miércoles, 2 de noviembre de 2016

TEJEMANEJE

IBSEN MARTINEZ

De todas las palabras castellanas me gusta mucho esta de la que el Diccionario de la Real Academia ofrece dos acepciones. Una de ellas es: “enredo poco claro para obtener algo”. Así veo, y me parece que millones de demócratas venezolanos ven también, las evoluciones de la Mesa de Unidad Democrática durante los últimos días. Sería muy desalmado llamarlas “trapisondas” porque eso daría la idea de malas artes en la trastienda cuando todavía abunda gente proba y valerosa en la MUD como para ponerse uno a decir: “¿Lo ven?: ¡son los mismos políticos marrulleros de siempre!”.
Con eso no haría yo más que llevar agua al molino de quienes, desde la oposición, fulminan cualquier crítica a la MUD como expresión de ignorante “antipolítica”. Sin embargo, el hecho es que en la masa opositora ha cundido algo más grave que el mero desconcierto: el sentimiento general ante los vaivenes de la MUD respecto del llamado “diálogo” con el Gobierno es lo que en Venezuela llamamos, sin rodeos, estupefacta “arrechera”.
“Arrechera”, entre nosotos, es ira pura y dura, mezclada en muchos casos con indignación moral. En el ánimo opositor se disipó de la noche a la mañana la entusiasta aprobación que, por dar solo un ejemplo, generaron las duras palabras de Henrique Capriles durante la rueda de prensa convocada ante el atropello del Gobierno al suspender el referéndum revocatorio. Capriles dijo entonces las palabras justas: “Maduro ha dado un golpe de Estado”; ha violado continuadamente la sacrosanta Constitución bolivariana, legado del pajarito astral que le habla y lo guía en la vida.
En consecuencia, Capriles instruyó a la mayoría opositora sobre los pasos a seguir: Maduro había transpuesto la raya y agotado la paciencia y contención de los demócratas partidarios de una transición pacífica, constitucional y electoral. Se marcharía, pues. Se tomarían de nuevo las calles de Venezuela hasta forzar al Ungido a dejarse de amenazas y desplantes y carcelazos y desapariciones forzosas y perdigones que solo han provocado muertes y heridas, hasta entrar por el aro que le corresponde: contarse en un referéndum revocatorio antes de fin de año.
Capriles no descartó una marcha sobre Miraflores y, a pesar de su singular sintaxis que le impide conjugar verbos correctamente en modo subjuntivo, nos hizo sentir inequívocamente que estábamos a un paso de nuestra particular y definitoria Timisoara, de una “sentada” de magnitudes ucranianas, pues “ser pacífico no significa ser pendejo” y ya estaba bueno de vainas. Añadió una sibilina admonición al estamento militar (de alguna manera hay que mentar a los narcogenerales): que cada miembro del Alto Mando tomara nota de que se debe a la Constitución y no a la parcialidad en el poder.
Tengo para mí que eso de marchar sobre Miraflores sin tener muy claro para qué no fue más que una fantasía compensatoria proferida en un momento de santa ofuscación por alguien que ha sido acusado de timorato y blandengue, pero al menos mostraba la disposición de la MUD a subir la apuesta para ver si es verdad que Maduro “como ronca, duerme”.
Pero no: la MUD acudió a “dialogar” con el cerebro del golpe de Estado, con el carcelero de Leopoldo López, y en premio, el Gobierno liberócinco presos políticos ni más ni menos que como se deja ir a unos rehenes: como concesión graciosa, quizá a solicitud de personeros extranjeros. Esa misma noche encarcelaron arbitrariamente a otros seis venezolanos. Tal como lo han hecho siempre los hermanos Castro.
Se dialoga entre adversarios; eso ya me lo han explicado. Pero igual no se me pasa la arrechera.

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