domingo, 29 de noviembre de 2015

A BABOR


FERNANDO RODRIGUEZ

Con el triunfo de Macri cambia el itinerario político de América Latina. Que la segunda economía del sur del continente, y su altiva civilización, se haya  movido hacia lo que debemos suponer una democracia más diáfana y una economía modernizada es un hecho trascendental. Que se suma a la hospitalización de Brasil, el gigante maltrecho. A la eticidad diplomática de la Chile socialista. A la hazaña de Almagro y la compostura del gobierno uruguayo. Al “yo tampoco quiero mando” del narciso Correa. Al protagonismo de Santos, el pacificador. O, más en grande, el paso pesado de la Alianza del Pacífico. O Cuba convertida en amiga íntima de su enemigo de cincuenta años, dejando sin referencia a los estalinistas que van quedando. Y súmele, hágalo, la devastadora derrota a la epidemia chavista el domingo próximo. Todo ello, y otras cuantas cosas menos sonoras, son signos de un cambio importante en estas latitudes. Buen tiempo, parece. (Pero, hagamos catarsis, recordemos el papelón de Lula y Mujica echando físico en Buenos Aires para que la dinastía de la “vieja” y el “tuerto” se perpetuara en el poder, para decirlo en la jerga popular de don Pepe).
Ahora bien, hacia dónde debería ir ese supuesto cambio. Yo diría, para simplificar, hacia un solo norte, un único puerto: la modernidad, la racionalidad como norma y la tolerancia como destino. Terminar de concretar el final de nuestro peculiar “medioevo” y asumir el mundo moderno, en lo que este tiene de humanamente definitivo: el ciudadano que soluciona mediante el diálogo y la transacción sus ineludibles conflictos y la sociedad que hace del argumento más veraz la guía de su desarrollo. Y nadie ignora, por  supuesto, cuánta crueldad y desvarío ha costado y cuesta implantar esos valores diáfanos, cuántos siglos, cuántos genocidios, cuánta tergiversación despiadada.
Pero retornemos. En otros términos debemos salir del irracionalismo populista, su pensamiento despótico y mítico. Toda esos despojos con que nos enfermaron los tres últimos lustros: caudillismo alevoso; militarismo rapaz; atropello a todas las formas y maneras de los derechos y la moral cívica, tal el uso sistemático de la mentira oficial; asistencialismo para mendicantes; detestable culto a la personalidad; asaltos a los tesoros públicos; orgías con la religión nacional; gregarismo vacuno; sublimación de la ignorancia y el demérito; vulgaridad diseminada por doquier…
No hay la menor duda de que en un continente plagado de pobreza y desigualdades abismales y ahíto de los atrasos políticos e ideológicos señalados, va a seguir siendo un territorio de duras luchas y de alternativas de desarrollo contrapuestas. Nadie podrá eludirlas, ni siquiera su violentismo, solo importa que intentemos hacerlo en los términos del legado republicano. Del cambio que aludimos.

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