lunes, 26 de diciembre de 2011


Los intelectuales y la política


Václav Havel





PRAGA – ¿Tienen los intelectuales (en cuanto personas que se esfuerzan por ver debajo de la superficie de las cosas, por captar relaciones, causas y efectos, por reconocer los elementos individuales como partes de entidades mayores y de ese modo alcanzar un mayor grado de conciencia y responsabilidad respecto del mundo) un lugar reservado en la política?
Si se lo plantea de este modo, puede parecer que yo considerara deber de todo intelectual involucrarse en política, pero esto es absurdo. La política supone otros requisitos especiales que solo le conciernen a ella. Hay personas que los poseen y otras que no, sean o no intelectuales.

Nunca como hoy la política ha estado tan dependiente del momento, de los humores cambiantes de la opinión pública o de los medios de comunicación. Nunca como hoy los políticos se han sentido de tal modo compelidos a perseguir objetivos efímeros y estrechos. A menudo me parece que la vida de muchos políticos transcurre del programa de noticias de la noche a la encuesta de opinión de la mañana siguiente y de allí a ver su rostro en la televisión por la tarde. No estoy seguro de que nuestra era de medios de masas aliente la aparición y el crecimiento de políticos de la talla de, digamos, un Winston Churchill; más bien lo dudo, aunque siempre puede haber excepciones.Estoy firmemente convencido de que el mundo necesita (hoy más que nunca) políticos esclarecidos y reflexivos, audaces y con suficiente amplitud de miras para pensar más allá de su ámbito inmediato de influencia en el tiempo y el espacio. Necesitamos políticos con disposición y capacidad para elevarse por encima de sus propios intereses de poder, o de los intereses particulares de sus partidos o Estados, y actuar de conformidad con los intereses fundamentales de la humanidad; es decir, que se comporten como todos deberían comportarse, aunque tal vez la mayoría de las personas no lo haga.
En resumen: precisamente ahora, en una época que no favorece a los políticos que piensan a largo plazo, es cuando más los necesitamos; por eso, es cuando más debería apoyarse el ingreso de intelectuales a la política (al menos, de intelectuales según mi definición). Dicho apoyo puede surgir, en parte, de aquellas personas que por un motivo u otro jamás entran en política ellas mismas, pero que concuerdan con políticos de esta clase, o al menos comparten el ethos en el que se basan sus acciones.
Se me objetará, sin duda, que los políticos deben ganar elecciones y que los votantes eligen a los que piensan igual que ellos. Quien quiera progresar en política debe prestar atención a la condición general de la mente humana y respetar el punto de vista del votante llamado “ordinario”. Le guste o no, un político ha de ser un espejo. Que no se atreva a ser mensajero de verdades impopulares, de verdades cuya aceptación puede representar un beneficio para la humanidad, pero que la mayor parte del electorado considera ajenas e incluso contrarias a sus intereses inmediatos.
Pero estoy persuadido de que el propósito de la política no consiste en satisfacer los deseos inmediatos. Creo que los políticos también deben esforzarse por ganar adeptos para sus propias ideas, por impopulares que sean. La política incluye el deber de convencer a los votantes de que el político conoce o comprende algunas cosas mejor que ellos, y que por eso deberían votar por él. Así los votantes podrán delegar en el político ciertas cuestiones que (por una variedad de motivos) ellos mismos no comprenden o por las que no quieren tener que preocuparse, pero que alguien debe encarar por ellos.
Por supuesto, todos los demagogos, todos los tiranos en potencia, todos los fanáticos han empleado este argumento en beneficio propio; los comunistas lo hicieron cuando se autodeclararon el segmento más esclarecido de la población y en virtud de este presunto esclarecimiento se arrogaron el derecho de gobernar a su antojo.
El verdadero arte de la política es el arte de obtener el apoyo de la gente para las buenas causas, incluso cuando su consecución pudiera interferir con los intereses particulares del momento. Pero esto, sin poner trabas a los muchos mecanismos de control que sirven para verificar que los objetivos sean realmente causas buenas y de ese modo garantizar que no se aproveche la buena fe de los ciudadanos para ponerlos al servicio de mentiras que los llevarán al desastre en una ilusoria búsqueda de la prosperidad futura.
Debo decir que hay intelectuales con una capacidad especial para incurrir en esta bajeza. Que ponen su intelecto por encima del de todos y a ellos mismos por encima de la humanidad entera. Que cuando sus conciudadanos no comprenden la genialidad del proyecto intelectual que les ofrecen, les dicen que es porque son cortos de entendederas y no han ascendido todavía a las alturas donde moran los autores de la propuesta. Pero después de todas las que hemos tenido que sufrir en el siglo veinte, es fácil darse cuenta de lo peligrosa que puede ser esta actitud intelectual (o, mejor dicho, pseudointelectual). ¡No olvidemos cuántos intelectuales ayudaron a crear las variadas dictaduras modernas!
Un buen político debería ser capaz de explicar sin intentar seducir; debería buscar con humildad la verdad de las cosas de este mundo, pero sin proclamarse dueño profesional de esa verdad; y debería despertar en las personas las buenas cualidades que poseen, lo que incluye cierta sensibilidad respecto de los valores e intereses que trascienden lo personal, pero sin adoptar un aire de superioridad y sin imponer nunca nada a sus congéneres. El buen político no debería inclinarse ante los caprichos de la opinión pública o de los medios de masas, pero tampoco debería impedir jamás el escrutinio constante de sus acciones.
En el ámbito de una política semejante, los intelectuales tienen dos formas de hacer sentir su presencia. Una es aceptar un cargo político, sin que ello se considere algo vergonzoso o degradante, y usar esa posición para hacer lo que consideran correcto (y no solamente para aferrarse al poder). La otra es sostener un espejo para que se miren las autoridades y garantizar que estas estén al servicio de causas buenas y que ellos mismos no caigan en usar discursos refinados para enmascarar actos indignos, como les ocurrió a tantos de los intelectuales que participaron en política a lo largo de los últimos siglos.
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Václav Havel fue presidente de la República Checa (1993-2003), el último presidente de Checoslovaquia (1989-1993) y autor de 21 obras de teatro (entre ellas Largo Desolato y Fiesta en el jardín) y de los ensayos El poder de los sin poder, Vivir en la verdad y El arte de lo imposible.
Copyright: Project Syndicate, 2011.

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