martes, 24 de enero de 2017

VENEZUELA: NUEVO INTERREGNO, LA ESTABILIDAD NEGATIVA


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MICHAEL PENFOLD

PRODAVINCI

La actual crisis venezolana es en todas sus dimensiones una crisis estructural. Es difícil visualizar la posibilidad de un cambio en las perspectivas sociales, económicas o políticas, que cada vez están más íntimamente interrelacionadas, sin pensar en alguna transformación repentina que permita promover un nuevo comienzo. El país desea soñar un futuro diferente pero su realidad lo mantiene tortuosamente atrapado en el presente.
Es indudable que en el 2016, luego del sorprendente triunfo de la oposición en las elecciones legislativas, se llegó a pensar que la dimensión política de la crisis venezolana podría suministrar una renovada fuente de transformación histórica, sobre todo por lo que implicaba constitucionalmente que unas fuerzas de oposición obtuvieran una mayoría calificada en la Asamblea Nacional. Sin embargo, la forma como el chavismo nombró preventivamente los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, el apresurado anuncio inaugural del liderazgo parlamentario de una salida en seis meses del Presidente de la República, la abrupta suspensión del referéndum revocatorio, el quiebre de la mesa de negociación, la falta de coordinación del mundo opositor, el férreo control institucional del gobierno sobre el resto de los poderes públicos y la forzada desmovilización ciudadana, lograron poner en suspenso la capacidad de los agentes políticos de modificar irreversiblemente la situación nacional.  Ahora el país padece una crisis de expectativas.
Una vez consumado el fracaso de la salida constitucional que prometía inexorablemente suceder a los sorpresivos cambios del mapa electoral venezolano, comenzó a hacerse evidente que la dimensión política del conflicto que padecemos carecía del poder suficiente para modificar un equilibrio, que si bien puede ser inestable, luce mucho más duradero de lo que hace unos meses atrás estábamos todos dispuestos a aceptar. El gobierno claramente no está plenamente consolidado pero sí ha logrado obtener su objetivo más preciado: sobrevivir.  Lo ha hecho suspendiendo hasta nuevo aviso el derecho al voto y haciendo ver que cualquier convocatoria electoral futura será resultado más de una negociación política, todavía incierta, que producto del cumplimiento de unas normas constitucionales. Curiosamente, el costo político de semejante arbitrariedad lo ha pagado la oposición (envuelta en unas enconadas y absurdas diatribas internas que le han restado asertividad y credibilidad frente a sus grupos de apoyo); mientras que el gobierno ha logrado astutamente evadir la responsabilidad política de lo que supone unas acciones que son no sólo abusivas sino claramente inconstitucionales.
En el plano económico, la recesión continuó profundizándose ante la insistencia del chavismo de mantener a toda costa un modelo de controles de cambio y de precios que ha dejado al país dilapidado y exhausto. El gobierno siempre podrá realizar algunos ajustes a su actual esquema de controles pero serán simples modificaciones parciales (ni siquiera reformas) con poco impacto sobre la actividad productiva y mucho menos podrán detener la espiral inflacionaria sin un programa de estabilización creíble. Según las cifras no oficiales que se lograron filtrar del Banco Central de Venezuela, y publicadas a través de una agencia de noticias en el exterior, la contracción económica en el 2016 alcanzó más de 18 puntos del PIB y la inflación superó el 800 por ciento. Lo que para muchos analistas era una constatación anecdótica se ha convertido en una certeza estadística: estamos sumergidos en el peor colapso económico de la historia contemporánea de Venezuela.
Algunos aducirán que un precio petrolero que para el 2017 parece estar en franca recuperación, como resultado de los acuerdos de recortes de la OPEP, y un costoso ajuste externo en materia de importaciones que cerró el año en 18 mil millones de dólares, debería en teoría permitirle al gobierno un poco más de margen de maniobra financiera. Ciertamente, el gobierno tendrá mayor holgura pero tampoco lo suficiente como para reimpulsar el país. Es evidente que Venezuela, sin un programa económico que le otorgue acceso inmediato a los mercados internacionales y que le ayude a atraer inversión privada, continuará siendo un país con mayores presiones inflacionarias y una caída continua del crecimiento. El Fondo Monetario Internacional anticipa que mientras América Latina va a crecer a una tasa de apenas 1.2 por ciento en el 2017, Venezuela se contraerá en 6 puntos del PIB y experimentará una aceleración hiperinflacionaria debido al creciente financiamiento monetario de su déficit fiscal.
Ante esta realidad, PDVSA probablemente no pueda financiar las inversiones que necesita para estabilizar su producción petrolera y detener la caída de más de 200.000 barriles diarios que experimentó el año pasado. La razón es que los compromisos de pago de deuda externa en el 2017, que aún siendo menores que en el 2016, seguirán siendo cuantiosos y por lo tanto el flujo de caja de la petrolera estatal se mantendrá muy ajustado. Bajo este escenario, el sector privado continuará sin tener los incentivos para invertir en el país pues deberá seguir lidiando con la falta de acceso a divisas y tendrá que mantenerse haciendo piruetas para superar todo tipo de barreras regulatorias. Tan sólo una transformación en la política petrolera que le permita a los socios privados de PDVSA –bajo el actual esquema que establece la legislación en materia de hidrocarburos- tener un mayor control directo sobre las operaciones, un sistema cambiario competitivo y un renovado foco estratégico en los campos marginales, podría llegar a modificar en el corto plazo esta triste tendencia. Para el sector privado no petrolero, las perspectivas lucen aún más complicadas pues su futuro depende de un giro en el modelo productivo y en la remoción definitiva del resto de los controles sobre la economía. Algo que difícilmente llegará a suceder frente a un gobierno que insiste en esconder sus deficiencias utilizando la excusa de ser víctima de una absurda guerra económica.
Tan sólo queda la dimensión social como potencial factor de cambio y su verdadera incógnita: los niveles de conflictividad.
Las protestas sociales como consecuencias de la crisis económica y el rápido empobrecimiento de los venezolanos, sobre todo en el interior del país, han venido aumentando significativamente. Los eventos del año pasado en Cumaná, Tucupita, San Félix y Ciudad Bolívar mostraron una población desesperada ante las consecuencias de una política económica que profundizó el desabastecimiento, pulverizó el salario y aumentó la inequidad. Hasta ahora esta conflictividad ha estado focalizada en centros urbanos de menor tamaño con poco impacto en zonas de mayor densidad como Caracas, Maracaibo, Valencia o Barquisimeto. Tan sólo protestas de cierta magnitud, que logren filtrarse hacia zonas urbanas de mayor escala -pero sobre todo hacia la zona metropolitana-, podrían hacer que el gobierno enfrente una situación de emergencia que desborde sus capacidades. Algo que claramente todavía no ha ocurrido y que hasta ahora ha sido contenido de forma efectiva por las fuerzas de seguridad.  Esto no quiere decir que los ciudadanos no estén dispuestos a protestar. Lo hacen cada vez más intensamente pero todavía de una forma relativamente aislada.
El gobierno anticipa este riesgo y es por ello que profundiza la implementación tanto de los CLAPs como la entrega del Carnet de la Patria. El primero como un mecanismo asistencialista en materia de alimentos para garantizar un control territorial sobre los sectores de bajos ingresos y el segundo como un subsidio directo que probablemente sea condicionado clientelarmente para tratar de recuperar la base electoral del chavismo que se ha visto seriamente disminuida. Es evidente que este esfuerzo tendrá algunos réditos pero también es verdad que sin modificaciones profundas en la política económica estos esfuerzos van a ser poco duraderos. La razón es que esta política social -que supone en términos reales una expansión importante del gasto público-, no puede ser financiada responsablemente al menos que haya una nueva política cambiaria así como un aumento del precio de la gasolina. Sin estos cambios en la política económica, las acciones para mejorar la compensación social de una forma directa, lo cual es necesario, van a profundizar las presiones inflacionarias y en poco tiempo estos distintos subsidios serán cada vez menos efectivos. Es por ello que para el Presidente Maduro repetir los efectos políticos que alcanzaron las distintas Misiones de Chávez en el 2004 será una apuesta difícil de emular, sobre todo bajo el actual contexto petrolero, y como consecuencia de las grandes distorsiones acumuladas de una política cambiaria, monetaria y fiscal claramente disfuncional.
Es así como hemos entrado en un escenario de estabilidad negativa. El gobierno ha actuado de una forma efectiva al profundizar su lógica de supervivencia política a cambio de terminar de desinstitucionalizar lo que quedaba del sistema electoral y de sacrificar el bienestar material de todos los venezolanos. Curiosamente esta lógica le permitió suspender el cronograma comicial sin incurrir en mayores costos tanto en el plano doméstico como internacional. El Presidente Maduro con 18 por ciento de popularidad supera los números de aprobación de Santos en Colombia, Peña Nieto en México y Bachelet en Chile. La oposición, en un contexto social y económico cada vez más complejo ante la profundidad de la crisis, que le debió haber sido políticamente más favorable, y que le hubiese dado la oportunidad de conectar con nuevos segmentos de la sociedad, incluso con el chavismo, perdió credibilidad debido a sus divisiones internas para enfrentar oportunamente la suspensión del referéndum revocatorio. La decisión posterior de la Asamblea Nacional de declarar el abandono del cargo del Presidente de la República, sin poder ejecutarlo en la realidad, fue un ejercicio de pura ficción que le resto aún más credibilidad política.
Pero este interregno tiene un tiempo finito: las elecciones presidenciales. Durante este nuevo periodo de hibernación la espera será larga y probablemente los actores también serán otros. Es improbable aunque tampoco imposible que el gobierno logre justificar la suspensión de esta contienda aunque seguramente continuará dividiendo a la oposición a través de distintos estratagemas: persecusión a los sectores más radicales, anulación de la tarjeta de la Unidad, incremento en los requisitos de legalización de los partidos políticos y más inhabilitaciones políticas. En ese contexto, el reto de la oposición será fortalecer la unidad y establecer una verdadera coordinación tanto en el plano nacional como internacional para impulsar las elecciones, ampliar la coalición hacia nuevos sectores sociales, incluyendo al chavismo, para promover un acuerdo nacional transitorio. Algunas fuerzas dentro de la oposición harán esfuerzos loables por convocar unas elecciones regionales y locales en el 2017, que muy probablemente continuarán siendo postergadas, pues su realización dependerá exclusivamente tanto de la voluntad gubernamental como de la presión social e internacional. Durante los próximos meses, la comunidad internacional insistirá en la conveniencia de una salida negociada pero el gobierno continuará sin voluntad real de cumplir con sus compromisos y la oposición vacilará ante la pertinencia de un acuerdo. En el fondo ambos actores desean lo imposible: una negociación que implique una victoria aplastante frente al otro; lo cual es intrínsicamente contradictorio.  Hipócritamente ambos actores niegan lo evidente: el país requiere un pacto de gobernabilidad con garantías mutuas que ante la falta de árbitros nacionales tan sólo puede ser facilitado por esa misma comunidad internacional de la que tanto desconfían.
La sociedad venezolana en este escenario quedará desorientada. La población, quizás en un acto de desesperación espontánea, altere repentinamente el futuro del país. Pero semejante apuesta es un acto de fe más que una certeza política. El 23 de Enero hizo ver que la calle no existe sin coordinación política. Es por ello que en estos momentos tan complejos lo que el país requiere es un liderazgo social responsable, es decir, con transparencia y sinceridad en el discurso y que transmita amplitud y solidaridad. El gobierno para poder seguir sobreviviendo continuará levantando un muro de contención para atrincherarse. Y para superar este obstáculo, la sociedad venezolana deberá crear nuevas formas de articulación social que le permitan canalizar sus expectativas de cambio. Solo una sociedad dispuesta a presionar organizadamente tanto al gobierno como a la oposición -pero también que esté dispuesta a abrir nuevos canales de comunicación con todas las fuerzas vivas del país, independientemente de su carga valorativa- logrará materializar una salida electoral. Este es el reto para Venezuela. Y ese reto supone la restauración de una verdadera convivencia democrática.

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El numeral 14 como clave

ANGEL OROPEZA
EL NACIONAL
Partamos de un elemento clave que algunos olvidan con preocupante facilidad: enfrentar una dictadura militarista, armada y corrupta, con herramientas y estrategias democráticas no solo es difícil, sino que requiere –para tener éxito– de la participación conjunta y coordinada de todos los sectores de la sociedad.
Es por ello que, a pesar de las diferencias de enfoque estratégico que coexisten en el seno de la oposición venezolana, todos coinciden en la importancia de la presión popular en cualquier hoja de ruta conducente al cambio político, y de la presencia del componente “calle” como elemento esencial de la estrategia.
Ahora bien, “calle” no es solo ocupar con gente metros cuadrados de asfalto, ni “presión popular” es llamar sin más a la expresión catártica de legítimas indignaciones. Para que la protesta y la presión social tengan el éxito que de ellas se espera, se requiere dotarlas de tres componentes esenciales: organización, disciplina y direccionalidad política. Sin ellas, la calle no podrá alcanzar la necesaria eficacia para convertirse en el elemento clave de una estrategia de presión sistemática, inteligente e insoportable que socave las bases institucionales y de soporte del régimen autoritario, y le obligue, buscando para sí el menor daño, a permitir que el pueblo pueda finalmente expresarse por vías electorales.
Los índices de conflictividad social hoy en Venezuela revelan una situación de literal ebullición. No obstante, las protestas y acciones de calle, si bien cada vez más frecuentes, siguen siendo fragmentadas e inconexas entre sí. Es imprescindible articularlas y agregarlas si se quiere transformarlas en agente eficaz de cambio.
Sobre esta necesidad ineludible se acaban de pronunciar hace pocos días los obispos venezolanos a propósito de su 107 Asamblea Plenaria ordinaria. Luego de un agudo análisis sobre la situación del país, la Conferencia Episcopal presenta algunas propuestas y cursos de acción, unos dirigidos al gobierno, y otros, a la dirigencia democrática. Pero el numeral 14 de su documento final hace un exhorto a todos los integrantes de lo que se conoce como sociedad civil, “a lograr puntos de encuentro que favorezcan la articulación de los diversos sectores en un proyecto común de país”.
En nuestro país, desde hace rato la gente está en la calle, en una agotadora lucha de supervivencia cotidiana y expresando de muchas maneras su descontento e indignación. Diversos sectores sociales –sindicales, estudiantiles, vecinales, universitarios, obreros, gremiales– vienen multiplicando sus acciones de calle y sus movilizaciones particulares. Sin embargo, para lograr progresivamente el objetivo de convertir a la ciudadanía en sujeto activo y protagónico de la transformación política, es necesario comenzar por diseñar y conformar una plataforma de conexión orgánica tanto entre la multiplicidad de sus actores y componentes, como entre estos y la dirigencia política democrática.
Esta plataforma permitiría la necesaria comunicación entre las distintas organizaciones sociales, que cada una sepa qué hace la otra, apoyarse mutuamente y potenciar su acción, reforzar la eficacia política de su actividad o movilización, y establecer mecanismos mínimos de coordinación de sus protestas, no solo para erosionar las estructuras de soporte oficialista sino para que esa misma organización se convierta en un factor de gobernabilidad cuando se materialice el cambio político. Además, una red de esta naturaleza se convertiría en un crucial recurso de apoyo a la estrategia de la Mesa de la Unidad Democrática, respetando tanto la dirección que corresponde a los partidos políticos como la autonomía de las organizaciones sociales.
Los meses por venir requieren, como nunca, de unidad. Unidad en los objetivos, la movilización y la estrategia. Pero no solo unidad del liderazgo político. Una plataforma de conexión entre nuestros principales sectores sociales organizados puede resultar la clave que hacía falta para voltear definitivamente el juego.

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lunes, 23 de enero de 2017

FMI: Venezuela sigue sumida en profunda crisis que avanza hacia la hiperinflación

Ene 23, 2017 10:28 am

El Fondo Monetario Internacional (FMI) dijo hoy que Venezuela “continúa sumida en una profunda crisis económica que avanza hacia la hiperinflación” por el déficit fiscal y las restricciones económicas. “Para 2017 se proyecta una marcada contracción de la actividad económica, y se prevé que la inflación continúe acelerándose”, reseña Reuters.
En una actualización de las perspectivas económicas de América Latina, el director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, Alejandro Werner, también planteó un panorama cauto en el que reiteró con más detalles las proyecciones para la región, México y Brasil que ya había adelantado la semana pasada.
La economía de México entra en un terreno difícil por los planes del gobierno del presidente estadounidense Donald Trump, mientras que la actividad productiva de Brasil seguirá afectada este año por las consecuencias de la peor recesión de su historia, dijo el lunes el Fondo Monetario Internacional (FMI).
“Las perspectivas (para México) están empañadas por la incertidumbre en torno a la política comercial de Estados Unidos, la cual, sumada a las condiciones financieras más restrictivas, frenará la actividad económica”, indicó el organismo.
Trump sostuvo el domingo que conversará pronto con los líderes de Canadá y México para comenzar a renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). La Casa Blanca dijo que el presidente de México, Enrique Peña Nieto, se reunirá el 31 de enero con su homólogo estadounidense.
La economía mexicana, que ya venía con un repunte flojo del impacto de la crisis global de 2008-2009, sufrió un revés el año pasado cuando Trump irrumpió en las elecciones de Estados Unidos. El peso se depreció y presionó a la inflación, al tiempo que las inversiones se congelaron por la incertidumbre.
Trump y su gobierno han ratificado los planes de construir un muro fronterizo y aplicar un impuesto a las importaciones mexicanas para garantizar la seguridad y el empleo de los estadounidenses, pero aún no se conocen detalles de las iniciativas, que podrían quedar más claras esta semana.
“Para mantener la confianza del mercado y situar la deuda pública firmemente en una trayectoria descendente, es importante perseverar en la consolidación fiscal”, dijo el FMI sobre México. “El endurecimiento de la política monetaria debería ayudar a mantener bajo control las expectativas inflacionarias”.
Desempleo alto en Brasil
En Brasil, donde el gobierno del presidente Michel Temer promueve un plan de austeridad fiscal para recuperar la fe de los inversores ante graves denuncias de corrupción, el FMI habló de “una demora en la recuperación económica porque el gasto privado sigue siendo débil”.
Temer dijo este mes en una entrevista con Reuters que su prioridad será la creación de empleo a medida que la economía se recupera, descartando especulaciones respecto de que un escándalo de corrupción vaya a obstaculizar las reformas laborales y de pensiones.
Pero el Fondo dijo que “los altos niveles de desempleo y de endeudamiento del sector privado continuarán imponiendo un lastre a la demanda”.
El tono del FMI para Argentina fue algo más optimista, por más que sus cálculos de la evolución del PIB para el año pasado y 2017 fueron revisados a la baja.
“La continuidad del ajuste macroeconómico y los avances en el fortalecimiento del marco institucional ayudarán a apuntalar la confianza de los inversionistas en las metas fiscal y monetaria y a propiciar un repunte de la inversión privada”, dijo, en un guiño al gobierno del presidente Mauricio Macri.
En cambio, el FMI dijo que Venezuela “continúa sumida en una profunda crisis económica que avanza hacia la hiperinflación” por el déficit fiscal y las restricciones económicas. “Para 2017 se proyecta una marcada contracción de la actividad económica, y se prevé que la inflación continúe acelerándose”, agregó.
En el caso de Colombia, el organismo con sede en Washington destacó que el crecimiento se verá afianzado por el acuerdo de paz recientemente firmado y por una reforma tributaria que generará espacio para gastos en infraestructura y programas sociales.
Respecto de Perú, el FMI dijo que “la atención debería centrarse ahora en una consolidación fiscal gradual”. Sobre Chile, advirtió de que las inciertas perspectivas regionales, las tasas de interés más altas en el exterior y “la aún escasa confianza interna” podrían poner trabas a una recuperación.

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domingo, 22 de enero de 2017

Las seriales


       Mario Vargas Llosa

El País

La televisión ha encontrado por fin un producto original y divertido al que está sacando excelente provecho: las seriales. Ellas existían hace mucho tiempo en el cine, pues yo recuerdo que, en mi lejana infancia cochabambina (en Bolivia), todos los domingos, con mi amigo Mario Zapata, el hijo del fotógrafo de la ciudad, luego de la misa en La Salle nos íbamos al cine Achá a ver los tres episodios de la serial de turno —solían tener doce—, aventurera y tranquilizadora, porque en ella los buenos ganaban siempre a los malos. Pero después el cine las olvidó y, ahora, la televisión las ha resucitado con éxito.
Están generalmente muy bien hechas, con gran alarde de medios, y mantienen la continuidad pese a que los guionistas y directores cambian de capítulo a capítulo y las historias se alargan o acortan en función del interés que despiertan en los televidentes. Suelen ser entretenimiento puro, sin mayor pretensión, con algunas excepciones, como The Wire (Bajo escucha), fascinante exploración de los guetos y barrios marginales de Baltimore en la que, créanlo o no, casi todos los actores negros que mascullan tan bien el slang local ¡son ingleses!; y Borgen, sobre las intrigas y avatares políticos de ese civilizado país que es Dinamarca. Pero acaso la diferencia más significativa de las seriales que entretienen a millones de televidentes como las que veía yo en el cine Achá, es que en las de ahora invariablemente los malos ganan a los buenos. En ellas, si uno comete la impertinencia de compararlas con el mundo real, ocurren cosas disparatadas, absurdas, locas. Pero no importa nada, porque una ficción, sea en los libros, en el escenario o en una pantalla, si está bien contada, es creíble, coincida o discrepe con la vida que conocemos a través de la experiencia.
Algo que hay que admirar en las seriales norteamericanas, además de la calidad técnica y el formidable despliegue de escenarios y extras de que suelen disponer, es la libertad con que utilizan, generalmente desnaturalizándolos, hechos y personajes de la historia reciente y la ferocidad con que, a menudo, manipulan y distorsionan las instituciones y autoridades para conseguir mayores efectos en la anécdota y sorprender y enganchar más a su público. House of Cards, por ejemplo, una de las mejores, describe la irresistible ascensión en el laberinto del poder norteamericano de una pareja de inescrupulosos, cínicos y delictuosos políticos que, dejando a lo largo de sus peripecias toda clase de víctimas inocentes, incluido algún asesinato, llegan nada menos que a la Casa Blanca con total legalidad. La serie es muy entretenida, los actores son excelentes, y la moraleja que queda machacando en la memoria del televidente es que la política es una actividad despreciable y criminal donde sólo triunfan los canallas y la gente decente e idealista es siempre aplastada.
No menos negativa es la visión de la realidad política estadounidense e internacional en la magnífica Homeland, cuya sexta temporada acaba de comenzar y que yo sigo con la avidez con que seguía de joven las sagas de Alejandro Dumas. Aquí no es la presidencia de Estados Unidos la que está contaminada, sino nada menos que todas las agencias de inteligencia, empezando por la celebérrima CIA, cuya dirigencia es fácilmente infiltrada por agentes rusos o yihadistas o a cargo de imbéciles a los que cualquier enemigo les mete el dedo a la boca o los corrompe, sin que los heroicos Carrie Mathison —un personaje psicopatológico que parece creado para el diván del doctor Freud—, Peter Quinn y Saul Berenson puedan hacer nada para salvar al país y al mundo libre de su inevitable derrota ante las fuerzas del mal.

Solo como ficción se concibe que haya ganado las elecciones un señor como Donald Trump

Las seriales son una directa continuación de las radionovelas y telenovelas, y, sobre todo, de las novelas por entregas del siglo XIX —los famosos folletines— que, al principio en Francia e Inglaterra, pero, luego, en toda Europa, publicaban semanalmente los periódicos, y en las que incurrieron algunos grandes escritores como Dickens, Balzac y Dumas. Tienen, como denominador común, la ligereza, la efervescencia anecdótica, su desembozada voluntad de hacer pasar un buen rato y nada más a lectores o espectadores, su falta de ambiciones intelectuales y estéticas y la sencillez elemental de su estructura. Y, también, la inverosimilitud. Todo puede pasar en ellas porque sus autores y su público han hecho de entrada un pacto clarísimo: creer que se trata de ficciones, inventos entretenidos que no tienen nada que ver con la realidad.
¿Es eso tan cierto? Si escudriñamos con atención el año que acaba de terminar, en el aspecto fundamentalmente político esa verdad se parece mucho a una mentira. Porque sólo en una serial televisiva se concibe que haya ganado las elecciones presidenciales un señor como Donald Trump que, sin que le tiemble la voz, dice que los mexicanos que emigran a los Estados Unidos son “ladrones, violadores y asesinos”, que el Brexit es un ejemplo que deberían seguir otros países europeos, que desdeña a la OTAN tanto como a la Unión Europea y que admira a Vladímir Putin por su energía y liderazgo. ¿Las hazañas del antiguo agente de la KGB en Alemania Oriental y ahora a la cabeza de Rusia, no tienen acaso algo de las proezas terribles e inauditas de esos malos de las seriales? Desde que subió al poder se ha tragado parte de Ucrania, mantiene los enclaves coloniales de Abjasia y Osetia del Sur en Georgia, amenaza con invadir los países bálticos y, gracias a su intervención armada en Siria, tiene ahora una influencia y protagonismo de primer orden en el Medio Oriente. A diferencia de lo que ocurría durante la URSS, los periodistas y opositores molestos no van al Gulag, sólo mueren envenenados, apaleados o tiroteados en las calles por misteriosos delincuentes que luego desaparecen como por arte de magia. En Turquía un supuesto intento de golpe de Estado ha dado pie a la represión más salvaje y al retorno del oscurantismo religioso y el despotismo que se creían cosa del pasado. Y Venezuela, potencialmente uno de los países más ricos de la tierra, en el año 2016 llegó, en la frenética carrera hacia la desintegración a que la conduce la pandilla de demagogos e ineptos que la gobiernan, a una especie de apoteosis de la crisis terminal en que la ha sumido el “socialismo del siglo XXI”. ¿Será ese el destino de Francia si, como insinúan las encuestas, la señora Marine Le Pen, admiradora desembozada de Trump y de Putin, gana las próximas elecciones presidenciales?

Las hazañas de Putin tienen algo de las proezas de los malos en estas obras televisivas

O sea que, después de todo, se diría que el mejor espejo de las cosas horripilantes que pasan a nuestro alrededor en este despuntar del año 2017, no está en la gran literatura, ni en las películas realmente creativas, sino en esas seriales que, como llamaba Flaubert a los “personajes transitables”, son meros puentes que se cruza y olvida al instante, durante esos paseos que damos para limpiarnos la cabeza luego de muchas horas de trabajo.
Pues sí, ya que las cosas andan de este siniestro modo, distraigámonos viendo seriales en la pequeña pantalla, en este mundo sorprendente, que, luego de la extinción del comunismo, algunos ingenuos creíamos había emprendido un camino resuelto hacia la libertad y la prosperidad en vez de convertirse nada más y nada menos que en un reality show.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.
© Mario Vargas Llosa, 2017.



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¿QUIEN TEME A LAS REGIONALES?



               JEAN MANINAT


Obviamente que el gobierno tiene temor a la realización de las elecciones regionales. Es allí, en los estados, cada uno con su peculiaridad, donde late una falla -más peligrosa que la de San Francisco- capaz de causar un terremoto político de consecuencias fácilmente predecibles. En su momento (2016), las encuestas indicaban que la oposición tendría la posibilidad de ganar una amplia mayoría de gobernaciones dejando al oficialismo a la intemperie en materia de poder regional, aislado en Miraflores. Pero… ya conocemos la historia, se establecieron otras prioridades que orillaron a las elecciones regionales en la estrategia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y en el ánimo opositor.
En el cronograma, cautivo en alguna gaveta del Consejo Nacional Electoral (CNE), está previsto realizar las elecciones regionales en el primer semestre de este año. Así fue anunciado. Y ese debería ser el principal reclamo electoral de la oposición democrática, es el objetivo más realista e inmediato que se tiene. Pero todo indica que una vez más se podría imponer el maximalismo y se corre el riesgo de partir al asalto del cielo con las regionales de comparsa. Un combativo alcalde opositor razonó recientemente que era prematuro pensar en elecciones regionales y locales considerando la tragedia que vive Venezuela. Vea usted.
Exigir elecciones generales en este momento puede lucir muy loable, pero nos llevará de nuevo a una calle sin salida. Ciertamente, la defensa de los procesos electorales es una prioridad de la lucha democrática, sobre todo frente a gobiernos totalitarios o autoritarios. Pero el objetivo se hace más eficaz si está anclado en una exigencia concreta: el respeto a un cronograma electoral ya anunciado. Y en nuestro caso el primer evento electoral  pautado -ya para el año pasado- es la elección de gobernadores y, por tanto, tiene poco sentido perderse reclamando procesos fuera de serie. Es asunto de enfocar las prioridades, de apuntar a lo posible -aun cuando luce hoy difícil-, de seguir el tedioso pero necesario esfuerzo de acumular fuerza a pulso y tesón electoral.
Las elecciones regionales podrían ser el catalizador para recuperar la Unidad extraviada. Para revivir el esfuerzo unitario que condujo al contundente triunfo del 6D en el 2015 y recuperar el entusiasmo marchito gracias a la falta de sindéresis en la línea opositora. Amores son obras, y obras son hechos concretos, triunfos factibles, y no gestos homéricos, poses grandilocuentes que suelen terminar en la tragedia del fracaso recurrente.
Con las elecciones regionales, la MUD tiene la posibilidad de recuperar el tiempo perdido y conducir, una vez más, a un gran triunfo opositor. No será fácil, el gobierno hará de nuevo todo lo que esté a su alcance para no contarse, pero ya está demostrado que sí es posible derrotarlo electoralmente. Hay que recuperar la política, dejar de lado el discurso para cultivar el fuego de artificio de las graderías. Es menos extravagante, qué duda cabe, pero es más eficaz para la recuperación democrática.
¿Quién le teme a las regionales? 
@jeanmaninat

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CONTRA LA PROVINCIA

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               CARLOS RAUL HERNANDEZ

EL UNIVERSAL

Para enderezar las fuerzas democráticas se necesitan poderosos movimientos regionales que se activen para  elegir sus gobernadores. Hacer a los estados protagonistas en esta etapa y no volverlos a sacrificar como en 2016, abandonados en función del fulano RR. Se inmoló una generación de dirigentes que hoy podrían ser cabezas de la provincia para alivio de la ciudadanía. Hay que despojarse de uno de los vicios más nocivos de este desventurado país: el centralismo. Desde que Juan Vicente Gómez abatió a los caudillos en Ciudad Bolívar y La Victoria, el poder sólo se concentró y centralizó para convertir las entidades federales en apéndices flácidas, obedientes y no deliberantes. Las gobernaciones se usaban como consolación para compañeros fallidos en sus aspiraciones a parlamentarios o ministros.
Demasiado frecuentemente apenas habían ido de visita por los estados a los que designaban. Rendían cuentas al Presidente de la República y al partido, no a la comunidad, y sus gestiones fueron calamidades, porque a veces no sabían ni cuántos municipios había ni cómo se llamaban ni dónde quedaba la casa parroquial. Esa pesada rémora administrativa cambió en 1989 con las nuevas leyes de Elección y Remoción de Gobernadores y de Régimen Municipal, que abrieron paso a gobernadores y alcaldes que ahora reportaban a sus ciudadanos, eran sancionados o premiados por ellos, y una nueva era de eficiencia comenzó. La famosa acountability. La revolución reaccionaria comenzó por recentralizar los recursos para castrar los poderes locales. Hasta ahora no han podido eliminar su elección popular aunque lo desean con las entretelas de su corazón con paradójico apoyo de supuestos opositores.
 
¡Se me cayó el bebé!
Unos que se cayeron de la cuna recién nacidos razonan exactamente igual que el gobierno y le hacen el trabajo “¿para qué gobernadores sí les nombran protectores?”. Ante argumentos tan venusinos, vale preguntar a la gente de Lara, Miranda y Amazonas, si Falcón, Capriles y Guaruya son o no un vallado frente a las embestidas revolucionarias. Y a la de Aragua, Anzoátegui o Sucre si ellos prefieren cambiar los actuales o les da lo mismo que sigan. Lamentablemente perdimos la fuerza para presionar y negociar pero hay que exigir, aunque malogrados, lo que no la pone fácil. En vez de beber la arena de nuestros propios espejismos, habría que impulsar la acción y organización en los estados en torno a las elecciones regionales. Es cuesta arriba pero menos que la húmeda ensoñación de sacar al gobierno con un gancho al hígado y un upper de derecha a la quijada.
Olvidarse –esta vez para siempre– de la guerra de exterminio y pasar a la guerra de posiciones, como se venía hasta 2015. Pero los sueños no terminan y los que impusieron desde estridentes minorías la descalabrada radicalización, siguen soltando cachivache tras cachivache. Cuando la memorable y fallida sesión de la OEA sobre la imaginaria aplicación-de-la-Carta-Democrática, asombraba ver  gente de relativa instrucción celebrar alborozada “el triunfo” cuando lo que nos salvó del ridículo universal fue la autozancadilla de la Canciller, quien pidió una votación nominal sobre un tema aledaño y la molieron. Como el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, un venerable caballero local también soltó el mecate de tanto leer libros de caballería sobre el 23 de enero de 1958 y pasar en eso “las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio”.
 
La chistera y los chistes
Abstencionista, rapsoda de proclamas a los militares, acreedor plenipotenciario de la partida de nacimiento, forjador de decretos sentimentales, devoto de la magia del RR, ortodoxo calle-calle, luego pasado a los poderes  creadores de la declaración de vacante, quién sabe qué nuevo chiste sacará de la chistera. Se le ha visto por la UCV tal vez supervisando el arsenal que el gobierno denunció ocultaban en los sótanos de la Biblioteca, bazucas, Punto 50, AKAs, granadas, misiles y hasta algún tanque, escondidos detrás de esculturas de Calder, para lanzar las milicias contra Pérez Jiménez pero sin Larrazábal, el Ejército ni la Aviación. El adversario no es el Gigante Caraculiambro que atormentaba al Quijote, sino un poder que ha demostrado solidez, astucia, capacidad táctica y que pudo atravesar indemne las tremendas crisis política y social del 2016. Las pasó con la ayuda de los líderes del corazón.
Al próximo que subestime a quien ha sorteado semejantes atolladeros, lo menos que habrá que dedicarle es una trompetilla estereofónica vía satélite. La elección de gobernadores es el enfermo que merece todas las preocupaciones, y nuestros médicos tendrían que declararse en junta permanente para atenderlo, porque con él se irían al otro mundo demasiadas cosas. Los dirigentes regionales deben asumir la responsabilidad de no permitir que la corriente siga este disparatado curso, y hay suficientes gazapos para inventar nuevos. Exigir al liderazgo nacional que haga todos los esfuerzos para que se realice, invoquen al Vaticano, al Consejo de Seguridad de la ONU y a la misma Santísima Trinidad. Basta de novelones de caballería, de alfombras voladoras, encantamientos y ungüentos milagrosos. Hay que regresar a la política porque –tarde o temprano– no hay salida sin negociación.
@CarlosRaulHer
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En tres años Petróleos de Venezuela aumentó 170% la deuda de Citgo

En 2016 la petrolera duplicó las obligaciones que tiene con sus socios en las empresas mixtas, según el balance financiero. El economista Luis Oliveros señaló que el endeudamiento es muestra de la debilidad de la compañía 

A mediados de agosto de 2014 se supo que el gobierno tenía intenciones de vender Citgo, filial de Petróleos de Venezuela en Estados Unidos, por problemas de liquidez. Pero pocos meses después trascendió que ante ofertas de compra insuficientes las autoridades optaron por seguir otro camino: endeudar a la empresa. 

Desde entonces Citgo emitió más bonos hasta elevar sus obligaciones en más de 170%. Mientras al cierre de 2013 la deuda de Citgo era de 1,53 millardos de dólares, a finales de 2016 la cifra ascendió a 4,21 millardos de dólares, de acuerdo con el balance de la deuda financiera consolidada de Pdvsa, publicado esta semana.

“A Pdvsa le cuesta mucho endeudarse porque no la quieren en el mercado, por eso endeudó a Citgo, buscando reunir algo de dinero. No consigue tanto porque no es una empresa grande, pero en las condiciones en las que está cualquier ingreso le es favorable”, afirmó el economista y profesor universitario Luis Oliveros.

Aseguró que además del endeudamiento de Citgo, otro dato que preocupa del balance preliminar publicado por Pdvsa es el aumento de la deuda con los socios de las empresas mixtas. El documento muestra que mientras al cierre de 2015 la obligación de la Corporación Venezolana del Petróleo, S.A y sus filiales fue de 1,33 millardos de dólares, al cierre de 2016 subieron a 2,6 millardos de dólares. Es decir, que en un año el alza fue de 95,2%.

“La deuda con las empresas mixtas están subiendo porque Pdvsa les ha pedido dinero a sus socios para que el país pueda hacer frente a sus compromisos dentro de las mismas empresas. Se está endeudando para poder cumplir con lo que debe aportar y prometen que pagarán con ingresos futuros”, añade Oliveros.

El reporte detalla que la petrolera china Sinopec aumentó su financiamiento  44,34%, pues Pdvsa pasó de deberle 699 millones de dólares en 2015 a 1,25 millardos de dólares en 2016.
La española Repsol también financió a Pdvsa a través de la empresa mixta  Petroquiriquire. Al cierre del año pasado le había otorgado 545 millones de dólares.

Entretanto, el financiamiento de Chevron aumentó 35,7%. Mientras Pdvsa le debía 461 millones de dólares en 2015 por la empresa mixta Petroboscán, en 2016 la deuda ascendió a 626 millones de dólares.

Además, el banco ruso Gazprombank incrementó los préstamos 95,8%. La deuda de Pdvsa en la empresa mixta Petrozamora pasó de 73 millones de dólares en 2015 a 143 millones de dólares en 2016.

“El endeudamiento de Pdvsa con las empresa mixtas habla de la debilidad financiera que tiene la estatal. Por mucho tiempo la empresa ha sido usada para financiar cualquier gasto del gobierno, en lugar de dedicarse a negocios petroleros”, añadió Oliveros.

Sin alivio. El reporte de Pdvsa refiere que al cierre del año pasado la deuda financiera consolidada se ubicó en 41,02 millardos de dólares, una disminución de 6,15% o de 2,68 millardos de dólares si se compara con la que hubo en 2015. Ese año la deuda cerró en 43,71 millardos de dólares. El documento detalla que a diciembre de 2016 la petrolera le debe a tenedores de bonos 28,47 millardos de dólares, 1,67 millardos de dólares menos que al cierre de 2015, cuando se debían 30,15 millardos de dólares.

“Como uno de los logros importantes por destacar es la reducción de 2.689 millones de dólares estadounidenses de la deuda financiera total. Es importante resaltar que Petróleos de Venezuela se mantiene en permanente análisis y vigilancia de sus obligaciones financieras con la finalidad de desarrollar estrategias a corto, mediano y largo plazo que le permitan continuar brindando el máximo beneficio al pueblo venezolano”, dijo la estatal en una nota de prensa.

Sin embargo, para el economista Luis Oliveros no se trata de un gran logro. “La reducción de la deuda financiera se debe al vencimiento del Pdvsa 2016 y a la amortización de un tercio del Pdvsa 2017. Esa disminución en condiciones normales pudiera ser aprovechada para aumentar su deuda, pero dada la situación de Pdvsa nadie quiere asumir riesgos. Esto no genera alivios”. 

Pidió que se publique el informe de manera ampliada para que todos los venezolanos puedan conocer mejor cómo se está manejando la principal empresa del país.
 
LAS CIFRAS

- 674,8 bolívares por dólar es el tipo de cambio implícito que se desprende en el balance de la deuda financiera de Pdvsa

- 5,8% Se redujo la deuda con tenedores de bonos en 2016

- 1,25 millardos de dólares debe Pdvsa a su socio chino en la empresa mixta Sinovensa

- 4,21 millardos de dólares es el compromiso de Citgo, de acuerdo con el balance de la deuda financiera consolidada de Pdvsa

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