lunes, 21 de agosto de 2017

DEMOCRACIAS TONTAS

                Ignacio Camacho
 
ABC
 
Una democracia tonta es aquella que concede a sus enemigos privilegios y derechos para combatirla. La que entiende que la libertad puede ser usada para destruir la libertad. La que confunde tolerancia con indefensión y rehúsa la autocrítica. La que, acolchada en su confort indoloro, ha dejado atrofiarse su musculatura moral hasta la parálisis. Una democracia tonta es la nuestra, la española, la europea. La que sigue negándose a aceptar el fracaso de su modelo de diversidad mientras se deja golpear por unos adversarios a los que ha franqueado las puertas. La que todavía no ha entendido que el multiculturalismo no era la solución, sino el problema.
El éxito de la sociedad abierta y plural se basa en la integración, no en la coexistencia. La acogida por sí sola no basta si los acogidos se resisten a aceptarse a sí mismos como parte de un proyecto común, de un mismo sistema. Y eso no ha sucedido con las comunidades islámicas, a las que Europa ha dejado desarrollarse bajo sus propias normas durante décadas. Un concepto erróneo de la permisividad que ha desembocado en la construcción de sociedades paralelas, yuxtapuestas, cuyo resultado no podía ser otro que el estallido de conflictos de convivencia.
Podemos negarnos, en aras de la corrección del pensamiento, a aceptar la evidencia. Podemos resaltar la condición pacífica de la religión musulmana e ignorar adrede que el Islam, incluso en su interpretación contemporánea, comprende un orden político basado en la guerra. El mundo islámico aún tiene pendiente la separación entre el ámbito religioso y el civil, la revolución ilustrada, y por tanto sufre grandes dificultades de habilitación en la sociedad moderna. Por eso muchos líderes espirituales de la yihad predican en las mezquitas una doctrina inflamada de exaltación violenta. Y por eso encuentran seguidores entre los jóvenes inadaptados de la generación millennial.
El virus yihadista se ha incubado al calor de una excepción pedagógica y social fruto de una multiculturalidad extraviada. España venía siendo una excepción porque los inmigrantes musulmanes pertenecían mayoritariamente al contingente poco problemático de la primera oleada. Pero sus descendientes, ya españoles, han crecido en la burbuja aislacionista disimulada por la creencia oficial en una ficticia participación comunitaria. En Cataluña, por ejemplo, el soberanismo lleva desarrollando desde hace veinte años una política específica -ayudas y subvenciones- para favorecer a las comunidades islámicas en la estúpida idea de que al no hablar castellano de origen, como las latinas, resultaba más fácil su inmersión inducida en el proyecto de nación catalana. Un bobo error, pero no mucho más necio que el de la mayoría de las democracias europeas, empeñadas en el bienintencionado y estéril esfuerzo de diseñar hermosos paradigmas sociales que siempre acaban funcionando de otra manera.

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El vaso medio lleno de la oposición / Balance político

SANTIAGO RUIZ

Evaluar acertadamente y reconocer las fortalezas y oportunidades es la clave del éxito

A pesar de que el vaso de la instalación de la ANC pareciera una victoria para el gobierno también tiene su lado medio lleno para la oposición. El régimen ha tenido que pagar el alto precio del desprestigio internacional al igual que la AN ha sido reconocida por un gran número de países como la representante legítima de la voluntad popular por encima de cualquier otro órgano estatal y ha accedido a un tipo de apoyo que no hubiese sido posible mientras la careta del régimen no se hubiese agrietado gracias a la presión opositora. Hay victorias que aunque no sean apoteósicas tienen más valor estratégico y a mediano plazo que la euforia colectiva del efecto inmediatista.
Leyendo entre líneas, la negativa de la ANC a disolver la AN legítimamente constituida no obedece a factores como que 14 millones de venezolanos participaron en la elección del 2015, cifra ampliamente superior a los “8 millones” que alegan ellos haber tenido, ni tampoco es una “lección de convivencia democrática” como alega Delcy Eloína. Pareciera que la negativa a dar la estocada final implica un costo que el régimen no está en condiciones de asumir, no por falta de ganas, sino por falta de fortaleza.
Primero, estratégicamente es una mala idea. La disolución de la AN implica, por un lado, el riesgo de que los “opositores de la oposición” pierdan un blanco fácil de atacar, y arriesgarse a que el único culpable de todo pase a ser la ANC, es decir, el gobierno. Según el tradicional modus operandi del régimen, debe haber siempre un enemigo interno focalizado a quien culpar y que ayude a cohesionar la filas rojas. Ahora, por añadidura, existen los anti MUD que, para beneplácito del gobierno, ayudan también a dividir la oposición. Ante esto cabe preguntarse ¿para quién juegan realmente los anti MUD y los anti políticos? Si existen sólo DOS equipos y ellos están ayudando a dividir al de la oposición seguramente los maduristas estarán contentos de aceptarlos en sus filas.
Segundo, eliminar la AN conlleva el riesgo de cohesionar nuevamente a la oposición que está disgregada a causa de su falta de visión estratégica, el mal encauzamiento de su propia frustración y su pésimo desempeño comunicacional, cosa que ha sabido aprovechar y alimentar magistralmente el madurismo y su sala situacional mediática. Fortalecer la idea de que existe un “tercer equipo” dentro de este juego ha sido la estrategia más exitosa de las últimas semanas por parte del gobierno para atraernos hacia las alternativas donde somos más débiles y que tienen menos sentido práctico: el abstencionismo y la confrontación armada.
Tercero y más importante aún, el aniquilamiento de la AN implicaría quitarse el disfraz de república democrática que tanto han luchado por mantener y quedar desnudos en todo su esplendor de régimen dictatorial ante el mundo. Tal vez para nosotros sea obvio que el gobierno es una dictadura de facto, pero en los discursos de sus dirigentes persiste la retórica de que existe “un exceso de democracia” (Tarek W. Saab), que ellos “son el pueblo” (Maduro) y que para que la asamblea regrese a sus funciones lo único que tiene que hacer es “salir del desacato” (Diosdado C.).
Es verdad que hace tiempo que la AN está atada de manos pero no es menos cierto que la omnipotencia de la ANC es falsa. Haber despojado a la AN de sus funciones no tiene ninguna aplicación práctica para el gobierno que busca legitimar las transacciones internacionales que no puede realizar sin el apoyo de los diputados, más de 40 países han declarado que no harán ningún negocio con Venezuela a menos que cuente con la previa aprobación de la AN, para vender el país se necesita a alguien que lo pague. China se ve cada vez más reticente a auxiliar financieramente al gobierno, Cuba económicamente no tiene nada que aportar y Rusia está por verse después de los últimos mil millones que aportó ahora que USA ha aplicado medidas para que Citgo deje de ser una ficha viable como garantía de préstamos posteriores.
El gobierno ha demostrado una y otra vez hasta la saciedad que nociones prácticas como la alimentación, salud, educación y la opinión pública nacional los tienen sin cuidado, siendo importantes sólo instrumental y circunstancialmente. Para muestra el botón de las compras de armas y los gastos exorbitantes en propaganda por sobre compra de medicinas, insumos agrícolas, comida y enseres educativos. Sin embargo, la opinión internacional y la ideologización son la punta de lanza que mantiene firme su base dura, he ahí el origen de los recules enmascarados que ha dado el gobierno en sus respectivos momentos: la enmienda a las sentencias 155 y 156 y la no disolución de la Asamblea Nacional a pesar de su negativa a doblar la rodilla ante la ANC.
Entonces, es lógico pensar que esta guerra se ganará primeramente en el terreno de lo conceptual y lo simbólico, de ahí la importancia de arrinconar moral y argumentalmente al gobierno y ellos mismos nos han provisto de las armas para hacerlo.
Adelantar la fecha de las elecciones es un claro indicio de que la guerra de desgaste está haciendo más mella en el régimen que en los opositores, políticamente hablando. El capital político del gobierno se va debilitando a pasos agigantados a medida que pasan las semanas y su única estrategia inteligente posible es aprovechar la división opositora mientras ésta exista. Posponer o suspender las elecciones tiene un costo aún más alto que perderlas.
Quienes piensan que la AN es un órgano inútil per se, olvidan que su mera existencia plantea la contradicción fundamental que deslegitima conceptualmente al gobierno. Las funciones de la AN no se limitan a legislar, sino que también ejerce la función de control tanto sobre el gobierno, como sobre la administración pública nacional (artículos 187.3, 222 y 223 de la Constitución), fiscalizando el debido cumplimiento de sus funciones. Por ello, por ejemplo, el artículo 220 le otorga competencia para declarar la responsabilidad política de los funcionarios públicos y solicitar al Poder Ciudadano que intente las acciones a que haya lugar para hacer efectiva tal responsabilidad. Entonces, paradójicamente, nos escontramos con el caso donde los patos le disparan a la escopeta: los fiscalizados declaran al fiscalizador en desacato, lo cual, conceptualmente, es la insubordinación primaria que sitúa al gobierno como transgresor flagrante de la constitución y, por lo tanto, en ilegítimo.
Más allá del efecto concreto de ser la piedra en el zapato de las negociaciones internacionales del gobierno, la AN es el símbolo de la resiliencia venezolana, la prueba de que el madurismo en realidad no puede hacer lo que le dé la gana y el último bastión de legitimidad remanente de la democracia venezolana ante el mundo. Atender al llamado de los necios y radicales que la tildan de inútil es matar el símbolo que nos conecta con el resto de los países democráticos que nos apoyan, en otras palabras, desconocer la AN es entregar las armas al enemigo. Más nos valdría convertirnos en maduristas.


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EL ASUNTO NO ES SOLO POLITICO

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                MARTA DE LA VEGA
 
Podría hablarse de nudos críticos y desenlaces en relación con la crisis venezolana. Son muchos los factores en juego y varios los escenarios para superarla. Es claro que el asunto no es solo político. Estamos en un régimen de facto, impuesto por una ilegítima y fraudulenta asamblea nacional constituyente con la complicidad del poder ejecutivo y del tribunal supremo de justicia.
Los artículos 333 y 350 preservan la plena vigencia de la Constitución de 1999, ratifican la legalidad y legitimidad del principal órgano de representación ciudadana que es la Asamblea Nacional y la única institución pública que rechazó seguir como apéndice del gobierno y ha actuado con apego a la Constitución, el Ministerio Público y su Fiscal General Luisa Ortega Díaz, ambos perseguidos.
Aunque su poder ni es efectivo ni es originario ni legal ni verdadero, por haber violentado, entre otros, los artículos 347 y 137, la anc, bajo la presidencia de Delcy Rodríguez, pretende constituirse en poder absoluto, sin atender a los límites que le impone la propia Constitución.
Es claro que estamos comandados por el crimen organizado, con tentáculos internacionales denunciados públicamente que han penetrado el meollo del alto gobierno, funcionarios y familiares de personeros principales. Han desmoronado la República no solo la ruptura del hilo constitucional sino la implantación en las estructuras nacionales de poder, de grupos árabes radicales y terroristas, fundamentalistas iraníes, carteles narcotraficantes y delincuentes vinculados con quienes conducen el gobierno.
Así que no son solos los cubanos los que se han convertido en fuerza de ocupación y control desde hace muchos años, presentes en las fuerzas armadas, partícipes de los servicios de inteligencia, notarías y registros, sistema de identidad e inmigración, sistemas paralelos de salud y asistencia social, hospitales y organismos diversos del Estado, el cual ha sido colonizado por el gobierno desde hace 18 años.
Sin pudor, estas mafias dominan a militares de rango superior y a civiles conectados al poder político que aprovechan las pingües ganancias derivadas de la corrupción en el manejo de las divisas por renta petrolera y de la explotación depredadora de los recursos naturales más valiosos.
Dádivas en suntuosos bienes, prebendas y chantajes son el mecanismo para las adhesiones acomodaticias y utilitarias al régimen que busca mantenerse en el poder a cualquier costo. La soberanía nacional no existe sino formalmente porque hemos pasado a formar parte de la red criminal global con alcance transnacional y nos hemos convertido en tuercas de tal engranaje.
¿Cómo salir de esta maraña? Mediciones recientes de Consultores 21 presentadas en foro de Ecoanalítica muestran que 89% de la población encuestada ve mala la situación económica y 84% peor que en 2016. Solo 14% cree que es por la guerra económica y en cambio 59% responsabiliza a la gestión del gobierno. 71% justifica las protestas y 65% piensa que han sido pacíficas y el gobierno las ha violentado. Hay pesimismo en el corto plazo: 75% no ve futuro mejor. En cuanto a escenarios, la vía pacífica y electoral es preferida por 89% que sí quiere elecciones regionales. Y aunque el diálogo parece agotado, según 69%, 26% piensa que las negociaciones podrían abrir camino a la superación de la crisis.
Podemos deducir que urge un cambio de gobierno y de modelo económico para enderezar el rumbo. Si el gobierno se aferra al poder y rechaza los llamados de la comunidad internacional, es muy probable que la implosión inminente nos convierta en Estado fallido o en Estado forajido. Ahora solo hay terrorismo de Estado.

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domingo, 20 de agosto de 2017

LA TRAGEDIA Y LA ESPERANZA

ALBERTO BARRERA TYSZKA

Enfrentar a unos políticos cínicos e inescrupulosos es tan difícil y arriesgado como oponerse a un comando de la Guardia Nacional en cualquier manifestación. Eso que llamamos resistencia no es una acción que solo puede darse en la calle, con escudos y con máscaras antigás. A veces, el poder de la mentira es tan aterrador como las balas. También producen muerte. Y desaliento, impotencia, rabia, desolación. Y frente a la violencia institucional que ejercen los poderosos es mucho más complicado resistir: ¿cómo combatir una farsa solemnemente estructurada?, ¿cómo pelear contra un engaño convertido en sistema, formalizado, distribuido sin pudor por todos los medios? Cuando Delcy Rodríguez mira hacia la cámara, altiva, soberbia, como si en realidad hubiera ganado una elección democrática; cuando desdobla una sonrisa sardónica y habla desde la arrogancia de los oligarcas, cuando se dirige a los diputados electos por el pueblo (que no cobran desde hace un año y han sido despojados de toda posibilidad de acción) y les dice que el parlamento no ha sido disuelto y que ellos deben seguir trabajando… ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer cuando Delcy Rodríguez se transforma en una bomba lacrimógena?
Chávez sabía mentir. Y, generalmente, lo hacía bien. Sus herederos conocen el método, tratan de seguirlo, pero son mucho más torpes, más evidentes. Les sale fácil lo fácil: la sorna, la burla, la ironía, el descaro. Pero son incapaces de convocar una esperanza, de comunicar con un mínimo de emoción algo que aunque sea parezca una verdad. Son demasiado obvios. En muy pocos días, sin ayuda de nadie, ellos solitos le han confirmado al país y al mundo que todo lo que prometieron con respecto a la Constituyente era una fantasía infantil que lo único que realmente les interesa es terminar de apagar la democracia, que la Constituyente sólo sirve para tratar de legitimar la dictadura en Venezuela.
Desde que se instaló este nuevo “milagro”, según pregonaban los altos dirigentes del gobierno, ¿qué ha pasado?, ¿a qué se han dedicado los supuestos nuevos representantes del también supuesto poder popular originario?  El espectáculo ha sido grotesco, patético.  Desde Tibisay Lucena hasta Tarek Williams Saab, pasando por ese detalle que es Nicolasito, el Sin Par de Miraflores.
¿Para qué necesita el país una nueva Constitución? Para suspender, sustituir y perseguir a una Fiscal incómoda, con demasiada información sobre la millonaria corrupción del gobierno. ¿Para qué necesitan los pobres de Venezuela una nueva Constitución?  Para dejarlos sin candidatos por quien votar. Para inhabilitar y encarcelar a líderes de la oposición que puedan ganarle al oficialismo en futuras elecciones. ¿Para qué requiere nuestra sociedad un cambio en la Carta Magna? Para adelantar las elecciones que antes el mismo Consejo Nacional Electoral había retrasado de todas las maneras posibles. ¿Por qué necesitábamos con tanta premura esta Asamblea Constituyente? Porque el país precisa con urgencia una Comisión de la Verdad que premie la represión oficial y someta al país a un régimen de censura y control.
Desde que empezó la ANC, ¿cuántos niños han muerto por desnutrición en Venezuela? ¿Acaso algún funcionario del gobierno ha hablado de esto?
A Hugo Chávez siempre le encantó la contra ofensiva.  Lo repitió en varias oportunidades. Es algo que forma parte de la lógica de la guerra con la que Chávez, lamentablemente, envenenó la política nacional.  Soportaba los ataques, asumiendo que eran movimientos enemigos, para luego en una aparente jugada defensiva terminar agrediendo, conquistando más posiciones de poder. Así como actuó el oficialismo en el paro petrolero, así también actuó ahora en estos meses de protestas de 2017.  Esperaron sin importar la cantidad de muertos, sabiendo que al podrían cobrarle toda esa sangre al adversario.  Es lo que están haciendo ahora. Es el momento de la contra ofensiva. La oportunidad para profundizar eso que ellos llaman pomposamente “la revolución”.
La estrategia implica una frialdad abrumadora. Una distancia criminal con la vida de los ciudadanos.  Y una apuesta delirante por la farsa. Por hacer de la mentira una definición de gobierno, una forma de vida.  De manera instantánea, el nuevo Fiscal descubrió que la Fiscal General de la República es corrupta, racista, conspiradora violenta y promotora de una invasión gringa.  De manera instantánea, el CNE destrabó todas las dificultas y problemas que interpuso para impedir el referendo y las elecciones y, de pronto, convocó un proceso exprés para el próximo mes de octubre. De manera instantánea… ¿Cómo desactivar un fraude que tiene como cómplices al gobierno, las instituciones y la Fuerza Armada Nacional?
La sociedad democrática venezolana, con sus debilidades y heterogeneidad, lleva años tratando de responder a esa pregunta. No es nada fácil.  Es muy desalentador lo que nos pasa como país. Después de cada dos décadas y una bonanza petrolera estamos peor que antes, en todos los sentidos. Nuestra pobreza es trágica. Y gracias a ella, muchos de los funcionarios del “gobierno de los pobres” se han hecho millonarios. Es trágico un país donde los hijos de una víctima de la violencia del Estado sean ahora quienes legitimen esa misma violencia del Estado. Es trágico un país donde la miseria crece, los hospitales no funcionan, los cuerpos de seguridad masacran a inocentes, hay ciudadanos desaparecidos y estudiantes presos por protestar. Es trágico que todo esto, además, se haga a nombre de la libertad y de la justicia.
En este escenario, ¿el tema de la participación en las elecciones regionales puede ser tratado como un dilema moral? No estamos ante una disyuntiva ética, no debatimos entre opciones más o menos virtuosas, más o menos valientes, más o menos honestas. La dirigencia política, si quiere seguir haciendo política, no tiene otra posibilidad. Está obligada a mantenerse unida y a dar la pelea en todos los espacios que puedan. Aguantar la contra ofensiva no es sencillo. El gobierno solo quiere contaminarnos con una enorme sensación de derrota. Ese es el primer objetivo de la Asamblea Nacional Constituyente. Que olvidemos que somos mayoría. Que pensemos que no sirve de nada ser mayoría. Que aceptemos que han ganado y que ya no importa, que no tenemos nada qué hacer.
Pero nosotros no podemos olvidar lo que ellos no olvidan: cada día son menos. Cada día menos gente los quiere, les cree. Dentro y fuera del país. Es una tendencia que no se ha detenido desde hace años. Un indicador que sigue creciendo. En el fondo, el chavismo pelea contra la historia. Actúan así porque saben que están rodeados.  Ahora la paranoia es su ideología.
La esperanza también puede ser un recurso natural renovable.
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EL SOCIALISMO DE LOS TONTOS

BRADFORD DELONG

Según la teoría económica convencional, la globalización tiende a “beneficiar a todos”, y tiene escaso efecto en la amplia distribución de ingresos. Pero “globalización” no es lo mismo que eliminación de aranceles y otras barreras a las importaciones que confieren ventajas de captación de renta a productores domésticos políticamente influyentes. Como frecuentemente señala el economista Dani Rodrik de la Universidad de Harvard, la teoría económica predice que eliminar los aranceles y las barreras no arancelarias efectivamente produce ganancias netas; pero también se traduce en grandes redistribuciones, donde eliminar barreras más pequeñas genera redistribuciones mayores en relación a las ganancias netas.
La globalización, para nuestros fines, es diferente. Se la debería entender como un proceso en el cual el mundo se vuelve cada vez más interconectado a través de progresos tecnológicos que hacen bajar los costes del transporte y las comunicaciones.
Sin duda, esta forma de globalización permite que los productores extranjeros exporten bienes y servicios a mercados lejanos a un coste más bajo. Pero también abre los mercados exportadores y reduce los costes para la otra parte. Y, a fin de cuentas, los consumidores reciben más por menos.
De acuerdo con la teoría económica estándar, la redistribución sólo se produce cuando las exportaciones de un país exigen factores de producción inmensamente diferentes de sus importaciones. Pero, en la economía global de hoy, esas diferencias no existen.
En Estados Unidos, un excedente de la balanza de pagos en las finanzas significa que más norteamericanos serán empleados como obreros de la construcción, productores de bienes de capital, enfermeros y asistentes de salud a domicilio. De la misma manera, un excedente en los servicios significa que más norteamericanos trabajarán no sólo como consultores con un alto nivel educativo (y bien remunerados) en nidos de acero y cristal, sino también, por ejemplo, como porteros y personal de limpieza en moteles a las puertas del Parque Nacional Yellowstone.
Al mismo tiempo, un déficit en la manufactura puede crear más empleos industriales en el exterior, en países donde los costes de mano de obra son bajos en relación al capital; pero destruye relativamente pocos empleos en Estados Unidos, donde la manufactura ya es una industria de utilización muy intensiva de capital. Como ha venido señalando el economista Robert Hall de la Universidad de Stanford durante tres décadas, hay más norteamericanos que se dedican a vender coches que a fabricarlos. Las materias primas que Estados Unidos importa del exterior representan una cantidad significativa de mano de obra relativamente no cualificada, pero no desplazan mucha mano de obra en Estados Unidos.
De modo que, al menos en teoría, el giro en el empleo de Estados Unidos de las líneas de montaje a la construcción, servicios y cuidado de la salud puede haber tenido un impacto en la distribución general del ingreso en términos de género, pero no en términos de clase. ¿Por qué, entones, ha habido semejante resistencia política a la globalización en el siglo XXI? Percibo cuatro razones.
La primera y principal: a los políticos les resulta fácil culpar de los problemas de un país a los extranjeros e inmigrantes que no votan. En 1890, los políticos en el Imperio de Habsburgo solían culpar a los judíos de varios males socioeconómicos. El disidente austríaco Ferdinand Kronawetter sentenció: “Der Antisemitismus ist der Sozialismus der dummen Kerle”, el antisemitismo es el socialismo de los tontos. Lo mismo podría decirse de la antiglobalización hoy.
Segundo, más de una generación de crecimiento económico desigual y más lento de lo esperado en el Norte global ha creado una fuerte necesidad política y psicológica de encontrar chivos expiatorios. La gente quiere un discurso simple que explique por qué no se están beneficiando con la prosperidad que alguna vez les prometieron, y por qué existe una brecha tan grande y creciente entre una clase cada vez más rica y todos los demás.
Tercero, el ascenso económico de China coincidió con un período en el cual el Norte global se esforzaba por alcanzar el pleno empleo. Contrariamente a lo que siempre han dicho los seguidores de Friedrich von Hayek y Andrew Mellon, los reajustes económicos no suceden cuando las quiebras provocan una salida de mano de obra y capital de industrias de baja productividad y baja demanda, sino más bien cuando las épocas de bonanza introducen mano de obra y capital en industrias de alta productividad y alta demanda.
En consecuencia, el neoliberalismo no sólo requiere de mercados abiertos y competitivos, cambio global y estabilidad de precios. También depende del pleno empleo y de los períodos de bonanza casi permanentes, como había advertido el economista John Maynard Keynes en los años 1920 y 1930. En las últimas décadas, el orden neoliberal no logró ofrecer ninguna de estas condiciones, muy probablemente porque hacerlo habría resultado imposible inclusive si se hubieran implementado las mejores políticas.
Cuarto, los responsables de las políticas no hicieron lo suficiente para compensar esta deficiencia con una redistribución económica y geográfica y políticas sociales más agresivas. Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recientemente les dijo a los neoyorquinos del norte del Estado que debían irse de la región y buscar empleos en otra parte, se hizo eco de lo que decían políticos de centro-derecha de la generación pasada en el Norte global.
Los actuales dilemas políticos y económicos del Norte global no son tan diferentes de los de los años 1920 y 1930. Como Keynes observó entonces, la clave es producir y mantener el pleno empleo, y en ese momento la mayoría de los otros problemas habrán desaparecido.
Y, como sostenía el economista austro-húngaro Karl Polanyi, es responsabilidad del gobierno garantizar los derechos socioeconómicos. La gente cree que tiene derecho a vivir en comunidades saludables, tener ocupaciones estables y ganar un salario decente que aumente con el tiempo. Pero estos supuestos derechos no surgen naturalmente de los derechos de propiedad y de los recursos cada vez más escasos —las monedas del reino neoliberal—.
Ya han pasado diez años desde la crisis financiera global y el inicio de la Gran Recesión en el Norte global. Los gobiernos todavía no han sabido reparar el daño generado por esos acontecimientos. Si no lo hacen pronto, los “ismos” de los tontos seguirán causando estragos en las próximas décadas.
J. Bradford Delong, ex subsecretario adjunto del Tesoro de Estados Unidos, es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley y socio de investigación en la Oficina Nacional de Investigación Económica.

© Project Syndicate, 2017. www.project-syndicate.org

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HABLAR, CRITICAR

FERNANDO RODRIGUEZ
 
EL NACIONAL
 
 
Hace mucho que Kant definía la crítica como aquella que establecía la validez de un discurso. Digamos que aquí y ahora necesitamos criticar porque todos sentimos que en el viraje que estamos dando, sin saber demasiado hacia dónde, los opositores necesariamente tenemos que someter a crítica no pocas cosas del ayer inmediato y del hoy para que sean francas y útiles las nuevas trayectorias, que no son menores sino como pocas veces decisivas para nuestra supervivencia republicana, si no lo creen pregúntenle a Trump.
Hay tantas maneras de mirar  la crítica que se dificulta  dar con algunas provechosas a nuestros humildes fines, acaso un mínimo prolegómeno. Se habla de crítica constructiva cuando esta  no solo señala lo negativo de lo criticado sino que sugiere opciones alternas, con tono sereno y bienintencionado. O destructiva cuando malévola y frenética no quiere sino demoler lo propuesto y, casi siempre, al proponente. Hay hasta la autocrítica, la conciencia que se muerde la cola. Parece tan importante que muy generalizadamente se pretende, condición democrática, una educación crítica para que los jóvenes, con pluralidad y debate, no comulguen con ruedas de molino.  Etcétera.
Pero aquí nos interesa una especie muy concreta y actual, que suponemos constructiva y autocrítica, hablamos de la que deben hacer los integrantes de la MUD y de los de esa paradoja que llaman los “opositores de la oposición”, que a pesar del  mote no son gobierno. Asunto importante en un momento de estancamiento  y de mucha confusión en una peligrosísima encrucijada. De manera que las formas y maneras de ejercer el pensamiento crítico es asunto importante, decisivo y que no podemos sino asumirlo para sanar los desesperanzadores e improductivos estados de ánimo. Diría una primera y curiosa observación, hay que hablar. Por hablar entiendo develar, razonar, comunicar, explicar. Afirmo que  hablamos poco.  Se mitinea mucho, pero esa manera de decir no tiene las características anteriores sino las de seducir emocionalmente, ¡venceremos!, o zaherir al enemigo, devaluarlo a los ojos de los combatientes, ¡payaso! La gente que camina por ahí tiene demasiadas preguntas, sobre todo si lee las noticias de los medios. Por tanto no sabe para dónde coger, ¿seguimos en el trimestre épico o somos entusiasmados votantes? Objeto imprescindible de clarificación, y de crítica. Otro tema, ¿estamos dialogando con el enemigo, porque confunde que se persiga con saña a alcaldes, a Baduel y seiscientos etcéteras y perdonen al rector Rondón o desechen los tribunales militares. ¿Y la fiscal y las dos asambleas y Smartmatic y en general la abominada constituyente y los innumerables atropellos del forajido contra la Constitución, la moral y las buenas costumbres, los olvidamos al menos por ahora? ¿No sería mejor hablar y hablar más o menos claro, hasta donde se pueda? Hay que hacerlo pronto, aunque duela.
Como la cosa es constructiva hay que diseñar la nueva ruta. Vamos a hacer una campaña electoral y eso implica una cantidad grande de movimientos que no se parecen a la gesta libertadora de ayer. Vamos a seguir en la Calle, la mayúscula se ha hecho de rigor, pero de otra manera supongo, para no chocar con lo anterior. Yo diría que el objetivo, muy mermado ahora, es el de mostrar poder cuantitativo, que somos la mayoría de los ciudadanos, y no guerreros contra las gloriosas fuerzas armadas que se preparan a darle una felpa a los gringos. Y si estuviésemos hablando con el gobierno, pues decirlo grosso modo y de qué forma lo hacemos. De manera que no aparezca Zapatero el día menos pensado desayunando o almorzando con el menos pensado. No  somos mirones de palo.
Es muy probable que aclarar muchos de esos secretos mal guardados y que tanto daño hacen tengan al menos esa ventaja que tanto inspiraba a psicoanalistas y a grandes filósofos, liberarse y fortalecerse mirando de frente la verdad. La incertidumbre y lo reprimido siempre enferman. Hablar pues, sin adjetivos muy alambicados y vacíos, como se hace en las esquinas.

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CUESTION DE RESPONSABILIDAD

ELSA CARDOZO
 
Detrás de la acumulación de ineficiencias y pérdida de legitimidad del gobierno venezolano –cuya más cruda evidencia se encuentra en las protestas masivas y en la criminal represión con la que fueron respondidas– hay algo mucho más grave que pérdida de gobernabilidad: la pérdida de Estado, la disolución de lo esencial del orden político convenido en el pacto fundamental de 1999 y mucho antes. Ahora, el inconstitucional proceso constituyente acelera en el arrase de lo que va quedando de principios, normas y procedimientos propios de un Estado de Derecho.
En esta escala, los ya muy visibles desbordamientos internacionales de la crisis venezolana –movimientos migratorios; narcotráfico, corrupción y lavado de dinero; deudas, morosidad y negociación de recursos estratégicos; incumplimiento de acuerdos y abandono de compromisos multilaterales– se agravarán con un régimen que no está dispuesto a aceptar ninguna norma o control, interno ni externo, que limite su ejercicio del poder. Añádanse las relaciones que ha venido desarrollando con aliados de polémica y preferentemente conflictiva proyección geopolítica internacional, como son los casos de Rusia, China e Irán, parte de la lista de países amigos a los que se refirió el presidente Maduro en su discurso ante la asamblea constituyente. En ella, por cierto, faltó Cuba, o quizá no, por redundante. Entre desmesuras, desconocimiento del orden jurídico internacional y vínculos inescrutables se ha terminado por colocar a Venezuela, con poca o nula transparencia, en tableros controlados por intereses ajenos, en relaciones desiguales que profundizan la pérdida de autonomía del gobierno y multiplican las vulnerabilidades del país a las prioridades estratégicas de otros.
De allí que las cuestiones de responsabilidad en la pérdida interior y exterior de estatalidad comiencen por las del gobierno de Venezuela. Responsabilidades una y otra vez recordadas desde la comunidad democrática internacional: tanto así que hasta el facilitador escogido por el gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, lo dejó anotado al final de su última visita a Venezuela. Y así se han acumulado internacionalmente desde manifestaciones de preocupación, llamados y exhortaciones, pasando por condenas y desconocimiento de la supuesta asamblea constituyente, hasta medidas diplomáticas con consecuencias económicas y la imposición de sanciones a más de treinta individualidades por Estados Unidos, aplicadas también por México, Colombia y Panamá.
Son muchos los intereses internacionales afectados por la pérdida de la democracia, la gobernabilidad y la estatalidad en Venezuela, pero las respuestas necesarias y útiles deben pasarse por el filtro de la responsabilidad internacional para evitar estrategias que se conformen con la estabilización de un orden negador de lo esencial del republicanismo moderno. De allí lo esencial de mantener como propósito interior y exterior la restitución de la plena vigencia de la Constitución, en correspondencia con el régimen internacional de protección de los derechos humanos y la democracia. Es esa perspectiva la que de modo directo y firme acogieron los doce países firmantes de la Declaración de Lima y la que ha prevalecido ante el mensaje del presidente Trump sobre una opción militar. Condenar al régimen, recordarle las no solo incumplidas sino gubernamentalmante bloqueadas condiciones por las que debía comenzar la restitución de la Constitución, desconocer a la asamblea constituyente y sus decisiones y definir medidas diplomáticas para limitar el margen de actuación internacional del gobierno, quedó plasmado en esa declaración que es también compromiso de responsabilidad con los venezolanos en la procura de una solución democrática.
De tanto decirlo, se ha perdido el sentido de aquello de que la salida de esta tragedia debe ser construida por los venezolanos que, en manifiesta mayoría, hemos demostrado querer un cambio de gobierno, democrática y pacíficamente. Y así es, una responsabilidad muy nuestra que hoy requiere de especial compromiso y disposición a exigírnosla y de exigirla a la dirigencia democrática y a la comunidad democrática internacional.

elsacardozo@gmail.com

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¿SE ODIAN?

TULIO HERNANDEZ

I
Se trata de una caricatura de los años setenta. Cuando el conflicto entre el MAS, el MIR y La Causa R de una parte, y los micropartidos de la ultra de la otra, ya era una ruptura definitiva entre la izquierda que se hacía democrática y aquella que aún insistía en la vía armada. Pedro León Zapata, con su proverbial genio, dibuja en primer plano a dos personajes que se miran con rabia, y un tercero, desde el fondo, exclama: “¡Se odian como un izquierdista a otro!”.
La he recordado esta tarde pensando que la pieza tendría absoluta vigencia en el presente manteniendo la frase pero sustituyendo una palabra: “¡Se odian como un opositor a otro!”.
Porque el tono que ha ido asumiendo el debate en la gama de adversarios al chavismo –los pro salida militar, los pacifistas radicales, los demócratas ortodoxos, los que convocan a la guerra civil–, las acusaciones y descalificaciones mutuas, es más cercano al fratricidio que al debate entre civiles que se suponen pluralistas.

II
Escribo esta nota luego de una larga conversación con otros dos venezolanos, de dos generaciones, uno que aún no llega a los 30 años de edad y otro que los pasó hace más de 30, y ninguno de los tres –me incluyo por supuesto–, a pesar de nuestra cercanía y amistad, de unas formaciones universitarias y unos oficios más o menos comunes, tiene el mismo punto de vista sobre qué se debe hacer para lograr aquello que los tres tenemos absolutamente claro como una obligación: ¡salir del desastre chavista devenido en madurista!
En medio del fragor de la conversación, que fluye con pasión, sin concesiones, pero con respeto y afecto, pongo en la mesa la idea de que nosotros tres en ese instante somos una especie de síntesis de lo que ocurre en Venezuela. Con una diferencia: que estamos conversando civilizadamente. Que tratamos de buscar puntos de encuentro y no hay en nuestras intervenciones ningún deseo de descalificar al otro. Todo lo contrario. Lo escuchamos con avidez.

III
Y ese es el problema de fondo. La dificultad de comprender que efectivamente, aunque vamos a bordo del mismo barco a la deriva –somos víctimas de la misma tragedia, desconsolados e impotentes ante los abusos de poder, la brutalidad política y el desmantelamiento del país que lleva a cabo el neoautoritarismo chavista devenido en dictadura madurista–, no compartimos los mismos puntos de vista sobre el papel de la MUD y sobre los caminos más eficientes para terminar con la pesadilla.
Somos un reflejo del país no rojo. Un país en el que, salvo la conciencia de que ahora sí estamos en una dictadura implacable aunque siga tratando de mantener la máscara democrática, no tenemos posturas comunes. Ni reconocemos un liderazgo único.
Quien cree firmemente que mientras el poder se ejerza por la fuerza de los fusiles, todo acto electoral es una distracción a la verdadera salida, que es un golpe militar, no puede aplaudir que la MUD acepte ir de nuevo a elecciones. Y quien considera que si le dejamos la solución a los militares vamos a tener más de lo mismo, militares en el poder, pero tenía esperanzas de que siguiendo con la batalla diaria en la calle más temprano que tarde el régimen “arrugaría”, no puede aplaudir, por supuesto, la opción militar ni la decisión de la MUD.
Y quienes pensamos que la lucha opositora necesita una dirección política única, y que con todos sus errores y debilidades, hasta nuevo aviso la MUD es la dirección necesaria, y que nos jugaremos con ella sus aciertos y errores, no podemos aplaudir ni a los pro salida militar, ni a los convencidos de una salida como la Primavera Árabe. Mucho menos a los que sueñan con los marines entrando por la avenida Sucre a la caza de Maduro, Diosdado, Tareck y los generales narcos.

IV
¿Entonces qué hacemos? Lo primero, reconocer que tener visiones diferentes no siempre es producto de pasiones bajas. Segundo, en consecuencia, no descalificarnos mutuamente. Entendernos como aliados con un enemigo común. Tercero, aprender a dialogar. ¿Si no podemos dialogar entre nosotros, cómo podemos quejarnos de la negativa al diálogo de la brutalidad roja? La MUD tiene la responsabilidad mayor. ¿Sabrá ejercerla?
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El escamoteo de los muertos

Elias Pino Iturrieta

El Nacional
 
Para llegar al poder, Chávez se empeñó en cambiarnos la historia. La memoria establecida no le convenía. Había que borrarla mediante la repetición de exageraciones y patrañas. El comandante fue un maestro en estas artes de la maroma, porque sabía que las reminiscencias establecidas conspiraban contra su hegemonía. Necesitaba una clientela sin ataduras con la obra de los antepasados, una tabla rasa para comenzar a escribir en ella a su manera los anales de unos hombres que habían tomado un sendero equivocado que él venía a enderezar. No le servían los individuos relacionados con el entendimiento del pasado arraigado a lo largo del siglo. Los quería sin el estorbo de unas rememoraciones que podían descubrir el plan de una autocracia que solo podía imponerse si destrozaba los vínculos con una obra hecha con anterioridad. No le fue mal en la empresa porque, mediante la repetición de sus curiosas lecciones de historia patria, expresadas con fervor de predicador medieval, sobraron los oyentes entusiastas que recibieron con beneplácito la idea de que habíamos perdido el tiempo haciendo las cosas como las habíamos hecho desde cuando quisimos establecer la democracia.
La escuela de manipulación inaugurada por Chávez ha sido continuada por Maduro, pero con poca insistencia en el punto de registrar el pasado para volverlo diverso y favorable. El dictador de nuestros días carece de las mañas del maestro en el arte de revolver evocaciones. Se conforma con repetirlo desde sus carencias de discurso y pupitre, para llover sobre mojado en una parcela que, debido a los rasgos de su flácida tribuna, ya no puede dar frutos. Como sabe que no puede intentar mudanzas en el entendimiento del pasado según quiso el patrón, ha preferido cambiar el presente, es decir, asegurar que los sucesos de la actualidad no fueron como realmente fueron. No es que Chávez dejara de hacerlo en su momento, también sentó cátedra en la tergiversación de los eventos que desfilaban ante sus narices, pero Maduro ha llegado hasta el escándalo en la faena de vender las vicisitudes de la actualidad en atención a los intereses de su pulpería.
El caso más evidente en la alquimia de cambiar la verdad por la mendacidad se localiza en la atribución que ha dispuesto en el caso de los muertos que ha dejado la lucha callejera en las protestas contra su dictadura. Los agentes del régimen, armados hasta los dientes, disparan a mansalva como si estuvieran en un polígono de tiro, los cadáveres de los jóvenes caen a diario, la sangre generosa se derrama por una causa republicana, para que él llegue a la aberración de responsabilizar de la matanza a los líderes de la oposición. Las imágenes muestran a los tiradores solazados frente a sus víctimas, la avilantez de unos cazadores sin ley ni piedad, pero el mandón mira hacia los despachos de la MUD para encontrar a los matarifes. Las protestas callejeras, según su versión, dejan de ser una manifestación legítima de descontento, una evidencia de coraje cívico y de entrega desprendida y digna, para volverse maquinaciones de unos adversarios que negocian con la mercancía enviada al matadero. Habla de carne de cañón, como no dejó de afirmar Chávez cuando le convino, pero olvida las referencias a los que disparan armas de fuego como si estuvieran en una batalla contra huestes organizadas y cargadas de herramientas realmente ofensivas.
Los muertos de los últimos meses son de la dictadura, señor Maduro, sus guardias los tumbaron a mansalva, los acribillaron desde posiciones alevosas y ventajosas. Buscar responsabilidades entre quienes cumplen su obligación de convocar actos masivos contra su dictadura es una maniobra tendenciosa y estrafalaria, aunque quizá provechosa, en la medida en que cuenta con eficaces repetidores y, de seguro, con la complicidad de una “comisión de la verdad” cuyo solo y real objeto será la fabricación de su antónimo. No es lo mismo cambiar los recuerdos que trastocar sucesos que uno vive y presencia, aunque la operación forme parte del mismo propósito de dominación. Lo primero poco a poco ha ido fracasando, porque los hechos del pasado son inamovibles, independientemente del poder de quien los quiera modificar, y vuelven finalmente a su cauce. Lo otro es dolor palpitante, que ningún poder puede convertir en memoria inerte.

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sábado, 19 de agosto de 2017

“No acataremos la disolución que pretende imponer Maduro” 

El Nacional
 
La Asamblea Nacional no aceptará el decreto de la constituyente que acaba con sus atribuciones legislativas. “La directiva de la AN y diputados de la Unidad no reconocemos ni acatamos disolución que pretende imponer Maduro a través de la fraudulenta ANC”, informó el presidente del Parlamento, Julio Borges, ayer en su cuenta de Twitter.
Dijo que la decisión reedita las sentencias 155 y 156 de la Sala Constitucional que en marzo de este año  disolvieron a la AN y que luego fueron corregidas por orden presidencial.
“El golpe de Estado perpetrado por la ANC es la profundización de las acciones que ejerce el régimen de Maduro contra la AN y la Constitución. La ANC es nula y sus actos ilegales e inconstitucionales”, indicó. Insistió en que la decisión de la constituyente no será asumida ni por el Parlamento, ni la comunidad internacional ni el pueblo.
La AN convocó a los ciudadanos a una sesión que se realizará hoy en la mañana en el Palacio Legislativo, al cual convocaron al cuerpo diplomático acreditado en el país.
Desconocimiento
La directiva de la AN no acudió ayer a la sesión convocada por la constituyente para que la AN se subordinara ante esa instancia. En respuesta, el Legislativo envió una carta abierta a la comunidad internacional y al presidente Maduro. “Reiteramos que desconocemos la fraudulenta asamblea nacional constituyente, sus mandatos y todos los actos emanados de la misma: ¡la única Constitución que encarna la justicia del pueblo de Venezuela es la de 1999!”.
Afirmaron que la ANC es un poder de facto que busca mantener a Maduro en el poder: “Es una mentira constituyente, una estructura de dominación nacida al margen de la Constitución de 1999 y de espaldas al pueblo. Fue convocada sin un referéndum popular, destruyó la universalidad del derecho al voto, pobremente avalada por dos millones de venezolanos, tiñó de sangre la conciencia del país y ha sido desconocida por el pueblo mayoritario, por la comunidad internacional y por la Asamblea Nacional”.
En la carta atribuyen a la constituyente la profundización de la grave crisis económica, social e institucional que ha sumido al país en un caos que alcanza a la FANB: “Hombres y mujeres de armas: ustedes están llamados a defender la Constitución como lo expresa el artículo 328. Juraron proteger a nuestro pueblo. La historia y el futuro de reconciliación que labraremos juntos agradecerán el valiente gesto de apostar por la justicia y la paz”.  
La AN llamó a retomar la vía hacia de la paz para lo cual pidió recuperar el orden constitucional y lograr elecciones libre: “Urge encontrar caminos que permitan transitar de la devastación del proyecto revolucionario a la construcción de la democracia. Rescatar el voto y hacer prevalecer el sentir de quienes demandan un cambio político es nuestra meta fundamental”.
Admiten que no es una tarea sencilla: “Enfrentamos un régimen de vocación autocrática que se aferra al poder con tozudez y se niega a escuchar al pueblo. Estamos dispuestos a transitar cualquiera de los dos caminos que existen para restituir el orden constitucional: el de un entendimiento serio, creíble, con verificación internacional y cuyo principal objetivo sea la restitución del orden constitucional; o el de la profundización de la lucha en todos sus ámbitos y con todas sus consecuencias”.


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PLENIPOTENCIARIA IMPOTENTE

LUIS UGALDE sj
 
 
La Asamblea Dictatorial Constituida se ha autoproclamado “plenipotenciaria”. Saben que es mentira, pues no la convocó el pueblo y viola la vigente Constitución. El Ejecutivo, el Electoral y el Judicial se apresuraron a hacerle genuflexión de súbditos; exigirá que también se arrodillen gobernadores, alcaldes, candidatos e instituciones. La ANC ilegítima se proclama y actúa como poder dictatorial “plenipotenciario”, con  todas las armas para reprimir y nula legitimidad.

Por otra parte ha quedado en evidencia la impotencia de la ANC para resolver los gravísimos problemas vitales de la población venezolana: el desabastecimiento dramático, la miseria creciente, la mortal carencia de medicinas vitales, la improductividad, la inseguridad, la corrupción…. Una muestra fue el lamentable debate “constituyente” sobre las soluciones económicas: un torneo verbal de buenos deseos bloqueados por sus trasnochados dogmatismos ideológicos. La Asamblea dictatorial fue puesta para no cambiar el muy desacertado modelo reinante, impotente para resolver esos problemas pero con fuerza represiva para imponerse a una población empobrecida. El tiempo juega en contra de esta dictadura pues la vida de los venezolanos se  endurece y se desborda la riada del éxodo obligado. Frente a esto la Venezuela democrática, que somos casi todos, y los demócratas internacionales, debemos aferrarnos a la única Constitución legítima vigente e inventar con creatividad la salida de esta ratonera inhumana.

Para cualquier observador sereno Venezuela no tiene salida sin una negociación  para establecer un gobierno democrático de unión nacional. Nuevo gobierno ya, es el clamor de la doliente población. Gobierno de una unidad superior de las fuerzas democráticas que incluya las aspiraciones razonables de la población en 1998, ahora con miseria agravada. Si actuara ética y racionalmente, el propio Maduro abriría esa puerta de salvación, pero ya ha demostrado que prefiere atrincherarse al modo cubano, ahondando a la vez la miseria socioeconómica y la represión dictatorial. No olvidemos que en 1957 cuando consideraron indeseable la dictadura de marcos Pérez Jiménez, las Fuerzas Armadas le quitaron el apoyo y Larrazábal, como su representante, abrió el país a la democracia, sin un solo tiro. Así ha ocurrido en una decena de países hispanos en las últimas décadas. No tenemos otra alternativa. Con las dictaduras no basta tener razón moral, es necesario sumar y unir fuerzas para obligarlas a rendirse.

Las votaciones de julio (16 y 30) de este año pusieron más en evidencia ante nosotros y el mundo el carácter dictatorial y tramposo del régimen en contraste con la voluntad  y capacidades democráticas de la población. Ello ha traído el repudio de todos los países democráticos que rechazan la tiranía y la miseria que viven los venezolanos, reprimidos y  cercados.

Nuevo Gobierno ya

No estamos hablando de un gobierno paralelo, sin los recursos del Estado y sin capacidad de acción, sino de un gobierno de unidad nacido de una negociación nacional e internacional que sustituya al actual gobierno atrincherado contra toda solución; que arranque de inmediato con masiva ayuda humanitaria (ya no es una necesidad marginal), combinada con una nueva política económica para activar la iniciativa empresarial productiva; con apoyo especial para la producción de alimentos, el servicio de salud, la reconstrucción del tejido social y la solidaridad nacional. Esa dimensión humanitaria necesita varios millardos de dólares y una movilización social solidaria. Las negociaciones y programas para la reconstrucción no pueden esperar a diciembre de 2017, y menos al débil triunfo electoral de algún débil partido parcial en 2018.

El pasado mes de julio el régimen fue claramente derrotado dos veces con votos. Así lo hemos visto los venezolanos y el mundo. Los ciudadanos demócratas y la MUD tuvimos grandes aciertos en las movilizaciones sociales y en la conducción al triunfo. Creo, que lamentablemente, faltó explicar desde ese mismo 30 estos triunfos frente a la dictadura de la ANC. Esta  es “plenipotenciaria” para imponer y reprimir e impotente para  cambiar el sufrimiento socioeconómico del país, del que es causante.

¿Elecciones en 2017? Frente a la Constituyente usurpadora, los demócratas nos aferramos a la vigente Constitución con voto libre, universal y secreto de gobernadores, alcaldes, legislativos y presidenciales (por el referéndum presidencial robado)… El Régimen con el poder dictatorial de la ANC está decidido a impedirlas: que la oposición se abstenga y le regale 23 gobernaciones, o se divida y vaya disminuida, maniatada y en condiciones tramposas, o con previo sometimiento a la ANC dictatorial. El arbitrario adelanto de las  regionales de diciembre a octubre es una maniobra más. Nada nos debe sorprender, ni llevar a renunciar a las elecciones constitucionales. Sabemos que el Régimen no es democrático y estamos actuando en rebeldía apoyados en el artículo 333,   Exigimos un CNE que garantice “igualdad, confiablidad, imparcialidad, transparencia” constitucionales (art.293), pero no lo hará. Pero si nos movilizamos y organizamos unidos, superaremos las trampas (como en triunfos pasados). La dictadura hará lo posible contra elecciones democráticas y seguirá llenando las cárceles. El hambre y la enfermedad continuarán  avanzando, los caminos del exilio desbordándose y el país aislado. Por eso lo más urgente para los venezolanos  es un nuevo gobierno de salvación nacional ya, con decidido apoyo internacional que adelante con voluntad, números y organización, la ayuda humanitaria internacional y nacional para que la población no muera y recupere la esperanza democrática.

Caracas, viernes 18 de agosto de 2017.


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viernes, 18 de agosto de 2017

Fiscal general Ortega Díaz desde México: Tenemos investigaciones que involucran a Maduro y su entorno

Agosto 18, 2017
 
La fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz anunció  en una reunión de la Contraloría General de la República Mexicana que la persiguen porque tiene bajo su poder investigaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro y su entorno


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La hora que nunca llegó
 
Simon Garcia
 
Las jornadas de protesta que durante más de cuatro meses ocurrieron en las principales ciudades del país fueron un éxito sin precedentes en nuestro continente. Ratificaron el descontento de la sociedad y el rechazo a las políticas económicas que castigan a la población. Demostraron fuerza de mayoría y una enérgica exigencia de cambio realizada por medios democráticos y pacíficos.
El plebiscito del 16j, sin la quincallería del CNE y la discutible presencia de militares, le aclaró al mundo por qué  Maduro, violando tramposamente la Constitución, evitó que fuera el poder soberano quien decidiera sobre la Asamblea Nacional Constituyente.
Pero la preparación unitaria del plebiscito comenzó a rebelar los desajustes entre dos políticas que decían perseguir el mismo objetivo, aunque con métodos tan diferentes que perfilaban dos fines incompatibles. La consideración de la Unidad como un recurso que beneficiaba a la lucha, era el elemento que permitía mantener la coexistencia entre visión moderada y pensamiento extremista.
La naturaleza maximalista e instantánea de las consignas extremistas poseen el atractivo de ofrecer todo para ya; de promover la acción frontal y descartar el menor paso atrás; de alentar la ilusión de que el asalto al cielo está al doblar la esquina, aunque no se tengan las escaleras para subir a él.
El pensamiento extremista, al conectarse con emociones primarias y solicitudes del corazón, suscita una concepción mitológica del cambio, desempolva una fraseología falsamente radical y termina conduciendo, según lo indica la experiencia conocida, a un callejón sin salida donde la lucha hay que retomarla en condiciones más desfavorables.
En nuestro caso, el pensamiento extremista esterilizó los logros del 16j y de los dos paros nacionales. En vez de afincarse en ellos para concretar una amplia alianza nacional, reformular un planteamiento institucional para la FAN y presentar una oferta de negociación desde una posición ventajosa, optó por levantar la salvación mágica del vete ya, la huelga general y la fractura militar en una hora cero que jamás existió.
Esta visión, que se impuso a codazos y griteríos de tarima, sustituyó la acción unitaria por actos de supremacía y redujo la amplitud que la oposición debe tener en un país política y espiritualmente polarizado. Se puso todo el acento en la confrontación bajo la premisa de que detendría la elección fraudulenta de la ANC y la fantasía de un final de sables.
Quienes lo creyeron tienen que estar frustrados porque ninguna de las dos promesas ocurrió. Por obra del pensamiento extremista, y la falta de gracia de los moderados, repetimos la estupidez de convertir una sucesión de triunfos en una derrota.
La revolcada nos obliga a reflexionar sobre cómo desarrollar fortalezas desde la estrategia democrática, cómo hacer más certera a una dirección que se legitimó en el asfalto, cómo ampliar la vanguardia con sectores chavistas constitucionalistas y con el admirable ímpetu de una juventud que dio una lucha desigual que merece ser honrada con un combate más inteligente y eficaz a la cúpula reducida a la brutalidad de su violencia.
@garciasim

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Más allá de las elecciones regionales
 
Miguel A. Martínez Meucci
 
Politika UCAB
 
Las fuerzas democráticas que enfrentan al régimen presidido por Nicolás Maduro parecen vivir en estos días una situación de relativo desconcierto. Luego de varios meses actuando unidas en torno a una estrategia común (y, por cierto, nada fácil de acometer) que generó una enorme presión sobre dicho régimen, las interrogantes vuelven a emerger cuando éste nuevamente le plantea a la oposición un dilema ya viejo: participar en unas elecciones sin las garantías que debería proporcionar un estado de derecho actualmente inexistente, o apostar por vías de acción política que se mantengan al margen de esa institucionalidad viciada y espuria.
Han aparecido en el debate público argumentos a favor de una y otra opción. Entre los que he tenido oportunidad de leer me han parecido particularmente lúcidos los artículos de Aníbal Romero, Luis Ugalde, Gustavo Tarre y José Toro Hardy. Todos ellos han hecho énfasis en la complejidad de esta encrucijada y expuesto elocuentemente las razones de sus preferencias. En conjunto, podemos afirmar que sobre este particular han emergido razonamientos que optan por dos vías: algunos son de corte más bien pragmático, mientras otros presentan argumentos de fundamentación eminentemente moral. Algunos comentaristas incluso han llegado a presentar el asunto como un dilema entre el poder y la ética.
No obstante –al menos desde nuestro punto de vista– ética y poder no constituyen esferas separadas. El poder es siempre relacional, no un hecho objetivo; es una relación que se establece entre al menos dos personas, y por ende, depende de las actitudes, ideas, intereses y comportamientos de ambos. Podría, sin embargo, entenderse el poder como mera capacidad de recurrir a la violencia; en ese caso, para tener poder bastaría con tener las armas. Pero incluso un pragmático redomado como Talleyrand le recordaba al todopoderoso Napoleón que las bayonetas sirven para todo, excepto para sentarse sobre ellas. Dicho de otro modo, no es posible que nada se asiente sobre la pura violencia, porque ese mecanismo funciona sólo hasta el momento en el que los sometidos pierden masivamente el temor a rebelarse. Y mientras más cae el opresor en el terreno de la pura dominación armada, mayor será la propensión del oprimido a rebelarse. El arma es tan solo un instrumento; su valor político dependerá enteramente de la correlación de fuerzas morales entre quien la usa para someter y quien se resiste a ser sometido. De otro modo, la historia sería siempre predecible y lineal: prevalecería siempre quien está mejor armado.
El papel de las ideas, convicciones y actitudes morales no deja de ser, por lo tanto, fundamental. La debacle de Venezuela no se explica sin la desmoralización progresiva que ha experimentado su sociedad. Si examinamos las coyunturas históricas decisivas en las cuales se pudieron tomar decisiones distintas que nos hubieran conducido por otros derroteros, podremos observar cuántas veces “la palmera se inclinó para no partirse” ante la fuerza que ejercían quienes carecían de escrúpulos. Esas fuerzas no fueron siempre tan potentes como hoy, cuando el Estado y las Fuerzas Armadas son empleados por unos pocos para saquear a la nación. La consecuencia de esas reiteradas concesiones, a menudo acompañadas de no pocas colaboraciones, es que hoy en día el país se ha convertido en un estado fallido. ¿Existe forma de reconstituir a la nación sin apelar a profundas fuerzas morales que vayan en dirección contraria a la experimentada hasta ahora?
En mi opinión, una sociedad postrada, desmoralizada, extraviada en su amor propio, difícilmente podrá desarrollar el poder necesario para cambiar las cosas. Y si bien estaremos todos de acuerdo en que un gran liderazgo será necesario, quizás no todos compartirán la idea de que el carácter de ese liderazgo ha de ser fundamentalmente moral. Si el poder es la capacidad para actuar concertadamente, se requiere algo que aglutine a las personas para dirigir sus esfuerzos hacia un mismo objetivo, un móvil igualmente significativo para toda la colectividad. La pluralidad de intereses contrapuestos encuentra más fácilmente un punto de equilibrio cuando previamente ha sido posible definir ciertos valores y consensos éticos. Por eso es tan difícil concebir en política una meta, un mensaje, una poderosa línea de acción que no esté conectada con esa dimensión moral. El discurso y la actitud del líder político han de marcar un norte común que irremisiblemente es también un horizonte ético, sobre todo cuando se transitan situaciones trágicas.
Ahora bien, es preciso no perder de vista que el valor moral no se opone a la esfera de lo práctico. Todo lo contrario; la reflexión moral es un tipo de razonamiento que a menudo surge del examen de múltiples situaciones concretas y que intenta, a partir de ello, deducir y resumir principios generales de acción. Por supuesto que el interés individual opera como móvil esencial del comportamiento de cada individuo; no obstante, el bien de la nación trasciende la mera suma de los intereses individuales. La acción colectiva más poderosa sólo es posible cuando el liderazgo es capaz de encarnar y transmitir esa fuerza moral.
Foto: AVN
Partiendo de lo anterior, y ante el dilema de las elecciones regionales, me haría dos preguntas básicas: en primer lugar, ¿por qué un régimen que ha dado muestras claras de comprender que no puede ganar elecciones limpias (como prueba de ello están el bloqueo del referéndum del 2016 y la eliminación de la elección de gobernadores en ese mismo año) decide ahora convocar a elecciones regionales? Y en segundo lugar, ¿cómo afecta la respuesta de la Mesa de la Unidad Democrática a tres elementos esenciales de la calidad de su liderazgo político: 1) la estrategia desarrollada hasta ahora, 2) su propia cohesión interna, y 3) su conexión con sus seguidores?
Primero, cabe suponer que un régimen como el actual sólo puede plantear una contienda electoral si a) no le importa perderlas en la realidad (bien porque piensa afirmar fraudulentamente que las ganó, porque con la derrota no pierde cuotas decisivas de poder o porque incluso considera que podría ganar una buena parte de las gobernaciones), y si b) sus dirigentes consideran que el solo hecho de convocarlas les hace ganar un terreno que actualmente sienten estar perdiendo. No encuentro otra explicación racional a esta decisión por parte de un régimen que ya optó por aceptar olímpicamente el terrible costo político que le acarreó el colosal fraude del 30 de julio. Tampoco me parece creíble que el oficialismo considere como primera opción (incluso si ello fuera fruto de un error de cálculo propiciado por la soberbia) la posibilidad de ganar un número políticamente aceptable de gobernaciones.
Pongámonos en sus zapatos: la tarea que acomete este régimen no es fácil, pues pretende que cada venezolano acepte doblegarse hasta virtualmente convertirse en un esclavo. No obstante, toda tarea aparentemente imposible se logra por etapas. Si los venezolanos en 1999, o en 2002, o en 2007, hubieran podido imaginar y dar crédito a la situación que ahora viven, hubieran hecho lo que fuera por evitarlo. Cuando las cosas se plantean en blanco y negro, en un gran “macrojuego”, la gente opta por lo que es claramente mejor, incluso asumiendo costos elevados. Pero si los grandes dilemas se plantean como una sucesión de pequeñas decisiones o “microjuegos”, sin que cada una de ellas permita imaginar fácilmente lo que vendrá como consecuencia de cada opción tomada, y en donde los costos de equivocarse no parecen definitivos e irrecuperables, el deslizamiento progresivo hacia la tragedia (y a veces con la cooperación del propio afectado) se hace factible. El régimen ha sabido poner en práctica este juego de pasos sucesivos en la paulatina implantación de su modelo totalitario, y pretende hacerlo nuevamente incluso ahora, cuando la tragedia es evidente. El planteamiento de múltiples microjuegos desorienta, confunde y divide al adversario, cuyas facciones terminan siguiendo caminos diferentes en lo que debiera ser una lucha común.
Segundo, con respecto al modo en que esta propuesta ha sido recibida en el seno de la coalición de las fuerzas democráticas, cabe señalar en primer lugar que 1) aceptar la participación en el contexto actual, sin mediar ninguna modificación en las condiciones que impone el actual Consejo Nacional Electoral, representa un desvío de la estrategia seguida hasta ahora de modo unitario, la cual estaba marcada por la masiva movilización de la población en desconocimiento de un régimen autoritario e inconstitucional, movilización reflejada tanto en las protestas de calle como en el evento del 16 de julio. Es preciso señalar que este último constituyó un acto de desobediencia civil masiva en el que 7,7 millones de venezolanos desconocieron expresamente al Tribunal Supremo de Justicia y al Consejo Nacional Electoral. Si bien en la tercera pregunta a la que se dio masiva respuesta afirmativa se habla de elecciones, se entiende que las mismas tendrían lugar luego de ser cambiadas las autoridades de los poderes públicos. Así parece entenderlo la ciudadanía, que además ha reducido sus niveles de movilización luego de que los partidos de oposición inscribieran sus candidatos.
Por otra parte, 2) hay que señalar que la decisión no se tomó después de un concienzudo debate a puerta cerrada. Por el contrario, distintas fuerzas políticas comenzaron por señalar cuál sería su posición particular antes de que se produjera dicho debate. Esta situación necesariamente refleja serias disensiones en el seno de la MUD, disensiones que por lo menos hasta el 30 de julio no se habían materializado en un desvío de la estrategia seguida hasta ese momento. Y por último, 3) como consecuencia de los dos puntos anteriores, es comprensible que la conexión del liderazgo opositor con sus seguidores se vea afectada. Un capital político no se construye de la noche a la mañana, y para mantenerlo resultan fundamentales la claridad, la coherencia y el sacrificio. Es precisamente en coyunturas como éstas donde la gente requiere percibir con toda claridad que la línea de acción planteada se adhiere a principios de orden lógico y moral, y no que es el resultado de debilidades y desavenencias entre agendas particulares.
Foto: Carlos Garcia Rawlins / EFE
Sabemos, a pesar de lo anterior, que la política dista mucho de ser el reino de la perfección lógica y moral. Especialmente cuando tiene lugar en contextos de aguda conflictividad, la política implica confrontarnos con lo equívoco, lo paradójico, lo inexacto, lo amenazador; en suma, con la contingencia y la otredad en su dimensión más dramática y profunda. El régimen ha seguido demostrando la crueldad y falta de escrúpulos que le caracterizan, mientras los costos de la prolongada movilización siguen elevándose para la sociedad democrática. Son muchos los valientes políticos y ciudadanos que han sufrido y sufren hoy en carne propia las consecuencias de la represión descarnada. Por lo tanto, y sobre todo si tenemos presente que del lado de los demócratas existe una mucho más acusada voluntad de restablecer un marco de convivencia plural, así como una más decidida apuesta por la vida, se entiende la necesidad constante de optar por vías institucionales cada vez que se presenten, e incluso la tentación de hacerlo a pesar del carácter espurio y falaz de esa institucionalidad.
Y sin embargo… sin embargo nos queda esa sensación amarga. Estas elecciones regionales serán afrontadas con un espíritu muy distinto al que animó la jornada histórica del 16 de julio. Algo parece no haberse hecho bien al momento de tomarse esta decisión, y así lo han planteado también varios de los más valiosos aliados de los demócratas venezolanos en el exterior, quienes apostaron por respaldar a fondo la estrategia de desobediencia desarrollada durante los últimos cuatro meses. A ello se suma el hecho de que, después de los sacrificios extraordinarios que la población ha venido afrontando, el régimen pretende no sólo mantenerse en el poder sino implantar definitivamente el totalitarismo; sabe que la coyuntura llegó a un punto sin retorno, y que la victoria decisiva depende del estado anímico y moral de los contendientes. Por ello su cúpula dirigente hace todo lo posible para quebrar la determinación de tantas y tantas personas que han decidido no acatar más sus órdenes, intentando dividir a la oposición y descarrilándola de la estrategia que ha forzado tanto la fractura como la condena internacional del régimen que preside Maduro.
En tales circunstancias, ¿tiene sentido entrar en el juego que plantea el oficialismo, o se debería seguir insistiendo en imponer un juego distinto, ese juego que ha llevado al régimen a un aislamiento cada vez mayor por parte de las naciones democráticas y que ha recuperado la moral de la gente en el fragor de la lucha por su libertad? A menudo se ha planteado este debate desde una perspectiva exclusivamente pragmática, como una disyuntiva entre medios y vías más eficaces que otros. La verdad es que en el plano de las acciones humanas (cuyos resultados necesariamente desconocemos de antemano y por lo tanto no podemos evaluar con absoluta precisión), y especialmente de las que tienen lugar en contextos de agudo conflicto, es imposible asignar previamente a una u otra estrategia una superioridad absoluta. En el plano de la intersubjetividad y de la interacción política son las personas las que terminan por hacer buenas las vías de acción que deciden acometer. Pero es precisamente en ese plano en donde cuentan de forma especial las connotaciones morales que revisten las decisiones que tomamos.
Más allá de la suerte con la que finamente corra la sociedad democrática en las elecciones regionales, conviene no perder de vista que el liderazgo político, si verdaderamente pretende ser tal, debe cuidarse de subestimar la profunda necesidad que tiene la ciudadanía de sentirse conducida por vías que resguardan su honor y el valor de sus ingentes esfuerzos y sacrificios. El corazón de esta lucha es la sed de libertad y la necesidad de recuperarla. 2017 será recordado como un año en el que la actitud de postración de la población cambió por completo; como el momento en el que la ciudadanía optó masivamente por rebelarse contra el opresor, dejando de lado los abstractos circunloquios de quienes en medio de la caída libre de la nación les pedían obedecer y esperar. Ha sido esa fuerza descomunal la que motivó el cambio de la comunidad internacional frente a la situación de Venezuela, la que genera fisuras en la coalición de gobierno, y será esa fuerza la que más temprano que tarde propicie el cambio de rumbo que la gente exige y requiere con urgencia.
16 de agosto de 2017

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