lunes, 21 de agosto de 2017

DEMOCRACIAS TONTAS

                Ignacio Camacho
 
ABC
 
Una democracia tonta es aquella que concede a sus enemigos privilegios y derechos para combatirla. La que entiende que la libertad puede ser usada para destruir la libertad. La que confunde tolerancia con indefensión y rehúsa la autocrítica. La que, acolchada en su confort indoloro, ha dejado atrofiarse su musculatura moral hasta la parálisis. Una democracia tonta es la nuestra, la española, la europea. La que sigue negándose a aceptar el fracaso de su modelo de diversidad mientras se deja golpear por unos adversarios a los que ha franqueado las puertas. La que todavía no ha entendido que el multiculturalismo no era la solución, sino el problema.
El éxito de la sociedad abierta y plural se basa en la integración, no en la coexistencia. La acogida por sí sola no basta si los acogidos se resisten a aceptarse a sí mismos como parte de un proyecto común, de un mismo sistema. Y eso no ha sucedido con las comunidades islámicas, a las que Europa ha dejado desarrollarse bajo sus propias normas durante décadas. Un concepto erróneo de la permisividad que ha desembocado en la construcción de sociedades paralelas, yuxtapuestas, cuyo resultado no podía ser otro que el estallido de conflictos de convivencia.
Podemos negarnos, en aras de la corrección del pensamiento, a aceptar la evidencia. Podemos resaltar la condición pacífica de la religión musulmana e ignorar adrede que el Islam, incluso en su interpretación contemporánea, comprende un orden político basado en la guerra. El mundo islámico aún tiene pendiente la separación entre el ámbito religioso y el civil, la revolución ilustrada, y por tanto sufre grandes dificultades de habilitación en la sociedad moderna. Por eso muchos líderes espirituales de la yihad predican en las mezquitas una doctrina inflamada de exaltación violenta. Y por eso encuentran seguidores entre los jóvenes inadaptados de la generación millennial.
El virus yihadista se ha incubado al calor de una excepción pedagógica y social fruto de una multiculturalidad extraviada. España venía siendo una excepción porque los inmigrantes musulmanes pertenecían mayoritariamente al contingente poco problemático de la primera oleada. Pero sus descendientes, ya españoles, han crecido en la burbuja aislacionista disimulada por la creencia oficial en una ficticia participación comunitaria. En Cataluña, por ejemplo, el soberanismo lleva desarrollando desde hace veinte años una política específica -ayudas y subvenciones- para favorecer a las comunidades islámicas en la estúpida idea de que al no hablar castellano de origen, como las latinas, resultaba más fácil su inmersión inducida en el proyecto de nación catalana. Un bobo error, pero no mucho más necio que el de la mayoría de las democracias europeas, empeñadas en el bienintencionado y estéril esfuerzo de diseñar hermosos paradigmas sociales que siempre acaban funcionando de otra manera.

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El vaso medio lleno de la oposición / Balance político

SANTIAGO RUIZ

Evaluar acertadamente y reconocer las fortalezas y oportunidades es la clave del éxito

A pesar de que el vaso de la instalación de la ANC pareciera una victoria para el gobierno también tiene su lado medio lleno para la oposición. El régimen ha tenido que pagar el alto precio del desprestigio internacional al igual que la AN ha sido reconocida por un gran número de países como la representante legítima de la voluntad popular por encima de cualquier otro órgano estatal y ha accedido a un tipo de apoyo que no hubiese sido posible mientras la careta del régimen no se hubiese agrietado gracias a la presión opositora. Hay victorias que aunque no sean apoteósicas tienen más valor estratégico y a mediano plazo que la euforia colectiva del efecto inmediatista.
Leyendo entre líneas, la negativa de la ANC a disolver la AN legítimamente constituida no obedece a factores como que 14 millones de venezolanos participaron en la elección del 2015, cifra ampliamente superior a los “8 millones” que alegan ellos haber tenido, ni tampoco es una “lección de convivencia democrática” como alega Delcy Eloína. Pareciera que la negativa a dar la estocada final implica un costo que el régimen no está en condiciones de asumir, no por falta de ganas, sino por falta de fortaleza.
Primero, estratégicamente es una mala idea. La disolución de la AN implica, por un lado, el riesgo de que los “opositores de la oposición” pierdan un blanco fácil de atacar, y arriesgarse a que el único culpable de todo pase a ser la ANC, es decir, el gobierno. Según el tradicional modus operandi del régimen, debe haber siempre un enemigo interno focalizado a quien culpar y que ayude a cohesionar la filas rojas. Ahora, por añadidura, existen los anti MUD que, para beneplácito del gobierno, ayudan también a dividir la oposición. Ante esto cabe preguntarse ¿para quién juegan realmente los anti MUD y los anti políticos? Si existen sólo DOS equipos y ellos están ayudando a dividir al de la oposición seguramente los maduristas estarán contentos de aceptarlos en sus filas.
Segundo, eliminar la AN conlleva el riesgo de cohesionar nuevamente a la oposición que está disgregada a causa de su falta de visión estratégica, el mal encauzamiento de su propia frustración y su pésimo desempeño comunicacional, cosa que ha sabido aprovechar y alimentar magistralmente el madurismo y su sala situacional mediática. Fortalecer la idea de que existe un “tercer equipo” dentro de este juego ha sido la estrategia más exitosa de las últimas semanas por parte del gobierno para atraernos hacia las alternativas donde somos más débiles y que tienen menos sentido práctico: el abstencionismo y la confrontación armada.
Tercero y más importante aún, el aniquilamiento de la AN implicaría quitarse el disfraz de república democrática que tanto han luchado por mantener y quedar desnudos en todo su esplendor de régimen dictatorial ante el mundo. Tal vez para nosotros sea obvio que el gobierno es una dictadura de facto, pero en los discursos de sus dirigentes persiste la retórica de que existe “un exceso de democracia” (Tarek W. Saab), que ellos “son el pueblo” (Maduro) y que para que la asamblea regrese a sus funciones lo único que tiene que hacer es “salir del desacato” (Diosdado C.).
Es verdad que hace tiempo que la AN está atada de manos pero no es menos cierto que la omnipotencia de la ANC es falsa. Haber despojado a la AN de sus funciones no tiene ninguna aplicación práctica para el gobierno que busca legitimar las transacciones internacionales que no puede realizar sin el apoyo de los diputados, más de 40 países han declarado que no harán ningún negocio con Venezuela a menos que cuente con la previa aprobación de la AN, para vender el país se necesita a alguien que lo pague. China se ve cada vez más reticente a auxiliar financieramente al gobierno, Cuba económicamente no tiene nada que aportar y Rusia está por verse después de los últimos mil millones que aportó ahora que USA ha aplicado medidas para que Citgo deje de ser una ficha viable como garantía de préstamos posteriores.
El gobierno ha demostrado una y otra vez hasta la saciedad que nociones prácticas como la alimentación, salud, educación y la opinión pública nacional los tienen sin cuidado, siendo importantes sólo instrumental y circunstancialmente. Para muestra el botón de las compras de armas y los gastos exorbitantes en propaganda por sobre compra de medicinas, insumos agrícolas, comida y enseres educativos. Sin embargo, la opinión internacional y la ideologización son la punta de lanza que mantiene firme su base dura, he ahí el origen de los recules enmascarados que ha dado el gobierno en sus respectivos momentos: la enmienda a las sentencias 155 y 156 y la no disolución de la Asamblea Nacional a pesar de su negativa a doblar la rodilla ante la ANC.
Entonces, es lógico pensar que esta guerra se ganará primeramente en el terreno de lo conceptual y lo simbólico, de ahí la importancia de arrinconar moral y argumentalmente al gobierno y ellos mismos nos han provisto de las armas para hacerlo.
Adelantar la fecha de las elecciones es un claro indicio de que la guerra de desgaste está haciendo más mella en el régimen que en los opositores, políticamente hablando. El capital político del gobierno se va debilitando a pasos agigantados a medida que pasan las semanas y su única estrategia inteligente posible es aprovechar la división opositora mientras ésta exista. Posponer o suspender las elecciones tiene un costo aún más alto que perderlas.
Quienes piensan que la AN es un órgano inútil per se, olvidan que su mera existencia plantea la contradicción fundamental que deslegitima conceptualmente al gobierno. Las funciones de la AN no se limitan a legislar, sino que también ejerce la función de control tanto sobre el gobierno, como sobre la administración pública nacional (artículos 187.3, 222 y 223 de la Constitución), fiscalizando el debido cumplimiento de sus funciones. Por ello, por ejemplo, el artículo 220 le otorga competencia para declarar la responsabilidad política de los funcionarios públicos y solicitar al Poder Ciudadano que intente las acciones a que haya lugar para hacer efectiva tal responsabilidad. Entonces, paradójicamente, nos escontramos con el caso donde los patos le disparan a la escopeta: los fiscalizados declaran al fiscalizador en desacato, lo cual, conceptualmente, es la insubordinación primaria que sitúa al gobierno como transgresor flagrante de la constitución y, por lo tanto, en ilegítimo.
Más allá del efecto concreto de ser la piedra en el zapato de las negociaciones internacionales del gobierno, la AN es el símbolo de la resiliencia venezolana, la prueba de que el madurismo en realidad no puede hacer lo que le dé la gana y el último bastión de legitimidad remanente de la democracia venezolana ante el mundo. Atender al llamado de los necios y radicales que la tildan de inútil es matar el símbolo que nos conecta con el resto de los países democráticos que nos apoyan, en otras palabras, desconocer la AN es entregar las armas al enemigo. Más nos valdría convertirnos en maduristas.


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EL ASUNTO NO ES SOLO POLITICO

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                MARTA DE LA VEGA
 
Podría hablarse de nudos críticos y desenlaces en relación con la crisis venezolana. Son muchos los factores en juego y varios los escenarios para superarla. Es claro que el asunto no es solo político. Estamos en un régimen de facto, impuesto por una ilegítima y fraudulenta asamblea nacional constituyente con la complicidad del poder ejecutivo y del tribunal supremo de justicia.
Los artículos 333 y 350 preservan la plena vigencia de la Constitución de 1999, ratifican la legalidad y legitimidad del principal órgano de representación ciudadana que es la Asamblea Nacional y la única institución pública que rechazó seguir como apéndice del gobierno y ha actuado con apego a la Constitución, el Ministerio Público y su Fiscal General Luisa Ortega Díaz, ambos perseguidos.
Aunque su poder ni es efectivo ni es originario ni legal ni verdadero, por haber violentado, entre otros, los artículos 347 y 137, la anc, bajo la presidencia de Delcy Rodríguez, pretende constituirse en poder absoluto, sin atender a los límites que le impone la propia Constitución.
Es claro que estamos comandados por el crimen organizado, con tentáculos internacionales denunciados públicamente que han penetrado el meollo del alto gobierno, funcionarios y familiares de personeros principales. Han desmoronado la República no solo la ruptura del hilo constitucional sino la implantación en las estructuras nacionales de poder, de grupos árabes radicales y terroristas, fundamentalistas iraníes, carteles narcotraficantes y delincuentes vinculados con quienes conducen el gobierno.
Así que no son solos los cubanos los que se han convertido en fuerza de ocupación y control desde hace muchos años, presentes en las fuerzas armadas, partícipes de los servicios de inteligencia, notarías y registros, sistema de identidad e inmigración, sistemas paralelos de salud y asistencia social, hospitales y organismos diversos del Estado, el cual ha sido colonizado por el gobierno desde hace 18 años.
Sin pudor, estas mafias dominan a militares de rango superior y a civiles conectados al poder político que aprovechan las pingües ganancias derivadas de la corrupción en el manejo de las divisas por renta petrolera y de la explotación depredadora de los recursos naturales más valiosos.
Dádivas en suntuosos bienes, prebendas y chantajes son el mecanismo para las adhesiones acomodaticias y utilitarias al régimen que busca mantenerse en el poder a cualquier costo. La soberanía nacional no existe sino formalmente porque hemos pasado a formar parte de la red criminal global con alcance transnacional y nos hemos convertido en tuercas de tal engranaje.
¿Cómo salir de esta maraña? Mediciones recientes de Consultores 21 presentadas en foro de Ecoanalítica muestran que 89% de la población encuestada ve mala la situación económica y 84% peor que en 2016. Solo 14% cree que es por la guerra económica y en cambio 59% responsabiliza a la gestión del gobierno. 71% justifica las protestas y 65% piensa que han sido pacíficas y el gobierno las ha violentado. Hay pesimismo en el corto plazo: 75% no ve futuro mejor. En cuanto a escenarios, la vía pacífica y electoral es preferida por 89% que sí quiere elecciones regionales. Y aunque el diálogo parece agotado, según 69%, 26% piensa que las negociaciones podrían abrir camino a la superación de la crisis.
Podemos deducir que urge un cambio de gobierno y de modelo económico para enderezar el rumbo. Si el gobierno se aferra al poder y rechaza los llamados de la comunidad internacional, es muy probable que la implosión inminente nos convierta en Estado fallido o en Estado forajido. Ahora solo hay terrorismo de Estado.

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domingo, 20 de agosto de 2017

LA TRAGEDIA Y LA ESPERANZA

ALBERTO BARRERA TYSZKA

Enfrentar a unos políticos cínicos e inescrupulosos es tan difícil y arriesgado como oponerse a un comando de la Guardia Nacional en cualquier manifestación. Eso que llamamos resistencia no es una acción que solo puede darse en la calle, con escudos y con máscaras antigás. A veces, el poder de la mentira es tan aterrador como las balas. También producen muerte. Y desaliento, impotencia, rabia, desolación. Y frente a la violencia institucional que ejercen los poderosos es mucho más complicado resistir: ¿cómo combatir una farsa solemnemente estructurada?, ¿cómo pelear contra un engaño convertido en sistema, formalizado, distribuido sin pudor por todos los medios? Cuando Delcy Rodríguez mira hacia la cámara, altiva, soberbia, como si en realidad hubiera ganado una elección democrática; cuando desdobla una sonrisa sardónica y habla desde la arrogancia de los oligarcas, cuando se dirige a los diputados electos por el pueblo (que no cobran desde hace un año y han sido despojados de toda posibilidad de acción) y les dice que el parlamento no ha sido disuelto y que ellos deben seguir trabajando… ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer cuando Delcy Rodríguez se transforma en una bomba lacrimógena?
Chávez sabía mentir. Y, generalmente, lo hacía bien. Sus herederos conocen el método, tratan de seguirlo, pero son mucho más torpes, más evidentes. Les sale fácil lo fácil: la sorna, la burla, la ironía, el descaro. Pero son incapaces de convocar una esperanza, de comunicar con un mínimo de emoción algo que aunque sea parezca una verdad. Son demasiado obvios. En muy pocos días, sin ayuda de nadie, ellos solitos le han confirmado al país y al mundo que todo lo que prometieron con respecto a la Constituyente era una fantasía infantil que lo único que realmente les interesa es terminar de apagar la democracia, que la Constituyente sólo sirve para tratar de legitimar la dictadura en Venezuela.
Desde que se instaló este nuevo “milagro”, según pregonaban los altos dirigentes del gobierno, ¿qué ha pasado?, ¿a qué se han dedicado los supuestos nuevos representantes del también supuesto poder popular originario?  El espectáculo ha sido grotesco, patético.  Desde Tibisay Lucena hasta Tarek Williams Saab, pasando por ese detalle que es Nicolasito, el Sin Par de Miraflores.
¿Para qué necesita el país una nueva Constitución? Para suspender, sustituir y perseguir a una Fiscal incómoda, con demasiada información sobre la millonaria corrupción del gobierno. ¿Para qué necesitan los pobres de Venezuela una nueva Constitución?  Para dejarlos sin candidatos por quien votar. Para inhabilitar y encarcelar a líderes de la oposición que puedan ganarle al oficialismo en futuras elecciones. ¿Para qué requiere nuestra sociedad un cambio en la Carta Magna? Para adelantar las elecciones que antes el mismo Consejo Nacional Electoral había retrasado de todas las maneras posibles. ¿Por qué necesitábamos con tanta premura esta Asamblea Constituyente? Porque el país precisa con urgencia una Comisión de la Verdad que premie la represión oficial y someta al país a un régimen de censura y control.
Desde que empezó la ANC, ¿cuántos niños han muerto por desnutrición en Venezuela? ¿Acaso algún funcionario del gobierno ha hablado de esto?
A Hugo Chávez siempre le encantó la contra ofensiva.  Lo repitió en varias oportunidades. Es algo que forma parte de la lógica de la guerra con la que Chávez, lamentablemente, envenenó la política nacional.  Soportaba los ataques, asumiendo que eran movimientos enemigos, para luego en una aparente jugada defensiva terminar agrediendo, conquistando más posiciones de poder. Así como actuó el oficialismo en el paro petrolero, así también actuó ahora en estos meses de protestas de 2017.  Esperaron sin importar la cantidad de muertos, sabiendo que al podrían cobrarle toda esa sangre al adversario.  Es lo que están haciendo ahora. Es el momento de la contra ofensiva. La oportunidad para profundizar eso que ellos llaman pomposamente “la revolución”.
La estrategia implica una frialdad abrumadora. Una distancia criminal con la vida de los ciudadanos.  Y una apuesta delirante por la farsa. Por hacer de la mentira una definición de gobierno, una forma de vida.  De manera instantánea, el nuevo Fiscal descubrió que la Fiscal General de la República es corrupta, racista, conspiradora violenta y promotora de una invasión gringa.  De manera instantánea, el CNE destrabó todas las dificultas y problemas que interpuso para impedir el referendo y las elecciones y, de pronto, convocó un proceso exprés para el próximo mes de octubre. De manera instantánea… ¿Cómo desactivar un fraude que tiene como cómplices al gobierno, las instituciones y la Fuerza Armada Nacional?
La sociedad democrática venezolana, con sus debilidades y heterogeneidad, lleva años tratando de responder a esa pregunta. No es nada fácil.  Es muy desalentador lo que nos pasa como país. Después de cada dos décadas y una bonanza petrolera estamos peor que antes, en todos los sentidos. Nuestra pobreza es trágica. Y gracias a ella, muchos de los funcionarios del “gobierno de los pobres” se han hecho millonarios. Es trágico un país donde los hijos de una víctima de la violencia del Estado sean ahora quienes legitimen esa misma violencia del Estado. Es trágico un país donde la miseria crece, los hospitales no funcionan, los cuerpos de seguridad masacran a inocentes, hay ciudadanos desaparecidos y estudiantes presos por protestar. Es trágico que todo esto, además, se haga a nombre de la libertad y de la justicia.
En este escenario, ¿el tema de la participación en las elecciones regionales puede ser tratado como un dilema moral? No estamos ante una disyuntiva ética, no debatimos entre opciones más o menos virtuosas, más o menos valientes, más o menos honestas. La dirigencia política, si quiere seguir haciendo política, no tiene otra posibilidad. Está obligada a mantenerse unida y a dar la pelea en todos los espacios que puedan. Aguantar la contra ofensiva no es sencillo. El gobierno solo quiere contaminarnos con una enorme sensación de derrota. Ese es el primer objetivo de la Asamblea Nacional Constituyente. Que olvidemos que somos mayoría. Que pensemos que no sirve de nada ser mayoría. Que aceptemos que han ganado y que ya no importa, que no tenemos nada qué hacer.
Pero nosotros no podemos olvidar lo que ellos no olvidan: cada día son menos. Cada día menos gente los quiere, les cree. Dentro y fuera del país. Es una tendencia que no se ha detenido desde hace años. Un indicador que sigue creciendo. En el fondo, el chavismo pelea contra la historia. Actúan así porque saben que están rodeados.  Ahora la paranoia es su ideología.
La esperanza también puede ser un recurso natural renovable.
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EL SOCIALISMO DE LOS TONTOS

BRADFORD DELONG

Según la teoría económica convencional, la globalización tiende a “beneficiar a todos”, y tiene escaso efecto en la amplia distribución de ingresos. Pero “globalización” no es lo mismo que eliminación de aranceles y otras barreras a las importaciones que confieren ventajas de captación de renta a productores domésticos políticamente influyentes. Como frecuentemente señala el economista Dani Rodrik de la Universidad de Harvard, la teoría económica predice que eliminar los aranceles y las barreras no arancelarias efectivamente produce ganancias netas; pero también se traduce en grandes redistribuciones, donde eliminar barreras más pequeñas genera redistribuciones mayores en relación a las ganancias netas.
La globalización, para nuestros fines, es diferente. Se la debería entender como un proceso en el cual el mundo se vuelve cada vez más interconectado a través de progresos tecnológicos que hacen bajar los costes del transporte y las comunicaciones.
Sin duda, esta forma de globalización permite que los productores extranjeros exporten bienes y servicios a mercados lejanos a un coste más bajo. Pero también abre los mercados exportadores y reduce los costes para la otra parte. Y, a fin de cuentas, los consumidores reciben más por menos.
De acuerdo con la teoría económica estándar, la redistribución sólo se produce cuando las exportaciones de un país exigen factores de producción inmensamente diferentes de sus importaciones. Pero, en la economía global de hoy, esas diferencias no existen.
En Estados Unidos, un excedente de la balanza de pagos en las finanzas significa que más norteamericanos serán empleados como obreros de la construcción, productores de bienes de capital, enfermeros y asistentes de salud a domicilio. De la misma manera, un excedente en los servicios significa que más norteamericanos trabajarán no sólo como consultores con un alto nivel educativo (y bien remunerados) en nidos de acero y cristal, sino también, por ejemplo, como porteros y personal de limpieza en moteles a las puertas del Parque Nacional Yellowstone.
Al mismo tiempo, un déficit en la manufactura puede crear más empleos industriales en el exterior, en países donde los costes de mano de obra son bajos en relación al capital; pero destruye relativamente pocos empleos en Estados Unidos, donde la manufactura ya es una industria de utilización muy intensiva de capital. Como ha venido señalando el economista Robert Hall de la Universidad de Stanford durante tres décadas, hay más norteamericanos que se dedican a vender coches que a fabricarlos. Las materias primas que Estados Unidos importa del exterior representan una cantidad significativa de mano de obra relativamente no cualificada, pero no desplazan mucha mano de obra en Estados Unidos.
De modo que, al menos en teoría, el giro en el empleo de Estados Unidos de las líneas de montaje a la construcción, servicios y cuidado de la salud puede haber tenido un impacto en la distribución general del ingreso en términos de género, pero no en términos de clase. ¿Por qué, entones, ha habido semejante resistencia política a la globalización en el siglo XXI? Percibo cuatro razones.
La primera y principal: a los políticos les resulta fácil culpar de los problemas de un país a los extranjeros e inmigrantes que no votan. En 1890, los políticos en el Imperio de Habsburgo solían culpar a los judíos de varios males socioeconómicos. El disidente austríaco Ferdinand Kronawetter sentenció: “Der Antisemitismus ist der Sozialismus der dummen Kerle”, el antisemitismo es el socialismo de los tontos. Lo mismo podría decirse de la antiglobalización hoy.
Segundo, más de una generación de crecimiento económico desigual y más lento de lo esperado en el Norte global ha creado una fuerte necesidad política y psicológica de encontrar chivos expiatorios. La gente quiere un discurso simple que explique por qué no se están beneficiando con la prosperidad que alguna vez les prometieron, y por qué existe una brecha tan grande y creciente entre una clase cada vez más rica y todos los demás.
Tercero, el ascenso económico de China coincidió con un período en el cual el Norte global se esforzaba por alcanzar el pleno empleo. Contrariamente a lo que siempre han dicho los seguidores de Friedrich von Hayek y Andrew Mellon, los reajustes económicos no suceden cuando las quiebras provocan una salida de mano de obra y capital de industrias de baja productividad y baja demanda, sino más bien cuando las épocas de bonanza introducen mano de obra y capital en industrias de alta productividad y alta demanda.
En consecuencia, el neoliberalismo no sólo requiere de mercados abiertos y competitivos, cambio global y estabilidad de precios. También depende del pleno empleo y de los períodos de bonanza casi permanentes, como había advertido el economista John Maynard Keynes en los años 1920 y 1930. En las últimas décadas, el orden neoliberal no logró ofrecer ninguna de estas condiciones, muy probablemente porque hacerlo habría resultado imposible inclusive si se hubieran implementado las mejores políticas.
Cuarto, los responsables de las políticas no hicieron lo suficiente para compensar esta deficiencia con una redistribución económica y geográfica y políticas sociales más agresivas. Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recientemente les dijo a los neoyorquinos del norte del Estado que debían irse de la región y buscar empleos en otra parte, se hizo eco de lo que decían políticos de centro-derecha de la generación pasada en el Norte global.
Los actuales dilemas políticos y económicos del Norte global no son tan diferentes de los de los años 1920 y 1930. Como Keynes observó entonces, la clave es producir y mantener el pleno empleo, y en ese momento la mayoría de los otros problemas habrán desaparecido.
Y, como sostenía el economista austro-húngaro Karl Polanyi, es responsabilidad del gobierno garantizar los derechos socioeconómicos. La gente cree que tiene derecho a vivir en comunidades saludables, tener ocupaciones estables y ganar un salario decente que aumente con el tiempo. Pero estos supuestos derechos no surgen naturalmente de los derechos de propiedad y de los recursos cada vez más escasos —las monedas del reino neoliberal—.
Ya han pasado diez años desde la crisis financiera global y el inicio de la Gran Recesión en el Norte global. Los gobiernos todavía no han sabido reparar el daño generado por esos acontecimientos. Si no lo hacen pronto, los “ismos” de los tontos seguirán causando estragos en las próximas décadas.
J. Bradford Delong, ex subsecretario adjunto del Tesoro de Estados Unidos, es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley y socio de investigación en la Oficina Nacional de Investigación Económica.

© Project Syndicate, 2017. www.project-syndicate.org

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HABLAR, CRITICAR

FERNANDO RODRIGUEZ
 
EL NACIONAL
 
 
Hace mucho que Kant definía la crítica como aquella que establecía la validez de un discurso. Digamos que aquí y ahora necesitamos criticar porque todos sentimos que en el viraje que estamos dando, sin saber demasiado hacia dónde, los opositores necesariamente tenemos que someter a crítica no pocas cosas del ayer inmediato y del hoy para que sean francas y útiles las nuevas trayectorias, que no son menores sino como pocas veces decisivas para nuestra supervivencia republicana, si no lo creen pregúntenle a Trump.
Hay tantas maneras de mirar  la crítica que se dificulta  dar con algunas provechosas a nuestros humildes fines, acaso un mínimo prolegómeno. Se habla de crítica constructiva cuando esta  no solo señala lo negativo de lo criticado sino que sugiere opciones alternas, con tono sereno y bienintencionado. O destructiva cuando malévola y frenética no quiere sino demoler lo propuesto y, casi siempre, al proponente. Hay hasta la autocrítica, la conciencia que se muerde la cola. Parece tan importante que muy generalizadamente se pretende, condición democrática, una educación crítica para que los jóvenes, con pluralidad y debate, no comulguen con ruedas de molino.  Etcétera.
Pero aquí nos interesa una especie muy concreta y actual, que suponemos constructiva y autocrítica, hablamos de la que deben hacer los integrantes de la MUD y de los de esa paradoja que llaman los “opositores de la oposición”, que a pesar del  mote no son gobierno. Asunto importante en un momento de estancamiento  y de mucha confusión en una peligrosísima encrucijada. De manera que las formas y maneras de ejercer el pensamiento crítico es asunto importante, decisivo y que no podemos sino asumirlo para sanar los desesperanzadores e improductivos estados de ánimo. Diría una primera y curiosa observación, hay que hablar. Por hablar entiendo develar, razonar, comunicar, explicar. Afirmo que  hablamos poco.  Se mitinea mucho, pero esa manera de decir no tiene las características anteriores sino las de seducir emocionalmente, ¡venceremos!, o zaherir al enemigo, devaluarlo a los ojos de los combatientes, ¡payaso! La gente que camina por ahí tiene demasiadas preguntas, sobre todo si lee las noticias de los medios. Por tanto no sabe para dónde coger, ¿seguimos en el trimestre épico o somos entusiasmados votantes? Objeto imprescindible de clarificación, y de crítica. Otro tema, ¿estamos dialogando con el enemigo, porque confunde que se persiga con saña a alcaldes, a Baduel y seiscientos etcéteras y perdonen al rector Rondón o desechen los tribunales militares. ¿Y la fiscal y las dos asambleas y Smartmatic y en general la abominada constituyente y los innumerables atropellos del forajido contra la Constitución, la moral y las buenas costumbres, los olvidamos al menos por ahora? ¿No sería mejor hablar y hablar más o menos claro, hasta donde se pueda? Hay que hacerlo pronto, aunque duela.
Como la cosa es constructiva hay que diseñar la nueva ruta. Vamos a hacer una campaña electoral y eso implica una cantidad grande de movimientos que no se parecen a la gesta libertadora de ayer. Vamos a seguir en la Calle, la mayúscula se ha hecho de rigor, pero de otra manera supongo, para no chocar con lo anterior. Yo diría que el objetivo, muy mermado ahora, es el de mostrar poder cuantitativo, que somos la mayoría de los ciudadanos, y no guerreros contra las gloriosas fuerzas armadas que se preparan a darle una felpa a los gringos. Y si estuviésemos hablando con el gobierno, pues decirlo grosso modo y de qué forma lo hacemos. De manera que no aparezca Zapatero el día menos pensado desayunando o almorzando con el menos pensado. No  somos mirones de palo.
Es muy probable que aclarar muchos de esos secretos mal guardados y que tanto daño hacen tengan al menos esa ventaja que tanto inspiraba a psicoanalistas y a grandes filósofos, liberarse y fortalecerse mirando de frente la verdad. La incertidumbre y lo reprimido siempre enferman. Hablar pues, sin adjetivos muy alambicados y vacíos, como se hace en las esquinas.

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CUESTION DE RESPONSABILIDAD

ELSA CARDOZO
 
Detrás de la acumulación de ineficiencias y pérdida de legitimidad del gobierno venezolano –cuya más cruda evidencia se encuentra en las protestas masivas y en la criminal represión con la que fueron respondidas– hay algo mucho más grave que pérdida de gobernabilidad: la pérdida de Estado, la disolución de lo esencial del orden político convenido en el pacto fundamental de 1999 y mucho antes. Ahora, el inconstitucional proceso constituyente acelera en el arrase de lo que va quedando de principios, normas y procedimientos propios de un Estado de Derecho.
En esta escala, los ya muy visibles desbordamientos internacionales de la crisis venezolana –movimientos migratorios; narcotráfico, corrupción y lavado de dinero; deudas, morosidad y negociación de recursos estratégicos; incumplimiento de acuerdos y abandono de compromisos multilaterales– se agravarán con un régimen que no está dispuesto a aceptar ninguna norma o control, interno ni externo, que limite su ejercicio del poder. Añádanse las relaciones que ha venido desarrollando con aliados de polémica y preferentemente conflictiva proyección geopolítica internacional, como son los casos de Rusia, China e Irán, parte de la lista de países amigos a los que se refirió el presidente Maduro en su discurso ante la asamblea constituyente. En ella, por cierto, faltó Cuba, o quizá no, por redundante. Entre desmesuras, desconocimiento del orden jurídico internacional y vínculos inescrutables se ha terminado por colocar a Venezuela, con poca o nula transparencia, en tableros controlados por intereses ajenos, en relaciones desiguales que profundizan la pérdida de autonomía del gobierno y multiplican las vulnerabilidades del país a las prioridades estratégicas de otros.
De allí que las cuestiones de responsabilidad en la pérdida interior y exterior de estatalidad comiencen por las del gobierno de Venezuela. Responsabilidades una y otra vez recordadas desde la comunidad democrática internacional: tanto así que hasta el facilitador escogido por el gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, lo dejó anotado al final de su última visita a Venezuela. Y así se han acumulado internacionalmente desde manifestaciones de preocupación, llamados y exhortaciones, pasando por condenas y desconocimiento de la supuesta asamblea constituyente, hasta medidas diplomáticas con consecuencias económicas y la imposición de sanciones a más de treinta individualidades por Estados Unidos, aplicadas también por México, Colombia y Panamá.
Son muchos los intereses internacionales afectados por la pérdida de la democracia, la gobernabilidad y la estatalidad en Venezuela, pero las respuestas necesarias y útiles deben pasarse por el filtro de la responsabilidad internacional para evitar estrategias que se conformen con la estabilización de un orden negador de lo esencial del republicanismo moderno. De allí lo esencial de mantener como propósito interior y exterior la restitución de la plena vigencia de la Constitución, en correspondencia con el régimen internacional de protección de los derechos humanos y la democracia. Es esa perspectiva la que de modo directo y firme acogieron los doce países firmantes de la Declaración de Lima y la que ha prevalecido ante el mensaje del presidente Trump sobre una opción militar. Condenar al régimen, recordarle las no solo incumplidas sino gubernamentalmante bloqueadas condiciones por las que debía comenzar la restitución de la Constitución, desconocer a la asamblea constituyente y sus decisiones y definir medidas diplomáticas para limitar el margen de actuación internacional del gobierno, quedó plasmado en esa declaración que es también compromiso de responsabilidad con los venezolanos en la procura de una solución democrática.
De tanto decirlo, se ha perdido el sentido de aquello de que la salida de esta tragedia debe ser construida por los venezolanos que, en manifiesta mayoría, hemos demostrado querer un cambio de gobierno, democrática y pacíficamente. Y así es, una responsabilidad muy nuestra que hoy requiere de especial compromiso y disposición a exigírnosla y de exigirla a la dirigencia democrática y a la comunidad democrática internacional.

elsacardozo@gmail.com

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