fuerza Aérea, la Armada y los Carabineros el contrapeso de un ejercito que también estaba dividido y con una imagen deteriorada. En el caso venezolano este contrapeso también se percibió en menor medida, en el reconocimiento de los resultados de las elecciones parlamentarias del año 2015, la inmensa diferencia es que permitieran más tarde la eliminación total del último bastión democrático de Venezuela, la Asamblea Nacional elegida por la vía del voto y luego el sistemático irrespeto a la Constitución.
Ahora bien. El problema que volvemos a tener aquí en Venezuela es el simplismo de algunos que en realmente creen que estos modelos políticos son una especie de quítate tu para ponerme yo. Ni el asunto es vamos a votar, ganamos y comeremos perdices, ni estos se van, nosotros gobernamos y comeremos perdices. Lamento frustrar a ambos bandos, pero no es ni será así. Violeta Chamorro apreciados lectores, no solo cohabitó con Ortega sino que algunas veces sobrevivió gracias a su auxilio (Huelga), su Comandante del Ejercito fue durante cinco años Humberto Ortega, buena parte de los cuadros de mando de su ejercito y funcionarios importantes eran sandinistas y al menos tres comandantes del sandinismo continuaron con un poder gigantesco durante su gobierno, mientras que otros dos la adversaban profundamente en el Parlamento y si llegó al final de su mandato, se debió entre algunas otras cosas, a sus acuerdos con el sandinismo.
Y esto en muy delicado y por eso hay que entenderlo muy bien. Daniel Ortega estaba allí siempre, compitiendo electoralmente en las siguientes elecciones y siempre subió en votos hasta que finalmente ganó gracias a la abstención, en el año 2006. Luego de la estupidez más atroz de los opositores nicaragüenses, junto a la grotesca corrupción.
Por eso no se pueden ofrecer solo elecciones y garantías porque de la misma manera que ocurrió en Nicaragua, Pinochet también se quedó como Ministro de la Defensa durante ocho años, la transición chilena fue la más complicada y dura de la historia de América Latina [iv] y buena parte de los cuadros de la dictadura le dieron la estabilidad necesaria al presidente Aylwin para garantizar el fin de todo un periodo histórico. Así que lo que usted se debe preguntar, no es si votando se van Pinochet y Ortega –si las elecciones fueran posibles- sino precisamente como sobrevivir los próximos dos períodos junto a Pinochet y a Ortega.
Por eso este domingo hablaremos de nuestras posibles salidas reales, aunque no gusten.

Sugiero la lectura de
[i] Valoracion de las Misiones de la ONU y la OEA, Ministerio del Exterior 1990 en https://library.ucsd.edu/dc/ object/bb57691844/_1.pdf
[ii] La democracia semisoberana: Chile después de Pinochet de Carlos Huneeus, Penguin Random House, 2014
[iii] Así lo vivimos. La vía chilena a la democracia de Ricardo Lagos, Penguin Random House 2013
[iv] La historia oculta de la transición: Memoria de una época 1990-1998 de Ascanio Cavallo, UQBAR, 2012 (se puede encontrar su versión PDF)
y el articulo con videos: Tres hitos que marcaron la caída de Pinochet de Constanza Chamy, BBC Mundo 04 de Octubre de 2013

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CANTAMAÑANAS

RAMON PEÑA

Para los venezolanos, la escasez se ha instituido como el signo de nuestros tiempos. Escasez alimentaria, de salud, de honestidad, de progreso, de idoneidad, de servicios publicos y hasta de futuro. Pero a contramano de tanta penuria, nos ha saturado la abundancia de dos plagas retóricas: las mentiras y las promesas.
Esta semana ha sido particularmente intensa. Soslayando la viciosa hiperinflación y el crónico estancamiento económico, nos han garantizado que, como parte de la “recuperación económica en marcha”, disfrutaremos de unas “navidades en felicidad”. Que habrá abundancia de comestibles, porque “¡90% de los alimentos que llegan a nuestras mesas son producidos en el país!” (como si pudiera ocultarse el origen de las sobre preciadas cajas Clap empacadas en México.). Pronto vamos a “ producir todo en Venezuela”, porque ya estamos a punto de ser un “país-potencia.” Cuando creiamos haberlo escuchado todo, nos inflan el orgullo patrio con esta gran noticia: “¡Vamos a llenar a China de productos made in Venezuela…!”
Es el verbo del sucesor y buen discípulo de quien fuera maestro en embustes y ofrecimientos engañosos, de aquel que juró por su propio pellejo erradicar los niños de la calle, convertir en vergel el eje Orinoco-Apure, freirle la cabeza a los corruptos y hasta construir un tubo que llevaría nuestro gas natural hasta la mismísima Patagonia.
Curioseando la sugestiva obra del catedrático español Don Pancracio Celdrán Gomariz, titulada Inventario general de insultos, un diccionario de históricos cantos rodados de la lengua castellana que describen miserias de sus hablantes, nos topamos con un vocablo que se acerca a la suma de descaro y burla de estos dos personajes:
Cantamañanas: sujeto irresponsable y pesado, mezcla de donnadie y zascandil, que llevado de su propia osadía, es capaz de comprometerse a cosas que a todas luces es incapaz de realizar.

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LOS MILES DE CUBANOS EN VENEZUELA

CARLOS ALBERTO MONTANER

Luis Almagro afirma que 22,000 cubanos se infiltraron en Venezuela. Almagro es el Secretario General de la OEA. Tiene buenas fuentes de información.
No existe la menor duda de que los servicios de inteligencia y otras ramas militares de Cuba controlan totalmente a Venezuela.
Nicolás Maduro es sólo un títere manejado por La Habana. Por eso lo eligieron Fidel y Raúl Castro. Su debilidad es su mayor atractivo. No tiene formación militar, los comunistas venezolanos piensan que es un improvisado. Todo lo que sabe de marxismo lo aprendió en un cursillo apresurado impartido en la Escuela de Cuadros del PC “Ñico López” de Cuba. Sus idioteces esotéricas – hablaba con los pajaritos, veía la imagen de Chávez en las paredes- lo desacreditaron totalmente. Para sus amos eso resulta conveniente.
La subordinación de Venezuela a Cuba es un acto contra natura. Venezuela tiene más de ocho veces el tamaño de la Isla. Posee tres veces la población cubana. En los 40 años de democracia, comenzados, aproximadamente, un año antes que la Revolución cubana, el país se desarrolló en todos los sentidos, alcanzando un estadio económico, social y cultural mucho mayor que el de la metrópolis que hoy la sujeta fuertemente por la entrepierna y absorbe una buena parte de sus riquezas.
En ese periodo, la nación creó medio centenar de universidades y la intelligentsia venezolana acudió a formarse a los grandes centros culturales del planeta. El resultado fue que, en torno al año 2000, Venezuela, pese a todos los errores cometidos por sus gobernantes, y no obstante la extendida corrupción que existía, era la primera nación de América Latina y un receptor neto de inmigrantes que acudían seducidos por las indudables oportunidades de prosperar que el país ofrecía a la riada de extranjeros.
No es la primera vez que un país pequeño, pobre y culturalmente inferior consigue dominar a otro infinitamente superior. Hay otros, pero el ejemplo de Mongolia en el siglo XIII es elocuente. Gengis Khan creó un imperio, el mayor de la historia, que iba desde la península coreana en Asia hasta el Danubio en Europa, China incluida. ¿Cómo lo logró? Sabía hacer la guerra. Sus arqueros disparaban certeramente desde sus caballitos pequeños, pero fuertes, a los que los guerreros sangraban por las noches para alimentarse durante las largas cabalgatas.
Gengis Khan estaba determinado a triunfar. Premiaba generosamente a los que se sometían y era implacable con los que resistían. Recurría al antiquísimo método del palo y las zanahorias.
Es lo que han hecho todos los imperios. Tenía un método de gobierno primitivo y torpe, mas no era una horda desordenada. Simultáneamente, él y sus capitanes preñaban a cuanta mujer fértil les parecía atractiva. Hoy existen millones de europeos dotados de genes mongoles que ni siquiera saben de sus ancestros feroces.
Orlando Avendaño, un joven periodista venezolano, colaborador de PanAm Post, ha escrito un magnífico libro sobre el sometimiento de Venezuela a Cuba. Se titula Días de sumisión e inmediatamente se explica en el subtítulo: Cómo el sistema democrático venezolano perdió la batalla contra Fidel.
La obra lleva como exergo una paradójica frase del escritor francés Michel Houellebecq. Dice el novelista: “la cima de la felicidad humana radica en la más absoluta sumisión”. En su polémica ficción anticipatoria, titulada Sumisión, en las elecciones del 2022 los franceses eligen como gobernantes un partido y un presidente islamistas, sabedores de que les impondrán la implacable sharía como ley nacional.
¿Existe el componente masoquista de una parte sustancial de los venezolanos en las relaciones con el poder de los Castro? No lo creo. Se someten por miedo. Los que huyen piensan que todo está perdido y es preferible huir a resistir.
Los militares, como todos, no ignoran que el 85 por ciento de los venezolanos quisiera que terminara esa pesadilla, pero le temen a la inteligencia cubana, secretamente presente en todos los cuarteles, donde los rifles y los proyectiles están separados para que a nadie se le ocurra conspirar.
El régimen de La Habana no sabe crear riquezas, pero es experto en mantener el poder. Lo aprendió del KGB y de la Stasi.
Incluso, se da la paradoja del “colaborador inconforme”. Es el agobiado personajillo convencido de que lo que hace es terriblemente perjudicial, pero insiste en ello porque forma parte de la estructura del terror (lo tiene y lo genera) y padece algo más poderoso que el acuciante juicio moral interno: el “espíritu de cuerpo”.
Esa sensación de pertenencia que vincula a los seres humanos y les permite convertirse en bestias.
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