sábado, 26 de octubre de 2019

Negociación y Consejo de DDHH de la ONU
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           ISMAEL PÉREZ VIGIL

El plan del régimen también se aclara. La dictadura venezolana ha venido desarrollando algunas estrategias que, al menos por el momento, le están dejando dividendos; tenemos como ejemplos concretos la negociación con la oposición y la obtención del puesto en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
El problema de la dictadura en Venezuela no es ganar tiempo, tiempo es lo que le sobra, nada lo apremia; con “diálogo” o con una “negociación” no busca ganar tiempo, porque es la fuerza de las armas la que le garantiza todo el tiempo que quiere y que necesita. La dictadura lo que busca es recuperar imagen y proyección internacional y frente a sus seguidores; el “diálogo”, la “negociación” y obtener el puesto en el Consejo de DDHH de la ONU, son acciones desarrolladas con ese propósito. Veamos algunas razones del por qué.
En enero de este año se presentaron algunos acontecimientos: el sorpresivo surgimiento del liderazgo de Juan Guaidó, nombrado presidente interino por la Asamblea Nacional; la inmensa movilización de la población venezolana en apoyo a Guaidó y rechazo a la tiranía, que se prolongó por dos meses; el apoyo internacional a Juan Guaidó de más de 50 países democráticos, occidentales; y las declaraciones de altos funcionarios de Washington de que estaban sobre la mesa todo tipo de opciones, entre ellas la militar, para solucionar la crisis política en Venezuela. Todos esos fueron acontecimientos inesperados por el régimen, que le bajaron mucho la imagen a la dictadura y por consiguiente desarrollaron varias tácticas para recuperarla.
La fallida entrada de la ayuda humanitaria en febrero y el fallido “alzamiento” militar intentado frente a La Carlota, en abril, le confirmaron al régimen que la oposición venezolana no tiene una fuerza capaz de oponerse a su poderío militar y represivo y que la comunidad internacional no está dispuesta a ir más allá de amenazas o de algunas sanciones, la mayoría de carácter personal y una que otra que le dificulta hacer “negocios” a través de algunas de las empresas del estado, como las tomadas el 5 de agosto por el presidente Donald Trump. Quedaba así la mesa servida para desarrollar sus estrategias.
El régimen ensayó, entonces, a partir del mes de mayo, las negociaciones en Oslo que le ofreció Noruega y que luego trasladaron a Barbados; demostrando así a algunos de sus nerviosos aliados –que le pedían que “negociara”– y al mundo en general que ellos son una dictadura dispuesta a la negociación. Allí, logrado el objetivo de demostrar su “disposición al diálogo”, explorado el terreno con sus aliados internacionales e internos más radicales, una vez que en la negociación se llegó al punto de tener que dar respuestas concretas, buscó un pretexto para patear la mesa y cerrar las negociaciones. Simultáneamente, venía negociando con un pequeño sector de la oposición, que se prestó al juego –o fueron timados, pensando lo mejor– y firmó el acuerdo de la Casa Amarilla; con ello “demuestra” su disposición al diálogo y a realizar unas elecciones, obviamente parlamentarias, no presidenciales, sin dar nada a cambio, realmente, excepto la libertad de unos presos o rehenes políticos, que tiene muchos. Además, fue un negocio barato.
El pretexto para abandonar Oslo/Barbados fueron las sanciones adoptadas por los EEUU el 5 de agosto; la razón de fondo es que el esquema de negociación se había “agotado” y se esperaba de la dictadura una respuesta a las propuestas opositoras sobre el tema de la elección presidencial y las condiciones de ese proceso electoral. Obviamente rechazar la propuesta electoral opositora debilitaría más la imagen de la dictadura y era más “barato”, políticamente hablando, levantarse de la mesa con ínfulas de “mártir” afectado por las nuevas sanciones del presidente Donald Trump.
Así que, lo de la elección parlamentaria no es más que una táctica de negociación; el régimen sabe perfectamente que es imposible realizar esas elecciones este año, probablemente ni siquiera a principios del próximo; pero en todo caso, ya que constitucionalmente corresponde realizar esas elecciones en el 2020, el régimen las promoverá para el momento en el que las pueda ganar o le causen el menor daño posible; también ellos aprendieron de la lección del 2015.
La jugada del régimen ahora es seguir estimulando la abstención opositora —cosa que hoy por hoy es fácil— y la emigración, que le quita presión interna económica y social y al impedir que los emigrantes voten, con eso más la abstención y cierto control del CNE, piensan que tienen asegurada la victoria electoral; incluso, aceptar la observación internacional no les importaría mucho, pues más bien la misma los “avala”.
Con el puesto en el Consejo de DDHH de la ONU, algunos opositores se rasgan las vestiduras, olvidando que la ONU –cuando un tema es conflictivo, por razones políticas, para dar cabida a todas las tendencias y mantener equilibrios internos–, desarrolla estos organismos secundarios, totalmente ineficaces, cuyas decisiones no tienen carácter vinculante. En ese Consejo estaba Cuba y han estado allí otros gobiernos violadores de DDHH; que ahora esté la dictadura venezolana, no tiene ningún significado y el régimen venezolano aprovecha una vez más la ineficacia de los organismos internacionales para enviar un mensaje a la oposición venezolana: “No sigan perdiendo el tiempo con denuncias en organismos y mecanismos internacionales, que no nos afectan, somos capaces de manejarlos y burlarnos de ellos”; ese es, en el fondo, el mensaje de la dictadura.
Desde luego también persigue quitarle fuerza al llamado Informe Bachelet, del que se ha conocido un borrador o informe oral –de marzo de 2019– y uno definitivo, tras su visita personal, en el mes de julio. En ambos informes queda muy mal parado el régimen venezolano, poniendo en evidencia innumerable violaciones a los derechos humanos, con el agravante de que la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, pertenece al mismo “campo ideológico” al que dice pertenecer el régimen venezolano, por lo que no puede descalificarla por imperialista, neoliberal, títere de la derecha, enviada del gobierno de los EEUU y demás calificativos, que de todas formas ha intentado para desacreditar el demoledor informe, que le ha dado la vuelta al mundo. La Alta Comisionada, por cierto, depende directamente del Secretario General de la ONU, y no del Consejo al cual ahora pertenece Venezuela, por lo que es muy poco lo que podrá hacer en ese organismo en contra de ese informe.
Por otra parte, su actuación en los organismos internacionales a los que pertenece y ha ocupado cargos y asientos, es tan irrelevante e ineficaz como toda su obra de gobierno, un ejemplo actual es que está dejando la presidencia de los Países no Alineados, que ocupó durante tres años y paso por allí con más pena que gloria, sin promover nada importante, sin ni siquiera aprovechar la proyección que ese organismo le pudo dar. Ese organismo ha pasado también su mejor tiempo, pues no es hoy ni la sombra de lo que fue durante la época de Mahatma Gandhi, Gamal Abdel Nasser y hasta Tito, Sukarno y Castro, le supieron sacar partido. El régimen deja la presidencia del movimiento, sin alcanzar ninguna de las metas que con toda pompa y arrogancia propuso en la Conferencia de Margarita de 2016: la refundación de la ONU, la defensa del pueblo palestino, el fin del bloqueo a Cuba, la descolonización de Puerto Rico. Su única ganancia, y no es poca, es que 105 de sus 120 miembros –ni siquiera todos– le dieron su voto para obtener el puesto en el Consejo de DDHH de la ONU.
Compleja se nos presenta a nosotros la situación, ¿Cómo llegar a unas elecciones, en términos aceptables y cómo convencer y movilizar a la oposición a que se decida a apoyar, participar y votar? Y sin ponernos a pensar todavía en cómo nos la vamos a arreglar para “cobrar” cuando ganemos; aquí es donde entraría la “comunidad internacional”. Por lo pronto, tenemos que hacer consciente estas acciones de la dictadura y ponernos a pensar en opciones para contrarrestar la estrategia del régimen.
Politólogo


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viernes, 25 de octubre de 2019


JEAN MANINAT

Ni siquiera Stephen Telling Lies en su “Historia desorbitada de los hombres más poderosos del mundo” habría otorgado semejantes poderes, dotes de mando, visión multipolar, genio para la geopolítica, capacidad de influir, voluntad para conquistar espacios ajenos, como la que algunos le otorgan a quien dirige los desatinos de esta nación. Tampoco Marvel, esa maravillosa máquina de crear superhéroes y supervillanos ha sido capaz -hasta ahora- de crear un maléfico tan poderoso como para incendiar medio mundo con tan solo un frote de su pulgar y dedo medio.

Nada mejor para obviar la realidad, para desembarazarse de responsabilidades, que otorgar al contendor que se mantiene en pie en el cuadrilátero -a pesar de los vaticinios- un pacto ilícito con el más allá, la posesión de pócimas mágicas, de filamentos rojos encantados que al soplarlos sobre la palma de la mano esparcirían el hechizo sobre el azorado contrincante bueno y el público que lo anima.

Para contravenirlo, se recurre a la magia blanca, se fabrica un mantra que a fuerza de repetirlo y -sobre todo- de seguirlo al pie de la letra desvanecería el conjuro y apartaría del poder a quien de él se vale. Algunas oficiantes, increpan furiosamente la realidad, la amenazan con el dedo índice, en la firme certeza que una buena reprimenda la hará cambiar de contenido y encontrar la salida hacia el bien común.

Según la leyenda urbana y rural, nuestro debilitado Thanos criollo estaría detrás de las revueltas en el Líbano, Cataluña, Ecuador, Chile y en estos momentos inundaría Bolivia de colectivos armados. Habría fraguado la caída de Bolton e incitado la guerra comercial entre los gringos y los chinos. Con los rusos y los turcos se estaría repartiendo el norte de Siria desplazando a los kurdos. Y le habría regalado el caballo blanco en que gusta cabalgar Kim Jong-un por las montañas mágicas de Corea del Norte. Y last but not least habría comprado a la ONU entera para acceder a su Consejo de Derechos Humanos.

De nada vale tartamudear pidiendo la intervención piadosamente bélica de la comunidad internacional, ni clamar por sanciones y más sanciones desde el exilio, pues solo demuestran ante el mundo la frustrante deriva de la oposición venezolana incapaz siquiera de presentar un frente común frente a la nomenclatura gobernante. (Por lo demás, bastantes problemas tienen los vecinos en la región para estar sacándole a otros las castañas del fuego. Suficiente con el suyo). Dividida ahora en una oposición mayoritaria y otra minoritaria (¡Dios!) es poco lo que puede hacer para plantarle cara con efectividad a un equipo y su capitán amenazados por la falla geológica de la terrible situación económica y social que viven los venezolanos, pero abroquelados para mantenerse en el poder.

El hombre más poderoso del mundo es eso, un hombre, que solo le teme a la kriptonita verde de las elecciones libres y transparentes. Hay que desenterrarla del fondo de la tierra. Lo demás son cuentos infantiles.

@jeanmaninat


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LAS GALLINAS BOLIVARIANAS

Enrique Viloria Vera



Recurro a la denostada Wikipedia a objeto de informarme más sobre estos plumíferos que desconozco, y son nuevos e inusitados protagonistas de esa comiquita llamada Revolución Bolivariana. Me refiero  a el gallo y la gallina (Gallus gallus domesticus) son la sub - especie doméstica de la especie Gallus gallus, una especie de ave galliforme de la familia Phasianidae procedente del sudeste asiático. Los gallos y gallinas se crían principalmente por su carne y por sus huevos. También se aprovechan sus plumas  y algunas variedades se crían y entrenan para su uso en peleas de gallos y como aves ornamentales

Resulta que - en la siempre recurrente imitación de las folclóricas iniciativas de la Madre Patria de los socialistas venezolanos del siglo XXI-, el Robusto Guasón Usurpador promueve una política para que la sociedad entera se vuelque a criar gallinas a fin de ganar en aprendizaje ciudadano y contar con algunas proteínas animales. Menos mal que no recomendaron criar avestruces, cocodrilos y jutias como en la Isla de la Felicidad que atraviesa como la pauperizada Venezuela por un nuevo Periodo Especial, eufemísticamente Coyuntural, que no es otra cosa que hambre, carestía, sufrimiento y desesperanza producida por un gobierno ineficiente e inhumano.

Imaginamos que el próximo paso revolucionario, además de acabar con toda nomenclatura de imperialista raigambre española, y teniendo en cuenta que Cuba es un largo lagarto verde, será cambiar los símbolos patrios, y en lugar del caballo blanco ya reformulado por el Eterno, Venezuela será un Gallo de pelea Rojo – rojito, dispuesto a picotear al Imperio y a todo quisque que se oponga a las locuras bolivarianas. El nuevo Himno Nacional, será esta versionada canción comunista de la guerra civil española:

Gallo rojo, gallo negro

Cuando canta el gallo negro

es que ya se acaba el día.

Si cantara el gallo rojo,

otro gallo cantaría



¡Ay! Si es que yo miento,

que el cantar de mi canto

lo borre el viento



¡Ay! Que desencanto,

si me borrara el viento

lo que yo canto.



Se encontraron en la arena

los dos gallos frente a frente.

El gallo negro era grande,

pero el rojo era valiente.





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¿Qué hacer?


Eduardo Fernandez

Venezuela necesita un cambio político lo más pronto posible y lo más civilizadamente posible. Hay que cambiar al gobierno y sustituirlo por un gobierno de unidad nacional que asuma la solución de los graves problemas que aquejan a la nación.

Se ha dicho muchas veces, pero repetirlo no es ocioso: Los gobiernos se cambian con balas o con votos. Un país civilizado cambia el gobierno con votos. En el caso concreto de Venezuela las balas las tiene el gobierno. Los votos podría tenerlos la oposición. Más del ochenta por ciento de los venezolanos manifiesta su deseo de que se produzca un cambio de gobierno.

El año que viene 2020 es año de elecciones. La Constitución Nacional así lo ordena. Hay que elegir una nueva Asamblea Nacional. Es una brillante oportunidad para que la voluntad de cambio de la mayoría de los venezolanos se ponga de manifiesto.

Sería magnífico que se produjera un acuerdo para lograr una elección presidencial. El cambio en la dirección del gobierno es todavía más apremiante que la renovación de la Asamblea Nacional. Pero la elección que está ordenada por la Constitución es la de la Asamblea Nacional. Ojalá la dirección política de la oposición no desaproveche la oportunidad para dar una contundente demostración de fortaleza política y de músculo electoral.

La elección debe producirse en el segundo semestre del año 2020. Hay tiempo de estructurar una dirección política amplia e inclusiva que logre interpretar a todo el universo opositor.

No se trata de conciliar intereses partidistas o de satisfacer ambiciones personales. Se trata de atender el interés superior de Venezuela y de los venezolanos.

En el año 2015 la oposición logró un triunfo espectacular, concurrió con una plataforma de unidad y con candidatos unitarios en cada estado y en cada circunscripción electoral, con una tarjeta única y con un propósito coherente.

En esta nueva oportunidad hay que lograr la mayor unidad, los mejores candidatos, los más representativos en cada estado y en cada circuito. Sin consideraciones partidistas  o sectarias. Es el interés nacional el que debe prevalecer.

Un triunfo contundente en las elecciones legislativas ayudará inmensamente a lograr el cambio de gobierno y la elección de un nuevo Presidente.

No podemos desaprovechar la oportunidad. Estamos a tiempo para lograr un éxito rotundo. Venezuela y los venezolanos esperamos mucho de nuestros dirigentes políticos.

Seguiremos conversando.

Eduardo Fernández
@EFernandezVE



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Chile: del espejismo a la realidad
Trino Marquez

La violencia -injustificable por su grado de salvajismo, desproporción y, sobre todo, masoquismo, pues hubo autoflagelación, del grupo de vándalos que destruyó varias estaciones del Metro de Santiago, numerosos autobuses del trasporte público, supermercados, tiendas de pequeños comerciantes que habían dedicado su vida a levantar esos negocios-  mostró de forma inequívoca las fisuras del ‘modelos chileno’. Aunque en las revueltas ha habido mucha espontaneidad, no todo es tan ingenuo. Algunos movimientos que integran el Frente Amplio, coalición identificada con Nicolás Maduro que reúne a organizaciones de izquierda extrema, elaboraron la “Guía para realizar plan punto final”, donde la protesta violenta no es desechada. Allí hay una fuente de inspiración.

En pocos días se convirtió en hilachas  ese Chile que los organismos internacionales, los tanques de pensamiento liberal y numerosos partidos democráticos de América Latina, mostraban como ejemplo del patrón que deben seguir los países de la región. Los informes de la Cepal, el Pnud, el FMI y el Banco Mundial  hablan de una nación que creció, en dictadura y en democracia, de forma sostenida durante más de cuatro décadas y que se  colocó  en la plataforma de lanzamiento hacia el desarrollo integral. Con un PIB per cápita de 25.000 dólares al año, según el FMI, sería el primer país del continente en superar el umbral del subdesarrollo. Esos sueños se hicieron añicos en un fin de semana.

El odio y resentimiento de grupos, especialmente juveniles, que se sienten excluidos y maltratados, eclosionó de manera irracional. Estas capas llenas de un rencor alimentado por la izquierda marxista y anarquista, cuya presencia resulta mucho mayor a la que se creía, salieron a protestar porque el Estado de Bienestar construido por los gobiernos que han ocupado el Palacio de la Moneda desde 1990, no les parece suficientemente generoso, ni equitativo. Se levantaron porque -a pesar de que cientos de miles de familias han salido de la pobreza y el salario mínimo es de $424 mensuales, entre los más elevados de la región- el ingreso no les alcanza para vivir con holgura. El costo de la educación, la salud, las medicinas, el transporte colectivo y la vivienda resulta excesivamente alto, y la seguridad social insuficiente.

De nuevo se evidencia el abismo entre la rancia aristocracia chilena, descrita de forma descarnada por Isabel Allende en Largo pétalo de mar, y el resto de la sociedad. Afloraron los desacuerdos tan hondos que siguen existiendo entre los pinochetistas y los socialistas. La sociedad chilena parece cruzada por contradicciones que solo en apariencia habían comenzado a superarse. Lo que ha emergido a la superficie es una enemistad social atávica, que el crecimiento del PIB, la modernización continua, el sistema de seguridad social basado en las Administradoras de Fondo de Pensiones, y todo el incremento de la producción y la productividad, no han logrado atemperar.

Chile a vive una severa crisis de legitimidad. Aunque algunas agrupaciones del Frente Amplio guarden conexión con los hechos violentos ocurridos, el malestar se salió del control de los partidos. Las organizaciones que  integraron la famosa Concertación por la Democrática, artífice de la transición pacífica entre la tiranía de Augusto Pinochet y la democracia, fueron tomados por sorpresa. El Partido Demócrata Cristiano y el Partido Socialista ya no representan la nueva complejidad de la sociedad chilena. Es entramado surgido con la globalización, la terciarización del trabajo, la revolución informática y el acelerado cambio tecnológico.

El reto de construir otro pacto de gobernabilidad no es solo de Sebastián Piñera y los grupos que lo respaldan. Es de todo el estamento político y la élite. El nuevo consenso o, mejor, los nuevos acuerdos, tienen que darse entre todos los sectores nacionales. En Chile se encuentra en entredicho el Estado de Bienestar que la democracia intentó construir a partir de la modernización de la sociedad. Si los saqueos y la furia alocada de los vándalos conducen a un retroceso al pasado. Si la salida se coloca en exacerbar el Estado populista a través de la elevación de los subsidios, el aumento de las exoneraciones, la reducción de los impuestos y la disminución del cobro de los servicios públicos, no se hará otra cosa que empeorar los problemas sociales en el corto plazo.

Venezuela es el mejor ejemplo de los efectos nefastos del asistencialismo irresponsable. El Metro es gratuito, pero no funciona; se convirtió en un calvario para los usuarios. La electricidad se regala, pero los apagones son permanentes y eternos. El agua no se cobra, pero jamás llega. La gasolina es regalada, pero escasea en todo el país. El gas es muy económico, pero no se consigue.

Si el nuevo “Pacto Social” del cual habla Sebastián Piñera significa, no la corrección de las desviaciones del ‘modelo chileno’, sino su sustitución por un esquema populista basado en la demagogia y el asistencialismo, colocado de espaldas a la productividad, la eficiencia y el equilibrio entre costos y precios, Chile volverá a sumergirse en el atraso. El liderazgo que enfrente y solucione la crisis vigente debe entender que la modernidad, la eficiencia, el desarrollo y la equidad se complementan.

@trinomarquezc

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CHILE: DEMOCRACIA O BARBARIE






Emilio Nouel V.
Miembro del Grupo Ávila




Sudamérica está revuelta. Diversos eventos sociales y políticos, con sus características y especificidades particulares, llaman nuestra atención, manteniéndonos a la expectativa por lo que pueda traernos en lo sucesivo.
Perú, Ecuador y Bolivia han sido escenario de acontecimientos cuyos desarrollos aún no definitivamente solventados, son motivo de preocupación en términos de estabilidad institucional y democrática.
Lo que nos traigan las elecciones próximas en Argentina y Uruguay es también de gran interés para los que habitamos esta región.
Como a muchos observadores, los recientes sucesos de Chile nos han tomado por sorpresa. Sobre todo, por la intensa violencia mostrada en ellos. La saña destructiva de grupos manifestantes hacia bienes públicos y privados es perturbadora y da cuenta de hasta donde han llegado los ánimos.
Chile es un país que ha sido visto, no solo en nuestro hemisferio, como una democracia sana y una economía pujante con una institucionalidad bien asentada.
Si a sus cifras macroeconómicas nos remitimos, está colocado en los primeros lugares de Latinoamérica, en términos de crecimiento, competitividad,   captación de inversiones extranjeras y en bajas tasas de inflación. 
A los venezolanos ver lo ocurrido ahora en Chile los traslada a los aciagos sucesos del Caracazo (1989). Entonces, un aumento moderado del precio de la gasolina, justificado en términos de racionalidad económica, desencadenó días de protestas violentas y saqueos generalizados nunca antes vividos por nuestra población durante el siglo XX.
¿Cuáles situaciones, malestares y/o resentimientos estaban larvados en la sociedad chilena que propiciaran tal reacción rabiosa, desproporcionada, ante un incremento del precio del transporte en el metro? Sin duda, nos luce que en el fondo de la sociedad chilena habrían otros descontentos que afloraron para potenciar la protesta frente a aquella medida.  
Observado desde lejos este lamentable estallido social, cuyos orígenes de naturaleza económica lucen claros, nos dejan, sin embargo, interrogantes acerca de las formas que adoptó y de los actores políticos que suben a escena de manera oportunista apuntando a cuestiones distintas, que van más allá del malestar puntual por un aumento del precio del transporte público. 
Analizados los hechos, incluso los vandálicos, algunos observan una acción organizada y coordinada de grupos políticos, internacionalmente orquestada, que habría aprovechado lo meramente espontáneo, todo lo cual buscaría defenestrar al presidente Piñera y desatar un proceso conducente a una Asamblea Constituyente. Para estos sectores radicales el objetivo no sería revertir la medida gubernamental disparadora del conflicto, sino encaminar al país por otros derroteros políticos. A estos no interesaría que Piñera instrumente medidas en favor de los sectores más vulnerables, como ya lo ha planteado al reconocer necesidades y reivindicaciones postergadas por mucho tiempo, no solo por su gobierno. El propósito de aquellos grupos sería desmontar la institucionalidad democrática chilena para instaurar un sistema de gobierno autoritario. 
Se colocan otros en la tesitura que señala a aquellos problemas no resueltos y muy sentidos, como causantes del estallido y derivados de la indiferencia y/o la inacción de la dirigencia política y la elite empresarial acusada -como ocurre siempre en estos casos- de neoliberal. La desigualdad en los ingresos sería así, una causa profunda.
En la protesta, tampoco han  faltado las expresiones ideológicas contra el sistema capitalista proferidas por algunos entrevistados en las calles, que hasta al inefable Che Guevara han resucitado.
Lo cierto de todo es que lo de Chile, junto a otras situaciones críticas en el entorno, han producido un hervidero político en la región, que podría repercutir negativamente en la estabilidad y la seguridad colectivas. Ya la enorme migración venezolana provocada por un régimen en descomposición política y moral representa un caldo de cultivo peligroso y una gran preocupación para todos los gobiernos vecinos. Solo resta esperar que los chilenos, con sabiduría, firmeza institucional, apego a la Ley y un amplio diálogo social, logren encaminarse por sendas de prosperidad y paz, ajustando lo que haya que ajustar en el campo socioeconómico.  
Nuestra región está lo suficientemente agitada en la actualidad, para que otro país, por caso Chile, se hunda también en una crisis que a nadie en el hemisferio favorece, excepto los que sacan provecho de la ocasión para introducir el caos e intentar imponer regímenes tiránicos forajidos.   

  





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martes, 22 de octubre de 2019


18 DE OCTUBRE: SOBERANÍA Y DEMOCRACIA COMPLETA

Carlos Canache Mata

Hasta el 18 de octubre de 1945 la soberanía popular estuvo secuestrada porque a los venezolanos no se nos reconocía el derecho a elegir mediante el sufragio universal, directo y secreto, sino mediante un mecanismo de tercer grado, a nuestros gobernantes. En efecto, la reforma constitucional aprobada ese año de 1945, bajo el gobierno del general Isaías Medina Angarita, negó la elección popular del Presidente de la República y ratificó que a éste lo elegirían “las Cámaras reunidas en Congreso” (artículo 100); los senadores seguirían siendo elegidos por “la Asamblea Legislativa de cada Estado” (artículo 60), sólo se dispuso la elección popular directa para la Cámara de Diputados (artículo 56), y a las mujeres apenas se les reconoció “el derecho de sufragio activo y pasivo para la formación de los Concejos Municipates” (artículo 14, letra b).

   Las citas textuales de los anteriores artículos constitucionales demuestran y prueban que fue rechazada la democratización del poder, es decir, que el pueblo, valiéndose del ejercicio del voto universal y directo, decidiese la formación de los poderes públicos. Se le permitía, es cierto, la libertad de expresión de sus opiniones políticas, la militancia en los partidos políticos que se fundaron y actuaban sin restricciones (más favorablemente durante el gobierno del general Isaías Medina Angarita que durante el gobierno del general Eleazar López Contreras), pero continuaba en pie el muro que impedía y atajaba  el ejercicio de su soberanía electoral  y lo condenaba a ser espectador y no actor en una cuestión tan esencial como es la escogencia de sus mandatarios. La situación cambió con el triunfo del movimiento cívico-militar del 18 de octubre de 1945. El historiador marxista Manuel Caballero, opositor político de los gobiernos de Acción Democrática, sostiene que “el 18 de octubre señala el ingreso de Venezuela a la sociedad de masas…para mostrar el carácter revolucionario del proceso desencadenado por el otorgamiento del voto universal, es necesario decir que él señaló el más profundo elemento de ruptura con el ancien régime”. Ramón J. Velásquez ha recordado que, antes del 18 de octubre, “el reclamo fundamental del país en esta década de los años cuarenta era el voto universal, directo y secreto para la elección de los poderes públicos”  y  apuntaba  el “origen oligárquico de los sucesivos regímenes que habían ejercido el poder”. Para el historiador Germán Carrera Damas, ese ejercicio de la soberanía popular, alcanzado con la Revolución de Octubre, significa “la más radical transformación sociopolíitica experimentada por la sociedad venezolana, desde la ruptura del nexo colonial”. Atinadamente, en su libro “El Trienio Adeco (1945-1948) y las conquistas de la ciudadanía”, el escritor independiente Rafael Arráiz Lucca dice que “sorprende escuchar repetir hasta la saciedad, de manera un tanto mecánica e irreflexiva, que el golpe de Estado del 18 de octubre de 1945 detuvo un proceso democrático en marcha, que lo precipitó, cuando es evidente que sin elecciones directas, universales y secretas, difícilmente podía hablarse de la vigencia de una democracia”.

   Con riguroso apego a la verdad histórica, se puede afirmar que, gracias al 18 de octubre de 1945, con el voto universal, directo y secreto, establecido por el Decreto del Estatuto Electoral del 15 de marzo de 1946 dictado por la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt y constitucionalizado después en la Carta Magna de 1947, Venezuela pasó de una democracia política mutilada a una democracia política completa.

   Aunque la conquista política del sufragio universal y directo basta para la justificación histórica de la Revolución de Octubre de 1945, hay que mencionar también notables logros económicos y sociales de la acción gubernamental. A vuelo de pájaro, anotaré algunos.

   En materia de política petrolera, precisa Manuel Pérez Guerrero (en carta que, estando en el exilio, le dirige a Rómulo Gallgos el 10 de febrero de 1949, publicada luego en folleto, donde resume las realizaciones de los dos gobiernos, el de facto y el constitucional, que dirigieron el país desde la Revolución de Octubre) que se alcanzó “un fuerte incremento de los recursos fiscales del Estado por medio del aumento de su participación de su riqueza petrolera”, primero por el impuesto extraordinario decretado el 31 de diciembre de 1945 y luego por la reforma de la Ley de Impuesto sobre la Renta, promulgada en noviembre de 1948. Fue el famoso “fifty-fifty”, conforme al cual la renta líquida de las empresas concesionarias no podía ser superior a la participación del Estado. Como consecuencia de esas medidas, Manuel Pérez Guerrero informa que los ingresos fiscales generados “aumentaron violentamente”, al punto de que “la cifra de 1947 representa más del triple de la del 1944”. Equivocadamente, algunos han afirmado que la fórmula del “fifty-fifty” fue obra del gobierno de Medina Angarita, lo que fue refutado por el entonces diputado Juan Pablo Pérez Alfonzo en su voto salvado en la aprobación de la Ley de Hidrocarburos de 1943, donde señala que se aumentaron los impuestos, pero “no se alcanza sino parcialmente aquello que en razón y justicia debería pretenderse”. Eso es ratificado por el economista Eduardo Mayobre, en su biografía de Pérez Alfonzo, al recordar que en ese voto salvado “se objeta que no podría alcanzarse la distribución de los ingresos obtenidos por las empresas productoras en un cincuenta por ciento para el Estado y un cincuenta por ciento para las compañías”. También Teodoro Petkoff ha escrito que el fifty-fifty fue “establecido durante la gestión de la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt” (Tal Cual 25-03-2010). Entre otros aspectos de la política petrolera, me limito a destacar el de “no más concesiones” porque las existentes más bien excedían las requeridas para mantener la producción en un nivel adecuado.

   En su Mensaje presentado el 12 de febrero de 1948 al recién instalado Congreso Nacional , tres días antes de traspasar el mando al Presidente Constitucional Rómulo Gallegos, Rómulo Betancourt enumera lo realizado para la diversificación de una economía propia “porque la ruina y el coloniazgo son la obligada meta final de los pueblos cuyo destino se vincula exclusivamente a una industria minera, manipulada por el capital extranjero”; los logros en la defensa y valorización del capital humano del país (en salud, la notable lucha contra el paludismo, reconocida internacionalmente; en educación, el aumento de la matrícula en todos los niveles y la labor desanalfabetizadora; en seguridad social, etc); la puesta en marcha de la Reforma Agraria; el “prodigioso” desarrollo del movimiento sindical (entre  1936-1941 se inscribieron en el Ministerio del Trabajo 522 sindicatos, en tanto que del 18 de octubre de 1945 al 31 de diciembre de 1947 se inscribieron 700 sindicatos).

   Hasta aquí llego, si me extiendo más, alargaría demasiado este artículo que escribo con ocasión del reciente nuevo aniversario del 18 de octubre de 1945, una fecha que ha hecho historía, y de la buena.

  







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