viernes, 2 de diciembre de 2016

VOLVER A LOS DIECISIETE


                JEAN MANINAT

Volver a los diecisiete es como vivir un siglo, es como descifrar signos sin ser sabio competente… podría haber sido la estrofa de Violeta Parra que acompañase los obituarios ofrecidos por los dolientes -engañados y desengañados- que han escoltado las honras fúnebres de quien fuera el mandamás de una isla; ingeniero de paredones feroces; mayoral de un insular complejo azucarero amargo como el fracaso; veterinario de razas vacunas de mísero rendimiento; propulsor de un sueño descalabrado -el foco guerrillero- que martirizó a tantos jóvenes idealistas en la búsqueda de su particular Sierra Maestra. Fidel Castro Ruz.
Las venas obturadas del pensamiento político latinoamericano fraguaron la leyenda del Prometeo barbudo, del David antillano enfrentado al Goliat del Norte, tan sólo armado con la honda de su uniforme verde oliva y unos cuantos rifles de incierta percusión. Al fin y al cabo, cuenta el cuento, estaba designado por los dioses del Olimpo plebeyo para realizar grandes hazañas, para salvar a Cuba, luego a Latinoamérica, y más tarde al mundo subdesarrollado, de la terrible tenaza del imperialismo norteamericano y capitalista. A sus pies se postró lo más selecto de la intelligentsia regional y europea, atraídos por un socialismo con tumba y bongó.
Ya había pasado por Venezuela y encajado el rechazo de Rómulo Betancourt a su pretensión de ser mentor de los procesos democráticos del continente, pero el gesto altivo e independiente del presidente venezolano pasó desapercibido para parte importante de quienes alimentaban una gesta heroica poblada de Rolex GMT Master, y ensueños trágicamente montañeros. En la invasión del país por las playas de Machurucuto, dirigida por algunos de sus mejores operadores militares, encalló uno de sus primeros intentos de exportar la revolución cubana.
Habría que añadir la despistada pasantía revolucionaria del Che en el Congo y posteriormente en Bolivia; la confiscación del envión democrático que derrocó a Somoza en Nicaragua por una vanguardia también verde oliva; la aventura militar angoleña que firmó la sentencia de muerte del general Arnaldo Ochoa y -entre otros- uno de los “jimaguas” de la Guardia, Tony, tan dolorosamente narrado por Norberto Fuentes en su libro Dulces guerreros cubanos. Y como telón de fondo de tantas costosas aventuras, el hundimiento de un país en la pobreza y el atraso, la ausencia de democracia y derechos humanos, el éxodo de sus ciudadanos hacia el Imperio en los más creativos objetos flotadores manufacturados por el hombre desde el Arca de Noé.
Vendría el abrazo fraterno y millonario del difunto presidente Chávez para sacarlo de la bancarrota histórica que hoy es herencia compartida. Ambos países naufragaron en el mar de la felicidad. Y Venezuela sigue siendo rehén de ese encuentro malhadado entre tres difuntos sonrientes.
Pero el mito navega, persiste, cuece los huesos de grandes escritores fallecidos, labra la impenitencia de sus admiradores de la primera hora, ilumina el trazo de las esquelas fúnebres de gobernantes y periodistas. Alguien escribe que, “para bien o para mal se labró un lugar en la Historia”; otro argumenta que, “Cuba era su propiedad, pero ¡qué propiedad! ¡Y cómo la transformó!” Y viene el retintín de la Cuba prostíbulo del Caribe, de los gringos protestantes buscando santuario para pecar. Y no podía faltar, una referencia a la segunda entrega de El Padrino, de Coppola. Y créanos, provienen de gente que hace años de años, despidieron a ese esqueleto de sus closets.
Como un curioso homenaje, dos días después de que el Comandante mandó a parar su estancia en este mundo, se inauguró el primer vuelo comercial entre Estados Unidos y Cuba del post-fidelismo. Volver a los 17…
@jeanmaninat

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Conferencia Episcopal: La crisis que vivimos va a producir un colapso en el país


SOFÍA NEDERRSNEDERR@EL-NACIONAL.COM

El presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, monseñor Diego Padrón, señaló que la situación económica y social tiene a todos los venezolanos muy urgidos e inquietos sobre una respuesta del gobierno que garantice mejores condiciones de vida que las actuales.
“Con la devaluación de la moneda es imposible adquirir lo esencial y menos cualquier producto accesorio. Por el contacto con la gente nos percatamos de que hay miedo porque no se sabe si llegaremos a la Navidad con cierta tranquilidad. La crisis que vivimos va a producir un colapso en el país, en un momento podemos encontrarnos paralizados y será cuando el gobierno deba asumir su responsabilidad en los cambios radicales que se requieren”, subrayó.
El también arzobispo de Cumaná afirmó que el Ejecutivo solo no puede resolver la crisis nacional; por eso, se necesita del diálogo, que, indicó, es un proceso largo y lento, lleno de marchas y contramarchas, que no produce resultados inmediatos, al menos que sea la liberación de los presos políticos, y no obstruye el desarrollo de otros mecanismos constitucionales ante la crisis, entre los que mencionó acciones concretas de los partidos y acciones cívicas.
Monseñor Padrón expresó que en medio de la crisis económica y social del país, “el gobierno podría ejercer acciones conjuntas con la empresa privada, pero esto no puede hacerse mientras mantenga un lenguaje de confrontación, atacando y perturbando. El gobierno atribuye todo a una guerra económica que no ha sido capaz de derrotar. El momento es tan tenso y riesgoso que no puede lograrse nada mediante el desencuentro. El gobierno debe oír el clamor del pueblo y entenderse con la oposición”.
Estallido
El presidente de la CEV no cree que se produzca un estallido social pese a la gravedad de la situación del país porque la gente está preocupada y ocupada buscando alimentos y medicinas. Añadió que en el subconsciente de los ciudadanos está el recuerdo de que en las salidas violentas es el pueblo quien pone los muertos.
“Los violentos son los que están en el gobierno, son los que han comprado y tienen las armas”, afirmó.
Señaló que no está claro el caso de los 13 hombres asesinados en la llamada Masacre de Barlovento, así como otros incidentes en varios estados “donde ha habido un nivel muy grave de mortandad”.
Monseñor Ovidio Pérez Morales, obispo emérito, puntualizó en su cuenta de Twitter que el momento que atraviesa Venezuela impone definiciones claras: “O dictadura totalitaria castrocomunista o democracia pluralista constitucional. O colapso o reconstrucción”. El prelado aboga en las redes sociales por la salida electoral a la crisis mediante el referéndum revocatorio este año.
“Jesús viene en Navidad y quiere encontrar un país liberado de opresión política+economía de hambre+corrupción, violencia, mentira sueltas”. Pide consultar al pueblo sobre lo que quiere para la nación, parar los paños calientes “porque el tsunami avanza”.
Piden mediación del nuncio
En Aragua pidieron la mediación del nuncio apostólico, monseñor Aldo Giordano, para que sean liberados los 13 estudiantes detenidos durante la Toma de Venezuela el 26 de octubre pasado. “Nuestros hijos no son delincuentes, son estudiantes. Una parte de los muchachos sí participó en la protesta, pero otros no, aun así los tienen como presos políticos. No son militantes de partido político, ni siquiera están inscritos en el CNE”, dijo Yusnavy Rodríguez, madre de Jorge Daniel Báez.
El partido Avanzada Progresista solicitó al nuncio Giordano mayor esfuerzo y rapidez para que se concrete un diálogo verdadero entre el gobierno y la oposición. “Es necesario que se den resultados el propio 6 de diciembre porque el pueblo está desesperado al no ver los alcances de la mesa de diálogo”, señaló la coordinadora general de AP, Maribel Castillo.

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Entre Fidel, Mitterrand y Felipe González

FRANCISCO MARTIN MORENO

EL PAÍS

Todas las comparaciones son odiosas, pero equiparar a dos genuinos personajes, constructores de la Europa moderna, defensores a ultranza de la democracia, de las instituciones políticas, de los derechos universales del hombre y de la voluntad popular, amantes de la libertad de expresión, luchadores incansables de la creación de empleos y de la generación de riqueza nacional, escrupulosos protectores de los intereses de los excluidos de la evolución económica, social y cultural, auténticos socialistas, con un sátrapa como Fidel Castro, constituye un atentado en contra de la inteligencia, de la razón y de la obviedad.
Felipe canceló empresas quebradas y anacrónicas, extendió créditos públicos y privados de cara a la introducción de avances tecnológicos destinados a aumentar la productividad con el objetivo de hacerlas más competitivas, en el entendido que a más empresas sanas, más empleos, más consumo de productos nacionales, más equilibrio social, más divisas, más utilidades, más recaudación tributaria en todos los niveles de gobierno, más crecimiento económico y más capitalización: unas empresas fuertes hablan de un fisco fuerte y por ende, de un país fuerte al contar con más presupuesto público para construir más obras de infraestructura, dotar con más y mejores servicios a la comunidad, más y mejores sistemas de impartición de justicia, más solidez institucional, más y mejor educación, más democracia, más desarrollo político, más certeza y oportunidades de negocios para los inversionistas nacionales y extranjeros, más posibilidades de abrazar más proyectos sociales, culturales y económicos y a la inversa.
Su éxito más notable que disparó la economía española, además de la revolución educativa, fue la inserción de su país en la así llamada Comunidad Económica Europea. Resultaron afectadas las sobredimensionadas empresas públicas heredadas del franquismo. La "reconversión industrial" incluía la privatización de empresas públicas, así como fuertes inversiones en infraestructura como una red de autovías y de autopistas, así como la construcción de la primera línea de ferrocarril de alta velocidad entre Madrid y Sevilla, entre otros sorprendentes avances durante su histórica administración.
Francois Mitterrand, en dos palabras y media, otro revolucionario socialista, ejecutó diversas reformas sociales, liberalizó la radio y la televisión, aumentó el salario mínimo para asegurar la supervivencia incluso de los desempleados e incrementó la ayuda familiar, regularizó masivamente a los inmigrantes "sin papeles" para incorporarlos al mercado de trabajo, instauró una quinta semana de vacaciones pagadas, redujo la semana laboral de 39 horas y adelantó la edad de jubilación a los 60 años, además de haber derogado la pena de muerte, despenalizado la homosexualidad y disminuido la duración del servicio militar a 10 meses.
¿Y Castro era de izquierda? Castro fue un tirano represor. Asesinó, o si se desea, fusiló a sus opositores, impidió durante más de medio siglo la celebración de elecciones democráticas, destruyó la economía de Cuba, acabó con los empleos productivos de las empresas privadas, burocratizó la economía con recetas sacadas del bote de la basura, extinguió la libertad de expresión e impuso la obligación de callar so pena de morir en un paredón o de optar por huir en una balsa a Estados Unidos con el peligro de perecer ahogados en el mar Caribe. Ni González ni Mitterrand disponían ni deseaban una policía secreta ni eran la encarnación del embuste y del atraso ni representaban al poder judicial, al ejecutivo y al legislativo conjuntamente. Siempre pelearon por las garantías individuales.
Quienes hoy lloran al tirano caribeño en el fondo ocultan tendencias tiránicas inconfesables. ¿Fidel Castro era un político de izquierda digno de ser imitado? Por supuesto que la historia no lo absolverá, sino que lo condenará por haber destruido generaciones de cubanos, gente noble y cálida que todavía no se ha liberado de la tiranía castrista. Al final cabe una pregunta: ¿Existen las culpas absolutas? Si la pregunta es válida, porque alguna responsabilidad deben tener los cubanos en la patética duración de la tiranía, la comparación de Fidel con Felipe González y con Francois Mitterand, asimilando a los tres como hombres de izquierda, constituye un atentado en contra de la razón más primitiva, además de una violenta negación de la más elemental evidencia. ¡Que Castro jamás descanse en paz!

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DECADENCIA Y ANOMIA

NELSON CHITTY LA ROCHE

No hubo un reino de la libertad total al principio, como lo habían planteado los teóricos del estado de naturaleza (el hombre nacido libre de Rousseau), ni habrá un reino de la libertad total al final, como preconizaron y predicaron los utopistas sociales. No existe ni una libertad perdida para siempre ni una libertad ganada para siempre: la historia es un entramado dramático de libertad y opresión, de nuevas libertades a las que contestan nuevas opresiones, de viejas opresiones abatidas, de nuevas libertades reencontradas, de nuevas opresiones impuestas y de viejas libertades perdidas. Norberto Bobbio.

¿Qué le pasa a Venezuela? Ensayar una respuesta a esa pregunta puede exigir estudio, investigación, reflexión y tiempo. No hay de eso mucho disponible. Me atrevo sin embargo a discurrir a partir de dos conceptos que me vienen al espíritu, a medio paso entre lo epistemológico y lo fenomenológico. Siento que el país vive más que una coyuntura. Tal vez una época pasa y aún la otra no llega.
Las cavilaciones de los extraordinarios griegos Sócrates, Platón, Aristóteles por solo evocar a los filósofos más acreditados arriban cuando ya Grecia conoce un sostenido declive. Nunca más regresará de ese bajón, pero crecerá, aunque luzca paradójico, en influencia, admiración y respeto llegando incluso a trascender, desde otros modelos civilizatorios a los que influyó, como Roma, al extremo que Toynbee consideró a unos y otros como civilización helénica.
No hay dudas acerca del ritmo progresista que conoce Venezuela a partir de los años veinte del siglo XX. De ser uno de los países más pobres y atrasados del continente escaló posiciones y se convirtió en varios aspectos incluso en una referencia. No significa que se construyera una potencia universal, pero, pasó a ser un Estado reconocido y una sociedad de empuje y desarrollo sanitario, social, económico, institucional, político y educativo. Esa dinámica, firme, aunque a ratos pesada o lenta, se interrumpe con el arribo al poder de Hugo Chávez Frías y la caracterización demagógica y populista que fue de suyo la impronta que marcara su talante histórico.
Spengler enseñó que los procesos culturales conocen fases y ciclos. Toynbee se distinguió del alemán, aunque compartió el método, en las conclusiones y no se asumió como un determinista, sino que dejó un espacio para que el hombre mostrara, si lo tenía, el genio y el talento para forjarse un destino. Las civilizaciones conocen a veces un “tour de forcé” escribió el inglés, y en el forcejeo entre caer o resurgir sus actores juegan un papel trascendental. Así son a veces capaces los pueblos de sobreponerse y torcer la tendencia inclusive.
Una serie de factores juegan un papel en esto que le pasa a Venezuela y mencionaré algunos. El primero es la militante antipolítica que cundió y cunde aún por todas partes y que tuvo en los medios de comunicación sus histriones más consagrados, que no los únicos, sin embargo. Lo segundo, y tal vez como consecuencia del horadar de la antipolítica, tenemos a la anomia que, por cierto, fue promovida y auspiciada por el liderazgo político emergente llamando revolución al desarme moral y normativo, constitucional, institucional, social, educativo, económico que impulsaron desde el aparato público anulando al Estado y comprometiendo el accionar por el bienestar del colectivo de la potencia pública, simulando servir a los más desfavorecidos. El tercero fue un discurso segregacionista, divisionista, marginante seguido de la construcción de una suerte de apartheid que atentó contra la nación y trasladó al liderazgo la decisión soberana, usurpándola y, para ello, inficionó de personalismo el ideario democrático a cambio de una propuesta populista. Seguidamente cobró su cuota el conocimiento burlado, desconocido, obviado en la fragua de una política económica errática, de un modelo económico petrolero inviable, de una gestión fiscal insostenible. Complacer al ignaro a como diera lugar se tradujo en una aventura perniciosa que los precios del petróleo elevados escondían pero que asestaban en lo estratégico un muy duro golpe a la sindéresis y a la disciplina de las finanzas públicas. Venezuela no alcanza a saber el costo de oportunidad que se permitió dejando hacer a Hugo Chávez, pero recién empieza a conocerlo extraviada en una vorágine violenta y deletérea que nos lanza hacia un desastre sin perspectivas de superación.
Paralelamente sobrevino un fenómeno del que habíamos escapado, pero latía en el recelo y en la apuesta antipolítica. Me refiero a la ideologización que emerge en la búsqueda fantasiosa del oficialismo y que captura y transversalmente irradia la dinámica social y política. El socialismo irrumpe para fagocitárselo todo, aunque solo lo logra parcialmente. Un ademán de pensamiento se pretende justo y legítimo al extremo de rechazar la escogencia democrática expuesta con ocasión de la reforma constitucional propuesta por Chávez y negada el 2 de diciembre del 2007. Marcó un hito ese fallido intento que nos sacó del canal normativo y nos introdujo en la secuencia actual. Razón tuvo Octavio Paz al advertirnos que, “la ceguera biológica impide ver, y la ceguera ideológica impide pensar”. En efecto, se puso en evidencia lo que ya sabíamos de Corea del Norte y Cuba, regímenes incapaces de corregir ni modificar sus orientaciones y políticas petrificadas las mismas por el abandono de la democracia y especialmente de los mecanismos de control del poder. Venezuela a su manera se amarró a ese panfleto del socialismo del siglo XXI y cavó una zanja entre la racionalidad republicana y democrática y los delirios y arrebatos de una pasión ideológica probadamente funesta.
Muerto Fidel Castro cabe señalar que ese país constitutivo de una experiencia consumada de totalitarismo y socialismo decayó en todos los órdenes y perdió el rumbo de sus derechos humanos y ciudadanos, víctima del arribo y permanencia de un régimen ideologizado. Los números eran macroeconómicamente y socialmente buenos con relación a la cuasi totalidad de los países del continente para el momento de la revolución castrista y 60 años después la tenemos ocupando un lugar indigno de sus potencialidades y con un pueblo triste y desesperanzado. Venezuela arruinada, frustrada, empobrecida y especialmente en lo espiritual pareció haber tomado el mismo resbalón y gira cada día hacia el abismo, el retroceso y la barbarie. Los gobiernos ideologizados postulan una versión de la realidad contraria a la verdad u hacen que se la creen.
Los regímenes ideologizados pierden además el sentido de la responsabilidad y de la ética que le es propia. Weber nos insistió en la indispensable valoración de los actos y de las consecuencias en los seres humanos, llamando la atención sobre la circunstancia del impacto de nuestras acciones y el compromiso con esas resultas que afectan a los demás. Prevaleció la ética de la responsabilidad sobre la ética de la convicción, pero, para notarlo y asumirlo es menester examinarlo y concluirlo. Hitler, Stalin, Tito, Mao, Ceaucescu, Pol Pot, Kim Il-sung, Kim Jong-un, Fidel son ejemplos patéticos entre otros más de esa experiencia de gobiernos ideologizados y nefastos. Chávez pugnó por entrar en el listín y el epígono Maduro aún cree que lo logrará.
Pero lo más característico de esos liderazgos y, por cierto, claramente es el caso venezolano, es la renuncia a un innecesario futuro a los que arrastran a los conciudadanos. Lo que tenemos, dicen, es lo que es; es lo que hay, nada más. No nos moveremos del poder, agregan. No necesitamos consultas democráticas o las manipulamos a placer porque tenemos la razón y por ello llegamos para quedarnos. Por eso se hacen llamar comandantes supremos y eternos, pero, ya hemos visto, y a Dios gracias, que esas eternidades a veces duran más de lo que quisiéramos pero terminan siempre.
Para eso, para vencerlos, para torcer la viga, es indispensable crecer en ciudadanía y no solo como cuerpo político con miras a rescatar la soberanía secuestrada por los landros facinerosos que hoy gobiernan, sino para convocar las fuerzas y recursos de la nación y levantar en supremo envión al país que languidece. Urge una reacción total, ellos tendrán su némesis y nosotros inventaremos un porvenir. Viene a mi memoria ese texto que anticipa una frase del historiador económico venezolano Asdrúbal Baptista y “el futuro es el origen de la historia”.

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DIALOGÓ SIN DIÁLOGO

OSCAR HERNANDEZ BERNALETTE

Cuando leímos que el alcalde Carlos Ocariz, había expresado que el gobierno no había cumplido con las condiciones pactadas durante el encuentro del 11 y 12 de noviembre y que la oposición había cumplido con todo lo acordado, confirmamos lo que habíamos planteado en esta misma columna, que “era evidente que las fuerzas democráticas no podían estar preparadas para iniciar un proceso de diálogo”.
El proceso fracasa, precisamente, porque nunca existió diálogo. Ninguna de las partes, incluyendo los facilitadores, cumplieron lo que también señalamos como los pasos indispensables que había que seguir si, efectivamente, se quería que el gobierno y la oposición alcanzaran la implementación de acuerdos apropiados para sacar a Venezuela de esta crisis.
Se omitieron, para desventaja de la oposición, una ruta obligatoria para que los resultados del proceso fueran creíbles y verificables. Indicamos que el montaje de la escena necesitaba pasar por cuatro etapas, cada una importante y progresiva: 1) prediálogo (evalúa la voluntad real de las partes), 2) el diálogo (desarrolla una agenda de largo aliento), 3) negociación (ponen en la mesa sus requerimientos y logran acuerdos), 4) verificación (se dan un plazo para que se confirme lo acordado). La ausencia de esta metodología, clásica pero diáfana, colocó ese proceso precisamente ante la frustración que indica Ocariz.
Precisamente, es en la primera etapa en la cual las partes en conflicto descubren la sinceridad del acercamiento. El fracaso de una gestión de esa naturaleza para los negociadores y facilitadores no es como cuando se frustra una compra-venta, es la ventana que queda abierta para una escalada conflictiva de mayor envergadura.
Insisto en que todos perdemos ante un fracaso del diálogo y la negociación. Pero, sin duda, si es el gobierno el que juega a negociar sin vocación, al final será el que pague el precio mayor.

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LA RESISTENCIA DESDE LA PALABRA

EDGARDO MONDOLFI G.

El pedigrí de Ramón J. Velásquez en tiempos de dictadura puede medirse por sus temporadas en la cárcel: tres en total. La primera, más bien breve, se dio al apenas irrumpir el régimen de facto en 1948. De hecho, su detención se produjo alrededor del 30 de noviembre, o sea, a seis días del pronunciamiento contra Gallegos. En esta oportunidad le tocaría compartir calabozo con su superior, Alejandro Oropeza, para quien Velásquez trabajaba en calidad de secretario en la Corporación Venezolana de Fomento. La última, sin duda la más cruel de las tres, habrá de iniciarse en cambio tras su aprensión, en agosto de 1956, en la sede de la reviste Élite, acusado estrambóticamente de ser coautor de un plan de magnicidio. Para esa fecha, junto al frenesí que caracterizara cada vez en mayor grado el mando unigénito de Marcos Pérez Jiménez, figuraba la necesidad de la propia Seguridad Nacional de exaltar su celosa actuación como instrumento indispensable para la solidez del régimen, tal como probablemente ocurra hoy en día con el Sebin.
Pero, entre una y otra estancia carcelaria, figura la que habría de sorprenderlo en pleno ejercicio del periodismo y en defensa de la palabra escrita. Hablamos de los tiempos del Triunvirato (1950-1952) durante los cuales se instala en el país una falsa sensación de tregua, alentada en buena medida por la idea de unos supuestos reacomodos y, sobre todo, de unas presuntas elecciones que, cuando se celebren, tendrán el auténtico signo del engaño y de la estafa. Aunque en el entretanto el régimen prodigase ilusiones en tal sentido, quienes se expresaban desde la prensa debían ir acostumbrándose con prisa a sortear la barrera que imponía la censura. Y la única forma propicia de hacerlo sería a través de un periodismo concebido sobre la base de metáforas, insinuaciones, mensajes encriptados y, en suma, de doble sentido. Esta se convertirá cada vez más en la única forma posible de hablar de política durante la antesala a la guerra a muerte que advendría a partir de 1953.
Periodista acostumbrado a respirar a sus anchas en tiempos más propicios para la libertad, Velásquez también tendrá que ir adiestrándose a su manera, durante esos años que corren a partir del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, dentro del mundo de las parábolas y, en suma, tallándose un lenguaje hecho de segundas intenciones que, al tiempo de burlar el cepo de la censura, fuese capaz de ser entendido por todos.
De esta forma se inicia la aventura del semanario Signo, editado en los talleres de la empresa Ávila Gráfica y en la cual participan también, asumiendo todos los riesgos inimaginables, el impresor José Agustín Catalá y el poeta Juan Liscano. Los reportajes serán pieza central de la revista y, aunque no calcen firma (otra forma de esquivar la saña censora), gran parte de ellos estarán a cargo de Velásquez. Como no podía hablarse de la Venezuela de aquel presente, el autor habría de ingeniárselas para hacerlo acerca de la Venezuela del pasado: y así, si Antonio Guzmán Blanco venía a cuento para dar a entender lo que significaban los delirios del poder, Gómez cumpliría idéntico propósito con respecto al modo en que suelen comportarse los dictadores. Como bien lo dijera Simón Alberto Consalvi al hablar de esos años de periodismo críptico: “Hablar de Gómez era, por consiguiente, hablar de todo lo prohibido en la década de los cincuenta”.
Pero no solo resucitar a Guzmán Blanco, o a Gómez, servirá a este propósito de aprovechar los escasos resquicios que brindara la lectura entre líneas: los reportajes versarán también sobre otros desmanes y delirios que, aunque contemporáneos, podían lucir relativamente ajenos, como la Argentina de Perón. O bien, para hablar del morbo de la corrupción y, en este caso, no aludir directamente a su propia realidad, hacerlo concentrándose en la que azotaba a Cuba en esos momentos, escenificado trágicamente por el suicidio de Eduardo Chibás ante los micrófonos de una emisora radial de La Habana mientras dirigía una alocución contra la gestión deshonesta de Carlos Prío Socarrás. Estos reportajes también forman parte a su modo de los papeles de la Resistencia, y así conviene tenerlo en cuenta a la hora de leerlos a la vuelta de los años.
Empero, la temeridad del taller que tenía a su cargo publicar Signo, e incluso la del propio Velásquez, irán más lejos al acometer la impresión de un libro de denuncias contra el régimen triunviral. Un libro que, como lo sintetiza Diego Arroyo Gil, revelase las maniobras delictivas en las alturas del poder. La iniciativa anida en la mente afiebrada de estos protoconspiradores y es así como, en la antevíspera de las amañadas elecciones de noviembre del 52, comienza a circular, compuesto a varias manos, y con el aliento que desde la clandestinidad les brindara Leonardo Ruiz Pineda, quien a poco sería abatido por la Seguridad Nacional en plena calle, el volumen titulado Venezuela bajo el signo del terror, mejor conocido como Libro Negro de la Dictadura. Para supuestamente lograr el despiste necesario, el colofón advierte que se trata de una obra editada en México. En tiempos simplemente adversos, esta aventura publicitaria, sin duda la más audaz emprendida contra el régimen, conducirá a la clausura definitiva de Ávila Gráfica, al exilio de Liscano y le costará la libertad, entre otros, al impresor Catalá y al periodista Velásquez. A partir de entonces, y antes de su tercera prisión en la Cárcel Nueva de Ciudad Bolívar, Ramón “Jota” habrá de dar a la Cárcel Modelo de Caracas donde experimentaría con mayor amplitud el vejamen y el atropello.
La palabra escrita infunde miedo a todo régimen de fuerza. De allí que el historiador Manuel Caballero tal vez fuese quien mejor definió lo que significara aquella aventura editorial y, también, la segunda prisión de Velásquez. A su juicio, tal cosa contradecía en esencia uno de los artículos de fe de Pérez Jiménez y de su policía política: aquel según el cual “papelito no tumba gobierno”.

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¿Por qué un dictador de izquierdas no es un dictador?


Jaime Gonzalez

ABC

¿Qué extraña pulsión o arrebato mental lleva a muchos a condenar la represión y el asesinato perpetrados por dictadores de derecha y, sin embargo, les impulsa a justificar la represión y el asesinato que cometen los dictadores de izquierda? La respuesta no es sencilla, pero tal vez la clave esté en la instrumentalización marxista del concepto de revolución, entendido como ruptura y continuidad. Para el comunismo, la revolución tiene un comienzo temporal, pero como se encuadra en un largo proceso histórico, material y social, no termina nunca.
Para la izquierda, Fidel Castro no fue un dictador, sino un revolucionario. Y como un revolucionario está facultado para encarcelar o exterminar a quienes piensan distinto durante todo el tiempo que sea necesario para dar continuidad al proyecto, los dictadores de izquierda pueden dejar en suspenso los derechos humanos durante casi sesenta años sin que podamos llamarles asesinos.
Sin el castrismo, Cuba hoy podría ser una democracia imperfecta, pero una democracia al fin y al cabo. Y los cubanos disfrutarían de unas cotas de libertad y progreso que —por muy relativas que fueran— serían infinitamente mayores de las que gozan ahora. Por la sencilla razón de que no tienen ninguna. El futuro de Cuba permanece anclado en el pasado, varado en mitad de la nada, pero como Fidel Castro —según la izquierda— se murió siendo un revolucionario, la culpa de que el proyecto no haya terminado de cuajar no es suya, sino de quienes no le dejaron llevarlo a cabo. Habrá que darle tiempo a Raúl.
La inmensa mayoría de las dictaduras que existen en el mundo son de izquierdas, tal vez porque las detestables dictaduras de derechas no responden al viejo concepto marxista de revolución y, en cuanto que constituyen una gravísima amenaza, hay que combatirlas por una elemental razón de dignidad. La dignidad, para la izquierda, es un gigantesco embudo. Tanto que la muerte de Fidel les ha nublado la razón.
Rectifico: ya la tenían nublada. Algunos llevan así sesenta años.


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