sábado, 20 de septiembre de 2014

UN IMÁN DEBAJO DE LA MESA

Benardo Atxaga

Metafórico estoy, y lo primero que me viene a la cabeza al preguntarme sobre el referéndum escocés es el misterio del que fui testigo en la escuela primaria. Los alfileres y las chinchetas que había sobre una mesa de madera se movían de un lado para otro animados por una fuerza que, creíamos los niños, residía en la mano que el maestro escondía debajo de aquella. Enseguida se descubrió la verdad: la causa era una pieza de acero en forma de herradura. “Es un imán”, dijo el maestro levantándola como si fuera un trofeo.
La pregunta es ahora, en la realidad de nuestros días, pensando en Escocia: ¿de qué imán se trata? ¿Qué fuerza ha movilizado a más de un millón y medio de personas y les ha llevado a votar por la independencia? Hace unos treinta años, resultaba imperceptible para quienes estábamos allí pasando una temporada. Cierto que se insistía en las particularidades culturales, y que la danza, que tantas veces sustituye a la lengua como elemento identitario, era socialmente tan importante que hasta los jóvenes de Japón y de Pakistán que estudiaban en la Universidad de St. Andrews se animaban a aprender las Scottish Country Dances; cierto, también, que los escritores nacionales como Robert Burns o Walter Scott, recreadores de la tradición oral e inventores de un pasado legendario, eran estudiados en las escuelas y citados una y otra vez durante las celebraciones; pero, en comparación con lo que ocurría en otra región británica, Irlanda del Norte, o en el País Vasco, el caso escocés parecía políticamente suave, y pocos imaginaban que en el 2014 el duelo entre independentistas y unionistas iba a ser cerrado y, literalmente, conmovedor. Solo recuerdo, en todo el tiempo que pasé allí, una postura política radical, la de un habitante de las Highlands que, dirigiéndose a un miembro de nuestro grupo que se había identificado como vasco, le tendió la mano diciendo: “¿Es usted nacionalista? Porque si no lo es ahora mismo retiro esta mano”.
Se ha hablado estos días, tratando de describir el imán, el origen de la fuerza que guía Alex Salmond, de los nacionalismos tradicionales que, como el vasco o el catalán, hacen suya la fórmula del estado-nación: “tendrá derecho a una unidad política diferente toda sociedad que tenga una cultura diferente”. En ese sentido, han abundado los comentarios sobre si en Escocia se hablan realmente lenguas diferentes del inglés, como el scots o escocés, o sobre si el gaélico pasa de un mínimo dos por ciento de hablantes. Ha habido incluso comentaristas que, recién llegados al parecer del futuro, han afirmado que en ningún caso se impondría en Escocia “una lengua adicional” ni se enseñaría una “historia distorsionada” Pero, a mi modo de ver, pocos son los alfileres y las chinchetas que ha movido ese imán, la reivindicación que podríamos llamar “nacional”. De los 18 documentos cinematográficos que, copiados en un CD, los defensores del YES ofrecían este verano en las calles de Edimburgo, solo uno está en gaélico, y en ninguno de ellos se menciona que la cultura escocesa esté en peligro “por culpa de Londres”. Tampoco se hace hincapié en las diferencias con el resto de los británicos, porque, en realidad, todo está claro y no hay ningún lío de faldas. Todos saben cuál es la suya; todos saben también que, como demostró el libro The Invention of Tradition de E.J. Hobsbawm y T.O. Ranger, las teorías de Walter Scott y otros románticos sobre los clanes y sus diferentes tartanes tienen más de fantasía que de realidad histórica, y que el éxito de la, para nosotros, extravagante vestimenta, se debió fundamentalmente a los intereses de los pañeros y a la coquetería de los varones. Pero, ¿qué importa? Ya se sabe que lo cultural se parece poco a los imanes naturales, y que, en ese campo, todo es creado, histórico. Además, ¿qué es nuevo y qué es viejo? Las casas que en Virginia o Georgia sonantebellum, anteriores a la guerra civil de 1861, se consideran antiquísimas; en Grecia, Italia o España serían de antes de ayer.
Ese viento, Humillación, que sopló en Alemania en siglos pasados, ha soplado ahora en Escocia. Ha sido, también, junto con las sólidas reivindicaciones de los economicus, el componente gaseoso del imán, quizás el que más influyó en los primeros meses del proceso, cuando todos los grandes —grandes bancos, grandes partidos, grandes periódicos y cadenas de televisión— seguían haciendo chistecitos sobre las faldas, o similares. Debería analizarse el caso escocés también desde este punto de vista. En un siglo en el que los poderosos hacen ostentación de su riqueza y poder, y son implacables con los, antes así llamados, pobres de la tierra, Humillación e Injusticia pueden alimentar un imán que —metafórico empecé, y metafórico acabo— no solo moverá alfileres y chinchetas, sino clavos y barras de hierro, o, incluso, el propio eje del mundo.Pero hay algo más. Hay más imán de lo que parece, porque el ser humano no es del todo economicus, un ser guiado únicamente por el interés. Podría decirse, citando una rondalla catalana, que en su corazón soplan al menos catorce vientos, de los que siete son buenos y siete dolents, malos. Pues bien: de todos ellos, el peor viento para la política y el buen gobierno es el que se llama Humillación. Recordemos, en ese sentido, lo que escribió Isaiah Berlin al analizar el romanticismo alemán de los siglos XVII y XVIII. Alemania —vino a decir el filósofo en El fuste torcido de la humanidad— se sentía en el rincón de Europa por no haber tenido Siglo de Oro, ni genios como Cervantes o Leonardo, y por ser consciente de la aplastante superioridad de la gran Francia de aquel tiempo. La sensación de atraso relativo creo entonces “una sensación de humillación colectiva, que se convertiría luego en indignación y hostilidad. Este talante alcanzó un tono febril durante la resistencia nacional contra Napoleón, reaccionando como la rama doblada”. Reaccionando, añado, de forma exagerada, como la explosión que sigue a una larga acumulación de grisú.Pero, bueno, ¿cuál es entonces el imán? Creí identificar su naturaleza cuando escuché a Irvine Welsh, el autor del mundialmente conocido libroTrainspotting, protestar contra elstablishment literario británico que, con instrumentos como el Booker Prize, favorecía descaradamente a los escritores que eran del gusto de la clase media-alta de Londres. Pensé en aquel momento que estaba nombrando algo importante, y que si su percepción de que la metrópoli trataba injustamente, abusivamente, a Escocia, era general, ahí estaba la fuerza, el núcleo del imán que ponía en movimiento a los independentistas. Mi creencia se fortaleció cuando repasé el CD que repartían los militantes a favor del YES, ya que la mayoría de los documentos cinematográficos contenidos en él denunciaban situaciones económica y socialmente injustas. Entre ellas, la relacionada con el petróleo, la más sangrante. Los políticos-títere habían dejado el negocio en manos de las grandes corporaciones, y los beneficios viajaban a Londres, Nueva York o Houston, dejando las sobras para Escocia; además, los empleados de las plataformas del Mar del Norte trabajaban en condiciones penosas, una prueba más del modo de hacer las cosas de la metrópoli. Pensé que tenía razón Rubert de Ventós al percibir un cambio en el contenido de los nacionalismos, que ya no serían etnicistas, ni plantearían, en lo fundamental, cuestiones identitarias, sino pragmáticas, transaccionales, relacionadas con el reparto de la riqueza, con los intereses de cada cual, do ut des, te doy para que me des… y si no me das, me voy. Es evidente que el Gobierno de Londres, que inició la relación con los independentistas perdonándoles la vida, y pasó luego —como un partenaire machista cogido en falta— a las declaraciones de amor y, enseguida, a las amenazas, decidió cubrir ese flanco prometiendo ceder competencias fiscales y otras palpables materias.
Bernardo Atxaga es escritor

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El fenómeno inflacionario: características y responsables


EDDY REYES TORRES

EL NACIONAL

Múltiples son las causas de la inflación. Para los gobiernos de Chávez y Maduro ha sido un pesado fardo que han arrastrado desde el comienzo de sus respectivos mandatos, por las implicaciones negativas que tiene para la población y la economía en general. Venezuela ostenta la triste condición de ser uno de los países que tiene la más alta inflación en el mundo. Entrar a hacer un análisis completo de las causas que impiden su abatimiento y llevarla a dígitos aceptables sería materia de un largo ensayo. No por eso, sin embargo, podemos dejar de hacer mención de tan sensible tema, resaltando sus características generales y señalando quiénes son los responsables de su aparición.

En uno de sus tantos asertos, John Maynard Keynes (1883-1946) dijo: “No hay ningún medio tan sutil y tan seguro para subvertir la sociedad por su base, como la adulteración de la moneda”. Hacia allí precisamente apunta la inflación, cuyos efectos perniciosos han sido puestos en evidencia por Milton Friedman en estos términos: “Cualquiera que sea su fuente inmediata, la inflación es una enfermedad, una dolencia peligrosa y muchas veces fatal, que, si no se ataca a tiempo, puede arruinar una sociedad” (Paradojas del dinero). Con más precisión, la ex presidente del Banco Central de Venezuela, Ruth de Krivoy, ha señalado: “Pero hay un efecto especialmente nocivo, a saber, la redistribución o transferencia indeseada de ingresos. Perjudica a los preceptores de ingresos fijos, usualmente los asalariados y pensionados, y beneficia a quienes tienen la posibilidad de ajustar sus ingresos a la inflación, que son normalmente los que se encuentran en los estratos superiores de ingresos. También perjudica a los que tienen activos monetarios, bien sea dinero en efectivo o en acreencias por cobrar, y beneficia a los deudores cuyo pasivo está determinado en unidades monetarias, ya que estas valdrán cada vez menos a medida que cae el valor del dinero. Los activos monetarios se vuelven sal y agua, en tanto que los deudores se benefician al poder, como se dice en la jerga, licuar sus deudas. Otro efecto indeseado de la inflación se expresa en que termina por ser una suerte de impuesto, de impuesto inflacionario, que es inconsulto, confiscatorio, y por todo ello al margen de los mecanismos legales” (“No nos importa aunque puede acabarnos”, ensayo incluido en Varios Autores, Venezuela siglo XX).

La inflación se define como el aumento continuo y persistente del nivel general de precios, que en Venezuela está representado por índice de precios al consumidor (IPC). Dicho índice se basa en el costo de una cesta de mercado de bienes y servicios que expresa las compras de una economía doméstica urbana representativa. La proporción y peso que cada bien o servicio tiene se fundamenta en encuestas sobre los hábitos de consumo que se realizan para un período determinado. Cuando la cantidad de bienes y servicios que están presentes en una economía aumentan en igual proporción y rapidez que la cantidad de dinero, los precios se mantienen estables. Pero cuando ocurre lo contrario –o sea, cuando el volumen de dinero en circulación aumenta en mayor proporción y rapidez que los bienes y servicios que se producen, derivándose de esa situación un incremento de los precios–, se produce la inflación.

Es al Estado al que corresponde la obligación de velar por un desenvolvimiento sano de la economía y sus distintas variables, razón por la cual uno de sus órganos, esto es, el Banco Central de Venezuela tiene asignado por la Constitución Nacional el objetivo de lograr la estabilidad de precios y preservar el valor interno y externo de la unidad monetaria (artículo 318). De manera que los únicos responsables de ello son el Banco Central y el gobierno, como representación del Estado.

Cuando la inflación aparece y se hace persistente, los gobernantes eluden su responsabilidad. En tales casos es común oír a los personeros oficiales asignar las culpas a otros: el sistema capitalista, el “imperio”, los empresarios codiciosos, los sindicatos irresponsables o algún hecho económico significativo de carácter puntual. Nunca reconocen las políticas económicas y monetarias erróneas que han adoptado: la sustracción de las reservas internacionales del BCV para transferirlas al Fonden y los préstamos concedidos por el Banco Central a Pdvsa que ascienden a más de 80.000 millones de dólares, entre otras, los cuales han aumentado la masa monetaria de manera exponencial.

La verdad verdadera es que la inflación no es un fenómeno exclusivo del capitalismo y que, además, el único que tiene el control de la política monetaria (la capacidad de aumentar discrecionalmente la circulación del dinero) es el Estado, que modernamente ejecuta esa función a través de la banca central, como ya indicamos. Así, pues, hay que admitirlo de una vez: toda inflación sustancial es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario cuya responsabilidad descansa en el Estado (el gobierno y el Banco Central).

eddyreyes2007@gmail.com
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VENEZUELA: EL AJUSTE QUE NO FUE


MIGUEL ÁNGEL SANTOS

El gobierno de Maduro ya se ha puesto en marcha de vuelta al pasado. Atrás quedaron los cantos de sirena de los que presagiaron la caída del “ala más radical el chavismo”, tras la salida de Giordani. En cualquier caso, el paquete ortodoxo que asomó Ramírez en sus reuniones con los banqueros, nunca estuvo realmente sobre la mesa. Por un lado, no está en el ADN del chavismo la unificación cambiaría y de las reservas, el retroceso del Estado para abrirle espacios a la iniciativa privada, el mercado. Por el otro, no existe el capital político suficiente, pues un segmento amplio del chavismo, del que Maduro no se puede dar el lujo de prescindir, se ha erigido en vigilante de lo que ellos interpretan como “la herencia política del comandante”.

En esa circunstancia, en ese reconstruir el andamiaje de los pronósticos rotos, tratando de que parezcan una continuación no demasiado maltrecha de lo que se dijo y no fue, se describe la situación venezolana como un problemita con los precios relativos. Es decir, la escasez es consecuencia de haber racionado los dólares vía unas tasas de cambio oficiales extraordinariamente sobrevaluadas. Se trata solo de corregir, de alinear el cambio, de recoger los beneficios fiscales de la devaluación real, y ya está. Es una manera tentadora de ver lo nuestro, y también una que le podría resultar muy atractiva al gobierno, en estas épocas de pronósticos oscuros y en medio de esta sensación de que todo está frágil, cediendo, a punto de venirse abajo. Podría, sí, pero hasta ahora nadie ha picado.

La situación, en el fondo, es mucho más grave. Venezuela se aproxima a su quinto año consecutivo con un déficit fiscal de dos dígitos. El año pasado cerró en unos 18% del tamaño de nuestra economía y, en lo que transcurre del corriente, todo parece indicar que los excesos han superado la contribución fiscal de la devaluación gradual a tasas múltiples. Para financiar ese déficit el gobierno sigue imprimiendo dinero a manos llenas. Más aún, el racionamiento de divisas, ya sea porque se están amontonando los cobres para pagar deuda o porque no hay ni para una cosa ni para la otra, ha provocado una escasez generalizada de medicinas, equipos médico-quirúrgicos, alimentos y repuestos. La revolución arrasó con los que producían, y creó una cohorte de importadores a la que ahora no tiene cómo pagar. El sector privado productivo viene perdiendo terreno, las inversiones se paralizaron hace ya bastante tiempo, y de las plantas y equipos se ha ido apoderando la herrumbre, cuando no de plano el abandono. Ese cuadro no se corrige con un martillazo aquí y otro allá, con la sustitución de Giordani por Torres, o la de Torres por algún otro fetiche, acaso más ortodoxo.

¿De verdad? ¿Y qué tal si nombran a este o a aquel, que es más amigo de los mercados? ¿Qué tal si de repente Venezuela transmuta en China, y empezamos a crecer en medio de la represión política? Parafraseando a Ernesto Sábato, ese arrebato de entusiasmo no aguantaría un solo análisis lógico. Una devaluación como la que se requiere para corregir el desajuste de los precios relativos, y en el proceso como por arte de magia equilibrar el presupuesto, tendría unos impactos sobre la demanda (consumo, inversión) brutales. Se parte del supuesto de que la inflación derivada de ese ajuste de alguna manera prodigiosa ya se encuentra en la calle, ahora lo que resta es cambiar una celda en el Excel y darle “goal seek” para cerrar la brecha. Nada más lejos. Si ya la inflación ocurrió y cuando devaluemos el PIB nominal no va a crecer, la razón de deuda a PIB se dispararía por encima de 150%. Más aún, ¿qué hacer después de devaluar? La devaluación, con la correspondiente unificación de tipos oficiales (que no es unificación), nos devolvería a unos años atrás, precisamente allí donde se originó la ruina que hoy nos agobia. ¿Y luego qué? ¿Liberar el control? No, ahí está el detalle.

Un ajuste ortodoxo ejecutado por la revolución es todo un oxímoron. Los ajustes económicos son duros, pero si se acompañan de buenas dosis de credibilidad pueden traer consigo movimientos de segundo orden que, si bien no suelen reparar los efectos negativos primarios, sí ayudan a compensar las cargas mientras la economía se enrumba. Nada de eso le puede suceder a la revolución. El ajuste tumbaría la demanda interna, sí, pero no hay ninguna posibilidad de que el aumento de la inversión privada compense el retroceso del Estado. No hay exportaciones no tradicionales de base para beneficiarse de mejores precios relativos. No habrá cambios en la legislación laboral que protege los puestos de trabajo a expensas de una volatilidad extraordinaria en el salario real. Peor aun el ajuste revolucionario no se podría dar el lujo de levantar el control, porque para eso se haría necesario liberar también las tasas de interés. ¿O es que alguien se va a quedar con un bolívar encima ganando 12% con inflación en 70%, si no está forzado? El modelo se agotó, colapsó, fracasó, póngale usted el nombre que mejorar le parezca.

En el fondo, quizás lo que el gobierno ha hecho no sea sino reconocer su propia incapacidad, aceptar las pocas perspectivas que un ajuste de ese tipo tendría si quienes lo ejecutan son ellos mismos, con una cara ansiosa nueva aquí y otra allá. No. Es mejor seguir hasta donde dé el motor, agotar la reserva, vender el oro, dejar el pellejo de la economía en el suelo para tratar de alcanzar de alguna forma las parlamentarias. Y una vez ahí volver a pensar. Respira profundo y hunde la cabeza. No se trata solo de que no entiendan. Acaso conocen mejor sus límites de lo que muchos estamos dispuestos a atribuirles. 

@miguelsantos12
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THE ECONOMIST: VENEZUELA, LA PEOR ECONOMÍA GESTIONADA DEL MUNDO

La prestigiosa revista británica The Economist aseguró que “probablemente Venezuela tenga la economía peor administrada del mundo”. “Un gran productor de petróleo incapaz de pagar sus cuentas durante un auge prolongad del precio del petróleo es una bestia rara”, manifestó el medio en un editorial respecto a la posibilidad de que Venezuela caiga en default, y aseguró que el país, el décimo mayor exportador de petróleo del mundo, hizo una “mala gestión económica colosal”.
The Economist consideró que el gobierno de Nicolás Maduro “insiste en que tiene los medios y la voluntad para pagar los tenedores de bonos extranjeros. Pero pocos observadores esperan que se cumple con el plazo”. Aun así, la temida palabra “default” está resonando fronteras adentro.
Muy crítica de la situación, la revista recordó que el 16 de septiembre Standard & Poor ‘s, una agencia calificadora, rebajó la deuda de Venezuela, al evaluar al país en “condiciones vulnerables y dependientes de negocios favorables, financieros y económicos para cumplir con sus compromisos financieros”.
“La recesión económica, la alta inflación y las crecientes presiones sobre la liquidez externa seguirán erosionando la capacidad del Gobierno para pagar sus obligaciones externas en los próximos dos años”, explicó S&P en el texto de su decisión por medio de la cual le rebajó la nota a Venezuela a CCC+, “la categoría especulativa de alto riesgo”.
Días atrás, dos economistas venezolanos de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausmann y Miguel Ángel Santos, causaron un gran revuelo al criticar la decisión del gobierno de Maduro de mantener religiosamente el pago de los tenedores de bonos durante la ejecución de miles de millones en atrasos a los proveedores de alimentos, medicinas y otros suministros vitales.
Los economistas escribieron un artículo titulado “¿Debería Venezuela Entrar en Default?”. Allí sostuvieron que “defaultear a 30 millones de venezolanos antes que a Wall Street es una señal de la bancarrota moral [del gobierno]“. A raíz de ello, Maduro calificó a Hausmann de “sicario económico” y lo amenazó con persecución.

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El sistema sí funciona


Photo of Daniel W. Drezner

  

Daniel W. Drezner, Profesor de Política Interncional en Fletcher School at Tufts University, es autor de The System Worked: How The World Stopped Another Great Depression.

MEDFORD, MASSACHUSETTS – Ahora que va a empezar la más reciente cumbre de ministros de Finanzas del G-20 en Cairns, Australia, los agoreros de la catástrofe vociferan de nuevo. Sus ideas preconcebidas es que “el sistema” –estructuras de gobernanza global como la Organización Mundial de Comercio y el G-20 o los principales bancos centrales– tiene serias fallas y hay que corregirlas con urgencia. De hecho, el orden económico mundial ha funcionado extraordinariamente bien desde 2008.
Es cierto que el primer año de la gran recesión fue más grave que el primer año de la Gran Depresión. Sin embargo, pese a la sacudida inicial, el sistema respondió de forma sorprendentemente bien. Si se le compara con recesiones mundiales previas desencadenadas por una crisis financiera, la economía global tuvo una recuperación sólida. Los niveles de comercio y producción excedieron los anteriores a la crisis en gran parte de los países hace algunos años, y la pobreza mundial continúa disminuyendo rápidamente.
Un factor clave de esta recuperación es que, a diferencia de los años treinta, la economía global mantuvo su funcionamiento corriente: las barreras comerciales permanecieron bajas al igual que las restricciones a la inversión extranjera directa y los intercambios fronterizos siguieron expandiéndose mediante Internet.
Como ha señalado el Instituto Global McKinsey  , salvo las finanzas transfronterizas, los flujos globales son igual de sólidos que antes de la crisis. Ha habido incluso una modernización de las principales instituciones mundiales; por ejemplo, la aparición del G-20 o la reforma al Fondo Monetario Internacional. En efecto, la resistencia de los mercados a las tensiones geopolíticas en Ucrania o en el Mar de China Meridional ha empezado a inquietar a algunos de los funcionarios de la Reserva Federal.  
Como se le quiera evaluar, las instituciones multilaterales y gobiernos de grandes potencias hicieron lo necesario para preservar la apertura de la economía global. ¿Por qué entonces la percepción generalizada errónea de que el sistema falló?
En este punto debemos hablar de un secreto un poco oscuro de la política mundial: muchos comentaristas de política internacional no saben mucho de economía o de política económica. Los profesionales de las relaciones internacionales a menudo hablan de la “alta política” y de la “baja política” y frecuentemente relegan los asuntos económicos a la última categoría.
Esta ignorancia importa cuando comentaristas políticos tratan de escribir sobre economía global. Naturalmente se guiarán por los datos más accesibles.
Hay que aceptar que algunos de los datos más obvios sugieren en efecto una fragmentación del orden económico global. El letargo de las negociaciones de la Ronda de Doha de la OMC  , el estancamiento de algunas cumbres del G-20 y la parálisis en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas parecen pruebas suficientes para declarar que el status quo está en peligro, aunque los hechos que van más allá de los titulares de los periódicos contradigan ese consenso.
Consideremos el alboroto relacionado con las "guerras de divisas". En 2010, la Reserva Federal empezó a insinuar que habría una segunda ronda de facilitación cuantitativa o QE2. Una de las externalidades de política de la QE  –la compra por la Reserva Federal de activos financieros de largo plazo– era la depreciación del dólar. Temiendo que una entrada precipitada de capital creara burbujas en los precios de los activos internos y una presión ascendente sobre sus monedas, muchos líderes de economías emergentes se quejaron ruidosamente de lo que el ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega  , llamó una "guerra internacional de divisas".
En realidad, ni los mercados ni los analistas financieros estaban demasiado preocupados por la excesiva volatilidad de los tipos de cambio o la posibilidad de una verdadera guerra de divisas. Después del otoño de 2008, la volatilidad de los tipos de cambio volvió lentamente a los niveles anteriores a la crisis.
Otra causa común de la percepción errónea colectiva es la nostalgia injustificada. En 2012, el ex asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Brent Scowcroft  , resumió la sabiduría popular posterior a la crisis: "Los líderes de la posguerra establecieron el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio para elaborar normas. El nuevo G-20 es apenas un pálido reflejo de lo que fue ese brillante esfuerzo de creación de instituciones".
Tal vez la explicación más contundente del éxito de los agoreros de la catástrofe es la que se refiere al dónde y cómo. De acuerdo a la Unidad de Inteligencia de The Economist (Economist Intelligence Unit), las economías de la OCDE tuvieron un crecimiento promedio del PIB de 0.5% de 2008 a 2012, mientras que para las economías que no están en la OCDE fue de 5.2%.
Esto importa porque el análisis del orden internacional sigue anclado en Occidente. Es una regla general de la ciencia política que una economía tambaleante provoque una mayor desconfianza en las instituciones. Una economía sin dinamismo crea la idea de que el sistema no funciona, y que no se puede confiar en aquellos que dirigen. Así pues, no sorprende que haya más escepticismo en todos los niveles de gobernanza de las economías de la OCDE.
Puede ser que los analistas consideren primero las circunstancias locales, y después extrapolen las observaciones a sus conclusiones sobre las instituciones globales. El pesimismo en torno a la lenta recuperación en países del mundo desarrollado provoca que los analistas vinculen una gobernanza nacional y regional deficiente con una gobernanza mundial pobre.
Sin embargo, las causas principales de economías sin dinamismo en Japón, los Estados Unidos, Reino Unido y la eurozona no tienen un origen mundial. Cuando estalló la crisis de 2008, la economía de Japón había estado estancándose desde hacía casi dos décadas. Del mismo modo, la parálisis de políticas internas y la incertidumbre política constituyeron en conjunto un obstáculo como para permitir a los Estados Unidos recuperarse de la gran recesión.
¿La extraordinaria resistencia del sistema observada desde 2008 significa que puede aguantar una siguiente crisis? En teoría sí. Muchas de las reformas posteriores a 2008 han sido diseñadas para incluir amortiguadores de choque a sacudidas en la economía mundial. No obstante, en las relaciones internacionales, las concepciones erróneas colectivas pueden crear su propia realidad. Si los analistas siguen diciendo que el sistema falló, los expertos dedicarán tiempo y esfuerzo en tratar de concebir una forma de corregir algo que no está fallando.
Además, es realmente difícil corregir estas ideas equívocas una vez que se afianzan –sobre todo si el asunto no es parte de los conocimientos especializados del analista. Irónicamente, la única manera de frenar el funcionamiento del sistema es la poca confianza de sus principales partidarios.
Traducción de Kena Nequiz
Project Syndicate

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viernes, 19 de septiembre de 2014

EL PÁIS SEGUN TEODORO


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OMAR LUGO

CLÍMAX

Las paredes de su oficina cuentan la historia reciente de Teodoro Petkoff —iniciada hace 15 años cuando este político de izquierda se reinventó como director de diarios. En un rincón brilla una foto en blanco y negro de un rozagante presidente Chávez mostrando un ejemplar del vespertino El Mundo con el titular “¿Cómo es la vaina?”. Cerca, cuelga otro clásico del periodismo venezolano, el desafiante primer número de Tal Cual con la frase: “Hola, Hugo”.
Ese titular inauguró —con gran ayuda de sus amigos— a este tabloide que ha sobrevivido 14 años como una mosca en la oreja del poder, pese a su circulación limitada, en un país cuya prensa languidece bajo la censura, la autocensura y los problemas económicos.
Petkoff advierte que Diosdado Cabello es quien ocupa el trono en la Venezuela de hoy, donde la democracia sobrevive debilitada por un “gobierno militar y militarista” y un Estado sin separación de poderes. “Teodoro”, para sus amigos, es tenido por la grey opositora como una voz autorizada, respetada hasta en ciertos bastidores del chavismo. El mismísimo “Chacumbele” evitó atacarlo en aquellas sesiones de metralla verbal contra todo lo que se moviera más allá de las fronteras rojitas.
Su recordado programa dominical Con Teodoro por Globovisión, era hasta principios del año 2013 como una misa líder en sintonía entre sus televidentes. Pero este ex guerrillero, economista, ex ministro y ex candidato presidencial rechaza etiquetas de “chamán” o “consejero”. Ni se cree consultor de la entrampada “oposición”, ese término que agrupa a más de la mitad de los electores, a la variopinta Mesa de la Unidad Democrática y a los irreductibles estudiantes que mantienen viva la llama de la protesta en las calles.
Hoy, Petkoff parece más parco, un tanto golpeado por los avatares de la salud, del cronómetro y del país. Sus respuestas son cortas, su lengua afilada parece tomar un respiro. “Una cosa es aconsejar ideas y otra es creerse consejero de los actores políticos. Puesto que hablo y opino, tiene que haber oídos que escuchen. Ahora, que estén de acuerdo o no, es otra cosa”, dice.
“En general la oposición en sus distintas versiones ha actuado muy sensatamente y ha logrado precisamente contribuir a crear una situación que acentúa los problemas del gobierno y que ayuda a abrir más espacios a los disidentes”, desliza a manera de prólogo.

El país según Teodoro

“Esta es una situación permanente de conflictividad social y política. Es bueno decir que en las últimas semanas la tensión ha cedido un poco, se nota un cierto alivio. Pero podría cambiar, en un lapso relativamente prolongado para un país como Venezuela en el cual pueden ocurrir muchas cosas”, asegura. Opina que la crisis económica es “light”, todavía no se siente como grave. “Pero ciertamente, cuando uno mira hacia delante pareciera que la situación tiende a deteriorarse”.
Este economista summa cum laude de la UCV y responsable del Ministerio de Planificación del socialcristiano Rafael Caldera antes de la era chavista, cree que con Nicolás Maduro ni siquiera haya una política económica. “Creo que más que aplicando un paquete están dejando que la economía se desenvuelva por su cuenta. Y, por supuesto, la tendencia es a moverse según los criterios del capitalismo liberal”, libera de dudas.

“Este es un gobierno militar y el poder está en Diosdado Cabello”.

¿Qué medidas tomaría el Petkoff economista?
“Es un rol que no me gusta desempeñar. Me voy a limitar a decir que hay medidas que son de sentido común. Entre ellas la de respetar a la economía. Permitirle que se desenvuelva según su lógica, con la debida participación vigilante del Estado”, sintetiza este promotor de la Agenda Venezuela, el programa de ajustes liberales que permitió al amenazado Gobierno de Rafael Caldera llegar suspendido en alfileres hasta las elecciones de 1998.
Sus detractores lo culpan de haber seguido las inmisericordes recetas del Fondo Monetario Internacional, con un plan que derivó en una inflación del 103% en 1996. El acelerado deterioro económico dejó al país como un pajonal seco, donde acabaría propagándose el discurso incendiario de Hugo Chávez. “Tengo la impresión totalmente contraria. De no haber sido por la Agenda Venezuela, este país no hubiera salido del hoyo. Lo sacó de la profundísima crisis que se vivía en 1996”, rebate.
Hoy, muchos señalan que los supuestos logros sociales del chavismo pudieran haberse alcanzado sin tantos tambores de guerra y heridas en la sociedad. “Es obvio que esta situación de conflictividad es absolutamente artificial, una creación del gobierno, sin que haya razones para que exista. Cualquier gobierno medianamente sensato podría desenvolverse perfectamente bien con los recursos y la capacidad de acción que dota la disponibilidad de tales recursos”, dice en referencia al chorro de ingresos petroleros.
Petkoff ha sido testigo del descontento social que ha catalizado cambios —violentos o pacíficos— en el alto gobierno y en toda la sociedad venezolana en las últimas décadas. “Esa posibilidad siempre está presente en cualquier sociedad donde el deterioro económico se traduce en inquietud social y esta no tiene por qué ser la excepción. El desmedro avanza cada vez más y la inquietud social tiende a acercarse. La gente no actúa a lo loco, cuando apoya o no apoya lo hace a partir de un razonamiento político”, dice.
“Las crisis a veces son impredecibles en sus resultados y en este momento yo siento que este es un gobierno frágil. Cualquier crisis relativamente fuerte se lo puede llevar en los cachos. No hemos llegado al punto en que la gente haya percibido el engaño en la mayoría. Aunque es visible una caída sostenida en la popularidad del gobierno”, agrega.
Pero hasta en Cuba, por ejemplo, el sistema sobrevive de crisis en crisis.
—Claro, pero pagando el precio de una dictadura férrea. En democracia una crisis fuerte y grave puede tener consecuencias muy negativas para cualquier gobierno.

¿Ve a Nicolás Maduro prolongándose en el poder como Chávez?
—Lógicamente, no. Siento que la de él es una presidencia frágil y sus principales adversarios están dentro del propio chavismo, donde hay diversas corrientes internas.
¿Dicen que Cabello es el verdadero hombre fuerte del país?
—Yo tengo esa impresión.
¿Es el poder detrás del trono?
—Y delante también.
Entonces, ¿cuál sería el papel de Maduro?
—Le tocó dar la cara para cubrir el cargo, pero el poder real descansa obviamente en Diosdado. Es verdad que este es un gobierno militar. La Fuerza Armada ocupa y desempeña un rol que le es totalmente ajeno y que nunca antes había desempeñado con la intensidad que ahora lo hace. Cuando uno piensa en un gobierno militar evoca las pesadillas de los países de América del Sur, en sus muertos y desaparecidos, en la imposición de armas y uniformes sobre el intelecto civil.
¿Dónde está “la delgada línea roja” que nos separa de una dictadura?
—La diferencia es que es un gobierno militar, fuertemente autoritario, pero no es una dictadura. Creo que todavía no reúne las características de una dictadura. Hay posibilidades de terminar en una. Depende del propio gobierno por cierto, hasta dónde está dispuesto a llegar. Las fuerzas armadas han asumido un rol predominante, e imponen el ritmo y el rumbo de los acontecimientos. Es un gobierno militar y militarista.
El problema, primero que todo, es que eso no es resultado de la voluntad del pueblo, sino de un componente de las instituciones del Estado. Es decir, no es un gobierno democrático. Una característica de una democracia plena es una división de poderes, ciertamente. Ahora aquí todos los poderes están confiscados por el poder militar.
¿El chavismo justifica sus fallas aludiendo a líderes supremos y paraísos por construir? 
—Sí. Es un pensamiento siempre muy común y una justificación de todos los gobiernos equivocados y erráticos, eso de que es necesario destruir para construir posteriormente.

Hasta el 2015 y más allá

Meses de protestas callejeras, detenciones sumarias, auge criminal, escasez, inflación, persecución política y someros intentos de diálogo entre el gobierno y parte de la MUD, y todavía se prevé más conflictividad económica, política y social.
¿Para la oposición no sería mejor apuntar a las elecciones de 2015, en vez de limitarse a “la salida ya”?
—Creo que la oposición si en este momento está pensando en algo debe ser justamente en las elecciones del 2015. De no hacerlo estarían completamente fuera de foco. Lo inmediato siempre mueve, siempre apela a la necesidad de acción. Pero cualquier oposición que se sienta como tal en un país como este tiene que tener en la mira ya su futura actuación en los comicios de 2015 —que son ciertamente decisivos. En todo caso yo no estoy de acuerdo con apresurar los ritmos naturales del proceso político.

Sobre Petkoff y Tal Cual orbitan amenazas de cárcel y multas. La directiva del diario tiene prohibido salir del país. Ese caso es una referencia acerca de los ataques contra la prensa en el país. “En Venezuela sobrevive la libertad de expresión pero permanentemente acosada. Creo que el desenlace depende de factores poco predecibles, de cuáles son las intenciones de fondo de gobierno, si su interés es mantener esta tranquilidad engañosa o pretende acentuar su naturaleza implícitamente represiva”, dice y continúa: “puedo suponer que quieren eso —penas de cárcel— o que quieren mantenernos en un estado permanente de inquietud frente al poder militar”, agrega sobre el proceso judicial por “difamación” de Cabello contra el matutino.
El chavismo se parece a una neo-religión, con Bolívar, Chávez —y el pajarito— en lo alto de su panteón. Fomenta un “Estado comunal”, su verbo guerrerista siembra el odio de clases, convive con las consignas de la izquierda romántica de los años 60 y 70 y la empobrecida economía tiene de gerencia a militares, los controles conviven con prácticas liberales, mientras se enfrenta al movimiento obrero y no tolera la disidencia ni manifestaciones.
¿Es posible decir que todo esto es una nueva versión del socialismo? Petkoff responde: “no veo por ahora una intención de ir más allá. Creo que ellos se sienten confortables en una situación de la cual tienen el control sin necesidad de apelar a los extremos. En el gobierno lo que hay es abundancia de palabras, discursos, una acción que muy poco corresponde a esas palabras y a las intenciones de esos discursos. De manera que lo que les resulta mas cómodo es el autoritarismo”.
“Sin duda Maduro no es Chávez. Chávez era capaz de producir movimientos en el país. Movía a la sociedad, la obligaba a actuar. A veces la falta de un discurso puede ser suplida por el uso de la fuerza”, recalca

Petkoff ha mirado la hora insistentemente. Ya son casi las seis y se acerca el cierre de la edición del día de Tal Cual. Cayó en cuenta de que esta entrevista reúne a dos ex directores del diario El Mundo, sacados de sus cargos —con 14 años de diferencia— por órdenes de presidentes del chavismo. “Pon eso en alguna parte”, dice y se levanta para salir de su pequeña oficina.

¡Hola Teodoro! ¿Tú por aquí?

En busca de un anecdotario y hurgar en intimidades, he aquí un “test de personalidad” para conocer más acerca del parco “Teodoro”.
¿Cuál es la palabra o frase que menos le gusta?
-“La agresividad inútil e innecesaria”.
¿La que más le gusta?
-“El poder del sentido común”.
¿Qué le causa placer?
-Un trabajo bien hecho.
¿Lo que más le desagrada?
-Lo opuesto, un trabajo mal hecho.
El sonido que más le gusta
-La música.
El que menos le gusta
-Los chillidos.
Su palabrota favorita
-No hay ninguna… preferida. Las palabrotas se aplican de acuerdo con lo que está ocurriendo.
Aparte de sus profesiones ¿Cuál otra le gustaría ejercer?
-Me hubiera gustado ejercer medicina, cómo no. Soy hijo de médico.
La profesión que nunca ejercería
-Tal vez la de policía.
Si creyera en el cielo, ¿qué le gustaría escuchar de Dios al llegar allá?
¡-Hola Teodoro!, ¿tú por aquí?
¿Cuál es el personaje histórico que más admira?
-Mandela. Nelson Mandela.
¿Si pudiera salvar un libro del fin del mundo, cuál sería?
-Tal vez la Biblia.
¿Cree que puede existir vida inteligente en el espacio?
-De creer, creo. Pero no hay ninguna evidencia de que esa creencia tenga sustento en la realidad.
¿Existe algo parecido al alma o al espíritu?
-Parecido no. El ser humano es cuerpo y espíritu.
¿Qué pasa con ese espíritu cuando uno físicamente no está?
-Pues desaparece, desaparece el cuerpo orgánico y su espíritu.
¿No queda nada?
-Si fue alguien que hizo una obra, queda como legado el espíritu de esa obra.
¿Cuál es el mayor miedo de Teodoro Petkoff hoy en día?
-Que la situación política coja un rumbo altamente inconveniente, o sea: dictatorial…
¿Qué peor defecto ve en sí mismo?
-Cierta tendencia agresiva que no me gusta.
Dicen que García Márquez narró alguna de sus fugas…
-No era exactamente ninguna de las fugas, sino que habló en general de que yo me fugaba espectacularmente.
¿Fueron muy amigos?
-Era mi amigo, cómo no, lo fue hasta su muerte.
Además lo ayudó a fundar el MAS…
-Ayudó en el sentido en que nos hizo la donación del monto del Premio Rómulo Gallegos, que para esa época era bastante dinero. Nos ayudó con su amistad inmarchitable hasta su muerte.
Usted salió del MAS por no estar de acuerdo con el apoyo del partido a Chávez en 1998. Pero García Márquez también era amigo de Chávez y de Fidel Castro. ¿No es paradójico?
-Sí, pero Gabo cuenta que el jamás hizo pronunciamientos públicos. Y el único que hizo, en el final de su largo viaje con Chávez en avión, era cuando se preguntaba si estaba ante un revolucionario auténtico o ante uno más de los déspotas que han plagado de miserias a América Latina. Es decir, ya la duda estaba en él.
Por cierto, Chávez nunca atacó directamente a Petkoff en público…
-Sí, es verdad. Poca referencia a mí hizo y por lo general nunca agresivas. Tuvimos una relación muy cordial, ciertamente.

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EL QUE MUCHO ABARCA........

Pedro Pablo Fernandez

El modelo que se ha venido imponiendo en Venezuela, al que llaman socialista, busca que el Estado produzca, controle y regule todo y al construir un Estado todopoderoso han destruido el sector privado
La riqueza de un país es como una gran torta. Todos contribuimos en su preparación. Una parte importante la aporta el Gobierno al explotar y comercializar el petróleo pero el sector privado tiene un papel fundamental. Cuando me refiero al sector privado hablo desde las grandes empresas como Polar hasta el campesino que siembra café en Biscucuy, el que siembra naranjas en Caripe, la señora que vende empanadas en Playa Colorada y la cocinera que hace arepas en una arepera de Caracas. Todos contribuimos en la elaboración de esa gran torta. 
Cuando el sector privado crece la riqueza nacional se hace más grande y nos beneficiamos todos. Nos beneficiamos cuando vamos al mercado y encontramos harina, carne, pollo, aceite, leche, pañales, medicamentos, zapatos, champú, jabón, carros, motos, etc.; se benefician los jóvenes porque tienen oportunidades de empleo y el Gobierno porque a través de los impuestos obtiene más dinero para cumplir con su misión. 
El modelo que se ha venido imponiendo en Venezuela, al que llaman socialista, busca que el Estado produzca, controle y regule todo y en ese esfuerzo por construir un Estado todopoderoso han destruido el sector privado y han hecho que la torta de la riqueza nacional se pasme. 
El que mucho abarca poco aprieta. Cuando el Gobierno se pone a realizar actividades que son propias del sector privado lo que hace, en el lenguaje repostero que caracteriza a este artículo, es poner la torta. Esto se puede ver perfectamente con nuestra industria siderúrgica. Sidor llegó a producir 4,5 millones de toneladas de acero y llegamos a exportar 2,3 millones. Sidor producía todas las cabillas que necesitábamos en el país y generaba divisas. Fue expropiada y este año su producción no va a llegar al millón. En Venezuela tuvimos todo el cemento que necesitábamos e incluso llegamos a exportar. El Gobierno expropió las empresas de cemento y ahora lo tenemos que importar. No conseguimos cemento y cuando finalmente lo hacemos lo tenemos que pagar más caro hoy que está en manos del Estado que cuando estaba en manos privadas. Es inconcebible que las casas de la Misión Vivienda se estén construyendo con cabilla y cemento importado. 
En 1998 Sidor aportaba al Gobierno vía impuesto miles de millones de bolívares y representaba una fuente de divisas para el país. Hoy produce pérdidas mil millonarias que el Gobierno tiene que cubrir con dinero de todos los venezolanos. El Estado ahora debe resolver problemas que tenía resuelto el sector privado. Tiene que importar todo lo que se ha dejado de producir aquí y atender el costo social de la destrucción de los empleos y los recursos que tiene no da para tanto.
Soy contrario a la tesis neoliberal según la cual el Estado debe abstenerse de interferir en la economía y dejar que la mano invisible del mercado haga su trabajo. Para mí el Estado tiene un papel fundamental que cumplir como regulador y como promotor de la economía. El Gobierno tiene que desarrollar políticas que contribuyan a que tengamos una economía moderna que permita a todas las familias venezolanas superar la pobreza y alcanzar un ingreso que para vivir con dignidad. 
Durante la semana pasada tuve una reunión con gente de Río Chico donde me manifestaron la angustia que están viviendo por la disminución de la afluencia de turistas en la zona. Con el abandono de las haciendas cacaoteras, la economía de Río Chico y los ingresos de las familias han pasado a depender del turismo y sin turistas están fritos. Me explicaban que el turismo ha ido cayendo por tres factores: inseguridad, agua y luz. Una señora me decía: “¿Quién va a venir a Río Chico si sabe que no va a conseguir agua dulce al regresar de la playa y además corre el riesgo de que lo asalten?”. Ahí están las tareas que el Gobierno debe cumplir y no cumple. El Gobierno no tiene por qué acabar con Agroisleña, ni quebrar las empresas de cemento, ni ponerse a producir ineficientemente aceite, cabillas, ni gastar fortunas en mantener una empresa como Sidor.
Si el Gobierno garantiza la seguridad, hace las inversiones para que haya energía eléctrica suficiente y garantiza los servicios públicos se crearán las condiciones para que se desarrolle la industria turística en todo Barlovento. Es así, desarrollando una economía que brinde oportunidades, como el Gobierno puede contribuir con el objetivo más importante: la superación de la pobreza.

 @pedropabloFR

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