jueves, 2 de junio de 2011

EL CHAVISMO Y EL PROCESO DE DESTRUCCION NACIONAL

Alonso Moleiro

Fallas en el metro, deslizamientos en barriadas, asaltos y asesinatos, invasiones, cortes de luz, rupturas de tuberías, protestas callejeras, falta de agua. Un tráfico infernal. La realidad venezolana de esta hora, doce años después de la pomposa revolución bolivariana, es una auténtica calamidad. Prácticamente no hay mañana en la cual la colectividad no termine alterada su rutina con alguna de estas eventualidades.

Un control de cambios cretino, que a toda hora la rinde culto a la burocracia: obstaculiza la llegada de insumos importados y vuelve escasas las divisas, entorpeciendo todo el proceso económico. Gracias a esa realidad todo ha entrado en crisis: desde las líneas aéreas hasta el servicio de Internet.

Es un rosario de inconvenientes sistémicos, que se materializan y se alternan por azar. A ellos hay que sumarle los vocacionales. Es decir, los que produce el propio gobierno obedeciendo a sus disparatadas convicciones ideológicas. Estrategia que, básicamente, consiste en apropiarse de lo que ya existe y funciona bien, cambiarle el nombre al estatizarlo, y comenzar a destruirlo inflando nóminas y consolidando el tráfico de influencias. Sidor, las cementeras, Pdvsa, Agroisleña, los automercados.

El deterioro del país es imposible no palparlo: es doloroso y es manifiesto. Es casi molecular: toca cada uno de los filamentos de la realidad nacional. El gobierno de Hugo Chávez ha podido administrar una renta petrolera holgadamente superior a la de sus antecesores, y aún con sus inversiones sociales, ha consolidado una realidad tormentosa y hostil: una ciudadanía acosada, extorsionada con las ayudas y los subsidios, forzada a creer que el actual estado de cosas corresponde a una fatalidad con la que tenemos que aprender a convivir mientras entendemos las bondades del socialismo.

Podemos ver al presidente Chávez, en sus alocuciones televisivas, desde el Palacio de Gobierno o desde cualquier punto de la geografía nacional, riendo serenamente, ofreciendo la engañosa idea de que tiene el control de la situación, reflexionando sobre abstracciones, como si fuera un maestro de kung fu, firmando cuentas y entonando canciones. Como si nada importante estuviera pasando.

Pues bien: ni Hugo Chávez es una imposición de las circunstancias, ni su mediocre entorno de colaboradores forma parte de un castigo divino, ni los asaltos, disfunciones, atropellos, cortes, posposiciones, tomas y rupturas que hoy forman parte de nuestras vidas existen porque han sido dispuestos por una voluntad celestial.

No son estas preocupaciones burguesas, como creen algunos imbéciles: todo ciudadano tiene derecho a aspirar a vivir decentemente en un país en el cual los gobernantes rindan cuentas de sus actos, se sometan al escrutinio de la población y abandonen sus cargos conforme lo disponga la mayoría.

Realidades más complejas en entornos vecinos han sido revertidas en un lapso de tiempo relativamente corto. Hablamos de servicios públicos decentes, y un ambiente de armonía que nos permita superar la pobreza, e inversión privada para diversificar la economía. Vialidad, planificación, profesionalización de la gestión pública. Divisas suficientes, respeto a la disidencia, seguridad en las calles.

No es ninguna quimera. No queda demasiado tiempo para hacer el esfuerzo final. Es cuestión de estirar algo más el cuello para atrevernos a mirar con claridad lo que nos tendríamos merecido en el año 2013

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