TRINO MARQUEZ
Nicolás Maduro se vio obligado a
ordenarles a sus súbditas del Consejo Nacional Electoral convocar las
elecciones de gobernadores, que debieron haberse realizado en diciembre de
2016, forzado por la presión interna el
internacional. Las protestas ocurridas entre abril y julio pasados, la
relevancia del drama venezolano en el plano internacional –desde los medios de
comunicación más importantes del mundo, hasta los gobiernos y parlamentos de
las democracias más avanzadas del planeta-
obligaron al mandatario a retomar, aunque sólo fuese parcialmente, el cronograma electoral
establecido en la Constitución nacional.
Se equivocan
quienes afirman que los ideales de la lucha librada en ese largo período y la
memoria de quienes murieron asesinados, especialmente los jóvenes, fueron
traicionados por la Mesa de la Unidad Democrática al decidir concurrir a la
cita electoral. Si ese ciclo de enfrentamientos no hubiese ocurrido y la
comunidad internacional no hubiese fijado su atención en la forma como el
gobierno de Maduro aplastaba la crítica, violando los derechos humanos y el
legítimo derecho a la protesta pacífica, los comicios de gobernadores se
habrían postergado de forma indefinida. A las elecciones de mandatarios
regionales no iba a llegarse por inercia. Los alcaldes anteriores a los
actuales pasaron tres años adicionales en sus cargos porque el CNE no convocaba
las elecciones para renovarlos. Maduro llega a la contienda del 15 de octubre acorralado
por las circunstancias: está comprometido a demostrar ante el mundo que su
régimen aún posee un rastro de legitimidad de origen. Ese soporte no se lo dio
la constituyente, convertida en adefesio.
Ante Maduro aparece
un inmenso reto: obtener al menos los ocho millones de votos que dice haber
alcanzado el 30 de julio, cuando se
realizó la constituyente. Está obligado a desmentir en los hechos la denuncia
de fraude que le enrostró Smartmatic. Será la ocasión para demostrar que quien
decía la verdad es él y las señoras del CNE, y no los directivos de la empresa
nacida hace más de una década en Venezuela, y proyectada al mundo de la mano de
Jorge Rodríguez. Para el máximo jefe del Psuv resulta crucial ganar la mayor
cantidad de gobernaciones y aliviar el peso de la pérdida de los
cuestionamientos.
Por ese motivo,
parte de la estrategia oficialista ha estado dirigida a dividir la oposición y
avivar la abstención: alimenta rumores en los que se inflan los desacuerdos
entre los adversarios, levanta calumnias contra candidatos a gobernaciones, amenaza
a algunos aspirantes, exige que los candidatos se sometan a la constituyente, crea
falsas expectativas acerca de un diálogo que no termina de prosperar, en gran medida
porque no forma parte de una estrategia global concebida para resolver los
conflictos, sino para fomentar el desánimo.
A Nicolás
Maduro le interesa que la obtención opositora sea muy elevada. Quiere
evidenciar que la MUD carece de la mayoría que se arroga. Pretende reducir la
carga de denuncia y protesta que posee el voto opositor. Parte de su campaña
publicitaria se concentra en asociar el triunfo de los candidatos del Psuv con
la paz, mientras los aspirantes rivales encarnan la violencia. La abstención
constituye una forma muy eficiente de evitar que los representantes opositores
obtengan la victoria y, en consecuencia, representa una manera de darle la razón
al mandatario, quien se ha metido en la liza como si fuese él mismo candidato a alguna gobernación.
Maduro tiene
razón en involucrarse activamente en la contienda. Si sale derrotado, como se
espera, sus posibilidades de aspirar a la reelección a la presidencia de la
República quedarán pulverizadas. Su encarnizado adversario, Diosdado Cabello,
le cobrará la factura completa. Maduro sabe que las elecciones del 15 de
octubre son, en realidad, un referendo sobre su gestión. Representan la
antesala de los comicios presidenciales que tendrán que realizarse el año
entrante. La abstención de los demócratas son vitales para mantener encendidas
las esperanzas reeleccionistas del paisano de Andrés Pastrana.
A Maduro le
sobran razones para propiciar la abstención entre los demócratas. Él y su
régimen saldrán fortalecidos. Su triunfo indicará que la situación del país no
es catastrófica, como sus enemigos internos y externos proclaman. Relegitimará
los resultados del 30 de julio y la constituyente recibirá un impulso que jamás
ha recibido.
Lo que
favorece a Maduro, perjudica a Venezuela. Así es que, ¡a votar!
@trinomarquezc
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