domingo, 27 de septiembre de 2020

FRIEDMAN, 50 AÑOS DESPUÉS


MANUEL SUAREZ-MIER


El 13 de septiembre se cumplieron 50 años de la publicación del importante ensayo de Milton Friedman La responsabilidad social de las empresas es aumentar sus utilidades en el Magazín del New York Times (NYT), que normó la prioridad empresarial hasta hace poco cuando algunos grupos la variaron.

El cambio efectuado por el Business Roundtable de EE.UU. fue discutido en esta columna en agosto del año pasado con el título de Responsabilidad Social (ver aquí y aquí), aclarando el contexto en el que se dio la definición y rechazando la caricatura que pintan los detractores de Friedman atribuyéndole que “la codicia es buena”.

Como notable reconocimiento de la importancia del ensayo en cuestión, el propio NYT publicó un número especial de su Magazín en el que reprodujo el texto original, junto con la opinión de economistas, empresarios y comentócratas variopintos, algunos de los cuáles insistieron en repetir la caricatura aludida.

Como destaca en su glosa Russ Roberts de Stanford, el término “competencia” aparece una sola vez en el párrafo final del ensayo, aunque en la visión de Friedman la competencia subyace a lo largo de toda su argumentación. 

Dado que el autor cree que las empresas deben maximizar utilidades y no propósitos más ambiciosos, la gente supuso que su posición era a favor de las empresas, lo que él siempre rechazó diciendo que él apoyaba a los mercados y que las empresas debieran siempre sujetarse a la más intensa competencia.

Negocios que tratan bien a sus empleados y clientes sobrevivirán la competencia en mejores condiciones, mientras que quienes no lo hacen perderán a unos y a otros y acabarán en la bancarrota. Con frecuencia Friedman subrayaba lo raro que líderes empresariales tildados de capitalistas a menudo actuaran justo al revés, procurando aislarse de toda la competencia habitual en mercados libres.

Para ello, gastan enormes recursos en cabilderos intentando que el gobierno les de tarifas y cuotas para evitar la competencia internacional, como se ve ahora con los productores agrícolas de EE.UU., y gestionan subsidios y otros apoyos que los aíslen aún más de un mercado competitivo y les dan poderes monopólicos.

Hoy que está de moda buscar o inventar a quién acusar de discriminación racial, los detractores de Friedman le imputan no incluir tal objetivo junto al de maximizar utilidades, a pesar de que él afirmó que, con frecuencia, era más eficiente contratar minorías y actuó en concordancia en su propia Universidad.

Me da la impresión de que es un tema que seguirá en intensa disputa un buen rato pues la regla de optimizar el valor de las empresas para sus accionistas ha sido, en buena medida, responsable de la enorme creación de riqueza en los últimos 50 años y del notable abatimiento de la pobreza en el mundo entero.

Es un debate que hay que tener en México dónde los líderes empresariales se agachan genuflexos ante el gobierno con tal de recibir contratos y prebendas para mantener privilegios y monopolios, y quienes no lo hacen son perseguidos y castigados.  

Este artículo fue publicado originalmente en Asuntos Capitales (México) el 18 de septiembre de 2020.


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 PARA QUÉ NECESITO UN REY


           ARTURO PEREZ-REVERTE


Hace tiempo que se levantó la veda, y con motivo. El rey Juan Carlos I, que pilotó la Transición y frustró el golpe de Estado que pretendía liquidarla, a quien debemos un reconocimiento político indudable, se había ido hundiendo en un cenagal paralelo de impunidad y poca vergüenza, de trinque oculto y bragueta abierta, hasta el punto de acabar convirtiéndose en principal amenaza contra su propio legado. Para quienes pretenden liquidar la monarquía, el personaje lo estaba poniendo fácil, pues los sueños húmedos de no pocos protagonistas de la actual política acarician la imagen de un monarca compareciente, no ante un juez, sino ante un parlamento, con ellos en la tribuna y señalando con el dedo. Ejerciendo de acusadores públicos en plan Fouquier-Tinville con una guillotina simbólica al fondo, mientras sus papás y familiares los ven en directo por la tele y comentan: «Hay que ver lo alto que ha llegado mi Manolín, o mi Conchita, que le ponen la cara colorada a todo un rey».

Si he de ser sincero, dudo que la joven Leonor llegue a reinar algún día. Queda feo decirlo, pero es lo que pienso. Supongo que habré dejado de fumar para entonces, así que tampoco me afecta gran cosa. Pero el presente sí me afecta. Vivo en España y espero seguir haciéndolo unos años más; por eso necesito que éste sea un lugar habitable. No digo perfecto, sino habitable. Pero cuando oigo la radio o pongo la tele y escucho a la infame chusma que desde el Gobierno o la oposición maneja los resortes de mi vida, no me gusta lo que hay, ni lo que viene. Hay muchas cosas que ignoro; pero durante un tercio de mi vida viví en lugares peligrosos, y me precio de reconocer a un hijo de puta en cuanto lo veo.

Cuando me preguntan si soy monárquico o republicano suelo responder que lo que a mí me pone es una república romana con sus Cincinatos, sus Escipiones y sus Gracos, que tenía un nivel; o en su defecto, una república como la francesa, resultado de la que en 1789 cambió el mundo, hizo iguales a los ciudadanos, abolió privilegios gremiales, provinciales y de clase, e hizo posible que la bandera francesa ondee hoy en todas las escuelas y que, después de un atentado terrorista, en los estadios de fútbol se cante La Marsellesa. Soy republicano, en fin, de la rama dura, jacobina cuando haga falta: ciudadanos libres, pero leña al mono cuando ponen en peligro la libertad. Y lo de monarquías hereditarias, pues como que no. Cuando pienso en Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII, se me quitan las ganas. Pero estamos hablando de España, de ahora mismo. Y eso ya es otra cosa.

A ver si consigo explicarme. Una república necesita un presidente culto, sabio, respetado por todos. Un árbitro supremo cuya serenidad y talante lo sitúen por encima de luchas políticas, intereses y mezquindades humanas. Pero díganme ustedes un político, hombre o mujer, que en España encaje en esa descripción. Es más, ¿imaginan a ese árbitro supremo, esa autoridad absoluta, encarnados en Pedro Sánchez? ¿En Pablo Iglesias y su república plurinacional de la señorita Pepis? ¿En Mariano Rajoy y su obtusa y pasiva estupidez? ¿En ese payaso irresponsable y transatlántico llamado Rodríguez Zapatero, que desenterró una nueva guerra civil? ¿En la ridícula y embustera arrogancia de Aznar? ¿En un Felipe González al que ahora no se le cae de la boca la palabra España que mientras estuvo en el poder evitó siempre pronunciar? ¿En Rufián? ¿En Torra? ¿En Casado? ¿En Abascal? ¿En Irene Montero?

No sé ustedes; pero yo, que me hago viejo, necesito alguien por encima de todo eso. Un cemento común, mecanismo unitario que mantenga el concierto de tierras y gentes tan complejas y peligrosas que llamamos España. Sobre todo, porque los ataques actuales a la monarquía no responden a una reflexión intelectual de pensadores serios, sino al viejo afán centrífugo de demoler un Estado a cambio de golferías particulares, chanchullos locales, demagogias idiotas y argumentos de asamblea de facultad. ¿Imaginan una Constitución redactada por Echenique, Otegui o Puigdemont?… Pendiente de liberarse de la nefasta sombra de su padre, Felipe VI es un hombre sereno y formado, irreprochable hasta hoy, mucho más Grecia que Borbón. Estoy convencido de que es una buena persona y un sujeto honrado, y nada hay hasta ahora que me induzca a pensar lo contrario. Creo que es un buen tío, como solemos decir; y nadie que haya cambiado con él dos palabras afirmará lo contrario. Ama a España y cree de verdad ser útil para preservarla en tiempos de tormenta. Hace lo que puede y lo que le dejan hacer. Y en mi opinión es el único dique que nos queda frente al disparate y el putiferio en que puede convertirse esto si nos descuidamos un poco más. Se lo dije una vez: es usted un asunto de simple utilidad pública, señor. Que no es poco, tratándose de España. La delgada línea roja. Dije eso y sonrió como suele hacerlo, bondadoso y prudente. Y todavía lo quise más por esa sonrisa.



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 Venezuela: Estrategia unificada de opositores, el camino para salir del dictador


Eugenio Martinez

DIARIO LAS AMÉRICAS


CARACAS.- El futuro de Venezuela se debate entre cuatro escenarios posibles: autocratización, militarización, transición tutelada y transición democrática plena.

Según un estudio de escenarios probables, elaborado por el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello (CEPyG UCAB) la dinámica política del año 2020 acerca al país a la autocratización.

Según Benigno Alarcón, director de CEPyG UCAB, un proceso electoral “como el que está en marcha no necesariamente lleva a una democratización (…) Para que así ocurra, las elecciones deben servir para que la represión sea costosa y contraproducente para el régimen, logrando que la oposición se unifique, movilice y gane legitimidad. Si las elecciones logran que el régimen se vuelva más tolerante con la oposición, también aumentan su competitividad”.

Desde la perspectiva de Alarcón “las elecciones pueden hacer más probable una autocratización, si sirven para hacer la represión menos costosa, o incluso innecesaria en contra de líderes y seguidores de la oposición. También si los comicios permiten que el régimen pueda controlar el costo de tolerar a la oposición manteniéndola dividida, usando las elecciones como medio para generar clientelismo competitivo”.

Según el informe Prospectiva elaborado por el CEPyG UCAB las características de los cuatro escenarios que se estudian para Venezuela son las siguientes:

Autocratización

  • Mayor concentración del poder en una élite muy reducida.
  • Avances en el control del régimen sobre el poder político.
  • Menor dependencia de la legitimidad electoral (incertidumbre sobre las reglas y procedimientos, certidumbre sobre los resultados).
  • Eliminación de los contrapesos institucionales o políticos.

Militarización

  • Estabilidad y gobernabilidad dependiente de la Fuerza Armada Nacional.
  • La necesidad de represión supera al aparato policial y paramilitar.
  • Concentración del poder político en la élite militar.
  • Desplazamiento de la élite política por la militar.

Transición tutelada

  • Transición por reforma controlada desde la élite militar.
  • Cambio de actores en el gobierno.
  • Condicionamiento de una transición a los acuerdos entre las élites militar y política.
  • Control militar de las garantías institucionales otorgadas a la institución militar (contrapeso militar al poder político).
  • Cambios institucionales progresivos y lentos

Transición plena

  • Transición por ruptura.
  • Cambio de actores en el poder.
  • Cambios institucionales y constitucionales.
  • Independencia de poderes y reinstauración de balances y contrapesos institucionales.
  • Elecciones bajo condiciones de integridad electoral

Según Alarcón resulta “importante entender bajo cuáles condiciones se puede producir una transición, y en cuáles se produce lo contrario”.

En este sentido explica que es relevante entender cómo se pueden comportar los actores más importantes: la comunidad internacional, la coalición gobierno-fuerza armada y la oposición.

En el informe Prospectiva, editado por el CEPyG UCAB se plantea que en el caso de la comunidad internacional tiene una probabilidad media de ocurrencia que ésta “quiera contener el conflicto dentro de Venezuela para que no afecte otros países o regiones, en lugar de ejercer una mayor presión por la democracia.

En el caso de la coalición gobierno-fuerza armada, la probabilidad de que se mantenga cohesionada sigue siendo alta por los elevados costos de tolerancia (sanciones, presión internacional, entre otros), y porque sus costos de salida son elevados. En este escenario se valora la necesidad de la coalición gobernante a mantenerse unida, porque en caso contrario perdería el poder.

En el caso de la oposición, el informe del CEPyG UCAB destaca que es muy probable que

“continúe dividida frente al escenario electoral debido a la estrategia de clientelismo electoral promovido desde el régimen”.

Además, se recuerda que hasta el mes de febrero de este año “se esperaba que el gobierno tuviera que enfrentarse a movilizaciones convocadas por Guaidó, pero el coronavirus no lo hizo posible luego de haber sido decretada en la segunda semana de marzo la cuarentena forzada. De modo que la variable bajos costos de represión está teniendo alta probabilidad de que continúe así en virtud de la inamovilidad impuesta por el COVID-19, pues hay menos protestas y [el régimen] no tiene necesidad de reprimir, al menos de manera masiva”.

Según el informe “la oposición apostaba a que, al menos en la primera parte del 2020 el gobierno tuviera que asumir altos costos de represión al tener que reprimir las movilizaciones por ella convocada, contando con ciertos quiebres dentro de las fuerzas armadas y mayor presión internacional por la democracia”.

La posibilidad de una transición

Según el informe Prospectivas del CEPyG UCAB un escenario hacia la transición “solo sería

posible si la oposición logra ponerse de acuerdo en una estrategia unificada que brinde confianza a actores democráticos internacionales para que continúen en la promoción de una salida democrática, al tiempo que logre acciones de movilización ciudadana que obliguen al gobierno a asumir elevados costos de represión”

En el análisis se destaca que este escenario (transición) sería posible “si logra sumar a la lucha a las dos terceras partes del país que se siente esperanzada ante el futuro del país y que sigue dispuesta a continuar luchando por recuperar la democracia y la libertad”.

Adicionalmente destacan que “aún en el caso de que a partir de enero de 2021 no se muestre un camino claro ni con resultados palpables hacia la transición democrática, una porción muy importante, alrededor de un 40 de la población, lejos de rendirse, tendería a radicalizarse aún más en su lucha”.

Además, se destaca que “la realidad que se muestra en el más reciente estudio de opinión encargado por el CEPyG UCAB es que la gran mayoría aún está lejos de rendirse. Sin embargo, una cuarta parte de la población ya ha perdido sus expectativas sobre la posibilidad de tener algo mejor y ve

cómo Maduro avanza hacia una mayor autocratización, mientras retroceden todos los indicadores de desarrollo social, económico y político.

@puzkas


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 LA CALLE TOMA LA PALABRA


RAMON PEÑA

   

El clamor de Juan Guaidó ante la 75 Asamblea de ONU, “antes de que sea demasiado tarde, ayuden a salvar a Venezuela”, no es exagerado ni alarmista. Es comparable con la circunstancia de quien clama por la liberación de un secuestrado amenazado de muerte. Se trata de un pueblo a punto de sucumbir de mengua material, moral y espiritual a manos de una banda que lo arruinó, que indolente ante sus padecimientos reprime con crueldad sus reclamos y ya, ni por demagogia, hace promesas de bienestar alguno.

El planteamiento tiene enorme audiencia. La sumatoria de testimonios y confirmación de delitos en los informes de la Alta Comisionada de Derechos Humanos y el reporte de la Comisión para la Determinación de Hechos, ambas, instancias de la ONU, han concitado el repudio de las democracias del mundo, incluidas ahora México y Argentina. No obstante, continúa siendo descartable una acción militar de fuerzas extranjeras. Su ámbito real es el de acciones coordinadas de presión  internacional, que sean concurrentes con la lucha interna de los venezolanos por su liberación. 

 

De mayor concreción es lo que ocurre en el frente interno. Esta semana, poblaciones de toda nuestra geografía, ahogadas en penuria, se han lanzado espontáneamente a la calle desafiando por igual pandemia y represión. El rasgo notable de estas protestas es que, a los reclamos por comida y servicios, ahora, voz en cuello, claman también por libertad, por la salida de sus opresores, condenan con nombre y apellido al Golem gobernante y a sus esbirros regionales y rechazan la trampa electoral. 

 

La calle está enarbolando la bandera del cambio político. El respaldo internacional es importante, pero la batalla se da en nuestro propio suelo. Las tropas están en el terreno aguardando por sus generales…


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sábado, 26 de septiembre de 2020

ESTRATEGIAS OPOSITORAS EN DESARROLLO

         ISMAEL PÉREZ VIGIL 

Desconozco lo que están haciendo internamente los partidos de la oposición democrática para desarrollar sus estrategias. Por lo tanto me limitaré a lo que cualquier ciudadano común puede observar por los signos externos y la actuación de los principales líderes opositores. Me referiré a la oposición democrática la que se desgrana o desangra en tres fracciones –encabezadas por Juan Guaido, Henrique Capriles y María Corina Machado, respectivamente– y que solo a efectos de este análisis las consideraré en “pie de igualdad”, cosa que dista mucho de ser cierta, a tenor de encuestas y resultados electorales. Excluyo de mi análisis como es evidente a la llamada “mesita”, que no considero realmente una opción opositora que busque la salida del régimen, y excluyo también a los chavistas no maduristas, que se han diseminado en algunas de las opciones señaladas.

Comienzo por la opción que encabeza Henrique Capriles Radonski que en esencia plantea aplazar el proceso electoral, pero participando en el mismo, luchando por lograr mejores condiciones y dejando abierta la posibilidad de retirar sus candidatos y no concurrir a la votación el 6D sí no se logra un cambio en las condiciones electorales.

Esta es la estrategia opositora más fácil de desarrollar. La mecánica electoral es algo bien conocido, sobre todo por los partidos políticos, y sobre la que hay vasta experiencia, de éxitos y fracasos, en más de 35 procesos electorales durante estos 21 oprobiosos años. La tarea, aunque no trivial, es escoger los candidatos, inscribirlos, organizar los comandos de campaña, recorrer el país con los candidatos, organizar los testigos para cubrir –por lo menos– el 90 o 95% de las mesas, garantizar que todos los testigos acudan a todo lo largo del proceso de votación, hasta que los resultados se envíen a los comandos y a los centros de totalización del CNE, y esperar los resultados de la auditorias en el cincuenta y pico por ciento de las mesas, para asegurar la fidelidad de esos resultados.

La mecánica política, sin embargo, ya no es tan simple. Aunque se “participe” en el proceso y no se vote el 6D, lo que está planteado con esta estrategia es movilizar a la gente de una manera segura para hacer planteamientos políticos, críticas y ofertas; entre los planteamientos estarían los de solicitar un proceso con unas condiciones electorales mínimas –por ejemplo: transparencia, habilitación de todos los partidos y candidatos, observación nacional e internacional, no utilización de recursos del estado en la campaña y otras similares– que, de no darse, de no lograrse para una fecha determinada, se denunciaría el proceso y se retirarían los candidatos. Se habría logrado así el efecto de participación y movilización y la decisión de retirar los candidatos serviría para denunciar internacionalmente el proceso una vez más y tratar de recuperar posiciones para una negociación política. De llegar al final, al día de la votación, esperemos que exista alguna opción –que no tiene por qué revelarse ahora a viva voz– para resolver el eterno dilema: ¿Qué hacer si el régimen hace fraude o peor aún, sin hacerlo, desconoce el resultado electoral y busca cualquier estratagema jurídica para ello, apoyada naturalmente en su fuerza militar?

La estrategia liderizada por Maria Corina Machado (MCM) plantea que la solución a la crisis provendrá, dicho más o menos en sus palabras, de la intervención de una fuerza extranjera, multifacética, conformada por una coalición internacional que despliegue una Operación de Paz y Estabilización en Venezuela (OPE). Habla igualmente de invocar el artículo 187, numeral 11 de la Constitución que permite “…el empleo de misiones militares … extranjeras en el país”; de invocar el principio de la “Responsabilidad para Proteger (R2P)” suscrito por las Naciones Unidas y en la activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, (TIAR); todo ello para lograr “… salir de Maduro y su régimen en el plazo más corto posible a través de una operación nacional e internacional que lo logre…”.

Aparte de otras consideraciones que ya he expuesto y no repetiré, siempre me ha parecido que la propuesta de MCM tiene dos debilidades intrínsecas. Una, que no nos dice mucho de la vía interna, de cómo lograr esa parte de lo que denomina la “operación nacional”. Y dos, que su estrategia descansa excesivamente en terceros, no en la acción que ella o los venezolanos podamos desplegar.

Invocar el artículo 187, numeral 11 de la Constitución, que dependería de la AN y no de las fuerzas que moviliza MCM, no es lo único que se necesita para la creación de una fuerza extranjera multilateral, y esto último no es algo que se resuelve levantando el teléfono y llamando al presidente de los Estados Unidos o de alguno de los países vecinos. Invocar el principio R2P, tampoco es algo simple –como veremos en detalle cuando hablemos de la estrategia de Guaidó– o que dependa de los esfuerzos que podamos hacer en el país; lo mismo podemos decir de invocar el TIAR, con el agravante de que ya se ha intentado esa vía y ha sido negada en la última reunión de la OEA en diciembre de 2019 y rechazada por la mayoría de los países de América Latina.

En síntesis, la estrategia de MCM depende excesivamente de factores o decisione que ni ella ni nadie en el país controla, por más que se alegue que el trabajo político consiste en hacer “intentos o gestiones” para lograr esa fuerza extranjera multilateral, con base en el TIAR o en el R2P.

Veamos por último la estrategia de la fracción que se congrega en torno a Juan Guaidó, la Asamblea Nacional y el G4, que la dejamos para el final por el insospechado giro que ha tenido la última semana. Como es sabido la estrategia de este grupo se bifurca en dos vías. En lo interno la no participación electoral el 6D y la organización de una consulta popular. En lo internacional, que creo que es su carta fundamental y más fuerte, pretende continuar el proceso para que la comunidad internacional mantenga la presión sobre el régimen venezolano que lo obligue a una negociación de una salida política a la crisis.

La vía interna, debemos decirlo, no ha tenido mayores avances tras la propuesta de Juan Guaidó hace un par de semanas. Nada se ha dicho acerca de qué hacer para evitar esa mortífera inmovilidad que acompaña a todas las abstenciones, aunque no la llamen de esa manera, y hasta ahora la única propuesta de acción inmediata se concreta en realizar una “consulta popular” que se pretende tenga carácter vinculante, con base en los artículos 70 y 71 de la Constitución Nacional, y sobre la cual tampoco se ha dicho mucho.

La vía internacional, prácticamente adormecida sin nuevas ideas ni propuestas de acción, recibió sin embargo un impulso inesperado con la publicación del informe sobre la violación de los derechos humanos en Venezuela que dio a conocer la Misión Internacional Independiente designada por las Naciones Unidas, que se refuerza esta semana que concluye con la presentación oral del informe de Michelle Bachelet sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela. Tras el anuncio de la referida Misión, el presidente Juan Guaidó ha renovado los esfuerzos sobre la comunidad internacional para que esta a su vez mantenga la presión sobre el régimen venezolano, que lo lleve a suspender o aplazar el proceso electoral y buscar una vía de negociación, que abra la posibilidad de un Gobierno Transitorio y un nuevo proceso electoral, que incluya elecciones amplias y libres, observadas internacionalmente, en un periodo corto de tiempo.

En ese contexto, el presidente Guaidó, con base en el mencionado informe de la Misión Internacional Independiente, en una intervención dirigida a la Asamblea General de la ONU, solicitó “…alinear los esfuerzos de asistencia internacional para restablecer la soberanía efectiva en Venezuela, y proteger a la población civil desarmada, ante la comisión sistemática y reiterada de crímenes de lesa humanidad a manos del régimen dictatorial que usurpa la presidencia de Venezuela”. Naturalmente, sin que el presidente Guaidó lo dijera expresamente, a todos nos saltó de manera inmediata, la idea de que se trataba de una invocación al principio de responsabilidad de proteger (R2P) de la ONU; sí esa era la intención, no lo sé, pero así fue recogido en las redes sociales y en muchos medios de comunicación.

Ahora es sano advertir, antes de que se generen falsas expectativas, que hasta el momento la decisión de aplicar el R2P ha dependido del Consejo de Seguridad en donde tienen capacidad de veto Rusia y China –aunque algunos señalan que, al ser una solicitud directa del representante de un gobierno legítimo no se sometería al referido Consejo. Además, también hay que considerar que hasta el momento los países tanto de la ONU, como del TIAR– que podrían formar parte de una “fuerza interventora” que actué en Venezuela, han declarado que no apoyan esa opción. En todo caso, se puede decir que se cumplió el “tramite” que algunos solicitaban de invocar el R2P, que dudo que pase a una fase de acción. Si nada ocurre no faltara quienes digan que se invocó “muy tarde”.

Estas son las opciones que nos presenta una oposición dividida, que sin que hagamos un fetiche de la unidad, ninguna de las tres fracciones pareciera estar haciendo nada por lograrla. La unidad —y mantenerla— dada la naturaleza del régimen que enfrentamos creo que es un valor estratégico, no un mero instrumento y, aun como instrumento, creo que es más importante que los demás que están sobre el tapete: votar, abstenerse o una consulta popular. El de la “unidad” es un tema pendiente, por encarar más a fondo.

Politólogo


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Los verdugos de Venezuela III: Los leguleyos celestinos del tsj


               HUMBERTO GARCÍA LARRALDE


 Los síntomas de la muerte de nuestro país son cada vez más terminantes. El informe de coyuntura del Instituto de Estudios Económicos de la UCAB de septiembre estima una caída de la actividad económica para este año del (-) 30%. 2020 será, por tanto, el séptimo año seguido de fuerte contracción, algo nunca visto en un país que no haya estado en guerra. Con esta caída, el PIB de Venezuela se aproxima a la cuarta parte de lo que era en 2013. La destrucción de la actividad petrolera – en los últimos tres meses se produjeron menos de 400.000 barriles diarios, cuando en 2013 la cifra estaba en torno a los 2,8 millones–, junto al derrumbe de la economía doméstica y el cierre de los mercados financieros internacionales, obliga al régimen a cubrir sus gastos con emisión monetaria. Así, perpetúa las presiones inflacionarias y reduce, aún más, el poder adquisitivo de las remuneraciones. El salario mínimo se acerca, hoy, a solo dos dólares mensuales (¡!). Y, con el colapso de los servicios públicos, de la banca y de la extrema vulnerabilidad del país ante la pandemia del Covid-19, no puede prevalecer sino la miseria, el hambre y la muerte para todos aquellos que no tengan acceso a las divisas.

Esta oclusión –insistimos– no es por efectos de una guerra o de un cataclismo natural; se acaba con el país a conciencia. Los que comandan las decisiones del Estado deliberadamente ignoran los clamores por un cambio de políticas, ya que implicaría desmantelar el régimen de expoliación que han instalado, fuente de sus fabulosos beneficios personales y de su poder. Son los verdugos de Venezuela.

En entregas anteriores hemos reseñado, brevemente, dos de sus componentes principales: una cúpula militar podrida que extiende sus tentáculos por el cuerpo económico y social; y quienes, desde los altos mandos del gobierno, articulan los procesos de depredación, valiéndose del comprobado modelo de dominación de los cubanos. En la presente reseña, vamos a comentar uno de los estamentos más perversos de este esquema de dominación, el constituido por quienes se prostituyen, una y otra vez, en procura de tramarle visos de legalidad a los delitos cometidos contra la nación y sus pobladores: los integrantes del tribunal supremo de “justicia” (tsj), cabrones del régimen[1].

Luego de la sentencia que absolvió al alto mando militar que desobedeció la orden de Chávez de ejecutar el “Plan Ávila” en contra de los manifestantes del 11 de abril, 2002, éste se propuso acabar con la independencia del poder judicial y ponerlo a su servicio. A través de cambios sucesivos de la ley, pudo llenar el tribunal supremo con partidarios. Hizo que se abandonaran los concursos para designar jueces, con lo que la inmensa mayoría de estos fueron designados provisionalmente, quedando vulnerables a las presiones del ejecutivo. Progresivamente, los fue convirtiendo en la versión criolla de “los juristas del horror” que documentara Ingo Müller[2] bajo el nacionalsocialismo: a los señalados como enemigos se les detiene y luego se inventa el delito con el cual inculparlos. El juicio contra Leopoldo López en 2014, que lo condenó a 13 años de cárcel –montado por la jueza Barreiros– es muestra de este sicariato judicial.

Maduro ha profundizado esta prostitución de jueces, pero ha puesto el acento en un aspecto todavía más pernicioso: “legalizar” la violación abierta del orden constitucional. Ante los resultados electorales del 6 de diciembre de 2016, que les otorgó mayoría calificada a las fuerzas democráticas en la Asamblea Nacional (AN), la Asamblea saliente, en manos chavistas, designó tramposamente a trece magistrados del tsj, para acentuar su rol como instrumento de los designios fascistas. En efecto, el artículo 263 de la constitución señala que para ocupar esos cargos se requiere, entre otras cosas, “ser jurista de reconocida competencia … haber ejercido la abogacía durante un mínimo de quince años y tener título universitario de postgrado en materia jurídica; o haber sido profesor universitario o profesora universitaria en ciencia jurídica durante un mínimo de quince años y tener la categoría de profesor o profesora titular; o ser o haber sido juez o jueza superior en la especialidad correspondiente a la Sala para la cual se postula, con un mínimo de quince años en el ejercicio de la carrera judicial, y reconocido prestigio en el desempeño de sus funciones.” Ninguno de los nuevos integrantes cumplía con estos requisitos.

Este poder judicial abyecto pasó a anular la votación de los cuatro representantes del Estado Amazonas y de la comunidad indígena[3], inmediatamente después de haber tomado posesión la nueva AN en enero, 2016. Adujo –sin prueba verificable— que se había cometido fraude. Con ello, las fuerzas democráticas perdían su mayoría calificada[4]. Cuando la AN intentó valer los derechos del electorado de Amazonas, el tsj dictaminó que estaba en “desacato”. Ello sirvió de excusa para declarar nulas todas las decisiones del legislativo tomadas con la participación de los cuatro diputados. Tampoco permitió convocar nuevas votaciones para que las comunidades indígenas y el Amazonas ejercieran su legítimo derecho a elegir sus representantes a la AN. Este bufete de Maduro terminó anulándole a la AN todas sus prerrogativas constitucionales, desconociendo las leyes que aprobaba, sus potestades para interpelar y sancionar a funcionarios públicos, para aprobar el presupuesto de la nación y los créditos adicionales, autorizar convenios de interés nacional, como las giras presidenciales a otros países, y para participar en la designación de otros poderes públicos. Es decir, vació al Poder Legislativo de sus responsabilidades.

Su Sala “Constitucional” (¡!) ha venido renovándole a Maduro un Estado de Excepción, sin que lo autorizara la AN (Art. 337[5]). Asimismo, aprobó sus presupuestos y solicitudes de créditos adicionales, hasta que la relevó de estos desafueros la asamblea constituyente fraudulenta. El abuso del tsj llegó al extremo de aprobar las sentencias, 155 y 156, para arrogarse las potestades constitucionales de la AN, alegando que todavía continuaba en “desacato”. La objeción de la Fiscal General de entonces, Luisa Ortega Díaz, llevó al órgano a desdecirse al día siguiente (sentencias 157 y 158), contrariando su propia ley, pues sus sentencias (firmes) no pueden ser modificadas. Validó, luego, la “elección” a una asamblea constituyente, a pesar de que violaba los artículos 63, 347 y 348 de nuestra Carta Magna, y también la farsa montada para “relegir” a Maduro en 2018. Ambas “elecciones” se realizaron con notorio ventajismo, un CNE parcializado, sin auditar el registro electoral y con dirigentes democráticos inhabilitados y perseguidos. En fin, el tsj ha sido el ariete para derribar todas las previsiones constitucionales, desde el artículo 5º en adelante, diseñados para garantizar el ejercicio pleno de la voluntad popular.

Tal celestinaje para con el fascismo en sus atropellos contra el Estado de Derecho, convierte al tsj en una deplorable ratonera que, de manera vergonzosa, niega los derechos humanos establecidos en la Constitución. Su felonía y traición a su misión está en la base de las terribles condiciones de injusticia imperantes en Venezuela, que llevó a una misión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU a señalar, recientemente, la perpetración de delitos de lesa humanidad por parte del gobierno de Maduro.

Con Chávez, la alcahuetería del tsj era premiada, entre otras cosas, con fabulosos sueldos. Hoy, con la ruina provocada por las mafias depredadoras, no tengo la menor duda que muchos magistrados se recompensan siendo sus cómplices. El presidente actual de esta ratonera, Maikel Moreno, tiene una denuncia en su contra por parte del Depto. de Justicia de EE,UU. por lavado de dinero. Se ofrecen USD 5 millones por su captura. Según Wikipedia[6], fue acusado por homicidio en Ciudad Bolívar en 1987 y pasó preso dos años. Participó, luego, en el asesinato de Rubén Gil Márquez, pero obtuvo otro beneficio procesal. Los magistrados Christian Zerpa y Calixto Ortega, siendo diputados por el PSUV, votaron por si mismos para integrar el máximo tribunal. Indira Alfonzo Izaguirre, hasta hace poco vice-presidente del tsj, además de ser una de las ponentes que suspendió la proclamación de los cuatro diputados por el estado Amazonas y la que anuló las elecciones estudiantiles de la de Carabobo en 2018, ganadas por las fuerzas democráticas, es nombrada por el tsj presidente del CNE, alegando “omisión legislativa” de la AN, ente que había adelantado los procedimientos constitucionales correspondientes.

En fin, estamos ante la expresión más descompuesta y rastrera de los parásitos que han condenado a muerte al país. Sin principios, sin fines, y sin nada en el medio que no fuese su despreciable intención de agradar a los agentes cubanos y a los militares corruptos en su cruzada destructora.


[1] Ver, https://www.icj.org/es/venezuela-el-tribunal-supremo-de-justicia-un-instrumento-politico-del-poder-ejecutivo/

[2] Müller, Ingo (2006), Los juristas del horror. La “justicia de Hitler: el pasado que Alemania no puede dejar atrás, Editorial Actum, Caracas., 

[3] Estos diputados ya habían sido proclamados por el CNE, máxima autoridad electoral, por lo que se violó el artículo 200 de la Constitución, que otorga inmunidad a los parlamentarios desde el momento de su proclamación.

[4] La mayoría calificada permitiría someter a referendo proyectos de ley o tratados internacionales; aprobar leyes orgánicas y leyes habilitantes; remover al vicepresidente ejecutivo o a un ministro, luego de haber sido condenado por un voto de censura; separar a diputados de sus funciones; suprimir comisiones permanentes; remover magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ); escoger al titular de órganos del llamado Poder Ciudadano; designar a los integrantes del Consejo Nacional Electoral; e iniciar un proceso de reforma de la Constitución, con la convocatoria a una Asamblea Constituyente, además del resto de las atribuciones del cuerpo legislativo nacional, contempladas en el artículo 187 de la Constitución. La mayoría calificada de diputados demócratas permitiría, por tanto, restablecer el equilibrio de fuerzas entre Legislativo y Ejecutivo, que se había ido minando desde comienzos del gobierno de Hugo Chávez.

[5] Dura 60 días y puede renovarse una sola vez, con autorización de la Asamblea. alegando una emergencia económica.

[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Maikel_Moreno

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viernes, 25 de septiembre de 2020

 VENEZUELA: DESPUES DEL INFORME DE LA ONU 

 ELIAS PINO ITURRIETA


LA GRAN ALDEA


Antes de que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU publicara su reciente informe sobre tropelías y crímenes de lesa humanidad llevados a cabo por la dictadura en Venezuela, teníamos una idea bastante adecuada de lo que estaba y está sucediendo entre nosotros. Es cierto, en principio, que la Comisión no hizo un descubrimiento capaz de mostrar asuntos que ignorábamos, pero solo en principio. En realidad, lo hizo con creces.

Lo importante del documento es su proveniencia, la calidad de la fuente de la cual mana, en primer lugar. Un conjunto de especialistas que no forman parte de una bandería ni representan intereses sectoriales, un elenco de profesionales que trabajan en la averiguación de los delicados temas que analizan como parte del ejercicio de una profesión que los obliga a llegar a afirmaciones insospechables desde el seno del organismo internacional más importante del planeta, nos pone frente a un cúmulo de crueldades y  arbitrariedades cuya existencia acredita, es decir, sobre las cuales asegura que se han concretado sin posibilidad de duda porque tienen las pruebas de su existencia.

Conviene insistir en el punto. No son reproches que vienen de un partido de oposición, ni de agrupaciones nacionales que pueden estar dominadas por la  subjetividad, ni del dolor de las víctimas, que puede ser exagerado en ocasiones; ni de la voz de un dirigente con ganas de llamar la atención, ni del comadreo de los tuiteros. No son ellos los que denuncian la existencia de un régimen criminal y sanguinario, los que aportan evidencias sobre tormentos recurrentes, asesinatos en serie, abandono de las poblaciones, depredaciones materiales y ruinas institucionales, sino la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Estamos frente a palabras mayores que deben, necesariamente, modificar la atención de la sociedad y de los dirigentes políticos.

En especial porque el documento asegura que no se trata de violaciones producidas por desmanes que en algunas oportunidades puede perpetrar una autoridad determinada, sino de un plan orquestado en la cúpula de la dictadura. De acuerdo con las afirmaciones de la Comisión, existe una telaraña que han tejido las máximas autoridades civiles, militares y policiales en tenebroso concierto para el control absoluto de la sociedad, sin dejarle oportunidades al azar o a la voluntad individual de ciertos verdugos entusiastas y autónomos. Es la barbarie amasada en una logia que no se da el lujo de la improvisación, es el mal pensado en conjunto por sus ejecutores para que se concrete con precisión matemática, para que el pueblo no escape de un cálculo destinado a apuntalar una hegemonía dispuesta a mantenerse a cualquier precio y ante todo escollo.

Estamos ante el aporte fundamental del documento: Todo está pensado a propósito para el mantenimiento de una tiranía. Un cogollo de apandillados, civiles y militares, no deja cabos sueltos en su afán de dominación, afirman los investigadores de la ONU. Describen un laboratorio de horror y salvajismo, en suma. ¿Cómo puede reaccionar la sociedad ante la pública exhibición que se ha hecho de un monstruo que antes se ocultaba según su conveniencia? Nadie lo puede vaticinar.

Quizá previniéndose más de la cuenta, sintiéndose más vigilada y atemorizada  mientras procura escudos distintos que la protejan de una amenaza sobre cuyo ataque ya no caben las dudas. Pero lo que es evidente es la necesidad de una mudanza radical de la conducta de los líderes de la oposición. Las maquinaciones ahora conocidas de la opresión no pueden tener como respuesta la retórica de Juan Guaidó, cada vez más lampiña y desalentada; ni el regodeo de los adecos en pleitos domésticos y anacrónicos, sin una sola idea digna de atención en el medio de las pueriles borrascas; ni las indefiniciones de Primero Justicia, más dignas de compasión que de entendimiento ante las ocurrencias huecas de Henrique Capriles; ni la dependencia de Voluntad Popular ante lo que ordene y mande el omnipotente don Leopoldo López desde un distante encierro que lo aleja de la candela. ¿Van a pelear así con la afinada orquesta de avasallamiento que el Informe de la ONU ha colocado en primer plano?

Entre las piezas de la partitura oficial están las elecciones parlamentarias, desde luego. Una composición de atrocidades como la destacada por el organismo internacional las incluye en lugar preferente, y obliga a respuestas distintas a las que se han manifestado sobre su cercano desarrollo. Proponer remiendos o solicitar indulgencia a sus promotores, después de saber que los comicios forman parte de una trama mayor sobre la cual existen testimonios palmarios, sería una demostración de pusilanimidad, o de falta de ideas, que abundaría en la descalificación de quienes lo intentan. Los que ya las han rechazado deben profundizar sus argumentos, buscando que se las vea ahora como parte de un aborrecible designio de conocimiento universal que las puede borrar del mapa. A la oportunidad la pintan calva.

Tales pasos son parte del menú de opciones que ofrece el informe de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU sobre las desventuras de Venezuela, cuyo contenido sugiere alternativas de renacimiento cívico que parecían borradas del panorama.


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