domingo, 15 de noviembre de 2015

País de posguerra                                          

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RAMON PEÑA
 
La curtida experiencia del periodista Jon Lee Anderson, testigo de conflictos en tantos lugares de la geografía tercermundista, le ha permitido dibujar la miseria que viven los venezolanos, con esta gráfica expresión: “Nunca había visto a un país sin guerra tan destruido como Venezuela”. Ciertamente, lo nuestro no es una guerra como esas que Anderson ha conocido en Somalia, en Afganistán o en Siria. Pero ¿Cómo es posible sufrir los estragos de una guerra sin haberla vivido? Ensayaremos una hipótesis.
Un cerebro  enfermo de poder, el de Hugo Chávez, junto al de sus torvos maestros cubanos -inmisericordes ante cualquier estrago causado en nuestro territorio- idearon un teatro de operaciones bélicas y una estrategia con el solo objetivo de su eternización en el poder. Identificaron como enemigos a la producción privada y el pensar, y, para armar su bando, a militares adocenados y al lumpen. Rotos los fuegos, la industria, las siembras y los comercios fueron casi arrasados mediante confiscaciones, controles, asedio y amenazas; el libre pensar fue arrinconado, silenciado por la hegemonía comunicacional, el cerco a las universidades y la persecución de la disidencia; en el lado “patriota”, la fidelidad de los hombres de armas fue negociada con privilegios y riquezas a la mano; y al lumpen se le armó con la limosna populista glaseada con promesas a cambio de su voto y el obsequio de la impunidad para delinquir. La devastación resultante, esa que observa Anderson, es innecesario describirla.
No pretendíamos enseñarle nada nuevo a este destacado periodista, solo hallarle alguna explicación sin cañones ni bombardeos a su certera afirmación. 

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