domingo, 25 de junio de 2017

JUEGO AMAÑADO

Raul Fuentes

EL NACIONAL

En tiempos felices y no muy lejanos, en los que dábamos por sentado que las dictaduras eran historia pretérita, habríamos amanecido en alguna playa barloventeña, bañando de mar un ratón de minas, curbatas y culo e’puyas, y resonarían en nuestra azotea, durante horas humectadas de cerveza, el tan-tam y el taqui-taqui sanjuaneros sin que hubiésemos reparado en que el día anterior, 24 de junio, se festejaba el triunfo de la causa emancipadora en Carabobo y los milicos celebraban la fecha a ellos consagrada con desfiles, ascensos y condecoraciones –aseo, conducta y aplicación–, empapados de envejecidos escoceses que, ahora, solo pueden costear bolsillos revolucionarios, bonificados y dolarizados por el narcotráfico y la corrupción. En esos tristemente recordados días de alegría, quién iba a pensar que la historia iba a repetirse con la instauración de una tiranía cuyos cabecillas, camuflados de macacos inofensivos, resultaron crueles gorilas. Tampoco barruntábamos que la epopeya carabobeña se reduciría al protagonismo de un «angelito negro» pintado con charreteras en un mural patriotero, acaso un manumiso que, de haber participado en combates, lo habría hecho en calidad de corneta, tamborilero o carne de cañón, no de guerrero con tiempo para despedidas de culebrón.
Desconcierta que en medio de trágicos o catastróficos acontecimientos se refieran menudencias que no vienen al caso –el cuentecillo del apócrifo Negro I y su cursi adiós de postrimería es ejemplo de esa manía distraccionista–, un andar por las ramas que desdibuja los hechos y enrarece la historia: basta prestar atención a los medios informativos para constatar que, a pesar de la crisis dominante, siempre hay espacio y tiempo para trivialidades noticiosas con las que se procura impedir que las contingencias eclipsen una normalidad artificiosa, ya que tales bagatelas no pasan de ser dedos escondiendo el sol. Con este tipo de argucias y su perenne atribución de todos los males a una conjura desestabilizadora conducida por una «derecha» moldeada con su mazacote dogmático, los voceros oficiales banalizan la tragedia. Deliberadamente y con estratagemas similares con las que –de Stalin a Fidel, pasando por Mao– se silenciaron o minimizaron matanzas perpetradas en nombre de la revolución. Y cuando, por vez primera, ocurre que Reverol obvia la nómina de sospechosos habituales, ¡albricias!, para reconocer desafueros de las huestes acaudilladas por el ahora capo metropolitano, Benavides Torres, es forzoso conjeturar que algo se está cocinando en el horno cupular. ¿Se sustancia acaso un expediente para el cambio de timón? La pregunta no es retórica y viene a cuento porque ni querer queriendo pueden ignorar el encolerizado Maduro, el cuasi ratificado y desplazado Padrino, y sus pares y nones las discrepancias irreconciliables y los descontentos mayúsculos que afloran en los dos partidos o facciones –PSUV y FANB– que sirven de soporte funcional y tenaza represora al régimen.
De la denostada república civil y democrática que precedió a la bolivariana, el redentor dedujo que el fair play no era lo suyo, que poner en manos de opositores la vigilancia de la gestión pública y la administración de justicia era escupir pa’rriba y que a él no le pasaría lo que a Pérez, así que, camaradas constituyentes, ¡cuidado con una vaina! Advertencia inútil, no porque los asambleístas hicieran caso omiso de sus bravatas, sino por ajustarse tanto a ellas que el traje a la medida no le sirvió cuando los esteroides lo inflaron. ¡Reforma, quiero reforma! ¡El del güiro soy yo!, clamó y consultó al soberano. Este lo despachó con la seña del mudo, ¡miii! No lo podía creer: victoria de mierda y derrota pírrica (sic), rumió ante el primer puñetazo recibido en una pelea que no concluyó porque lo salvó el tañido de la Parca. Su pupilo subió al ring, mas bailar salsa no es lo mismo que boxear en la arena política. Por eso el manager cubiche, óyeme tú, no te mandes, déjate de pendejadas que el pueblo es mucha gente y si a Chávez se le volteó a ti te revuelcan. ¡Mosca! Por eso Maduro no somete a consulta la (im)pertinencia de su engendro. De hacerlo tiene todas las de perder, pues ¿quién en su sano juicio respaldaría ideas tan anacrónicas y excluyentes como el voto censitario?
Miguel Otero Silva contaba que en la cárcel había enseñado a un compañero de infortunio a jugar ajedrez. Un sindicalista avispado que pronto dominó el escaqueado para urdir complejas celadas. En una partida en la que un enroque se reveló como garrafal error, el autor de Fiebre se pasó de listo y «desenrocó», diciéndole al contendor que había olvidado instruirlo acerca de ese «movimiento táctico casi en desuso». Una trastada morrocoyunamente azul de la que MOS confesó sentirse avergonzado y, por ello, como dicta la decencia, se disculpó. La anécdota sale a relucir para contrastarla con la desvergüenza de un gobierno impúdico que cambia las reglas de juego cada vez que se siente en desventaja, desvergüenza contagiada a una caterva de jueces cuya amoralidad queda al descubierto en el juicio exprés adelantado para defenestrar a la fiscal. Tamaña desfachatez pone de bulto su duplicidad. Con ese background no se puede, lo hizo Delcy, la retrechera en Cancún, acusar a países democráticos de venderse a Estados Unidos, mientras se negocian los votos mercadeados por minúsculas naciones insolventes –¿cuánto hay pa’ eso?, how much?, combien?–, miniaturas geopolíticas que, en términos demográficos, representan apenas 5% del continente. ¿Aquí sufragio restringido? ¡Yo te aviso! Y la mujercita tuvo el desparpajo de cantar victoria… ¡Pirro!
La constituyente comunal derramó el vaso de la paciencia nacional y potenció el volumen de una protesta que, invocando el artículo 350 de la Constitución vigente, insta a desconocer al TSJ, al CNE y al mismísimo Maduro, en una semana huracanada, y de nerviosos lances en el tablero castrense, que comenzó con la capital tomada por escuadrones de esbirros y delincuentes organizados en colectivos, y finaliza, a paso de ganso, sin resaca de tambores, enlutada por la partida del gran Pompeyo y las prácticas de tiro, ¡bang, bang!, efectuadas por la pretoriana Guardia Nacional, utilizando como blanco a los manifestantes, y con una población apostando por la desobediencia civil para poner fin a la carnicería roja y a la acumulación de cadáveres sobre los que la dictadura fundamenta su mandato. Es cuestión de dignidad ciudadana impedir la estafa prostituyente del 30 de julio. Aunque para ello debamos incendiar el cielo.
rfuentesx@gmail.com

Leer más...
EL 350

CARLOS RAUL HERNANDEZ

(A Eglée González)

La Constitución es un conjunto de normas que la Humanidad inventó específicamente para proteger los seres humanos frente al Estado, el más temible depredador cuando anda por la libre. Georg Jellinek escribió que era la jaula que encerraba a la fiera del poder. Esas mismas normas generalmente establecen la anatomía y la fisiología de las instituciones, cuáles son sus órganos y cómo han de funcionar. Fijan límites hasta donde Leviatán no debe dar un paso más porque peligran los derechos a la vida, la privacidad, la propiedad y la libertad. Así el término “dictadura constitucional” de los años cincuenta es un contrasentido y los gobiernos son dictaduras precisamente cuando pueden disponer de la vida, libertad y propiedad de la gente, porque no hay Constitución. Las constituciones son reglas que las sociedades sanas no deben implantar por mayoría sino por consenso.
La mejor Constitución que tuvo Venezuela, la de 1961, asesorada y escrita por brillantes juristas españoles asilados aquí para la época, fue producto del consenso entre las fuerzas políticas y sociales. Con el mismo fin las constituciones de las grandes democracias solo se pueden aprobar, reformar y enmendar a través de un complicado mecanismo que incorpora mayorías calificadas de los parlamentos, las legislaturas regionales y los municipios –así era la de 1961– un amplio acuerdo horizontal y vertical. El sentido es claro: impedir que un demagogo mayoritario pueda pasar por encima de las minorías y aplastarlas. Incluso, autores tan diferentes como Montesquieu, Hayek y Rawls no contemplan que los derechos esenciales se sometan a mayorías electorales, sino al acuerdo entre mayorías y minorías.
 
El demagogo peligroso
Hitler, con su facultad para enloquecer a los alemanes, podía hacer la Constitución que le diera la gana, hasta el extremo de que un pensador de la talla de Karl Schmith no tuvo pudor para escribir que el poder constituyente en Alemania era el fuhrer que encarnaba la voluntad del pueblo, –como Fidel la de Cuba. La de EEUU elaborada en la Convención de Filadelfia, concilió intereses antagónicos del Estado Federal naciente contra los estados, los estados grandes contra los pequeños; y los choques multidireccionales entre el Estado Federal, los estados, los municipios, y el corazón de la sociedad libre: los derechos de los seres humanos individuales. Así creó la obra de ingeniería política más admirable de la Humanidad. Fue la obra cumbre de un hombre cumbre, George Washington, y suya la creación del Senado en sentido actual. En la Convención se presentó una crisis que casi hundió el proyecto constitucional.
Varios estados estuvieron a punto de retirarse porque según el diseño presentado, para integrar la Cámara de Representantes cada estado escogería un número de diputados correspondiente al volumen poblacional, lo que aplastaría los estados pequeños: Virginia elegiría veinticinco, por ejemplo, mientras Rhode Island tendría uno solo. Washington ideó entonces la Cámara Federal, el Senado, en la que todos tendrían por igual dos senadores, y que sería política y administrativamente la instancia superior. Controlaría la gestión de la Cámara de Representantes y daría el visto bueno o no a las leyes que vinieran de ella. Los senadores se elegirían por ocho años mientras los representantes lo serían por cuatro años. Así superó el impase, pese a que nunca disertó en las plenarias –habló diez minutos en la clausura– desayunaba con las delegaciones por separado para discutir con ellas.
 
La amenaza Constituyente
De allí su conocida anécdota. Vertió café hirviendo en el plato, mientras comentaba “…el café viene caliente de los representantes. El Senado lo enfría”. Un siglo después el poder constituyente recorrió el mundo para devorar el orden anterior y crear una nueva sociedad. En el XX el golpismo latinoamericano lo descubrió y más reciente, los marxistas. Antonio Negri, el teórico terrorista italiano de Brigadas Rojas –huésped bolivariano– descubrió que “el poder constituyente es la revolución”, y tuvimos el proceso en Venezuela, Bolivia y Ecuador. El espantajo constituyente se convirtió en una amenaza democrática a la democracia y al orden establecido, tal como lo vivimos, y por eso ninguna Constitución decente contiene semejante sífilis política que pone de nuevo en manos de mayorías momentáneas caudillos el destino de los Derechos Fundamentales. Pero los demagogos embriagados de popularidad dejan colar un error.
Desde la Edad Media se acepta el derecho a la rebelión, como reza en la Declaración de Independencia de EEUU y en las constituciones francesa y alemana entre muchas otras, aquí llamado 350: todo ciudadano, civil o militar está obligado a restablecer por la fuerza la Constitución si el Estado la viola. Es un principio que desprevenidos confunden con la realidad, y que en la práctica sirve solo para legitimar una acción, pero no la realiza, ni otorga la fuerza para hacerlo (algunos creían que al “aplicarlo” el gobierno “se iba”). Lo imaginan como una trompeta de Jericó cuyo solo sonido derrumba las murallas, una invocación sobrenatural. Incluso, una vez que la fuerza actúa, los políticos son los que califican: para la OEA de entonces, las caídas de Zelaya en Honduras y Lugo en Paraguay fueron golpes de Estado, pero hoy seguramente las evaluarían como rebeliones constitucionales.
@CarlosRaulHer


Leer más...
PEQUEÑA CRÍTICA DE DISPARATE


FERNANDO RODRIGUEZ

A Pompeyo, este dolor inesperado, quien mucho me enseñó de lo que sigue.

Una profesora ucevista me paró hace unos días y me dijo que escribiera el domingo siguiente una información que tenía del hermano de su suegra, oficial retirado, y es que al puerto de Guanta había llegado un barco repleto de sirios que eran los que iban a dirigir en adelante la represión, vestidos todos de negro. En vano le dije que los sirios vivían muy lejos y estaban muy ocupados con su guerra, que si era por bestias sádicas aquí sobraban, como se veía en cada marcha, y que eso del traje negro me parecía particularmente raro, muy hollywoodense. Me miró de arriba abajo.
Creo a pies juntillas que mucho mal nos hace, hablo de opositores a la tiranía, el andar diciendo extravagancias “radicales”, valga decir, eludiendo la verdad y sus exigencias, que ella y solo ella ha de conducirnos a estrategias adecuadas para superar el horror en que vivimos. Por lo cual he sacrificado una inusual afluencia de temas importantes (OEA, antejuicio de mérito a la fiscal, cambios en el gorilaje, agenda de la MUD) por decir una perogrullada que en algo pudiese ayudar al uso del buen sentido, en esta era de la posverdad y en un país con uno de los gobiernos más mentirosos del mundo, unos cuantos laboratorios de infamias y una prensa, a veces muy noble, golpeada por la penuria.
Hay una regla del método científico que consiste en preferir las explicaciones simples a las complejas, siempre que no haya criterios firmes, demostraciones, para optar por las segundas: la viejísima “navaja de Okham”. Lo que podría evitar que rotundos opositores se la pasen diciendo cosas estrambóticas sin prueba alguna, como cualquier Maduro, Reverol o Cabello... Lo cual colabora con la general confusión y podría hacer útil esta prudente disposición.
Un solo ejemplo, rotundo pienso. Usted está enterado de que la fiscal Ortega ha dicho unas cuantas cosas de grueso calibre que han puesto a tambalear el gobierno criminal. Hasta tal punto que se puede considerar que es la mayor victoria, en el muy ansiado terreno enemigo, con que hemos contado hasta hoy. Qué pasó en las profundidades de la psiquis de la aplaudida dama, les confieso no solo que no lo sé, sino que no me interesa para nada. Me atengo a la simple constatación de cuánto ha sumado, ante nuestros asombrados ojos, a la causa de la resistencia a la banda de tiranos. Tanto que al muy divertido Carreño, de pública disfuncionalidad mental, se le ha ocurrido el desvarío extremo de que la señora está loca de atar y debe ser destituida. O Iris Valera, que ha procedido a devorarla verbalmente, depredadora de cuidado que yo temería más que a varios colectivos juntos. O que Cabello y otros desmelenados que han jurado que apenas se instale la asamblea, el primer día, la primera hora, saldrían a buscarla para darle justo castigo. Esta es una explicación simple que se atiene a una lectura mediática poco inquisidora, cándida.
Pero usted no, ya sé. Usted siempre anda mosca y no se come el cuento de esa conversión inusitada. Detrás de eso hay una patraña concertada con Maduro, seguramente elaborada por Raúl Castro y el G2 cubano, los de aquí son muy brutos para maniobras tan barrocas, que terminará en otra engañifa para la resistencia, algún diálogo zapatérico adormecedor que mermará su capacidad bélica que es la única en que usted cree, a pesar de sus más bien acomodaticias costumbres. No abundo en los detalles que usted agrega, algunos muy concretos y que saca de fuentes vedadas a compatriotas más crédulos, extraídas seguramente de algún pozo séptico de las redes. Es, sin duda, una explicación mucho más elaborada y compleja que la mía. Lo que sucede es que usted debería aportar para hacerla comestible, en sano uso de la razón, un conjunto de demostraciones de la más diversa índole, desde psicoanalíticas hasta politológicas, que nunca aparecerán, nunca. Le confieso que prefiero, amo más mi simpleza y sus muy visibles sustentos que sus osadas hipótesis de hablador de bolserías.
Ya las cosas están bastante complicadas y difíciles, por favor no le agregue más disparates lógicos, fuentes misteriosas y proyecciones de sus retorcimientos y penumbras. Necesitamos dar en el clavo, desesperadamente.
Leer más...
SECUENCIA Y CONSECUENCIAS

ELSA CARDOZO

Con indignación hemos visto cómo el texto de declaración negociada entre cancilleres de la OEA durante dos semanas –muy largas, medidas en la acelerada secuencia de penurias, violencia y arbitrariedad padecida por los venezolanos– fue despreciado por los trece ministros que votaron en contra o se abstuvieron. No hay apuro, dijeron algunos, en falso prurito consensual. Ni en la reunión de cancilleres ni en la de la Asamblea General, en la que se intentó la aprobación de la creación de un grupo de facilitadores, la minoría que obstaculizó el acuerdo no expuso argumento de fondo alguno. No los hay.
Pocos cancilleres –de Venezuela con insultante prepotencia, por supuesto, y de Nicaragua y Bolivia– hicieron impertinentes alegatos de soberanía y de defensa al principio de no intervención que hace muchas décadas que no aplican a la protección de los derechos humanos, incluido entre ellos el derecho a la democracia. Mucho menos alegables ante situaciones de abierta represión, violencia letal y, en general, arrollamiento de todos los derechos humanos como la que se vive en Venezuela.
Otros ministros, no menos indolentes, se valieron de rebuscadas digresiones procedimentales para desaprobar o evadir los compromisos previamente concertados. A ello optaron sin disimulo quienes pidieron más tiempo para reconsiderar lo más que considerado y documentado, para postergar acuerdos como si el tiempo sobrara o –con palabras que rayan en el cinismo– para proteger el “verdadero” sentido de la OEA mientras se obstaculiza su tarea esencial. El tiempo corre en contra de los venezolanos ante un gobierno afincado en sofocar por la fuerza sin disimulo alguno la más que legítima protesta y empeñado en “constitucionalizar” su proceder con una inconstitucional convocatoria constituyente.
La lentitud, los alegatos de soberanía y las argucias procedimentales evidencian cómo un grupo minoritario de países margina las razones de conciencia y, en equivocado cálculo de cortísimo plazo, obstaculiza la concertación de iniciativas para frenar la deriva autoritaria y propiciar la negociación de una transición a la democracia en Venezuela.
Con todo, de un lado está esa minoría de gobiernos vulnerables a la presión del gobierno venezolano, pero del otro está la mayoría de los países del hemisferio, que son los que mayor posibilidad tienen de actuar, disuasiva y persuasivamente, a favor de una solución pronta y negociada.
Entre los primeros, a los de gobiernos democráticos deben hacérseles varias preguntas incómodas: ¿querrían en sus propios países un régimen como el venezolano, especialmente en lo que concierne al irrespeto del Estado de Derecho y la protección de los derechos humanos?, ¿qué mensaje sobre sí mismos transmiten a sus electores y a otros países cuando dejan al gobierno de Venezuela consolidar con violencia su designio autoritario?, ¿en qué ayuda a la autonomía de sus Estados despreciar compromisos internacionales como los de Caricom, la Carta de la OEA o la Carta Democrática Interamericana?, ¿se han paseado por las consecuencias que tiene para sus países el desastre que prometen las acciones actuales y planes inmediatos del gobierno venezolano?
A los primeros, esa mayoría de países americanos cuya preocupación no hace más que crecer ante cada anuncio, insulto y agresión con que el gobierno de Venezuela procura aislarse y aislarnos, hay que exigirles que no cejen en el empeño de contribuir a crear condiciones para que en se dé una pronta solución negociada. Entre esos países, a los que se suman voluntades de Europa y el Vaticano, están las mayores posibilidades de ofrecer incentivos y garantías internacionales para el cumplimiento oportuno de lo acordado entre venezolanos. No hay tiempo que perder en una secuencia represiva que tiene consecuencias humanas, materiales y de seguridad que desbordan las fronteras de Venezuela.


Leer más...
MIS CITAS CLASICAS DE REPUBLICANISMO

ELIAS PINO ITURRIETA

 EL NACIONAL

Aristóteles, Política: “Nadie considerará feliz al que no participa en absoluto de la fortaleza, ni de la templanza, ni de la justicia, ni de la prudencia, sino que teme hasta a las moscas que pasan volando junto a él, no se abstiene de los mayores crímenes para satisfacer su deseo de comer o de beber, sacrifica por un cuarto a sus amigos más queridos, y es además tan insensato y tan falso como un niño pequeño o un loco”.
Cicerón, Sobre la república: “¿Quién, pues, llamaría cosa del pueblo, esto es, república, a aquella en la que todos se vieran oprimidos por la crueldad de uno solo, donde no existiera vínculo alguno de derecho, ningún consenso, ninguna camaradería, lo cual es un pueblo? (…) No diré, por lo tanto, como ayer, que donde hay un tirano hay una república viciosa, sino que se ha de decir, como me compele ahora la razón, que no existe absolutamente república alguna”.
Cicerón, Sobre los deberes: “Los hombres pervierten a los que son los fundamentos de la naturaleza cuando separan a la utilidad de la moralidad”.
Plutarco, Catón menor: “Los ciudadanos no debían temer a los hijos de los germanos y de los celtas, sino al mismísimo César”.
Tito Livio, Los orígenes de Roma: “Hasta tal punto es difícil la moderación en la protección de la libertad, cuando cada uno, simulando querer la igualdad, se ensalza de tal modo que humilla al otro; y los hombres, procurando no tener miedo, antes bien se convierten en temibles; e inferimos a los demás la violación de un derecho que nosotros rechazamos, como si fuese necesario causarla o sufrirla”.
Tácito, Anales: “Se cuenta que Tiberio, cada vez que salía de la Curia, solía decir en griego una frase como esta: ¡Oh, hombres preparados para la esclavitud!”.
Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio: “Es una cosa fácil reconocer de dónde nace en los pueblos su afecto por el vivir libre; porque se ve por la experiencia que los ciudadanos jamás han ampliado su dominio y su riqueza sino mientras han estado en libertad”
Maquiavelo, Discursos…: “Un pueblo es más prudente, más estable y de mejor juicio que un príncipe. Y no sin razón se asemeja la voz del pueblo a la de Dios, pues vemos que la opinión general consigue maravillosos aciertos en sus pronósticos, tal que parece que por una oculta virtud le previene de su mal y de su bien”.
Bodin, Los seis libros de la República: “Como en la música de la lira y de las flautas, o en el canto vocal mismo, se debe obtener un concento entre voces de sonidos distintos, que no pueden tolerar los oídos eruditos si es monótono o discrepante, y este concepto acorde y armónico resulta de la concordia congruente en la dirección de las voces más disímiles, así del temple de los órdenes más elevados, más bajos y medios, como del acorde de los sonidos, la ciudad concierta el consenso con la dirección razonable de los sonidos más disímiles y que los músicos en el canto llaman armonía, en la ciudad se llama concordia, el vínculo más fuerte y robusto de consistencia en toda la República”.
Voltaire, Pensamientos sobre la administración pública: “Un republicano siempre está más apegado a su patria que un sujeto a la suya, por la razón de que se ama mejor el bien propio que el del amo”.
Rousseau, Cartas escritas desde la montaña: “La libertad consiste en hacer menos nuestra voluntad que en no estar sometido a la de otro; ella consiste en no someter la voluntad de otro a la nuestra”.
Rousseau, Sobre la economía: “La patria no puede subsistir sin la libertad, ni la libertad sin la virtud, ni la virtud sin los ciudadanos; ustedes tendrán todo si ustedes forman ciudadanos, sin eso ustedes no serán sino malos esclavos, comenzando por los jefes de Estado”.
Shakespeare, Julio César. Habla Bruto: “Si hay algún querido amigo de César en esta asamblea, a él le digo que el amor de Bruto por César no era menor que el de él. Si entonces ese amigo pregunta por qué Bruto se alzó contra César, esta es mi respuesta: no es que yo amé menos a César, sino que yo amé más a Roma”.
Tocqueville, El antiguo régimen y la revolución: “Quien busca en la libertad otra cosa que ella misma, está hecho para servir”.
Verdi, Aida: “O patria! O patria… quanto mi costi!”.
epinoiturrieta@el-nacional.com
Leer más...
MEMORIAS DEL EXILIO

TULIO HERNANDEZ

I. Como ocurrió en Chile, Uruguay y Argentina cuando las dictaduras militares de las décadas de los años setenta y ochenta del siglo XX, y en nuestro propio país cuando la perezjimenista, cada vez más venezolanos han tenido que optar por el exilio para no ir a la cárcel o exponerse a cualquier tipo de escarnio o agresión ejecutado directamente por los voceros oficialistas desde las pantallas de VTV, el canal estatal secuestrado por el PSUV, por los colectivos chavofascistas a su servicio o por los cuerpos de seguridad del Estado.
No estoy hablando de la diáspora a secas. La formada por los, se supone, casi 2 millones de connacionales autoexpatriados a distintos lugares del planeta buscando mejores condiciones de vida. O simplemente huyendo de la delincuencia y el crimen desbocado.
Hablo de un exilio específicamente político. Aún no cuantificado. De venezolanos que tienen o han tenido que dejar el país por la persecución oficial. Los hay notorios, como los dirigentes políticos Manuel Rosales, ya de retorno. O como Carlos Vecchio, quien se escapó de las garras de la cúpula madurista. Aún afuera. Pero también los hay silenciosos. La mayoría. Con muchos de ellos me he encontrado por estos días de periplo forzado en ciudades de Colombia y España.
II. Los menos notorios son diversos. Hay muchos que formaron parte de empresas del Estado como Corpoelec y han tenido que huir porque fueron acusados de sabotear el sistema eléctrico. Chivos expiatorios de la incapacidad gerencial roja. Una mañana cualquiera, tras el pitazo de algún amigo, hicieron sus maletas al azar y se marcharon sin mirar atrás.
También hay militares acusados de conspirar. Otros que pagan la culpa de haber formado parte del comando que trasladó al caudillo ya muerto a su fugaz prisión en La Orchila. Hay directivos de medios demandados por Diosdado Cabello. Activistas de ONG que alguna vez formaron parte de comisiones convocadas por el gobierno, como la Comisión para el Desarme, y como se lo tomaron en serio se volvieron incómodos para los oficialistas. Hasta que un día un jerarca rojo les hace llegar un mensaje intimidante –algo así como “calladita te ves más bonita”– y la persona lo entiende. Se marcha de inmediato. Sin maletas. Dejando su casa tal como estaba cuando salió por la mañana.
III. En Madrid tuve la oportunidad de conversar con una mujer que se ha dedicado a estudiar, hacer seguimiento y denunciar las torturas oficiales. Los torturados y los torturadores. Me contó cómo tuvo que irse del país luego de un largo acoso conducido directamente por el entonces ministro de la Defensa de apellido Rodríguez Torres. Si se quedaba en el país, aun siendo civil, ya hubiese sido procesada. Como se estila ahora en Venezuela, por un tribunal militar.
Sus relatos sobre los niveles de tortura y la frecuencia con que son practicadas por los órganos de seguridad venezolanos son perturbadores. Y tristes. Muy tristes. Desoladores. Hay que tener mucha fortaleza interior para encontrarse con las víctimas y escuchar sus confesiones. Se trata de un guion –cuenta la exiliada defensora de derechos humanos– que se ejecuta al pie de la letra. Los interrogatorios son más o menos siempre los mismos. Las vejaciones también. Varían de grado. Van desde los niveles meramente psicológicos hasta las agresiones sexuales depravadas.
La suya es una noble misión. Su registro será fundamental en el futuro cuando se escriba la historia de estos tiempos.
IV. La prensa madrileña del sábado 17 de junio recogió con grandes titulares una constatación: “Venezuela lidera por primera vez las demandas de asilo en España”. El País y El Mundo reseñaron que en el año 2016 el gobierno español recibió 15.755 solicitudes de venezolanos pidiendo asilo.
El número de nuestras solicitudes está por encima del de países en guerra. De cada 100 demandantes de asilo en España 25 son venezolanos; 19 de Siria; 16 de Ucrania; 5 de Argelia; 4 de Colombia; 3 de El Salvador, y 28 de otros países. La variación de solicitudes de asilo de origen venezolano ha sido de 564% anual. La de sirios se ha reducido.
Las cifras hablan solas. No hay totalitarismo sin exiliados. Sin torturados. Sin presos políticos. Sin dolor. Sin sufrimiento. Sin humillación.
Leer más...

sábado, 24 de junio de 2017

El pecado estructural en la Venezuela actual 

venezuela_protesta_sanpietro

La crisis socioeconómica en la que vivimos ha alcanzado niveles irreversibles mientras persiste la incapacidad de los poderes públicos en hacerse cargo de la realidad, en función del bienestar de «todo el país», para ofrecer soluciones reales y viables.

Hay valores no negociables, ciertamente, pero estos deben responder al «estado de derecho». Estos han de ser, entre otros, el bienestar socioeconómico de todos los habitantes del país; la posibilidad de acceder a los bienes materiales, como comida y medicinas, sin padecer las consecuencias de la escasez, la inflación y la violencia; el gozo de la sanidad mental que nos permita vivir la cotidianidad con futuro y esperanza, y no bajo el peso de un presente que asfixia y pone en riesgo a la propia vida; el respeto de la vida de todos —independientemente de su posición política— como valor sagrado y absoluto. En fin, ninguna solución será viable si los actores políticos que tienen concepciones de vida tan diversas no logran apostar por el «bien común» y «dialogar» antes que seguir insistiendo en el bien propio, sea ideológico, partidista o personalista, pues esto sólo conducirá a una guerra fratricida.

En el marco del discernimiento que vienen haciendo distintas instituciones eclesiales, está la comunicación del pasado 7 de abril, en la que la Compañía de Jesús en Venezuela, a través de la revista SIC del Centro Gumilla, hizo pública su posición oficial. Ahí se reafirmó que «nos enfrentamos a una dictadura como ciudadanos y como cristianos», la cual se consumó con «las decisiones asumidas por el Tribunal Supremo de Justicia en Sala Constitucional de fecha 28 y 29 de marzo que suponen un claro golpe de Estado y un desenmascaramiento definitivo del gobierno como una dictadura». Hecho este que ha sido reconocido y denunciado por la Fiscal General de la Nación. Desde entonces, se ha venido generando un espiral de violencia y desesperanza que hace inviable la reconstrucción del tejido social y político del país si no se considera una salida negociada y consensuada entre los distintos factores políticos.

Ante la magnitud del impacto devastador que ha tenido la crisis en todo el tejido sociocultural del país —difícil de imaginar si no se ha vivido en Venezuela—, muchos recurren al análisis político del poder en Venezuela. Sin embargo, como país cristiano y creyente, en general, urge tener una mirada más honda y recurrir a un discernimiento moral del orden institucional y el tejido sociocultural venezolano. Esto cambia la impostación personal que podamos tener ante la realidad y ayuda a reorientar las decisiones que hemos de tomar para corregir el rumbo político del país. Si no entendemos que hay un problema moral que permea a todas las personas y estructuras que hacen vida en la sociedad venezolana, cualquier solución será coyuntural y provisoria, pues el saneamiento institucional y la reconciliación sociocultural no se producirá.

Autoridades reconocidas en la teología de la liberación, como son los jesuitas Pedro Trigo y Luis Ugalde, han alzado sus voces. Trigo ha hablado del paso del totalitarismo a la dictadura en Venezuela y Luis Ugalde de la ruptura del orden constitucional que viola los derechos humanos y la vigente constitución. En consonancia con la petición del Papa Francisco, la Iglesia venezolana, en su conjunto, ha insistido en que la solución a la crisis actual del país pasa, necesariamente, por las siguientes condiciones: elecciones, liberación de los presos políticos, reconocimiento de la Asamblea Nacional, apertura a la ayuda humanitaria internacional. Es lo que la Santa Sede ha dicho desde su primera facilitación en Venezuela, como lo recordó en su reciente carta enviada a la Organización de Estados Americanos el pasado 21 de Junio. En la correspondencia vaticana se recuerda que «la Santa Sede reitera su posición, ya conocida, de que una negociación seria y sincera entre las partes, basada en las claras condiciones indicadas en la mencionada carta del 1 de diciembre de 2016». Pero agrega algo más en apoyo explícito a todas las instituciones eclesiales venezolanas. Se refiere, por vez primera, al estado de la democracia en Venezuela: «la reciente decisión gubernamental de convocar una Asamblea Nacional Constituyente, en vez de ayudar a solucionar los problemas, presenta el riesgo de complicarlos ulteriormente y hace peligrar el futuro democrático del país».

En este contexto, los jesuitas venezolanos han vuelto a manifestar su posición en la editorial de Junio de la revista SIC. Plantean su análisis en términos de un discernimiento moral de la realidad calificándola en términos de un «pecado estructural» que permea a toda la vida social y a la institucionalidad política del país. La nota editorial de la revista afirma que «estamos ante un sistema que no solo niega las mínimas condiciones de vida a la población, sino que la reprime salvajemente cuando esta expresa su malestar y descontento; por ello, desde nuestra fe, cabe señalar este hecho de “pecado estructural” o “pecado institucional”».

Cuando hablamos de pecado estructural nos puede venir a la mente la serie de atrocidades cometidas por los generales argentinos durante la época de la dictadura, o las sufridas por el pueblo salvadoreño durante la revolución sandinista. También podemos pensar en el régimen de Pinochet que encarceló, torturó y asesinó a miles de personas, o en los fusilamientos de la dictadura cubana y su continua represión frente a cualquier disidencia. En todos estos hechos podemos hablar de estructuras o condiciones estructurales que imponen una visión unilateral de la vida y de la sociedad, ante la cual quien se oponga es encarcelado, torturado o asesinado. El Papa Francisco ha denunciado, incluso durante su visita Apostólica a Cuba, las consecuencias para las sociedades de «imponer la propia idea o ideología sobre la persona humana y su dignidad».

Pero el pecado estructural no siempre se da bajo la forma de actos tan atroces y notorios como los mencionados. Éste también se encuentra en ambientes en los que la normalidad cotidiana va aceptando como soportable el hecho de tener que vivir en condiciones inhumanas que niegan toda posibilidad de tener posibilidades, es decir, de lograr un futuro libre y con bienestar socioeconómico para toda la población, y no sólo para quienes están con el partido o la ideología de turno. No es un pecado que afecta a individualidades solamente, como puede ser el pecado personal entendido tradicionalmente, sino un pecado que permea a la sociedad, a los modos de vivir y pensar, y es capaz de convertir a las propias víctimas en victimarios. Es precisamente estructural porque anida e instala a la antifraternidad y el antagonismo continuo como un modo normal de relacionarnos, incluso considerando a la muerte del otro como parte de esa misma normalidad.

Pero este proceder no es algo inocente. Se suele justificar, tanto por la derecha como por la izquierda, como daños colaterales o necesarios con el único fin de preservar y sostener un sistema de poder en sí mismo que es considerado el más perfecto y único posible para lograr un mundo mejor, así tenga que destruir primero el que ya existe. Esto acontece, de modo notorio, cuando las ideologías, del lado que sean, se imponen sobre la persona humana, y entramos en la dinámica anárquica, irracional y sin límites del pecado sociopolítico. Esto puede suceder en cualquier ámbito colectivo de la vida humana, como puede ser el económico, el político e incluso el religioso. Aunque no parezca tan evidente esto vale para quienes justificaron las cruzadas con el fin de preservar el régimen de cristiandad, o quienes entregaron sus vidas a grupos terroristas como Isis, incluso quienes han absolutizado sistemas políticos y económicos de derecha o de izquierda.

Los escolásticos solían decir que el mal se comete siempre sub specie boni, sub aspectu boni, es decir, por el bien que realmente contiene o parece. Sin embargo, muchas personas creen que para obrar mal hace falta querer hacer el mal, lo que se llama sub specie mali. He aquí el grave error para poder discernir el pecado, pues éste no sólo es personal, sino que también es estructural, y no siempre es consciente e intencional, sino que también se da bajo formas establecidas de actuación irracional e inhumana que se ven como necesarias y se justifican a toda costa bajo la supuesta normalidad de defender convicciones tomadas como absolutas. Por eso, los teólogos escolásticos entendieron, con toda claridad, que el pecado estructural no se supera con el mero hecho de hacer el bien personal, sino frenando al mal estructural, es decir, corrigiendo las causas que social, económica y políticamente lo generaron. En fin, corrigiendo y reorientado las estructuras de poder.
El término pecado estructural fue acuñado por el emblemático documento de Medellín durante la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en 1968. Es una noción que ha inspirado a la teología de la liberación a denunciar la existencia de estructuras y modos de operar de las instituciones que hacen imposible el desarrollo de una vida digna y de bienestar para las mayorías que, generalmente, son pobres cuyas vidas son negadas de toda dignidad al no contar con la alimentación y el acceso a la salud que deberían tener como sujetos humanos e hijos(as) de Dios. En fin, cuando se van consolidando condiciones de vida cada vez más inhumanas de empobrecimiento continuo que son propiciadas por políticas públicas que se ponen en práctica sin pensar en la dignidad humana, sino bajo la bruta obsesión de permanecer en el poder político para gozar del beneficio económico que este comporta.

En este sentido se entiende que nuestro país está viviendo en pecado estructural, que nos estamos deshumanizando y hundiendo en la locura de la irracionalidad que no nos permite crear puentes ni dialogar, cerrando así cualquier alternativa que persiga el «bien común». El pecado estructural es la negación absoluta del bien común, es la obstrucción de todo posible diálogo y encuentro entre las partes en función del bien de las mayorías, que son más que las partes políticas en conflicto. Como dice la editorial de la revista SIC este tipo de pecado «se expresa en la vida cotidiana en la situación de hambre que está afectando a gran parte de la población donde los más vulnerables son los infantes, adolescentes y adultos mayores» y también «se evidencia en una grave crisis en la infraestructura hospitalaria; en la falta de insumos y equipos médicos; en el abastecimiento de medicinas».

El efecto devastador no es otro que el de reproducir una cultura de la muerte que se ha venido consolidando en el país, al punto de sufrir casi 30.000 muertes violentas cada año, como ha registrado el Observatorio Venezolano de la Violencia. Es una cultura de muerte que hoy se expresa, de forma sistemática y cotidiana, como explica la nota editorial de la revista SIC, en «asesinatos políticos a causa de la represión, cientos de torturados, miles de heridos y centenares de civiles detenidos y procesados injustamente por tribunales militares». Lo que está en juego, en términos políticos, es el enjuiciamiento, en el marco de un estado de derecho, de los victimarios que nos han llevado a esta situación, del lado que sean. Pero en términos moralesdesde nuestra condición de país cristiano, nos jugamos la salvación personal de tantas personas que siguen siendo cómplices por acción u omisión. Lo que San Pablo explica como la posibilidad que todos tenemos, en esta historia, de optar ya por la vida eterna o por la muerte eterna. Es una opción moral fundamental que sólo puede ser tomada por cada individuo en conciencia, pues define su futuro más allá de lo que puede vivir en la inmediatez cotidiana del presente.

El referente que podemos tener para romper con el pecado estructural no es la violencia que sólo genera más violencia y afianza aquellas condiciones que lo han producido. La única manera de combatir el pecado estructural es recobrando nuestra capacidad personal de dolencia humana, es decir, dejando de ser ciegos indolentes y discernir la realidad desde el lado de las víctimas y a favor de ellas. En nuestro caso estas son las víctimas del hambre, de la carencia de medicamentos para preservar su salud, y de la violencia que mata.
Hoy estamos ante el deber —ciudadano y cristiano— de posicionarnos moralmente en contra de todo aquello que rompe con la fraternidad social. El deber de asumir la responsabilidad, que todos y cada uno de nosotros tenemos, ante el drama humanitario que hoy vivimos. El pecado tiene muchas formas, pero la más profunda y obscura es cuando se hace hábito, es decir, cuando permea nuestros modos de pensar, actuar y vivir, e irrumpe en nuestras conciencias pervirtiendo el modo como vemos lo que sucede a nuestro alrededor sin considerar que nuestras palabras y acciones son capaces de robarle la esperanza y el futuro a todo un país. No actuar es fruto de la misma dinámica del pecado.
Estamos a tiempo de evitar aquello que advirtió el Papa Juan XXIII, luego de haber sufrido las consecuencias de la guerra: «la violencia jamás ha hecho otra cosa que destruir, no edificar; encender las pasiones, no calmarlas; acumular odio y escombros, no hacer fraternizar a los contendientes, y ha precipitado a los hombres y a los partidos a la dura necesidad de reconstruir lentamente, después de pruebas dolorosas, sobre los destrozos de la discordia» (Pacem in Terris, 162). El que evitemos este final infeliz y malsano es el reto moral que hoy tenemos todos los factores que hacemos vida en Venezuela. No perdamos la esperanza.
Rafael Luciani  /  Doctor en Teología


Leer más...