miércoles, 20 de enero de 2016

LA AMENAZA POLACA PARA EUROPA
 
Photo of Sławomir Sierakowski
 
PROJECT SYNDICATE
 
VARSOVIAPolonia se ha convertido en el último campo de batalla europeo en una contienda entre dos modelos de democracia –liberal y antiliberal-. La abrumadora victoria electoral en octubre del partido de extrema derecha Ley y Justicia (PiS) de Jaroslaw Kaczyński ha derivado en algo más parecido a un cambio de régimen que a una entrega habitual del poder entre gobiernos elegidos democráticamente. La nueva administración de la primera ministra Beata Szydło ha purgado a la burocracia gubernamental (incluidas la radio y la televisión públicas), ha llenado la Corte Constitucional de simpatizantes y ha debilitado la capacidad de la Corte para derogar leyes.
En respuesta, la Comisión Europea ha lanzado una investigación oficial de las posibles violaciones de los estándares del régimen de derecho de la UE. Es más, Standard & Poor’s, por primera vez, ha rebajado la calificación de moneda extranjera de Polonia –de A- a BBB+- y ha advertido de posibles recortes adicionales en el futuro en tanto acusa al gobierno de debilitar “la independencia y efectividad de las instituciones fundamentales”. Crecientes dudas sobre el compromiso de las nuevas autoridades de Polonia con la democracia han agudizado el derrumbe del mercado bursátil de Polonia y contribuido a una depreciación del złoty polaco.
Polonia es el país más grande de la Unión Europea en abrazar el antiliberalismo; pero no es el primero. El gobierno del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha estado enfrentada a la UE durante varios años por su abierta politización de las instituciones húngaras, a la vez que el gobierno de Robert Fico en la vecina Eslovaquia ha implementado una forma similar de mayoritarismo puro.
¿A qué responde este desprecio por las normas democráticas en algunas de las democracias más nuevas de Europa? En los años 1990, la promesa de pertenecer a la UE dio marco a un proceso de reforma política y económica total en las sociedades antes cerradas de Europa central y del este. Y, luego del acceso de esos países a la Unión en 2004, la brecha entre ellos y los antiguos miembros de la UE parecía cerrarse. De hecho, durante los ocho años de régimen de centroderecha que precedió a la victoria del PiS, Polonia surgió como un alumno europeo modelo, al registrar el crecimiento económico más sólido en la OCDE.
Sin embargo, los miembros postcomunistas de la UE tarde o temprano estaban destinados a experimentar una crisis de democracia liberal, debido a un legado esencial de su pasado comunista: la ausencia del concepto de una oposición leal –adversarios legítimos con quienes debatir, y no enemigos traidores a quienes eliminar-. A diferencia de Occidente donde, en términos generales, una escisión socioeconómica de izquierda-derecha da forma a la política, la principal división en las democracias postcomunistas es entre quienes proponen una sociedad abierta y quienes proponen una sociedad cerrada.
En un orden político definido por la división tradicional entre izquierda y derecha, la gente en ambos bandos, por más vehemente que pueda ser en su disenso, rara vez cuestiona la legitimidad política de sus oponentes. Gracias a los marcos constitucionales liberales –incluida la independencia judicial, la separación de poderes y la libertad de expresión- es poco probable que el reemplazo de un gobierno de izquierda, digamos, por uno de derecha transforme el país o su sistema político.
Sin embargo, en un sistema político definido por la división sociedad abierta-sociedad cerrada, las dos partes disienten respecto de cuál es cuál: siempre es el otro el que busca una sociedad cerrada. La misma dinámica que ayudó a Vladimír Mečiar, el ex primer ministro nacionalista de Eslovaquia, a ganar las elecciones en los años 1990 ayudó al ex presidente checo Václav Klaus, un archi-liberal económico, a obtener victorias en los años 2000.
En la práctica, sin embargo, la escisión entre sociedad abierta y sociedad cerrada les permite a quienes efectivamente adoptan el antiliberalismo –incluido Orbán (quien explícitamente reclamó un “estado antiliberal” basado en los modelos chino y ruso) y Kaczyński (quien gobierna claramente desde bambalinas)- desmantelar el marco constitucional que permite una rotación pacifica del poder. Una sola elección, en consecuencia, puede transformar todo el sistema político, como parece ser el caso en Hungría y ahora Polonia.
La cuestión es qué lleva a los votantes a respaldar al bando de las sociedades cerradas. En países con una tradición débil o durante mucho tiempo interrumpida de constitucionalismo liberal, una explosión de nacionalismo normalmente sigue al establecimiento de la democracia. Prevalece la política de la identidad y, a diferencia de la de la ayuda social, no es proclive a transigir. El resultado es una suerte de Kulturkampf permanente, en el que el pensamiento rígidamente binario da lugar a afirmaciones inventadas y teorías conspiratorias.
Por supuesto, los países postcomunistas no están solos en su vulnerabilidad al antiliberalismo. Otros factores –como la globalización, la incertidumbre económica, un influjo de refugiados y riesgos para la seguridad como los atentados terroristas- pueden hacer que los votantes se vuelquen en contra de la democracia liberal. Todos estos factores –para no mencionar la confrontación por Ucrania con Rusia, que está financiando a muchos de los partidos de extrema derecha de Europa- hoy están en juego en Europa. Inclusive antes de que la crisis de refugiados se agravara marcadamente el año pasado, avatares de la sociedad cerrada –el Frente Nacional de Francia y el Partido de la Independencia del Reino Unido- ganaron elecciones para el Parlamento Europeo en dos de las democracias ostensiblemente más desarrolladas de Occidente.
El interrogante ahora es cómo impedir que esta tendencia destructiva envuelva a Europa. La respuesta es clara: cooperación e integración.
Cuando los países temen una pérdida de soberanía, ya sea por la globalización o por un influjo de refugiados, su primer instinto suele ser replegarse, inclusive si esto implica renunciar a principios e instituciones liberales. Pero ninguna democracia liberal puede sobrevivir durante mucho tiempo sin liberales. Y ninguna democracia antiliberal puede triunfar en la medida que se cierre a la cooperación.
El objetivo principal de la integración europea en su inicio era salvaguardar al continente de la guerra. Hoy es proteger a la política democrática frente a la globalización económica.
Una UE más integrada puede jugar un papel central en la resolución de las crisis existentes al servir de resguardo de crisis futuras y reforzar las normas liberales. De hecho, a pesar del creciente nacionalismo, es probable que haya un avance hacia una mayor integración. Si Polonia se opone a esa tendencia, descubrirá que se quedó afuera, abrumada por fuerzas económicas que no puede controlar y la influencia corrosiva de Rusia.
Una nueva cortina de hierro en Europa, esta vez entre democracias liberales y antiliberales, es una perspectiva lúgubre. Si bien Polonia no es un líder regional, sí ejerce influencia, debido a su economía grande y saludable y a su papel estratégico como intercesor entre Rusia y Europa occidental. Esto es particularmente importante con respecto a Ucrania, cuya independencia es vista por los líderes polacos como un prerrequisito para la propia independencia de Polonia.
Ahora bien, dados los acontecimientos en Hungría y otras partes, los líderes europeos deben trazar una línea en la arena en defensa de la sociedad abierta de Europa. Hoy, la UE está poniendo a prueba a Polonia y Polonia está poniendo a prueba a la UE. Polonia –y Europa- sólo pueden triunfar si lo hace la UE.

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