domingo, 13 de noviembre de 2016

LA TRAMPA POPULISTA

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            ELSA CARDOZO


El triunfo de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos puede verse como parte de un cuadro más grande y complicado de lo que ya luce. Hace rato que se puede ver al otro lado del Atlántico, desde los indignados hasta el brexit y en los partidos populistas en control de mayorías o en coaliciones parlamentarias en seis países o participando en el gobierno en otros tres.
Es larga la lista de las democracias entrampadas o en riesgo de estarlo bajo la creciente influencia de líderes y movimientos populistas antidemocráticos. Ya los más visibles no somos los países del vecindario suramericano, donde en este siglo reaparecieron dirigentes, grupos, organizaciones nacionalistas, antiliberales en lo económico y político, a la vez que ganados a descalificar y debilitar las instituciones de contrapeso y de intermediación entre gobiernos y sociedades. En realidad por aquí ya se están viviendo los quebrantos de una grave y larga resaca, que quisiéramos terminara pronto en Venezuela y nos enseñara a prevenir nuevas recaídas.
La lista actual incluye los países de Europa en los que van ganando terreno el euroescepticismo, la xenofobia y la demagogia: Francia, Alemania, Italia, Austria, Holanda (donde habrá elecciones entre este año y el próximo), Dinamarca, Suecia, Finlandia, Suiza, Hungría, Eslovaquia y Grecia. A ellos hay que sumar Estados Unidos.
No deja de ser audaz rotular una lista tan extensa y diversa con las ideas y las prácticas de los populismos antidemocráticos. Puede uno quedar entrampado también en simplificaciones ajenas a la historia de cada lugar. Con todo, hay unos rasgos en común que son útiles para acercarnos a lo que parece una peligrosa tendencia en cada país y para la comunidad internacional.
Un elemento común a dirigentes tan diversos como Marie Le Pen o Pablo Iglesias es su descalificación de los líderes y partidos que consideran han traicionado a la gente de cuyas necesidades ellos sí son fieles intérpretes. El llamado es al pueblo desatendido al que el líder populista dice representar en pureza, y la conexión entre ambos pasa por el descrédito de los contrincantes, la polarización del electorado y el discurso antipolítico de desprecio por la democracia representativa. Así lo ilustran las acciones arbitrarias del gobierno de Víctor Orban en Hungría o, en Estados Unidos, las amenazas de Trump de encarcelamiento de su contrincante electoral o de no reconocer resultados que le fueran adversos.
En circunstancias de recuperación, desaceleración económica o franca recesión, según el caso, esas apelaciones y desafíos vienen aderezados con la identificación de culpables, que pueden ser nacionales o internacionales, como es el caso de los rechazos a la Unión Europea tan abiertamente planteados por Le Pen con su propuesta de un “brexit concertado”, o los que bajo la presión del flujo de refugiados, resurgen desde el gobierno de Alexis Tsipras.
No es extraño que en el cuadro populista se haga presente el discurso nacionalista, la defensa del país, su integridad e independencia frente a enemigos del pueblo y de la nación. Más allá de la existencia real de amenazas, el tema es su instrumentalización política para ganar apoyos y recursos para el liderazgo populista. No es el caso negar la presión de la ola de refugiados sobre Europa y los conflictos que ha creado la asignación, incumplimiento e insuficiencia de las cuotas acordadas. Tampoco es de ignorar la complejidad que todo esto añade a la defensa frente al terrorismo. Pero igualmente hay que anotar que ante la afluencia de inmigrantes, al margen de su magnitud e impacto real, se ha hecho cada vez más abierto el rechazo a la inmigración en los discursos y propuestas populistas, como en los caso de abierta xenofobia del holandés Gene Wilder, el menos extremo del Partido Popular Danés y, cómo no añadirlo también, el discurso de campaña del ahora presidente electo de Estados Unidos.
No pueden dejarse de lado las circunstancias que rodean el cuadro. Se trata de la sucesión de crisis económicas de lenta y costosa recuperación, los efectos materiales, humanos y de seguridad de la ofensiva del Estado Islámico, el terrorismo en general, la guerra en Siria, una oleada de refugiados sin precedentes y, ante todo eso, la dificultad de los gobiernos para concertar respuestas nacionales e internacionales que respondan a problemas de tal escala. Más difícil será esa concertación entre gobernantes que tienden a políticas aislacionistas, proteccionistas, unilaterales y envueltas en discursos nacionalistas. De ser así, esperan al mundo tiempos más difíciles.

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