viernes, 18 de noviembre de 2016

TRUMP Y LAS TRADICIONES DE EEUU EN POLITICA EXTERIOR
 
            Emilio Nouel V.
     Miembro del Grupo Avila

En días pasados asistimos a un conversatorio organizado por el think tank venezolano, Grupo Ávila, en el que se hizo una primera aproximación evaluativa del triunfo de Trump y  sus posibles repercusiones  en nuestro entorno más cercano.

Los tres ponentes, destacados especialistas venezolanos en el ámbito internacional, hicieron unas excelentes presentaciones, cada uno desde distintas perspectivas.

Cualquier observador de la realidad internacional se habrá percatado sin mayor dificultad de la avalancha de opiniones vertidas en los medios globales, que expresan desconcierto, incertidumbre e incógnitas sobre cuál será el comportamiento del nuevo mandatario norteamericano.

Las consecuencias no son fáciles aún de prever en toda su magnitud, habida cuenta de las declaraciones contradictorias emitidas por el personaje principal de esta trama, sobre cruciales asuntos económicos, políticos y de seguridad que preocupan a todos.

Unas preguntas que debemos hacernos de arrancada son las relativas a los lineamientos de la política exterior de Trump que en lo sucesivo adelantará. ¿Cuál será realmente su agenda prioritaria? ¿Hasta dónde llegará el ensimismamiento -el llamado aislacionismo- que se desprende de su retórica? ¿Será posible concretarlo?  ¿en qué términos? 

El rol decisivo que hasta ahora ha jugado EEUU en el mundo ¿se reducirá?  ¿Se podrá sustraer de sus responsabilidades e intereses globales, así nomás?  ¿A cuál de las tradiciones en política exterior norteamericana se adscribirá Trump, o implantará una nueva doctrina?

Es conocida la clasificación que ha hecho Walter Russell Meade acerca de las distintas visiones que han estado presentes en la conducta internacional de EEUU a través de su historia. Jeffersonianos, Hamiltonianos, Jacksonianos y Wilsonianos.  Y no debe olvidarse que George Washington en cierta ocasión dijo: La gran regla de conducta para nosotros respecto de las  naciones extranjeras es, a la vez que extender nuestras  relaciones comerciales, tener con ellas tan poca relación política como sea posible.".
¿En cuál de aquellas tradiciones se inscribirá el gobierno de Trump?

Porque una cosa es el Trump de la retórica electoral, el que carece de experiencia de gobierno y militar, y otra lo que será su ejecutoria en la Casa Blanca.

¿Será jacksoniano y en tal sentido, Trump, en tanto que populista como Jackson, seguirá la idea de que el objetivo más importante de todo gobierno norteamericano es el de lograr como prioridad, la seguridad física y el bienestar económico del pueblo estadounidense, privilegiando los valores nacionales y el honor patrio, y viendo la política como un asunto más de instintos que de ideologías, “un conjunto de creencias y emociones que uno de ideas”?

Esta visión muy popular en los ciudadanos de a pie norteamericanos, que no en las elites cosmopolitas, ha hecho pensar a algunos en que Trump se ubica en esta tradición.

El patriotismo jacksoniano es una emoción, como el amor a la familia de uno, no una doctrina. La nación es una extensión de la familia”, ha afirmado Meade. Los de esta escuela creen que es natural e inevitable que la vida y la política nacionales operen bajo principios distintos a los que predominan en los asuntos internacionales.

Para ellos, la comunidad internacional por la que los wilsonianos trabajan, es una “imposibilidad moral, una monstruosidad moral”.

La consecuencia lógica de esta visión de cara a un mundo es que EEUU esté permanentemente vigilante y fuertemente armado. Así, esta perspectiva concede poca importancia al derecho internacional, y prefiere la regla de la costumbre al derecho escrito.



Recordemos que Andrew Jackson fue quien reconoció en 1837 a la República de Texas, que luego pasó a formar parte de ese país, y consideró al Banco Nacional una institución anticonstitucional y antidemocrática, porque privilegiaba a unos pocos frente a la mayoría.  

¿Estamos hoy ante un posible “neojacksoniano”?

Aunque es muy temprano para saber por “dónde irán los tiros” en esta materia, como en otras, me inclino a pensar que para Trump será harto difícil recoger velas en el campo de una economía profundamente globalizada. Factores estructurales se lo impedirían. Y es muy probable que gran parte de sus promesas en este campo sean incumplidas.

Obviamente, wilsoniano no será, ni sentirá la obligación moral de éstos de proyectar al mundo los valores democráticos norteamericanos, aunque no podrá hacerse de la vista gorda frente a los compromisos de mayor peso adquiridos por su país en los organismos multilaterales en relación con los temas de democracia y derechos humanos.

Su discurso de campaña electoral conectó con los valores jacksonianos presentes en la sociedad estadounidense, pero albergo muchas dudas de que lleve a la práctica una política exterior en estilo puro o de remozado jacksonianismo.

Por lo demás, EEUU nunca en su historia estuvo aislado del mundo, volcada sobre sí misma, como a veces se afirma. Incluso antes de su independencia, estaba vinculado al mundo en lo comercial y dependía del comercio exterior. Luego de ese hecho, llevó adelante la consecución de principios de lo más hamiltonianos en materia de  intercambio mercantil con el exterior. No sea, no ocean, no strait should be closed to American ships” era el lema. Su política expansionista territorial es prueba de su presencia internacional durante el siglo XIX y más allá. Obviamente, fue a partir del final de este siglo que su presencia mundial se agranda para más adelante convertirse en la primera potencia. Será muy cuesta arriba que Trump se aparte de la política de los hamiltonianos, los cuales se han concentrado siempre en la búsqueda de una integración a la economía global en los mejores términos en función de los intereses y las necesidades de su país.

Lo más probable es que el gobierno de Trump y éste, como hombre pragmático que es, combine las distintas tradiciones en política exterior de EEUU, de acuerdo a cada circunstancia que enfrente, sin olvidar que hay unos factores estructurales e institucionales, incluidos los poderes fácticos, que lo meterán en cintura, lo cual hace augurar desencuentros que en no pocos momentos harán difícil su performance gubernamental, habida cuenta del país polarizado que ha resultado de la contienda electoral.   

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