viernes, 3 de enero de 2014

EL VASO MEDIO LLENO O MEDIO VACÍO

Enrique Krauze
El País
Hace un par de meses, Mario Vargas Llosa y yo sostuvimos un diálogo sobre América Latina en la Universidad de Princeton. A lo largo de su vida y en su obra, su visión ha sido pesimista, a veces incluso fatalista, pero en tiempos recientes ha ido cambiando y ese cambio, me parece, tiene fundamentos en la realidad. En la charla confrontamos nuestras respectivas impresiones. Él ve el vaso medio lleno, yo el vaso medio vacío.
En una idea básica coincidimos: nuestros países han hecho progresos notables en los últimos años. Basta un mínimo de memoria para apreciar que, comparada con los tiempos de los golpes de Estado, los regímenes militares y las guerrillas, los años de las inflaciones estratosféricas y las espectaculares quiebras, América Latina ha desplegado (en lo general) una madurez sin precedente en su azarosa historia. Nuestra proclividad a la anarquía y la dictadura ha derivado en un respeto al menos formal por la democracia electoral. Igualmente alentador ha sido el desempeño económico en medio de la crisis global: hemos sufrido sus efectos, pero muchas economías han mostrado una solidez tan inesperada como envidiable. Además, muchos Gobiernos han aprendido la lección de no relegar los problemas sociales hasta que estallen, e instrumentan programas de atención a la población más pobre y marginal.
Para Vargas Llosa, el mejor ejemplo de progreso es su propio país, Perú, que fue siempre motivo de mortificación y ahora lo es de orgullo. No es para menos. El país crece, la democracia se sostiene, los programas sociales funcionan. Mencionó algunos ejemplos de ascenso social alucinantes, casos de familias que han pasado de la pobreza al éxito global (por ejemplo en la industria textil). Lo más sorprendente de todo —dijo— es la forma en que el progreso material está limando las duras aristas del racismo peruano: “Ahora los protagonistas de la economía, visibles en el comercio y la industria, son cholos”, es decir, los mestizos (hijos de indios de origen inca y blancos de raíz española) siempre relegados por la arrogante aristocracia. Y aún los indígenas están bajando de sus guaridas milenarias en los Andes a integrarse al crisol nacional. Perú está muy lejos de ser el Edén mitológico que representó alguna vez para la imaginación europea (hay intensas protestas sociales en el sector minero y casos serios de corrupción), pero está —no hay duda— en el camino a ser un país menos pobre, dividido y desigual de lo que por siglos ha sido.
La proclividad a la anarquía y la dictadura ha derivado en el respeto formal a la democracia
La charla tocó deprisa varios países. Uruguay, donde un Gobierno socialdemócrata de izquierda moderada no solo pone ejemplo de responsabilidad económica y continuidad democrática, sino que ocupa un lugar de vanguardia en temas delicados como la liberalización del uso de la marihuana. Brasil, el gigante de la región, cuyo impresionante desarrollo en los últimos años se debe, en parte, a la continuidad de tres sucesivos líderes de una izquierda reformista y moderna: un teórico exmarxista (Fernando Henrique Cardoso), un líder obrero radical (Lula da Silva) y una exguerrillera (Dilma Rousseff). Colombia, el infierno del narcotráfico, la guerrilla revolucionaria y el poder paramilitar, ha acotado la violencia y probablemente logrará firmar la paz con el más antiguo grupo guerrillero. Chile, que a pesar de las cicatrices políticas que dejó el golpe contra Allende y la dictadura de Pinochet cosecha los frutos de su casi bicentenaria tradición republicana.
Vargas Llosa argumentó que el llamado “socialismo del siglo XXI” inventado por Hugo Chávez, no tiene atractivo para las jóvenes generaciones en el continente. Ya nadie sueña con emular al Che Guevara. Recordó asimismo la aguda crisis económica de Venezuela y la resistencia de los obreros venezolanos a las medidas de un régimen que se sostiene mediante la mentira pública sistemática, el saqueo del petróleo y la corrupción que ha envenenado al propio ejército. Pero esa situación, recalcó, no puede durar.
En su visión mencionó dos señales de alarma: la criminalidad y la corrupción. Solo cabe combatirlas persistiendo en la construcción de instituciones sólidas donde se respete el Estado de derecho. Pero remató con una nota positiva: “En América Latina ya podemos hablar de un consenso sobre la democracia y la libertad de mercado, ya sea en su variante liberal o socialdemócrata”.
Mi postura general fue algo distinta. Creo que, por razones culturales e ideológicas profundas, el populismo en sus diversas variantes (del peronismo al chavismo) es una realidad y todavía una tentación permanente en América Latina. La propensión al liderazgo carismático es tan profunda que la legendaria Evita Perón sigue gobernando a Argentina (por la interpósita persona de Cristina Kirchner) y Chávez habla por las noches al errático presidente Maduro. Es verdad que ALBA, la organización supranacional ideada por Chávez con la participación de países como Bolivia, Ecuador y Nicaragua, se ha desdibujado tras la muerte del caudillo, pero sus respectivos presidentes pueden eternizarse en el poder sin que nadie lo impida. En ese contexto, la situación en Venezuela es particularmente triste y el papel de la OEA es imperdonable. Los mismos países que hace unos años levantaron su voz airada en el golpe de Honduras, han permitido que en Venezuela y otros países de ALBA se ahoguen las libertades cívicas hasta volver impracticable a la democracia.
En México hay regiones enteras ocupadas por el crimen y la discordia política frena las mejoras
“¿Y México? ¿Cómo va México?”, preguntó Vargas Llosa. “¿Hay peligro de que el narco infiltre al poder político?”. Lo que tuve que decir no lo alegró. Por un lado, expliqué cómo regiones enteras de México están ocupadas ya por el crimen (en todas sus variantes), de modo que los criminales no necesitan infiltrar un poder que ya tienen en los hechos. Por otra parte, le señalé la persistente discordia política. La euforia por la transición democrática del año 2000 quedó en el olvido. Tras el fracaso de los dos Gobiernos sucesivos del PAN, la vuelta del PRI se ha vivido, por algunos, como una regresión. Y la izquierda, que en las elecciones de 2012 pudo y a mi juicio debió tener su turno, prefirió un liderazgo radical a uno moderado que hubiese atraído las simpatías de todo el espectro político.
Fue una oportunidad perdida porque en América Latina (como en España con el PSOE) las grandes reformas las han hecho, por lo general, Gobiernos de izquierda que abandonan toda retórica revolucionaria a cambio de la vía reformista, adoptando esquemas liberales o socialdemócratas. México no ha tenido esa suerte, México no ha tenido un Cardoso, un Lula o una Rousseff. En este año que termina, el Gobierno de Enrique Peña Nieto ha pasado varias reformas importantes que pueden modernizar la economía y alentar el crecimiento, pero en la percepción nacionalista de muchos mexicanos su Gobierno es siervo del capitalismo internacional. El de 2014 será el año crucial: de la instrumentación eficaz y pronta de las reformas, de su transparencia y sus resultados dependerá continuidad de la democracia mexicana.
¿Y Cuba? Ni Vargas Llosa ni yo hablamos de Cuba. Fue una omisión importante, por su enorme valor simbólico. Los conflictos entre Estados Unidos y América Latina comenzaron en 1898 en la guerra contra España y se acumularon hasta estallar en Cuba en 1959. La Revolución Cubana fue el motor o la inspiración de los virajes revolucionarios de los setenta y ochenta, que enfrentaron a los atroces regímenes militares de Chile, Argentina y Centroamérica. En las dos últimas décadas los conflictos (y el antiamericanismo asociado a ellos) decrecieron, pero el chavismo los reavivó. La Administración de Obama puede escribir el último acto del libreto latinoamericano: el fin del embargo contra Cuba a cambio de una apertura política sería un final feliz, la antesala de algo nunca visto en América Latina: todo un continente democrático. Todavía se ve remoto.
El público en Princeton dejó la sala, silencioso. Desde los Andes peruanos, el porvenir de América Latina se ve medio lleno; desde los volcanes mexicanos, se ve aún medio vacío.
Enrique Krauze es escritor, director de la revista Letras Libres.

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EL ALMA DE LOS POBRES

Fernando Esteve Mora

El País

Una de las características definitorias del gran escritor catalán Josep Pla es su agudísima sensibilidad para captar la realidad de las relaciones humanas que suele esconderse tras múltiples velos culturales o ideológicos. Sus cuadernos de notas aparecen así trufados de observaciones acerca de lo que, en principio, podría pensarse que no son sino pequeños detalles, mínimos aspectos del mundo de los hombres, pero que, cuando alguien como Pla nos hace caer en la cuenta, resultan ser de importancia para entenderlo y orientarse en él. Un ejemplo de “pequeña” observación, que aparece en sus Notas dispersas, es la siguiente:
“Una de las cosas más curiosas de este país es la enorme cantidad de pobres que tiene la misma alma que los ricos —que desprecian a los demás pobres como los desprecian los ricos—”.
Y antes de seguir hay que advertir que no hay que llamarse a engaño con la referencia a “este país” porque si bien Pla gusta de referirse de modo explícito al microcosmos que conforman los pueblos de la Cataluña rural, sus observaciones aspiran las más de las veces a tener un alcance universal. Que es lo que pasaría, en mi opinión, en este caso. El desprecio de muchos de los pobres por los de su condición no sería una anomalía, algo exclusivo de los payeses del Ampurdán, de los catalanes o de los españoles, sino que, para los que pensamos que Pla anda en lo cierto, estaría siempre presente en mayor o menor grado en el modo de proceder de los pobres entre sí en toda sociedad estructurada posicionalmente siguiendo un criterio económico: el de tanto tienes, tanto vales. Y el asunto no es baladí, pues frente a la supuesta “solidaridad de clase” que tantos políticos y analistas suponen que la mayoría de los pobres se guardan siempre entre sí y que debería regir su comportamiento político en las urnas, lo que se sigue de una apreciación como la de Pla apuntaría a que tal cosa, cuando se da, no sería ni habitual ni mayoritaria, sino en todo caso fruto de un “trabajo” educativo o político que buscase crearla modificando esa propensión al desprecio entre los de abajo.
Una posible explicación a ese desprecio podría venir de la mano de una reflexión de Rafael Sánchez Ferlosio, quien hace algunos años señalaba cómo el comportamiento en el consumo de bienes conspicuos por parte de los pobres estaba dirigido por la imperiosa necesidad que cada uno de ellos sentía por mantener una distancia posicional con el resto, ya que, en los estratos sociales más bajos el “no ser menos” equivale a “no ser menos que los últimos”, pues por debajo no queda, socialmente, más que el suelo: “no ser nadie”, “ser un muerto de hambre” (La mano visible, EL PAÍS, 26-10-1992). Anhelo este de distinción de los pobres entre sí que, condenado inevitablemente al fracaso para la mayoría y más en una situación de crisis económica, llevaría a muchos de ellos, como modo de compensar psicológicamente ese fracaso, al desprecio de los de que están en igual o parecida situación.Pues bien, puede que sea “normal” o “explicable” que los individuos de estatus económicamente inferior tengan una deferencia con los de clase superior. De igual manera, también puede parecer “normal” que los de estatus superior “minusvaloren” a los de estatus inferior. Son comportamientos que es incluso posible que estén insertos en nuestro código genético, como parecería seguirse de la observación de que son formas de actuar que compartimos con nuestros “primos” biológicos, tal y como aparecen repetidamente en ese ejemplo de ciencia social que es la Política de los chimpancés de Frans de Waal. Pero lo que parecería ser exclusivamente humano, demasiado humano, sería ese desaprecio que muchos de los de abajo se guardan entre sí, y del que no es infrecuente encontrar manifestaciones por doquier.
Uno de los ejemplos que validan la tesis de Pla es el experimento ya clásico de la Psicología Social llevado a cabo por A. N. Doob y A. E. Gross en 1968 en el que analizaban la reacción de unos conductores ante un anodino hecho cotidiano: la tardanza en arrancar del vehículo que se encontraba delante de ellos en un semáforo en rojo. Lo que constataron fue que la habitual respuesta de algunos de los conductores que se encontraban retenidos —tocar el claxon, comportamiento que se usó como indicador de agresividad—, sucedía de modo distinto si el coche que se demoraba en arrancar era de alta o de baja gama. Si era de baja gama, viejo o destartalado, los bocinazos empezaban al poco de cambiar a verde el semáforo, en tanto que si el coche era de alta gama, los demás conductores demostraban su deferencia ante el estatus superior de su propietario no haciendo sonar sus cláxones o dejando pasar mucho más tiempo antes de ponerse a hacerlo. El experimento se ha repetido alterando las condiciones del mismo, estudiando por ejemplo cuán diferente era el comportamiento agresivo de los conductores retenidos en función de su propio estatus socioeconómico. Por lo general, los vehículos de estatus más bajo siempre suelen estimular reacciones más rápidas (y, por tanto, más agresivas) que los vehículos de estatus más alto, si bien suele observarse que los conductores de vehículos de más estatus reaccionan más agresivamente cuando se ven frustrados que los de más baja gama.
No es difícil poner este tipo de comportamientos con otros de relevancia social y política. Los juicios mucho más duros que los de abajo suelen hacer de las modestas triquiñuelas de sobrevivencia que hacen sus semejantes en estos tiempos de crisis en comparación con las evaluaciones más leves de las enormes corruptelas, patrimonio de los de arriba o la infundada creencia de que la actual plutocracia es una meritocracia merecedora de respeto, no serían sino muestras de esa transformación del otrora orgulloso proletariado en el actual y melindroso “precariado” al que solo le alcanzan las fuerzas para menospreciar a los que aún están más abajo, los “poligoneros”, como tan bien ha descrito Owen Jones para el caso británico en su obraChavs.En una línea similar puede citarse otro experimento más reciente de Nathan Pettit y Robert Lount en el que se muestra que la gente suele esforzarse más en derrotar a los rivales más débiles que en desbancar a los más fuertes. Se trataba en este caso de un equipo de estudiantes de la universidad de Cornell al que se le dijo —falsamente— que estaban compitiendo haciendo distintas tareas contra otro equipo de otra universidad que ocupaba un ranking más alto (o más bajo) que Cornell. Pues bien, se observó que cuando los estudiantes pensaban que se estaban enfrentando a una universidad de menor rango, lo hicieron mucho mejor que cuando pensaban que se enfrentaban a una universidad de más alto rango.
Y si ello es así, si la observación de Pla es ahora quizás más real que nunca, fácil es comprender las dificultades que hoy afrontan en las urnas quienes propugnan políticas económicas de corte igualitario o redistributivo. Porque bien lo tienen los pocos ricos en su sempiterno enfrentamiento con los muchos pobres cuando pueden contar a su favor con que en los cuerpos de muchos de estos anidan reflejos de su propia alma, de alma de rico.
Fernando Esteve Mora es profesor titular de Teoría Económica de la Universidad Autónoma de Madrid.

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LEER HOY A MAQUIAVELO

Ramin Jahanbegloo
EL PAÍS
El libro más famoso de Maquiavelo, El príncipe, fue escrito hace exactamente 500 años, y desde entonces ha inspirado a dirigentes políticos de todo el mundo. El libro se incluyó en elÍndice de libros prohibidos de 1559 y a su autor le denominaron “El malvado Maquiavelo”. La ira no se ha disipado con el tiempo. Pero lo que conviene preguntarse es: ¿Por qué molestarse hoy en leer a Maquiavelo? ¿Por qué leer El príncipe o Los discursos?Una respuesta fácil es que Maquiavelo es el fundador de la filosofía política moderna. Otra es que es el primer teórico político de un mundo desencantado en el que el individuo está solo, sin Dios, sin más motivos ni propósitos que los que le proporciona su propia subjetividad.
Esto se aproxima tal vez más a nuestras preocupaciones en el mundo actual. Lo más relevante para nosotros en el pensamiento de Maquiavelo es no solo su nueva ciencia del arte de gobernar, sino lo que podríamos llamar el “Maquiavelo antimaquiavélico”. Precisamente ahí es donde debería comenzar una lectura no maquiavélica de Maquiavelo. Maquiavelo no era maquiavélico, y los maquiavélicos no son lectores intensos ni perspicaces de Maquiavelo. Por supuesto, es difícil no juzgar su figura a través de la obra de una larga línea de comentaristas o atribuirle las teorías a las que se ha recurrido posteriormente para explicar su pensamiento. Es esencial descubrir en qué consiste exactamente su genio y en qué se asemeja su actitud a la nuestra en relación con nuestras pasiones políticas. Maquiavelo es nuestro, sin duda. Sus palabras no pasan de largo, ni proceden de otra época y otra cultura. Nos desafía desde nuestro propio mundo, y ese reto que plantea es total.
En realidad, lo que pone de relieve el análisis de Maquiavelo es la condición política en sí misma. Si los seres humanos dejaran de ignorar el papel de la Fortuna en sus asuntos y reconocieran sus limitaciones a la hora de establecer instituciones políticas y blindarse contra los caprichos del tiempo y el azar, podrían entrar en la vida política animados por un espíritu cívico. La política se orienta hacia la acción, y, para que la acción sea posible, los hombres deben desempeñar su papel. Es posible empezar de nuevo siempre que los seres humanos actúen unidos y en política, y esa es la convicción más profunda de Maquiavelo.
Lo que distingue a Maquiavelo de los políticos de nuestro tiempo es que no se presenta al frente de un partido que representa a una clase o una raza universal ni en nombre de la humanidad. Para él, no existen criterios por encima de la política. En otras palabras, el pensamiento político de Maquiavelo, en principio, es hostil a las declaraciones partidistas, que engañan a cualquier político o ciudadano que se las tome en serio. Maquiavelo considera que el dato fundamental no está en la pregunta “¿Quién gobierna?”, sino en “¿Cómo gobierna?”. Cuando un gobernante funda un régimen totalmente nuevo a mayor gloria de sí mismo, de paso cree que así prevalecen “la verdadera forma de vida y la auténtica calma de una ciudad”.Evidentemente, la política así concebida está sujeta a todas las ambigüedades de la acción política. Hoy, en una época en la que las ideologías están desacreditadas y la globalización ha provocado el deshielo de sistemas políticos anquilosados, muchos consideran que la acción política es una carga desagradable. Otros, a través de ella, tratan de inculcar en los ciudadanos un sentido unívoco y monolítico del bien público. Por eso “lo público” está en constante peligro de ser aplastado por los enemigos de la libertad o por los ciudadanos que se olvidan de sus responsabilidades. La primera posibilidad es el destino político de los fundamentalismos religiosos, y la segunda, se puede ejemplificar en la experiencia occidental de la política “irresponsable”, desarrollada con arreglo a una definición cada vez más privada y materialista de la búsqueda de la felicidad.
El argumento de Maquiavelo es que las cosas humanas se mueven y, por tanto, los asuntos humanos sufren altibajos. No se puede evitar el cambio, pero los hombres deben dedicar su talento político a mantenerse seguros dentro de él. Sin embargo, añade Maquiavelo, “los hombres no pueden estar seguros sin el poder”. Por eso sugiere una expansión del poder humano.
En vez de usar el modelo de los seis gobiernos clásicos para referirse al ciclo inevitable de bien y mal en la política, Maquiavelo pide una “república perpetua” como condición para el progreso de toda la humanidad. Al decir “república perpetua”, se refiere a la expansión del poder de actuar. Como la naturaleza otorga a los hombres el conocimiento, pero no la facultad de actuar, los hombres deben actuar por su cuenta, sin esperar la ayuda ni de Dios ni de la naturaleza. Dios y la naturaleza no ayudan a los hombres a ejercer el poder, por lo que no existe ninguna ley natural ni ningún derecho natural que sean el fundamento de la política. En otras palabras, la doctrina moderna de la soberanía comienza cuando Maquiavelo se apropia del poder que antes los hombres ejercían, en teoría, para cumplir la voluntad de Dios.
Al reflexionar sobre el establecimiento de lo político desde el horizonte final, Maquiavelo busca la forma de superar los dos límites teóricos fundamentales de la lógica de lo teológico y lo político: la falta de una teoría de lo político y que no se basa en una historia de hechos ocurridos. Maquiavelo vuelve a los paganos, más allá de lo ontoteológico, para hallar una manera de concebir la historia en función de una teoría política de los acontecimientos, en la que dichos acontecimientos se vean como el encuentro entre lo político y el movimiento real de la sociedad.El Estado, pues, debe ser el dominio de la estabilidad en la caótica esfera de los cambios naturales y las pasiones humanas. Por eso, a diferencia de los clásicos, Maquiavelo cree que la política es una entidad artificial creada por el talento humano. Para comprender este punto, hay que recordar que la teoría política de Maquiavelo se presenta como una teoría “laica” y mundana, y su aplicación práctica, además, entraña una nueva dimensión ontológica. Esa nueva ontología política inaugurada por Maquiavelo, por tanto, se puede considerar un momento de transición hacia la modernidad.
No es ninguna exageración decir que, con Maquiavelo, el pensamiento político europeo alcanza en ciertos aspectos una extraordinaria emancipación de la autoridad religiosa y la concepción medieval del hombre. Ahora bien, para liberar su mundo de la tiranía del pasado y del dominio de los textos medievales, Maquiavelo acude al mundo antiguo. Más aún, que Maquiavelo consulte a los clásicos no solo representa una gran aventura intelectual, sino también una forma de igualar tal vez los logros políticos y las hazañas filosóficas de los tiempos antiguos.
Estas ideas sobre el mundo clásico y el proceso histórico son el trasfondo filosófico que da auténtica originalidad a la obra de Maquiavelo. En vista de ellos y de las conclusiones a las que llega Maquiavelo, resulta todavía más extraordinario que la lectura de sus escritos nos pueda ayudar a comprender la idea maquiavélica de “entrar en política” como forma de dejar atrás nuestro maquiavelismo. No podemos entender el verdadero carácter del pensamiento de Maquiavelo si no nos liberamos de la influencia del maquiavelismo en nuestra propia historia. Para hacer justicia hoy a Maquiavelo y entender mejor sus opiniones, debemos considerarle mucho más que un pensador sobre la razón de Estado. Si lo hacemos, veremos que su interpretación de la política y su insistencia en que es autónoma forman la aportación más original a la historia de las ideas políticas.
Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.

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La Europa de unos pocos

La integración europea sospechó por principio de la soberanía popular


El País
La fórmula canónica de la democracia se expresa en la autoridad con la que se establece la Constitución de los Estados Unidos o la Carta de las Naciones Unidas: We the people. No hay una expresión que sintetice mejor los ideales democráticos de autogobierno y el fundamento de toda legitimidad política. Pues bien, la historia de la integración europea y, de manera especial su deriva con ocasión de la crisis actual, parecen haber preferido, en cambio, la fórmula We few que Shakespeare pone en boca de Enrique V para referirse a los pocos soldados de los que dispone para la batalla de Agincourt frente al inmenso Ejército francés y arengarles con una gloria que no habrán de repartir con una multitud.
El proceso de integración europea está marcado desde su comienzo por una concepción aristocrática. Las razones de ese elitismo son, al menos tres: en primer lugar, tras la experiencia del nazismo y la II Guerra Mundial, los impulsores de la integración europea sospechaban por principio de la idea de soberanía popular; este es el motivo por la que la Unión ha tenido siempre una arquitectura que limitaba las soberanías. En segundo lugar, esos mismos fundadores tenían una gran desconfianza en la rivalidad y los conflictos ideológicos y una profunda fe en el liderazgo del tecnócrata a la hora de hacer avanzar la cooperación internacional. Y en tercer lugar, la agenda de cuestiones que iban a ser objeto de la integración recogía un conjunto de temas muy alejados de los intereses cotidianos de la ciudadanía y sin capacidad de movilización política.
La realidad actual, o al menos la percepción social de esa realidad, es que Europa resulta algo lejano, técnico y burocrático. Europa parece en manos de la fuerza de los mercados y la maquinación de las élites, que escapan del control democrático. La UE es procedimentalmente democrática, pero en términos sustantivos estaría más cerca del despotismo ilustrado que de una genuina democracia, de lo que podía ser una buena muestra el hecho de que la elección del presidente de la CE se parece más a la elección de un papa que a la batalla abierta entre candidatos políticos. La integración europea es un asunto de élites, bien sea intencionalmente o inevitablemente, para asegurarse una licencia ejecutiva al margen del control social o porque la naturaleza de los asuntos que están en juego no permite a los actores sociales movilizar a la opinión pública a nivel europeo con un mensaje alternativo.
Aunque los valores de la democracia apuntan hacia una mayor transparencia e inclusión, el desarrollo de la globalización ha hecho la política más opaca y en manos de los expertos que nunca. Esta circunstancia es especialmente visible en la actual arquitectura institucional de la Unión Europea donde se adoptan las decisiones, sin suficiente legitimidad transnacional, pero fuera del alcance de la legitimación nacional. Una gran cantidad de las decisiones políticas que se toman a nivel europeo exigen inmediata validez en el ámbito de los Estados miembros sin procedimientos de ratificación democrática a este nivel.
Europa parece en manos de la fuerza de los mercados y la maquinación de las élites, que escapan del control democrático
Con motivo de las decisiones dramáticas adoptadas en torno a la crisis del euro se ha producido una escisión entre capacidad para actuar y autorización democrática, entre los que pueden, pero no son responsables y quienes son responsables, pero incapaces, una asimetría de poder y legitimidad, entre autorización y poder efectivo; todo ello tiene mucho que ver con esa diferencia cada vez más acentuada entre responsiveness y responsability, entre lo que los ciudadanos esperan de sus Gobiernos y lo que los Gobiernos están obligados a hacer o, si se prefiere, entre la capacidad de los Gobiernos de explicar sus decisiones y la capacidad de los ciudadanos de entenderlas. De ahí el dilema al que suelen referirse los políticos: saben qué es lo que deben hacer, pero no saben cómo ser reelegidos si hacen lo que deben hacer.
El componente técnico y ejecutivo se fortalece a costa de la deliberación parlamentaria. Pensemos en la imposición de Gobiernos “técnicos” (Italia), medidas de austeridad “adoptadas” por ciertos Estados miembros en 2012 o la afirmación de Christine Lagarde, presidenta del FMI, que la democracia se ha revelado de hecho como un obstáculo para el tratamiento de la crisis. No es extraño que la UE aparezca como un proyecto de las élites cuando estas perciben cada vez más a la opinión pública y los electorados nacionales como el principal obstáculo en el proceso de integración, e incluso se considera que las grandes reformas solo pueden acometerse cuando no hay elecciones a la vista.
Esta distancia no es solo una cuestión de diseño institucional, sino un fenómeno social que alimenta la tensión entre las élites cosmopolitas y las masas territorializadas. Europa es un asunto de las élites; la nación, de los que se sienten amenazados. La integración europea es un proyecto mejor entendido y apoyado por las capas altas de la sociedad que por los sectores populares, que tienen más que temer de la globalización y se sienten desprotegidos fuera del Estado nacional. Esto no puede seguir así por mucho tiempo sin amenazar la cohesión europea. La contraposición entre electorados nacionalizados y políticas burocráticamente decisivas es letal para la Unión Europea. Es inconcebible una política democrática en el siglo XXI sin el respaldo explícito de sus poblaciones, aunque tampoco pueden tomarse las decisiones estratégicas sin una visión que implique liderazgo institucional y efectividad de las políticas públicas. Este va a ser uno de nuestros principales debates a la hora de resolver la crisis europea en este año que comienza y con unas elecciones europeas dentro de cinco meses.
Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor visitante en la London School of Economics.

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LOS DESENCUENTROS QUE VIENEN
   ARGELIA RÍOS   

EL UNIVERSAL

El 2014 será el año de la redefinición de los procesos unitarios dentro de la oposición y del Gobierno. El oficialismo experimentará un barajo inexorable, en el cual entrarán en juego asuntos de todo orden, incluyendo los ideológicos, que seguramente derivarán en la configuración de nuevas realidades hacia el interior del PSUV. La MUD, por su parte, también encarará un duro debate en el que no habrá temas ausentes: el liderazgo de la plataforma y la estrategia que ella deberá seguir en adelante estarán en la agenda, donde también tendrá un espacio privilegiado la discusión en torno al método de escogencia de quienes asistirán en plan de candidatos a las elecciones parlamentarias de finales de 2015. 

Aunque todavía falta mucho tiempo para esa medición, sus trámites preliminares ya se han iniciado y las señales indican que presenciaremos episodios muy ajetreados, tanto en el polo patriótico como en el de la alternativa democrática. Todo cuanto ocurra en el transcurso de estos próximos doce meses sumará o restará a las aspiraciones de los grupos que, en el campo revolucionario y en el de la MUD, continuarán bregando para consolidarse como los de mayor peso e influencia dentro de cada terreno.

El reacomodo que se inició tras la muerte del comandante fundador entrará en una fase decisiva, cuyo corolario estará inevitablemente influido por la crisis económica que se anuncia y, desde luego, por el modo como Maduro y su equipo sorteen lo que habrá de venir en esa materia. Si bien "la sucesión" superó con bien la difícil prueba de 2013, la historia aún está lejos de tener un final: las municipales del 8-D dibujaron un cuadro de poder endógeno compartido, en el que Diosdado Cabello despuntó como un jefe partidista de singular relevancia, imposible de ser desestimado por un Maduro cada vez más afanado en la labor de convertirse, como el fundador, en el hegemón irrefutable del "chavismo sin Chávez".

También en el campo opositor se vislumbran tiempos duros que, como en el oficialismo, impactarán la obligante meta unitaria: el enfrentamiento entre viejos y nuevos factores de la política será la moneda de uso más corriente dentro de la MUD, donde revivirán los desencuentros que fueron silenciados por los convincentes resultados de las primarias de 2011 y que, ahora, tendrán su segundo capítulo: uno, sin duda, más corrompido y enviciado, tejido a la sazón de la abierta injerencia que la revolución tratará de tener en los desarrollos de las cuitas de sus adversarios. El objetivo del Gobierno es estimular hostilidades que lucirán como parte rutinaria del "debate democrático", pero que, en realidad, serán expresiones de desacuerdos más hondos que los referidos a la hoja de ruta y a su propósito último... En cada lado, el reencuadre de la unidad será un parto doloroso.

Argelia.rios@gmail.com / @Argeliarios

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jueves, 2 de enero de 2014

IMPREDICIENDO

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Colette Capriles

La prudencia aconseja no entrometerse en la tela opaca del futuro, pero un artículo como este, arrancando el año, no tiene más camino que repasar lo acontecido o aventurarse en la adivinación. Lo que es lo mismo: también se necesitan dotes oraculares para descifrar lo que ha pasado. 

Porque lo que va a marcar los meses que vienen, los años quizás, es la capacidad de construir el relato de lo que pasa. Y no es nuevo: la experiencia social, en Venezuela, está tomada por el mito desde hace años. La manera en que socialmente, políticamente, nos contamos lo que pasa, se parece más a las formas mitológicas que a las narrativas racionales (no se tome esta última palabra demasiado literalmente). También se podría decir que lo que ya no importa es la verdad o, peor áun, el acuerdo básico acerca de qué puede ser considerado verdad. 

Lo mitológico no es ni verdadero ni falso porque su función no es hacer esa discriminación, sino otra: la que hay entre ellos y nosotros. Es una máquina de producir identidad y de ordenar el mundo entre quienes la comparten y quienes forman el exterior, lo distinto y lo diferente, sin lo cual a su vez la propia identidad no puede existir. 

La pregunta de fondo es, naturalmente: ¿qué había en nuestro ser que estaba exigiendo tan ávidamente una respuesta identitaria (más bien: una anestesia, un tranquilizante)? A principios de los 90 hubo (y murió) una especie de debate implícito sobre la proliferación de signos patrios, en especial stickers con banderitas de siete estrellas, que señalaba esa inquietud nebulosa acerca del ser venezolano, cielo encapotado que anunciaba la ruta nacionalista que permitirá, tantos años después, la existencia de este drama llamado chavismo. 

Todo esto para decir que de lo que se tratará es de identidades, de relatos acerca de cómo somos y seremos, y acerca de cómo lo que ocurre es consistente con esos relatos o los contradicen. Inútil discutir acerca de números electorales o magnitudes inflacionarias: sin un contexto de interpretación que les dé sentido, la discusión es imposible y termina siempre en un acto de fuerza (simbólica o real). Por ejemplo, el Banco Central de Venezuela, al hacer finalmente su anuncio acerca de la inflación de los dos últimos meses, decreta la muerte de la última verdad institucional: el documento presenta los datos como obedientes a la “guerra económica”, adoptando pues ya el mito como única forma narrativa.

Aquel vacío identitario pre-chavista permitió, o convocó más bien, un régimen que, institucional al principio, va innovando sus formas de dominio para hacerlas cada vez más “antropológicas” y menos políticas, más dependientes de una conexión identitaria (en la que el nacionalismo es esencial) que de una preferencia política.

Entre comentaristas eso ha solido aparecer como la conexión carismática o religiosa o inexplicable; como los efectos del caudillismo o de la redención de los pobres; sin duda, estas conexiones han sido eficaces, pero es su consistencia en forma de relato identitario (una oferta acerca de qué es ser venezolano) lo que las hace poderosas y lo que forma parte de esquemas de dominación probados ampliamente durante el siglo XX. 

Curiosamente, el marxismo sirvió de vehículo paradójico para sostener estos proyectos de dominación a través de la identidad nacional. Digo curiosamente porque lo que forma el núcleo de la antropología marxista es esa idea de un hombre nuevo, universal y despojado de todas las particularidades identitarias que lo individualizan: patria, religión, familia. Pero el estalinismo acabó con eso y así como recupera el “modernismo” en el capitalismo de estado, utiliza la identidad nacional como forma de dominio, primero nacional y luego exportada.

Cuba adopta el marxismo (soviético) como una continuidad natural de su propia y espantosa duda identitaria, nunca recuperada de la pérdida de su lugar privilegiado en el imperio español. Y en nuestro vacío se asienta también esa historia triste que se está escribiendo cada día aquí.  

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miércoles, 1 de enero de 2014

AMÉRICA LATINA HACIA EL 2014


             Fernando Mires

Desde hace más de un decenio, cuando se trata de realizar un balance y situar las perspectivas para el año entrante, los comentadores latinoamericanistas han estado de acuerdo en dos puntos:
1. Los regímenes de orientación electoral han impuesto su hegemonía sobre las dictaduras militares de las cuales Cuba es su único -aunque quizás no último- reducto.
2. Entre los regímenes electorales ha sido establecida una suerte de rivalidad. A un lado, el proyecto autocrático, estatista y proto-militar liderado por el chavismo desde Venezuela. Al otro, las democracias liberales del continente. Aunque los gobernantes, por obvias razones diplomáticas niegan dicha rivalidad, esa ha sido, es, y -por un tiempo indeterminado- será, la contradicción política fundamental de América Latina.
También la mayoría de los analistas han estado de acuerdo en que la primera corriente mantenía un ritmo ascendente. Sin embargo, la noticia de 2013 es que la corriente menos democrática ha sido revertida por primera vez. No el autocratismo sino la democracia política tiende a establecer supremacía continental. Sin duda, una muy buena noticia
Algunos regímenes autocráticos no han sufrido mermas. Ortega en Nicaragua ha reestablecido las estructuras somozistas, y al igual que el antiguo dictador, ha ligado la economía de su país a los dictados del FMI, pero en nombre de la revolución. El bloque que llevó a Evo Morales al poder no muestra grietas profundas, solo uno que otro desgaste. Y el reelegido Rafael Correa parece ser el último caudillo decimonónico del continente. Pero ninguno de esos países posee condiciones para ejercer un liderazgo continental. En el caso más óptimo solo conforman la periferia del ALBA.
Y bien, esa federación ideológica llamada ALBA ha terminado 2013 con su núcleo central definitivamente deteriorado.
El proyecto declarado de Raúl Castro ya no es el comunismo sino un capitalismo de Estado basado en la superexplotación intensiva de la fuerza de trabajo, sujeta a la dominación de un régimen corporativo en cuya cima se ubica la alianza entre el Ejército y la burocracia civil (Partido). El proyecto de Maduro, a su vez, apunta a fortalecer el Estado rentista y a destruir el aparato productivo, sobre la base de una alianza de poder similar a la cubana, a saber, la burocracia del Partido-Estado (PSUV) y un ejército cuyos generales engordan gracias a la teta petrolera (¿Junta Cívico-Militar?)
La diferencia entre ambos regímenes es que el venezolano no ha logrado en 15 años lo que logró el joven Fidel Castro en dos meses: destruir a la oposición políticamente organizada. Venezuela ya no es el centro del ALBA, al contrario, es el eslabón político más débil de la cadena autocrática. Ni las elecciones presidenciales del 14-A, ni las alcaldicias del 8-D, permiten al post-chavismo cantar gritos de victoria final. Todo lo contrario.
El proyecto autocrático carece de liderazgo continental. Ni Cuba ni Venezuela ofrecen una nueva utopía. Ni siquiera un modo viable de gobernabilidad. Tan repelentes han llegado a ser que incluso Zelaya, otrora peón de Chávez, debió distanciarse retóricamente del chavismo en las elecciones que su esposa perdió en la ex albista Honduras. Y al igual que Honduras, Paraguay consolida una democracia de orientación “centro-derecha” y su adiós al “socialismo del Siglo XXl” parece ser definitivo.
Incluso Argentina cuya presidenta coqueteaba con el chavismo, da muestras de dinamismo democrático. Las elecciones parlamentarias de 2013, mas una creciente movilización cívica, apuntan hacia la formación de un peronismo renovado. En cualquier caso, la reelección presidencial -marca de fábrica de toda autocracia- parece ser ya un objetivo casi imposible de alcanzar para Cristina Fernández.
Por cierto, Argentina continuará siendo peronista –es más fácil que el Vaticano deje de ser cristiano a que Argentina abandone el peronismo-. Pero, y es al fin lo importante, nunca el peronismo ha sido igual a sí mismo.
2014 será decisivo en Venezuela. Por primera vez un año sin elecciones en un país en el cual la oposición, a pesar del más atroz ventajismo electoral, ha llegado a ser mayoría en las áreas más pobladas. Los estallidos sociales -producto de la política económica practicada por el dúo Chávez-Giordani y continuada por Maduro- seguirán apareciendo por doquier. Si la oposición logra conservar su unidad básica, y si además desarrolla un fuerte trabajo social para otorgar así formato político a las luchas reivindicativas, podrá convertirse en una verdadera alternativa de poder. Todavía, hay que decirlo, no lo es. Venezuela vive ese difícil momento en el cual un gobierno no sabe gobernar y la oposición no puede todavía gobernar.
Las necesarias adaptaciones que requiere una práctica política no electoral, en el marco determinado por un gobierno que controla todos los poderes fácticos, solo podrá ser posible en Venezuela si la oposición, en aras de su propia unidad, logra neutralizar, y en lo posible desembarazarse, de una delgada franja golpista y militarista cuyos adalides ven en la MUD y en Capriles a sus enemigos mortales. Esa derecha endógena -existe por cierto en todos los países latinoamericanos- ya ha causado en Venezuela mucho daño. Es la misma derecha fanática que hoy sueña con calles ensangrentadas y asonadas militares. Se trata, para decirlo claro, de una derecha que no suma; por el contrario, resta. Sobre todo resta en momentos en donde la tarea más importante de la oposición será la de obtener un perfil no solo democrático -ese ya lo tiene- sino acentuar su representación social entre los sectores más empobrecidos del país.
Que el bloque de naciones democráticas haya crecido en América Latina no significa que han sido creadas condiciones irreversibles. Todo lo contrario: Hay países en los cuales sus gobiernos caminarán sobre cuerdas muy flojas durante 2014. Dos de ellos son por el momento los más desafiados: Colombia y Chile.
Si a través de diálogos e inevitables enfrentamientos el gobierno colombiano logra desarmar a la mal llamada guerrilla, distanciándose a la vez de opciones militaristas como son las que representa el ex presidente Uribe, la contribución colombiana al proceso que llevará a América Latina hacia la democracia plena, será enorme.
En Chile a su vez, todos saben que la gobernabilidad de Bachelet será tan difícil como fácil fue su elección. Si el gobierno logra la tarea de sentar las bases para una economía social de mercado sin que sean deteriorados los fundamentos del Estado de derecho, los mismos que tantos sacrificios costó obtener, y a la vez, si Bachelet logra realizar ese objetivo sin que se caigan los naipes de una baraja que agrupa desde democristianos a comunistas, estaremos frente a una verdadera obra de joyería política. Si no es así, será lamentable para una Mayoría que no es tan Nueva.
El crecimiento económico de América Latina continúa, aunque a ritmo más pausado. Los problemas de hoy son más bien de naturaleza política. ¿Cómo lograr cierta equivalencia entre la producción de bienes materiales y la producción de bienes políticos? El caso peruano parece ser sintomático. La economía camina bien sobre las cifras, a pesar de cierto lógico retroceso. Pero de Perú solo llegan noticias sobre escándalos y casos de corrupción. Solo Brasil y Uruguay parecen estar atravesando el umbral que lleva del desarrollo económico a un desarrollo político sustentable. Dilma Rousseff ha demostrado en momentos de crisis ser una excelente administradora del capital lulista y José Mujica ha sabido combinar gestos populistas con un acentuado liberalismo político y un evidente pragmatismo económico.
Naturalmente estamos hablando de democracias imperfectas. ¿Pero no sería una democracia perfecta todo lo contrario a una democracia? La democracia vive de la lucha en contra de sus imperfecciones. Solo las dictaduras son perfectas

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