viernes, 29 de mayo de 2015

MAÑANA ES SÁBADO

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JEAN MANINAT
Suplantar la realidad con los deseos propios es un viejo vicio de la humanidad. Puede dar resultados pasajeros, momentos de primacía del yo sobre el mundo exterior, el cuarto de hora de fama al que todos tenemos derecho, según la célebre fórmula de Andy Warhol. Los pases de magia, la hechicería, la búsqueda de la sabiduría en un hongo alucinógeno como el peyote, o en un compuesto químico como el LSD, son formas de trastocar la percepción y el juicio para intentar domeñar el arduo y hostil territorio que coloquialmente llamamos la realidad. Una vez de regreso del sueño, cuando se espabila, el dinosaurio sigue allí, de acuerdo al también célebre minirrelato de Augusto Monterroso. (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí).
La política, el arte más complejo inventado por los humanos, es terreno fértil para el autoengaño y el delirio. Lo es también para la cordura, la compasión, el arrojo físico y la responsabilidad ante los demás por lo dicho y hecho. Entre esos vericuetos suelen perderse sus practicantes de no mantener un equilibrio adecuado, y el extravío puede ser más duradero que el relumbrón de fama obtenido. Todo parece indicar que a más épica y grandilocuencia, peor suelen ser los resultados en el mediano y largo plazo. Tras 16 años de escenografía e impericia en el gobierno, donde día a día se sucede un país alucinante que espanta a propios y extraños, es una verdadera lástima que un sector de la oposición siga pensando que la notoriedad del momento puede suplir la eficacia del esfuerzo colectivo.
Una vez más vuelven a sorprender a los miembros de la Unidad a la que  pertenecen con una iniciativa propia, inconsulta, en momentos donde el todo avanza con buen viento sobre las parcelas que lo conforman. Las razones que han dado los líderes de Voluntad Popular (VP) y sus portavoces para convocar a una marcha, manifestación o lo que al final termine siendo, son las que ha asumido y promovido la MUD desde hace ya un buen tiempo como política unitaria y ha venido dando sus frutos. La tesis del yo pico adelante, o se montan o se encaraman no ha dado resultados, o mejor dicho, sí los ha dado, pero pésimos. Saquemos la cuenta y veremos.
Los dirigentes de VP están en todo su derecho de asumir sus diferencias y apearse de la Unidad si así lo juzgan conveniente. Ya otros lo han hecho. Es parte del juego democrático y habría que lamentar la pérdida de un influyente aliado. Lo que sí no ayuda en estos momentos, cuando la Unidad ha recobrado vigor de cara a las elecciones parlamentarias, es saltarle con una iniciativa inconsulta a quienes son tus socios en el empeño de recuperar la democracia, y hacerlo a nombre del respeto a la Unidad.
La MUD ha respondido con responsabilidad y pertinencia al no aceptar el fait accompli que le dejaron sobre la mesa. Ha trazado conjuntamente el rumbo y las  prioridades del momento con sobrado esfuerzo, en medio de circunstancias económicas y sociales apremiantes, y la acción adversa de un gobierno acosado por su propia incapacidad para torcer el rumbo. La ruta es electoral y democrática y la calle es un accesorio de esa lucha, no un fin en sí mismo. Dirigir con autoridad es saber decir no cuando sea necesario.

Mañana es sábado y luego será domingo... entonces sabremos quién tenía la razón.

@jeanmaninat

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EL LUGAR DE LA UTOPÍA EN EL SIGLO XXI

OLIVIA MUÑOZ-ROJAS

Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?
La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.

Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. Su blog es www.oliviamunozrojasblog.com.

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Sepp Blatter: ¿bufón o Don Blatterone?

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    JOHN CARLIN

A Sepp Blatter le gusta referirse al organismo que preside como “la familia FIFA”, lo que animó a un periódico de su Suiza natal a llamarle “el padrino, Don Blatterone”. La cuestión hoy es si Blatter, como presidente de la FIFA desde 1998, es el astuto capo di tutti capi de una maquinaria mafiosa de cuello blanco que maneja miles de millones de euros que genera el fútbol internacional o si, a sus 79 años, es lo que aparenta ser, un abuelo despistado con tendencias bufonescas que no se entera de las fechorías de los corruptos que le rodean.
David Yallop, autor de un libro sobre la FIFA llamando “¿Cómo se robaron la Copa?”, escribe que Blatter “tiene 50 nuevas ideas cada día, 51 de ellas malas”. Entre las más conocidas: agrandar las porterías para que se metan más goles; que las mujeres futbolistas se vistan “con pantalones cortos más apretados y camisetas con mucho escote”; proponer que durante el Mundial de 2022 en Qatar, país donde la homosexualidad es ilegal, los aficionados gays se abstengan de cualquier actividad sexual.
Se podría llenar un álbum con sus payasadas o salidas de tono. Lo que también es vox pópuli, y más desde la redada del miércoles en la que la policía suiza detuvo a siete altos mandos de la FIFA, es que mucha de la gente que rodea a Blatter se ha llenado los bolsillos con dinero procedente de sobornos. Él mantiene que no sabe nada. Un repaso a su currículum pone esta afirmación en duda.
Nacido en 1936 en el pueblo alpino de Visp en una familia de clase obrera, fue desde una temprana edad un entusiasta jugador de fútbol amateur. Se incorporó a la FIFA en 1975 y entre 1981 y 1998 fue nombrado su secretario general, lo que significó que fue el brazo derecho del entonces presidente del organismo, João Havelange. Más alerta que sus predecesores a las posibilidades económicas que ofrecían los patrocinios comerciales y las ventas de los derechos de televisión de los mundiales, fue él quien convirtió la FIFA en lo que es hoy: una máquina de hacer dinero. Havelange patentó la práctica de comprar votos para llegar a la presidencia de la FIFA y para asignar sedes mundialistas, siempre con el propósito paralelo de enriquecerse a sí mismo. No fue hasta 2012 que la FIFA hizo una investigación interna que comprobó que Havelange y sus compinches habían aceptado sobornos de manera sistemática durante ocho años.
No hay pruebas de que Blatter fuera uno de los beneficiados pero tenía que haber sido muy ciego, o muy incompetente, para no tener ninguna idea del tenebroso modus operandi de quien fue su jefe a lo largo de 17 años.
Blatter, tres veces casado, inició sus 17 años en la presidencia de la FIFA el año que la dejó Havelange. Existe extensa documentación, nunca refutada en los tribunales, de que Blatter, el elegido de Havelange, ganó la presidencia de 1998 gracias a los sobres llenos de efectivo que distribuyó entre los votantes del comité ejecutivo de la FIFA un aliado catarí de Blatter llamado Mohamed Bin Hammam. En 2011 Bin Hammam fue suspendido de por vida del fútbol organizado tras ser declarado culpable por la FIFA de intentar comprar votos a su favor cuando presentó su propia candidatura presidencial en contra de Blatter.
La ironía de esto parece habérsele escapado a Blatter, que aquel año ganó las elecciones por cuarta vez consecutiva, como también parece haberse olvidado hoy de las estrechas relaciones que ha tenido con algunos de los miembros de la FIFA que han sido imputados esta semana por corrupción. Quizá el que más se ha enriquecido —se habla de decenas de millones de dólares— es Jack Warner, ex vicepresidente de la FIFA y jefe de la CONCACAF con cuyos votos siempre pudo contar Blatter a la hora de presentarse a elecciones. Warner tuvo que dimitir tras el escándalo que acabó con la carrera de Bin Hammam en 2011 pero ya había acumulado suficiente dinero para construirse un centro de conferencias en su tierra natal, Trinidad, donde hay un salón llamado “Sepp Blatter Hall”. Blatter devolvió el favor cuando Warner dejó la FIFA, dándole las gracias en un comunicado oficial “por sus muchos años dedicados al fútbol”.
El elegido por Blatter como sustituto de Warner al frente de la CONCACAF fue Jeffrey Webb, de las Islas Caimán, que también figura en la lista de detenidos en Suiza esta semana, todos ellos individuos bien conocidos por el presidente de la FIFA.
¿Se puede creer, entonces, que Blatter es inocente de cualquier delito e ignorante de los delitos de sus alegados? ¿Es posible que el hombre que durante 17 años ha presidido una organización llena de ladrones que ha gastado mucho más dinero en gastos y salarios que en su declarada misión, el desarrollo del fútbol mundial, sea meramente un incompetente bufón? La ley lo dirá, se supone. Mientras tanto lo que sí se puede afirmar con toda seguridad es que a lo largo de su carrera ha demostrado tener una piel de rinoceronte mezclada con una capa asombrosamente protectora de teflón.

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jueves, 28 de mayo de 2015

PORTADA DE REVISTA NEWSWEEK EN ESPAÑOL: EL MAS BUSCADO (MAYO DE 2015)

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EX PRESIDENTES PASTRANA Y QUIROGA LLEGAN A VENEZUELA

Los expresidentes colombiano Andrés Pastrana y boliviano Jorge Quiroga llegaron este jueves a Venezuela para visitar al líder de Voluntad Popular, Leopoldo López y al exalcalde de San Cristóbal, según anunció el partido Voluntad Popular.
Los dirigentes internacionales esperan dar una rueda de prensa durante la tarde de este jueves, para luego dar inicio al objetivo de su visita. Pastrana aseguró que está dispuesto a reunirse con el presidente de Venezuela Nicolás Maduro antes de visitar personalmente a los presos políticos del país.
Los dirigentes políticos Leopoldo López, director de Voluntad Popular, y Daniel Ceballos, alcalde destituído del Municipio San Cristóbal, se encuentran realizando huelga de hambre para exigir la liberación de más de 70 miembros de la oposición detenidos, el cese de la represión y la censura, que se fije fecha para las elecciones parlamentarias y que esos comicios sean observados por la OEA y la Unión Europea.

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LA NECESIDAD Y EL CAMBIO

LUIS PEDRO ESPAÑA

Todos queremos un cambio. Hasta el gobierno quiere que la situación cambie. El problema es que cada vez luce más inhabilitado para hacerlo.
Enumerar las razones por las cuales esto va para tres años en vertiginoso descenso puede resultar ocioso. Todo el país sabe los arreglos mínimos que hay que hacer en materia económica, para hacernos viables. Es tan obvio que incluso el gobierno lo sabe. La pregunta entonces es ¿por qué no cambian? No pueden. Se encuentra inmerso en sus contradicciones internas. Está de manos atadas. Privilegios, intereses, dogmas, temores, pugnas, amenazas, cuentas pendientes, viven un entramado interno que los paraliza, mientras el país sigue camino al abismo.
Nunca en Venezuela se habló de dolarización, salvo en ejercicios académicos de economistas desocupados. Siempre vimos con pretenciosa distancia o con lastima infinita los padecimientos del desabastecimiento cubano o las miserias de la empobrecida Haití. Cientos de veces nos repetimos a nosotros mismos que las aterradoras cifras de hiperinflación nunca las veríamos gracias a nuestro colchón petrolero, y no fueron pocas las náuseas que nos provocaban las prácticas represivas como trataban a los disidentes las dictaduras del continente.
Pues hoy son cada vez más los que creen que sólo una paridad con la moneda americana podría abatir la inflación y ponerle una camisa de fuerza al populismo fiscal. Tampoco resulta descabellado que grupos sociales o espacios territoriales específicos vivan situaciones propias de una crisis humanitaria por el desabastecimiento o la inflación, y no deja de sorprendernos como la respuesta represiva sigue siendo la pauta ante el aumento del descontento y la protesta ciudadana.
Nuestra crisis no es inédita. Tenemos ejemplos de lo que pasa cuando se viven realidades tan agudas. El Perú de Alan García a finales de los años ochenta, los inmensos desequilibrios del Brasil de José Sarney cuyas prácticas de controles llevó a su economía a padecer una inflación de casi 3.000%, o los regímenes represivos y corruptos de las dictaduras del cono Sur, con sus sucesivas catástrofes económicas, son espejos donde podemos mirarnos.
En todos esos casos se evidenciaron dos cosas. Primero, esos gobiernos no pudieron con sus contradicciones, no pudieron enderezar los entuertos que causaron. Segundo, los inmensos desequilibrios económicos y sociales terminaron teniendo una expresión política. En unos casos favorables, como fue el caso de Brasil y su transformación económica de la mano de Fernando H. Cardoso. En otros algo más accidentados como lo fue Perú con Alberto Fujimori y, finalmente, como también lo demuestra la historia, nada nos salva de una crisis permanente, como es el caso argentino.
Venezuela va camino a una transición, a un cambio político, de eso no se salva ni siquiera el gobierno. La ebullición del sistema socioeconómico terminará teniendo una expresión política. Eso está garantizado. Pero su signo no está determinado por la calamidad de nuestros problemas. Tenemos delante sólo la materia prima del cambio, el marco pedagógico para que nos alejemos como pueblo de las prácticas populistas y demagógicas que “funcionaron” mientras tuvimos otro espejismo petrolero, pero nada más.
El resto, la posibilidad de iniciar un nuevo arreglo social favorable va a depender del entendimiento entre las fuerzas democráticas, de la sensatez con que se conduzca el descontento, y del respeto que tenga el poder fáctico de las elecciones, como forma de iniciar un cambio que necesita, incluso, el propio gobierno.


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EL PODER ES EFÍMERO

BERNARD HORANDE
Esto es lo que algunos todopoderosos no entienden. Que el poder es una de las cosas más pasajeras que existen. Múltiples ejemplos señala la Historia sobre individuos con inmenso poder, que luego caen en desgracia.
En general estos personajes creen que el poder que ostentan es eterno, que nunca terminará, y que las decisiones que toman, se mantendrán en el tiempo sin más.
Ya sabemos cómo finalizó sus días Adolfo Hitler. El 'Fuhrer' gritaba a todo pulmón que el Tercer Reich duraría 1000 años. En realidad, no pasó de 12 años. Durante sus semanas finales, estuvo escondido en un búnker bajo tierra fantaseando que todavía ganaría la guerra. Resolvió suicidarse. El 'Duce' Benito Mussolini gobernó Italia desde 1922 hasta 1943. Fue un dictador férreo. Terminó fusilado y su cadáver colgado cabeza abajo.
A Saddam Hussein no le fue mejor. Por 24 años se erigió en el hombre fuerte de Irak. Disfrutaba de viajes a bordo de su megayate de 82 metros de longitud, 14 camarotes, sala de juegos, bar, cada habitación con baño privado y griferías recubiertas en oro y plata. Finalizó escondido en un hueco y luego ahorcado.
Libia fue gobernada dictatorialmente durante 42 años por el excéntrico Muammar Gaddafi. Sus lujosas mansiones estaban acompañadas por supermercados privados, zoológicos exóticos y aeropuertos personales. Su única hija, Aisha, disfrutaba de una casona equipada con parque de diversiones, piscina de aguas turquesa y una estatua de oro de ella con forma de sirena. La prensa británica la bautizó “El palacio de la prostituta”. El hombre que se hacía llamar ‘Rey de Reyes’ murió baleado y linchado por su propio pueblo.
Un ejemplo cercano geográficamente a nosotros fue el caso de Manuel Antonio Noriega en Panamá. Tuvo inmenso poder estableciendo una dictadura en la que sumió al país en una grave crisis económica, política y social. Sus nexos con el narcotráfico fueron la guinda de la torta. Desde 1989, Noriega permanece encarcelado, condenado por el resto de sus días a causa de sus nexos con el Cartel de Medellín.
Alberto Fujimori, ex-presidente del Perú, espera una sentencia en un juicio que se le sigue por corrupción, mientras paga condena de 25 años por violación a los derechos humanos.
Los hermanos Castro podrían ser una excepción. Se han apropiado de Cuba durante más de 50 años y y todavía siguen. Destruyeron el país y su población vive en las condiciones más deplorables. Su final está siendo distinto a otros. Quizá hasta peor, porque es en vida: han tenido que arrodillarse ante su peor enemigo histórico, han debido admitir que su Revolución fue un fracaso y les ha tocado a regañadientes acoplarse a un guión impuesto por otros. En un interesantísimo artículo titulado "Los nuevos dictadores mandan con puño de terciopelo", escrito por Sergei Guriev, profesor de economía en Sciences Po, París, y Daniel Treisman, profesor de ciencias políticas en la Universidad de California en Los Ángeles, se describe el modus operandi de los nuevos autócratas y dictadores “suaves”. Cómo es que estos regímenes funcionan y cómo enfrentarlos.
Hay algunos individuos a quienes Dios les ha dado mucha inteligencia, pero al final del día son muy torpes. Tanta inteligencia no les es suficiente para darse cuenta que la Historia lo único que hace es repetirse una y otra vez, que una regla de los todopoderosos con pensamiento dictatorial que se imponen a la fuerza a los demás, es que su poder es efímero, que pronto se acaba y que su final no suele ser agradable.


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