sábado, 19 de abril de 2014

Gabo en tierra de cachacos 

Plinio Apuleyo Mendoza


Gabo en tierra de cachacos
                                           Gabo y Plinio Apuleyo Mendoza

 

¿Dónde nos conocimos? En un café, hace muchísimo tiempo, cuando Bogotá era todavía una ciudad de mañanas heladas, de tranvías lentos, de campanas profundas, de carrozas funerarias tiradas por caballos percherones y conducidas por cocheros de librea y sombreros de copa. (Vea el especial: Macondo está de luto).
Él debía de tener unos 20 años y yo, 16.
Fue un encuentro rápido y accidental que no dejaba prever amistad alguna entre dos tipos tan distintos: un muchacho tímido, de lentes, criado por tías vestidas siempre de negro, en casas siempre glaciales, bajo cielos que a toda hora contenían una amenaza de lluvia, y un costeño que había crecido, vivido y pecado en el aire ardiente de las ciénagas y de las plantaciones de banano, a más de treinta grados a la sombra, oyendo el clamor de las chicharras en los duros mediodías, los grillos insomnes de la noche.
Aquel café, como todos los de entonces en Bogotá, es un antro sombrío, envenenado por olores rancios y el humo de cigarrillos, lleno de estudiantes y empleados que pasan horas sentados a la misma mesa.
Estoy con un amigo, Luis Villar Borda, estudiante de primer año de Derecho, cuando alguien lo saluda estrepitosamente desde lejos.
–Ajá, doctor Villar Borda, ¿cómo está usted?
Y en seguida, abriéndose paso entre las mesas atestadas, vibrando sobre el funerario enjambre de trajes y sombreros oscuros, nos sorprende el relámpago de un traje tropical, color crema, ancho de hombros y ajustado en las caderas, traje increíble que habría requerido un fondo de palmeras y quizás un par de maracas en las manos de quien lo lleva con tanto desenfado, un muchacho flaco, alegre, rápido como un pelotero de béisbol o un cantante de rumbas. Sin pedirle permiso a nadie, el recién llegado toma asiento en nuestra mesa. Su aspecto es descuidado. Tiene una camisa de cuello mugriento, una tez palúdica, un bigote inspirado y lineal. El traje de cantante de rumbas parece flotarle sobre los huesos.
Costeño, pienso. Uno de los tantos estudiantes que vienen de la Costa Caribe, cuya vida discurre en pensiones, cantinas y casas de empeño.
Villar me presenta.
Lanzando las palabras con un ímpetu vigoroso, como si fueran pelotas de béisbol, el tipo me sorprende con un inesperado:
–Ajá, doctor Mendoza, ¿cómo van esas prosas líricas?
Yo me siento enrojecer hasta la raíz del pelo. Las prosas líricas de que habla, escritas sigilosamente como se escriben los sonetos de amor del bachillerato, han sido publicadas con reprobable ligereza por mi padre en Sábado, un semanario de amplia circulación que él dirige. Inspiradas por temas tales como la melancolía de los atardeceres en la sabana de Bogotá, prefiero ahora creer que han pasado inadvertidas para todo el mundo.
Pero el costeño aquel parece haberlas leído.
No sé qué contestarle. Por fortuna, la atención del otro se ha desviado repentinamente hacia la camarera, una muchacha desgreñada y con los labios intensamente pintados de rojo, que acaba de aproximarse a la mesa preguntándole qué desea tomar.
El costeño la envuelve en una mirada húmeda, lenta y procaz, una mirada que va tomando nota del busto y las caderas.
–Tráeme un tinto –dice, sin quitarle los ojos de encima.
Luego, sorpresivamente bajando la voz hasta convertirla en un susurro cómplice, apremiante:
–¿Esta noche?
La muchacha, que está recogiendo botellas y vasos en nuestra mesa, hace un gesto de fastidio.
–¿Te aguardo esta noche? –insiste el otro, siempre con voz de susurro, a tiempo que su mano, al descuido, suave como una paloma, se posa en el trasero de ella.
–Suelte –protesta la mujer, esquivándolo malhumorada.
El recién llegado la ve alejarse con una mirada lánguida, salpicada de malos pensamientos, apreciando sus pantorrillas y el balanceo de las caderas. Inquietas cavilaciones le nublan la frente cuando se vuelve hacia nosotros.
–Debe de tener la regla –suspira al fin.
Mi amigo lo examina con agudas pupilas llenas de risa. Bogotano, la forma de ser de los costeños lo divierte sobremanera.
Yo, en cambio, empiezo a ver al tipo con una especie de horror. He oído decir que los costeños atrapan enfermedades venéreas como uno atrapa un resfrío y que en su tierra hacen el amor con las burras (y en caso de apuro, con las gallinas).
Por mi parte, soy un puritano de dieciséis años, con una libido profundamente sofocada que me hace propenso a amores tristes, sin esperanza, por mujeres tales como Íngrid Bergman, Vivien Leigh o Maureen O’Hara, que veo reír, temblar, besar a otros hombres en las pantallas del cine Metro, los domingos en la tarde. Jamás se me ha ocurrido poner mi mano en el trasero de una camarera.
Cuando el costeño desaparece tan inesperada, rápida y alegremente como ha venido, sin pagar su café, Villar me explica quién es.
–El Espectador ha publicado un par de cuentos. Se llama García Márquez, pero en la universidad le dicen Gabito. Todo un caso. Masoquista.
Yo no he oído bien.
–¿Comunista?
–No, hombre, masoquista.
–¿Qué es esa vaina?
–Masoquista, un hombre que se complace sufriendo.
–Pues a mí me pareció un tipo más bien alegrón.
–Es un masoquista típico. Un día aparece por la universidad diciendo que tiene sífilis. Otro día habla de una tuberculosis. Se emborracha, no presenta exámenes, amanece en los burdeles.
Villar se queda contemplando taciturno el humo del cigarrillo que acaba de encender. Su tono es el de un médico que da un diagnóstico severo, irremediable.
–Lástima, tiene talento. Pero es un caso absolutamente perdido.
Muchos años después, siendo amigo irrevocable del caso perdido, habría de conocer las circunstancias duras de su vida de estudiante y de su llegada a Bogotá.
Puedo imaginar al muchacho asustado que años antes de nuestro primer encuentro se bajó del tren, verde de frío y envuelto en lanas prudentes, llevando en la cabeza las impresiones de aquel primer y largo viaje suyo a la capital: el zumbido del viejo barco de rueda que lo trajo río arriba desde la Costa; la fulgurante reverberación de las aguas del Magdalena extendiéndose hacia las tórridas riberas donde a veces se escuchan algarabías de micos; el tren que ha subido resoplando con fatiga por el flanco de una cordillera de brumas para depositarlo de pronto en el crepúsculo de una ciudad yerta, con tranvías llenos de hombres vestidos como para un funeral, con luces amarillas que van encendiéndose en las calles mientras en los viejos conventos coloniales suenan las campanas llamando a rosario.
Llevado por su tutor en un taxi, el caso perdido, niño aún, se echó a llorar. Nunca había visto nada tan lúgubre.
Puedo imaginar el pueblo aquel adonde fue conducido luego, Zipaquirá, y el liceo, una especie de convento, el olor sepulcral de los claustros, las campanas dando la hora en el aire lúgubre de las tierras altas; los domingos en que, incapaz de afrontar la tristeza del pueblo, tan distante de su mundo luminoso del Caribe, se quedaba solo en la biblioteca leyéndose novelas de Salgari o Julio Verne.
Puedo imaginar también sus tardes de domingo en Bogotá, años después, cuando, estudiante de Derecho y viviendo en una pensión de la antigua calle Florián, leía libro tras libro sentado en un tranvía que recorría la ciudad de sur a norte, luego de norte a sur.
Mientras el tranvía aquel avanzaba lento en la soleada tarde de domingo, por calles que las multitudes aglomeradas en el estadio de fútbol o en la plaza de toros habían dejado vacías, el caso perdido (me lo contaría muchas veces), con sus dieciocho años maltratados por ansiedades y frustraciones ardientes, tenía la impresión de ser el único en aquella ciudad sin mujer con quien acostarse, el único sin dinero para ir a l cine o a los toros, el único que no podía beberse una cerveza, el único sin amigos ni familia.
Para defenderse de aquel mundo de hombres sombríos del altiplano andino, de ‘cachacos’ de modales almidonados, que lo miraban con risueño desdén, el caso perdido afirmaba su desenvoltura de costeño. Entraba en los cafés, saludaba con voz fuerte, se sentaba en una mesa sin pedirle permiso a nadie y, si podía, intentaba concertar una cita nocturna con la camarera.
Sin embargo, en el fondo, era un tímido; un solitario, que prefería Kafka a los tratados de Derecho y que escribía cuentos sigilosos en su cuarto de pensión, cuentos que hablaban de su pueblo bananero, de alcaravanes de madrugada y de trenes amarillos.
En suma, el costeño aquel con traje de cantante de rumbas y zapatos color guayaba era un hermano. Pero yo no podía adivinarlo entonces.
Volví a verlo años más tarde, fotografiado en un periódico colombiano con motivo de la aparición de La hojarasca, su primera novela.
Había abandonado, al parecer, los trajes tropicales. Ahora vestía de negro, de un negro férreo y modesto, usaba una corbata de nudo ancho y triangular, y al cruzar la pierna, como lo hacía en la foto, dejaba ver un par de calcetines breves.
Tenía la meritoria corrección de un empleado de banco, de un secretario de juzgado o del reportero que era entonces.
(Uno adivinaba en la foto la caspa, los dedos manchados de nicotina, el barato paquete de cigarrillos negros al lado de la máquina de escribir).
Su aspecto y el título del libro me hicieron pensar en un primer momento en uno de esos malos novelistas llegados de la Costa Caribe, que escribían entonces libros llenos de multas, de botellas de ron, de malas palabras, con diálogos imposibles, tal era el colorido empeño que mostraban en transcribir las palabras como las pronunciaban los protagonistas.
La hojarasca me fue enviada por un amigo a París, donde yo estudiaba. “Naturalmente –decía él–, con las exageraciones propias del país, aquí están hablando de un Proust colombiano”.
“No, no es un pichón de Proust –pensé después de leer el libro–. Es un pichón de Faulkner”.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO
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García Márquez: ¿discusión imposible?

Eduardo Mackenzie
18 de abril de 2014

 

El torrente de elogios que recibe de manera póstuma Gabriel García Márquez horas después de su muerte en México no es inmerecido si se piensa en el formidable hombre de letras que era él. Sin embargo, el premio Nobel de literatura fue también un activista que adhirió a tesis políticas repudiables  que lo llevaron a cometer errores cuyos efectos recayeron sobre su patria y sus compatriotas. Ese aspecto de su vida trata de ser convertido por algunos en un tabú acerca del cual está prohibido discutir. Nademos pues contra la corriente, para que la libertad de pensamiento no sea sepultada por el peso abrumador de unos elogios a un hombre que decía luchar por la libertad al mismo tiempo que defendía la dictadura más liberticida que haya conocido el continente americano.
Gabriel García Márquez, hay que decirlo, no tuvo la entereza de carácter, ni la grandeza moral de romper con el castro-comunismo. Su amistad con Fidel Castro fue indefectible y no se limitaba al campo literario. El escritor colombiano nunca cuestionó los crímenes de esa dictadura. Sin embargo, los motivos sobraban para que lo hiciera. Otros intelectuales latinoamericanos de prestancia idéntica a la de él, y de su misma generación,  como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Plinio Apuleyo Mendoza, atraídos en un primer momento por el “antifascismo” y el “antiimperialismo” de la URSS y, después, por la llamada “revolución cubana” (involución cubana deberíamos llamarla), tuvieron el valor y la lucidez de romper lanzas un día con ese totalitarismo.
García Márquez persistió, por el contrario, hasta su último día en sostener a un tirano que no solo ha arruinado, oprimido y llevado a su propio pueblo a niveles increíbles de abyección social, durante más de cincuenta años, sino que le propinó tremendos golpes a las libertades y fuertes daños a las  economías latinoamericanas. Las sangrientas aventuras guerrilleras y terroristas que Fidel Castro impulsó durante décadas en América Latina para exportar el socialismo policiaco que él había instalado en la isla, llevaron no sólo a la fanatización y muerte a miles de jóvenes manipulados del continente sino que provocaron la emergencia de violentas dictaduras militares en Brasil, Argentina, Bolivia, Chile,  Uruguay, Perú, Guatemala, que arrasaron a su vez, durante años, los valores democráticos. Esa empresa depredadora y anacrónica del castrismo sigue en pleno auge hoy en Colombia donde,  todos los días, y en medio de un falso “proceso de paz”, cobra vidas de civiles de todas las clases sociales y de abnegados militares y policías. No puedo dejar de pensar en ellos, en esas víctimas, sobre todo en las más recientes y más anónimas, ignoradas y eclipsadas en estos momentos por la catarata de adioses al autor de Cien años de Soledad.  
El escritor colombiano, nunca tuvo el temple de aquellos, como Arthur Koestler, André Gide, Ignazio Silone, Louis Fischer,  que fueron capaces de liberarse de sus creencias políticas cuando descubrieron el horror que ellas aportaban. El gran genio literario de García Márquez, que nadie cuestiona, quedará manchado para siempre por esa actitud, por su sorprendente amistad con Fidel Castro y por su lealtad, nunca desmentida, a un sistema que se apoderó, hasta 1991, de una tercera parte del planeta, y que produjo el régimen “más inhumano de la historia de la humanidad y la amenaza más grave que el género humano haya jamás encontrado”, según la conocida fórmula de Arthur Koestler.
Tad  Szulc, en su excelente biografía de Fidel Castro, cuenta que la “adoración” de Gabriel García Márquez por el dictador cubano “se hizo evidente en un breve y primerizo retrato que escribió titulado Mi hermano Fidel, basado en conversaciones con Emma, la hermana de Castro”. El célebre reportero del New York Times agrega: “La amistad que los une es tan íntima que, cuando el colombiano va a Cuba, a menudo charlan sin cesar durante ocho o diez horas, y luego continúan varios días con sus noches”. Escritas en 1986, esas líneas jamás perdieron vigencia. En 2006, ya enfermo, García Márquez viajó a La Habana para asistir al cumpleaños 80 del decrépito dictador y proclamar su deseo de que ese hombre llegara hasta los 100 años.  
Esa fascinación por el poder despótico, denunciado paradójicamente por García Márquez en uno de sus libros, quedó plasmada, de nuevo, en su relación, menos intensa, con Hugo Chávez.  ¿No escribió acaso, en agosto de 2000, que durante un vuelo entre La Habana y Caracas, el venezolano le contó su vida y que ello le había permitido descubrir  “una personalidad que no correspondía para nada a la imagen de déspota que los medias le han dado”?
Como miles de otros escritores y poetas de los cinco continentes, Gabriel García Márquez  fue atrapado un día por la maquinaria comunista que hacía de los intelectuales un “frente” más de lucha. De ellos unos se quedaron en ese abismo toda la vida. Otros salieron de allí de alguna manera. Entre los primeros el más conocido en Latinoamérica fue Pablo Neruda quien le hizo horribles odas a Stalin y votaba en los congresos internacionales de escritores como le ordenaba el partido.
Nadie le reprocha a García Márquez que haya adherido en su juventud a las tesis marxistas.  Le reprochan que no haya roto cuando vio con sus propios ojos, como le ocurrió en Cuba, en las oficinas de Prensa Latina,  primero, y con el caso de Heberto Padilla, después, la podredumbre que esa ideología engendraba. Le reprochan haber seguido en esa historia después del fusilamiento de tres jóvenes negros y la encarcelación y condena a largas penas de prisión de 75 opositores. Le reprochan sus descripciones grotescas de Fidel Castro como un hombre “con alma de niño”,  y como uno de “los más grandes idealistas de la Historia”. Y su críticas vacilantes e inconstantes ante las atrocidades de las guerrillas colombianas.
Sobre los intelectuales el marxismo ha ejercido una poderosa y venenosa atracción.  Esa ideología les proveía la  “ilusión de la conciencia total”.  Czelaw Milosz, premio Nobel de literatura de 1980, al describir esa problemática observó que el marxismo llegó a aparecer ante muchos como “un paraíso filosófico”. Otro intelectual, Raoul Calas, describió esa misma corriente como “una convicción filosófica completa y total”. ¿Cómo no ser seducido por ese espejismo?
Las técnicas empleadas para atrapar a la inteligencia, han sido objeto de investigaciones y reflexiones. El filósofo francés Henri Lefebvre, quien había pasado por esas horcas caudinas, señaló en 1959, que los partidos comunistas “culpabilizan a los intelectuales para amarrarlos a una fidelidad”. Esa gente obtenía resultados importantes con un método relativamente atroz: con la prédica incansable, verbal y escrita, destinada a hacerlos marchar contra ellos mismos, contra su familia, contra su clase, contra su cultura, contra su educación, y a sentirse, al final, culpables de no ser proletarios.
Precisamente, como lo observa con gran precisión la investigadora Jeannine Verdès-Leroux, “el anti intelectualismo practicado por las direcciones comunistas se acompañaba de una visión cientista y productivista de la sociedad, concepción que era vista como la única capaz de sacar al hombre de su pre historia y de hacerlo entrar a la Historia”.  Vale la pena volver sobre estos temas, sobre todo en la Colombia de hoy, para tratar de explicarnos el caso García Márquez y para poder combatir con cierta eficacia los esfuerzos de reclutamiento totalitario que existen aún hoy en nuestro continente.

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viernes, 18 de abril de 2014

NO HAY SALIDAS MILAGROSAS
              Fausto Maso
@faustomaso

 

Cuando reducimos una reunión en Miraflores, el inicio de un diálogo imposible, a la vía para que Maduro presente ya su renuncia, creemos en las soluciones milagrosas. La tragedia venezolana no tiene salidas fáciles a la vuelta de la esquina y Maduro no está al rendirse;  por eso los que preguntan qué se logró la semana pasada, en realidad solo quieren soluciones milagrosas. No hay ninguna que nos ahorre sangre, sudor y lágrimas.
Mantener el diálogo es conservar una línea de comunicación,  aprovechar un espacio para la propaganda, para hablarle al chavismo y al ejército, para demostrar a la opinión pública internacional que la violencia, la dictadura, la representan los enchufados. En ese sentido la conducta pausada de Maduro fue ejemplar, se comportó democráticamente en función de la audiencia mundial que seguía esa conversación. El diálogo es como las mismas marchas, un arma, un instrumento.
La oposición está dividida y no tiene una idea clara de quién es su adversario. Una revolución no cede el poder así como así, hasta que como ocurrió en Rumania toda, repetimos toda, la población se alza. Conseguir que la masa chavista se convenza de que la revolución representa la miseria, el autoritarismo, la represión, es un paso esencial para lograr una salida a la tragedia actual, y el inicio del diálogo puso en evidencia a los propios chavistas, en vivo y en directo, la verdad de lo que ocurre en Venezuela.
En la oposición hay una lucha  interna por el liderazgo  y el país necesita una oposición unida que comprenda lo que está en juego,  le responda ideológicamente al gobierno, y demuestre que cualquier tiempo pasado fue mejor que el actual, no se quede callada cuando Miraflores hable de un presente glorioso en comparación con la miseria que vivíamos con Betancourt o Caldera. Ese silencio frente a esa mentira le da la razón al chavismo. Hay que atreverse también a hablar de marxismo, socialismo y justicia social, tratar el tema militar como Ramos Allup
Nadie dude que en un proceso revolucionario los que lo dirigen emplearán la violencia, solo que los limita la opinión internacional, tratando de lucir como los agredidos cuando son los agresores. Los que están en el poder no renunciarán cuando representen una minoría. Hay  que lograr que el chavismo democrático, el chavismo pobre, sepa que tiene futuro después de Maduro. Es tan imprescindible la lucha en la calle como aprovechar las contadas oportunidades que presenta el diálogo. Es tonto  atacar a los que hacen política como traidores, y también ciego no reconocer que los que están en la calle tienen a su favor una gran verdad: el país enfrenta un proyecto totalitario donde a los adversarios se les define como ratas, gusanos, escuálidos, a los que hay que aplastar.
No es fácil, nada fácil. La unidad es imprescindible, la unidad de buena fe, porque no se trata de establecer una dicotomía entre diálogo y guerra civil, sino como en el boxeo emplear la mano izquierda y la derecha.
Diálogo y calle, tribuna y lucha popular. El puro radicalismo no sirve de nada, y creer en parajitos preñados, comer flores pues, tampoco. La política del todo o nada termina siempre en la nada. El chavismo existirá hasta que el discurso de la oposición lo vuelva democrático y quede aislado Maduro en Miraflores, como le ocurrió a Ceasescu en Rumania, lo que ocurrirá cuando  el venezolano comprenda la relación  que hay entre la desaparición de la bombonita de gas y el modelo económico y sepa además que el modelo chino sirve principalmente a los poderosos en el poder, a los capitalistas enchufados. Por ahora, los chavistas todavía no saben que ellos son víctimas de las fantasías revolucionarias. Hay que abrirles los ojos, tarea que hasta ahora la oposición no ha emprendido, porque ha rehusado el debate ideológico, el debate sobre la historia contemporánea de Venezuela. Un error, una forma tonta de darle razón al discurso de Chávez.

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LOS BARRIOS ANTE "LA SALIDA"
SAVERIO VIVAS

 

"Son tiempos de histeria colectiva para un sector de la oposición venezolana"...

No quiero ser ofensivo, pero mi prioridad no es convencer a los convencidos de la oposición: Trabajo por llegar a los oficialistas. Por esa razón, los que trabajamos en los barrios, rodeados de miles de oficialistas, no podemos hablar como intolerantes.

Tolerancia es el diálogo...
¡Dios, cuánta histeria opositora por el tema del diálogo!... Naturalmente que la oposición no cree en la sinceridad del gobierno en el tema del diálogo. Pero estamos obligados a demostrar al público oficialista (que queremos captar para nuestra causa), que somos una oposición capaz de actuar racionalmente... Parece mentira, pero muchos no entienden que la batalla política hoy, es por conquistar el apoyo del oficialismo inconforme que viene de allá para acá. Hablo de gente que viene a la oposición ¡gracias al diálogo!... ¿Olvidan que más de 900 mil oficialistas se unieron a la oposición gracias al llamado de Capriles de diálogo y reconciliación nacional?... En el barrio, hasta el más bruto, entiende este asunto... La gente del barrio ve con buenos ojos, ese proyecto nacional de la oposición... Y si el gobierno se burla de esa buena intención, pues ¡pierde el gobierno!, porque queda en evidencia ante ese público oficialista que observa con interés las acciones de la oposición... De manera que la tolerancia y el diálogo, le están dando a la oposición venezolana, el sustento social en los sectores populares, que falta hoy para cosas como la salida López/Machado.
¿Con qué se sienta la cucaracha?
López/Machado invitan a que tumbemos al gobierno ¡Ya! ¡Ahora o nunca!, porque esto no se aguanta... Perfecto, pero ¿Con qué se sienta la cucaracha?... El apoyo de la clase media no es suficiente para tumbar al gobierno. Se requiere de los sectores populares: Sustento social. Se requiere más poder social, y ese no lo regalan en la plaza. Tenemos que ganarlo en la calle.
Querer "poder de calle" sin sustento en "poder social", es como querer ponerse los pantalones sin haberse puesto la ropa interior. ¡O como querer construir el techo de una casa sin haber puesto los cimientos!... En Venezuela una parte de la clase media opositora está intentando ser Súper héroe, usando la ropa interior sobre los pantalones, para derrocar al gobierno. Pero por más que lo intente ese sector, no tiene los "súper-poderes" para derrocar el gobierno sin la participación de los sectores populares.
Sectores populares indiferentes a "#LaSalida"
Entiendo que causa disgusto a clase media "salidora", la casi absoluta pasividad de los sectores populares ante los llamados casi histéricos a derrocar el gobierno. Pero es una dura realidad que debemos enfrentar para mejorar. Aunque nos une una tragedia nacional común (la de la crisis económica y social del país), los sectores populares no confían aún en el liderazgo opositor, como para seguirlos a una aventura insurreccional.

Y Capriles lo tiene bien claro... Su permanente trabajo de calle con el pueblo más humilde, le permite entender el sentimiento de la gente de los barrios, como si fuera un vecino más. Y él entiende que hay que ponerle los pantalones a la oposición, pero antes hay que ponerle sustento social a la lucha. Sin ese sustento social, sin ese apoyo de los sectores populares, la soñada "salida" López/Machado será una interesante "Convención 2014" de los mismos opositores de siempre, en los mismos lugares de siempre... ¡Y los barrios ni se inmutarán!... Es más, (como ya está pasando), el gobierno usará esa desorganizada acción de la oposición, para reforzar la imagen negativa de la misma en los sectores populares.

Mientras el pueblo (en especial los sectores populares), espontáneamente no levante la voz de forma contundente contra el gobierno, ni Capriles, ni María Corina, ni Leopoldo López, ¡ni todos los partidos políticos de oposición unida!, pueden hacer nada... Pero, no hay que dormirse en el chinchorro esperando. Hay que ponerse a trabajar duro para crear conciencia y ganar el sustento social que nos falta. Y estar listos, para que llegado el momento, el pueblo esté convencido que nuestra Unidad, con su organización y disciplina de lucha, es la solución.
La solución al conflicto opositor
Opositores, ¡la polémica es sana!, pero es tiempo de disciplinarnos a la causa de la lucha común, y a su máximo paladín: La Unidad... Fue divertido insultarnos, y decirnos barbaridades, pero ni Capriles es colaboracionista, ni López/Machado son golpistas... ¡Callémonos la boca ya un rato!... Tenemos que hacerle caso a Don Francisco de Miranda, dejar el bochinche y ponernos a trabajar.
Todos somos útiles a la causa: Los que quieran trabajo de calle para ganar el sustento social para nuestra causa, ¡háganlo!... Y los que quieran protestar en la calle por los insoportables problemas del país, ¡háganlo también!... Las 2 tareas son fundamentales y necesarias de hacer a un nivel mucho mayor del que hasta ahora hemos sido capaces.



@SaverioVivas



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Nuestro Apolo y nuestro Dioniso

        Jorge Volpi

 

Una vez que se extingan las ceremonias fúnebres y se adormezca el duelo, que se agoten los homenajes y las exequias, y se desdoren las figuras públicas y se olviden las antipatías abruptas o las declaraciones estertóreas, se volverá una convicción natural lo que algunos han vaticinado desde hace décadas: que los dos colosos surgidos de esa brillantísima Edad de Oro de la narrativa latinoamericana que se prolongó durante la segunda mitad del siglo XX fueron Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua. Los dos más admirados e imitados en el orbe. En ese juego de dualidades que tanto nos gusta, nuestro Platón y nuestro Aristóteles. O, mejor, nuestro Apolo y nuestro Dioniso.

Sin duda fueron acompañados por una asombrosa cohorte de titanes, con poéticas al gusto de cada uno, de Rulfo a Vargas Llosa, de Donoso a Fuentes, de Sábato a Ibargüengoitia, de Ribeyro a Cortázar, pero las voces más oídas, más singulares, más originales —si entendemos por originalidad una mutación insólita entre las enseñanzas del pasado y la serena rivalidad con sus contemporáneos— fueron las del poeta y cuentista argentino y las del cuentista y novelista colombiano, suma de todos los esfuerzos que los precedieron, de Machado de Assis y Jorge Isaacs a Macedonio Fernández y Alfonso Reyes, y umbrales de todos aquellos que los han seguido, de Roberto Bolaño a quienes hoy publican, a su sombra, sus primeros libros.

Los dos colosos de esa Edad de Oro fueron Borges y García Márquez
A la distancia no podrían parecer más contrarios, más distantes. De un lado, el escritor ciego y puntilloso, tan acerado como melancólico, hierático hasta casi fungir como profeta, dueño de un sutilísimo humor aún malentendido, el hombre cercano —a su pesar— a la derecha, el vate unánimemente venerado que jamás recibiría el Nobel. Del otro, el escritor jacarandoso y bullanguero, tan dotado para desenrollar la sintaxis como para reconducir los mitos, sonriente hasta convertirse en amigo de todas las familias —esas que sin conocerlo hoy sin pudor lo llaman Gabo—, el hombre cercano a la izquierda y a Fidel Castro, el bardo unánimemente adorado que recibió el Nobel más joven que ningún otro en América Latina.

Sí: en lontananza encarnan vías antagónicas. Borges es, evidentemente, el apolíneo. El escultor que pule cada arista y cada ángulo. El prestidigitador que obsesivamente trastoca cada adjetivo y cada adverbio. El criminal que siempre esconde la mano. El modesto anciano que odia los espejos y la cópula y sin embargo multiplica los Borges a puñados. El detective que en su búsqueda esconde que al mismo tiempo es el criminal. El filósofo nominalista y el físico cuántico que se pierde en la Enciclopedia. El autor de las paradojas y bucles más aventajado desde Zenón. García Márquez es, en cambio, el dionisíaco. El torrencial demiurgo de genealogías y prodigios. El audaz dispensador de metáforas y laberintos de palabras. El cartógrafo de la jungla y el cronista de nuestra circular cadena de infortunios. El ídolo sonriente que trasforma la Historia —y en especial la sórdida trama colombiana— en mil historias entrecruzadas, tan tiernas y atroces como inolvidables. El bailarín que, al conducirnos a la pista, nos obliga a seguir su hipnótico ritmo a rajatabla. El sagaz escriba que se burla de los tiranuelos con los que tanto ha convivido. El desmadrado cuentero que finge no seguir regla alguna fuera de su imaginación, excepto que las que él mismo se —y nos— impone.

Él fue el torrencial demiurgo de genealogías
y prodigios
Apolo y Dioniso. Y sin embargo estas dos vías, como ya apuntaba Nietzsche, no son excluyentes sino complementarias. Las dos mitades del mundo. De nuestro mundo. Para empezar, García Márquez no hubiese escrito como García Márquez sin aprender de Borges, su predecesor y su maestro. Y Borges no habría encontrado mejor continuador que este discípulo rejego, dispuesto no a copiar sus trucos o su doctrina sino a usarlos en su provecho para huir de la Academia y fundar una nueva, exitosísima escuela, el realismo mágico. Ninguno tiene la culpa, por supuesto, de su ingente legión de copistas: sus invenciones resultaban demasiado deslumbrantes como para que cientos de salteadores de caminos no quisieran agenciárselas.

Los dos han sido justamente elevados a los altares. O, mejor aún, a los altares privados que cada uno erige en su hogar: son nuestros penates. Imposible no adorarlos y no querer, a la vez, descabezarlos. Imposible no aspirar a reiterar —Vargas Llosa dixit— su deicidio.

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El García Márquez que recuerdo

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El Nuevo Herald

 


Tal vez no exagero si digo que ha muerto el mayor escritor en lengua española que dio el siglo XX. Decir eso en la época de Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa es muy arriesgado y subjetivo, pero me atrevo a afirmarlo. ¿Por qué? Acaso porque la novela que más he disfrutado de cuantas he leído en mi vida ha sido “El amor en los tiempos del cólera”. Me parece más lograda, incluso, que la justamente reverenciada “Cien años de soledad” que atrajo sobre Gabriel García Márquez la admiración universal y acabó por ganarle el Nobel en 1982.
La primera vez que me reuní con Gabo fue gracias a Carmen Balcells. Ella era la agente literaria de ambos y una persona extremadamente servicial. Nos organizó el encuentro en el lobby de un hotel barcelonés. Estábamos al inicio de la década de los noventa, el mundo comunista colapsaba, la URSS había desaparecido, y con ella se esfumó el subsidio a Cuba. Parecía que el régimen de Fidel Castro (en esa época poco se hablaba de Raúl) se desplomaría.
García Márquez era muy amigo de Fidel, pero no era comunista y me constaba que alguna vez se había servido de su relación con el Comandante para proteger a un preso político cubano muy destacado, Reinol González, un ex dirigente sindical condenado a 30 años de cárcel por razones políticas.
Sin que mediara otro factor que la compasión que le inspiró la mujer de Reinol, quien fue a México a ver al novelista para pedirle ayuda sin siquiera conocerlo, intercedió con Fidel para que lo liberara. Y así fue: el Dictador no sólo lo liberó. Se lo regaló a García Márquez en medio de la calle, como quien obsequia un objeto inanimado, y, de pronto, el colombiano se vio en La Habana con el extraño presente que le hacía su poderoso amigo, dueño de la vida y la muerte de todos sus súbditos.
Ese precedente me animó a pedirle a Gabo el más delicado (y acaso ingenuo) de los favores: que sondeara a Fidel para saber su disposición a iniciar una suerte de transición como sucedía en toda Europa. Al fin y al cabo, el marxismo-leninismo estaba totalmente desacreditado por la experiencia nefasta del “socialismo real” y había llegado la hora del desguace.
“Lo voy a hacer —me dijo—, pero sin ninguna ilusión de tener éxito”. Entonces me preguntó cómo yo veía el calendario de la revolución cubana. Le relaté que, poco antes, había invitado a Jorge Mas Canosa a formar parte de un esfuerzo político que llamábamos la Plataforma Democrática Cubana, en el que congregábamos a liberales (clásicos), socialdemócratas y democristianos, para propiciar la pacífica transformación del país, pero Jorge me respondió con una negativa basada en una evaluación de la situación cubana: “estás comiendo m… —me dijo con su franqueza habitual—. No hay tiempo para nada de eso. A ese gobierno le quedan seis meses de vida”.
“¿Y qué le respondiste?”, me preguntó García Márquez. “Le dije, Jorge, me temo que quien está comiendo m… eres tú. A ese gobierno le quedan dos años”. El novelista rió y cerró el capítulo de la conversación con un pronóstico lapidario que también, lamentablemente, resultó equivocado: “los dos están comiendo m… Ese gobierno durará otros seis años”. Han pasado más de dos décadas de esta conversación.
En todo caso, el encuentro sirvió para crear una relación muy cordial de la que desterramos los temas políticos y nos concretábamos a hablar de literatura, su pasión más enérgica. El tenía una estrecha amistad con Fidel Castro y con otra gente, a mi juicio, indeseable, pero también mantenía vínculos muy fuertes con personas, como su compadre Plinio Apuleyo Mendoza, un crítico constante de la dictadura cubana, o una relación muy amable conmigo y con exiliados como Reinol González, quien lo mantenía al día de cuanto sucedía en la Isla.
La última vez que hablé con él, hace unos años, fue para pedirle que ayudara a un escritor cubano a salir de la Isla. Este escritor, que había sido simpatizante de la dictadura, se había declarado en huelga de hambre y me había dicho, por teléfono, que le rogara a Gabo su mediación con Fidel para lograr el permiso de salida. Para reforzar mi gestión le sugerí a Plinio que participara en la conversación a tres voces. García Márquez, muy solidariamente, me dijo que hablaría con “el Grande”.
Al día siguiente me llamó y me contó: “dice el Grande que lo dejará salir, pero que me arrepentiré, porque me morderá la mano”. Gabo hasta le consiguió un avión oficial para trasladarlo a México. Pocas fechas más tarde, en efecto, el escritor atacó a Gabo.
Nunca más me atreví a pedirle nada al gran escritor que acaba de morir.


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Gabriel García Márquez, 1927-2014



Editorial de El Tiempo de Bogotá

 


Hace ya casi 30 años, Gabriel García Márquez habló en una entrevista sobre la muerte. “Es como si, de pronto, se apagara la luz”, dijo. Y agregó que no tenía miedo a morir, pero le parecía lamentable que, siendo “la experiencia más importante de la vida, sobre ella no podré escribir una novela”. Ahora, cuando acaba de apagarse la luz en la existencia del colombiano más notable de todos los tiempos, hay que agradecer de nuevo todo lo que él dio al país, a América Latina y a la literatura universal.

Mucho antes, frente a un público lector que aún no lo conocía, el escritor habría de recordar quién era y de expresarlo en estilo cervantino. “Yo, señor, me llamo Gabriel García Márquez. Lo siento: a mí tampoco me gusta este nombre, porque es una sarta de lugares comunes que nunca he logrado identificar conmigo. Nací en Aracataca (Colombia), hace casi cuarenta años y todavía no me arrepiento. Mi signo es Piscis y mi mujer es Mercedes. Esas son las dos cosas más importantes que han ocurrido en la vida, porque gracias a ellas, al menos hasta ahora, he podido sobrevivir escribiendo”.

Pese a su inclinación por augurios y cábalas, en ese momento no podía adivinar Gabo –apodo que le gustaba más que su nombre– todas las cosas importantes que aún estaban por ocurrirle. Desde la publicación en 1967 de Cien años de soledad, considerada heredera del Quijote, hasta la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1982. Antes, en medio y después de estas fechas llevó una vida apasionante que él relató parcialmente en Vivir para contarla (2002), donde cuenta las andanzas de un niño triste educado por sus abuelos, que se educó en un internado de Zipaquirá, fue vendedor trashumante de enciclopedias, desarrolló una incancelable carrera de periodista, deambuló más tarde por Europa, se estableció en México, regresó a Colombia y salió al exilio por razones políticas, recibió medallas y títulos honoris causa, fue amigo de poderosos políticos internacionales, cantó vallenatos y bailó boleros en reuniones íntimas, concedió centenares de entrevistas, impartió lecciones de periodismo y narrativa, soñó con grandes películas, publicó más de cuarenta títulos y vendió millones de libros. En la década de 1990 emprendió otros proyectos periodísticos de envergadura, como el noticiero QAP y la revista Cambio, incluida, posteriormente, su edición mexicana. También “conspiró” reiteradamente a favor de la paz, recibió críticas de sus enemigos políticos, luchó durante años contra el cáncer y fue condecorado por gobiernos y venerado para siempre.

De todas las facetas de Gabo se ocuparán los medios de comunicación en estos días. Unos recordarán la vida de quien se definió como “uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca” y otros escudriñarán sus relaciones con Fidel Castro, quien ya confesó que eran sobre todo literarias y se convirtió, por influencia de Gabriel García Márquez, en voraz lector de best sellers. Las agencias de prensa repetirán que un grupo de intelectuales escogió en el 2007 las 20 mejores novelas de todos los tiempos, y Cien años de soledad era una de ellas; en las cátedras de literatura se multiplicarán los alumnos interesados en presentar una tesis sobre la obra garciamarquiana, como ya lo han hecho centenares de graduandos alrededor del mundo.

En este espacio queremos destacar, al margen de los anteriores puntos, lo que significó García Márquez para Colombia y América Latina. Aunque siempre rehusó vestir la demagógica camiseta del patriotismo fácil, no hay connacional que haya divulgado más extensamente el nombre de Colombia que él. Para empezar, creó un mundo literario que supera la literatura y se transmuta a la realidad tanto como esta sirvió de inspiración a aquella en su pluma. “No hay una sola línea de mis libros que no corresponda a una experiencia de la realidad”, señaló en 1977. Macondo, pues, ya no es un país imaginario cuyos linderos se estrechan en las páginas de un libro, sino la expresión de una cultura, una geografía y una idiosincrasia que ha originado nuevas obras –cuentos, novelas, telenovelas–, que incorpora como elemento de identidad el humor (“mamagallismo es entrarles a las cosas más fastidiosas como si no las estuviéramos tomando en serio, por miedo a la solemnidad”) y que solo puede explicarse por la mezcla racial colombiana.

Fruto de la interpretación y validación poética de la realidad es la nueva dimensión que adquirieron la región caribe y sus habitantes en el mapa sociosicológico nacional. Conviene recordar que Gabo fue parte de un gran impulso cultural que surgió a orillas del Caribe.

Él recuperó, además, el sereno orgullo nacional. Cuando nuestro país era sinónimo de narcotráfico, él aportó con su Nobel una refrescante bocanada de prestigio. Y al coronar lo que parecía una utopía, mostró a otras figuras nacionales que era posible alcanzar lo más alto, como lo han hecho, en su campo y a su medida, Fernando Botero, Shakira, Carlos Vives, Rodolfo Llinás, Falcao García, César Rincón y algunos cuantos más.

Por otra parte, García Márquez supo reconocer que “el torrente incontenible de la cultura popular es el padre y la madre de todas las artes”. Esta declaración recoge un trascendental vuelco que se ha dado en América Latina, que durante años buscó sus fuentes culturales en Grecia, en el Siglo de Oro, en Francia, en las comunidades precolombinas y acabó reconociéndolas en las expresiones más sencillas y genuinas de nuestros pueblos.

Muere García Márquez sin ver a Colombia en paz, una de sus obsesiones que, a lo mejor, habría podido satisfacer dentro de algunos meses. Pero, como dijo el coronel Aureliano Buendía, “uno no se muere cuando debe, sino cuando puede”.
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