SOMOS UNA ONG INSPIRADA EN LOS VALORES DE LA LIBERTAD, LA DEMOCRACIA Y EL RESPETO A LOS DERECHOS HUMANOS. NUESTRO FIN FUNDAMENTAL ES EL DEBATE LIBRE DE IDEAS SOBRE TEMAS SOCIALES, POLÍTICOS, ELECTORALES Y ECONÓMICOS. EN ATENCIÓN A TAL FIN NOS PROPONEMOS REALIZAR INVESTIGACIONES, ESTUDIOS Y FOROS, ASÍ COMO LA FORMULACIÓN DE PROPUESTAS CONCRETAS, EN EL MARCO DE LA REALIDAD VENEZOLANA Y CONTINENTAL, DE CONFORMIDAD CON LA CONSTITUCIÓN NACIONAL Y LAS LEYES VIGENTES VENEZOLANAS.
miércoles, 3 de marzo de 2021
LA VÍCTIMA COMPLACIENTE
GEHARD CARTAY
Bien se sabe que los totalitarismos no aceptan alternativas ni otras fórmulas debido a su propia naturaleza. Entonces resulta muy claro que para el correcto funcionamiento del sistema democrático también debe existir reciprocidad por parte de quienes reciben sus garantías y el respeto al libre ejercicio de los derechos de opinar y participar. Por lo tanto, si existen grupos extremistas que no hacen suyos esos principios democráticos y la convivencia que implica ejercerlos pacíficamente, resulta natural que no tengan la misma consideración que quienes sí lo hacen. La democracia no puede ser tolerante con quienes pretenden liquidarla desde adentro. Venezuela es ahora un lamentable ejemplo de ello ante el mundo. Tema recurrente sobre el que hay que volver, con ocasión y sin ella, es el referido al cuidado y defensa de la democracia frente a sus enemigos internos, especialmente cuando los ciudadanos no la han hecho parte de su conducta republicana.
Tal es, sin duda, una de las causas por las que hoy Venezuela se ha convertido en un trágico ejemplo al respecto, aunque no el único, por desgracia. Ahora mismo, en España los adversarios del sistema democrático están haciendo uso de todos los medios que este pone a su disposición para -paradójicamente- destruirlo desde dentro.
Porque la democracia siempre ha sido, aquí y en cualquier parte, “una víctima complaciente” frente a quienes quieren liquidarla, como la calificó el pensador francés Jean-François Revel. Por fortuna -y aquí está el mejor ejemplo para derrotar a sus adversarios totalitarios- aún existen países donde su defensa es vigorosa y eficiente, como lo está demostrando Estados Unidos, para superar a sus adversarios y derrotarlos.
Pero en el caso venezolano, las élites políticas, militares, económicas y sociales, así como buena parte de la opinión pública, nunca internalizaron la democracia, ni la hicieron parte de su conducta ciudadana durante los cuarenta años de la denominada República Civil (1959-1998), como lo señaláramos la semana pasadaen este mismo espacio.Sólo así se explica que muchos de ellos votaran por un militar golpista redomado en 1998 -y lo reeligieran varias veces-, a pesar de que su único “mérito” a tales efectos era precisamente su conducta antidemocrática y militarista.
“Por desgracia, la democracia ha sido y sigue siendo demasiado generosa para dar voz y voto a sus adversarios más terribles”
Más allá de la toma de conciencia de sus valores existe otra exigencia muy importante, que la complementa de manera lógica: la necesidad de que la democracia pueda crear eficaces antídotos institucionales que aseguren su defensa y también la derrota de sus contrarios, esos mismos que, desde adentro y utilizando sus propios mecanismos, luchan tenazmente para eliminarla.
Por desgracia, la democracia ha sido y sigue siendo demasiado generosa para dar voz y voto a sus adversarios más terribles. Fundamentándose en los principios de equidad, tolerancia y libertad que le son consustanciales ha permitido todo tipo de abusos en su contra y, lo que resulta peor aún, ha entregado a sus cancerberos los medios para que, conforme a sus siniestros propósitos, la liquiden en cuanto puedan, alegando sus fallas y vicios como razones últimas. De esta manera, esos contrarios declarados utilizan perversamente las propias garantías que les brinda el sistema democrático para sepultarlo. Sobran en la historia ejemplos en este sentido.
Lamentablemente, insisto, la democracia se ha convertido en la “víctima complaciente” de que hablaba Revel a principios de los ochenta en su libro Cómo terminan las democracias. “La civilización democrática -agregaba- es la primera que se quita la razón frente al poder que se afana por destruirla” y, probablemente, más que la fuerza de sus adversarios, ha sido mayor causante de su derrota la humildad con que la propia democracia “acepta desaparecer y se las ingenia para legitimar la victoria de su más mortal enemigo”.
Así, por lo general, según el valedero criterio de Revel, “es menos natural y más nuevo que la civilización agredida (en este caso, agrego yo, la democracia) no solo juzgue en su fuero interno que su derrota está justificada, sino que prodigue, tanto a sus partidarios como a sus adversarios, innumerables razones para describir toda forma de defensa suya como inmoral, en el mejor de los casos como superflua e inútil, frecuentemente incluso como peligrosa”.
Agrega Revel que “el enemigo interior de la democracia juega con ventaja, porque explota el derecho al desacuerdo inherente a la democracia misma”. Se trata de una verdad monumental, como lo ha venido demostrando la reciente historia, con el añadido de que los sistemas democráticos son de data más o menos reciente. Pero ocurre que ellos conllevan una falla de origen que sus adversarios utilizan para arrasarla: “… la democracia es ese régimen paradójico -sigue señalando el pensador francés- que ofrece a quienes quieren abolirla la posibilidad única de prepararse a ello en la legalidad, en virtud de un derecho, e incluso de recibir a tal efecto el apoyo casi patente del enemigo exterior sin que ello se considere una violación realmente grave del pacto social”. En nuestro caso, la inherencia castrocomunista cubana es un ejemplo contundente.
“La democracia está en la obligación de defenderse, lo que significa actuar contra quienes quieren destruirla”
Tal vez por esa razón, no faltan quienes sostengan que combatir y reducir a la mínima expresión a quienes quieren demolerla contradice las normas mismas de funcionamiento de la democracia, en virtud de su naturaleza pluralista y diversa. ¿Será esto cierto?, ¿o tal vez sea una forma de chantaje -muy cínico, por supuesto- de sus adversarios, por cuanto ellos se deshacen fácilmente de los suyos en caso de que amenacen su existencia, lo que casi nunca ocurre porque siempre les impide actuar, al contrario de las democracias? Bien se sabe que los totalitarismos no aceptan alternativas ni otras fórmulas debido a su propia naturaleza.
En consecuencia -y lo afirmo para tenerlo en cuenta cuando regresemos al ejercicio pleno de la democracia en Venezuela-, resulta muy claro que para el recto funcionamiento del sistema democrático también debe existir reciprocidad por parte de quienes reciben sus garantías y el respeto al libre ejercicio de los derechos de opinar y participar. Por lo tanto, si existen grupos extremistas que no hacen suyos esos principios democráticos y la convivencia que implica ejercerlos pacíficamente, resulta natural que no tengan la misma consideración que quienes sí lo hacen y permiten así su cabal funcionamiento.
Porque, en definitiva, la democraciaestá en la obligación de defenderse, lo que significa actuar contra quienes quieren destruirla. La democracia no puede ser tolerante con quienes pretenden liquidarla desde adentro, por cuanto arriesga su propia existencia. Ya sucedió también en el siglo pasado en Europa cuando fascistas y nazis acabaron con la democracia liberal parlamentaria usando sus propios mecanismos de elección y alternancia, para luego implantar perversas dictaduras criminales, con un saldo trágico de, al menos, 50 millones de muertos.
Por lo demás, flaco servicio se le hace a una democracia cuando en nombre de la libertad de opinión y de información se ejecutan campañas para erosionarla en la confianza de los ciudadanos, destacando sus errores y ocultando sus logros, tal como aconteció aquí en los inicios de la democracia, a principios de los años sesenta, y luego en los últimos años de la República Civil. Por supuesto que nadie en su sano juicio puede pretender que no exista la crítica y el cuestionamiento de todo aquello que resulte negativo e inconveniente. Pero cuando se trata de campañas mal intencionadas y siniestras, deliberadamente ejecutadas para derrumbar democracias no consolidadas, el resultado final casi siempre resulta en beneficio de tendencias populistas, autoritarias o totalitarias. Venezuela es ahora un lamentable ejemplo de ello ante el mundo.
Y cuando logran deponer esas democracias, el autoritarismo o el totalitarismo que las suplantan siempre trae consigo la profundización de todos los aspectos negativos que le han servido de excusa para cambiarlas, sin que sobreviva ninguno de sus aspectos positivos. El caso venezolano también resulta hoy más que evidente al respecto.
Chávez llegó al poder aclamándose heredero legítimo de Simón Bolívar. Inventó la figura de una Cuarta República, dominada, desde 1830 hasta su gobierno, por una oligarquía que había traicionado su legado. Traicionó, así, al pueblo, destinatario de los anhelos de libertad y dicha del Gran Hombre. De ahí —en su imaginario—, la frustración de los venezolanos: sabiéndose amos de una nación rica, sus irradiaciones de bienestar eran apropiadas, en buena parte, por esa oligarquía. El Libertador invocado era, claro está, el militar conductor de batallas y dictador, que centralizaba en sus manos la toma de decisiones y aplastaba a sus contrincantes para asegurar el triunfo de los intereses supremos de la nación. Como su virtual reencarnación, Chávez ofreció “refundar la República” para recuperar el destino glorioso legado por la gesta emancipadora, malogrado posteriormente por las cúpulas políticas que habían gobernado. Con ello, inauguraría una Quinta República; una nueva era pletórica en atributos para el bien común.
Su narrativa grandilocuente encontró tierra fértil en el culto a Bolívar, tan enraizado en la cultura política del país, la mitificación de supuestas epopeyas de nuestro pasado histórico y la reverencia exhibida ante quienes fueron sus protagonistas: los militares. Armado de una batería de símbolos nacionalistas que tonificaban sensiblerías patrioteras y xenófobas, procedió a desmantelar las instituciones que acotaban su ejercicio del poder y a privar a los venezolanos de los derechos y libertades en ellas consagradas. Pronto entendió, bajo la tutoría de Fidel Castro, que mitologías revolucionarias, construidas en torno al dogma comunista, proveerían pretextos aún más poderosos para proseguir con sus ansias de mando absoluto. Con la figura afortunada (para él) del “socialismo del siglo XXI” —acuñada por Heinz Dieterich— acorraló a la iniciativa privada, expropió empresas sin plan ni concierto, impuso controles de todo tipo y se erigió en conductor supremo de la industria petrolera. Encontró en la cultura estatista de los gobiernos que le antecedieron la apología de tales desafueros. La guinda de la torta fue proyectarse como el relevo de Fidel en la “confrontación de la humanidad contra el imperialismo”, para apertrecharse de referencias a la “autodeterminación de los pueblos” que lo exoneraban de cumplir con los compromisos asumidos por Venezuela en la defensa de la democracia y de los derechos humanos.
Chávez forjó su narrativa falseando la historia, nacional y foránea, e inventándose enemigos que estarían amenazando su “revolución” redentora. Edificó para sí y para sus seguidores una “realidad alterna”, llena de referencias y lemas que reafirmaban sus acometidas y exculpaban sus abusos. Como en el fascismo clásico, su prédica populista fue expuesta como Verdad, que exigía la sumisión de la vida en sociedad al Estado. Pero, en vez de pregonar la supremacía de una nación y su destino manifiesto para dominar a otros pueblos, Chávez —inspirado en Fidel— lo aderezó con categorías propias de la mitología comunista, dando lugar a un menjurje que me atreví a designar en mi libro[1] como fascio-comunismo.
Esa falsa realidad no se elucubró en el vacío. Consiguió sintonía con mitos y expectativas cultivadas por la cultura política venezolana al calor de esperanzas alimentadas por un ingreso petrolero que, creían muchos, todo lo podía. Cándidamente, los venezolanos se cayeron a embuste, confiados en que, con Chávez y sus proclamas, todo iría viento en popa. Y, bendecido por la providencia, el Eterno contó con los mayores ingresos petroleros conocidos por la República para nutrir esa ilusión. Pero, ya para el momento de su muerte, su adefesio mostraba claramente las costuras: inflación, escasez, represión.
El destrozo de catorce años se desnudó brutalmente luego de descender los precios del petróleo desde los niveles extraordinarios que habían alcanzado. Corto de ideas, Maduro se aferró a las políticas de Chávez y a lo que le habían enseñado sus “coachs” cubanos, esperando que las cosas se arreglarían. “Dios proveerá”, afirmó en una alocución. Lamentablemente, como le recordó el genial Laureano Márquez, ya lo había hecho, pero la voracidad de la oligarquía militar y civil que se apoderó del Estado había dejado al país en la inopia. Venezuela entró en caída libre, sin freno ni paracaídas. Siete años después de que asumiera Maduro la presidencia, la economía es apenas la cuarta parte, en tamaño, que la de entonces, la pobreza y la miseria campean por doquier, los servicios públicos están colapsados, se muere en Venezuela de hambre y por la precariedad de los servicios de salud, y millones han tenido que migrar para sobrevivir. El régimen, para mantenerse, terminó de corromper a integrantes de la cúpula militar, convirtiéndolos en cómplices y principales interesados en el sistema de expoliación que implantaba. Con las “armas de la República”, fueron aplastadas protestas, asesinados centenares de manifestantes y sembrado el terror en la población por los aparatos de seguridad del Estado. Maduro montó, sin empacho, sendas farsas electorales para una asamblea constituyente que usurpó funciones de la Asamblea Nacional legítima, en manos democráticas; para reelegirse al margen de la voluntad popular; y, recientemente, para votar una nueva Asamblea Nacional. Todo ello “legitimado” en la burbuja ideológica fascio-comunista que construyeron Chávez y sus socios antillanos.
Pero ya nadie comulga con estas fabulaciones. Estados Unidos, junto con Canadá, países del llamado Grupo de Lima y la UE han desconocido estas supuestas elecciones. Por violación de derechos humanos y corruptelas con dineros públicos, han impuesto sanciones a unos 200 funcionarios de alto nivel, muchos de ellos militares. Y, buscando debilitar al régimen y forzarlo a negociar con las fuerzas democráticas una salida pacífica a la tragedia del país, han vedado transacciones financieras con papeles del Estado y con petróleo venezolano. Ahora, a través de las ruinas “socialistas”, ha irrumpido una dolarización silvestre y el régimen se ha visto en la necesidad de hacerse el loco con sus controles de precio y de tipo de cambio, totalmente fracasados. No obstante, Maduro sigue aferrado a la retórica de antes.
Reconociendo que va a tener que incrementar las tasas de los servicios, alega que, por ocurrir en “socialismo”, será menor que si el país fuera capitalista. Al anunciar con bombos y platillos una política para raspar el fondo del barril exportando chatarra de la industria petrolera —¿lo que quedó de Pdvsa?—, denuncia por enésima vez la “guerra económica” y el “bloqueo” a su “revolución”. En esta veta, huye de nuevo hacia delante de las dificultades, anunciando la inhabilitación para cargos políticos de 28 diputados demócratas, la expulsión de la embajadora de la UE por las nuevas sanciones impuestas por la Unión a funcionarios del régimen y un juicio por “traición a la patria” a un infeliz ingeniero gringo que laboraba para las compañías petroleras. Se inflama con arengas contra España, creyéndose librar otra batalla por la independencia, a cuenta de la visita de la canciller de ese país a la frontera colombo-venezolana en apoyo a los refugiados. Saltan sus reflejos fascistas, en momentos en que se intenta avanzar en la creación de condiciones para una negociación que resulte en comicios confiables.
Al hacerse agua su mundo de fantasías, Maduro continúa cayéndose a embuste, con un terrible costo, para el país. Al rechazar nuevas ideas, ignorar la realidad e inventar conspiraciones para culpar al “imperio” de sus desaciertos, hunde a Venezuela más y más en la descomposición fraguada desde el poder. Sin duda que la ideología sectaria, al cerrarse frente al mundo y limitar las opciones a sopesar, embrutece. Las fuerzas democráticas se enfrentan al reto de cascar una dura nuez en la concertación de una negociación fructífera para acordar una salida pacífica. ¿Cómo lograrlo? A diferencia de mi amigo Trino Márquez, creo que la UE hizo lo correcto al aumentar la presión al régimen, ampliando las sanciones para incluir a más criminales. Jerarcas de un régimen fascista, enajenados por una falsa realidad que absuelve sus atropellos, no van a negociar su salida de buena fe. Es menester forzarlos a ello, convenciéndolos de que no tienen otra opción. Intentar apaciguarlos solo les da más beligerancia.
Fernando Savater, filósofo, novelista, columnista, encarnó la alegría cuando los de su gremio iban de cenizos. Empuñó la bandera de la libertad cuando dar la cara salía carísimo. Encarcelado por el franquismo y amenazado de muerte por ETA, nunca dejó de trabajar. Antidogmático, antipuritano, amante de la conversación, la buena mesa, los dulces venenos y los libros, ahora, triste y herido por el rayo desde la muerte de su esposa, sigue siendo nuestro intelectual más lúcido. Hablamos con él. Y es tan arrollador y cercano, que más que entrevista es esta la charla con ese amigo al que adoras y al que debes incontables horas de felicidad. Arrancamos por la confusión del lenguaje. La maldita “neolengua”. Reconoce Savater que “ni siquiera es una cuestión de lenguaje, es que los conceptos políticos elementales no se entienden. Los que defendíamos que en el bachillerato hubiese una ética cívica lo hacíamos fundamentalmente para explicar conceptos, por qué esos valores, su importancia. Ahora en bachillerato no hay ética, hay Valores Cívicos, que son unas instrucciones que no explican el por qué. Esa pérdida de reflexión, de profundidad, es el problema. Es necesario explicar que, por ejemplo, la libertad de expresión no es que se tenga derecho a decir “le voy a pegar a usted un tiro en la frente”. Eso es una amenaza. Mi amigo Javier Pradera, cuando decían aquello de “las palabras no matan”, contestaba “hombre, piense usted en las palabras “”apunten: fuego””.
- Julio:Es descorazonador que los mismos que piden barra libre para hacer apología del terrorismo amenacen con cárcel si se discute un relato histórico determinado o ciertos postulados ideológicos.
– Savater: Imagina que Hasel hubiera sido un tipo de extrema derecha, que la niña falangista hubiese rapeado sobre judíos. ¿Habrían salido a defenderla de la misma manera? ¿Habría salido Amnistía Internacional? Esta defensa es exclusivamente porque es un señor de izquierdas. Cuando estaba en Zorroaga uno de los choques que tuve con el alumnado fue por un artículo titulado “los rentistas de la tortura”, en el que denunciaba la tortura pero sostenía que si me enterase de que estaban torturando a Milans del Bosch o a Tejero me parecería igual de mal. Lo que estaba mal era la tortura, pero eso no convertía en bueno al torturado. Recortaron ese artículo, lo colgaron con una chincheta en la puerta de mi despacho y con tinta roja escribieron “fascista”.
-Rebeca:Pero es curioso que se arme toda esta zapatiesta en defensa de la libertad de expresión solo unos días después de que el líder de la misma formación que la alienta y apoya reclamase, en el mismísimo Congreso de los Diputados, elementos de control sobre los medios.
– S.: Porque no hay ninguna preocupación por la coherencia en las declaraciones. El otro día, en el Parlamento, Pablo Iglesias afirmaba que el único grupo parlamentario que apoya la violencia es VOX. ¡En un parlamento en el que está sentado Bildu!. Y nadie pide explicaciones.
– R.:Sin embargo, desde ciertos sectores, incluso desde puestos de responsabilidad, se legitima la violencia si proviene de un lado en concreto del espectro ideológico.
– S.: Los hemos visto estos días. Los jóvenes están en el momento de la ebullición activa. Ya aquel texto de Ortega y Gasset, “el origen deportivo del Estado”, trataba por qué los estados los crean los jóvenes. Son los creadores de las instituciones, pero también los únicos que pueden destruirlas. Pero esto último no es cosa a celebrar, no vamos a decir “dejen que quemen la ciudad, que los pobres tienen grandes problemas”. Lo que hay que hacer es impedírselo.
-J.:“The Economist” publicaba hace poco el índice de democracias y España figura en el número 22, pero cuando explicas que es una de las pocas democracias plenas del mundo, que sólo el 8% vive en un régimen así, te lo arrojan a la cara…
– S.: Yo nunca he apoyado aquello que decía Don Pío Baroja de que “el nacionalismo se cura viajando”. He conocido nacionalistas muy viajados que volvían igual de nacionalistas, pero lo que sí se cura viajando es que se conoce la opinión que de España se tiene fuera. Y muchas veces es más parecida a la realidad de lo que quieren dar a entender otros desde dentro.
– J.:¿No será exceso de frivolidad, que nos hemos adocenado o aburrido de la democracia liberal?
– S.: Sin duda. Yo siempre he creído que el aburrimiento es uno de los motores de la historia.
–R.:Parece que se desprecian los hechos probados. Estamos en manos de la emocionalidad de lo identitario.
–S.: Mira, en las últimas elecciones vascas, en las que Bildu estaba consiguiendo 23 parlamentarios, escuchabas a algunos preocupados porque VOX podía conseguir un representante. Pero luego el discurso de esa parlamentaria de VOX resultó ser el que nos hubiese gustado escuchar durante tantos años a populares y socialistas. Por eso les han votado en Cataluña. Porque son los únicos que han adoptado una postura nítida y clara frente al nacionalismo. En España, la derecha y el centro derecha compiten por ser igual que la izquierda. Y los otros están en el delirio, en quebrar la tradición social humanista y democrática europea. No hay más opciones políticas. Y la sociedad moderna y democrática solo ha inventado una combinación que funciona: capitalismo en la empresa, socialismo en el reparto y liberalismo en las costumbres.
–R.:Tener que recordar continuamente que votar a un partido legal es legítimo y el libre ejercicio de un derecho, denota en realidad una preocupante falta de verdadero espíritu democrático en la sociedad.
–S.: Así es. Y VOX tiene muchas cosas con las que yo no estoy de acuerdo. Pero no digamos, por ejemplo, la CUP.
–J.:Al final caemos en un maximalismo atroz, en una caricatura, y en cuanto te sales del guión un centímetro eres un fascista.
–S.: Fíjate que en eso hemos empeorado. Ahora solo se puede ser izquierda radical o fascista. Antes te decían “te estás derechizando”, pero te reconocían dentro del orden de la civilización. Al final la lucha de la izquierda identitaria es la de hundir la estructura mental de la sociedad en que vivimos. Una cosa es evolucionar hacia fórmulas más emancipadas y otra querer hundir, no sé, la familia. Y la derecha no se atreve a defenderlo. La familia, la relación paterno filial... es lo más importante en la vida, es lo que ha dado pie a las obras de Shakespeare, y de John Donne, de Tolstoi… Es lo que importa. Pero no se atreven a decirlo. Y hay que decirlo. Es crucial para el ser humano.
–R.: El miedo a ser etiquetados...
–S.: Y es en todo. Hasta el año 2000 nosotros no nos atrevíamos a sacar una bandera española en una manifestación de Basta Ya! El vuelco fue cuando mataron a Fernando Buesa. Durante el velatorio, el féretro estaba cubierto por la ikurriña, por la bandera de Álava y por la bandera del Partido Socialista. De pronto pasó un tipo de UGT, se paró, presentó sus respetos, y dijo en voz alta: no sobra ninguna pero falta una. Entonces nos dimos cuenta de que faltaba precisamente la bandera por la que habían matado a Fernando. Y ahora la bandera española es facha siempre.
–J.: Da la sensación de que la izquierda clásica se ha quedado sin discurso y la izquierda radical es la que tiene la batuta. Y algunos habéis intentado explicar que se puede respetar el espíritu del mejor republicanismo y defender por eso nuestra monarquía constitucional...
–S.: A Carrillo, que no cuenta precisamente con mis simpatías, le preguntaron una vez “¿Monarquía o república?” y contestó: Democracia. Ese es el asunto.
–J.: Si gente como tú, como Félix de Azúa, Ovejero, Aurelio Arteta… si vosotros no habéis sido capaces de convencer a esta sociedad de que existe la posibilidad de partidos ilustrados… ¿Tenemos esperanza?
–S.: Yo tengo la esperanza puesta en los jóvenes. A los viejos no nos va a escuchar nunca nadie. Hay una depreciación, el hecho mismo de la edad es derogatorio. Son ellos quienes tienen que hacerlo, de ahí tiene que salir un partido de centro, ni siquiera de izquierdas... De hecho, el paso decisivo para empezar un proceso de emancipación intelectual es darse cuenta uno mismo de que no hay ninguna obligación moral de ser de izquierdas.
Darío Villanueva: “Existen campañas para censurar el diccionario de la RAE”
El exdirector de la Real Academia Española asegura que «no ha habido ningún sanedrín para que el masculino sea inclusivo. Es una estructura que no ha impuesto nadie».
Por Javier Ors
El ex director de la Real Academia de la Lengua, Darío Villanueva / Foto: Efe
Más que un libro es un acto de valentía. En una época de componendas y arbitrajes que amenazan con quebrar la razón y callar el sentido común, Darío Villanueva ha decidido hablar a las claras y sin rodeos. Su libro «Morderse la lengua» (Espasa) es una denuncia sin recelos de los silencios y mutilaciones lingüísticas que intentan imponernos los adalides de lo políticamente correcto que ha alumbrado la sociedad de la «posverdad». El exdirector de la Real Academia Española, catedrático de Literatura Comparad, autor de «De los trabajos y los días» y cinéfilo sin tacha, aborda en esta obra el adanismo actual, los perjuicios del «multiculturalismo», la «guerra de las palabras», el «sentimentalismo tóxico» o la «tolerancia represiva». Para él, el origen de lo políticamente correcto «radica en instancias de la sociedad civil, de modo que lo que pueda haber en este fenómeno de coerción y censura debe ser atribuido a fuentes hasta cierto punto indefinidas, no a la intervención de poderes constituidos como puedan ser los religiosos, partidarios, gubernativos o estatales», asegura.
–¿Se están «formateando las mentes» como dice?
–Es una de las ideas en que insisto. Ahora estamos en un momento en que existen unos medios de comunicación como no ha habido antes para conformar el pensamiento y ficcionalizar nuestras mentes. La era digital ha proporcionado tecnológicamente instrumentos apabullantes. Además, este mundo digital está destruyendo los medios que antes tenían el poder para la configuración de las ideas, como la prensa o la tele. Algunos índices recogen el descenso de influencia de estos medios, y es preocupante, sobre todo, frente a ese lago de aguas turbias que son las redes.
–¿Por?
–Existen estudios de cómo un 70 por ciento de los usuarios de las redes sociales prefieren bulos o patrañas a informaciones verídicas. En los medios escritos tradicionales existe profesionalización, códigos, normas y pautas de comportamiento. Esto no aparece en las redes y favorece a los «trolls», que no están interesados en la verdad. Así nacen los bulos, que serían las «Fake News», o las «Storytelling», que traduzco como «patraña», como un relato engañoso. El bulo y la patraña son las dos armas preferidas de la «posverdad».
–De ahí nace la «poslengua», la lengua de la sociedad de lo políticamente correcto.
–Permítame responder a través de George Orwell. Él describe una sociedad distópica en su libro «1984». Ahí se menciona un gobierno que transforma el idioma para modelar las mentes y someter a los individuos. Es la «neolengua». Consiste en un inglés con una simplificación en los matices y una polarización interesada desde el punto de vista político. Orwell dice, en un ensayo, que esta lengua se implantará en 2050. ¿Qué significa eso? Repasar toda la literatura del pasado, traducirla a esa lengua elemental, que recurre a los eufemismos y los circunloquios. Pero no llamar por su nombre a las cosas empobrece siempre el idioma.
–Todos reconocemos hoy ese proceso.
–Llegué a la conclusión de que estamos en una era que es la de la «posmodernidad», el «poshumanismo», el «posindustrialismo», el «posmarxismo» y la «posverdad». Y lanzo la idea de que también aparece una «poslengua» donde se dinamitan dos fundamentos determinantes del lenguaje: por una parte, la palabra y la verdad de las cosas; los enunciados no tienen ya que corresponder con la realidad. Ni los que los enuncian ni los que los reciben se ven obligados a ello. Por ejemplo, escuchamos a políticos decir cosas que son falsas, que todos sabemos que lo son, y no nos rasgamos las vestiduras. Me asombra. El otro factor al que me refiero es la corrección política, que es una manera de censura. Alguien determina qué no se puede decir y todo el mundo debe someterse a esa tiranía. Ahí surgen los eufemismos y los tabús, que siempre han existido, pero que ahora se extienden como una mancha de aceite en la lengua. Por eso estamos también en la «posdemocracia».
–Lo políticamente correcto lo inunda todo. Ya hay que gente tiene miedo de expresarse.
–La corrección de política es una censura y una censura perversa. Sabíamos qué era la censura ejercida por los gobiernos. En los orígenes de esta corrección política está Herbert Marcuse, que lanza la idea de la «tolerancia represiva». Esta idea genera la corrección política. Alguien, que no es el poder establecido, determina lo que se puede decir y lo que no, y cómo decir las cosas. Esto empezó en los campus de Estados Unidos. Es un fenómeno que parte de abajo y que llega a arriba, al poder. Es justo el momento en que la Policía de Manchester publica una guía de la lengua correcta; la cartilla de lo políticamente correcto que se edita en la época de Lula da Silva y de las guías «no sexistas» que se aprueban en las instituciones gubernamentales de diferentes países... Existe un libro magnífico de Victor Klemperer sobre el lenguaje del Tercer Reich. En él cuenta cómo el nazismo se preocupó por la lengua. Ahora está pasando algo similar desde el momento en que un órgano de gobierno lanza una guía pensando en el sistema educativo y en cómo hay que hablar y enseñar la lengua en contra de las mismas leyes que la lengua se ha dado, porque la lengua únicamente se regula por sí misma y los hablantes.
–¿Y eso pasa?
–Existe una normativa. Quien no se atenga a ella puede ser objeto de una inspección. También afecta a las editoriales porque deben acogerse a ellas. En el caso de la lengua, influyen personas que no son estudiosos de ella. Hay profesores de esta asignatura que han sido expedientados y acosados por enseñar los fundamentos de la materia por la que ganaron su plaza, que es enseñar bien el idioma a los ciudadanos. La corrección política ahora también ha llegado arriba.
–¿Y por qué eso es peligroso?
–La expresión «morderse la lengua» incluye una violencia. Esto está sucediendo hoy en día y dio lugar al manifiesto contra la «cancelación» en Estados Unidos que ha recogido el apoyo de intelectuales como Vargas Llosa y Savater. La «cancelación» no es ninguna broma. Un español, en la Universidad de Princeton, que era querido y competente en su materia, fue expulsado porque un día dijo a un alumno: «Ponte a trabajar y deja de tocarte los cojones». Se abrió una investigación y se le echó. A las dos semanas se había suicidado. Hay una violencia detrás de todo esto. Es la «violencia de la cancelación», no de la censura de cuando se publicaba un libro inconveniente y se acaba en la cárcel. Esto supone tu muerte pública. Personas que han tenido una trayectoria benemérita y de esfuerzo quedan estigmatizadas simplemente porque alguien las declara incorrectas y, de repente, se encuentran en el arroyo.
–Esto se da a la vez que un empobrecimiento de la lengua.
–Las realidades de la vida social, política e individual están llenas de complejidades y es necesario matizar la realidad personal y física. La «poslengua» cercena esta riqueza de matices. No olvidemos que un gobernante, el más poderoso, Trump, transmitía su política a través de tuits. Son píldoras. Igual pasa con los consejeros de comunicación de los políticos. Siempre les están dando titulares. Y si alguien desarrolla en la radio o la tele una argumentación más complicada, en una edición posterior queda reducida a un esquema donde los matices se pierden. El resultado es que a veces parece decir todo lo contrario de lo que en principio pretendió comunicar.
–Y está la batalla del género de las palabras y ese «todes» o«tod@s».
–En este asunto hay proposiciones que son de muy difícil aplicación. Que me expliquen a mí cómo van a convencer a más de 490 millones de hablantes de español a decir «burres» en lugar de burros o burras. Hay otras soluciones pintorescas a este respecto que afectan a la ortografía. ¿Cómo se pronuncia la arroba? No se puede admitir una ortografía que va en divergencia con la lengua hablada. A esto hay que añadir la manipulación de fundamentos de la estructura de la lengua.
–¿A qué se refiere?
–No ha habido ningún sanedrín para el masculino inclusivo. Es una estructura que no ha impuesto ni creado nadie. Voy a hacer una pregunta. Cuando el Presidente del Gobierno se dirigió al país para advertir de la gravedad de la pandemia, dijo que se esforzaría al máximo en garantizar «la salud de todos los ciudadanos, que cuenta con todos los servidores de la Sanidad Pública, y entre todos vamos a salir hacia adelante». Lo pronunció con semblante serio, acorde con el momento. Bien, ¿alguna mujer española sintió que no iba a ser protegida por el Estado cuando el Presidente hablaba de «todos» los ciudadanos o que se las estaba excluyendo?
–No creo.
–La relación entre ideología y lengua está ahí. Pienso que el feminismo es la revolución más importante del siglo XXI. Y es de una extraordinaria importancia. Es una revolución justa. Pero veo cosas extrañas. Cuando el feminismo empezó a meterse con la lengua inglesa fue cuando se cuestionó la palabra «History», por usar «His» y no el femenino «Her» en este vocablo; también se dijo que no se podía usar «Woman» porque la partícula «Man» significa «hombre». Se están manipulando las palabras. En relación con el género «trans» hay una corrección política también. Las palabras «madre» o «mujer» ya tampoco son correctas: para «mujer» hay que emplear «persona menstruante»; para «madre», «persona lactante». Esto tiene una relación directa con la ideología.
–¿Los defensores de lo políticamente correcto intentan modificar el diccionario de la RAE?
–Hay diccionarios que están sometidos a presión. Sobre todo dos, el de Oxford y el diccionario de la RAE. El de Oxford está elaborado por una entidad privada. El DRAE empezó hace 300 años y lo elaboran 24 corporaciones, porque están todas las academias, organizadas en Asale. En este tiempo se ha visto asediado por propuestas que llegaban a la RAE o campañas externas para que se quitaran palabras o se modificaran. Querían la censura del diccionario. Eso no tenía ni coto ni fin. No sabíamos hasta dónde llegar. Yo mismo recibí una carta de una señora que exigía que se retirara del diccionario los adverbios en «mente» porque a ella le hacían llorar los ojos. Y otro que se retirara «racional» porque era ofensivo para los «irracionales». Hay campañas organizadas por grupos con planteamientos asombrosos. Recuerdo la palabra «cáncer». En su cuarta acepción hace referencia «a cualquier desorden que altera el funcionamiento de la sociedad». Pues hubo quien fue al Parlamento para que se obligara a la RAE a retirar esa aceptación, que está en el habla habitual, porque era ofensiva para los enfermos y afectaba a su recuperación. Es una pendiente que no tiene fin. Si cualquier grupo que considere que tiene derecho a alterarlo y logra fuerza para conseguir sus objetivos, el diccionario desaparecerá. Será un diccionario seráfico, de palabras bonitas. Es orwelliano. Existe la idea de que el diccionario es algo que hace la Academia y que las palabras están ahí porque las han inventado los académicos y, por tanto, ellos son responsables de ellas. Quieren cepillar el diccionario. Pero si se hace desaparecerá. Aristóteles decía que las palabras sirven para lo justo y lo injusto, pero que el ser humano, a diferencia de los animales, tiene la capacidad de distinguir si las palabras son buenas o malas.
Tengo la impresión fundada de que el régimen dictatorial de Maduro había pensado que con los demócratas en la administración de los EE. UU podrían engañar con más facilidad a la sociedad de naciones del universo. Pero pareciera que se equivocaron él y sus acólitos, que emulando al santón Sai Baba le rinden pleitesía al sátrapa venezolano.
Leía ayer una interesante nota de la periodista y profesora universitaria Eneida Valerio, en el diario margariteño 24 Horas, donde se refería a lo poco feliz que ha sido la última semana para Maduro y su banda de Miraflores, opinión esta con lo cual coincido plenamente. Pero me parece que no solo ha sido una semana infeliz, me late que serán muchas las semanas con diagnosis reservada.
Todo hace indicar que el proceso de definición de la dictadura de Maduro con respecto al resto del mundo democrático comienza a delinearse en forma más homogénea.
Por lo tanto les propongo amigos lectores, que revisemos brevemente la evolución de la opinión de muchos países europeos y de los Estados Unidos de América con respecto a Nicolás Maduro y su gobierno. Veamos en primer lugar la España del PSOE, la España de Pedro Sánchez y del Ministro de Transportes, el inefable José Luis Abalos, también conocido como el socio de Delcy Eloina español , el mismo que desencadenó un caso diplomático con la Unión Europea, al recibir en el aeropuerto de Barajas a la Vicepresidente, quien tiene prohibido pisar suelo europeo.
Una serie de acontecimientos me obliga a pensar que los españoles a Maduro le han dado la espalda, al extremo que en un ataque de celos, el sátrapa amenazó con expulsar al Encargado de Negocios, el Señor Juan Fernandez Trigo, quien es militante del PSOE y a quien la banda de Miraflores lo veía como un puente entre ellos y la Unión Europea. «Vamos a revisar a fondo toda la relación con España, a todo nivel, ya basta de agresiones vamos a responder de manera contundente cualquier agresión que venga, sea de palabra, sea de acción, sea diplomática, sea política”, comentó el líder chavista durante el día de ayer cuando se le veía nervioso y muy ofuscado ante la visita que hizo la canciller del Reino de España a la ciudad de Cúcuta, donde están asentados más de 123.000 refugiados venezolanos.
Entonces, como podemos observar, los planes se terminaron, siendo al final solo eso, planes de los socios y asesores cubanos de la geopolítica madurista
Maduro y su banda deben de estar muy preocupados, no solo por las sanciones que la Unión Europea ha decidido en contra de 19 altos funcionarios de la dictadura, sino por la declaración del bloque europeo que rechaza de manera clara y precisa el pasado proceso electoral al cual tacha de fraude y del cual no reconocen el resultado. En efecto, los ‘Veintisiete’ consideran que las elecciones legislativas de diciembre, boicoteadas por parte de la oposición, no cumplieron los estándares democráticos aceptados internacionalmente.
Además de estas constataciones me temo que tiene dos o tres días sin poder dormir ya que seguramente leyó las informaciones de prensa de la supuesta, pero muy factible, colaboración de la esposa del Chapo Guzmán con las autoridades americanas.
Y si a esto le agregamos los calificativos, que en este poco más de un mes de ggobierno los demócratas en la Casablanca y en el Departamento de Estado utilizan, para referirse a Maduro, es para estar muy preocupado. Creo poder afirmar que no ha podido infiltrar el gobierno de Biden, no obstante ese asesor al que Maduro llama cariñosamente, el Dr. Maletín. No todos son unos ladrones como usted, Maduro.
Cito algunas muy recientes frases del presidente Biden refiriéndose al sátrapa: [1] » No es más que un dictador», » Es un hombre a quien no le importa el sufrimiento de su pueblo». «Maduro, a quien he conocido, es un dictador. Así de sencillo». «Los venezolanos necesitan nuestro apoyo para recuperar la democracia y reconstruir su país». Y ahora cito la declaraciones del dictador por las cuales aún un mes atrás creía que podía engañar al vecino americano.
“El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dijo el sábado 23 de enero del 2021, que está abierto a comenzar una nueva etapa de relaciones con Estados Unidos sobre la base del respeto mutuo, el diálogo, la comunicación y el entendimiento”. De este modo, Maduro busca acercarse al nuevo gobierno de Estados Unidos, dos años después de que Caracas congelara las relaciones con Washington [2] Pero como afirmo al inicio de esta nota, la estrategia de Maduro o de los chulos cubanos, no está funcionando.
Como hemos visto la situación, con los Estados Unidos o con la Unión Europea, no es como la pensaba el sátrapa.
Ni tampoco marchan muy bien sus planes de utilizar a España como punta de lanza en su camino iniciado el 6 de diciembre con las elecciones parlamentarias para lograr cierto reconocimiento internacional bajo el disfraz de democracia. Esa expectativa del gobierno de Maduro simplemente fracasó. El truco de las elecciones del 6 de diciembre no le funcionó. Ya nadie le cree.
Pero cuando pensaba que ya había escuchado todas las estupideces y expresiones de maldad del sátrapa, reconozco que me equivoqué. Esto lo escribo leyendo esta declaración emitida un par de días atrás donde afirmó que su gobierno había dado «pasos importantes con un país de Europa para restablecer el diálogo entre sectores de la oposición y el chavismo. «Pero así no», declaró Maduro.[3] ¿ O sea que si la Unión Europea le sanciona a 19 miembros de la banda, él continúa negándose a un diálogo que podría detener la matanza, la tortura, el asalto y el robo y en la destrucción del país? Cualquier excusa es buena para seguir justificando la masacre y el robo a ese inerme pueblo.
Raúl Ochoa Cuenca en Anfi del Mar, el 27 de Febrero del 2021.
Hace 85 años, Venezuela se echó a la calle y cambió su historia
Milagros Socorro
LA GRAN ALDEA
Juan Vicente Gómezhabía muerto en diciembre. Poco a poco, la gente empezó a salir del encierro a que los había sometido elgomecismoy por todas partes se registraron protestas y saqueos a las residencias de prominentes figuras del régimen caído con la desaparición física del dictador.
El 2 de enero de 1936, el con el presidente interino, general Eleazar López Contreras, decretó la suspensión de las garantías constitucionales. El 6 de enero, la medida se extendió a la prohibición de reuniones y de “discursos en las plazas, teatros, calles, campos y sitios accesibles al público”, así como divulgación de carteles y avisos sin permiso de las autoridades. Desde luego, ni hablar de manifestaciones y mucho menos de huelgas.
El 12 de febrero, en franco desacato a estas disposiciones, el diario La Esfera publicó un artículo de Hernani Portocarrero titulado ‘¿Democracia o dictadura?’ y al día siguiente, el 13 de febrero, el gobernador de Caracas, Félix Galavís, hizo llegar una comunicación a los directores de los periódicos para hacerlos responsables de los “artículos disociadores” que pudieran contribuir a “exaltar los ánimos”.
El 14 de febrero, en vez de achicopalarse por la circular de Galavís, La Esfera publicó una carta a López Contreras, firmada por Jóvito Villalba, secretario general de la FEV (Federación de Estudiantes de Venezuela), donde solicitaban la derogación del decreto de suspensión de garantías, la destitución y enjuiciamiento de los gomecistas que aún detentaban cargos públicos y la libertad de los presos políticos. Sin esperar respuesta, la FEV había convocado a huelga ese mismo día 14, a la que se unieron la ANDE (Asociación Nacional de Empleados), organización sindical fundada y dirigida por Alejandro Oropeza Castillo, el Gremio de Artes Gráficas, y la Asociación de Linotipistas.
En la mañana del 14, una multitud se congregó en la Plaza Bolívar. Algunos representantes de los huelguistas comparecieron con pancartas: “Queremos garantías, queremos prensa libre. No somos comunistas”. Entre los oradores se contaron Miguel Acosta Saignes, presidente de la Asociación de Escritores; el poeta Manuel Felipe Rugeles; Rolando Anzola, Ernesto Silva Tellería y Raúl Osuna. De pronto, de los balcones de la gobernación empezó a tronar el plomo. En el suelo quedaron seis muertos y decenas de heridos, uno de los cuales escribió con su propia sangre “Asesinos” en la fachada de la Casa Amarilla.
Trago largo, trago amargo
El poeta Andrés Eloy Blanco escribió un poema que recogió el dramatismo de aquellos hechos: «Cuando Juan Bimba era sute / le dio puntá de costao, / le dio calentura ‘e pollo, / le dio sarampión morao / y el doctor le recetó / quinina con bacalao / El 14 de febrero / se echó el cogollo de un lao, / cogió su guacharaquita / y el porteño encabullao… / Lo trajeron de la plaza / con el pecho atravesao. / -Ay mijo de mis entrañas, / ¿por qué me lo habrán matao? / Y Juan Bimba decía: / -No llore, mama, / trago amargo, mi vieja, / sin mirarlo; / tómelo, mi mama; / trago largo…».
En la tarde ocurrió algo increíble. En lugar de paralizarse por el miedo, la gente, que ahora no eran cientos como en la víspera sino miles (se llegó a calcular en 50 mil la asistencia), acató el llamado de la FEV y, saliendo de la Universidad Central de Venezuela, que entonces estaba en su sede de San Francisco, con el rector Francisco Antonio Rísquez a la cabeza, se encaminaron a Miraflores. Reclamaban la derogación del decreto, el cese de la censura y la promulgación de nuevas leyes de orientación democrática.
Después de 27 años de asfixia por el puño de Gómez, el nuevo gobierno no previó una erupción popular tan firme y multitudinaria. Pero el caso es que una comisión de los manifestantes ingresó al Palacio de Gobierno para reunirse con Eleazar López Contreras y este accedió a revocar, en 15 días, el decreto de suspensión de garantías constitucionales.
El 15 de febrero la huelga persistió, de manera que a López Contreras, que ya se había comprometido a suspender su infeliz decreto, tuvo que hacer buenas sus promesas y dar inicio inmediato a una serie de medidas. El 17 raspó a Galavís y el 22 las garantías ciudadanas fueron rehabilitadas. El 21 López Contreras expuso el llamado Plan de Febrero, donde se anunciaba la promulgación de una nueva Constitución Nacional y se establecía el compromiso de reorganizar la administración de Justicia y el reconocimiento de las libertades y derechos relativos al trabajo, así como reformas de relevancia en los campos de la agricultura, la salud y la educación, entre otros.
Arte de calle
Según el Censo de 1936, de una población total de 3.364.347 habitantes, 2.334.760 no sabían leer y escribir. Esto es, 69,4% de los venezolanos de hace ocho décadas era analfabeta. Esa es la gente que el 14 de febrero de 1936 se lanzó a las calles a exigir democracia en Venezuela.
Por eso, el historiador Manuel Caballero, en su libro ‘Las crisis de la Venezuela Contemporánea’ dice que «se trata de una fecha histórica, la primera de su significación en el siglo veinte. Era la primera vez en la historia de Venezuela que un gobierno daba muestras de haber cedido a la presión popular no para complacerse a sí mismo, como sucedió el 13 de diciembre de 1908 con la huidiza aparición de Gómez en el balcón de la Casa Amarilla, sino para complacer a los manifestantes en sus reivindicaciones expuestas ese día». Y en su libro ‘Rómulo Betancourt, político de nación’ añade: «Lo que nació el 14 de febrero no fueron los partidos políticos, ni la libertad de prensa ni la libertad de asociación y manifestación. Lo que afloró ese día fue la mentalidad democrática de la población […] la voluntad de vivir en democracia no es cosa de élites culturales ni de dirigencias políticas, sino un imperativo nacional. Y esa nacionalización de la democracia comenzó a desarrollarse, por arte de calle, el 14 de febrero de 1936».
Hace 85 años, la gente en la calle cambió su destino y escogió ser una sociedad democrática, que aún cuando ha tenido luego gobiernos tiránicos ha mantenido indeclinable, contra los vientos más bravos, esa determinación.
En entrevista con Asdrúbal Batista para la publicación ‘Venezuela siglo XX: Visiones y testimonios’ (Fundación Empresas Polar, 2000), Manuel Caballero vuelve sobre aquel mes. «La democracia nace en el momento en que quienes son sus actores fundamentales se dan cuenta de que ellos son, o pueden ser, poder y lo imponen de una forma u otra. Ese proceso se dio el 14 de febrero de 1936, una fecha, una suma de acontecimientos, cuando se puede decir que, por primera vez, en la calle gente de a pie y desarmada, hace cambiar el rumbo del gobierno. Hay quienes dicen que López Contreras ya tenía escrito su Programa de Febrero, que ya tenía decidido cambiar de ministros. Pero lo importante no es eso, eso es lo anecdótico. Lo decisivo es que la gente creyó que eso era un triunfo suyo. Eso es lo fundamental del 14 de febrero, aparte de imponer la democracia en las formas que se conocerán después: partidos políticos, prensa libre, organizaciones de clase, etc. Todo ello está contenido en el germen del 14 de febrero de 1936. Este proceso de democratización tiene, pues, esta primera fase, que se refiere a la conciencia de su propio poder que acompaña al pueblo».
Todo nos separa, menos el agravio. Cada uno de los 30 millones de venezolanos, esté donde esté, sean cuales sean su biografía y su geografía, lleva consigo este agravio. Ofendidos, indignados por la pérdida, por millones de renuncias, decepciones, duelos. Todos estamos agraviados. Todos nos sentimos víctimas. Cada quien tiene un culpable a mano para darle cuerpo a su herida.
La despolitización. La conversación pública dejó de ser política porque adoptó una gramática de indignación moral permanente que reduce todo conflicto al disgusto moral y termina privilegiando el sentimiento de cada quien y no la capacidad de pensar políticamente. Es a primera vista paradójico que hayamos pasado de la “hiperpolítica” que invadía todos los rincones de la vida, a este silencio que rumia. Pero es como una especie de historia natural de la opresión: lo que hacen las dictaduras y los nuevos despotismos es reducir el ámbito de la vida al de la sobrevivencia. Y para sobrevivir uno solo cuenta con lo que tiene a mano. Desaparecen las instituciones que son como reglas de relación entre las personas y estas quedan huérfanas, aisladas y sin palabras.
“El daño infligido ha sido catastrófico. Pero aparece otra paradoja: El sufrimiento iguala aunque sus causas sean distintas”
El sueño del déspota. El proyecto del siniestro club de déspotas que repudia la democracia no es acabar con el sistema sino acabar con cualquier tipo de política en realidad. Que el poder ya no esté más nunca en disputa y que las decisiones relevantes socialmente sean las puramente técnicas. En China se pone en práctica una especie de evaluación del ciudadano que le otorga puntos de buena conducta, con lo cual se le abre acceso a la prosperidad personal, al consumo, negados a los “mala conducta”. Una moralidad técnica, sería eso: la sociedad no estará compuesta por gente que tiene opciones para decidir su vida y por lo tanto intereses distintos, sino por buenos y malos.
Efecto inesperado. El daño infligido ha sido catastrófico. Pero aparece otra paradoja: El sufrimiento iguala aunque sus causas sean distintas. O tal vez no sean tan distintas. Tras el inmenso memorial de agravios hay uno común: el país que conocíamos naufragó. “El país” puede ser muchas cosas. Para algunos, la familia, la convivialidad, esa ligereza del humor, las oportunidades, el ascenso social, el otear un horizonte para sus hijos. Pero para otros, es el “proyecto histórico” lo que desapareció. Hecho trizas. Quedó enterrada la ilusión revolucionaria de fundar un nuevo país borrando la historia. Hoy lo que queda es reconstruir sobre ruinas, en el mejor de los casos.
Relato de origen. El chavismo se cobijó, desde su origen, en un relato de agravio histórico que compilaba ofensas desde la traición a Bolívar hasta la derrota de la insurrección armada de la ultraizquierda que la joven democracia tuvo que enfrentar. Ciertamente es un relato de reivindicación histórica que se juntaba con resentimientos y fracturas que la “ilusión de armonía” democrática no supo metabolizar. Es eso, más que una ideología, lo que lo agitó y a su vez puso en movimiento una fuerza centrífuga, una voluntad de dividir a la sociedad en vencedores y vencidos.
Deshacerse de la gramática del vencedor. Con ese lenguaje se terminó moldeando no solamente el cuento revolucionario sino que se contaminó la alternativa democrática. Hay una línea discursiva que presenta el cambio político como la única fuente de desagravio colectivo, con una nueva lista de vencedores y vencidos, como si la inversión de roles borrara el sufrimiento ya padecido. Lo que logra es, por el contrario, prometer la prolongación del conflicto: no es posible concebir una democracia de “vencedores”. La experiencia en todas las latitudes muestra que la reparación de los agravios exige un fuero especial que no es el mismo de lo político, sino el de la justicia. La recuperación democrática solo será posible como un proyecto agregativo de consensos mínimos pero fundamentales, uno de los cuales, pero no el único, es la rendición de cuentas. Pero quien pide esa cuenta es la víctima, no el “ganador” histórico.
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