sábado, 23 de enero de 2016

ENTREVISTA A PANCHO ROQUEFORT


              JEAN MANINAT           

Hay llamadas que no conviene contestar, ya el solo repicar del móvil anuncia tempestades, terribles sobresaltos para la cotidianidad, un desvío inesperado en la ruta hacia las pantuflas que descansan en la sala de la casa. Sin embargo, a pesar de los augurios, uno las responde como llevado por la mano invisible de la estupidez y se arrepiente de por vida. Así me sucede con François Galouise, director del semanario parisino El cochino desmelenado; nada más ver su nombre anunciado en la pantalla y el corazón se paraliza bajo una capa de hielo a 30 grados bajo cero, mientras el dedo suicida pulsa la tecla de contestar.

Hermano, soy yo, François, no digas nada... sólo escucha; tengo la entrevista del año, tan potente como la que le hicimos a Tweeternator; olvídate de la Fallaci, de Jaques Costeau entrevistando tiburones blancos en francés... Aló, aló, no te hagas el guevara, sé que estás allí. Se trata de entrevistar a Pancho Roquefort, sí, el mismo, el economista creador de la Alimentación alternativa, racionalizada, popular y autocultivada. Imagínate que Kim Jong Un, el presidente de Corea del Norte, lo piensa proponer para el Premio Nobel de Economía. Ya tiene los apoyos de Zimbabue, Burundi, Moldova, Albania, Haití, Cuba y Venezuela. Pancho Roquefort los ha asesorado a todos en materia económica y alimentaria, en cómo romper la guerra económica del imperio. Todos los gastos van por cuenta del semanario. Esto es un tiro al suelo. Bon voyage.

Todavía cojeando por los efectos del tiro al suelo, maldiciendo el yugo de la amistad, luego de recorrer una moderna autopista que parece no tener fin ni llevar a ninguna parte, desciendo del taxi, observo la excelente obra arquitectónica que sirve de sede a Unasur, en Ciudad Mitad del Mundo en las afueras de Quito, Ecuador, donde tendría lugar la entrevista.  Una amable azafata me pastorea a través de pasillos gélidos hasta la oficina en donde rodeado de maquetas que semejan palomares y palafitos, me espera el motivo de mis desventuras: Pancho Roquefort en persona.

Adelante, adelante, tome asiento no más, y pregunte todo lo que quiera. Tengo poco tiempo, eso sí, voy a dictar una conferencia magistral sobre mi contribución a la lucha en contra del hambre y la guerra económica.

P. ¿Me puede explicar su teoría?

R. Muy simple, la humanidad no necesita comer tanto. Fíjese, ¿por qué son tan delgados los chinos? Sólo comen arroz. Nuestros indios sólo comían yuca y ñame, hasta que llegaron los españoles con sus fabadas y manchegos y les creció la panza.

P. Perdone, pero hay una agroindustria moderna, capaz de producir más alimentos...

R. ¿Moderna? ¡Puaf! Es un invento del capitalismo para explotarnos mejor. Yo no soy religioso. Pero en el Paraíso Terrenal no había máquinas. Sólo árboles de manzana. Usted tira unas semillas y se autocultivan. En las jardineras, en una olla con tierra, una semilla y verá una hojita verde buscando el sol.

P. ¿Qué piensa de la escasez, por ejemplo, en Venezuela o Haití?

R. La guerra económica. Y hace falta una actitud más solidaria. Si llega, digamos, el azúcar a un establecimiento, y todo el mundo sale a comprarla, pues inmediatamente no habrá azúcar. Si usted le impide a la gente que compre café cuando quiera, tendrá café hasta para regalar. Muy simple.

P. Gulp. ¿Y la inflación?

R. Vamos. La inflación es un ardid de los empresarios, suben los precios para ganar más, para enriquecerse...

P. Perdón, pero los países más desarrollados son capitalistas y luchan contra la inflación.

R. ¡Claro! Porque son ricos y desarrollados y ávidos de dinero y entonces no quieren pagar más por los productos, para que su clase media viva bien y tenga de todo, y siga creyendo que vive mejor porque tiene de todo. No lo tome como ofensa, pero usted es algo ingenuo.

P. Por último, ¿Cuál país es su alumno más aventajado?

R. Eso es secreto profesional. Pero es evidente. No tiene que buscar muy lejos. Gracias por la entrevista.

Al salir, allí en la mitad del mundo, aluciné con un platillo volador con forma de Big Mac, que me recogía para llevarme de regreso al lugar de donde nunca debí de haber salido. Mi casa.

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