lunes, 7 de noviembre de 2016

Ramón Guillermo Aveledo: “Hay que restablecer la Constitución para lograr el cambio político”

Hugo Prieto



La temperatura ha descendido a niveles bajo cero y se ha creado un anticlímax que ha provocado tanto desconcierto como desánimo en la sociedad venezolana. Quizás se ha desvelado el rostro más amargo de la transición. El momento en el que los objetivos primordiales se posponen debido a la imposición de mayores obstáculos. El gobierno se ha jugado una carta muy riesgosa al suspender el Referendo Revocatorio mediante un ardid judicial. Ha ganado tiempo, aunque parezca increíble, en medio de una profunda crisis social y económica, pero también ha reducido su margen de maniobra al mínimo. Ahora tiene a la comunidad internacional, y al mismísimo Papa Francisco, que no es poca cosa, respirándole en el cuello.
A los venezolanos nos toca seguir luchando, perseverar, sin apartarnos un milímetro del camino constitucional, pacífico y electoral. No hay otro. No existe. Por difícil que sea. A menos que sigamos el atajo del gobierno, cuyos voceros blanden una Constitución en la mano, que existe, pero que no está vigente. Ramón Guillermo Aveleado, ex secretario Ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática, y un político profesional, plantea una perspectiva realista de la situación que estamos viviendo. Si se abre una ventana para llegar a un acuerdo político, hay que hacer la diligencia. “Para que los costos sociales disminuyan, eso supone una regularización de la lucha política, en unos términos hoy inexistentes que, además, amenazan con empeorar”. Ese es el punto que no se puede perder de vista.
Érase una vez la historia del Referendo Revocatorio que terminó en lo que terminó y la gente ha quedado como en el aire. Seguimos un camino pacífico, electoral y constitucional, pero eso se desvanece y ahora estamos en medio de la incertidumbre total. ¿Cuánto podría durar esa sensación de incertidumbre?
Se ha venido actuando en el marco de unas reglas y hubo un objetivo: lograr la mayoría en la AN. Ese objetivo se logró y con creces, aún dentro de las desventajas, de la desigualdad de esa campaña. Había otro objetivo: el Referéndum Revocatorio previsto en la Constitución, que también tiene unas reglas. Posteriormente el CNE le agregó otras reglas, totalmente caprichosas, para obstaculizarlo y aún así se siguió avanzando, pasando por encima de los obstáculos. Sin embargo, el Gobierno, en un claro abuso de poder, sacó el Referéndum Revocatorio, cerró esa puerta. Ahora estamos en una situación en la que el verdadero dato es que no hay reglas. Y esa es la razón de la incertidumbre. Entramos en el mundo del mero hecho. Frente a esto, la oposición, nucleada en la MUD, tomó la oportunidad del diálogo político, en el cual están dispuestos a participar actores internacionales, incluido El Vaticano, cuya credibilidad es incuestionable. Se transita ese camino para tratar de salvar la vía política que produzca el cambio, porque lo otro es la vía de la fuerza. Esas son las alternativas que hay.
Ya no es Referendo Revocatorio sino diálogo. Creo que esa es la percepción que tiene la gente en la calle. Surge, además, la opción de las elecciones anticipadas, aunque hay politólogos que sostienen que esa alternativa no está en la Constitución y la renovación del CNE que se hará de mutuo acuerdo entre las fuerzas políticas en pugna, aunque la Carta Magna plantea otra cosa. ¿Cómo es este asunto de la defensa de la Constitución?
Es comprensible la sensación de estar en el aire, digamos, como la utilizaste, porque allí es donde está la sociedad venezolana. Entre otras cosas porque las reglas establecidas en la Constitución han sido violentadas. Y nada menos que por aquellos que juraron cumplirla y hacerla cumplir. Tal como lo ha dicho la Asamblea Nacional y la dirigencia opositora, aquí se ha roto el hilo constitucional, se ha roto el Estado de derecho, y hay que buscar la forma de restablecerlo. Ese proceso de dialogo ya venía en ciernes, la oposición había solicitado la incorporación de El Vaticano y el Gobierno también lo hizo, porque se consideraba insuficiente la participación, la mediación, el acompañamiento, la tercería, como quiera llamarse, de la presencia internacional (Unasur y los expresidentes). Y aquí viene el dato importante: para que el diálogo entre los venezolanos se dé, no bastan los venezolanos. ¿Y eso por qué? Porque los venezolanos no nos tenemos confianza. Por eso es necesaria la participación de un tercero, que además cuenta con el aval de la comunidad internacional. No se trata de cambiar, y esto es lo que ha dicho la MUD, el referéndum por el diálogo, sino que se encuentra en el diálogo una manera para restituir la democracia y la constitucionalidad en Venezuela, que es lo que está roto. Maduro ha dicho que a él no lo sacan de Miraflores ni con votos ni con balas. ¿Entonces, cómo es la cosa? ¿Es para siempre? No, eso es una manifestación de voluntad. Esos son deseos.
Diosdado Cabello dice: “Vengan a Miraflores y así matamos la culebra por la cabeza”, mientras el alcalde Ocariz propone una lista de cuatro puntos imposibles de solucionar en el plazo que dio Capriles. Aquí no hay diálogo. Sólo voces altisonantes, pero nadie dice hasta dónde está dispuesto a llegar, que sería lo esencial en una mesa de diálogo.
Voy a decir lo que yo he visto. Uno. Que el diálogo es muy difícil, que hay posiciones muy distintas, no es novedad. Dos. Que (al interior) de cada lado hay posiciones muy distintas. Porque cuando Diosdado Cabello o Tareck el Aissami dicen lo que dicen se lo están diciendo, principalmente, a Maduro y a quienes están sentados en la mesa, que están vinculados a Maduro y también a los seguidores más radicales del oficialismo, a quienes el Gobierno les viene hablando desde hace rato. Lo que se aprecia en el mundo opositor, es que tampoco hay completo acuerdo. No hay completo acuerdo ni en un lado ni en el otro. Sin embargo, yo escojo eso a decir que hay desacuerdo. Y lo digo porque nadie ha dicho que diálogo no debe haber. Eso nadie se atreve a decirlo. En la oposición hay quienes dicen que no hay condiciones. Eso forma parte del debate. En el Gobierno, la gente que venía diciendo que había que dialogar, ahora dice todo lo contrario. Que no hay nada que hablar. Estamos ante la constatación de grandes dificultades, incluida la de entender cómo es la cosa del diálogo. Seguramente porque la política venezolana ha venido transcurriendo como un enfrentamiento muy radical, muy frontal, muy completo, lo que deja pocos espacios para el diálogo, entendido como un tipo de lucha política, porque así es como se entiende en todas partes del mundo. Yo, sin embargo, rescato que en la oposición hay una disposición clara a dialogar, y en el Gobierno, al menos, una manifestación formal de hacerlo.


Ramón Guillermo Aveledo retratado por Roberto Mata

Hay unas voces altisonantes, con un gran volumen, que nos tienen aturdidos, pero quizás haya partícipes, tanto en el Gobierno como en la oposición, que en este momento están dialogando, en un nivel que no es tan visible. ¿Le daría crédito a esa probabilidad?
No lo sé, puede ser. Y me gustaría que así fuera. Pero no lo sé. ¿Si lo supiera tampoco lo diría? Es posible. Pero no es el caso. Sinceramente, no lo sé. Ayer estuve repasando en Gil Fortoul el episodio de 1820, el diálogo entre Bolívar y Morillo, que culminó en el encuentro de Santa Ana de Trujillo, que al comienzo se planteó como un armisticio y luego en el tratado de regularización de la guerra. Claro, los patriotas tenían unos objetivos y los realistas tenían los suyos. Esta gente que estaba en guerra, que eran enemigos, hablaron ¿para qué? Para regularizar la guerra después del Decreto de Guerra a Muerte, que hizo de la conflagración algo muy violento y muy sangriento. Después de ese documento, España reclamaba su derecho a gobernar y los patriotas su derecho a la soberanía. Y entonces acordaron librar la guerra como lo hacen las naciones civilizadas. Esa fue la expresión que utilizaron. Y la guerra continuó hasta el año 23, con la batalla del Lago de Maracaibo. Y pasó mucho tiempo para que hubiera un tratado de paz y España reconociera la independencia de Venezuela. ¿Por qué apreciamos eso como un acto civilizatorio? Porque nos queda lejos, pero cuando nos queda cerca no apreciamos que las circunstancias pueden cambiar.
Aquí se habla de transición, del cambio político, todo eso está en el discurso. Pero ni una palabra de cómo se va hacer o cómo se va a implementar. Parece que a un politólogo, a un experto, le encomendaron la tarea de redactar un documento sobre el acuerdo y el Gobierno lo va a comprar en todas sus líneas. ¿Realmente eso puede tener alguna significación política?
Yo creo que, como en todas las cosas, hay ventajas y desventajas y sin duda riesgos. Es muy claro que el objetivo de la oposición es que haya un cambio político. Y el objetivo del Gobierno que no lo haya. Si el Gobierno pudiera imponer su voluntad, pues no lo habría. Si bastara sólo la voluntad de la oposición para imponer, pues lo habría. La oposición ha ensayado una vía (contemplada en la Constitución) y me parece muy lógico que lo haga, porque es la menos costosa, en sacrificios, en penurias y en vidas para Venezuela. Desarrolló una estrategia de acumulación de fuerzas para ir venciendo a su adversario en el terreno político. Y lo hizo cuidando la Constitución, porque es uno de los pocos lugares de encuentro para todos los venezolanos. Al Gobierno le gustaba ese camino, siempre y cuando no perdiera elecciones.
Siempre y cuando el candidato fuera Chávez.
El chavismo ganaba elecciones, pero resulta que sí pueden perder. Y lo saben. Lo comprobaron el 6-D y lo que ha sucedido de esa fecha para acá es que la gente quiere cambio, incluidos los que votaron por el PSUV en diciembre. Se salen de las reglas para aferrarse al poder. Una de esas reglas, indolora, es el diálogo político. Hay que hacer esa diligencia. Y cuando te hablo de esto no pienso en hacer juicios sobre si los actores lo están haciendo bien o mal, como una especie de disección de la técnica de negociación política, no. Aquí lo que pasó es que cambió el escenario cuando el Gobierno cerró con llave el revocatorio bloqueó el camino político. Pero no quiero pasar por alto el tema de la transición. Aquí no hay una transición hacia el socialismo. Eso no se lo cree ni el Gobierno. Pero en la vida real hay una transición en marcha, porque se perdió la legitimidad carismática que era el asiento del poder del difunto expresidente Hugo Chávez. Dejó de existir, porque Chávez se murió. Se pretende gobernar como si él estuviera vivo. Con “Chávez vive, la lucha sigue”, todo eso. Pero resulta que no se puede, porque el lugar que él ocupaba es un gigantesco vacío que no puede llenar ni Maduro individualmente ni el PSUV colectivamente. Aquí empezó la transición hacia otra manera de gobernar y eso puede hacerse con la Constitución en la mano o sin ella.
A diferencia de su sucesor, Jesús “Chuo” Torrealba, usted no tiene que lidiar con las fracturas que quedaron expuestas en la MUD a raíz del llamado al diálogo. Torrealba fungió como vocero de la Unidad en la reunión en la que se habló de fijar sede en Margarita y de inmediato lo desautorizaron, lo dejaron solo en la jaula de los leones. ¿No cree que estos episodios, además de los cálculos electorales que hay en la oposición, aumentan la distancia que separa a la clase política de la sociedad venezolana?
En primer lugar, yo discrepo radicalmente de la noción de clase política, que es un estribillo que se usa básicamente con fines antipolíticos y que no refleja la realidad, porque los dirigentes políticos salen de las mismas clases sociales que los demás. La política es una ocupación, un oficio. No hay la clase periodística, la clase beisbolera, la clase artística; esto como un comentario al margen. El punto para mí no es ponerme analizar los aciertos o los errores que los operadores hayan cometido o pudieran cometer. No es que no sea importante. Y mientras más aciertos se tengan es mejor…
Pero usted tiene las herramientas, usted es un político profesional, ¿por qué no lo hace?
Se ha determinado que comer casquillo puede ser nocivo para la salud“. Prefiero ubicarme en otro tema que pasamos por alto, quizás por aquello de que los árboles nos impiden ver el bosque. En esa diversidad se ha construido la unidad estratégica y programática y hay un mérito muy grande en eso. De no haberla, la política sería como la quisiera el Gobierno. Debate sí, pero sólo entre ellos. Eso es un punto que vale mucho y que no podemos en modo alguno subestimar. Con ese universo opositor se ha logrado hacer. Lo que a su vez los ha colocado en una responsabilidad muy grande. Deben estar a la altura y eso no es cualquier cosa. Para los actores, y también para los ciudadanos, era relativamente más fácil llevar adelante la lucha, cuando las reglas, por más dañadas que estuvieran, existían. Pero es que ahora ha habido un salto cuántico a una situación en la cual las reglas no existen y hay que recuperarlas.
¿Cómo caracterizaría a este Gobierno?
Cualquier cosa que uno diga siempre parecerá insuficiente. Porque alguien podría decir: “¿Qué hace falta para que digan que es una dictadura?” Ciertamente, el Gobierno tiene un origen electoral. Sin embargo, en la medida en que se dio la oportunidad para que se pusiera en práctica el diseño constitucional, que nada tiene que ver con el de la extinta URSS o el de Cuba —entre otras cosas, porque la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es plural, y contempla un diseño distribuido y limitado del poder—, fue rechazado por el Gobierno. Optó por no ponerlo a prueba. Es el R.I.P. del Estado de derecho. Porque es obvio que no hay Estado de derecho. Hay unos rincones, unas ventanas para la disidencia y la libertad. Esta entrevista, por ejemplo, se va a publicar, ¿no? Aquí hubo muestras de arbitrariedades y de represión muy grandes por parte del gobierno, que alcanzó su apoteosis en el año 2014, con una ola de detenciones que no fueron las primeras. Activistas de derechos humanos, indigenistas, ecologistas, sindicalistas —alrededor de 3.000— sometidos a procesos antes de que le abrieran el juicio a Leopoldo López. Ahora tenemos esta otra característica que pone de manifiesto la ausencia del Estado de derecho. Así como metieron preso a unas personas sin razón alguna, las pusieron en libertad, sin dar muchas explicaciones jurídicas, porque eran como unos rehenes. Eso, por cierto, es una ganancia del diálogo que la gente no ha calado. Lo interesante que ha ocurrido es que el Gobierno admita, aunque sea de un modo implícito, que liberó a unos detenidos, que no eran presos, porque si fuese el caso, debió seguirse las normas procesales para soltarlos.
Antes de que “quedáramos en el aire”, aquí había un objetivo alrededor del cambio político, del Referendo Revocatorio. Tanto la oposición como el Gobierno hacían su juego, tratando de mantener la iniciativa política. Ahora resulta que la tarea consiste en restituir el hilo constitucional y el derecho al voto. ¿Adónde llegamos?, porque estamos en un punto anterior al 6-D.
Sería sacar demasiadas conclusiones con muy pocos datos. Porque el objetivo del cambio político, ni implícita ni explícitamente, ha sido dejado de lado por la Mesa de la Unidad. Al menos yo no advierto eso. Si eso ocurrió, yo no me di cuenta. Me acuso de esa falta de atención. ¿Qué ocurre? Para lograr el cambio político hay que restituir la vigencia de las reglas, de tal manera de crear las condiciones, la probabilidad, que permita realizar el cambio político de un modo, además, que sea el menos costoso posible para todos. Entonces, hoy en día, restituir la constitucionalidad, restituir el Estado de derecho, es un objetivo importante, aunque no es el objetivo principal, que sigue siendo el cambio político. Lo que traería, a su vez, la plena vigencia de la Constitución, que está allí, existe, pero no está vigente. Y no sólo no está vigente en el punto de la separación de poderes. Tampoco está vigente en el respeto de las funciones y competencias de cada uno de los niveles del poder público (Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Ciudadano, Electoral), sino en cuanto a la separación territorial, a lo que toca a los estados, a los municipios.
¿Se refiere al hecho de que los alcaldes se vieron obligados a firmar el presupuesto que aprobó el Ejecutivo vía TSJ?
Eso significa una regresión insólita. En 1264 se estableció el principio del control parlamentario sobre el gasto —en ese momento— del Rey. Es decir, lo que se está cargando Maduro son siete siglos y medio de progreso institucional y político de la humanidad, para tener más poder que el Rey de Inglaterra ese año. Hay que verle la cara a eso. Si a través del diálogo se abre una ventana y resulta que se pueden lograr acuerdos políticos, vamos a intentarlo. Sería una temeridad, una irresponsabilidad no hacerlo, porque sabemos lo que nos ahorraríamos los venezolanos como sociedad. ¿Qué eso es muy difícil? Sí, lo es. Y cada día es más difícil.
Si la MUD fracasa en lograr el doble objetivo (la restitución de la constitucionalidad y el cambio político), ¿cuáles serían las consecuencias para la sociedad venezolana?
El diálogo se hace porque está roto el Estado de derecho y porque estamos atravesando una crisis social y económica severísima y, eventualmente, para poder reencaminarnos. Para que los costos sociales disminuyan es necesaria la regularización de la lucha política en unos términos hoy inexistentes que, además, amenazan con empeorar. El fracaso de eso sería terrible para Venezuela. Sería una pérdida muy grande. Sería perennizar una situación que por naturaleza no es perdurable, que es la autoridad sin límites. El que crea que pueda tener un poder ilimitado para siempre, a esta altura de la vida humana, a esta altura de la historia, está loco. Churchill, en su ensayo sobre el Kaiser Guillermo de Alemania, dijo que el dictador era el hijo deforme de la crisis, del desastre y del caos social. Buscar la dictadura, que no es otra cosa que concentrar el poder en una sola mano, sería perennizar la crisis. Y la crisis, por definición, es un estado transitorio. Gobernar con todos los poderes es una necedad, una bobería que puede resultar muy costosa.

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