miércoles, 18 de noviembre de 2015

MIRREYES BOLIVARIANOS



                 IBSEN MARTINEZ
 
Mirreyes es un mexicanismo que, aunque no figure todavía en el Diccionario de Americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española —al menos no en la edición de 2010 de que dispongo—, se explica, sin embargo, por sí mismo a los oídos de millones de latinoamericanos, en virtud de los “aires de familia” que, tal como observó Carlos Monsiváis, han soplado desde México sobre todo el continente desde muy temprano en el siglo XX .
En su libro Mirreynato: la otra desigualdad, el académico y periodista mexicano Ricardo Raphael precisa que los mirreyes son “una tribu urbana que, desde fines del siglo pasado, comenzó a ser un síntoma vergonzoso de la ostentación mexicana. El mirrey es el personaje que mayor privilegio obtuvo con el cambio de época, y por ello el régimen actual puede ser bautizado como el Mirreynato”.
Son jóvenes obscenamente ostentosos, enemigos de toda norma ciudadana que escarnecen el esfuerzo ajeno, siempre ufanos de la impunidad que les brinda la riqueza mal habida y la prominencia política de sus mayores.
La corrupción campante en todo el continente muestra ya, quizá por la polinización cruzada que ha caracterizado las últimas oleadas de populismos, diversas cepas de mirreyes. En la Venezuela que muchos creen ya tardochavista —ojalá tengan razón—, es posible distinguir dos de ellas: la de los bolichicos y la de los narcomirreyes.
Los bolichicos son vástagos de mucho abolengo financiero, nietos y biznietos de una banca secularmente “cazadora de renta” petrolera. Los bolichicos son “mirreinales” mafias de altas finanzas que han sacado enorme provecho al manadero de corrupción que ha sido el control cambiario implantado por Chávez. Los narcomirreyes, en cambio, son una muy otra especie.
Ejemplares canónicos de narcomirreyes bolivarianos son los dos sobrinos de la Primera Dama venezolana Cilia Flores, a quienes, desde la semana pasada, el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York, donde están alojados, identifica con los números 92464-054 y 92493-054, exactitudes estas que debemos a la periodista venezolana Elizabeth Fuentes.
Ni Efraín Campo Flores ni su primo, Franqui Flores, llegan a los 30 años; se hicieron adultos en la era Chávez, en el seno de una familia-cúpula de la nomenklatura bolivariana.
Ambos se dedicaban a traficar con droga en volúmenes dignos de un gran cártel. Fueron atraídos a una celada por un agente encubierto de la DEA a quien Flores & Flores dieron a probar la calidad de un kilo de cocaína de 93% de pureza, cumpliendo un requisito del falso comprador para afianzar una línea de suministro de 800 kilos de cocaína destinados al mercado estadounidense.
Al ser detenidos en Haití, y antes de ser invitados a abordar un vuelo de la DEA a los EE UU, los mirreyes mostraron pasaportes diplomáticos e invocaron —quién sabe si muy airados— su parentesco consanguíneo con la Primera Dama venezolana y su familiar cercanía al presidente Maduro.

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En una imagen de prensa digital, digna de una serie de Netflix o AMC, dos abogados gringos, Rebekah J. Poston y John J. Reilly, vinculados al prestigioso bufete Squire Patton Boggs LLP , salen del tribunal federal que ordenó la reclusión sin fianza de uno de sus defendidos. Reilly sostiene una bolsa de plástico que transparenta las pertenencias de 92464-054: un fajo de billetes de 100 dólares que, a ojo de buen cubero, contiene más de diez mil del águila; gafas ahumadas marca Carrera y una cadena con crucifijo de oro.
Solo un día antes de la captura, el gobierno de Maduro prohibió la transmisión de la narcoserie de Telemundo La Reina del Sur por difundir “antivalores” capitalistas.
Twitter: @ibsenmartinez

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