jueves, 29 de junio de 2017

La transfiguración de Nicolás Maduro


Ibsen Martinez

El registro cronológico de los gustos vestimentarios de Nicolás Maduro sugiere que erigirse tirano fue siempre el designio secreto, no solo suyo, sino también de quienes lo necesitan como sanguinario fantoche de una narcodictadura militar pura y dura.
Por los días en que su mentor, Hugo Chávez, andaba aún sobre la tierra exhibiendo, abotagado y risueño, los estragos de la mexadetasona, como si pensara seriamente regresar con vida de una cuarta, tal vez también de una quinta, sexta o hasta séptima visita a los quirófanos cubanos (¡la medicina cubana es milagrosa!), Maduro vestía de traje oscuro y corbata. Sartorialmente hablando, Maduro era por entonces indistinguible de cualquier guarura mexicano.
En Venezuela la voz guarura designa un instrumento aerófono precolombino hecho de una concha marina de regular tamaño que, al soplarse, deja escapar un ulular muy semejante al de un león marino. En México, en cambio, ¡cosas del habla en cada patio de nuestra América!, guarura es voz de origen posiblemente tarahumara que designa sin más al guardaespaldas. Vestido con su traje de confección, y mucho más si gasta bigotazo, el guarura mexicano estándar es indistinguible de Nicolás Maduro en tiempos en que era eso, precisamente, un guarura más de Chávez, debidamente camuflado como vicepresidente o canciller.
Tan pronto el Comandante Eterno dio el salto del tordito guanabanero, en marzo de 2013, Nicolás, ya ungido sucesor, dio en imprimir paulatinos cambios a su “torpe aliño indumentario”. Lo primero que hizo fue tocarse con un sombrero de yarey, de horma cubana. De la guayabera roja hablaré luego; aparquemos por un párrafo o dos en esto del sombrero de yarey.
De lejos puede tomarse por un sombrero campesino venezolano, con el que se protegería de la inclemencia del sol un mozo de faena llanero en una novela de Rómulo Gallegos. Pero bien sabemos que hoy día nuestros llaneros ya no se tocan con sombreros de palma sino con gorras de béisbol, cascos de vinilo desechados por Petróleos de Venezuela, y, en casos de extrema vanidad, con esa variante del borsalino de piel de conejo y ala ancha, hecho en Italia, que al llanero le recuerda el pelaje gamuzado del fruto del guamo, singular leguminosa tropical. Y, si el llanero es chavista, no va a caballo, sino en pick-up Toyota Tacoma.
Fue risiblemente tocado con ese pobretón y anacrónico sombrero de desflecado yarey cubano, que Maduro vio a Chávez transfigurado en un tucusito (chrysolampis mosquitus) por conducto del cual el Comandante Eterno habló desde el más allá. Si bien el chrysolampis mosquitus, abundante en Venezuela, no es ave prensora, no es menos cierto que Chávez fue en vida hombre corpulento y muy parlero y es concebible que, al verse reencarnado en un pajarito de apenas ocho centímetros de largo, la sobredosis de dexametasona llevase a Chávez a trinar iluminadoras admoniciones para Nicolás.
La guayabera roja no requiere mayor elucidación: la guayabera es el uniforme oficial de los mandatarios de la cuenca del Caribe, de rigor en sus inconducentes cumbres del Caribe. Nico las prefiere de rojo para singularizarse de tanto palurdo neoliberal lacayo del imperialismo yanqui. Lo que nos lleva a la guerrera verde oliva, extraña cruza entre saco de liquiliqui y capote norcoreano color caca de oca con que últimamente intenta ocultar su deleznable origen civil a los ojos de sus ventripotentes narcogenerales. A diferencia de estos, Maduro no exhibe el capote cubierto de condecoraciones ni porta bastón de mando. Le basta con su morruda expresión de subordinado babieca asesino, ya muy hecho a su vil oficio, y su sombrío atuendo de verdugo de los jóvenes venezolanos.

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LA PROVOCACIÓN

BERNARD HORANDE
"Lo que no se pudo con los votos, lo haríamos con las armas, liberaríamos la patria con las armas”…
Con estas insólitas palabras, Nicolás Maduro amenazó al país si, según él, "Venezuela fuera sumida en el caos y la violencia y fuera destruida la Revolución Bolivariana”.
Esto por supuesto, en ninguna democracia del mundo, Usted lo escucharía de quien supuestamente funge como Presidente de la República. Esta es la voz de un dictador, nunca de un demócrata.
Tal declaración, si se enlaza con otros hechos y declaraciones, comienza a configurar un patrón.
No es la primera vez que Maduro, en su desesperación de los últimos meses, aparece amenazando destempladamente. Antidemocráticamente. Causando alarma en sectores ya no solamente de oposición, sino en muchos conectados con el propio chavismo y especialmente, dentro de las propias Fuerzas Armadas que hasta ahora lo han sostenido.
Por otra parte, para nadie es un secreto que este año los cambios militares se han realizado de una forma totalmente inusual, tanto en su anuncio al país y su fecha (mucho antes del 5 de julio), así como en su concreción en lo referente a los actos correspondientes.
Importante señalar que, por primera vez, dos promociones castrenses fueron prácticamente saltadas y enviadas a sus casas. Un hecho sin duda tremendamente llamativo. ¿Qué está pasando dentro de la Fuerza Armada hoy? es la pregunta.
En paralelo, el 24 de Junio, Día del Ejército, no se realizó el desfile en el Campo de Carabobo, como es costumbre. En lugar de eso, Maduro se encerró en el patio de la Academia Militar, curiosamente resguardado por varios anillos de seguridad compuestos por 12 guardaespaldas (muy probablemente cubanos).
Su discurso lo dio con cara de asustado, preocupado, temiendo que ocurriera cualquier cosa que no estuviera enmarcada en un guión a su medida, previamente acordado.
La decisión de realizar una Asamblea Constituyente en las condiciones que se ha hecho también resulta alarmante. Esto, porque para llevarla a cabo a troche y moche se están violando preceptos muy claros establecidos en la Constitución Nacional, así como en todas las leyes inherentes a procesos electorales.
Es una huida hacia delante que está llevando al país a una encrucijada obligada altamente peligrosa. Un punto de quiebre para lo que hasta ahora ha sido la República de Venezuela como la conocemos.
La Asamblea Constituyente es una amenaza real. Con fecha fija de celebración. Y Maduro pareciera querer forzar la barra. La barra militar.
Sabe que el 90% del país lo rechaza ferozmente como Presidente. Sabe que esta Asamblea Constituyente no goza de apoyo, más bien más del 70% del país la desaprueba. Que no iría a votar ni el 10% de los venezolanos.
Sabe también que sus bases de apoyo fundamentales, la FANB y el TSJ, pueden en cualquier momento comenzar a hacer aguas en forma masiva, gracias a la presión de la protesta social y política protagonizada y apoyada por la enorme mayoría de los venezolanos.
Y sobre todo sabe que ni él, ni quienes le acompañan aquí y afuera, tienen la mínima posibilidad de ofrecer soluciones a la catastrófica situación del país. Ello en virtud tanto de su comprobada ineptitud como de la basura de la que tienen lleno el cerebro en cuanto a ideas se refiere.
Pero Maduro prefiere salir por las malas. Hace el aguaje de que está combatiendo hasta las últimas consecuencias. Falso.
Su mejor negocio, según él, es que lo depongan. Un golpe militar. Representa su mejor salida. Porque es la que le da, según su perspectiva, vida política después de esta hecatombe.
Quiere aparecer como mártir. Estrategia que les encanta a los comunistas. Sólo ver cuánto beneficio le ha sacado Cuba al papelito.
Maduro quiere danzar por el mundo, exigiendo su regreso al poder. Gritar a los cuatro vientos que "unos gorilas, dictadores, me sacaron del poder, exijo que me restituyan".
Con la esperanza de regresar triunfante, cual Chávez un 13 de Abril. Con una cara bien lavada. Con maquillaje de demócrata. Con actitud de víctima.
Maduro fuerza la barra al máximo provocando a todos los actores políticos, nacionales e internacionales, para que su óptimo escape también sea su mejor posibilidad de regreso. Para continuar.
Por supuesto, está calculando mal.

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Maduro: armas contra votos

Trino Marquez

La frase se volvió viral: “Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas”, dijo Nicolás Maduro frente a un grupo de jóvenes oficialistas. En esos términos se expresó el mandatario venezolano el mismo día que las Farc daban por concluido formalmente  el enfrentamiento armado que durante cinco décadas sostuvieron contra el gobierno neogranadino. "Adiós a las armas, adiós a la guerra, bienvenida la paz", afirmó Rodrigo Londoño, alias "Timochenko". Sugería que a partir de ahora sus hombres saldrían a ganarse el favor de los colombianos en la arena política y tratarían de atraer al pueblo para que votase por ellos en los futuros comicios democráticos. Maduro, siempre perdido e inapropiado, afirmó lo contrario de lo expresado por el antiguo  guerrillero.
        El discurso de Maduro no puede asumirse como producto de un rapto de ira. Forma parte de la política represiva diseñada y ejecutada por el régimen, única estrategia adoptada para enfrentar la crisis que se vive desde hace tres meses. Ese mismo día las palabras del mandatario tuvieron efectos prácticos: un grupo de paramilitares asedió durante más de cuatro horas la sede del Palacio Federal, donde funciona la Asamblea Nacional, cuando los diputados deliberaban; algunos miembros del comando de  la  Guardia Nacional responsable del resguardo de la sede y la seguridad de los parlamentarios, agredió a dos de ellos, para más señas mujeres; y, finalmente, el coronel Vladimir Lugo Armas, jefe del comando, agredió a Julio Borges, presidente de la AN, en un acto de gorilismo inaudito pues se perpetró en el local de la Asamblea, símbolo de la soberanía popular y del predominio del poder civil sobre el poder militar.
        Mientras estos ocurría en  la AN, en el TSJ los abogados (llamarlos magistrados les queda demasiado grande) de la Sala Constitucional le infringían un nuevo y más duro golpe a la fiscal Luisa Ortega Díaz: la despojaban de sus competencias constitucionales para transferírselas al sumiso e incondicional Defensor del Pueblo, acólito del gobierno. A la agresión física se sumó la  violencia institucional. Terrorismo por todos lados.
El gobierno le agregó un elemento adicional a la atmósfera de crispación imperante en el país. En este ambiente se produjo el episodio, más pintoresco que dramático, del helicóptero sobre el TSJ. Ese pasaje folclórico mostró las grietas gigantescas existentes dentro del oficialismo y las numerosas fallas de seguridad en los aparatos de seguridad del Estado. ¿Cómo pudieron robarse un helicóptero perteneciente al cuerpo científico policial encargado de descubrir los robos, asesinatos y demás crímenes cometidos en la nación? ¿Cómo pudo sobrevolar un área tan cercana a Miraflores y en un perímetro que se supone está permanentemente vigilado por los radares que protegen el palacio presidencial? ¿Por qué Maduro, quien estaba en cadena nacional, ni se inmutó y, al contrario, le dijo a su ministro de Información que diera el “tubazo” como si se tratase de una noticia intrascendente más? Todo parece parte de una ópera bufa, escrita con el propósito de elaborar una panoplia de excusas para hostigar y criminalizar aún más a la oposición.
        El que Maduro prefiera acudir a las armas –entiéndase: represión, violencia persecución- antes que a los votos -es decir, el diálogo, el respeto a la Constitución,  los acuerdos en el marco del Estado de Derecho-, coloca a la nación en un candelero: la amplia mayoría democrática del país será ignorada y agredida por el jefe del Estado. Maduro quiere imponer la Constituyente aplastando la voluntad popular.  No le resultará sencillo. Durante tres meses una sólida corriente de venezolanos  ha demostrado una inquebrantable voluntad de lucha contra los planes procubanos que la nomenclatura madurista intenta imponer en Venezuela.
        Falta un poco más de un mes para esa fecha fatídica que es el 30 de julio. A Maduro y su gente le debe de parecer una eternidad. Es verdad: luce demasiado lejana para un régimen que perdió el respaldo popular y el apoyo internacional, está sumergido en una crisis económica sin precedentes, y optó por esconderse debajo de la toga de los abogados del TSJ y detrás de las tanquetas de la GNB y los fusiles del Ejército.
        El país sólo puede ganar en esta lucha contra la minoría arrogante y criminal que lo dirige. Ya ha perdido casi todo lo que podía perder: los alimentos, la educación, la salud, los ahorros y hasta la posibilidad de divertirse de vez en cuando. Venezuela no será otra Cuba, ni que Maduro trate de sustituir los votos por las armas.

        @trinomarquezc   

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miércoles, 28 de junio de 2017

MADURO: A CONFESION DE PARTE…….

  

    Emilio Nouel V.

Hoy, para la mayoría apabullante de los venezolanos, no solamente el que encabeza Maduro es un gobierno fatídico y siniestro, es también una tiranía militar plagada de corruptos que no tiene empacho alguno en utilizar las armas contra quienes se le oponen.
Solo los desinformados, ingenuos y gente sencilla se comen el cuento de que es amante de la paz, como lo pregona por todos los medios su aparato de propaganda goebbelsiano.
Mucha agua tuvo que correr para que el mundo se percatara de la naturaleza autoritaria del chavismo. Y hasta la chavista Fiscal General ha llegado a declarar que hay rompimiento de la constitucionalidad y se ha instaurado un terrorismo de Estado en Venezuela.
Y sin embargo, hay algunos, dentro y fuera del país, que todavía no alcanzan a identificar tal esencia tiránica. No dispondrían aún de la prueba concluyente de que estamos frente a un régimen político que es la negación de la democracia y las libertades.
Obviamente, no aludo a los que por ceguera ideológica, como diría Octavio Paz, no ven las atrocidades que comete el gobierno de Maduro, sus violaciones notorias a los derechos humanos. Tampoco a los que, viéndolas, perversamente las consideran como acciones “necesarias”, “daños colaterales”, que tienen lugar en todo proceso revolucionario que se precie de tal. Es la sangre que debe derramarse, según ellos, para construir un cielo socialista en la Tierra en el que todos presuntamente seremos felices.
Para los que mantienen dudas de cara a la condición despótica del gobierno militarista chavista y creen en su discurso supuestamente pacifista, esta semana debiera haber despejado las incógnitas de manera definitiva.
Su desprecio por la democracia se patentiza en la declaración que hizo a viva  voz en un acto público el señor Maduro: “Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas” (27 de junio de 2017). O lo que es lo mismo, que le tiene sin cuidado que los rechace el pueblo abrumadoramente y que le importa un bledo que en su mayoría vote contra él y su partido; de todos modos, igual tomarían el poder a la fuerza, echando mano de las armas, poniendo de lado su voceado talante pacífico, su mensaje de amor, llevándose por medio las instituciones democráticas y pisoteando la Constitución.
Imagino cómo habrá caído entre los demócratas del mundo ese arrebato de sinceridad del sátrapa Maduro. ¿Hacen faltan más pruebas de que es una tiranía la impuesta en Venezuela?

A los que persisten en dar algún crédito al gobierno chavista, les recuerdo que hasta ahora han mostrado que allí no hay palabra, ni honor, ni escrúpulos, ni dignidad. Ni siquiera una pizca de conciencia o vergüenza democrática. Pues si no fuera así, ya debieron haberse ido y dejado que el país se encamine por otros derroteros.
Queda claro que el pueblo venezolano enfrenta una situación política inédita, muy compleja y de difícil solución. Lo que experimentamos amargamente se sale de los parámetros conocidos.
Y está igualmente claro que el gobierno militarista que encabezan Maduro, Cabello y unos militares indignos del uniforme que portan, es todo lo contrario a un régimen que respeta las libertades fundamentales, acorde con los tiempos actuales.
Mientras en Colombia, los facinerosos de muchas décadas dan un adiós a las armas, los de nuestro país anuncian inconsciente y criminalmente su retorno. 
Sobre los que en mala hora llegaron a las alturas del poder en Venezuela, pesará la responsabilidad de una eventual guerra fratricida, que deseamos no se produzca nunca. Y recuérdese que violentos los hay en todos los bandos, solo se requiere estimularlos un poco para que se encienda la chispa. Aun están a tiempo los del gobierno de irse o tratar de convenir en una negociación que evite un baño de sangre. Los 80 asesinatos de jóvenes y la ola anárquica de saqueos son solo el asomo sombrío de una violencia que puede convertirse en imparable, y que todos lamentaríamos.
La comunidad internacional tiene mucho que contribuir a que lo peor no llegue a Venezuela. Debería reforzar la presión sobre un gobierno cuya naturaleza antidemocrática es admitida por él mismo. A pesar de las circunstancias y de que pareciera que los caminos razonables pudieran estar cerrados, no nos cansaremos de llamar a soluciones democráticas pacíficas. La historia enseña que son las que nos salvarían del infierno.


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martes, 27 de junio de 2017

El “trancazo nacional” convocado por la Unidad para este #28Jun será de 12:00 a 4:00 PM

Jun 27, 2017

El “trancazo nacional” (que en un inicio era en dos partes) convocado por la Unidad Democrática para este miércoles 28 de junio, ahora será “continuo”.
Así lo dio a conocer el diputado a la Asamblea Nacional, Freddy Guevara quien explicó además que el horario de la actividad será desde las 12:00 del mediodía hasta 4:00 pm.
“A preparanos desde hoy para la gran tranca de mañana: que todo el que no haya salido a las anteriores salga mañana a las 12m. Fuerza y fe”, escribió en su cuenta en Twitter.
En días previos, Guevara pidió a los seguidores de la oposición estar pendiente de los anuncios que realizarán esta semana sobre cómo aplicar los artículos 333 y 350 de la Constitución.
“Hemos planteado que todas las organizaciones ciudadanas como transportistas, la asociación de productores y ganaderos y las comunidades, se organicen y se declaren en asamblea”, aseveró.
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La “gloriosa” GNB agredió a diputadas y periodistas en el Palacio Legislativo este #27Jun

Jun 27, 2017 5:59 pm
lapatilla.com

Agresiones de la GNB en la AN / Foto: @AsambleaVE

Efectivos de la “gloriosa” GNB agredieron a diputadas y periodistas dentro de Palacio Federal Legislativo este #27Jun.
Al parecer, a los uniformados no les gustó que los parlmentarios acudieran al comando cercano para exigir una explicación al respecto sobre las cajas  identificadas con logos del Consejo Nacional Electoral (CNE) que fueron ingresadas en el parlamento momentos antes.
En efecto, la situación se tornó tensa en medio de empujones y agresiones contra los parlamentarios y en especial contra Delsa Solórzano y Alexandra Lugo. 
Se conoció que se escucharon detonaciones de fuegos pirotécnicos.
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Julio Borges: Declaraciones de Maduro son un motivo de alerta mundial

lapatilla.com
Jun 27, 2017

Borges

El presidente de la Asamblea Nacional y coordinador Nacional de Primero Justicia, el diputado Julio Borges, tildó las declaraciones del presidente de la República, Nicolás Maduro, como un motivo de alerta mundial.Durante una cadena de radio y televisión, el primer mandatario afirmó que “lo que no se logre con votos, se logrará a través de las armas“. Por lo que el presidente del Parlamento venezolano aseguró que Maduro con estas declaraciones “ha dejado claro su manera de pensar”
“Rechazamos completamente este mensaje de Maduro, saber y constatar lo que él está exponiendo lo que es, es la fractura, la pobreza y que Venezuela vaya al caos”, dijo Borges.
Igualmente, expresó que “lo que quiere es perpetuarse en el poder, a costa del hambre, de la violencia y la miseria que viven los venezolanos”.
El Jefe del Poder Legislativo también alertó a la Fuerza Armada Nacional y les solicitó “estar atentos a estas palabras, porque significan que Maduro cree que está por encima del pueblo, la institución militar y se manifiesta como un dictador”.
“Conocemos que dentro de las Fuerzas Armadas existe un sentimiento de cambio y envío mi solidaridad a los oficiales institucionales que tienen detenidos por disentir de las violaciones a la Constitución. También sabemos que ellos no quieren ninguna injerencia cubana, por eso nuestra FAN tiene un papel especial dentro de esta historia. Les pido rechacen categóricamente estas palabras,” agregó Borges

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La amenaza de Maduro: "Lo que no se pudo con votos, lo haríamos con armas"

Jun 27, 2017

“Lo que no se pudo con los votos, lo haríamos con las armas, liberaríamos la patria con las armas”…
Fueron estas las amenazantes palabras que utilizó el presidente de la República, Nicolás Maduro para referirse a un supuesto de que Venezuela “fuera sumida en el caos y la violencia y fuera destruida la Revolución Bolivariana”.
Sus declaraciones fueron transmitidas en cadena nacional de radio y televisión.
La gran pregunta es: ¿Con las armas de quién?


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CORRUPCIÓN E HISTORIA

CARLOS ALBERTO MONTANER
 
Michel Temer, el presidente de Brasil, teme acabar en la cárcel acusado de corrupción. Pudiera ser. Es la hora de la justicia y los Odebrecht de ese mundo están cantando La Traviata para reducir sus penas. La fantasía popular se imagina a Temer, Lula da Silva y Dilma Rousseff en la misma celda aportada por la operación policíaca Lava Jato.
Veamos, a brochazos, los antecedentes familiares-culturales de los tres ex presidentes.
Uno, Temer, profesor de Derecho Constitucional, hijo de un matrimonio libanés, católico maronita, inmigrado a Brasil para escapar del desbarajuste turco generado tras la Primera Guerra Mundial. La familia, como suele ocurrir con los católicos maronitas, descendientes de los míticos fenicios, tuvo un buen desempeño económico en la tierra de acogida.
Otro, Lula, un líder sindical del sector metalúrgico, cuyo padre fue un alcohólico perdido, brasileño-portugués por los cuatro costados, formalmente poco instruido, pero muy listo y perseverante. Ha sido el más pobre de todos los gobernantes brasileños de los últimos cien años y, sin duda, el más popular, pese a su notable incapacidad para fijar la atención y entender asuntos complejos.
Y la tercera, Dilma Rousseff, una economista proveniente de una familia enriquecida en los negocios inmobiliarios, hija de un abogado búlgaro comunista llegado a Brasil huyendo de la represión. Su madre era una maestra brasileña y Dilma, en su juventud, se incorporó a los grupos radicales violentos que adversaban la dictadura militar.
Tres personas de muy distinto origen unidas en la corrupción. ¿Por qué? Porque Brasil y casi toda América Latina (y Portugal y España, que las desovaron en el Nuevo Mundo) son territorios culturalmente corruptos.
Más todavía: las tres cuartas partes del planeta –toda África, casi la totalidad de Asia, el sur y suroeste de Europa– están formadas por naciones cuyas sociedades han practicado diversas formas de corrupción desde que, lentamente, hace diez mil años, comenzaron a surgir los Estados tras la revolución agrícola.
Lo novedoso, lo extraño, es la no-corrupción, y esta fue la consecuencia no prevista de una audaz máxima que acabó instalándose en las Constituciones y en los códigos de conducta, aunque casi nunca se respetara: “Todos los ciudadanos son iguales ante la ley”, lo que también quería decir que “todos los ciudadanos estaban obligados a colocarse bajo la autoridad de la ley”. Pero, si todas las personas tienen los mismos deberes y derechos, y si el abolengo no concede privilegios, ¿cómo se establece la jerarquía social?
Idealmente, por tres vías.
La respuesta política se sustenta en la democracia, basada en la regla de la mayoría, aunque con limitaciones constitucionales para evitar el atropello de las minorías. Se accede al privilegio de ser mandatario por la gracia del pueblo en comicios concebidos para designar a los servidores públicos.
La respuesta social es la meritocracia. Los puestos se ocupan no por la prosapia sino por la preparación. Ser el marqués o su hijo no sirve para dirigir la guerra o para no servir en la milicia. No puede invocarse el linaje para acceder o para rechazar responsabilidades.
La respuesta económica es el mercado. Los consumidores eligen con sus preferencias los bienes y servicios que desean adquirir. Esta selección hace ricos a unos, destruye a otros y aumenta las diferencias sociales. Es imperfecta, pero mejor que la escogencia arbitraria de “ganadores” y “perdedores”, a cargo de funcionarios y burócratas generalmente en busca de coimas o comisiones ilegales.
En el mundo moderno esto comenzó a ocurrir a fines del siglo XVIII en Estados Unidos, precisamente por el desamparo con relación a Inglaterra en que los dejó el éxito de la Revolución americana.
El resultado de este experimento social fue una república exitosa, parcialmente interrumpida por la Guerra Civil (1861-1865), iniciada con 4 millones de estadounidenses, federados en 13 estados semindependientes, trenzada con instituciones sólidas, que ha resistido durante 230 años, contados a partir de la aprobación de la Constitución de 1787.
¿Se puede imitar ese modelo? Sí, pero solo si se comprende la extrema importancia de la premisa inicial: todas las personas son iguales ante la ley… pero todas deben obedecerla.
Por supuesto que se puede emular el ejemplo norteamericano: lo han hecho, paulatinamente, las 25 naciones más prósperas y felices del planeta, en las que no suele haber tolerancia con la corrupción. Pero todo comienza con tomar en serio el punto de partida. Eso es lo que no se comprende bien en casi todo el mundo.
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NEOGORILISMO Y PAZ

ANGEL OROPEZA
 
Desde la década de los años sesenta del siglo pasado, el término “gorilismo” se ha usado para referirse a los gobiernos militaristas y represivos de América Latina, tristemente famosos por las violaciones de los derechos humanos de su población y por la crueldad de sus órganos de “seguridad” y “orden”.
Entre las características definitorias del gorilismo están la persecución sistemática de los adversarios, el cierre o control de los medios de comunicación, la represión contra las manifestaciones de quienes discrepan, la judicialización de la protesta, el recurso de la tortura, la concentración absoluta de los poderes del Estado, la corrupción de los jerarcas del gobierno, y la insistencia de la amenaza y el miedo como herramienta de control social.
En lo discursivo, el gorilismo latinoamericano (Videla en Argentina, Stroessner en Paraguay, Banzer en Bolivia, Pinochet en Chile, entre otros) pregonó siempre que sus actuaciones eran movidas por el más puro “amor al pueblo”, que con él sí había “patria”, que sus naciones se encaminaban a convertirse en “grandes potencias”, y que todo el que pensase distinto era un traidor y apátrida, posiblemente financiado por fuerzas extranjeras. Este mismo modo de dominación pasó a denominarse “neogorilismo” cuando a las características anteriores se le agrega el hecho de que sus gobernantes hubieran alcanzado el poder por la vía electoral.
Para vergüenza de los venezolanos, el decadente maduro-cabellismo es hoy conocido en todo el mundo como el último prototipo del neogorilismo latinoamericano. Una rápida revisión a la Venezuela de estos días nos muestra un país en estado generalizado de represión: represión sindical (miles de dirigentes perseguidos o bajo acusación penal por defender derechos laborales), represión mediática (compra de medios de comunicación, presión sobre comunicadores sociales, censura y cierre de espacios), represión universitaria (detención y asesinato de estudiantes, depauperación del profesorado, ahorcamiento financiero a las instituciones académicas), represión económica (inflación sin control, escasez, deterioro brutal de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, niveles de pobreza nunca alcanzados), represión sanitaria (abandono de los hospitales y depauperación del personal de salud) y represión política (persecución y encarcelamiento de dirigentes, asesinato a disidentes, amenazas de ilegalización) son solo algunas de las más evidentes expresiones coercitivas de la putrefacta oligarquía neogorilista que hoy explota a Venezuela.
Esta represión, a la que Fernando Mires llamó en una oportunidad la etapa del “gangsterismo político”, última fase de los modelos de dominación fascistas, ha llevado a que el de Maduro se haya convertido en el gobierno venezolano que en menos tiempo ha asesinado a más jóvenes (75 según la versión oficial del Ministerio Público, más de 90 según registros externos) entre abril y hoy, algo que ni la penúltima dictadura, la de Pérez Jiménez, pudo lograr en tan corto tiempo. Lo adicionalmente cínico es que nuestra actual oligarquía gobernante se cansó de hablar de la represión de los gobiernos anteriores. De hecho, muchos de nuestros corruptos burócratas alcanzaron notoriedad denunciando casos de real y a veces de supuesta represión. El tema les sirvió para llenarse la boca entonces y los bolsillos ahora.
Una última característica de los modelos gorilistas es el uso de “la paz” como una especie de fetiche verbal, que no significa para sus representantes otra cosa que todo el mundo quieto, calladito y obediente. Dada su mentalidad militarista primitiva, les cuesta entender que el principal obstáculo para la paz no son las protestas populares, sino la presencia de condiciones sociales y económicas indignas de cualquier ser humano. Para los venezolanos, la única paz posible pasa por lograr unas elecciones universales que permitan que el pueblo exprese lo que quiere. Lo demás es solo “paz cuartelaria”, que es la única paz que entiende el gorilismo.
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LA PRETENDIDA ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE

Marta de la Vega
La barbarie está agazapada detrás de esta convocatoria anticonstitucional. Ni siquiera es verdaderamente una asamblea nacional constituyente  porque el pueblo no ha sido consultado, como mandan los artículos 5 y 347 de la Carta Magna vigente. Y todas las irregularidades y vicios que contienen las bases comiciales, según el artículo 25 de la Constitución actual,  hacen nula esta falsa Constituyente a las que hicimos referencia en “Democracia versus dominación totalitaria” (Tal Cual, 13/06/2017).

Maduro alardea de que nadie le  ha criticado estas bases. Como siempre, miente con enorme desparpajo y manipula a incautos. Las críticas han sido demoledoras, clarísimas y contundentes, de juristas como Jesús María Casal o Julio César Fernández, o del alcalde de Baruta, también constitucionalista, Gerardo Blyde.

La recuperación del orden constitucional y del Estado de Derecho a fin de reinstaurar una democracia efectiva, que sea exigente y no complaciente, ni populista ni clientelar, que sea inclusiva y favorezca la equidad, que estimule la superación y el sentido del logro por el trabajo y no por un asistencialismo demagogo y castrante, pasa por impedir esta pretendida Asamblea Nacional Constituyente.
Se requiere profundizar la conciencia cívica y ética para que la población asuma sus responsabilidades, para que deje de ser pasiva y dependiente del gobierno de turno. Es preciso que haya un pacto social que nos convoque a todos para construir, cada uno desde sus posibilidades, una sociedad de convivencia civilista y civilizada, con instituciones sólidas y respeto a la ley, que garantice la justicia para asegurar la paz, con oportunidades y recursos disponibles para todo ciudadano que lo merezca por sus méritos y esfuerzo.

¿A dónde nos quiere llevar el gobierno? Evidente que quiere llevarnos a una situación anómica, sin ley, para imponer en Venezuela un régimen de sumisión totalitaria sobre el país y la sociedad. Ha convertido al adversario en enemigo que es necesario exterminar. Al descalificar al otro como terrorista o  guarimbero, no solo siembra odio sino que da licencia para matar. Con su lenguaje y acciones, el gobierno ha roto el tejido social y convierte el país en un estado de guerra de todos contra todos, como en el siglo XVII lo vio Tomás Hobbes, con sus terribles implicaciones.
¿Qué busca el régimen con esta convocatoria? Lo primero, aferrarse al poder, no importa cuán trágico y alto sea el precio que paguen. Lo segundo, mantener la impunidad y la corrupción obscena, desde la cúpula militar hasta sargentos y cabos, desde la más poderosa esfera gubernamental y económica hasta el parquero de un estacionamiento público. Lo tercero, seguir con ganancias exorbitantes no solo por el saqueo del tesoro público sino por actividades de narcotráfico y ahora extracción ilegal de recursos naturales  del arco minero, con la complicidad del alto gobierno.
Todos los ciudadanos están invitados, en esta hora crítica del país y ante la inminente amenaza de disolución de la república civil, a un foro que se realizará el 30 de junio próximo a las 9:30 a.m. en la Universidad Simón Bolívar sobre “Impacto político y ciudadano de la pretendida Asamblea Nacional Constituyente” con Marialbert Barrios, Ricardo Combellas, Julio César Fernández y Jesús María Casal como ponentes. Es necesaria la pedagogía ciudadana para visualizar las gravísimas consecuencias que implica la destrucción de la Constitución de 1999, convertida en pacto social compartido por todos en 2007, al rechazar su reforma y que quedaría eliminada de darse dicha Constituyente.

 

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lunes, 26 de junio de 2017

El hervidero y la constituyente: Otra calle ciega

Michael Penfold



Mariano Picón Salas, con la perspicacia ensayística que le caracterizó como historiador, describió a la Venezuela del siglo XIX como un cuero seco, haciéndose eco de Antonio Guzmán Blanco: lo pisas por un lado y se levanta por otro. En pocas semanas, una vez que se instale la Asamblea Nacional Constituyente, ese cuero llamado Venezuela, se habrá secado nuevamente y habremos logrado recrear nuestro propio símil histórico como un perro que se muerde la cola.
El país se desliza con prisa a lo que será sin duda la peor crisis de gobernabilidad que hayamos experimentado en nuestra historia contemporánea. Esta tragedia es la secuencia lógica de un colapso que se inició en la esfera económica —con la insistencia de mantener un esquema de controles de cambio y de precios que multiplicó los desequilibrios macroeconómicos que heredamos de un período de bonanza petrolera manejado sin controles fiscales—, seguido por un colapso social que es el reflejo de una feroz aceleración inflacionaria que pulverizó en poco tiempo los salarios reales de todos los venezolanos y que culmina ahora con un colapso institucional en el que el país carece de árbitros y mecanismos electorales para dirimir sus conflictos políticos democráticamente.
La esperanza es gratis. Algunos piensan, utilizando todo tipo de subterfugios dialécticos, que este conflicto es inevitable y que de esta fricción social va a emerger un claro ganador y que es sólo cuestión de tiempo para observar el desgaste triunfal de este tipo de enfrentamientos. El chavismo, en su afán por sobrevivir políticamente, incluso recurriendo crecientemente a mecanismos represivos cada vez más letales, busca aferrarse a la más elemental de estas lógicas: el conflicto es el corazón del progreso revolucionario y por eso redobla su apuesta por impulsar una Asamblea Nacional Constituyente que luce más como un fortín que como una convención constitucional. Y la oposición se abraza a un deseo un tanto más mundano de soñar con una transición política —como si realmente estuviésemos a puertas de un cambio democrático—, cuando lo cierto es que enfrentamos una amenaza de profundización de un modelo claramente autoritario.
Ante semejante disyuntiva, la sociedad venezolana, que ha resistido ya por más de ochenta días, no tiene más opciones que responder con una mayor movilización ciudadana. La presión de calle es lo único que puede obligar a que el gobierno, como consecuencia de los quiebres internos tanto militares como partidistas, acepte revertir una convocatoria constituyente que de lo contrario va a terminar de hundir al país en la más absoluta anarquía. Es así como asistimos boquiabiertos a una verdadera escalada del conflicto político que no es otra cosa sino nuestro reencuentro express con la historia decimonónica venezolana.
Es indudable que el chavismo apostará contra viento y marea a instaurar la constituyente; pero aún si la lograse instalar, probablemente tampoco tenga la capacidad para imponer sus decisiones pues este poder originario es tan sólo la manifestación de una minoría tanto política como electoral. Resulta evidente que para el gobierno del Presidente Maduro será muy difícil aderezar su “poder de facto” con su “poder de jure” sin terminar apelando más bien a las armas y a sus grupos de choque para poder hacer cumplir sus distintos decretos constituyentes. En este sentido, el esfuerzo de la Fiscalía General de la República de retar abiertamente la constitucionalidad de esta iniciativa, se convirtió en una acción subversiva que minó cualquier posibilidad para que esa fusión entre lo político y lo jurídico se materialice, lo cual a su vez impide barnizar de legitimidad a una idea que es desde su inception intrínsecamente dictatorial. La Asamblea Nacional Constituyente, como consecuencia de estas oportunas intervenciones de la Fiscal, es ahora simplemente otro golpe de Estado más; un golpe que es la piedra de toque de una operación mucho más amplia de desmontaje de todo el aparataje constitucional bolivariano.
Ciertamente, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ha rechazado todos los recursos interpuestos por la Fiscalía, con el objetivo de garantizar la continuidad de la convocatoria constituyente, pero a pesar de este bloqueo, el daño jurídico y democrático de este proceso ya está hecho y es un daño muy profundo. En estos momentos, la constituyente es para el PSUV, pero sobre todo para el madurismo, tan solo una ficha, una excusa para obtener un mayor poder de negociación, un refugio para resistir, pero probablemente también termine siendo un filoso boomerang político.
La oposición por su parte —gracias a las fracturas que comienzan a emerger en el seno del chavismo—, gana más “poder de jure” pero carece todavía del “poder de facto” para hacer cumplir sus iniciativas y terminar de precipitar un desenlace. Una vez que la Fiscal General catalogó como nulos los nombramientos de 13 magistrados principales y 21 suplentes del TSJ, la Asamblea Nacional decidió iniciar el proceso para seleccionar a estos jueces, ¿pero tiene la Asamblea el “poder de facto” para garantizar que estos nuevos altos funcionarios puedan entrar físicamente a la sede del TSJ e instalarse en la Sala Plena? Esta pregunta tan elemental nos permite vislumbrar que hay un peligro, una vez que la constituyente se haya instalado a comienzos de agosto, que terminemos con dos Asambleas, dos Fiscales, dos Tribunales y quién sabe, también con dos Presidentes; un riesgo que no es deleznable y lo cierto es que cualquier observador perspicaz aceptaría reconocer que estamos avanzando en una dirección que conlleva inevitablemente a este tipo de resultado. Coloquemos como aderezo a esta potencial realidad, una economía que este año continuará contrayéndose en un 8% del PIB, una inflación que terminará sobrepasado el umbral hiperinflacionario de 500% y unos índices de pobreza que superarán el 80% de la población. Tan sólo entonces podremos visualizar con claridad el dramatismo del mundo futuro al que remamos con tanta rapidez.
El mayor riesgo asociado a esta situación de ingobernabilidad es indudablemente una mayor intensidad en el uso por parte del gobierno de la violencia estatal y paraestatal. Ya observamos como aún no llegamos al 30 de julio y vemos con estupor el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas de seguridad para tratar de contener la ola de protesta ciudadana —y asesinar incluso— lo cual es una realidad cada vez más cruel y aterradora. Esta es la razón fundamental por la que el proceso constituyente debe ser detenido cuanto antes; pero para poder revertirlo la movilización ciudadana debe continuar ampliándose —pasar de ser un movimiento de protesta opositor a ser un frente nacional que incluya también a grupos de otro orden político y social—. En la medida en que las fracturas dentro del chavismo y la esfera militar se profundicen, en esa misma medida el gobierno se verá obligado a revertir esta convocatoria. En cambio, si el gobierno no percibe esa amenaza como algo real (una amenaza que pueda incluso desalojarlo del poder) entonces difícilmente retrocederá. Por el contrario, si esa presión aumenta, entonces el gobierno no tendrá otra alternativa que detenerla.
Una vez que esa reversión ocurra entraremos en una nueva coyuntura histórica: iniciaremos por descarte una negociación política. Un proceso que probablemente sea facilitado por la comunidad internacional a través de un “grupo contacto”, todo ello a pesar del esfuerzo de la cancillería venezolana de escurrirle el bulto a la OEA, tal como lo han intentado articular de buena fe un conjunto de países latinoamericanos. Es evidente que a esta negociación nadie va a asistir voluntariamente; todos, absolutamente todos, irán porque no perciben ninguna otra alternativa como viable. Y muy probablemente le tocará a la comunidad internacional exigirle al gobierno algunas condiciones previas para poder hacer que esta negociación sea creíble (y evitar de esta forma que el proceso sea manipulado como en octubre pasado). Y una de las pocas concesiones significativas que pudiesen hacer que esta negociación sea percibida como irreversible es la liberación de todos los presos políticos. En particular, es imposible abordar un proceso de esta naturaleza con uno de los principales líderes políticos del país tras las rejas y con su partido político prácticamente ilegalizado. Y también es imposible enfrentar esta negociación sin reconocer que todos los grupos del chavismo, incluso aquellos que son considerados como los más duros, deben estar plenamente representados y deben ser igualmente reconocidos.
La negociación es relativamente simple: garantías a cambio de votos. El chavismo va a querer obtener garantías amplias (léase amnistía penal y fiscal) para todos sus grupos y la oposición va a buscar condiciones para poder materializar una salida electoral a cambio de importantes restricciones constitucionales adicionales (eliminación de la reelección indefinida, reducción del período presidencial, aumento de la proporcionalidad del sistema electoral, incremento del fuero militar, mayores restricciones a la prohibición de la extradicción de nacionales así como mayores limitaciones a los cambios constitucionales). Por su parte, la oposición va a exigir la remoción de las inhabilitaciones, la declaración de nulidad de los nombramientos recientes de los magistrados del TSJ y de los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE), la incorporación de la segunda vuelta para la elección del presidente y la investigación y compensación a todas aquellas personas y familias afectadas por la violación de derechos humanos durante las últimas décadas. La única forma que ambas partes pueden garantizar la implementación de este tipo de acuerdos va a ser a través de una reforma constitucional consensuada que sea votada posteriormente por toda la población y que abra paso a su vez a una elección general (para el presidente y Asamblea Nacional) que pudiese realizarse a lo largo del 2018 conjuntamente con las elecciones locales. La reforma constitucional pudiese ser votada en un referéndum aprobatorio conjuntamente con las elecciones regionales en diciembre de 2017.
Es fácil anticipar que la introducción en la agenda de negociación de temas relacionados con los distintos tipos de amnistías así como los puntos vinculados con los esquemas de justicia transicional, van a ser asuntos que sin duda van a dividir al electorado. A pesar de esas críticas, otorgar esas concesiones a cambio de obtener una verdadera división de poderes, en especial, que la Asamblea Nacional pueda designar a los magistrados del TSJ y a los rectores del CNE de una manera independiente, es una ganancia enorme de largo plazo para Venezuela. El país estaría otorgando una amnistía (muy polémica sin duda) a cambio del fortalecimiento del Estado de derecho (“a partir de hoy y en adelante”) lo cual garantizaría el pleno funcionamiento de la justicia y la democracia. En el fondo, esta reforma constitucional podría asegurar la viabilidad futura tanto del desarrollo político como económico y social del país.
Venezuela, pero sobre todo el chavismo, debe aceptar este camino como inevitable. La oposición también debe explorar esta opción con realismo. Y debemos anticipar que la población en general probablemente se mantenga escéptica frente a las verdaderas posibilidades que los políticos logren fabricar un resultado de este tipo e incluso de la capacidad del liderazgo nacional para encarar su eventual ejecución. Las razones para ser escépticos son obvias: el chavismo, pero muy especialmente el gobierno, no ha mostrado ningún interés en explorar este tipo de alternativas; por el contrario, su interés desde la elección legislativa de 2015 ha sido desarrollar todo tipo de estratagemas para impedir una salida constitucional a la crisis. Si el país no logra remover estas barreras a una potencial negociación, presenciaremos el afianzamiento de una cultura cada vez más primitiva de la política venezolana, una cultura que busca resolver problemas complejos a través de la imposición y la violencia.
En palabras de Mariano Picón Salas: el país ahora es ese cuero que se seca.
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¿De qué hablamos cuando hablamos de dialogar?

Alberto Barrera Tyszka


A esta altura de los tiempos, que es lo mismo que decir a esta altura de los muertos, o a esta altura de los perdigones y de los gasecitos, a esta altura de los presos y de los injustamente detenidos, ¿se puede acaso dialogar con el gobierno? En estas circunstancias, asediados con la misma violencia por los militares y por la inflación, negados o humillados por el discurso oficial, ¿es posible sentarse a hablar con el verdugo? ¿Cómo? ¿De qué manera?
No es fácil. Las palabras también tienen geografías particulares. La palabra diálogo tiene su propia tradición en Venezuela. Es parte de una historia reciente pero muy sonora y dolorosa. Aquí, la palabra diálogo no viaja sola. Uno la escucha y de pronto puede pensar en el Ministro Néstor Reverol, siempre conversando consigo mismo, culpando a otros de las muertes que producen día a día sus soldados. Uno ve escrita la palabra diálogo en un titular y puede recordar a Tibisay Lucena dialogando pausadamente para paralizar el calendario electoral del año pasado. O puede recordar también a todos los altos jerarcas del oficialismo diciendo y repitiendo que la crisis humanitaria es mentira, que no hay hambre, que las medicinas sobran, que el país es un paraíso extraordinario, perturbado tan solo por la derecha golpista y blablablá. Uno oye la palabra diálogo y siente que cruje la miopía, que el aliento raspa, que tal vez haya dolor nuevo en el futuro.
¿De qué hablamos cuando hablamos de dialogar? Porque el diálogo no es una simple instancia de trabajo. No es solo un instrumento para la resolución de conflictos. También es una puesta en escena, una acción comunicativa. Es un espacio de significación dentro del mismo conflicto. Es un mensaje que puede ser muy útil a un gobierno que ha practicado un perverso doble juego: mientras asesina, invoca a la paz. Lo que se debate en el fondo es cómo se reparten las culpas de la violencia. El oficialismo, en todos sus frentes y de todas las maneras posibles, ha insistido en responsabilizar a la oposición de todos los daños. Incluso ante evidencias palpables, los ministros y funcionarios han mentido descaradamente. Su fanatismo es oportuno. Siempre los salva.
Pero a medida que nos vayamos acercando al 30 de julio, posiblemente el fantasma del diálogo aparecerá cada vez con más urgencia. Ya, esta semana, después de la reunión de la OEA, tan llena de espectáculos y tan carente de soluciones políticas, un grupo de países liderados por Estados Unidos se ha propuesto trabajar para “facilitar el diálogo” en Venezuela. También el Vaticano, no faltaba más, invoca el diálogo. Y José Luis Rodríguez Zapatero, por supuesto, después de pasear por los pasillos de Ramo Verde, también alude al diálogo. ¿Quién se va a poner en contra? En medio de la trágica situación que vivimos, rechazar el diálogo es algo más que ser un aguafiestas. Es casi una inmoralidad. Y sin embargo, la tradición de la palabra insiste, la sensatez y la honestidad se siguen preguntando ¿cómo? ¿Para qué?
Tomemos por ejemplo lo que dijo Maduro ayer en la celebración de los 196 años de la Batalla de Carabobo: “La Fuerza Armada Nacional Bolivariana debe estar de frente contra la oligarquía y el antiimperialismo y el injerencismo. Estamos en rebelión”. Pasemos por alto el evidente tropiezo de neuronas y papilas gustativas que lo llevó a decir “antiimperialismo” en vez de decir “imperialismo”. El sentido central de la frase es lo que importa: la rebelión no está en la calle sino en los soldados, quienes deben enfrentar con todo a los oligarcas descamisados, a los miles de imperialistas desarmados. Otra cita: “Estamos obligados a mantener las instituciones y la Constitución operativas, sirviendo al pueblo, es nuestro deber”. Y por eso mismo, precisamente, es que, sin consulta y con unas bases comiciales fraudulentas, pretenden cambiar la Constitución. Por eso mismo, están tratando de cercar y sabotear a la Fiscalía General de la República. ¿Tiene sentido dialogar con alguien que habla así, que dice esto?
Peor aún: en realidad, el nombramiento del General Benavides como Jefe de Gobierno del Distrito Capital dice mucho más que todas las alocuciones y declaraciones oficiales. Esta designación solo tiene una lectura posible. A Nicolás Maduro no le importa la política. No le interesa. Prefiere las balas. Nuevamente, le deja el gobierno a los uniformados ¿Cómo se conversa con alguien que piensa de esta forma?
Obviamente, es necesario concertar. La única salida que tiene el país pasa, sin duda, por una negociación. Pero cualquier negociación pasa, también, por un cambio en los parámetros mismos de la comunicación, en las expresiones y en los códigos a la hora de resolver los conflictos en todos los espacios. Ahora, en este país, no se puede volver a hablar en términos de diálogo. Quienes, desde afuera, pretendan ayudarnos deben entender que antes que un mediador― necesitamos un traductor. Aquí no hablamos el mismo lenguaje.
En el idioma oficial la palabra diálogo significa otra cosa. Es una trampa. Una emboscada. La retórica gubernamental está dirigida a normalizar la muerte. Su destino es invisibilizar al pueblo. Existe para desmovilizarnos, para paralizarnos, para saquear cotidianamente cualquier esperanza. Resistir también es reinventar los lenguajes. Lo que hicieron esta semana los estudiantes de Mérida es un excelente ejemplo. Luchar es nombrar de nuevo. De otra manera.
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POMPEYO, EL ÚLTIMO TITÁN

FRANCISCO SUNIAGA

Pompeyo ―el Márquez nunca le hizo falta― fue sin lugar a dudas un personaje mitológico. Fue, al lado de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, uno de los titanes de la política venezolana del siglo XX, artífice de los años de estabilidad democrática y progreso económico entre 1958 y 1998.
Después de dirigir la resistencia de su partido contra Marcos Pérez Jiménez e inmortalizar a Santos Yorme, se rebeló contra la exclusión de su partido impuesta por el Pacto de Punto Fijo y apoyó la lucha armada contra la democracia. En medio del contexto de la Guerra Fría, quizás no había entendido el papel que le correspondía a la izquierda. Pero corrigió su error y fue artífice de la llamada “rectificación”. Gracias a esa decisión de abandonar la guerrilla, el proceso pacificador del país promovido por el gobierno de Caldera fue posible.
Rafael Caldera y Pompeyo Márquez en evento no identificado. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Proceso de paz (auténtico) que marchó de la mano con la renovación de la izquierda venezolana, iniciada en 1968 tras la invasión a Checoslovaquia, y la fundación del Movimiento al Socialismo (MAS). Pompeyo, en aquel momento Secretario General del Partido Comunista de Venezuela, fue determinante en la decisión de romper con la ortodoxia impuesta desde Moscú. Le dio al socialismo un rostro criollo y demostró que la izquierda venezolana también podía ser por hecho y derecho parte de la democracia.
Asumió el liderazgo del MAS con responsabilidad y lealtad hacia el sistema democrático. Bajo su dirección convirtió a la izquierda en una fuerza fundamental para la estabilidad y funcionamiento del sistema político, a la que se le confió la tarea de gobernar. Con Pompeyo era fácil, era la mejor versión de la izquierda venezolana, la democrática.
Pompeyo Márquez y Carlos Andrés Pérez. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Cuando el nubarrón chavista apareció en el horizonte, luchó con todas sus fuerzas contra la idea de atar el carro del socialismo a la venezolana al carro de un teniente coronel golpista. Pudo más, sin embargo, la ambición de quienes solo buscaban el poder por el poder mismo. Cuando se concretó su derrota, se fue en silencio del partido que había fundado junto con Teodoro Petkoff y otros tantos hombres buenos.

Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez, Guillermo García Ponce y Servando García Ponce luego de escapar del Cuartel San Carlos en febrero de 1967. Imagen del Archivo Fotografía Urbana
Pero no se rindió, fue un incansable opositor al régimen chavista y fue un factor fundamental para cohesionar a las fuerzas que se le oponen, fue un adalid de la unidad democrática. El pasado 20 de junio, a los 95 años, abandonó el mundo de los vivos. Quedan sus ideas y su ejemplo de lucha por darle a Venezuela una democracia verdadera.
Su muerte, aunque ya no era un político activo, deja un gran vacío, pues a pesar de su avanzada edad era una referencia para la democracia y, en particular, para la izquierda.

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domingo, 25 de junio de 2017

JUEGO AMAÑADO

Raul Fuentes

EL NACIONAL

En tiempos felices y no muy lejanos, en los que dábamos por sentado que las dictaduras eran historia pretérita, habríamos amanecido en alguna playa barloventeña, bañando de mar un ratón de minas, curbatas y culo e’puyas, y resonarían en nuestra azotea, durante horas humectadas de cerveza, el tan-tam y el taqui-taqui sanjuaneros sin que hubiésemos reparado en que el día anterior, 24 de junio, se festejaba el triunfo de la causa emancipadora en Carabobo y los milicos celebraban la fecha a ellos consagrada con desfiles, ascensos y condecoraciones –aseo, conducta y aplicación–, empapados de envejecidos escoceses que, ahora, solo pueden costear bolsillos revolucionarios, bonificados y dolarizados por el narcotráfico y la corrupción. En esos tristemente recordados días de alegría, quién iba a pensar que la historia iba a repetirse con la instauración de una tiranía cuyos cabecillas, camuflados de macacos inofensivos, resultaron crueles gorilas. Tampoco barruntábamos que la epopeya carabobeña se reduciría al protagonismo de un «angelito negro» pintado con charreteras en un mural patriotero, acaso un manumiso que, de haber participado en combates, lo habría hecho en calidad de corneta, tamborilero o carne de cañón, no de guerrero con tiempo para despedidas de culebrón.
Desconcierta que en medio de trágicos o catastróficos acontecimientos se refieran menudencias que no vienen al caso –el cuentecillo del apócrifo Negro I y su cursi adiós de postrimería es ejemplo de esa manía distraccionista–, un andar por las ramas que desdibuja los hechos y enrarece la historia: basta prestar atención a los medios informativos para constatar que, a pesar de la crisis dominante, siempre hay espacio y tiempo para trivialidades noticiosas con las que se procura impedir que las contingencias eclipsen una normalidad artificiosa, ya que tales bagatelas no pasan de ser dedos escondiendo el sol. Con este tipo de argucias y su perenne atribución de todos los males a una conjura desestabilizadora conducida por una «derecha» moldeada con su mazacote dogmático, los voceros oficiales banalizan la tragedia. Deliberadamente y con estratagemas similares con las que –de Stalin a Fidel, pasando por Mao– se silenciaron o minimizaron matanzas perpetradas en nombre de la revolución. Y cuando, por vez primera, ocurre que Reverol obvia la nómina de sospechosos habituales, ¡albricias!, para reconocer desafueros de las huestes acaudilladas por el ahora capo metropolitano, Benavides Torres, es forzoso conjeturar que algo se está cocinando en el horno cupular. ¿Se sustancia acaso un expediente para el cambio de timón? La pregunta no es retórica y viene a cuento porque ni querer queriendo pueden ignorar el encolerizado Maduro, el cuasi ratificado y desplazado Padrino, y sus pares y nones las discrepancias irreconciliables y los descontentos mayúsculos que afloran en los dos partidos o facciones –PSUV y FANB– que sirven de soporte funcional y tenaza represora al régimen.
De la denostada república civil y democrática que precedió a la bolivariana, el redentor dedujo que el fair play no era lo suyo, que poner en manos de opositores la vigilancia de la gestión pública y la administración de justicia era escupir pa’rriba y que a él no le pasaría lo que a Pérez, así que, camaradas constituyentes, ¡cuidado con una vaina! Advertencia inútil, no porque los asambleístas hicieran caso omiso de sus bravatas, sino por ajustarse tanto a ellas que el traje a la medida no le sirvió cuando los esteroides lo inflaron. ¡Reforma, quiero reforma! ¡El del güiro soy yo!, clamó y consultó al soberano. Este lo despachó con la seña del mudo, ¡miii! No lo podía creer: victoria de mierda y derrota pírrica (sic), rumió ante el primer puñetazo recibido en una pelea que no concluyó porque lo salvó el tañido de la Parca. Su pupilo subió al ring, mas bailar salsa no es lo mismo que boxear en la arena política. Por eso el manager cubiche, óyeme tú, no te mandes, déjate de pendejadas que el pueblo es mucha gente y si a Chávez se le volteó a ti te revuelcan. ¡Mosca! Por eso Maduro no somete a consulta la (im)pertinencia de su engendro. De hacerlo tiene todas las de perder, pues ¿quién en su sano juicio respaldaría ideas tan anacrónicas y excluyentes como el voto censitario?
Miguel Otero Silva contaba que en la cárcel había enseñado a un compañero de infortunio a jugar ajedrez. Un sindicalista avispado que pronto dominó el escaqueado para urdir complejas celadas. En una partida en la que un enroque se reveló como garrafal error, el autor de Fiebre se pasó de listo y «desenrocó», diciéndole al contendor que había olvidado instruirlo acerca de ese «movimiento táctico casi en desuso». Una trastada morrocoyunamente azul de la que MOS confesó sentirse avergonzado y, por ello, como dicta la decencia, se disculpó. La anécdota sale a relucir para contrastarla con la desvergüenza de un gobierno impúdico que cambia las reglas de juego cada vez que se siente en desventaja, desvergüenza contagiada a una caterva de jueces cuya amoralidad queda al descubierto en el juicio exprés adelantado para defenestrar a la fiscal. Tamaña desfachatez pone de bulto su duplicidad. Con ese background no se puede, lo hizo Delcy, la retrechera en Cancún, acusar a países democráticos de venderse a Estados Unidos, mientras se negocian los votos mercadeados por minúsculas naciones insolventes –¿cuánto hay pa’ eso?, how much?, combien?–, miniaturas geopolíticas que, en términos demográficos, representan apenas 5% del continente. ¿Aquí sufragio restringido? ¡Yo te aviso! Y la mujercita tuvo el desparpajo de cantar victoria… ¡Pirro!
La constituyente comunal derramó el vaso de la paciencia nacional y potenció el volumen de una protesta que, invocando el artículo 350 de la Constitución vigente, insta a desconocer al TSJ, al CNE y al mismísimo Maduro, en una semana huracanada, y de nerviosos lances en el tablero castrense, que comenzó con la capital tomada por escuadrones de esbirros y delincuentes organizados en colectivos, y finaliza, a paso de ganso, sin resaca de tambores, enlutada por la partida del gran Pompeyo y las prácticas de tiro, ¡bang, bang!, efectuadas por la pretoriana Guardia Nacional, utilizando como blanco a los manifestantes, y con una población apostando por la desobediencia civil para poner fin a la carnicería roja y a la acumulación de cadáveres sobre los que la dictadura fundamenta su mandato. Es cuestión de dignidad ciudadana impedir la estafa prostituyente del 30 de julio. Aunque para ello debamos incendiar el cielo.
rfuentesx@gmail.com

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EL 350

CARLOS RAUL HERNANDEZ

(A Eglée González)

La Constitución es un conjunto de normas que la Humanidad inventó específicamente para proteger los seres humanos frente al Estado, el más temible depredador cuando anda por la libre. Georg Jellinek escribió que era la jaula que encerraba a la fiera del poder. Esas mismas normas generalmente establecen la anatomía y la fisiología de las instituciones, cuáles son sus órganos y cómo han de funcionar. Fijan límites hasta donde Leviatán no debe dar un paso más porque peligran los derechos a la vida, la privacidad, la propiedad y la libertad. Así el término “dictadura constitucional” de los años cincuenta es un contrasentido y los gobiernos son dictaduras precisamente cuando pueden disponer de la vida, libertad y propiedad de la gente, porque no hay Constitución. Las constituciones son reglas que las sociedades sanas no deben implantar por mayoría sino por consenso.
La mejor Constitución que tuvo Venezuela, la de 1961, asesorada y escrita por brillantes juristas españoles asilados aquí para la época, fue producto del consenso entre las fuerzas políticas y sociales. Con el mismo fin las constituciones de las grandes democracias solo se pueden aprobar, reformar y enmendar a través de un complicado mecanismo que incorpora mayorías calificadas de los parlamentos, las legislaturas regionales y los municipios –así era la de 1961– un amplio acuerdo horizontal y vertical. El sentido es claro: impedir que un demagogo mayoritario pueda pasar por encima de las minorías y aplastarlas. Incluso, autores tan diferentes como Montesquieu, Hayek y Rawls no contemplan que los derechos esenciales se sometan a mayorías electorales, sino al acuerdo entre mayorías y minorías.
 
El demagogo peligroso
Hitler, con su facultad para enloquecer a los alemanes, podía hacer la Constitución que le diera la gana, hasta el extremo de que un pensador de la talla de Karl Schmith no tuvo pudor para escribir que el poder constituyente en Alemania era el fuhrer que encarnaba la voluntad del pueblo, –como Fidel la de Cuba. La de EEUU elaborada en la Convención de Filadelfia, concilió intereses antagónicos del Estado Federal naciente contra los estados, los estados grandes contra los pequeños; y los choques multidireccionales entre el Estado Federal, los estados, los municipios, y el corazón de la sociedad libre: los derechos de los seres humanos individuales. Así creó la obra de ingeniería política más admirable de la Humanidad. Fue la obra cumbre de un hombre cumbre, George Washington, y suya la creación del Senado en sentido actual. En la Convención se presentó una crisis que casi hundió el proyecto constitucional.
Varios estados estuvieron a punto de retirarse porque según el diseño presentado, para integrar la Cámara de Representantes cada estado escogería un número de diputados correspondiente al volumen poblacional, lo que aplastaría los estados pequeños: Virginia elegiría veinticinco, por ejemplo, mientras Rhode Island tendría uno solo. Washington ideó entonces la Cámara Federal, el Senado, en la que todos tendrían por igual dos senadores, y que sería política y administrativamente la instancia superior. Controlaría la gestión de la Cámara de Representantes y daría el visto bueno o no a las leyes que vinieran de ella. Los senadores se elegirían por ocho años mientras los representantes lo serían por cuatro años. Así superó el impase, pese a que nunca disertó en las plenarias –habló diez minutos en la clausura– desayunaba con las delegaciones por separado para discutir con ellas.
 
La amenaza Constituyente
De allí su conocida anécdota. Vertió café hirviendo en el plato, mientras comentaba “…el café viene caliente de los representantes. El Senado lo enfría”. Un siglo después el poder constituyente recorrió el mundo para devorar el orden anterior y crear una nueva sociedad. En el XX el golpismo latinoamericano lo descubrió y más reciente, los marxistas. Antonio Negri, el teórico terrorista italiano de Brigadas Rojas –huésped bolivariano– descubrió que “el poder constituyente es la revolución”, y tuvimos el proceso en Venezuela, Bolivia y Ecuador. El espantajo constituyente se convirtió en una amenaza democrática a la democracia y al orden establecido, tal como lo vivimos, y por eso ninguna Constitución decente contiene semejante sífilis política que pone de nuevo en manos de mayorías momentáneas caudillos el destino de los Derechos Fundamentales. Pero los demagogos embriagados de popularidad dejan colar un error.
Desde la Edad Media se acepta el derecho a la rebelión, como reza en la Declaración de Independencia de EEUU y en las constituciones francesa y alemana entre muchas otras, aquí llamado 350: todo ciudadano, civil o militar está obligado a restablecer por la fuerza la Constitución si el Estado la viola. Es un principio que desprevenidos confunden con la realidad, y que en la práctica sirve solo para legitimar una acción, pero no la realiza, ni otorga la fuerza para hacerlo (algunos creían que al “aplicarlo” el gobierno “se iba”). Lo imaginan como una trompeta de Jericó cuyo solo sonido derrumba las murallas, una invocación sobrenatural. Incluso, una vez que la fuerza actúa, los políticos son los que califican: para la OEA de entonces, las caídas de Zelaya en Honduras y Lugo en Paraguay fueron golpes de Estado, pero hoy seguramente las evaluarían como rebeliones constitucionales.
@CarlosRaulHer


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PEQUEÑA CRÍTICA DE DISPARATE


FERNANDO RODRIGUEZ

A Pompeyo, este dolor inesperado, quien mucho me enseñó de lo que sigue.

Una profesora ucevista me paró hace unos días y me dijo que escribiera el domingo siguiente una información que tenía del hermano de su suegra, oficial retirado, y es que al puerto de Guanta había llegado un barco repleto de sirios que eran los que iban a dirigir en adelante la represión, vestidos todos de negro. En vano le dije que los sirios vivían muy lejos y estaban muy ocupados con su guerra, que si era por bestias sádicas aquí sobraban, como se veía en cada marcha, y que eso del traje negro me parecía particularmente raro, muy hollywoodense. Me miró de arriba abajo.
Creo a pies juntillas que mucho mal nos hace, hablo de opositores a la tiranía, el andar diciendo extravagancias “radicales”, valga decir, eludiendo la verdad y sus exigencias, que ella y solo ella ha de conducirnos a estrategias adecuadas para superar el horror en que vivimos. Por lo cual he sacrificado una inusual afluencia de temas importantes (OEA, antejuicio de mérito a la fiscal, cambios en el gorilaje, agenda de la MUD) por decir una perogrullada que en algo pudiese ayudar al uso del buen sentido, en esta era de la posverdad y en un país con uno de los gobiernos más mentirosos del mundo, unos cuantos laboratorios de infamias y una prensa, a veces muy noble, golpeada por la penuria.
Hay una regla del método científico que consiste en preferir las explicaciones simples a las complejas, siempre que no haya criterios firmes, demostraciones, para optar por las segundas: la viejísima “navaja de Okham”. Lo que podría evitar que rotundos opositores se la pasen diciendo cosas estrambóticas sin prueba alguna, como cualquier Maduro, Reverol o Cabello... Lo cual colabora con la general confusión y podría hacer útil esta prudente disposición.
Un solo ejemplo, rotundo pienso. Usted está enterado de que la fiscal Ortega ha dicho unas cuantas cosas de grueso calibre que han puesto a tambalear el gobierno criminal. Hasta tal punto que se puede considerar que es la mayor victoria, en el muy ansiado terreno enemigo, con que hemos contado hasta hoy. Qué pasó en las profundidades de la psiquis de la aplaudida dama, les confieso no solo que no lo sé, sino que no me interesa para nada. Me atengo a la simple constatación de cuánto ha sumado, ante nuestros asombrados ojos, a la causa de la resistencia a la banda de tiranos. Tanto que al muy divertido Carreño, de pública disfuncionalidad mental, se le ha ocurrido el desvarío extremo de que la señora está loca de atar y debe ser destituida. O Iris Valera, que ha procedido a devorarla verbalmente, depredadora de cuidado que yo temería más que a varios colectivos juntos. O que Cabello y otros desmelenados que han jurado que apenas se instale la asamblea, el primer día, la primera hora, saldrían a buscarla para darle justo castigo. Esta es una explicación simple que se atiene a una lectura mediática poco inquisidora, cándida.
Pero usted no, ya sé. Usted siempre anda mosca y no se come el cuento de esa conversión inusitada. Detrás de eso hay una patraña concertada con Maduro, seguramente elaborada por Raúl Castro y el G2 cubano, los de aquí son muy brutos para maniobras tan barrocas, que terminará en otra engañifa para la resistencia, algún diálogo zapatérico adormecedor que mermará su capacidad bélica que es la única en que usted cree, a pesar de sus más bien acomodaticias costumbres. No abundo en los detalles que usted agrega, algunos muy concretos y que saca de fuentes vedadas a compatriotas más crédulos, extraídas seguramente de algún pozo séptico de las redes. Es, sin duda, una explicación mucho más elaborada y compleja que la mía. Lo que sucede es que usted debería aportar para hacerla comestible, en sano uso de la razón, un conjunto de demostraciones de la más diversa índole, desde psicoanalíticas hasta politológicas, que nunca aparecerán, nunca. Le confieso que prefiero, amo más mi simpleza y sus muy visibles sustentos que sus osadas hipótesis de hablador de bolserías.
Ya las cosas están bastante complicadas y difíciles, por favor no le agregue más disparates lógicos, fuentes misteriosas y proyecciones de sus retorcimientos y penumbras. Necesitamos dar en el clavo, desesperadamente.
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