domingo, 27 de noviembre de 2016

EL FRACASO CULTURAL BOLIVARIANO

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        Tulio Hernandez

I. 
No es sólo en lo económico. O en la salud. En la inseguridad. O en la incapacidad para abastecer a la gente común de alimentos y medicinas. En la conducción de la empresa petrolera estatal.  O en el desborde de la corrupción de alta escala. En la pérdida del apoyo popular. O en el desprecio internacional.  El proyecto rojo es también y, sobre todo, un fracaso cultural.
En dos acepciones. En primer lugar en la cultura política y ciudadana. No sólo falló la promesa revolucionaria de crear un hombre nuevo: solidario, que haría trabajo voluntario todos los sábados, comprometido con el país, trabajador incansable, honesto, bien formado intelectualmente, revolucionario, incluso hermoso físicamente. Escultural. Apolíneo.
Como aquel que soñaron Lenin y Mao, pintaban grandilocuentemente los grandes muralistas de ambas revoluciones, la rusa y la china, y cuya decadencia y rápido olvido retrató con fina ironía el maestro polaco Andrezj Wajda  en su gran película El hombre de hierro
II.
No sólo les falló aquel hombre perfecto, sino que el verdadero engendro de la revolución, la  novedad humana que surgió en Venezuela, es una especie de Frankestein que tiene su mejor expresión en el imaginario popular forjado alrededor de cuatro figuras: el malandro político miembro de los colectivos armados; el bachaquero mártir de las colas y martirio de quienes le compran; el abusador todo terreno con la expresión mayor en el motorizado que se desplaza sin pudor (o sin conciencia) en sentido contrario de la flecha indicada; y el corrupto o narcotraficante guapo y apoyado, que encarna en los sobrinos neoyorkinos de la primera combatiente y en el ex presidente de Pdvsa, su retrato. La suma de los cuatro. Una dosis de cada uno, batido en una licuadora llena de escocés 18 años.  Ese es el verdadero Hombre Nuevo.
III.
Pero también hay un fracaso cultural en otra acepción. La de la gestión cultural y la creación artística. El chavismo devenido en madurismo no ha generado ninguna forma nueva de expresión artística. Ninguna ruptura estética importante. Como, por ejemplo, lo que significó Malevitch y los constructivistas en la revolución rusa. Los lenguajes disruptivos en el cine documental del maestro Santiago Álvarez –a mi juicio el pionero del video clip– en la cubana. Incluso, aunque no llegó a ser revolución, el movimiento de la Nueva Canción Latinoamericana, en el Chile de Allende.   
No hay una sola expresión creativa que podamos decir fue producto de este revolcón de la historia venezolana en los últimos 17 años. Ni siquiera en el cine, que es el área donde el militarismo rojo ha sido más permisivo. Lo que ha habido es una continuidad, en algunos casos superación técnica, de los lenguajes cinematográficos que se forjaron en la era democrática, que le dejó como legado a la historia del arte venezolano lo que se conoció como Nuevo Cine Venezolano.
No hay un lenguaje cinematográfico del maestro Chalbaud, ni uno plástico de Quintana Castillo o Espinoza, ni uno poético de Crespo o  Pereira, ni uno dancístico de Zandra Rodríguez ni de alguna figura joven en cada campo, que expresen, dibujen, retraten, confirmen, traduzcan, recreen, comuniquen, el sentir profundo de esta  supuesta revolución llamada socialismo del siglo XXI.
IV.
La estética también es una prueba para los procesos políticos. La belleza en las construcciones oficiales, en las viviendas y los monumentos que se construyen, en el tipo de urbanismo que se desarrolla, son una prueba de la calidad de los gobiernos y de las élites económicas que construyen los países y la ciudad.
Esta era oscura del país será también juzgada por el tipo de cultura ciudadana que generó. Por los lenguajes televisivos –Zurda conducta, Con el mazo dando, La Hojilla que la signaron. Y por la  calidad de los monumentos  que construyó: el Mausoleo de Farruco, la pirámide de Barreto en El Valle, los edificios apresurados de la Misión Vivienda. Cuestión de tiempo para evaluarlos.   

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