lunes, 30 de marzo de 2015

¿EN DONDE ESTAMOS? ¿A DONDE DEBERÍAMOS IR?




Pedro Luis Echeverria

Transcurren los días, la represión aumenta y se perfeccionan y profundizan, la crueldad oficial y los métodos y mecanismos para ejercerla. Aumentan los números de las víctimas fatales, los lesionados, los torturados y los detenidos ilegalmente a los que no se les reconoce el derecho al debido proceso; impunemente los grupos armados e irregulares auspiciados, protegidos y financiados por el gobierno incrementan la virulencia de los ataques a las personas, a la propiedad privada y a las pertenencias ajenas. Se inventan tenebrosas conspiraciones nacionales e internacionales supuestamente orientadas a desestabilizar al régimen. Mienten exhaustivamente y ocultan las cifras de desempeño económico, pretendiendo vender un utópico país que está muy lejos del horror en que vivimos los ciudadanos. Tratan de infundir miedo, mediante la escandalosa manipulación de las leyes y la institucionalidad para acusar, acosar y calificar de enemigo, sin recurso de apelación, a todo aquel que profesa ideas y valores diferentes de lo que el oficialismo totalitarista asume como el bien común.  Crean una alharaca, sin lógica ni fundamentos, sobre el significado de la Orden Ejecutiva del Presidente Obama, adoptada para sancionar a siete funcionarios venezolanos vinculados con delitos de violación de los derechos humanos y lavado de dinero. Manipulan a las masas de sus seguidores exacerbando sus peores instintos, creando así una avalancha de odios hacia la disidencia que nadie parece capaz de detener. Actúan, con gran complicidad e impunidad, para permitir el repunte de una de las lacras sociales que más daño causa a una sociedad: la corrupción; al extremo que el afán de enriquecerse en el menor tiempo posible que domina a sus validos, sean éstos políticos, militares, comerciantes o figuras más o menos públicas, ha generado, entre ellos, confrontaciones de diversa índole.
En síntesis, el régimen ha tratado por todos los medios a su alcance y con el poder totalitario del Estado, aplastar la voluntad de cientos de miles de personas, tratando de potenciar su sumisión y la desaparición del ansia de libertad que es la condición esencial de los seres humanos. El gobierno irresponsablemente asume el rol de feroz contendiente, en lugar de abrir, mediante acciones políticas contundentes y veraces, los caminos para el entendimiento y la paz; los cierra a través de un discurso altanero y desconsiderado en el cuál campean intentos de dominación gubernamental a la sociedad,  perversas órdenes de incremento y profundización  de la represión, falsedades, descalificaciones y violaciones a las leyes.  A pesar de ello, la fuerza de la  protesta crece, persevera, se mantiene, se reinventa y se extiende a diversas ciudades y sectores sociales. Es una suerte de loca espiral en donde se confrontan la violencia oficial y la resistencia heroica, una y otra vez, sin que la balanza de resultados de la pugna favorezca claramente a ninguna de las partes involucradas.
  A pesar de los diarios enfrentamientos con una parte importante de la población y la inminencia de un proceso electoral, el régimen no ha cedido un ápice a las justas demandas de la disidencia, condiciones mínimas éstas, que facilitarían la posibilidad de mantener conversaciones, con eficacia política, sobre la forma de abordar conjuntamente las soluciones a la terrible situación que vive el país en todos los órdenes.
No es posible iniciar un proceso de desarrollo sustentable cuando las causas y  cicatrices de la contienda no han sido resueltas y sanadas. Después de esta fase de horror y abusos de los derechos humanos como la que estamos viviendo y para la que no se vislumbra su tiempo de terminación, nuestra sociedad requiere la reconstitución de su tejido social asegurando la convivencia mediante procesos de entendimiento sostenibles en el largo plazo. Pero ese camino está repleto de escollos.
Promover un diálogo, supone: la edificación institucional de la democracia y el estado de derecho;   contar con instituciones políticas y judiciales respetadas y creíbles para la administración y solución de conflictos por vías no violentas; llegar a un consenso sobre lo que no es aceptable promover y los medios que resulta inaceptable emplear para proteger intereses por legítimos que sean. Todo eso supone la aplicación de un enfoque multilateral del ejercicio de la justicia en el proceso de cambio en el que estamos envueltos. Se debe privilegiar la actitud reflexiva sobre lo emocional. Sin ello, la paz es apenas el interregno de una inacabada espiral cíclica de conflicto y violencia. Si bien la resolución de los conflictos se encamina en el corto y mediano plazo a llegar a arreglos que satisfagan mínimamente las demandas de los contendientes, la transformación del conflicto supone atender y dar solución a los problemas estructurales y culturales profundos que le dieron vida y restablecer el tejido de convivencia social que ha sido roto durante los últimos cinco lustros.
Vivimos una nueva era, “el madurismo” emite los últimos estertores de su agonía pero, el régimen continúa  anclado en viejas doctrinas que le impiden ver  cómo es que es la realidad que lo circunda. La revolución  que necesitamos es la de nuestro pensamiento. Sólo una transición hacia un nuevo paradigma de desarrollo democrático, capaz de administrar y resolver los conflictos de manera institucional, honesta y no violenta, podrá dar respuesta a los anhelos de paz de la sociedad venezolana.


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TRISTE PAÍS DESVENCIJADO EL MIO

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LEANDRO AREA

Triste este país desvencijado el mío al que han convertido en una ranchería destartalada y lúgubre. No he encontrado antónimo suficiente para “milagro”, pero en estos días de loas a la invasión y al anti imperialismo, por lo que electoralmente pudieran tener de prósperas esas trincheras trasnochadas al acorralado gobierno, escuché avergonzado decir a un ciudadano en una interminable cola trashumante en busca de jabón, que se trataba de una “venezolanada” eso de convertir  al abono en estiércol.

Y que Venezuela sea un país rico mientras crece como la verdolaga la pobreza, del espíritu incluido, es una mentira catedral, a pesar de que el régimen cacaree fanfarrón, para darse un tupé que lo descubre, en un exceso más con el que quiere cubrir su dictadora desnudez, que somos (sic) la nación con mayores reservas petrolíferas probadas del universo entero. ¿Y qué? Como si eso nos hiciera imprescindibles, poderosos o prósperos. Verborrea, desplante, buche y pluma no más.

La Venezuela de hoy es un lugar tan triste y agrego peligroso, que ya ni desde lejos se le parece al del recuerdo aquel y vago del hasta ayer no más, que habría que pedir segundas opiniones, porque de una enfermedad terminal se trata este abandono. Porque una nación, supongo, es un conjunto de prismas enaltecidos en un sentimiento en el que se multiplican en el tiempo, enfoques y diferencias, riquezas y necesidades. Eso fuimos o al menos lo creíamos. Ya no. Ahora lo de moda es la calcomanía de la lucha de clases.

Y agrego a esta penuria la secuestrada geografía que  alejada y esquiva, se oculta  por que ya no somos libres para explorarla. Hoy andan las montañas, los ríos, las llanuras, las calles, cada vez más turbios, yermos, expropiados.  Exfoliados por la ambición del poder eunuco que no provoca sino corrupción,  que no siembra sino tempestades,  que no levanta ni polvo,  que no produce sino desasosiego, que llena su vacío regalando a raudales neveras y peroles.

Y añado además naturaleza, que es geografía humanizada, donde todo es cada día más jungla, más espacio adueñado de ponzoña, minado por bandas del invisible miedo que se ensañan a la vista de todos, esgrimiendo el coleto rojo de su impunidad acolitada y permisada desde las altas cumbres. Ya pocos la visitan de lo envenenada que la mantienen, ni tampoco se atreven los expedicionarios, ¡qué cuentos de Humboldt y Bonpland!

Todos andamos huyendo o rebotando y escondiéndonos de una realidad agresiva más profunda que la que se expresa en la estadística semanal de cadáveres y otros parientes, tantos que ya no asustan. ¿Nacerán alguna vez de nuestra indolencia a buscar los culpables?
A todas éstas, la crianza de mascotas debe estar muy en boga, pero no vaya usted a creer que como forma de sensibilidad o civilización, sino como escape de la soledad, del cobarde que somos, de la desconfianza, desencantados con nosotros  mismos.

Aquí parece ya verdad, que a mayor ingreso petrolero aumenta el índice de corrupción, de arbitrariedad y de sumisión ciudadana. A mayor obsesión de consumo, somos más huérfanos mentales, más dependientes, menesterosos y  pedigüeños, mayor el número de pasajeros en tránsito del minero que somos y que necesitan de una tournée por un exilio dorado, o así nos lo creemos, para no volver más, para no regresar a nuestras fauces. Es increíble observar que a veces pareciera que vamos en un vagón al matadero y además aplaudiendo o haciéndonos los locos.

Leandro Area

leandro.area@gmail.com
http://leandroareaopina.blogspot.com/
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domingo, 29 de marzo de 2015

PARLAMENTARIOS VENEZOLANOS ABOGAN ANTE LA UNION INTERPARLAMENTARIA MUNDIAL POR LOS PRESOS POLITICOS  D VENEZUELA



Los diputados Edgar Zambrano (AD-Asamblea Nacional) y José Ramón Sánchez (PJ- Parlatino), solicitaron ante la Unión Interparlamentaria Mundial  la participación del comité de derechos humanos para Venezuela, al asistir como delegados a la 132 Asamblea de la Unión Interparlamentaria Mundial que se celebra  en el National Convention Center de Hanoi, capital de Vietnam.
Los parlamentarios plantearon la necesidad de constatar la observancia del derecho internacional humanitario en el país, explicó una nota de prensa publicada por el partido Acción Democrática. 
 "Estas gestiones obedecen a la tarea de la Unidad de abogar por el respeto a los derechos políticos en Venezuela, en este caso en el plano internacional, sensibilizando la opinión pública sobre los prisioneros, exiliados y la persecución judicial contra alcaldes, exalcaldes, gobernadores y exgobernadores", explicaron en el texto.
“Nuestra actuación sigue estando de lado de los venezolanos y el respeto de sus derechos, porque el ejercicio de la actividad política y pública no sea judicializada, que se abran caminos para vivir en el país una democracia en la cual no haya pase de facturas y haya respeto a la diversidad de pensamiento”, señaló el jefe de la Fracción Parlamentaria de AD en la Asamblea Nacional.
 El encuentro de la UIP,  que se realiza desde el 25 de marzo hasta el 1 de abril, ha abordado diversos temas como el acceso a la salud como un derecho fundamental, el papel de los parlamentos en abordar los grandes retos para asegurar la salud de mujeres y niños, y ha debatido la democracia en la era digital y la amenaza a la privacidad y las libertades individuales.


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ENTRE EL PAQUETAZO Y LA HIPERINFLACION

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FRANCISCO MONALDI



En los últimos cincuenta años, Latinoamérica es una de las regiones del mundo donde más países han sufrido el fenómeno de la hiperinflación, entendido como inflación mensual por encima de 50%, o lo que es lo mismo más de 13.000% anual. Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Nicaragua y Perú, entran en esta categoría. Exceptuando al Chile de Allende, los demás episodios ocurrieron a fines de los años 80 o principios de los 90, luego de la crisis de la deuda externa, en que los países no fueron capaces de ajustarse fiscalmente a la nueva realidad de bajos precios de los commodities y acceso limitado al crédito. Cualquier parecido con la realidad actual no es mera coincidencia. Los gobiernos de aquel entonces, decidieron evadir la dura necesidad de apretarse el cinturón y prefirieron financiar el gasto público imprimiendo dinero. Los ciudadanos eventualmente perdieron la confianza en el dinero, se dieron cuenta de que les pagaban con “billetes de monopolio” y dejaron de demandar la moneda local. El dinero les “quemaba” las manos, por lo que apenas recibían un pago lo transformaban en bienes durables (como electrodomésticos o detergente) o en divisas (dólares). El trueque se transformó en el modo de intercambio para cubrir las necesidades básicas.
La hiperinflación es una de las experiencias más traumáticas que puede vivir una sociedad. En Zimbabue en 2008 los precios se duplicaban cada 24 horas, en Perú en 1990 cada trece días, en Argentina en 1989 cada veinte días. En esas condiciones el grueso de la población dedicaba la mayor parte de su día a sobrevivir, no había tiempo para nada más. Solo una pequeña minoría, que tenía suficientes ahorros en el exterior, podía darse el lujo de pensar en otra cosa. La extrema incertidumbre destruye las bases de la economía y de la convivencia social. Los países quedan marcados por estas experiencias, en Alemania aún hoy perviven los recuerdos de la hiperinflación de Weimar en los años veinte del siglo pasado, que preparó el terreno para el surgimiento del nazismo. Fuera de América Latina, la mayoría de las olas hiperinflacionarias ocurrieron como resultado de situaciones de colapso económico después de la I y II guerras mundiales o luego de la disolución de la URSS.         
Venezuela todavía no ha llegado al punto de la explosión hiperinflacionaria, pero el gobierno parece estar trabajando duro para llevarnos hacia allá. Es importante aclarar que es muy raro que un país exportador de petróleo llegue a situaciones de este tipo. De hecho en América Latina ninguno ha sufrido el fenómeno. En la historia, solo las exrepúblicas soviéticas exportadoras de petróleo, como Kazajistán y Azerbaiyán, lo experimentaron brevemente como producto del colapso del comunismo soviético. La razón por la que los petro-exportadores rara vez han sufrido hiperinflaciones, parece deberse a que los gobiernos tienen la opción de financiarse devaluando. Una devaluación del cambio oficial transfiere recursos del sector privado al Estado, que es el que tiene los petrodólares, y aunque ajustes significativos del tipo de cambio impulsen brotes inflacionarios, evitan el masivo uso del financiamiento monetario (“la maquinita de imprimir billetes”) que es el verdadero origen de la hiperinflación.
Maduro, y su equipo económico, han tenido gran aversión a devaluar y en contraste han estado dispuestos a imprimir bolívares sin límite, para no tener que recortar el gasto público. Por ello, están creando condiciones en las que, de repente y sin mayor aviso, la demanda por bolívares podría colapsar y la hiperinflación dispararse. Ya hemos visto síntomas de la pérdida de confianza con los grandes saltos en la tasa del dólar paralelo. Pero ¿por qué no se han atrevido a devaluar significativamente el tipo de cambio oficial? Posiblemente por miedo al costo político y a su impacto electoral. Maduro quedó marcado por el hecho de que la devaluación previa a las elecciones presidenciales de Abril de 2013 casi le cuesta su elección. Por supuesto, en la memoria colectiva también están grabadas las macro-devaluaciones de 1989 y 1996 que causaron masivas pérdidas del ingreso real, malestar generalizado, y una significativa caída en la popularidad presidencial. Como los venezolanos no hemos sufrido hiperinflaciones, se subestima el riesgo de que una estalle y se sobrestiman los costos relativos del ajuste para evitarla. Sin embargo, los desequilibrios generados por el boom descontrolado de gasto e importaciones en 2011-2013, combinados con el colapso del precio del petróleo en 2014, hacen que no-ajustar ya no sea una opción viable. Sobre todo dado que seguir endeudándose dejó de ser una alternativa. La decisión de no-ajustar, vía tipo de cambio y aumento de la gasolina, implica que el “ajuste” se está haciendo de-facto vía impuesto inflacionario (“la maquinita”). El resultado, lo peor de dos mundos: caída del ingreso real e inestabilidad macroeconómica, sin una percepción de posible mejora en el horizonte. 
El único consuelo es que las hiperinflaciones, después de mucho sufrimiento, han tenido generalmente un “final feliz”. Han provocado un cambio trascendente de equipo económico o de gobierno hacia personas con credibilidad suficiente para tomar medidas difíciles, pero que son ampliamente aceptadas dada la emergencia nacional. Esto permitió derrotar la hiperinflación generando un ajuste expansivo y disparando la popularidad del gobierno. Esa fue la historia de Menem-Cavallo en Argentina, Cardoso en Brasil, Sánchez de Losada en Bolivia, y Fujimori en Perú, quienes como presidentes (o ministros de finanzas) tuvieron gran éxito en estas circunstancias, lo que los llevo a ser muy populares y a reelegirse. Aunque luego no necesariamente hicieron buen uso de ese apoyo popular.
En política la “suerte” es uno de los factores que más pesa. Gobierno al cual le toca hacer un severo ajuste del ingreso real para el cual los ciudadanos no están preparados, o que provoca una hiperinflación, sale con las “tablas en la cabeza”. En contraste, aquel gobierno con la suerte de llegar luego de que explota la hiperinflación, tiene una “oportunidad de oro” para lograr apoyo para hacer los cambios necesarios, enrumbando al país y cosechando éxito político en el camino. Esperemos que en Venezuela no tengamos que llegar allí, el verdadero “tocar fondo” del que tanto se ha especulado, para que la recuperación sea posible.



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LA HERMANA CORRUPCION

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ELIAS PINO ITURRIETA

EL NACIONAL
 

¿Nos importa la corrupción? ¿Es un resorte capaz de movernos como sociedad, para buscar la salida de los corruptos? Planteadas en términos generales, las preguntas conducen a una respuesta afirmativa. Nadie va a plantear su indiferencia frente a los manejos oscuros de los gobernantes y de sus socios de la empresa privada en el manejo de los dineros públicos. Quedaría muy mal ante sus interlocutores. Desde los orígenes de la república se ha machacado un discurso sobre la necesidad de la pulcritud y sobre la honradez de la burocracia, recurrencia que invita a la necesidad de acompañar las críticas sobre manejos dolosos y tropelías parecidas, no vaya a ser que comiencen los sermones. Pero solo se trata de un barniz, de un oportuno maquillaje, según se intentará explicar de seguidas.
Se ha hablado de que Venezuela es una sociedad de cómplices, afirmación del siglo XIX que se ha repetido hasta la fatiga y que, así como pretende explicar la vista gorda ante la ladronería de los burócratas, justifica el silencio de las mayorías ante los latrocinios. La afirmación no indica mayor cosa, debido a que no se aproxima al hecho de que no sea posible tal complicidad en las clases humildes de la sociedad que no se benefician de los negocios sucios, o que, en el más insólito de los casos, son apenas salpicadas. Seguramente el maridaje sea anterior y encuentre origen en tiempos coloniales, cuando se fragua un conjunto de avenimientos para la burla de la ley en todos los estratos y ante diferentes delitos y pecados, sin que nadie, así sea mantuano o pardo, blanco de orilla o esclavo, sufra penas capitales por los códigos que violó. Data de entonces un acuerdo inconsciente para vivir en la medida en que se deja vivir a los demás, en una especie de paraíso sin villanos de tronío, pero también sin verdugos diligentes.
Es un tema que se debe desarrollar con mayor profundidad, pero que explica el desfile de ladrones que en adelante no solo gozan de impunidad sino también de celebridad. Los Monagas no dejan caja sin registrar desde el comienzo de su mandato, y su ilegal conducta es conocida por la sociedad, pero permanecen en el candelero hasta el último tercio del siglo XIX con abundante y entusiasta repertorio de seguidores. Guzmán no dejó títere con cabeza en las arcas desde 1870, sin que se le juzgara por sus excesos. Al contrario, pasó a lo posteridad como el “ladrón honrado” que fue mentado en un célebre opúsculo de Joaquín Crespo. El propio Taita de la Guerra no le hizo segunda a la hora de meter la mano en el presupuesto, pese a lo flaco que llegó a ser en su época. De Gómez, uno de los ladrones proverbiales de nuestra historia, la sociedad atesora anécdotas pintorescas que ocultan los malos pasos de un gobernante codicioso y avaro. Y así sucesivamente, pues el clarín del triunfo y el calor de las buenas compañías secundaron a nuestros corruptos más famosos sin que la tierra temblara.
¿Han de cambiar las cosas en nuestros días? ¿Se levantará la sociedad, por fin, ante el enjambre de bribones que saquean el erario? Si la ciudadanía actúa como lo hizo en el pasado, no sucederá nada. Tal vez se acudirá a algún paño caliente, pero nada más. Sin embargo, la corrupción de la actualidad se diferencia de las corruptelas del ayer y permite la esperanza de una reacción distinta ante el inveterado fenómeno. Ahora el saqueo no se observa como una conducta aislada, propia de las cúpulas desde antiguo y capaz de comprenderse como parte de las rutinas de una mala administración que no ha encontrado castigo. Ahora se relaciona con las carestías por las cuales pasa la mayoría de la población, con las colas para procurarse alimento y medicina, con la pobreza galopante del pueblo. La opulencia de los rojos rojitos facilita el contraste con el aprieto cotidiano de las mayorías, cuyas criaturas no son tontas como para dejar de hacer una elocuente relación entre sus problemas y la buena vida de los “revolucionarios”.
Tal realidad puede cambiar el parecer mayoritario sobre la corrupción, puede promover reacciones que jamás han ocurrido de veras. Tal vez. No obstante, parece que la MUD no ha captado la posibilidad de esta metamorfosis y solo trata el tema desde su media lengua.

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