domingo, 27 de noviembre de 2016

DOS PONTÍFICES

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ELIAS PINO ITURRIETA

Dos papas debieron enfrentar directamente situaciones relacionadas con la política venezolana. A otros les tocó antes y después vérselas con nuestros asuntos y buscarles remiendo desde una prudente distancia, pero ahora se tratará de mirar hacia aquellos que toparon con predicamentos excepcionales ante los cuales debieron involucrarse sin la posibilidad de escurrir el blanco bulto: Pío IX y Francisco. De la primera incursión sabemos los resultados. En relación con la otra lo más importante está por verse.
Pío IX, el célebre y longevo papa Mastai, fue un personaje controversial. Debió lidiar con el siglo laico y terminó con las tablas en la cabeza, asediado en el palacio apostólico por las tropas del liberalismo italiano con las cuales había simpatizado, pero a las que declaró después una hostilidad que lo convirtió en figura ineludible de la pugna contra la modernidad. La cristiandad le debe aportes de trascendencia, como la declaración de la infalibilidad del magisterio papal aprobada por el Concilio Vaticano I, y un par de documentos en cuyo contenido declaraba que el liberalismo era pecado y que no se podía leer la literatura pecaminosa en campante boga. Uno de los pleitos con ese liberalismo que lo llevaba por la calle de la amargura tuvo que ver con nosotros, cuando recibió la noticia de que un tal Antonio Guzmán Blanco quería fundar una iglesia nacional porque no lo dejaban poner en Caracas un obispo a su gusto. Guzmán había expulsado al mitrado de turno porque no quiso cantar un Te Deum por su triunfo en la batalla de Guama, y se encaprichó con la designación de la sede vacante hasta el punto de amenazar con la creación de una especie de anglicanismo tropical si no lo complacían en Roma.
El nono de los Píos tuvo que enviar un delegado que tratara personalmente el asunto, no fuera a ser que una liebre levantisca le descompusiera un panorama que apenas lo dejaba dormir. Pensaba desde su recién estrenada infalibilidad que la cosa no pasaría a mayores, debido a la intrascendencia del inoportuno rival y a lo poco que conocía de los asuntos de una modesta grey. Evidente equivocación. Antoñito se puso duro e insistió en imponer su voluntad sin aceptar las sugerencias de los clérigos más influyentes del contorno, ni las imploraciones de un atormentado embajador que no entendía mayor cosa del lío en el cual lo había metido su jefe creyendo que era cosa de coser y cantar. No le quedó más remedio que aceptar lo que el mandón de Caracas quería, sin alternativa de protesta.
Hasta llegó el mandón a ofrecerle plata al delegado apostólico para que se dejara de tonterías y pusiera la mitra en la cabeza de uno de sus amigos, detalle que revela los extremos a los que podía llegar el patrón del Liberalismo Amarillo para que las situaciones se arreglaran según su real gusto. El escándalo no pasó a mayores porque llegaron órdenes romanas para que se detuviera la tempestad antes de que lloviera de veras, es decir, para que se evitara la creación de una iglesia venezolana a través de un acuerdo complaciente con quien quería presentarse aquí como flamante protector de la fe. Se ha tenido la idea de que entonces se vivió una querella trascendental que estuvo a punto de terminar en divorcio histórico, pero sucedió lo menos parecido a una batalla digna de memoria. No se pasó de escaramuzas lamentables. Pío IX terminó condecorando a Guzmán con una medalla pontificia, mientras el complacido campeón del laicismo venezolano enviaba a su santidad la presea del busto del Libertador. A poco, cuando se inauguró en Caracas la Santa Capilla, el nuevo arzobispo escogido en el encierro de la oficina presidencial proclamó que Venezuela tenía la fortuna de vivir la época dorada del Ilustre Americano, a quien prodigó solemne bendición desde un palio que el régimen le había obsequiado.
¿Ocurrirá ahora una pantomima semejante? Francisco no lidia con Guzmán Blanco, desde luego, y seguramente tiene más noticias sobre Venezuela que las que pudo manejar su apurado antecesor. Pero tal vez deba topar con mañas parecidas, con un semejante afán de dominación y de falta de respeto, con unas agallas y una carencia de escrúpulos como las que estrenó un astuto gobernante que impuso una forma particular de contar la historia patria. No estaría mal, beatísimo padre, antes de meterse en mayores honduras, que recordara la peripecia de Pío IX entre nosotros.

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