viernes, 21 de septiembre de 2018

UN SINDICALISTA DE APELLIDO URBIETA
 
JEAN MANINAT
 
Los amigos que partieron de esta vida, regresan a los lugares más insospechados. Digamos, se apersonan frente al carrusel que nos devuelve el equipaje, en medio de unos pasajeros desconocidos con quienes hemos compartido vuelo, mala comida, y la persecución freudiana previa al viaje. Todos con la mirada -de viajeros cansados, pero alegres de haber terminado la jornada- fija en el tiovivo interminable cargado de bultos, bultotes y bultitos.

Allí, entre el jolgorio interior de haber aterrizado sanos y salvos -triunfo de bípedos terrestres regidos por la ley de la gravedad- recuerdas las tantas veces que lo recibiste en el aeropuerto de Cointrin, allá en Ginebra, para asistir a las reuniones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Lo ves venir, en su entrañable humanidad, y recibes el saludo de su camaradería inteligente y burlona: Hola, cabeza…

Porque, a pesar de la corta memoria que rige nuestros días, hubo gente que creyó que el oficio del sindicalismo era valioso y parte ineludible del esfuerzo por construir sociedades libres y democráticas, respetuosas de los derechos de los trabajadores para asociarse libremente en la defensa de sus condiciones salariales y laborales.

(Lenin, concibió los sindicatos como “correas de transmisión” del partido bolchevique; mientras la tradición socialdemócrata los consideraba autónomos y desprovistos de obediencias partidistas).

Las sociedades democráticas, que se precian de serlo, han mantenido esa división de intereses entre sindicatos y partidos políticos -no siempre con total éxito- para garantizar la independencia de las organizaciones representativas del tejido social.

Por eso, los proyectos totalitarios -y autoritarios- siempre han intentado vulnerar la libertad de asociación de trabajadores y empleadores en sus organizaciones representativas; bien sea cooptándolos a través del corporativismo, o la simple y tajante prohibición de sus actividades gremiales.

La Venezuela que tantos quieren olvidar -de lado y lado- alumbró un grupo de dirigentes sindicales -de raigambre ácrata- que combatieron la dictadura de Pérez Jiménez desde sus balbucientes organizaciones sindicales, y luego contribuirían a fortalecer la democracia venezolana, desde una de las organizaciones sindicales que fue más influyente y representativa en el continente americano: la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV). Siempre denostada por la izquierda radical y los intelectuales “progres” de entonces. ¿Y ahora?

La aportación de personajes como Augusto Malavé Villalba, José Vargas, Juan José Delpino, Manuel Peñalver, Antonio Ríos, Federico Ramírez León, y tantos otros a la democracia venezolana, merece la atención de los futuros historiadores del movimiento obrero venezolano. Una deuda todavía por pagar, bien sea hipercrítica, o ecuánime e imparcial.

Jesús Urbieta, hijo exiliado de republicanos vascos, y sindicalista de convicción, derrotó el intento del difunto presidente Chávez por imponer a uno de los suyos al comando de la CTV. Queda su frase de entonces en los medios de comunicación: vamos a elecciones, así sea con una pistola en la cabeza... y el candidato oficialista fue derrotado. Hola, cabeza…

@jeanmaninat

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Confianza




 










   Eduardo Fernandez

El drama del actual gobierno venezolano es que no inspira confianza ni dentro ni fuera del país. Para que un programa de recuperación económica tenga éxito tiene que haber confianza.

La convivencia social supone un clima de confianza. Para que el mundo funcione tiene que haber confianza entre los grandes líderes que dirigen las naciones. Para que un país funcione tiene que prevalecer un clima de confianza. Confianza entre los dirigentes y los dirigidos. Confianza en las instituciones que rigen la vida en común. Confianza en la honestidad y en la rectitud de los gobernantes. Confianza en la administración de justicia, en los tribunales, en los jueces. Confianza en los líderes políticos, en su rectitud y en su honestidad. Confianza en que siempre pondrán los intereses colectivos de la Nación por encima de sus intereses personales o grupales.

Si lo que hemos dicho hasta ahora es verdad y la confianza es un clima indispensable para que pueda funcionar un país, esa cualidad de la confianza es particularmente importante en el campo de la actividad económica y de la política económica. El drama del actual gobierno venezolano es que no inspira confianza ni dentro ni fuera del país. Para que un programa de recuperación económica tenga éxito tiene que haber confianza.

Las medidas económicas anunciadas por el gobierno para enfrentar la crisis que atraviesa la economía venezolana no han generado ninguna respuesta positiva ni dentro ni fuera del país porque no han sido capaces de generar confianza.

La economía venezolana padece las dos más graves enfermedades que puede sufrir una economía: Inflación y recesión. Ambas enfermedades se presentan en un grado superlativo. Una inflación que hace rato se convirtió en híper inflación y una recesión que se traduce en un empobrecimiento creciente del país y de los ciudadanos, de cada uno de los venezolanos.

El remedio para curar ambas enfermedades es bien conocido: disciplina fiscal e inversiones. Mientras el gobierno no emita señales convincentes de disciplina fiscal, no habrá confianza en la economía venezolana. Todas las medidas anunciadas por el gobierno significan que la indisciplina fiscal va a continuar y que la emisión de dinero inorgánico seguirá alimentando el incendio de la inflación.

Además de disciplina fiscal se requieren inversiones para superar la crisis económica y para derrotar a la inflación y a la recesión. Inversiones públicas y privadas; inversiones nacionales e internacionales.
 Para que haya inversiones tiene que haber confianza. Sin confianza no habrá inversiones. Sin inversiones no lograremos jamás recuperar la economía. L
o grave es que la confianza debe existir tanto dentro del país como fuera. Venezuela y su gobierno tendrían que recuperar la confianza de los organismos financieros internacionales: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Banco Interamericano de desarrollo, etcétera. Sin la confianza de esos organismos será imposible recuperar la economía venezolana.

Seguiremos conversando.

Eduardo Fernández
@EFernandezVE

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miércoles, 19 de septiembre de 2018

El Grupo de Lima y la ambigüedad  de los demócratas



Trino Marquez
Durante la Guerra Fría, el deslinde entre la democracia y las dictaduras totalitarias colectivistas era claro. De un lado se alineaban las democracias liberales con sus gobiernos alternativos, su sistema de partidos plurales, parlamentos representativos, poderes autónomos y medios de comunicación independientes. A la vanguardia se encontraban los Estados Unidos y las naciones de Europa occidental. Del otro lado se agrupaban los países comunistas, bajo el mando supremo de la Unión Soviética, sin ninguna de las virtudes republicanas.
Si había un desarreglo o anomalía en alguna de las áreas de influencia de los poderes hegemónicos mundiales, Estados Unidos y la URSS, estos intervenían para restablecer el orden y la insubordinación se solucionaba manu militari. Problema resuelto. La Unión Soviética aplastó la rebelión de Hungría, en 1956, y la Primavera de Praga, en 1968. Estados Unidos intervino en República Dominicana en  1965 y en Granada en 1983, para evitar que se repitiera la experiencia cubana. Lo ocurrido en la isla antillana en 1959 significó un duro golpe para Estados Unidos. La instalación de misiles soviéticos en Cuba colocó al mundo a horas de que se desencadenara  la primera guerra atómica en la historia mundial. El Equilibrio del Terror, como se le llamó a esa mutua destrucción asegurada entre Estados Unidos y Rusia, se convirtió en garantía de que el área de influencia de una superpotencia sería respetada por la otra.
         El panorama cambia a partir de la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética. Estados Unidos emerge como el único superpoder militar mundial. Parecía que democracia liberal se extendería por todo el planeta. Entre muchos otros instrumentos legales, se aprueba el Estatuto de Roma, se crea la Corte Penal Internacional y se firman acuerdos democráticos, como la Carta Democrática Interamericana, con el fin de impedir que regímenes de facto, violadores de los derechos humanos, se engrapen al poder.
         Los nostálgicos del comunismo y del totalitarismo se ven obligados a adaptarse a la nueva realidad geopolítica y a la nueva legalidad internacional. Debido a que la democracia y su símbolo más notable,  el voto, no pueden ser suprimidos, empiezan a tramar una estrategia que les permita adueñarse del poder y perpetuarse en él, utilizando el sufragio como catapulta. En América Latina, el pionero del giro estratégico fue Hugo Chávez. Luego vinieron Evo Morales, el relanzamiento de Daniel Ortega y el heredero Nicolás Maduro.  Cada uno de ellos utiliza la institución del voto para deformar y prostituir la democracia.  Desdibujarla hasta el punto de que en Bolivia, Nicaragua y Venezuela se imponen neodictaduras parecidas a la establecida en Cuba desde 1959, aunque en el caso de Bolivia y Nicaragua se respetan generalmente las leyes de la economía de mercado. En Venezuela, ni siquiera se aplican esas normas básicas que aconseja el sentido común, ni se aprenden las numerosas lecciones dejadas por el fracaso recurrente del intervencionismo abusivo.
         El neocomunismo de Nicolás Maduro ha hundido a Venezuela en la peor crisis de su historia. La destrucción de las instituciones democráticas se  combina con la debacle económica. Una de las expresiones más inapelables del descalabro es la estampida de venezolanos que huyen despavoridos a refugiarse  en los países vecinos. La destrucción nacional ocurre en presencia de una comunidad  internacional que no sabe cómo actuar para proteger al país de la agresión interna, desatada de forma implacable por la alianza militar cívica construida por el madurismo. Para protegerse, el régimen apela a los lugares comunes más cínicos del diccionario político. Habla de soberanía nacional, pero resulta que acabó con la Asamblea Nacional, órgano que por excelencia encarna esa soberanía. Dice que los problemas de Venezuela tienen que resolverlos los venezolanos; ahora bien, ¿cómo podemos resolverlos los venezolanos si los partidos más importantes están proscritos, los líderes políticos inhabilitados, presos u obligados a exiliarse?  ¿Quién puede ser el interlocutor del gobierno o, incluso, de la comunidad internacional, si una de metas del régimen (y la ha logrado) ha sido perseguir, debilitar y fragmentar a la oposición, e inventar o magnificar intentos de golpe que jamás comprometieron la estabilidad del régimen?
         Al igual que el gobierno utiliza sin pudor los instrumentos de la democracia para pervertirla, se vale del discurso patriotero ancestral para defender una ‘soberanía’ que solo favorece a la cúpula que disfruta de modo obsceno del poder. Los demócratas venezolanos jamás podremos sacudirnos el yugo madurista sin la cooperación activa y permanente de los países amigos de la libertad. El régimen construyó un modelo hermético e inexpugnable del cual goza una gruesa capa de militares, la burocracia del Psuv y la clase económica surgida a la sombra de la inmensa corrupción que ha campeado durante veinte años.
         Los llamados piadosos al diálogo y al entendimiento, como la última declaración del Grupo de Lima –con el rechazo de Colombia, Canadá y Guyana- solo sirven para envalentonar a un régimen dispuesto a moverse en el escenario de la tierra arrasada. Sin llegar al extremo de la invasión militar, hay muchas otras formas de presionar desde el exterior para salvar a Venezuela.
         @trinomarquezc

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Cómo producir una transición democrática en Venezuela (y II)

Benigno Alarcón

Politika Ucab

Dijimos en nuestra anterior columna que una transición política en Venezuela no es ya un tema de preferencias sino una condición sine qua non de la que depende la viabilidad del Estado y la vida misma de millones de venezolanos que, ante la desesperación, se exilian sin certeza de su destino, huyendo del hambre y la enfermedad, para buscar al menos un mañana menos incierto, haciendo cualquier cosa en cualquier otro lugar.
Atendiendo a la trascendencia de esta urgencia, desarrollamos una propuesta sobre cómo producir una transición democrática en Venezuela, la cual incluye cinco tareas básicas: presión interna, presión internacional, reducción de los costos de tolerancia, tener un plan para un gobierno que atienda la gobernabilidad durante la transición y prepararse para una elección presidencial.
Como también dijimos, la ruta descrita demanda un factor esencial, hasta ahora inexistente: un liderazgo responsable de la dirección del proceso. Tal como sucede con una orquesta, ésta no puede funcionar sin un director y una partitura (plan bien definido) y tampoco con varios directores que dan instrucciones simultáneamente siguiendo partituras distintas. Se necesita un director y una partitura. Sin tal liderazgo resulta imposible lograr avances significativos en ninguna de las tareas necesarias.
Sin liderazgo es imposible movilizar a la sociedad de manera masiva y coordinada para presionar internamente. Sin liderazgo no es posible coordinar esfuerzos con la comunidad internacional de manera eficiente. Sin un liderazgo que ejerza la dirección y vocería del cambio es imposible construir una visión coherente del país posible; ni los actores gubernamentales, o quienes les sostienen en el poder, encontrarán una contraparte con quien negociar. Sin un liderazgo unitario, alrededor de quien se generen expectativas creíbles de cambio, es imposible conformar equipos de trabajo que puedan prepararse, adecuada y oportunamente, para gobernar en medio de las dificultades e inestabilidades propias de una transición política. Sin un liderazgo unitario es imposible estar preparados para ganar una elección y blindar a un nuevo gobierno con la legitimidad necesaria para consolidar una democracia, bien sea que esta elección se produzca como resultado de la presión interna e internacional, de una negociación, o como consecuencia de una renuncia o ruptura del bloque de gobierno. Toca hoy desarrollar algunas ideas sobre cómo colocar un liderazgo legítimo al frente del proceso.
Tal liderazgo, para llevar al país hacia una transición y luego consolidarla, debe gozar de un importante nivel de consenso por lo que, difícilmente, éste puede derivarse de un acuerdo entre élites partidistas que nunca sería representativo de un país que, aunque hoy demanda por unanimidad un cambio democrático, dejó de confiar en los partidos, como demuestran la totalidad de los sondeos de opinión pública.
Si los partidos no pueden decidir tal liderazgo, en representación de los ciudadanos que hoy no se sienten representados por éstos, además de las dificultades más que demostradas para alcanzarlo –porque tal decisión no le otorgaría la tan necesaria legitimidad–, entonces toca a los ciudadanos decidir, de manera directa, en quien confían para liderar lo que sería el proceso político de mayor trascendencia nacional desde su independencia hace casi doscientos años.
Tal decisión sobre el liderazgo puede darse tan solo por dos caminos. Un primer camino es el propio de la evolución natural de un liderazgo, mediante un proceso de darwinismo político en el que la mayor parte de los líderes actuales se extinguirán, mientras otros, más aptos para lidiar con las actuales circunstancias, emergerán y se posicionarán políticamente hasta que tengan la fuerza y encuentren el camino para desplazar a quienes hoy ocupan el poder. Este proceso, como seguramente usted ya intuye, puede tomar años y hasta décadas, sin que muchos de nosotros alcancemos a ver su concreción, con costos humanos y de reconstrucción que serían inaceptables.
Una segunda alternativa es la de crear las condiciones necesarias para acelerar este proceso, es decir, para que los ciudadanos puedan elegir de manera directa un líder e iniciar, de manera inmediata, coherente y orquestada, el camino que nos llevaría hacia un proceso de cambio político. Eso podría concretarse en los próximos meses si existe la voluntad y determinación de amplios sectores de la sociedad venezolana.
La propuesta que hemos venido manejando, y que hoy hacemos pública a través de esta Carta, ha sido presentada recientemente ante partidos políticos y plataformas de la sociedad civil, como Creemos Alianza Ciudadana y el Frente Amplio Venezuela Libre, así como a otros actores representativos. Aunque no ha conseguido consenso entre los partidos de oposición –lo que no debe extrañar porque es la suerte que corren la mayoría de las propuestas por el “dilema de prisionero” del hemos hablado en otros artículos– sí ha merecido una mayor consideración de parte de actores y líderes sociales.
Esta propuesta consiste en la organización de una elección abierta para definir tal liderazgo. Esta elección debe ser organizada por los cinco actores que gozan de mayor credibilidad y confianza en el país: la iglesia, las universidades, los estudiantes, los líderes de la sociedad civil organizada y las fuerzas productivas del país (empresarios y trabajadores), sin la participación del Consejo Nacional Electoral. En esta elección deben poder participar todos los venezolanos mayores de 18 años, inscritos o no en el Registro Electoral, residentes o no actualmente en Venezuela, ya que su participación es la mejor prueba de su disposición para esta lucha. Si se logra que haya una elección presidencial también se podrá lograr que estas personas sean debidamente registradas para votar en una próxima elección.
En este mismo sentido, en esa elección deben tener el derecho a ser elegidos, en condiciones de igualdad, todos los que tengan la voluntad, preparación y disposición para liderar al país en un proceso de transición política, que será extraordinariamente complejo, sean éstos miembros de partidos políticos o no, estén o no habilitados políticamente, siempre que reúnan las condiciones establecidas por la Constitución para participar en una elección presidencial. Así, si se logra la presión necesaria para que se celebre una nueva elección presidencial, también se logrará que ésta se desarrolle bajo reglas distintas que permitan la participación del líder que el país escoja y no el que el régimen pretenda escoger por nosotros.
Obviamente, en una elección de participación abierta se corren dos riesgos principales: uno es la dispersión de votos entre candidatos (conocidos o emergentes), lo que pudiese traer como consecuencia que quien gane por una mayoría relativa no cuente con el reconocimiento de parte importante del resto de electores. El otro es que tal elección, como algunos temen, termine generando una importante pugnacidad que haga más difícil la posterior cohesión de todo el movimiento democrático en torno a un liderazgo.
Ambos obstáculos pueden superarse con una solución sencilla que ha sido probada en procesos electorales en otros países: una elección con selección múltiple; para ello existen varias metodologías con distintos niveles de complejidad. Creo que en nuestro caso lo más sencillo puede ser lo más eficiente.
Cada elector tendría la oportunidad de votar por tres candidatos de su preferencia. Esta metodología tendría dos ventajas. La primera es que todo candidato, al necesitar de los votos de los electores de sus contendores, se vería obligado a reducir su pugnacidad hacia los otros candidatos. Si alguien necesita los votos de otro, nadie que dedique su campaña a descalificarlo tendrá los votos necesarios para ser una de las tres opciones mayoritarias. La segunda ventaja es que el ganador será el que tenga el mayor consenso y el menor rechazo entre todos los competidores y se convertiría en una de las opciones para la gran mayoría de los electores.
Para quienes piensan que nadie participaría en un proceso electoral de esta naturaleza en medio de las actuales circunstancias, la respuesta es que la disposición a participar ya ha sido medida por dos estudios que, aunque no son nuestros, son coincidentes y la estiman en alrededor de dos tercios de los electores de oposición. Ello implicaría una participación superior a la de la consulta del 16 de julio de 2017, incluso superior a la de los supuestos resultados oficiales de la elección del pasado 20 de mayo.
¿Y después qué?
Las condiciones bajo las cuales se celebró la última elección presidencial hacen imposible para la comunidad internacional democrática el reconocimiento de la presidencia de Maduro a partir de la enero de 2019. Tal situación constituye una ventana de oportunidad que solo es posible aprovechar, sí y solo sí, el país y la comunidad internacional se unifican y se movilizan en torno a un solo objetivo que haría posible todas las demás aspiraciones: elecciones democráticas para elegir al gobierno de transición que deberá iniciar la gran reconstrucción nacional, a partir de enero de 2019.
Toca a todos los ciudadanos y sectores democráticos del país la tarea de iniciar un movimiento que, articulado como una gran orquesta bajo un mismo liderazgo y con una ruta claramente definida, nos permita llevar a ese líder, legítimamente electo y  decide.descarga reconocido, a encabezar un gobierno de reconstrucción nacional que debe ser también electo en un proceso democrático, todo lo opuesto a lo que vimos el 20 de mayo pasado. Un proceso que no ocurrirá porque el gobierno lo vaya a permitir por una concesión graciosa –que nunca ha sido ni será su intención– sino como consecuencia de la presión interna e internacional, tal como ha ocurrido en la mayoría de los procesos de transición en el mundo.
A partir de allí, aquellos actores moderados y racionales vinculados al gobierno –o las instituciones que lo sostienen– sabrán con quién hablar. A partir de allí, quienes quieran estar al servicio de la nación, y no de las élites que desesperadamente se aferran al poder, sabrán a quién escuchar y a quién dirigirse si quieren contribuir a un cambio que será inevitable. A partir de allí, quienes hoy ocupan puestos de liderazgo o autoridad en alguna institución tendrán que decidir entre servir a la nación o servir a las élites del actual régimen que gobiernan en contra de la voluntad de la nación.
Shimon Peres, cuando se le preguntó si veía la luz al final del túnel en el conflicto entre su país, Israel, y Palestina, dijo: “veo la luz, pero lo que aún no veo es el túnel que nos llevará a ella”. Si alguien tiene una propuesta más realista que no implique sentarse a esperar a que otros decidan o hagan algo que nosotros no hemos sido capaces de hacer, seré el primero en reconocer, con la mayor humildad, la pertinencia de otra alternativa y poner mi mayor esfuerzo en la construcción de un camino que sea factible hacia una Venezuela libre, próspera y democrática. Mientras tanto, seguiré insistiendo en la ruta propuesta con la esperanza de que caiga en tierra fértil y eche raíces entre aquellos liderazgos políticos y sociales, así como entre los ciudadanos que amamos esta tierra y actuamos de buena fe.
@benalarcon

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martes, 18 de septiembre de 2018

El Apartheid no es estrictamente sudafricano

Wolfgang Gil Lugo

"La vieja práctica de los tiranos es usar una parte del pueblo para tener sometida a la otra parte”.

THOMAS JEFFERSON

Érase una vez un país imaginario donde se había instalado un sistema de apartheid, pero no basado en el color de la piel. La segregación se aplicaba a quienes no aceptaban el carnet de sumisión. Si el ciudadano no aceptaba dicho documento, quedaba atrapado en una radical forma de ostracismo. Era como estar confinado en una dimensión espectral, donde nadie podía verlo ni oírlo.
Los ciudadanos no eran atendidos en los ministerio, ni escuchados sus reclamos en una alcaldía, ni atendidos en los hospitales. Tampoco recibían su ración de alimentos de los almacenes oficiales. El escarnio les negaba la ración de gasolina para su movilidad. Por más que los tuvieran al frente, los funcionarios simplemente no veían a las personas.
Había una taquilla donde podían ser oídos, pero solo servía para solicitar el mencionado carnet. Para obtenerlo, bastaba con presentar el certificado de sumisión y dos fotos tamaño pasaporte. Con el documento ya en la cartera, se ganaba el derecho de formar una larga cola a ver si podía recibirse la dádiva oficial.
El apartheid original
El término apartheid es una palabra propia del idioma afrikáans, un derivado del holandés hablado por los descendientes de los primeros colonos europeos en Sudáfrica. Significa “separación”, “vivir apartados”. Dicho término designa a las políticas discriminatorias establecidas en ese país desde 1948. El Partido Nacional fue la fuerza política que las hizo posible desde esa fecha hasta comienzos de los años 90, cuando fue derogado por el gobierno de Nelson Mandela.
El apartheid estaba constituido por una serie de medidas que prohibían los matrimonios mixtos y hasta las relaciones sexuales interraciales. También imponía la separación de los grupos raciales en medios de transporte, centros sanitarios, lugares de ocio y escuelas. El apartheid sometía a la población no blanca, mayoritariamente negra, pero también india y mestiza, a una humillante devaluación civil. Los convertía en ciudadanos de segunda en su propio país. La minoría dominante había llegado a creer que estaban predestinados a ser los amos:
La Iglesia aprobaba esta política y aportó el apuntalamiento religioso del apartheid sugiriendo que los afrikáners eran el pueblo escogido de Dios, mientras que los negros eran una especie subordinada a ellos. En la visión del mundo que defendía el afrikáner, apartheid y religión marchaban codo con codo. Nelson Mandela
Para mantener su posición privilegiada, el Partido Nacional utilizó de forma amplia la humillación, y reforzó su posición con la censura de los de los medios de comunicación, la represión generalizada, la tortura y hasta el asesinato político.
En la historia de la Humanidad permanecerá para siempre una mancha imborrable que recordará que el crimen del apartheid realmente tuvo lugar. Nelson Mandela
El apartheid fue un oprobio, y se ha convertido en el prototipo de la discriminación racista, pero también de cualquier forma de discriminación.
El síndrome del apartheid
Adam Kahane, un famoso asesor internacional en resolución de conflictos y experto facilitador de negociaciones complejas, ha descubierto un fenómeno psicológico que ha bautizado como el “síndrome de apartheid”. Se trata de un error del pensamiento propio de la mentalidad tiránica. Dicho síndrome se caracteriza por tratar un problema complejo como si fuese simple, desconociendo todas las ramificaciones, aristas y giros del sistema. Esto solo puede funcionar si los poderosos excluyen a buena parte de los que están involucrados en la organización social.
Mi análisis también me permitió reconocer el extendido ‘‘síndrome del apartheid”, es decir, tratar de resolver un problema altamente complejo mediante el uso de un proceso fragmentado, retrógrado y autoritario que sólo sirve para resolver problemas sencillos. En ese síndrome, la gente que está arriba en un sistema complejo trata de gestionar su desarrollo mediante la estrategia de dividir y vencer: a través de la compartimentación -en Afrikáans la palabra apartheid significa ‘‘separación”- el comando y el control. Puesto que la gente que está abajo se resiste a las órdenes, el sistema o se atasca o sólo puede desatascarse por la fuerza. Este síndrome del apartheid se presenta en toda clase de sistemas sociales y en todas partes del mundo: en familias, organizaciones, comunidades y países”. (Como resolver problemas complejos, p. 38).
Cuando la voluntad de dominación implanta la mentalidad discriminadora, el modelo funciona por un tiempo en la sociedad. Hasta puede ser un largo periodo. En algún momento, los oprimidos se cansan y la sociedad se estanca. Viene una era de luchas y sufrimiento. La única manera de salir de la parálisis es superando la forma opresora de pensamiento, saliendo de la senda degenerada hacia una nueva senda, más abierta y luminosa. Es la del diálogo y el reconocimiento de la humanidad del otro.
La tiranía de la ‘‘normalidad’’
El 11 de noviembre de 1960, se estrenó ‘‘El ojo del observador’’ (Eye of the Beholder), el sexto capítulo de la segunda temporada de la mítica serie de ciencia ficción Dimensión desconocida. Fue escrito por el propio creador de la serie, Rod Serling, y estuvo musicalizado por Bernard Herrmann, el compositor cinematográfico preferido de Alfred Hitchcock, a quien se deben los memorables chirridos de violín que acompañan las puñaladas de la famosa escena del asesinato en la ducha de Psicosis.
El argumento nos cuenta la historia de Janet Tyler. Nació con el rostro desfigurado, por lo que lleva toda su vida probando tratamientos experimentales para hacer que su cara sea normal; vale decir, como la del resto de las personas. Este es el último intento de cirugía después de una serie de fracasos. Si no funciona, deberá retirarse a una reserva especial para personas excluidas por su fealdad.
Durante gran parte del episodio, vemos a esta mujer solo con el rostro cubierto por vendajes. Por otra parte, tampoco podemos ver la cara del personal médico que la atiende, de quienes solo vemos sus siluetas entre penumbras.
Incapaz de soportar los vendajes por más tiempo, Janet le ruega al médico que le descubra el rostro. El doctor desarrolla una gran compasión por Janet. La enfermera expresa su preocupación por los sentimientos del médico, además confiesa su aversión por la desagradable apariencia de Janet. El médico se disgusta por ese comentario. Pregunta por qué alguien debe ser juzgado por su apariencia exterior. La enfermera le advierte que no sostenga tales opiniones, ya que se consideran traición.
El doctor quita los vendajes de la paciente. El procedimiento ha fallado y su rostro no ha sufrido mejoras. La cámara se retira para revelar que Janet es realmente bella. Inmediatamente descubrimos que el médico, las enfermeras y otras personas del hospital tienen caras de rasgos profundamente deformados.
Angustiada por el fracaso de la terapia, Janet corre desesperada por los pasillos del hospital. Así descubrimos que toda la historia ocurre en una sociedad distópica, un Estado totalitario. Las paredes muestran un omnipresente sistema de gigantescas pantallas de televisión que proyectan la imagen de un agresivo dictador de rasgos deformados, el cual exige la completa sumisión al Estado, así como un incondicional conformismo con sus valores opresivos.
Al final, Janet, resignada, acepta las leyes del apartheid. Debe ser segregada al pueblo de la gente ‘‘diferente’’ como ella, donde no puedan molestar a los demás con su supuesta fealdad. La viene a buscar un representante del pueblo discriminado. Es un hombre apuesto y comprensivo. Conforta a Janet con palabras consoladoras. Le asegura que encontrará amor y sentido de pertenencia en el gueto, pues “la belleza está en el ojo del espectador”.
Exclusión de la palabra
A través de la analogía, hemos extendido el significado original sudafricano de apartheid a otras situaciones. Además de los casos mencionados, los ejemplos son incontables. Puede ser el sistema de castas de la India, las diferentes formas de discriminación sexual o el desprecio por otras clases sociales.
La diversidad de ejemplos demuestra cómo el concepto es tan flexible que trasciende sus aspectos históricos y territoriales peculiares. Si bien hemos visto que el apartheid se reconoce como un término que, en su uso coloquial, no se reduce a Sudáfrica: existen elementos comunes en todos los usos del término.
El primer rasgo distintivo consiste en la presencia de la dominación en las relaciones humanas. El segundo rasgo es la distinción tajante entre quien posee el poder y quien lo sufre. Todo esto conduce a la segregación más odiosa, la que se funda en la negación de la expresión lingüística del sujeto. Negarle a una persona el derecho a la palabra es negarle la expresión de su pensamiento. Así llegamos al tercer rasgo: el desprecio por el otro hasta negarle su humanidad.
Una ilustración extrema, de la negación de la palabra y de la dignidad humana, la encontramos en El cuento de la criada de Margaret Atwood. Allí se describe un apartheid instaurado por un grupo religioso radical, donde las mujeres son esclavizadas y quedan reducidas estrictamente a su capacidad reproductiva. Ante estos opresores, las esclavas rebeldes adoptan el mejor lema de todos: “No dejes que los bastardos te dobleguen”.

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De refugiado a fundador
 IBSEN MARTINEZ

EL PAÍS

¿Cuánto tarda un campamento de refugiados en convertirse en una favela permanente? ¿En un barrio marginal, consolidado en el catastro de una gran ciudad latinoamericana? El lenguaje funcional de los organismos internacionales de socorro, como el de toda profesión, es fecundo en distinciones sociológicas sin las que su trabajo se tornaría más difícil. Para hacer ver que hay migrantes de migrantes, por ejemplo, los expertos asignan significados diferentes a palabras que uno tuvo siempre por equivalentes.
Así, se nos invita a distinguir, de entre quienes migran, al desplazado episódico —alguien que, en potencia, puede algún día regresar a sus pagos— del refugiado que por muchas razones no puede dar marcha atrás y acabará por no contemplar siquiera un futuro regreso.
Bien vista la cosa, el funcionariado de la Agencia de Refugiados de la ONU, los organismos de migración gubernamentales y las organizaciones de voluntarios no tienen más remedio que tomar entre el índice y el pulgar al solicitante de asilo político —grano que puede o no resultar oro— y ponerlo en un mesón aparte destinado al migratorio pajar que pena unánime por un cobertizo, un potaje, una cobija. El ojo taxonómico de Acnur se afina al paso que la ola migratoria se va convirtiendo en ahogador océano.
Cuando llegué a Colombia —usted sabrá perdonar que hable de mí al tratar de ilustrar lo que balbucea esta columna—, lo hice solo con ánimo de apartarme por un tiempo del sangriento y vociferante fandango de locos en que Chávez había convertido a mi país. 
Ya había aprendido a hacer vida bicapitalina, en un vaivén que durante años me traía por una temporada a Bogotá, la biblioteca Luis Ángel Arango y mis amigos para devolverme a Caracas el resto del tiempo. Así fue hasta el día en que vi a Chávez designar sucesor a Nicolás Maduro y oscuramente decidí, sin muchas vueltas, no envejecer en el socialismo del siglo XXI. Me veía en el futuro yendo a Caracas solo de visita. Llevaba un año viviendo en Bogotown cuando tuve la ocurrencia de publicar en Caracas un artículo en el que deslicé un chiste a costa de un general narcotraficante bolivariano.
Menos que un chiste, era un bobalicón juego de palabras a partir del apodo del narco. Sin embargo, el prócer se molestó muchísimo y ordenó a un juez cacaseno prenderme.
Así pues, para pasar de expatriado voluntario a desterrado solo tuve que quedarme donde ya estaba, sin ninguna heroicidad, sin cambiar mis rutinas. Algo muy distinto, muchísimo más muelle y descomplicado que lo ocurrido al millón y pico largo de venezolanos que, en tan solo 18 meses, han cruzado a Colombia en lastimoso tropel, sin más que lo puesto, empujados por el hambre y la enfermedad, temiendo por sus vidas.
Los encuentro a cada rato, insospechados e inconfundiblemente venezolanos, aunque no lleven puestos los, para mí aborrecibles, chándales tricolores que popularizó Hugo Chávez. En noche reciente atravesaba yo la plaza Bolivar de Usaquén, rumbo a casa, cuando escuché el característico vocerío caribeño que acompaña un lance cualquiera en las partidas de béisbol callejero que en Venezuela llamamos caimaneras.
Se han conocido aquí, ya en el destierro. La mayoría de ellos se ha empleado como ciclistas repartidores de casas de abasto o farmacias bogotanas. Proceden de distintas ciudades venezolanas, todos vienen de muy abajo y tienen muy poca escolaridad. Todos vinieron con pareja y prole, ninguno es mayor de 25 años y aunque llevan aquí muy poco tiempo, todos han regularizado su estatus migratorio.
Y conocen ya la gran Bogotá, desde El Cangrejal, al norte, hasta Sumapaz, al sur, como sé que nunca podré yo llegar a hacerlo y se reúnen regularmente a jugar esta especie de béisbol-sala, en canchas de baloncesto que han ido colonizando: no hay canchas de béisbol en la meseta cundiboyacense.
Todos esperan poder regresar a Venezuela algún día, pero la historia de la humanidad sugiere que bajo todo refugiado late un potencial fundador. Dice Marco Aurelio en sus Meditaciones que donde mínimamente se puede vivir, se intenta siempre vivir bien y si posible, vivir cada día mejor.
Visto así, nadie emigra para siempre, solo se va quedando.

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Trump golpea a China con aranceles por 200 mil millones de dólares

AFP
 
 
Los nuevos aranceles entrarán en vigor el 24 de septiembre, dijo Trump en un comunicado.
“Además, si China toma medidas de retaliación contra nuestros agricultores o contra otras industrias, vamos a seguir inmediatamente con la fase tres, con aranceles en aproximadamente 267.000 millones de dólares de importaciones adicionales”, advirtió.
Trump dijo que China se ha negado a cambiar prácticas comerciales injustas que perjudican a las empresas estadounidenses y a sus trabajadores.
“Durante meses hemos urgido a que China cambie estas prácticas injustas y que dé un trato justo y recíproco a las empresas estadounidenses”, dijo Trump en un comunicado.
“Estas prácticas constituyen claramente una grave amenaza a la salud y prosperidad a largo plazo de la economía de Estados Unidos”, dijo.
Una vez que esta nueva serie de gravámenes entre en vigor el próximo 24 de septiembre, casi la mitad de los bienes que Estados Unidos compra a China estará sometido a aranceles correctivos.
Este último repertorio de importaciones va a ser sometido a aranceles de 10% hasta finales de año y después la tasa va a subir a 25%.
Así, las empresas estadounidenses van a tener tiempo de encontrar nuevos proveedores.
– Se salvan los relojes inteligentes –
Los nuevos aranceles tocarán a una amplia gama de productos, incluyendo a miles de millones de receptores digitales de voz, módulos de memoria informática, procesadores automáticos de datos y equipamiento de oficina como fotocopiadoras, lo que provocará un encarecimiento de una amplia gama de bienes.
Sin embargo, fuentes oficiales dijeron a los periodistas que la lista inicial anunciada en julio fue recortada en 300 ítemes, tomando en cuenta los 6.000 mensajes enviados por consumidores y empresas.
Entre los productos excluidos de los nuevos aranceles figuran dispositivos electrónicos como relojes inteligentes y aparatos por bluetooth, productos para niños como las sillas de coche y los alzadores, así como algunos bienes relacionados con la salud como los cascos de bicicleta, los guantes de plástico y de caucho y el papel sanitario de uso hospitalario, indicaron las autoridades.
Pekín había anticipado que aplicaría represalias si Trump concretaba este plan, bajo el cual cerca de la mitad de las exportaciones chinas a Estados Unidos quedan bajo aranceles.
“Si Estados Unidos adopta nuevas medidas sobre derechos aduaneros, China (…) tomará medidas de represalia para defender sus derechos e intereses legítimos”, dijo este lunes Geng Shuang, portavoz del ministerio chino de Relaciones Exteriores.
La semana pasada Pekín dijo que celebraba la apertura de las autoridades estadounidenses y su disposición a recomenzar el diálogo, pero según la prensa, China cancelaría cualquier tipo de diálogo si los nuevos aranceles entran en vigor.
– ‘Tarifados’ –
Trump ya había prometido al inicio de la jornada que habría “algunas noticias muy positivas” y dijo que habría “una gran cantidad de dinero que entrará a las arcas” estadounidenses.
En un par de tuits, Trump defendió su combativa política comercial.
“Los aranceles colocaron a Estados Unidos en una posición de negociación muy fuerte, con miles de millones de dólares y trabajo fluyendo a nuestro país. Y aún así, el aumento de costos ha sido casi imperceptible”, dijo Trump.
El presidente amenazó con aplicar tarifas punitivas contra todo país que no juegue limpio en el comercio con Estados Unidos.
Si los países no hacen tratos justos con nosotros, serán ‘Tarifados'” afirmó.
Las autoridades han afirmado que el impacto de los aranceles ya vigentes sobre la economía estadounidense ha sido mínimo, varias empresas en todo el país han denunciado pérdidas, despidos y el riesgo de entrar en bancarrota por la subida de los costos y la caída de las exportaciones.
Los plazos previstos en el anuncio darían a las empresas estadounidenses el tiempo para encontrar nuevos proveedores.
Esto podría suavizar el golpe para los consumidores estadounidenses y para las empresas manufactureras, cuando se acercan las elecciones legislativas de noviembre en el país.
Las presiones contra los aranceles crecen en Washington y las declaraciones de Trump han dejado a los candidatos republicanos en una posición incómoda frente a los comicios de medio mandato de noviembre, que se anuncian reñidos.
La semana pasada, más de 80 grupos de presión del sector agrícola, industrial, tecnológico, de los servicios y de la distribución anunciaron el lanzamiento de una amplia campaña en contra de la política proteccionista de Trump.
El banco central estadounidense dijo la semana pasada que la guerra comercial lanzada por Trump está presionando a las empresas estadounidenses y las está haciendo demorar o recortar sus planes de inversiones.
AFP

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