lunes, 28 de noviembre de 2016

UNA PEQUEÑA PROPUESTA

LEONARDO PADRÓN

Un día de silencio. Eso quisiera proponer. Un día de abstinencia verbal. Un momento de introspección política. Una jornada de reflexión. Que afuera quede el rumor, los dicterios, la voz reactiva, el disparo desde la cintura. Que callen por 24 horas los discursos encendidos, la arrogancia, la estridencia. Incluso las voces asertivas. Que la lucidez se convierta en pausa. Tanta sabiduría, que se oculte un poco. Total, ya nadie entiende nada. Ya todo clama por su propia inutilidad. La confusión y el desconcierto son los anfitriones de la escena nacional.
Un día para dejar de gritarnos. Un día sin cuchillos en la prosa. Prohibidos los insultos en 140 caracteres. Clausurada la rabia digital. Abajo las emboscadas. Buscar un rincón de reposo. Una almohada contra la furia. Suspendidos los monólogos. Para oírnos, mejor detenernos en una pared blanca.
He aquí nuestra tragedia. No nos estamos dando chance de oírnos adentro. No le vemos la cara directamente a los errores. No nos ocupa procesarlos. Seamos oposición o régimen. Diálogo o anti-diálogo. Preferimos poner más palabras sobre las ya inservibles. Hojarasca y pólvora. Gritos, vituperios, ruido. Nada que sea útil para un país que se rompió en mil pedazos.
Entonces, pedimos encarecidamente, que calle por un día el idioma. Que todo sea pensamiento. Bajen sus armas los opinadores, los articulistas, los blogueros. Que se muerdan el labio los políticos. Que escampen los diputados. Que el TSJ se tome un día libre para acumular su propia basura. Que el presidente conozca esa decencia que es el silencio.
Se impone un momento de repliegue para dejar que hable la realidad. Hagan silencio y escucharán el sonido del hambre (las tripas que crujen, las manos que atacan la basura, la gente que no pide dinero sino algo de pan). Que se escuche solo el grito del enfermo. Que nos llegue nítidamente la voz del médico repitiendo que no hay. Lo que sea que cura, no lo hay. Que tengamos el coraje de oír las balas rompiendo la piel de los nuevos muertos. Que se escuche el petróleo bajo tierra, enloquecido, manoseado, saqueado. Que se sienta la santamaría que baja por última vez y anuncia otra empresa en off. Que se entienda el sonido de las maletas cerrándose para despegar. Que se perciba, en este silencio en cadena nacional, el opio de la depresión colectiva. Apaguemos los micrófonos, las cámaras, abandonemos la zona de wifi. Cierra tu voz. Quedémonos quietos. Shhhhh. 24 horas. Y pensemos.
A ver si así terminamos de entender que hay un país muriéndose. Que no se puede dialogar tanto sin conseguir al menos una palabra que sirva. Mejor callarnos todos un momento, un minuto no, un día entero. Necesitamos recogimiento. Calmar el estruendo. Aplacar los adjetivos. Ver alrededor. Sopesar todo lo que se ha dicho y lo que no se ha hecho. Contemplar con sinceridad el desastre. Ver, entre los escombros, los sacos de injuria de uno y otro lado. La maledicencia general nos cubre. Nos hemos descalificado con saña y capricho. Somos el mambo del odio. La gramática salvaje. Nos hace falta la inteligencia que amerita todo silencio. Para trascenderlo. Y entender que aún la más aviesa dictadura no puede tener una relación tan profesional con la humillación como forma de gobierno sin que los ciudadanos reaccionen. Así sea en el último instante.
Un poco de silencio. Nos haría falta. Para calmar el estruendo como forma de ser. Para lograr de una buena vez, con un tanto de concentración, la coherencia necesaria para sacar a Venezuela de la más oscura de sus pesadillas.
Hacer silencio. Y pensar.
Leonardo Padrón

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