sábado, 22 de junio de 2019


BACHELET EN VENEZUELA: ¿CABE ESPERAR ALGO POSITIVO LUEGO DE SU ESPERADA VISITA?





Emilio Nouel V.



Al fin la tan esperada visita de la señora Michelle Bachelet a Venezuela se dio. No pocas organizaciones de la sociedad civil e individualidades nacionales e internacionales habían solicitado que se apersonara en nuestro país, a los fines de que in situ constatara horrendos hechos violatorios de los derechos humanos, que muchas veces fueron denunciados y también registrados con lujo de detalles tanto por el departamento de la NNUU que ella hoy dirige como por otras organizaciones internacionales.  

Como se sabe, su cargo es el de Alta Comisionada para los Derechos Humanos; muy importante, sin duda, y sobre el cual pesa una gran responsabilidad por la materia tan sensible que debe manejar en un espacio que abarca el planeta entero.

Su figura, vinculada a una afiliación político-ideológica conocida, no ha estado exenta de polémica.

Para nadie es un secreto que es de pensamiento socialista/socialdemócrata. Sus relaciones cercanas y/o amistosas con importantes figuras mundiales de la llamada izquierda, como los hermanos Castro de Cuba, Ortega de Nicaragua, Lula en Brasil y Chávez y Maduro en Venezuela, le ha ganado la animadversión de muchos que se han opuesto o se oponen a los gobiernos que aquellos han presidido.

En su ejecutoria gubernamental -Presidente en dos ocasiones de Chile- se ha conducido en el marco del Estado de derecho liberal de su país, y adelantó, a mi juicio, políticas razonables y beneficiosas en el campo internacional. Obviamente, a su gobierno interna o externamente, se pueden formular críticas puntuales, pero, en definitiva, han sido gobiernos “normales”, sobre todo, no autoritarios, ni en ellos se ha pretendido establecer regímenes totalitarios, como los de sus amigos.

Sin embargo, sobre ella ciertos sectores políticos siguen manteniendo reservas.

Son las que observamos en Venezuela con su visita, que, por cierto, es la ejecución de un mandato de las NNUU emitido por el Consejo de los DDHH de las NNUU en septiembre de 2018.

Está claro que en una visita de un día medio, prácticamente, no se puede palpar en toda su magnitud la dimensión de la tragedia nacional venezolana. Pretender que ella podría conocer de primera mano todos los problemas es ilusorio. Tendría que instalarse semanas enteras y viajar por todo el país. Porque el verdadero drama venezolano no se puede observar solo en la ciudad capital.

Sin embargo, el equipo de esa Comisión, que ya conoce la situación desde antes de que ella se posesionara del cargo, sí puede dar cuenta con amplitud y profundidad de ella.

El Informe preliminar que han preparado hace algunos meses atrás, es contundente. Casi todas las múltiples denuncias se han corroborado en campo. Son igual o más graves que las de los Informes previos.

Pensar que una individualidad como la señora Bachelet, por estar al frente de ese equipo, pudiera torcer o esconder evidentes y comprobados hechos es un despropósito.

Por otro lado, el hecho de que ella se haya reunido con los representantes de la tiranía no implica ninguna complicidad con sus representantes, ni un juicio de valor respecto del régimen. A ella le corresponde entrevistarse con todos los actores que protagonizan nuestro conflicto doméstico. Se reunió con el Presidente interino de Venezuela, reconocido como tal por más de 50 gobiernos democráticos.

No deberíamos prejuzgar nada sobre los resultados de esa visita, ni creer que ciertos “maquillajes”, al estilo de las aldeas Potemkin, pudieron ocultar la realidad.

Ha sido muy conveniente que la señora Bachelet haya venido al país. Esa visita subraya y confirma, objetivamente, lo que hasta ahora se ha dicho. Que hay una grave crisis política y social que requiere la atención de los organismos internacionales, de toda la Comunidad Internacional.

Bachelet pudo entrevistarse con familiares de víctimas y dirigentes de organizaciones sociales y defensoras de derechos humanos diversas con los cuales pudo compartir momentos muy emotivos.  Sus historias son desgarradoras”, afirmó.

Este viaje refleja una enorme preocupación y le dice al mundo que no es cierto lo que el régimen militar ha pretendido hacer ver acerca de que todo marcharía normalmente en Venezuela, que no existe tal crisis. Hasta Arreaza, conocido por su cinismo y su falta permanente a la verdad, con Bachelet se ha visto obligado a reconocer la violación a los DDHH en el país, cuando habla de “corregir” y “rectificar”.

Nuestra tragedia se agrava con los días. Sigue desbordándose peligrosamente sobre nuestros vecinos más cercanos y más allá.     

Solo resta saludar la visita realizada por la señora Michelle Bachelet, y decir que ojalá que su corta estadía logre sensibilizar más al mundo sobre lo que ocurre en Venezuela y también acerca de la necesidad urgente de una pronta solución negociada antes de que sea muy tarde.

Su mensaje final al encontrarse con un grupo de venezolanos nos deja un buen sabor de boca: “Si algo puedo ayudar, estoy dispuesta”. Ya el 20 de Marzo próximo pasado había declarado: “las autoridades se han negado a reconocer las dimensiones y la gravedad de la crisis en materia de cuidados médicos, alimentación y servicios básicos, por lo que las medidas que han adoptado no han sido suficientes”.

El Informe definitivo que deberá presentar Bachelet próximamente sobre Venezuela, con seguridad no diferirá mucho de lo que los anteriores han reseñado.  

Solo deseamos que por ahora, al menos, se obtenga del gobierno la libertad de los cientos de presos políticos injustamente encarcelados por el régimen dictatorial que agobia a la sociedad venezolana. Desde el escepticismo, a veces se puede aspirar a un milagro, sobre todo, cuando pensamos en esos venezolanos torturados y vejados salvajemente, y en sus familiares angustiados y sufriendo.

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viernes, 21 de junio de 2019

EL PRESIDENTE INTERINO DE VENEZUELA, JUAN GUAIDÓ Y LA ALTA COMISIONADA DE LOS DDHH DE LAS NNUU, MICHELLE BACHELET

                 
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¿Y ahora…?






Eduardo Fernández 


¡Tenemos que seguir luchando! Nada de resignación. Nada de conformismo. Convocar a la lucha infatigable por construir una Venezuela mejor. Convocar a la unidad de todos los venezolanos detrás de un programa compartido. 

¡Seguir luchando! No podemos dejar que nos roben la esperanza. Venezuela y los venezolanos nos merecemos un destino mejor. ¡Seguir luchando! Renovar nuestro compromiso con la gente, con los ciudadanos, con los que sufren, con los más vulnerables. Renovar nuestro compromiso con la democracia, con el estado de derecho, con los derechos humanos, con la justicia social, con el desarrollo económico, con la igualdad de oportunidades, con la educación, la ciencia  y la tecnología, con la salud, con la dignidad de la persona humana, de cada una de las personas y con el conjunto de los ciudadanos.

¡Seguir luchando sin descanso! Evaluar lo que hemos hecho, los aciertos y las equivocaciones. Profundizar los aciertos, corregir las equivocaciones. Apostar siempre por la inteligencia, por la unidad, por la paz, por la justicia, por la fraternidad entre todos los seres humanos, por la inclusión, por el futuro.

Venezuela necesita recomponer su estructura institucional: un gobierno que gobierne. Un parlamento que legisle y que controle la marcha de la administración pública, unos tribunales que administren justicia con seriedad, con imparcialidad y con apego a la constitución y a las leyes.

¡Tenemos que seguir luchando! Nada de resignación. Nada de conformismo. Convocar a la lucha infatigable por construir una Venezuela mejor. Convocar a la unidad de todos los venezolanos detrás de un programa compartido. Organizar a los ciudadanos. Educar en democracia, en tolerancia, en valores cívicos y éticos. Trazar caminos de progreso. Organizar a los ciudadanos para alcanzar las metas. Educar para la convivencia y la civilidad. Apostar a una estrategia inteligente para salir de un gobierno que ha hecho mucho daño y sustituirlo por un gobierno que encarne los valores que el actual gobierno ha maltratado y desconocido.

No a la violencia, no a la desesperanza, no a la resignación. Los venezolanos esperamos una convocatoria positiva, ilusionante, esperanzadora. Vamos a luchar por la tierra prometida. Ojalá surjan líderes políticos y organizaciones políticas que nos convoque a la grandeza, que nos saquen de la mediocridad, que podamos superar los insultos y la diatriba y avanzar con paso firme y resuelto hacia una Venezuela unida, prospera, feliz y optimista. Todo eso podemos lograrlo. ¡Hay que seguir luchando!

Seguiremos conversando.

Eduardo Fernández
@EFernandezVE


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jueves, 20 de junio de 2019

CUIDADO CON CÚCUTA


TRINO MARQUEZ


El reciente trabajo del periodista Orlando Avendaño en el portal PanamPost, acerca de los supuestos manejos dolosos en los que se habría incurrido con recursos destinados a la ayuda humanitaria recaudada en el concierto de Cúcuta, desató una pequeña tormenta. El gobierno de Nicolás Maduro habló de corrupción y señaló a Juan Guaidó y a Voluntad Popular como responsables del desaguisado. Jorge Rodríguez se deleitó hablando de cómo ellos, castos angelitos, estaban conmovidos por la crueldad con la que actúa la ultrederecha, insaciable cuando de dinero se trata. El complaciente  fiscal Tarek William Saab, al día siguiente de haber declarado Rodríguez, imputó a Rossana Barrera y a Kevin Rojas, comisionados de Guaidó, por los delitos de corrupción.    Algunos supuestos opositores al régimen de Maduro montaron en cólera. Las redes reventaron exigiendo que los responsables fuesen condenados sin apelación de ningún tipo. A los corruptos hay que castigarlos, se vistan del ropaje que se vistan. Los colaboracionistas son iguales al gobierno.

         A medida que han ido apareciendo informaciones fidedignas, el sonado caso se ha ido despejando. Aid Live Foundation publicó un comunicado en el cual señaló que los fondos no han sido utilizados. Con lo cual dejó claro que no habían podido ser malbaratados. La plataforma informática impedía tener acceso a esos recursos. Las posteriores declaraciones de Gaby Arenas, directora ejecutiva de  ALF, reafirmaron esas apreciaciones. La rueda de prensa de Lester Toledo y Francisco Sucre limaron asperezas. Posteriormente, el mismo portal PanamPost atenuó la denuncia inicial. Tomaron conciencia de que, sin proponérselo, habían provocado un escándalo que favorecía al gobierno más corrupto e incompetente que ha tenido la historia nacional.

         La corrupción hay que denunciarla y combatirla en todos lados. Es probable que Cúcuta se cometieran excesos y desmanes que deberán ser esclarecidos por las investigaciones. El caso se encuentra en la Fiscalía colombiana. Juan Guaidó y Humberto Calderón Berti actuaron con celeridad. Exigieron que los hechos se aclararan. Guaidó separó de sus cargos a Barrera y a Rojas. Nada de complicidad. Ninguna solidaridad mecánica con los señalados. Ese comportamiento es el adecuado ante casos que comprometen el futuro de una lucha tan ardua como la que se libra y frente a dineros destinados a aliviar la miseria de la población y de los militares que se encuentran en Colombia. En el plano ético y político resulta saludable.

         Sin embargo, en un ambiente tan crispado e intervenido por imponderables, como el que impera en Venezuela, nada puede descontectualizarse. El régimen cuenta con un poderoso aparato de propaganda que trabaja todo el día para desprestigiar, intimidar e inhibir a sus adversarios.

Con relación a lo ocurrido en febrero en Cúcuta se produjo un viraje que debe diagnosticarse. Cuando el concierto estaba desarrollándose, las informaciones transmitidas por el régimen señalaban que la cita era un fracaso de concurrencia y recaudación. Apenas habían asistido unas pocas miles de personas y sólo se habían recaudado unos cuantos miles de dólares. Se intentó desvirtuar la realidad, minimizando lo sucedido.  Lo que había sido un fiasco total  era el concierto convocado por Maduro. Fue concebido para que durara tres días, y no sobrevivió sino unas pocas horas.

         Ahora se les presentó la oportunidad de vengarse. No les importa incurrir en contradicciones flagrantes. ¿Cómo es eso de que el concierto fue una decepción y, no obstante, la oposición incurrió en el despilfarro de millones de dólares provenientes de la recaudación? Se trata de una incongruencia. El objetivo luce claro: el régimen trata de sembrar dudas sobre la administración de los fondos con el fin de evitar que se repitan concentraciones gigantescas como la del 23 de febrero. Si la oposición queda como una banda de hampones que se burla de la buena fe de las miles de personas que aportaron dinero para auxiliar a los más necesitados del país, perderá toda credibilidad y le será imposible repetir el éxito de esa extraordinaria jornada.

         Su imagen como opción también queda lesionada. La oposición no puede ser una alternativa de cambio porque incurre en los mismos vicios  que el régimen que pretende sustituir. La honestidad no forma parte de los principios que la animan. Este es el juego del gobierno. La guerrilla comunicacional busca desmontar la alternativa democrática. El G2 cubano y todo el andamiaje propagandístico del madurismo se alinearon tras esa meta: horadar y degradar la oposición. 

         Conclusión: la oposición no está integrada por ángeles; al igual que cualesquiera otros ciudadanos, quienes cumplen labores de coordinación, administración y conducción deben ser objeto de vigilancia y control; si incurren en delitos, deben ser castigados; todo hay que examinarlo en el contexto de un régimen que saqueó y arruinó al país, y pretende perpetuarse en el poder destruyendo física y moralmente cualquier opción de cambio.

         @trinomarquezc

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lunes, 17 de junio de 2019

DICTADURA TOTALITARIA Y CORRUPTA


CARLOS CANACHE MATA

Avergüenza a los venezolanos el régimen que tenemos. Es una dictadura distinta a las que habíamos conocido. No se limita a la abolición de la libertad y la democracia, sino que anda de manos tomadas con el terrorismo y el narcotráfico, dos fenómenos que, aunque viejos, ahora, gracias a la globalización y los avances de la comunicación, tienen condiciones más propicias para alcanzar mayor relevancia.

   Desde hace 20 años comenzó el largo entierro del Estado de Derecho. No estamos ante la clásica dictadura que secuestraba para sí el poder político, sin la tentación de arropar el resto del acontecer nacional. Se le han pedido préstamos al fascismo  y al comunismo staliniano para ahogar el país en el puño totalitario. Sería una fábula decir que en Venezuela hay separación de poderes. Actualmente en nuestro país, el poder ejecutivo es omnímodo, controla la Asamblea Constituyente que se inventó para invalidar la Asamblea Nacional, controla el poder judicial de arriba abajo, controla el Poder Ciudadano (el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo y la Contraloría General de la República), controla el Poder Electoral (que ejerce como ente rector, el tristemente célebre CNE). Montesquieu decía que el poder es el peor enemigo de la libertad, pero como el poder es necesario, sólo mediante la división de éste (que “el poder detenga al poder”) se puede garantizar la libertad. Ese mecanismo de pesos y contrapesos entre los poderes, fue pulverizado por el autodenominado “socialismo del siglo XXI”.

   Por lo expuesto anteriormente, es que no hay libertad en Venezuela y se cierran las puertas a la disidencia. Según el investigador y profesor universitario Marcelino Bisbal, hace 20 años había 334 periódicos impresos en nuestro país, ahora apenas circulan 28. La ONG Espacio Público informó que en el pasado mes de mayo hubo 114 violaciones de la libertad expresión, entre las que hay que contar el cierre de RCR por darle cobertura a los sucesos del 30 de abril, los frecuentes bloqueos a las redes sociales, a portales y plataformas web, especialmente cuando Juan Guaidó  participa en actividades públicas. El abogado Fernando Fernández ha declarado que se está aplicando “el derecho penal del enemigo” a los que discrepan del oficialismo. Está prohibido pensar distinto.  Además del dominio político-institucional, el régimen obstaculiza la iniciativa privada, dirige su gestión al control de la economía nacional e invade áreas que no le competen. Se prodiga en un afán totalitario que no oculta.

   Por si fuera poco lo dicho, la dictadura que nos oprime navega a velocidad de crucero en el mar  de la corrupción. Recientemente, un reportaje publicado por el rotativo estadounidense The Washington Post reveló que el llamado “Cartel de los Soles” traslada miles de toneladas de cocaína desde Venezuela que finalmente llegan a EEUU y Europa, y que “el entorno inmediato de Maduro no está solo inmerso en tráfico de drogas, sino también en otras actividades ilícitas como la minería ilegal, el contrabando de gasolina, la corrupción en la venta de divisas, así como el control de las importaciones de medicinas y comida”.  Si se cuestiona ese reportaje por provenir desde “el imperio”, valga citar entonces a los países del Grupo de Lima que en un comunicado del día 4 de este mes de junio “instan a la comunidad internacional a tomar acciones ante el creciente involucramiento del régimen ilegítimo de Nicolás Maduro en distintas formas de corrupción, narcotráfico y delincuencia organizada transnacional que implica a sus familiares y testaferros, así como el amparo que otorga a la presencia de organizaciones terroristas y grupos armados ilegales en territorio venezolano y el impacto en la región de sus actividades”.

   Un cuadro dantesco.

  



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miércoles, 12 de junio de 2019


ELECCIONES: LOS FACTORES VAN ALINÉANDOSE


TRINO MARQUEZ

Ningún país, ni remoto ni cercano, desea participar en un conflicto bélico contra el régimen de Nicolás Maduro, a pesar de todo el daño que su permanencia en Miraflores causa. El éxodo masivo y creciente de venezolanos hacia Colombia, Ecuador y Perú, con todas las dificultades que ese flujo continuo genera; la actividad cada vez más evidente del ELN y de fracciones disidentes de las Farc en territorio nacional; la presencia de oficiales rusos en el país; la existencia de agentes terroristas del Medio Oriente y la importancia cada vez mayor alcanzada por Venezuela en el tráfico de drogas, al parecer no son suficientes para que los Estados Unidos y los demás  países afectados por estos hechos irregulares, se planteen seriamente una confrontación armada con el causante de estas calamidades. Todos evitan el choque. El mundo y la región enfrentan demasiados problemas para desatar uno nuevo. Una conflagración en Venezuela podría desbordarse. Maduro es un incordio que debe removerse sin causar grandes traumas.

         La tesis que ha venido ganando fuerza en el plano internacional, se sintetiza en obligarlo a aceptar  la convocatoria de unas nuevas elecciones presidenciales, que corrijan los entuertos del 20 de mayo de 2018. En esta línea se inscriben el Grupo de Lima, la Unión Europea, el Grupo de Contacto Internacional, los Estados Unidos, Canadá y hasta el sinuoso López Obrador. El leve giro de Rusia y China, expresado en Moscú la semana pasada con las declaraciones de los cancilleres de ambos países, indica que Vladimir Putin y Xi Jinping, también podrían estar contemplando esa posibilidad. Cuba todavía no se ha pronunciado de forma categórica, pero si las sanciones norteamericanas continúan, no habría que extrañarse si apoya la moción. Las piezas del tablero internacional se han ido colocando en esa línea.

         En donde se perciben más dudas y confusión es el plano interno. Las tres fases propuestas por Juan Guaidó –cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres- hay que quienes las asumen como un dogma. Intentan ajustar la realidad a las consignas, cuando lo sensato consiste en seguir el curso inverso: ajustar las consignas a lo que permite la realidad. Proponer el objetivo del  cese de la usurpación tenía sentido cuando se suponía, o se creía poseer  información fidedigna, que el estamento militar se fragmentaría y un sector muy amplio apoyaría a Guaidó. A partir de esa premisa era válido plantearse formar un gobierno de transición. Por las razones que sea, los planes abortaron. Padrino López no se sumó al proyecto de desplazar a Maduro, o nunca formó parte de él. No cesó la usurpación, ni se pudo formar el gobierno de transición. Queda en pie el último eslabón de la cadena: las elecciones libres.

         Entiendo que Juan Guaidó insista en la trilogía. Su giro hacia el reconocimiento de la realidad debe ser progresivo y lento. Lo que no comprendo y no comparto es que otros líderes opositores se aferren de manera ortodoxa a la tríada, cuando todas las evidencias indican que los esfuerzos hay que dirigirlos a arrinconar a Maduro para que acepte ir, en un plazo cercano, a unos  comicios tal como lo manda la Ley  Orgánica del Sufragio aprobada por ellos en 2009, cuando mantenían la hegemonía de la Asamblea Nacional. Para lograr este propósito ya se tiene el soporte internacional y podría obtenerse el respaldo del Alto Mando, núcleo al cual se le está haciendo cada vez más costoso sostener a Maduro en el poder. Si los militares calzan en este mecano, Maduro tendrá que medirse sin apelaciones.

Imponerle a Maduro su propia Ley no resulta nada sencillo. Le aterroriza una consulta transparente y justa, con un nuevo CNE, con la posibilidad de que los venezolanos en el exterior sufraguen, con un REP depurado, sin presos políticos, ni inhabilitados. Llegar a un acuerdo en el que participen los actores internacionales y los líderes que aún quedan en el país, será el resultado de una batalla gigantesca. Para alcanzar esta cota, Maduro deberá aceptar, aunque sea de forma indirecta, que los comicios de 2018 fueron fraudulentos y que, en consecuencia, tendrá que someterse a una nueva evaluación popular. Este vuelco sería fenomenal. Hasta ahora, su argumento más firme ha sido que la consulta del 20-M fue más cristalina que agua de manantial. Tal fue su razonamiento ante el periodista Jorge Ramos y en numerosas comparecencias públicas. Tendrá que tragar grueso para aceptar el escamoteo.

Para obligarlo a admitir la trampa existen varios factores cruciales en los cuales apoyarse: el respaldo y la presión internacionales, que no cederán mientras Maduro se pasee por los pasillos de Miraflores; la grave situación nacional, el descontento y la conflictividad social que lo acompaña; las diferencias dentro de Psuv; el malestar dentro de los militares y la brecha entre los cuadros bajos y medios con el Alto Mando.

Los países que apoyan la salida pacífica y electoral han ido cuadrando. Falta alinear los factores internos fundamentales.

@trinomarquezc

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lunes, 10 de junio de 2019

¡Y TODAVÍA SIGUE ALLÍ!

HUMBERTO GARCÍA LARRALDE
Por más increíble que parezca, el monstruo que tanto daño ha infligido a los venezolanos, que es repudiado por la inmensa mayoría, desconocido por los gobiernos de más de 60 países democráticos, acusado de violar sistemáticamente los derechos humanos en foros internacionales, continúa usurpando el poder después de seis meses. Seis meses, tenemos padeciendo de un enfermo sin escrúpulo alguno para proseguir, al costo que fuera, con sus políticas de destrucción y expoliación nacional. Decían que dónde pisaba el caballo de Atila no crecía la hierba, expresión de la saña con que su jinete destruía todo vestigio de civilización (romana). El régimen de Maduro lo ha superado con creces.
Al verlo en la entrevista con el periodista Jorge Ramos, sorprende su empeño en eludir preguntas embarazosas repitiendo sandeces aprendidas de manuales comunistas de los años sesenta. Se presenta al entrevistador como presidente “obrero” (¡!), como si tal farsa confiriera a sus opiniones alguna autoridad. Sumido en la más absoluta estulticia, repite clichés acartonados para despachar a Ramos como de “derecha”, “militante político de la oposición” “agente del imperialismo”. En fin, un personaje de lo más patético, incapaz de abordar el mundo real sin muletillas ideológicas obsoletas, cayéndose repetidamente a embustes en un intento por obviar el juicio demoledor de sus compatriotas. Por si las dudas, se hizo patente que estamos en manos de un energúmeno totalmente ajeno a cualquier posibilidad de compartir salidas a la terrible situación del país.
Pero peor todavía son los militares que lo mantienen en el poder. Sorprende que, durante todos estos años, ninguno haya hecho nada para librar a los venezolanos de tanto sufrimiento. Son resultado de un proceso de “selección adversa” aplicado deliberadamente durante años para promover a los más viles y ruines como encargados de su custodia y para ocupar los cargos de mando de la Fuerza Armada y, en particular, de los cuerpos de seguridad de estado. Proporcionan una medida de las labores de limpieza y desintoxicación que habrá que emprender una vez desalojemos a las mafias del poder. Aun así, asombra que ninguno haya sentido siquiera la más mínima angustia ante los crímenes de Maduro y los suyos como para tomar la determinación de ponerles fin. Parece que estamos ante un núcleo duro y curtido de desalmados, que erradicaron toda sensibilidad o criterio moral ante tanto padecimiento.
Para los investigadores Yates y Farah, constituyen la Empresa Criminal Conjunta Bolivariana[1] que ha esquilmado centenares de miles de millones de dólares del país, extendiendo sus tentáculos a cuentas bancarias y negocios turbios a nivel internacional. El agravante es que, además de la solidaridad intermafiosa para depredar a sus anchas un coto de caza tan lucrativo como ha sido Venezuela, se inviste de una farsa “revolucionaria” para encubrir sus desmanes y legitimarse ante el pensamiento “progre” mundial. Este ardid tiene gran efectividad, no porque la mafia se crea realmente su impostura, sino porque está obligada a hacer de ella una realidad alternativa, inexpugnable, como refugio ante sus crímenes. Busca aislarse en una burbuja autocomplaciente cargada de epítetos con los cuales auto-absolverse y revertir la carga en contra de sus acusadores, como se evidenció con la patética actuación de Maduro con Jorge Ramos. Al haber traspasado todo límite moral, ético y humano en su trato con los venezolanos, los mafiosos se han trasladado a un limbo sin contacto con la realidad, cuyos únicos referentes son aquellos que los eximen de todo cargo de conciencia, Así pueden proseguir, sin remilgos, sus negocios. Representa una necesidad existencial, un asunto de sobrevivencia.
La gran pregunta es, ¿Con estos señores se puede negociar un acuerdo para que se vayan?
Por supuesto, cualquier posibilidad de resolver la grave situación actual sin derramamiento de sangre, es preferible.  Pero hay que tener claro con quién se negocia y para qué. De tratarse de una dictadura militar habría un piso de racionalidad y de intereses definidos, con base en el cual una adecuada combinación de amenazas, concesiones y ofertas de perdón podría generar eventualmente una solución consensuada que abriese las puertas a la recuperación del país. Pero no es una dictadura militar porque los militares dejaron hace tiempo de ser una institución. No existe unidad de mando, respeto por las jerarquías, un cuerpo de valores y/o de directrices que los unifiquen en torno a objetivos compartidos, ni la confianza requerida para coordinar esfuerzos ni el apresto, los repuestos y servicios de apoyo requeridos para ser operativos. La mentida columna vertical del régimen fascista de Maduro está carcomida por la anomia que resulta de apetencias y prácticas mafiosas que se imponen a todo lo demás. Se trata de una mafia militarizada, no de una institución. Con Pinochet se pudo negociar porque detrás de él había una institución capaz de ponderar la gravedad de la situación a que se enfrentaban de desconocer los resultados del plebiscito de 1988.
Y, si se examina el resto de la oligarquía expoliadora, tampoco se consigue piso sólido como para sostener una negociación seria. A pesar de las expectativas creadas ante la imperiosidad de encontrarle salidas a la terrible crisis que está acabando con el país, los venezolanos nos enteramos de que el matrimonio reciente de la hija de Cabello dilapidó la bicoca de 16 millones euros, que el susodicho se fue para la Habana para organizar el Foro de Sao Paulo en nuestro país el próximo mes, que la fraudulenta asamblea constituyente se auto extendió su “vigencia” hasta finales de 2020, y que Maduro quiere elecciones, ¡pero de la Asamblea Nacional! Mientras, unos 33 parlamentarios son perseguidos o presos, habiéndoles allanado arbitrariamente su inmunidad. La vida de los mafiosos sigue como si nada. ¿En qué planeta habitan? Estamos frente a un estado fallido que no respeta a Maduro pero lo mantiene ahí como ”pararrayo” que los ampara ante toda crítica a sus negocitos particulares. ¿Quiénes serán los negociadores, qué garantías ofrecen?
Es erróneo plantearse la negociación como alternativa a una solución de fuerza. Es, más bien, el último paso para evitar una solución de fuerza que, de otra manera, parece inexorable. El apaciguamiento no funcionó con Hitler. Tampoco lo va a hacer con los fascistas venezolanos y sus mentores cubanos. Para eso el blindaje ideológico. Pero la solución de fuerza no parece depender de nosotros, a menos que aparezca el mítico militar institucionalista venezolano dispuesto, como Larrazábal hace 50 años, a liderar el desplazamiento de Maduro. De no ser así, estamos a merced de nuestros aliados internacionales, la mayoría de los cuales son renuentes a una intervención militar. Un desafío de la diplomacia democrática es saber explicar las complejidades del problema que enfrentamos. Y, ante el reproche de que corresponde a los venezolanos resolver nuestros problemas, me remito a los alemanes bajo Hitler.

Dos grandes problemas acotan las posibilidades de una solución negociada factible. Una, que el gobierno de transición que surja sea económicamente viable. Dada la devastación sufrida, ello será imposible sin un generoso financiamiento internacional. Ahora bien, ningún ente va a prestar ingentes cantidades de dinero a un gobierno en que participen representantes de la mafia. ¿Es posible que las mafias accedan a una coalición en la que no estén? El segundo problema es la necesidad de contar con un estamento militar confiable que sirva, en última instancia, como sostén de un principio de autoridad en torno al orden constitucional. ¿Un contrasentido? Muy posible, pero estamos frente a un país que puede dejar definitivamente de ser ante el arrase que han hecho de sus instituciones, normas y valores de convivencia, las mafias y los contingentes de malandros “revolucionarios” empoderados. El demonio de la anomia y la anarquía. ¿Estaremos a la altura de este desafío?


Humberto García Larralde, es economista, profesor de la UCV, humgarl@gmail.com


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