sábado, 23 de septiembre de 2017

Maníacos

 Fernando Savater

José Gaos pensó que las dos exclusivas que caracterizan al hombre son la mano y el tiempo. Otros dijeron que la palabra y algunos que la risa o, mejor, la sonrisa. Probablemente los más acertados son quienes sostienen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces —tirando por lo bajo— en la misma piedra... A mí me parece que lo propio del ser humano es tener manías. Nuestras manías son como pequeñas religiones privadas, cultos íntimos con los que tratamos de contrarrestar la permanente amenaza del azar y el desparrame de la vida, incontrolable. Inexplicables pero fijas, las manías son lo más nuestro de lo nuestro. Para poder convivir pacíficamente con alguien, mucho más importante que compartir ideas políticas o gustos gastronómicos es tolerar sin reproches sus manías...
Todos somos, a escala mayor o menor, maniáticos. Nada de malo hay en ello, aunque ciertas manías son más perturbadoras que otras. Lo temible son los maniacos, o sea, los maniáticos empeñados en imponer sus manías a los demás, convertidas en dogma, adornadas con virtudes irrenunciables y transformadas en moral. Aún más, en superioridad moral. Hoy pululan por las redes sociales, intimidando a muchos. Están los maniacos clásicos, racistas, fanáticos religiosos (o anti), separatistas... pero además los de nuevo cuño, las feministas convencidas de la culpabilidad predeterminada de los varones, en cualquier conflicto o hasta en su forma de sentarse, y los más severos aunque risibles de todos, los animalistas, inventores de una moral surrealista en que solo puede haber animales inocentes y humanos culpables. Quien se burla de sus odios comete delito... de odio. No tomemos en broma a los maniacos, son influyentes y se encargan a través de la web de repartir los certificados de buena conducta que antes expedía la policía franquista...

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Canadá anuncia sanciones contra Maduro y 39 altos cargos de Venezuela

 MAOLIS CASTRO

EL PAIS

El Gobierno de Canadá ha anunciado este viernes la aplicación de un torniquete económico contra el régimen de Venezuela. La canciller canadiense Chrystia Freeland, mediante un comunicado, ha indicado este viernes que impondrá sanciones contra Nicolás Maduro y 39 altos cargos por fracturar el orden constitucional e irrespetar los derechos democráticos.
Entre las medidas ordenadas por Ottawa destacan la congelación de activos y la prohibición de que ciudadanos canadienses, dentro y fuera del país, mantengan relaciones económicas con los sancionados. “Canadá no se quedará en silencio mientras el Gobierno de Venezuela priva a su gente de sus derechos democráticos fundamentales. El anuncio de las sanciones contra el régimen de Maduro pone de relieve nuestro compromiso con la defensa de la democracia y los derechos humanos en todo el mundo”, ha justificado Freeland.
Muchos de los altos cargos castigados por Canadá ya habían sido incluidos en la lista negra de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) del Departamento de Tesoro de Estados Unidos, entre ellos Tareck El Aissami, vicepresidente de Venezuela; Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral; Freddy Bernal, ministro de Agricultura Urbana; y el fiscal general, Tarek William Saab. El segundo hombre más poderoso del régimen, Diosdado Cabello, también ha sido agregado entre los sancionados por Ottawa.
Hasta ahora la Unión Europea ha sido comedida ante la posibilidad de adoptar medidas contundentes contra el Gobierno de Venezuela. Así, Canadá sería el primer poderoso en seguir la estrategia maquinada desde Washington para asfixiar a la cúpula chavista.
Las restricciones económicas suponen un esquema adoptado, principalmente, por Estados Unidos para ejercer presión. Con la escalada autoritaria en Venezuela se ha estrechado el cerco de apoyo internacional. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha encabezado una emboscada contra Maduro, provocando cuestionamientos por una prohibición al sistema financiero estadounidense de compras de bonos públicos y deuda del Gobierno de Venezuela y la petrolera estatal, PDVSA.
Para el régimen estas acciones han sido utilizadas para argumentar su tesis de que existe una “guerra económica” contra el país sudamericano, fraguada por la oposición y gobiernos extranjeros. Maduro ha pretendido diseñar una estrategia financiara que detenga un inminente default. “Si nos persiguen con el dólar, vayamos a jugar con el rublo ruso, con el yuan, con el yen, con la rupia de India, con el euro… A nosotros no nos van a asfixiar”, ha dicho hace dos semanas.
Su idea ha sido recibida con reverencias por sus hombres de confianza. Horas antes de conocerse la decisión de Canadá, el vicepresidente El Aissami ha exhortado a los empresarios a abrir cuentas bancarias en monedas distintas al dólar americano para obtener divisas preferenciales del Estado venezolano.
Fuera de las esferas gubernamentales son aplaudidas las medidas. Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, ha aplaudido la decisión de Canadá. “Sanciones contra dictadores son instrumento de defensa de DD HH y democracia en Venezuela”, ha escrito en su cuenta de Twitter.


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viernes, 22 de septiembre de 2017

¿NOS ACERCAMOS A UNA NEGOCIACION PARA LA CRISIS VENEZOLANA?

EMILIO NOUEL V.

La crisis económica y social de Venezuela no da tregua. El gobierno persiste en su trayectoria política demencial e indiferencia ante el precipicio económico por el que vamos cayendo, devaluación casi a diario, hiperinflación sin freno, escasez de alimentos y medicinas creciente  y una angustia social sin precedentes.
La comunidad internacional arrecia la presión ante este panorama desolador. La mayoría de los países latinoamericanos, la Unión Europea, EEUU, Canadá y hasta Japón se han pronunciado preocupados por el destino de nuestro pais y el impacto que tal crisis pueda conllevar para la región y más allá.
A pesar de la mezquindad y lo miserable de algunos que no lo quieren reconocer, los sectores democráticos y su dirigencia, después de años, han logrado concitar apoyos internacionales importantes en la lucha por rescatar las libertades y en su denodada búsqueda de una negociación que ponga fin a esta deriva infernal mediante mecanismos pacíficos.
El gobierno, con el agua al cuello, sin fuelle financiero, con muy reducidos amigos en el exterior y con la perspectiva de sufrir una derrota aplastante en las elecciones de gobernadores, no le ha quedado otra salida que la de acercarse a la oposición a través de terceros, con vista a diseñar una agenda negociadora, todo bajo el patrocinio de actores internacionales ajenos al conflicto interno.
El gobierno dominicano y su Presidente, apuntalados por la comunidad internacional, se han prestado para la tarea de propiciar unos primeros escarceos de un posible diálogo que conduzca a una negociación confiable, creíble, fundamentada en garantías ciertas de que lo que se acuerde eventualmente, se cumpla.
Obviamente, muchas reservas y escepticismo justificados hay, acerca de que el gobierno chavista termine negociando y además cumpla sus compromisos, habida cuenta de la experiencia pasada y de su reiterada actitud de no honrar la palabra empeñada.
Puede ser que se quiera seguir “ganando tiempo”, lo que, a mi juicio, es seguir perdiéndolo. Cada día aumentan más los costos políticos para el gobierno y el tamaño de la fosa en que se enterrará irremediablemente. No reconocida como está ante el mundo la espuria Constituyente, sin la aprobación de la legitima representación popular de la Asamblea Nacional será imposible obtener los fondos internacionales que agónicamente requiere el país para honrar sus compromisos internacionales de deuda y los gastos corrientes del Estado, y se incentive la inversión pública y privada. Sin la anuencia de la Venezuela democrática no habrá gobernabilidad. Rusia y China, los pocos amigos que le restan, muy poco confían en el gobierno, aunque la primera tenga marcados intereses geopolíticos.

La oposición democrática ha colocado sobre la mesa sus peticiones, a las que más de 7 millones venezolanos dieron su aval el 16J. Son las que en suma demandan la restitución de la democracia, de las libertades en Venezuela y la reinstitucionalización del país.

En un sector gubernamental divido y enfrentado a su interior, si los sectores civiles y militares más pragmáticos del  gobierno se imponen y asumen que una negociación responsable y rápida, acompañada y supervisada por la comunidad internacional, es la única manera de que el país tenga viabilidad política y social, y que, además, para ellos, haya vida política más adelante, evitaremos la catástrofe definitiva. Seguimos apostando por que la negociación pueda darse. Sabemos muy bien cuál puede ser la alternativa, y eso no lo queremos.

EMILIO NOUEL V.

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La abstención está desnuda

Simon Garcia


Dos décadas de minuciosa aplicación de un plan para convertirnos en un pueblo sumiso no han podido con el recuerdo de la democracia y el deseo de prosperidad, justicia y convivencia que ha inspirado una de las más largas resistencias de una sociedad a los sofisticados métodos de control, intimidación y desmoralización usados por el poder.
El nuevo totalitarismo, que aún espera por una definición que no provenga de esquemas ya hechos, comienza por aplastar la razón en el individuo dispuesto a idolatrarla. El engaño de una revolución ficticia primero cautiva y luego doblega.
La ideología comunista fanatiza a quienes querían una auténtica revolución y los convence de que está ocurriendo imponiendo en la conciencia colectiva la imagen de país inexistente, mientras en la vida real quienes detentan el poder conforman un voraz polo de corruptos de marca mayor, aferrados a sus privilegios y decididos a no soltar el botín.
La casa común que es Venezuela se ve desde la retórica del poder como una edificación asediada por toda clase de enemigos, pero quienes vivimos en ella  percibimos el avance de los derrumbes y como la ruina se nos mete en la vida. La cúpula de los que gobiernan crean miseria a costa de incrementar sus enriquecimientos privados. Son la clase política y económicamente dominante, la burguesía parasitaria de la renta.
Sus sectores con formación política, aun por ideas del modelo cubano, tienen otras motivaciones y podrían aceptar una negociación, si llegan a la conclusión de que es la única opción para abrirle futuro al PSUV. Sus sectores vinculados a la economía criminal la combaten con todo.
Los extremistas, en uno y otro lado, quieren lo mismo: evitar el diálogo, rechazar las elecciones regionales, amena con la violencia y prometer que liquidarán al lado contrario. En vez de política manipular emociones de odio y de venganza, imponernos su visión única, acusar a los demás de traidores y encumbrarse como una minoría autoritaria que merece estar en el poder.
El régimen tiene un logro increíble en su mano. Ha hecho mella en los más firmes espíritus, los ha llevado a pensar que es invencible y a considerar que la abstención, la forma de derrotar a la oposición antes de la lucha, es mejor que contribuir a que el poder pierda el mayor número de gobernaciones posibles.
La abstención dará argumentos a Maduro y le quita razón a los gobiernos y organizaciones del mundo que exigen elecciones libres. La abstención quiebra la lucha por el cambio a nombre de repetir el error de que sólo la calle producirá una explosión nacional o hará que las bayonetas resuelvan mediante un enfrentamiento incierto. Ahora que se necesita esa calle activa, no la tenemos porque se usó mal.
El voto es un medio, para desafiar al poder y demostrar que no puede seguir imponiendo su dictadura. No con nuestra inhibición, nuestra indiferencia y nuestra falta de ánimo para defender el futuro del país. Una vez más.
@garciasim

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ENTREVISTA CON ABSTINATOR

JEAN MANINAT

Hay mandas terribles, promesas que uno no ha hecho, pero tiene que cumplir, amistades pasa­jeras que exigen más que las que han perdurado en el tiempo, como un bolero tatuado en vinilo.

Creí haberme zafado de François Gauloise para siempre, desde que su número de teléfono pari­sino dejó de irrumpir titilando insistentemente en la pantalla de mi fiel y humilde Nokia del siglo pasado. Pero no, cuando repicó el aparato, François Gauloise, director del diario parisino El cochino desmelenado, seguía allí como el dino­saurio de Monterroso convertido en vampiro.

“Hermano, compañero”, me dijo en el galo-español que acorraló a inicios de los años 70, mientras engatusaba a burguesas y desgreñadas latinoamericanas susurrándoles Le Métèque y presumiendo improbables encuentros con Sartre y la Beauvoir en el café Les Deux Magots, allá por el bulevar Saint German. “Hermano, no te escondas, tenemos la entrevista del año, olvídate de todo, mete la pinche Lambretta en el garage  y te vas para Caracas, estamos hablando de entrevistar nada menos y nada más que a Abstinator, el opositor más temido por el gobierno venezolano. Paga tú los gastos y me mandás la factura”.

No me pregunte cómo, o por qué, terminé en un restaurante italiano de La Castellana,  donde en la penumbra de un salón, rodeado de rostros se­veros, me esperaba Abstinator el terrible, azote de colaboradores, verdugo de blan­den­gues, el scalp hunter dispuesto a limpiar a la oposición de posturas acomodaticias frente al régimen.

“Buenas, vengo de parte de François, para la entrevista…”.

“Ya lo sé, pregunte rápido, la situación no amerita perder tiempo”. “Por cierto, esto va a ser publicado en Paris, entiendo, y lo leerá Macron, supongo”.

“Sin duda. ¿Por qué razón ha llamado usted a la abstención en las elecciones regionales?”

“Es muy sencillo: votar es una manera de legitimar al gobierno. No hay que perder tiem­po, hay que nombrar inmediatamente, ponga oídos, i-n-m-e-d-i-a-t-a-m-e-n-t-e, a un gobierno de transición. Yo estoy redactando el decreto a petición de mis dos aliados en esta empresa salvadora”.

“Pero, perdone, usted ha dicho que está enfren­tando a una dictadura. ¿Usted declara un go­bier­no de transición y Miraflores se vacía?

“Y las calles se llenan de gente. En el momento de anunciarlo, usted verá la avalancha de gente apoyando el gobierno de transición.

“¿Y… cuándo van hacer el anuncio?”

“La sorpresa, amigo, la sorpresa… cuando nadie se lo espere. ¡Pum! Y ya entramos en tran­sición”.

“Entonces definitivamente, no apoya votar por los candidatos de la oposición democrática a las gobernaciones”.

“¡De ninguna manera! Esos son unos vendidos al régimen, lo que quieren es puestos, dádivas del gobierno, enchufarse. Vea a los goberna­do­res que tenemos. ¿Qué han hecho?”

“Bueno han trabajado en circunstancias muy difíciles para mejorar la calidad de vida de la gente en sus estados…”.

“Perdone, no es la calidad de vida de nadie, lo que importa es salir ya, entienda, yaaaaa, del gobierno. Todos esos candidatos de la MUD son unos vendidos, unos traidoooores. ¿Me entiende?

“Pero están haciendo un gran esfuerzo por…”.

“Nada, dictadura no sale con votos, lucha y más lucha, no jo… La hora cero, no tiene segundero, es nuestra próxima consigna”.

“Una última pregunta: ¿estaría usted dispuesto a ser el presidente o jefe del gobierno de transición?”.

“Bueno, agradezco la pregunta pues veo que ha pensado en mí. El momento llegado, tendría que consultar con mis dos aliados. Pero si el pueblo me lo exige: ¿Cómo, negarme?”

Ya de salida hacia la maravillosa luz de Caracas -incluso cuando está encapotada- noto a mi diestra a una criatura en cuclillas, encorvada sobre un laptop. Sus dedos son largos y afiliados como un lápiz infantil. Picotean el teclado con ansia. El rostro está embozado en sí mismo, es impreciso, como alguien que se quedó en el trans sin arribar al género. Maúlla terribles maldiciones mientras escribe.

Abstinator el terrible, muda de rostros.
@jeanmaninat
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Arístides Calvani (II)

Eduardo Fernandez



La semana pasada escribí una nota acerca de la celebración del primer centenario del nacimiento de Arístides Calvani. Comenté que el Instituto Internacional de Políticas Públicas (Ifedec), fundado por Calvani y que ahora lleva su nombre, había designado una comisión presidida por el doctor Román José Duque Corredor, presidente de la Fundación Alberto Adriani, para coordinar los actos relativos a esta celebración.

En el transcurso de los últimos días he recibido algunos comentarios que me animaron a escribir este nuevo artículo. La intención de recordar la figura de Calvani, su obra y su pensamiento, tiene que ver con la preocupación que sentimos por la actividad política, el deterioro del prestigio de la misma y la degradación de la idea que la opinión pública tiene de la política y de los políticos.

Calvani fue, entre otras cosas, un político. Fue un político ejemplar. Fue un hombre que con su conducta y con su testimonio de vida demostró que la política puede ser, como la definía el papa Pío XII, “La forma más excelsa de la caridad, después de la religión”.

Calvani fue un político que entendió que a la política se viene a servir. A servir a un ideal, a un pueblo, a unos seres humanos que tienen una enorme dignidad, cualquiera sea la condición económica, social o cultural de la persona. Hay gente que se dedica a la política por afán de figuración. Hay otros que lo hacen para atender una ambición de poder. Lo que Gregorio Marañón llamaba: “La pasión de mandar”. Finalmente, hay quienes se dedican a la política por afán de dinero y de riquezas.

Ni la vanidad ni el afán de lucro ni la pasión de mandar ayudarán a elevar el prestigio de la política y de los políticos. Calvani fue un político diferente, porque a él no lo movía ni la vanidad ni el afán de riqueza ni la ambición de poder. Lo movía el amor a un ideal y el deseo de ser útil en el propósito de construir un mundo mejor, una Venezuela mejor y una civilización fundada en el amor y en la solidaridad y no en el odio ni en la violencia.

Calvani fue un político distinto porque entendió la política como una oportunidad para servir y porque tenía principios muy definidos y actuaba en consecuencia con esos principios.

Era un hombre humilde, con la serenidad que solo puede lograrse cuando hay una absoluta congruencia entre los principios que se predican y la conducta que se practica. Venezuela necesita líderes políticos que entiendan que la política no es para satisfacer vanidades ni para acumular fortunas ni para saciar ambiciones de poder, sino para servir a un ideal y a un pueblo.

Seguiremos conversando.

Eduardo Fernández
@EFernandezVE
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jueves, 21 de septiembre de 2017

Antecedentes del Partido Liberal

Elías Pino Iturrieta
PRODAVINCI
 
El Partido Liberal se funda el 24 de agosto de 1840. Tiene un  periódico, El Venezolano, gracias a cuyos escritos crece un movimiento nacional sin precedentes. La bandería  y su vocero inician una gesta que cambia el contenido de los negocios públicos y termina por dominar la escena política hasta finales del siglo XIX. Sus rivales, antes poderosos con José Antonio Páez a la cabeza,  quedan reducidos a fuerzas sin mayor relevancia. De seguidas se describirán los episodios debido a los cuales se va formando la fortaleza que llega a ser.
La Revolución de las Reformas contra el presidente José María Vargas, sucedida en 1835, es un movimiento organizado por personalidades que se consideran excluidas de las decisiones fundamentales. Los capitanes de la Independencia y los clérigos han perdido las inmunidades procedentes de la colonia y de la insurgencia. El experimento capitalista de los godos los ve como unos parásitos, o como una amenaza frente a la modernización que promueven. De allí que su levantamiento no sea bien visto por los propietarios que han construido la institucionalidad de 1830. Tanto los fieles del paecismo  como los que pronto formarán la oposición, rechazan a los reformistas como partes de un pasado indeseable. No pueden considerarse como prólogo de las distancias que terminarán formando el Partido Liberal, pero hay elementos que permiten relacionarlos.
En primer lugar, la alarma que despliegan  sobre la formación de una oligarquía que desestima el principio alternativo. Bajo la sombra de Páez, aseguran los reformistas, se ha entronizado una camarilla que monopoliza las decisiones y ocupa los cargos de relevancia. Tanto el término oligarquía como las críticas por el control exclusivo de la autoridad, formarán parte del lenguaje habitual de la bandería nacida en 1840.
En segundo lugar, la discusión que genera el castigo de los conspiradores. Todavía en 1843 se debate sobre su suerte. Los drásticos y los benévolos, los partidarios del cadalso y quienes prefieren el ostracismo, los que quieren sangre y los que sugieren indulgencias, promueven disputas que contribuyen al desgajamiento de la cúpula, o que profundizan las diferencias políticas donde antes apenas se notaban. Además, los reformistas que regresan al la vida pública se ocuparán de echarle más leña a la candela.
Pero, ¿en ese proceso pueden influir los asuntos personales? Un teatro tan reducido como el que habitan los protagonistas de la época debe fomentar simpatías, antipatías y pasiones capaces de determinar la suerte de la política. Los dirigentes se mueven en una ciudad pequeña, frecuentan las mismas tertulias, pueden discutir con frecuencia sobre temas públicos o privados y compiten por las contadas plazas que ofrece el gobierno. El trato rutinario puede conducir a enconadas rivalidades. Quizá no vaya descaminado quien descubra tales resortes como brújula de los asuntos de trascendencia en el infierno grande de la minúscula Caracas.
O quien se fije en el episodio protagonizado por Antonio Leocadio Guzmán y Ángel Quintero en 1839. Como circula entonces un rumor sobre crisis en el gabinete, Guzmán, quien se desempeña como Oficial Mayor de la Secretaría de Interior y Justicia, escribe en el periódico para desmentirlo. La crisis existe,  pero las aclaratorias no caen bien en el círculo paecista.
Conviene asegurar que no hay ropa sucia en la casa de gobierno.  El presidente resuelve nombrar a Quintero como nuevo Secretario del Interior, y el recién designado, hombre famoso por sus intemperancias, despide al Oficial Mayor. Vocablos ásperos y episodios tensos rodean la escena, en cuyos detalles se regodean las hablillas del común y después González Guinán en su Historia contemporánea de Venezuela.
Don Antonio Leocadio aparece desairado ante la población, sobre todo ante sus pares, y ostensiblemente abandonado por el hombre fuerte. Célebre por sus escritos en la prensa desde 1824, propagandista de la Constitución de Bolivia en 1825 y Secretario del Interior en 1831, seguramente juzga lo sucedido como una afrenta descomunal.  ¿Puede alguien negar que las ocurrencias empujaran al despedido hacia la ruta de la oposición?
Pero más atinentes de veras a la colectividad son las reacciones que desde el año anterior se producen contra la Ley de 10 de abril de 1834, que ha establecido la libertad de contratos. Los deudores no pueden atender sus obligaciones debido a la baja en el precio del café, mientras el comercio disminuye el vigor de la víspera. Están a punto de perder sus propiedades, si una política de alivios no los saca del atolladero. El fenómeno  provoca censuras  a través de periódicos cada vez más airados, como La Bandera Nacional, El Nacional y la Gaceta de Carabobo. Los  impresos coinciden en achacar a la legislación las penurias que se comienzan a padecer y proponen la modificación de las reglas que favorecen a los prestamistas, pero el gobierno no tiene oídos para el reclamo. Uno de los escritores más combativos del momento, Tomás Lander, quien tiene reputación de autonomía, es miembro de la Diputación Provincial de Caracas y escribe una serie de fascículos bajo el título de Fragmentos,  acusa a la ley de 1834  de “ruinosa y antivenezolana”.
El 1 de octubre de 1838, después de anunciarse como pilares de un “partido agricultor”, se congregan en junta eleccionaria quienes han manifestado su descontento por separado, o de manera sigilosa. Se trata de personas con influjo en la sociedad por la posesión de haciendas, por el ejercicio de funciones públicas y por su participación en la prensa. Hombres conocidos en la ciudad y en los campos, como: Antonio Leocadio Guzmán, Tomás Lander, Carlos Arvelo, Ramón Ayala, Jerónimo Pompa, Wenceslao Urrutia, Francisco Pérez de Velazco, Juan Alderson y Felipe Macero.
Otro grupo, que algunos llaman “partido aristocrático”, presenta candidatos para oponerse al gobierno. Encabezado por Feliciano Palacios y Tovar, Felipe Tovar, Casimiro Vegas, Mariano Ustáriz y Manuel Felipe de Tovar, cuyos apellidos ventilan  blasones desde la colonia, se constituye en otro factor que quebranta la homogeneidad de las opiniones. Tales reacciones preludian el nacimiento del Partido Liberal, la cercana proliferación de banderas amarillas que levantarán los pardos y los campesinos para modificar la historia que se inició después de las guerras de Independencia.

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