jueves, 5 de marzo de 2015

TODO LO DOLOROSO QUE OCURRE EN VENEZUELA INTERPELA A LA REGIÓN



        RICARDO LAGOS
 EX PRESIDENTE DE CHILE

Algo no está bien cuando se observa la reacción de la comunidad latinoamericana frente a lo que ocurre en Venezuela. Parece como si todos prefirieran mirar hacia el lado sin afrontar un desafío real: hemos reaccionado con tibieza.
Decir que lo de Venezuela es un tema de venezolanos y ellos deben encontrar su camino es una falacia. Desde hace tres décadas, los conceptos de coordinación y cooperación política son parte viva de nuestra historia y los ejemplos que demuestran su vigencia son múltiples.
Allí están los foros e instituciones que hemos creado, como CELAC, UNASUR, y el propio MERCOSUR. En todos ellos el tratamiento de la crisis de Venezuela se torna legítimo para los demás países del continente.
Por cierto, lo de Venezuela es un tema que reclama soluciones políticas. Soluciones realistas, pragmáticas y abiertas a superar el momento de crisis, donde tanto los partidarios del gobierno como de la oposición perciban que el escenario nacional les pertenece, que ese país es de todos.
En los setenta y buena parte de los ochenta, cuando las dictaduras campeaban en América Latina, Venezuela fue una isla de la democracia, un oasis porque allí el sistema democrático funcionaba, ese sistema creado tras la caída del general Marcos Pérez Jiménez en 1958.
Pero progresivamente se perdió el rumbo, los partidos políticos vieron disminuida su legitimidad, parecía no importar quién gobernara porque las políticas seguían siendo las mismas y la corrupción emergía erosionando las instituciones.
La riqueza del petróleo no fue parte de un gran proyecto de desarrollo, donde todos los sectores encontraran su oportunidad.
A mediados de la segunda administración de Carlos Andrés Pérez hubo un intento de golpe de Estado encabezado por un coronel llamado Hugo Chávez. Tras cumplir su pena en prisión, Chávez entró a la arena política y llegó al poder democráticamente.
Chávez se convirtió en el líder carismático que el pueblo esperaba. El surgimiento de la República Bolivariana fue la respuesta a la búsqueda de un nuevo tipo de política que dejara atrás el fracaso de una elite dirigente. Cualquiera sea la opinión que se tenga sobre la experiencia del “Socialismo del siglo 21” impulsada el Comandante Chávez, cabe reconocer que se propuso avanzar hacia la solución de muchos temas y demandas vivas en la sociedad venezolana. Estaban los recursos del petróleo, y con pródigos recursos Chávez proyectó su propuesta por el continente.
Pero hubo una cierta miopía estratégica al no ver que esa condición favorable del petróleo podía cambiar. Y eso ahora lo sabe muy bien el Presidente Maduro. El fue elegido democráticamente y aunque el margen fue estrecho, su opositor reconoció el triunfo.
Sin embargo, una cosa es ganar una elección y otra ganar el reconocimiento de la ciudadanía por saber dar gobernabilidad al país.
Hoy tenemos una situación compleja y difícil ante nosotros. Hace más de un año que el dirigente Leopoldo López está en la cárcel y hasta ahora no hay pruebas contundentes presentadas en su contra. El 22 de enero pasado, en una sesión del juicio celebrada a puertas cerradas, pero grabada clandestinamente por el diario El Nacional, López reclamó que, sin un juicio justo donde presente sus descargos, el régimen lo condena día a día por televisión.
Expertos de dentro y fuera de Venezuela señalan que allí no se ha dado el “debido proceso”. La semana pasada el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, un social demócrata a carta cabal, líder político respetado por todos, ha terminado también en la cárcel. Su detención por las fuerzas de inteligencia al servicio del gobierno se hizo con una violencia innecesaria acusándolo de incitar al golpe.
Lo que sabemos es que firmó una convocatoria al diálogo político cara a cara con el gobierno y muchos otros dirigentes, incluidos los del social cristiano COPEI, que también lo suscribió con posterioridad, como señal de solidaridad y protesta por la detención de Antonio Ledezma.
Mientras, la crisis económica es fuerte. La inflación llega al 64%; el desabastecimiento es enorme. Un estudio de tres universidades venezolanas encontró que 1,7 millones de hogares están en condición de pobreza extrema.
Todo esto conduce a que la gobernabilidad del país se pone en cuestión y frente a ello, la comunidad internacional y en particular nosotros latinoamericanos, debemos asumir que nos corresponde ser parte de la solución del problema.
No se trata de intervenir en asuntos de otro país, pero hay momentos en que la responsabilidad de proteger, reconocida por Naciones Unidas, obliga a la comunidad internacional a actuar y proponer salidas cuando un pueblo está viviendo bajo condiciones extremas.
Nuestra deuda de gratitud con Venezuela por lo que ella representó en un momento de oscuridad en todos nuestros países. Con esa misma gratitud expliquemos y digamos con claridad que el problema de Venezuela es político.
Hace un año, cuando la crisis llenaba de protestas las calles, Chile, desde el nuevo gobierno, impulsó una reunión de Cancilleres de UNASUR la cual decidió enviar una misión para promover el diálogo político entre gobierno y oposición.
Aquello, no tuvo el seguimiento necesario, pero ahora las urgencias son mayores y por ello es clave la misión de los cancilleres de Ecuador, Colombia y Brasil, tras lo cual es fundamental un encuentro de todos los cancilleres del continente, para definir una “hoja de ruta” clara y precisa para el devenir político de Venezuela.
América Latina debe dar señales de madurez, demostrar su capacidad de ayudar a uno de los nuestros cuando se encuentra en dificultades mayores.
Hoy nos duele lo que ocurre en Venezuela, pero debemos ir más allá: asumir con responsabilidad lo que nos cabe hacer como región.
En política el vacío no existe. Si no hacemos la tarea, otros podrían aparecer para actuar ante la crisis.

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miércoles, 4 de marzo de 2015

CHÁVEZ, UN HÉROE EFIMERO



TRINO MARQUEZ
Están cumpliéndose dos años de la muerte de Hugo Chávez. Ahora se ven los efectos de la destrucción que causó. Sus herederos han continuado demoliendo la democracia y los signos de modernidad que existían cuando el caudillo llegó a Miraflores.
Chávez fue el prototipo del líder mesiánico: megalómano, populista, egocéntrico. Despreciaba las instituciones democráticas y el concepto de República, indisolublemente vinculado al respeto del Estado de Derecho, y a la independencia y equilibrio de los poderes públicos, tanto nacionales como regionales y locales. Su ideal del Estado fue el diseñado por Lenin en El Estado y la revolución. El modelo que buscó imponer fue el Estado revolucionario en el cual se  funden el Estado, el Gobierno y el Partido, en una unidad indisoluble dentro de la cual desparecen todas las fronteras entre un ámbito y otro. Esta concepción leninista pasó a formar parte de la tradición marxista, siendo adoptada por líderes comunistas que alimentaron el culto a la personalidad y contribuyeron a la construcción de su propio mito: Stalin, Mao Zedong, Kim Il Sung y Fidel Castro.
          Chávez, sin ser un marxista ortodoxo, incorporó los rasgos autoritarios y megalómanos de los dirigentes comunistas más importantes del siglo XX. El culto a la personalidad y la subordinación incondicional al líder único e imprescindible fueron prácticas que estimuló continuamente. Uno de los instrumentos de los que se valió fue el uso constante de las cadenas de radio y televisión y su programa Aló, Presidente. A través de este mecanismo hegemónico, se hizo omnipresente. En sus comparecencias televisivas opinaba de todo lo humano y lo divino. Se transformó también en omnisciente. Fue el centro del país. El eje alrededor del cual todo giraba. Nada podía decidirse sin que contara con su aprobación. Con él la concentración personal del poder alcanzó niveles nunca antes conocidos.
          La presencia nacional le ayudó a proyectarse mundialmente. Los altos precios del petróleo fueron su mejor aliado. Utilizó el crudo para inflar su propio ego. Sus indudables condiciones histriónicas fueron potenciadas por la inmensa masa de petrodólares que ingresaron al país durante su mandato.
Otro instrumento del cual se valió fue la reelección indefinida, propuesta que logró imponer luego de una campaña en la que cometió toda clase de abusos del poder y ventajismos.  
          Dudo de que el mito de Chávez perdure más allá del tiempo que gobiernen sus sucesores. El país que contribuyó a construir y que dejó como legado está arruinado material y moralmente.  Sospecho que le espera el mismo destino de otros autócratas envanecidos por el poder, de los cuales nadie guarda gratos recuerdos en la actualidad. Pienso en Franco, Caudillo por la Gracia de Dios, en Stalin, en Pol Pot, en Mao.
          Ser “héroe” despreciando a la democracia y al Estado de Derecho es fácil cuando se cuenta con una montaña de dólares. Lo difícil y realmente inteligente es ser demócrata y respetuoso de las instituciones republicanas cuando se cuenta, igualmente, con una inmensa cantidad de recursos financieros.
A los herederos de Chávez, especialmente a Nicolás Maduro, no les ha quedado otra alternativa que exaltar la figura del jefe. Los calificativos que utilizan son rimbombantes y ridículos. Los más comunes, Comandante Eterno y Líder Supremo, evocan la vieja jerga comunista. El afán de compararlo con el Libertador es una desmesura que se explica por la falta de carisma, legitimidad y popularidad de quienes lo remplazaron. Mientras más desastrosos son los resultados concretos de la gestión gubernamental y menos gente los respalda, más alaban la figura del comandante desaparecido. Tratan de encubrir sus errores, su impopularidad y la inviabilidad del proyecto chavista –el socialismo del siglo XXI y el Estado Comunal- con la imagen de su creador.
          Sin embargo, el culto al “comandante eterno” está reduciéndose a un grupo exiguo de irreductibles, a una secta, que lo idolatra. Las masas que alguna vez se rindieron ante su verbo encendido hoy están mucho más preocupadas por lidiar con la inflación, la escasez, el desabastecimiento, la inseguridad personal, el deterioro de la infraestructura y de los servicios públicos.  Entre los jóvenes, Chávez no es un mito, ni nada que se le parezca. En este segmento tan amplio de la población, los héroes y las preocupaciones son otras. Los jóvenes están impacientes por ver cómo encaran un futuro tan incierto como el que los amenaza.
          El esfuerzo de los herederos por mantener viva la llama de Chávez no tendrá éxito. El comandante no fue un estadista de talla continental. No dejó una obra material o intelectual que merezca ser reconocida por las futuras generaciones. Se dedicó a destruir la democracia que surgió después de 1958, y en esta labor fue muy exitoso, pero lo que dejó a cambio fue una nación corroída por la corrupción y empobrecida en el plano material. A los verdaderos mitos se les conoce por lo que construyen, no por lo que destruyen. Chávez está muy lejos de ser Mandela.
          @trinomarquezc

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LA IZQUIERDA Y EL DESAFÍO DE VENEZUELA

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STEVEN LEVITSKY

El autoritarismo de los años setenta transformó en demócratas a una generación de izquierdistas latinoamericanos. Gran parte de la izquierda había descuidado a la democracia en los sesenta y setenta. Restaba importancia a las elecciones, los derechos liberales, y otras instituciones “burguesas,” justificaba el autoritarismo del régimen cubano, y apoyaba actos violentos que pusieron en riesgo la democracia en sus propios países.
Pero en vez de la esperada revolución, el colapso de la democracia trajo la noche más oscura: regímenes militares de derecha que mataron, desaparecieron, y torturaron a miles de jóvenes progresistas.
Vivir bajo la dictadura les ensenó a muchos izquierdistas el valor de la democracia. La brutal represión que sufrió la izquierda en países como Argentina, Brasil, Chile, México, y Uruguay convenció a muchos que los derechos humanos eran más que “burgueses.” Como consecuencia, gran parte de la izquierda se comprometió plenamente con la democracia liberal. Militantes de izquierda encabezaron la lucha por la democracia en muchos países latinoamericanos en los años setenta y ochenta. Y en los 90, se convirtieron en los principales defensores regionales de los derechos humanos.
El matrimonio entre la izquierda y la democracia fortaleció a los dos. Los últimos 25 años han sido el periodo más democrático de la historia latinoamericana. Y la izquierda ha tenido un éxito inédito. Reprimido en los 70, la izquierda llegó a gobernar en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Paraguay, República Dominicana, y Uruguay.
Pero hoy el matrimonio entre izquierda y democracia enfrenta un desafío: el autoritarismo venezolano. Bajo el gobierno de Nicolás Maduro, Venezuela ha caído en un nivel de represión política no vista en America del Sur desde Pinochet y Stroessner. Hay presos políticos. Se mata con alarmante frecuencia a chicos que salen a la calle a protestar (la última víctima fue Kluiver Roa, de 14 años). Y el gobierno se ha vuelto golpista. Maduro tilda de “golpista” a sus opositores –algo que fue cierto en 2002, cuando muchos apoyaron al golpe contra Hugo Chávez. Pero últimamente el único golpista ha sido el gobierno, que ha removido (y en algunos casos, arrestado) a varios congresistas y alcaldes electos. El caso más notorio ocurrió el 19 de febrero, cuando el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, fue arrestado.
La izquierda latinoamericana tiene que luchar contra el creciente autoritarismo y represión estatal en Venezuela. Por obligación moral, pero también por su propio bien.
La derecha y la elite económica pueden vivir sin democracia. Los ricos no necesitan elecciones para ejercer su influencia. Si uno posee dinero, las puertas se abren en casi todos los regímenes.
Pero la izquierda necesita la democracia. Como los pobres no tienen recursos económicos, dependen de sus números para influir sobre la política. Los números pueden convertirse en poder en las urnas (elecciones) o en la calle (la protesta). Por eso, los sectores populares dependen de las instituciones democráticas: más que nadie, necesitan elecciones y libertades básicas (como las de asociación y protesta) para defenderse. Cuando desaparecen las garantías democráticas, tarde o temprano, son los pobres los que sufren. Los sectores populares siempre han sido las principales víctimas de la violación de los derechos humanos en América Latina.
Pero las instituciones democráticas son difíciles de construir. Por eso, la democracia plena y estable ha sido la excepción, y no la regla, en la historia latinoamericana. Si van a consolidarse, las instituciones democráticas se tienen que cuidar. Se tienen que defender en toda circunstancia. Como señala Eduardo Dargent en su libro Demócratas Precarios, es fácil defender los derechos democráticos cuando nuestros rivales están en el poder.
Pero la clave para la consolidación democrática es la situación contraria. Si queremos instituciones democráticas fuertes, tenemos que respetarlas –y defenderlas– aun cuando no nos conviene. Tenemos que defender los derechos de nuestros peores enemigos políticos. Si no lo hacemos, estos derechos serán siempre precarios. Si no lucho por los derechos básicos de mi rival, no puedo esperar que estos derechos estén cuando los necesito.
Los derechos democráticos son universales o no son nada. Solo echan raíces cuando estamos dispuestos a defenderlos ante todos los gobiernos: amigos y enemigos; izquierda y derecha.
Es hora, entonces, de salir a defender los derechos democráticos de Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma y otros líderes antichavistas que están siendo perseguidos. Que quede claro: no me gustan López, Machado, y Ledezma. Me caen mal. No comparto sus ideas. Cuando hay elecciones libres y justas, espero que pierdan. Pero hay que defender sus derechos.
Es cierto que en el 2002, estos mismos opositores fueron golpistas y que Hugo Chávez fue la víctima. Felizmente, casi todos los gobiernos latinoamericanos (incluyendo antichavistas como Cardoso, Fox, y Toledo) condenaron al golpe y se negaron a reconocer al nuevo gobierno. (El gobierno norteamericano –bruto y antidemocrático– apoyó al golpe).
Trece años después, la situación se ha revertido. El gobierno de Maduro ha perdido la legitimidad democrática. Ningún gobierno tiene el derecho de encarcelar y matar a sus opositores. Electo o no, un gobierno que viola sistemáticamente a los derechos democráticos pierde el derecho de llamarse democrático. Se convierte en autoritario.
Si el gobierno de Maduro ha perdido legitimidad democrática, hay que reconocer como legítima la protesta que busca su caída. La movilización (pacífica) en contra de un régimen caracterizado por presos políticos, violencia paramilitar, y la criminalización de la protesta no es golpista. No es más golpista que las movilizaciones contra Morales Bermúdez en 1977-1978. O la protesta contra Fujimori el 2000. Fujimori tildó de golpista a Toledo y a los demás organizadores de la Marcha de los Cuatro Suyos. No lo fueron. Y tampoco serán los que salgan a la calle contra Maduro en los días que vienen.
La izquierda latinoamericana –desde el PT brasileño hasta el Frente Amplio peruano– debe apoyar a estas protestas. No solo porque callarse sería hipócrita e inmoral, sino porque haría daño a la izquierda. El tremendo éxito de la izquierda latinoamericana de los últimos años se debe a la democracia. Abandonarla ahora sería suicidio.
——-
Steven Levitsky es un destacado politólogo con estudio en Ciencias Políticas por la Universidad de Stanford(1990) y un doctorado en laUniversidad de Berkeley, California (1999). Desde mayo de 2008, es profesor titular de las asignaturas de Government y Social Studies en Harvard University.

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DESCOMPOSICION

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Humberto García Larralde

Con el violento secuestro del Alcalde Metropolitano el jueves 19 por parte del SEBIN y su posterior imputación arbitraria por haber ejercido su derecho de proponer un gobierno de transición, creíamos advertir el nivel de barbarie a que había llegado el régimen. Pero el martes 24 un liceísta de apenas catorce años fue asesinado con un disparo en la cabeza por un joven policía “bolivariano”, molesto porque le había instado a no reprimir una protesta universitaria. El niño ni siquiera formaba parte de la protesta cuyo ejercicio, por demás, es un derecho legítimo en toda democracia. La ministra del Interior y Justicia quiso restarle significado a tan abominable crimen señalando que era “un acto individual”. Pero en la última semana han sido ajusticiados otros cinco muchachos en circunstancias sospechosas. En la represión de las protestas estudiantiles del año pasado, hubo más de 40 muertos, centenares de detenidos y heridos, y numerosas denuncias de tortura. Durante el último año hemos sido testigos del maltrato a presos políticos y de las amenazas contra sus vidas. Y en los dos primeros meses de este año, la confiscación de bienes de empresas privadas, la detención de sus gerentes, la aprobación de la resolución 8610 que autoriza el uso de armas letales por la fuerza armada contra manifestantes, el Decreto 1605 de contrainteligencia que considera “enemigos” a la disidencia, la promoción del sapeo -“patriotas cooperantes”- para intimidar a comerciantes, tuiteros y a quienes tomen foto de las colas (quienes muchas veces terminan presos), el acoso y cierre de medios de comunicación, y el atropello a periodistas, han puesto de manifiesto que, lejos de ser un incidente aislado, forma parte de una estrategia represiva, propia de un estado policial.

“La Historia me absolverá”
Los regímenes totalitarios suelen invocar una “moral revolucionaria” para legitimar su atropello a los derechos humanos. El fin de un futuro glorioso que habría de liberar a los pueblos, justifica los medios empleados para su consecución. La salsa que es buena para el pavo no es buena para la pava, y la “justicia revolucionaria” se aplica de manera sesgada contra los que tilda de “enemigos”. El bien superior, trascendente, que representa la “revolución” –según sea interpretada por el Líder-, debe prevalecer por sobre los formalismos de una legalidad “burguesa” que pretende maniatarla. Y así lo avalará la Historia (con mayúscula), como lo argumentó un notorio líder revolucionario del siglo pasado en el juicio que se le seguía por comandar un asalto armado contra el orden establecido:

“Porque no son ustedes, caballeros, los que nos juzgan. Ese enjuiciamiento lo dictamina la eterna corte de la Historia. (...) Podrán pronunciarnos culpables mil y una veces, pero la diosa de la eterna corte de la Historia sonreirá y hará trizas el alegato del fiscal y la sentencia de esta corte. Ella nos absolverá”.

No, no se trata de Fidel Castro en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada, sino de Adolfo Hitler, procesado en 1923 por el putsch de la cervecería en Munich[1]. Y esa Historia –que excita tanto a los exaltados por mitos épicos- nos mostró el nivel de barbarie y de crueldad que desplegó su celo revolucionario destructor y asesino. También para Hitler había una conspiración internacional de la plutocracia financiera en su contra que había que derrotar. Igualmente, quiso liquidar la legalidad burguesa que, con sus blandenguerías, interfería el bien supremo pregonado. Por su parte, el “padrecito” Stalin, en su paranoia, veía conspiraciones de todo tipo que lo llevaron a desatar el terror del estado contra la población soviética –superando incluso a Hitler-, y a convertirse, de paso, en el gobernante que, en las purgas masivas del partido bolchevique, mató a más comunistas. Luego Fidel Castro, en un sincretismo diabólicamente genial, fundió ambos experiencias con sus dotes de líder arrojado para escenificar la épica romántica de un David latinoamericano contra un Goliat imperialista, forjando lo que he llamado fasciocomunismo. En tal escenario, alegó centenares de intentos de magnicidio en su contra para justificar el acaparamiento del poder, la lealtad absoluta hacia su persona y la cruel represión de toda disidencia. De esta forma, la pretendida supremacía moral de la Revolución limpió de culpa a quienes cometieron los atropellos más abominables contra la humanidad, porque ocurrieron en prosecución de intereses supremos consagrados por la Historia.

El carismático Chávez aportó un discurso patriotero y maniqueo que movilizó a amplios sectores desclasados a favor de su gesta populista demoledora. Se benefició en este proceder, con la captación de enormes rentas por la venta de crudo en el mercado internacional, que distribuyó entre los suyos a diestra y siniestra como prueba de su autenticidad salvadora. Y, en nombre del socialismo y de la izquierda revolucionaria, desató una cruzada contra los derechos laborales, los sindicatos y gremios independientes, las universidades autónomas, la libertad de prensa, los derechos civiles y procesales, y el desarrollo productivo: en fin, contra todo aquello que había sido bandera de la izquierda. La Historia –de nuevo con mayúscula-, valida de un discurso discriminatorio alimentado de odios, habría de justificar tan reaccionario proceder -y, con ello, el poder absoluto de Chávez- porque su carácter “revolucionario” lo invistió, por antonomasia, de una cualidad moralmente superior.

La limpieza de conciencias
Maduro, desangelado heredero del comandante eterno, depende de la conexión con ese discurso para su legitimidad. Ante las tempestades sembradas por los vientos redentores de su padre putativo, se muestra incapaz de forjar un liderazgo a base de méritos propios que le permita librarse de esa impostura llamada “socialismo del siglo XXI” e, impotente, observa como el barco se le hunde. En su desespero, apela a lo único en que han demostrado ser insuperables sus tutores cubanos: la aplicación del terror de Estado para someter a la población. Y es que la factura cubana se percibe a leguas en la represión sin miramientos de la protesta, en el trato cruel a los presos, en el ocultamiento de información y la mentira sostenida. Pero estos desmanes se amparan en postura de superioridad moral porque son cometidos contra aquellos calificados de “derecha”. El discurso comunistoide provee así las muletillas para avalar barbaridades que, si fuesen cometidas sin cobijarse en sus categorías maniqueas -explotados vs. burgueses, izquierda contra derecha-, serían condenadas airadamente como prácticas dictatoriales de la derecha. La veneración a Chávez tiene así una motivación oculta entre muchos militares gorilas: su retórica bolivariana-redentora de “izquierda” limpió las conciencias de quienes añoraban ejercer lo que, lamentablemente, ha sido práctica reiterada en latinoamericana: una dictadura militar, pero ahora “legitimada”.  

El discurso “revolucionario” ha mostrado ser muy eficaz, sobre todo, para tapar los “negocios” hechos posible por la destrucción de las instituciones del Estado de Derecho, la ausencia de transparencia, la especulación que promueve el sistema de controles de precio y el usufructo discrecional de los dineros públicos. Desde que Chávez asumió la presidencia, las exportaciones petroleras han sumado más de USA $850 millardos; el incremento de la deuda pública externa superó los USA $83 millardos; la interna, más de Bs. 487 millardos, unos $73 millardos según el tipo de cambio oficial vigente en cada año. Jamás gobierno alguno contó con tantos recursos. El gasto público, incluido el aporte de PdVSA a las misiones y al Fonden, se ha aproximado al 50% del PIB en los últimos años. Esta enorme cantidad de dinero ha beneficiado a una oligarquía de mafias militares y civiles que no están dispuestas a desprenderse de semejante botín haciéndoles caso a voceros internacionales –de izquierda, centro y derecha- que recomiendan rectificar la política económica y concertar acuerdos con la oposición democrática. ¡”No puede permitirse tal agresión a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos”! Y así como los ancianos hermanos Castro han disfrutado de Cuba por más de cincuenta años como si fuera su patrimonio personal –una extensión de los cañaverales del viejo Ángel en Birán- con su discurso antiimperialista, esta oligarquía desata una guerra retórica “revolucionaria” para blindarse contra todo cuestionamiento de sus fortunas mal habidas.

La neolengua redime
En este afán del fascismo bolivariano por imponerse, sin restricciones institucionales ni controles democráticos, la poca credibilidad de su discurso en absoluto estorba. Las arengas no son para convencer a mayorías sino para activar el odio y la disposición a todo de parte de colectivos y fanáticos exaltados, empoderados por la ausencia de límites a su accionar. La “revolución” absuelve y p’al carajo los derechos humanos y las garantías constitucionales. Quince años sembrando odios explican la muerte del liceísta en Táchira, así como de tantos jóvenes a manos de Guardias y colectivos. No hay rubor alguno en seguir insistiendo en la idiotez de una “guerra económica” y acusar de ella a una burguesía parasitaria, proyectando en otros lo que ha sido su propio trajín como oligarquía expoliadora. Tampoco hay sentido del ridículo al repetir las historias más inverosímiles de atentados y conspiraciones -muchas ideadas en la mente senil de José Vicente Rangel o entre las toxinas viscerales de Diosdado Cabello- y se inculpa a Antonio Ledezma, María Corina Machado, Leopoldo López y Julio Borges por confabularse para un supuesto golpe de estado. Cada ladrón juzga por su condición. Detrás de estos representantes de la “extrema derecha” se asomaría, claro está, el imperio. Este malvado enemigo ahora atenta contra “la patria de Bolívar” (¡!), quitándole las visas y congelándole los bienes a varias decenas de mafiosos y esbirros. En su autocomplacencia creen situarse más allá del bien y del mal al declararse “revolucionarios” y repetir consignas que, si no hubiesen sido banalizadas, serían la mayor inculpación de su propio proceder. En sus mentes enfermizas todo desafuero que cometen es, por antonomasia, en el interés del pueblo. Y así, estos fascistas buscan tranquilizar sus conciencias denunciando a una “ultraderecha fascista” (¡!) en la persona de los estudiantes y todo aquel con que tenga pensamiento libertario, de avanzada. Conforme a esta neolengua Orwelliana, su ejercicio despótico del poder representa la “democracia revolucionaria” superior, la subordinación a Cuba y Ia entrega a ese país de cuantiosos recursos es para “defender la patria”, y el despliegue de la fuerza militar para intimidar y reprimir salvajemente toda protesta, así como los insultos y acusaciones falsas a la oposición, es para “promover la paz” –la paz de los sepulcros, como denunciaron valientemente los estudiantes del ‘28.

Estamos frente a la más execrable y vergonzosa descomposición moral que ha conocido el país a lo largo de su existencia. Porque no hay freno ético, político ni moral alguno que inhiba la acción de estos forajidos. Lo veníamos diciendo desde hace ya algún tiempo: Maduro y los suyos, lejos de asumir responsablemente las reformas que permitirían a Venezuela salir del desastre en que se encuentra y buscar los acuerdos necesarios con otras fuerzas para asegurar su éxito, se han concentrado en prepararse para la guerra. Porque el fascismo solo puede entender a la política como una guerra. Según ellos, nos encontramos en un estado de excepción en el que la vida humana no pesa, sea la de un estudiante asesinado, un enfermo que no pudo operarse porque los hospitales se quedaron sin equipos o porque no consigue los medicamentos que podrían salvarlo, o la de cualquier joven acribillado por el hampa desatada. No hay exponente más ilustrativo de esta descomposición que el propio Presidente. Al transmitirles sus condolencias a los padres del liceísta asesinado en San Cristóbal, inmediatamente insinuó que los policías actuaban en defensa propia ya que, según declararon, se toparon con “un grupo de muchachos con capuchas” yfueron rodeados y golpeados y atacados con piedras”. Y para añadirle más “razones” al ajusticiamiento, no aguantó las ganas de mencionar que el muchacho pertenecía a “una secta de derecha”. Esa secta de derecha, Sr. Maduro, son los boy scouts. Agrupación más “zanahoria” e inofensiva no puede haber. Pero, a sus ojos, pareciera que la asociación con una supuesta “derecha” reduce la magnitud del delito cometido. Y una vez cumplido con el “trámite” del pésame, reemprendió, en el mismo programa televiso transmitido en cadena, los aires festivos con que intentaba animar a sus partidarios. Asimismo, como buen discípulo de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, el día siguiente denunció a un piloto de la aviación estadounidense que planeaba realizar “atentados” nada más y nada menos que en el estado Táchira, donde ha arreciado la represión. Remató repitiendo lo que aprendió de Chávez, poniendo de manifiesto una vez más su falta total de originalidad y de criterio propio: “Tengo video, audios y documentos con pruebas de que EE UU atenta contra la Constitución en Venezuela” (¡!).

En su desespero, viendo cada vez más disminuido su nivel de apoyo y sin el valor ni la capacidad -ni el interés- para sacudirse de la camisa de fuerza “socialista”, la oligarquía chavista no ve otro camino que radicalizarse aun más. Aumenta sus insultos, mete preso a dirigentes opositores, aplasta con sangre a la protesta, todo bajo la ficción de una “amenaza imperialista”, velo usado para encubrir el fracaso indubitable de su gestión y la derrota electoral que ello significaría. Este estado de descomposición explica la detención de médicos que atendieron a estudiantes heridos por la Guardia, así como la presencia, cual jefe de un campo de concentración nazi, del coronel Homero Miranda al frente de la prisión militar de Ramo Verde –el verdadero “monstruo de Ramo Verde”, no Leopoldo- para humillar y atropellar a los presos políticos y sus familiares con las acciones más viles. La “Tumba” que usa el SEBIN en las inmediaciones de la Plaza Venezuela para quebrar la voluntad de muchachos ahí detenidos es una muestra más de que este cuerpo no tiene nada que envidiarle a la Seguridad Nacional perezjimenista. La banalidad del mal, como acuñó Hannah Arendt con relación a Adolf Eichmann, retrata la total ausencia de criterios morales básicos referidos a los conceptos de "bien" y "mal" que deben regir la convivencia entre humanos, “No hagas a otro lo que no quisieras que hagan a ti”.

En esta huida hacia adelante, a mayores atropellos y rupturas con las normas de convivencia democrática, más es la necesidad de encontrar refugio en las seguridades de la fe. De ahí que se acentúe la veneración por el difunto y se le evoca como suerte de profeta neofascista, cuya legado obliga a cerrar filas, sin pensar, en torno a las locuras del régimen. Y así, lo que queda del chavismo se va hundiendo en un espíritu de secta, fanática y dispuesta a todo, que asume conductas violentas, irracionales, cual "yihad bolivariana”. La oligarquía en el poder, no obstante su retórica “revolucionaria”, no sólo ha mostrado ser incompetente para conducir al país, ha abdicado de toda condición moral para legitimarse como gobierno. Mientras más desnudos se ven en su podredumbre, más agresivos y violentos se exhiben, buscando cualquier excusa para darle un palo a la lámpara y evitar la derrota de “la historia”.

¿Y la oposición qué dice? ¿No es tiempo de llamar las cosas por su nombre y denunciar la esencia fascista del régimen? ¿Cómo no desnudar la absoluta inopia moral que inhabilita a la actual oligarquía para permanecer en el poder? Su tiempo ha concluido.


[1] Ver, Schirer, William L., The Rise and Fall of the Third Reich, Simon and Schuster, 1966, Vol. I., Pág. 78 (traducción e itálicas mías). Norberto Fuentes, quien fuera asesor personal de Fidel, cuenta que, durante el presidio de éste en Isla de Pinos por lo del Cuartel Moncada, leyó Meinkampf de Hitler, de manera que no sorprende el uso del mismo lema en su defensa. Ver, Fuentes, Norberto (2004), La autobiografía de Fidel Castro, Tomo I, Ediciones Destino, Barcelona.
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INSTAN AL GOBIERNO DE MADURO A IMPEDIR EL USO EXCESIVO DE LA FUERZA EN MANIFESTACIONES PÚBLICAS


EFE
4 de marzo 2015 

La Comision Interamericana de Derechos Humanos instó al gobierno de Venezuela a tomar medidas para evitar el uso excesivo de la fuerza por parte de los agentes públicos en manifestaciones y lamentó la muerte del joven de 14 años Kluiverth Roa.
En un comunicado, la CIDH reaccionó a la muerte de Roa, muerto el 24 de febrero durante la represión de una manifestación en Táchira. “La Comisión Interamericana urge al Estado venezolano a adoptar mecanismos para evitar el uso excesivo de la fuerza por parte de los agentes públicos en marchas y manifestaciones de protesta, obligación que debe ser tenida particularmente en cuenta cuando se trata de niños, niñas y adolescentes”.
También, la Comisión hizo “un llamado a promover un proceso de diálogo para la búsqueda de una solución pacífica a las actuales tensiones (en Venezuela), en el marco del estricto respeto a los derechos humanos”.
La CIDH reconoció que el Ministerio Público de Venezuela ha detenido a un agente policial y ha anunciado una pesquisa sobre la muerte de Roa, que recibió un disparo con munición de goma en la cabeza, y urgió “al Estado a conducir esta investigación en forma diligente e imparcial, sancionar a los responsables y reparar a las víctimas”.
“Las limitaciones que un Estado puede imponer a una manifestación o protesta deben justificarse en el deber de protección de las personas, y deben utilizarse las medidas más seguras y menos lesivas para los manifestantes y transeúntes que se encuentran en la zona”, afirmó el organismo.
Se agrega en el comunicado: “El accionar de agentes estatales no debe desincentivar el ejercicio de estos derechos (...). El uso de la fuerza en manifestaciones públicas debe ser excepcional y en circunstancias estrictamente necesarias conforme a los principios internacionalmente reconocidos”.
El Ministerio de la Defensa venezolano emitió una resolución hace unas semanas en la que regula la actuación de la FANB (Fuerza Armada) en el control de manifestaciones y protestas, y la autoriza, cuando la situación lo requiera, a emplear el “método del uso de la fuerza potencialmente mortal” durante las manifestaciones. Esa resolución ha sido criticada por la oposición venezolana, la Iglesia Católica y organismos de derechos humanos.
Pide velar por vida de Saleh y Carrero. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos le solicitó al gobierno de Venezuela medidas para  preservar la vida y la integridad personal de Lorent Saleh y de Gerardo Carrero, recluidos en el Sebin de Plaza Venezuela y el Helicoide, respectivamente, por considerar que se encuentran en “una situación de urgencia y gravedad”. Además, le solicitaron que les brinde a los jóvenes la atención médica adecuada. Instó a que se asegure que las condiciones de detención se ajusten a los estándares internacionales, tomando en consideración su estado de salud. Además, instó que concierte las medidas a adoptarse con los beneficiarios y sus representantes”.
La Comisión indicó que Saleh “estaría ubicado en un sótano (cinco pisos bajo tierra), conocido como ‘La Tumba’, del edificio que funciona como sede principal del Sebin, en Plaza Venezuela”. Gerardo Carrero si bien estuvo recluido en ‘La tumba’, el mes pasado fue trasladado al Helicoide.




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EDITORIAL EL NACIONAL: GUYANA MUESTRA LOS DIENTES



El trato que nuestro gobierno dispensa a la República Cooperativa de Guyana se ha convertido, con el tiempo, en un muy liberal dejar hacer y dejar pasar que los guyaneses han aprovechado para irse por la guardarraya y autorizar operaciones de exploración petrolífera en la zona que Venezuela reclama como suya, y que es objeto de un contencioso mal manejado desde la Casa Amarilla, la cual en un “tarde piaste pajarito” expresó su oposición a tales actividades, pues las mismas se practicarían en aguas pertenecientes al territorio disputado.
La reacción no se hizo esperar y el 2 de marzo –aprovechando el creciente desprestigio de Maduro, las evidentes contradicciones en el seno de la FANB y el agotamiento de un canallesco nacionalismo fundado en la idea de que es insustancial que no haya esto o lo otro mientras tengamos patria–,  en Georgetown se pusieron duros e hicieron saber, por boca de su canciller, Carolyn Rodríguez-Birkett, que “han solicitado al gobierno de Venezuela que desista de tomar cualquier acción que solo podría resultar en obstaculizar el desarrollo de Guyana y su pueblo y que estaría en incumplimiento del derecho internacional”.
Que el país limítrofe está sacando partido de la caída en picada de la influencia regional del chavismo sin Chávez, lo pone de manifiesto el que Guyana haya informado a la Comunidad del Caribe (Caricom), Unasur, la OEA, la Mancomunidad de Naciones y la Secretaría General de Naciones Unidas sobre la petición venezolana.
La administración socialista, que no vacila en exigir, de modo impertinente, explicaciones a los gobiernos democráticos sobre  noticias difundidas en los medios de sus países, pareciera trastabillar ante las presiones del país limítrofe. Frente a una conducta que podrá catalogarse como agresiva, e incluso hostil, Maduro, sus asesores y sus miniburócratas han optado por un fofo accionar que, a juicio del  ex director de la Unidad Especial de Guyana de la Cancillería se debe a la “politización” del diferendo territorial, cuyo tratamiento, estima, requiere una política de Estado consensuada”. Tiene en ello mucha razón el almirante (r) Elías Daniels, porque si se hubiese transitado por esa vía, informando oportunamente a la opinión pública, sin excluir a ningún sector de la sociedad, nuestro vecino se lo pensaría dos veces antes de mostrar los dientes.
Y no solo se trata de un proceso de politización del reclamo, sino, sobre todo, de dogmática ideologización que opera a nivel de una burocracia que no sabe cómo reaccionar cuando se presentan situaciones en las que la solidaridad revolucionaria y el internacionalismo proletario no conjugan en absoluto con los intereses nacionales.
De allí tanta dejadez y tanto perder tiempo. De allí, también, que proceda de la forma que lo ha hecho el vecino, pues no se definieron en su momento los alcances de la querella sobre la cuestión  petrolera ni se le puso el necesario “parao” cuando clavaron una pica en el Esequibo para seguir robando territorio.



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MUÉSTRAME LOS PELOS



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FERMIN LARES
 
Lo que hay es una clara estrategia de provocación, impresionante por lo grave de las decisiones que toma el régimen para ponerla en práctica. Busca reacciones extremas tanto del liderazgo opositor, con la detención de Ledezma, como del enemigo externo que quiere crear en Estados Unidos.
Y no se piense que el chavismo está desesperado o improvisa. Se siente sobrado con el poder de las armas y los recursos formales del Estado. Con ellos se quiere mantener a toda costa. No se siente arrinconado por la hipercrisis económica y social en la que se encuentra el país. Su problema es cómo preservar su legitimidad frente a ese enorme descontento por la falta de todo: comida, servicios, medicinas, seguridad, orden. Hasta en las peores dictaduras es necesario un mínimo de legitimidad. Si no, miremos hacia Siria.
Por supuesto que el régimen está viendo que con las condiciones actuales pierde las elecciones parlamentarias de este año. Por ello aplica esta escandalosa estrategia de provocación. Busca la reacción violenta e impulsiva del liderazgo opositor. Quiere justificar una posible posposición de los comicios, y mientras tanto minar el liderazgo democrático mediante detenciones, persecuciones y allanamientos a los dirigentes principales. Si no se pospone la elección, que sea difusa la referencia del liderazgo alternativo. Que haya menos incentivos para votar. Del resto, como vaya viniendo vamos viendo.
El liderazgo opositor no puede caer en la provocación, ni tampoco creer que el descontento de la gente le tiene asegurada la victoria en las legislativas. Las encuestas siguen indicando que ese descontento no está canalizado hacia el liderazgo opositor democrático. La dirigencia opositora democrática también tiene que ganarse su legitimidad. Tiene que mostrarse sólidamente unida, como una alternativa real para el cambio necesario. Y tiene que trabajar la victoria preparándose para perder, preparándose para el camino largo.
El liderazgo opositor está en lo correcto en identificar las elecciones parlamentarias de este año como un objetivo clave de la estrategia para adelantar los cambios políticos que necesita el país. Hay que intentar ocupar aunque sea uno de los poderes del Estado para influir en el funcionamiento del todo. Es coherente con el deseo del cambio por la vía pacífica, electoral y constitucional. Pero deseos no preñan, como hemos dicho en otra ocasión, especialmente cuando el régimen no se va a quedar con los brazos cruzados, esperando a perder las elecciones.
La estrategia del régimen no es improvisada ni errada, porque no busca una solución a los problemas acuciantes del país, sino seguir mandando a como dé lugar. Y se equivoca quien piense que es Nicolás Maduro el que la traza. Hay un equipo que la diseña y la desarrolla, con unos izquierdosos recalcitrantes de un lado, unos extremistas de derecha del otro (los fascistas verdaderos, que como Mussolini, apelan al pueblo y al socialismo nacionalista, y de la boca pa’ fuera se autodefinen como revolucionarios) y un sector militar, aliado mayormente con el grupito fascistoide, todos disfrutando de las mieles del poder. A todos les conviene seguir juntos.
El liderazgo opositor tiene que trabajar para hacerse creíble y lograr que el descontento se canalice hacia las opciones democráticas, hacia los partidos y líderes democráticos. No se trata solamente de un cambio de gobierno, sino de rescatar la democracia, rescatar la legalidad institucional, el espíritu y letra de la Constitución; recomponer lo que antes funcionaba bien en Venezuela para volver a arrancar, que no va a ser fácil. La reacción opositora debe ser clara, educativa, de líderes con seguidores activos y conscientes.
La alternativa democrática debe mostrarse sólida. Hace tiempo que Capriles tenía que haber tenido el gesto de visitar a Leopoldo López en Ramo Verde. La alternativa democrática debe demostrarse como algo real y tangible. Hace tiempo que el liderazgo opositor, no un grupito de economistas, debió haber presentado públicamente un plan ante la crisis, con toda la bulla del caso. La gente no quiere explicaciones técnicas de la crisis. La gente sufre la crisis. Y con tanto desencanto, lo que la gente quiere ver son alternativas políticas creíbles, que el liderazgo opositor se está tomando esto en serio. Los líderes políticos de los partidos, con Capriles, María Corina, Ledezma y Freddy Guevara a la cabeza, todos juntos, hace tiempo debieron haber presentado al país un conjunto de propuestas básicas para resolver los problemas de la escasez, de la falta de medicinas, de la falta de agua y luz, de la criminalidad, de la inflación, los problemas acuciantes de los venezolanos. “Estos son los cuatro o cinco pilares básicos”. No seguir desarrollando una política reactiva dictada por el chavismo.
El liderazgo opositor tiene que picar adelante en el debate con políticas y propuestas propias, dentro y fuera del país, resolver rápido lo de las candidaturas parlamentarias y ponerse a trabajar desde ahora para el futuro y presentárselo a Venezuela. Que sea el régimen el que se vea obligado a responder y a aclarar.
El caso Ledezma es ilustrativo de que el régimen no improvisa. La prisión de Leopoldo López se estaba convirtiendo en una creciente referencia internacional sobre la escasa vocación democrática del chavismo, una referencia que podía empezar a trasladarse también al plano nacional. La solución del régimen fue su usual huida hacia delante. Ahora no son uno sino dos los presos. Ya no es un líder el que está creando problemas, sino varios anotados en una conspiración. Se eliminó el riesgo del crecimiento referencial de un líder preso con la detención de otro, y la posibilidad de más líderes presos y diputados allanados en el futuro. El supuesto apoyo yanqui a la sedición ayuda. Y se van poniendo piedras en el camino de las elecciones parlamentarias.
El régimen se la juega y agresivamente. Ahora Capriles va a tener que visitar a dos. Hay que dar pruebas más fehacientes de la unidad. Y presentar alternativas. Muéstrame los pelos de la mula. No me digas que es parda.

(PS: Cumplimos con el deber de informar a los servicios de inteligencia oficial que los señores Bush, Cheney y Tenet son del gobierno anterior. El presidente gringo ahorita es Barack Obama, el vicepresidente es Joseph Biden y el jefe de la CIA es John Brennan. La cartilla que le leyeron a Maduro como que es de la época de Chávez).

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