domingo, 27 de noviembre de 2016

HACE FALTA MAS

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   ELSA CARDOZO

No es el caso negar ni dejar de agradecer las manifestaciones de preocupación y denuncia internacional ante la aceleración del derrumbe en el que se va convirtiendo Venezuela, pero hace falta más. Más firmeza ante el gobierno y más solidaridad hacia los venezolanos. Eso es justo, necesario y posible.
Sí, es muy cierto que la solución es fundamentalmente responsabilidad de los venezolanos. También lo es que el ejercicio de esa responsabilidad desde la Asamblea Nacional sitiada, la protesta social asediada y la iniciativa de revocatorio presidencial groseramente bloqueada necesita franco apoyo exterior. No puede olvidarse que el aislamiento del país del escrutinio y los acuerdos internacionales ha sido estrategia clave para el régimen que perfiló las relaciones exteriores a la medida de sus necesidades por casi dos décadas.
En estas semanas la preocupación internacional se ha ido diluyendo en torno a un ejercicio de diálogo en el que me parece que los participantes del exterior han privilegiado la intención apaciguadora y relegado la consideración de las soluciones de fondo. Por supuesto que nadie puede sentirse tranquilo ante la posibilidad de que nuestro caos se profundice en medio de la aceleración del deterioro humano y material del país; pero en nada ayuda atenderlo sin tener en cuenta la responsabilidad central, crucial, que tiene el gobierno con las políticas que se niega a rectificar y que aceleran el paso al precipicio mientras detienen las iniciativas que favorecen el cambio de rumbo. Tampoco ayuda que se subestime la voluntad mayoritaria que quiere cambio y ya se expresó con los votos para elegir a una Asamblea Nacional que la representara, se evidenció en la disposición más que demostrada de alentar una solución institucional y las manifestaciones en su apoyo, a lo que se añade lo que dicen todas las encuestas.
Por supuesto que hace falta y debe reclamarse la mayor coherencia estratégica opositora, pero hay que anotar también cuánto la ha desfavorecido la prioridad apaciguadora que hasta ahora parece haber prevalecido en el diálogo. Es lo que desde el oficialismo mismo se alienta con constantes referencias ofensivas y sobre la violencia que vendrá o, más bien, con la que amenaza, si hay cambio de gobierno.
Si la continuación de este diálogo pretende tener significación real para la pronta reconstrucción de Venezuela, tiene que haber mayor y mejor respaldo e incentivos internacionales a las soluciones de fondo que, para ser institucionales, pasan por un proceso electoral, y para ser sostenibles también requerirán incentivos y facilidades internacionales.
Qué bueno que en la OEA se vuelva a tratar el caso venezolano y se urja por una solución, pero qué malo que en términos tan vagos y distantes en los que se diluye la gravedad del diagnóstico –ya hoy mucho más crítico– que hace pocos meses presentó el secretario Luis Almagro y que nadie ha podido objetar. Qué bien que el Mercosur continúe ejerciendo presión sobre los incumplimientos del gobierno venezolano, pero qué malo que no se hayan centrado en el rechazo a los protocolos democráticos y de derechos humanos.
Venezuela necesita que los actores internacionales que medien en una negociación que, ojalá más temprano que tarde, contribuya a construir nuestra transición a la libertad, la justicia y la prosperidad, sepan mediar desde un compromiso cierto con esos tres principios.

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