lunes, 15 de mayo de 2017

MIGUEL PIZARRO: “Los muros van a caer”

Hugo Prieto


A los 18 años, Miguel Pizarro, diputado a la Asamblea Nacional por Primero Justicia, acudió a la oficina de un “connotado” dirigente de la oposición venezolana para conocer los resultados de una encuesta, en la cual se evaluaba la intención de voto alrededor de la reforma constitucional, propuesta por el ex presidente Hugo Chávez (2007). La conclusión es que el gobierno iba a ganar por 12 puntos y que la mejor estrategia era la abstención para “deslegitimar” la consulta.
Los jóvenes que hoy dirigen la protesta que mantiene en jaque al gobierno de Nicolás Maduro, se reunieron en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela y decidieron (80 a 20) que iban a enfrentar la reforma en las urnas, como un paso que luego complementaría la estrategia pacífica y electoral para alcanzar una salida política a la peor crisis que ha enfrentado Venezuela desde su fundación en 1830.
Esta larga entrevista, en realidad, es la elipsis de una década de lucha política que ha llevado a la generación de Pizarro a un momento estelar en la política venezolana. La calle es una vía que debe ser complementada por otras para alcanzar el objetivo que se han trazado desde que irrumpieron en la vida nacional. “Lograr una consulta electoral que le dé un cierre a lo que estamos viviendo”.
Hay una generación joven en la política venezolana, que viene de todo este proceso y ahora son caras visibles de la Asamblea Nacional. La suya es una de ellas. Ese hecho no ha pasado inadvertido para el gobierno. Me refiero en concreto a lo expuesto por el señor Diosdado Cabello, quien dijo que ustedes habían desplazado a los “dinosaurios”, pero uno podría pensar que a ustedes los están marcando, como a los ahorristas en los bancos para luego atracarlos en la calle.
Yo creo que tiene que ver más con lo segundo que con lo primero, sin duda alguna. Desde hace 10 años hemos venido ocupando espacios en la política. En 2007 decidimos seguir un camino electoral, de protesta y de ocupación de espacios. Veníamos de un país que había atravesado la abstención parlamentaria de 2005, el error político más grande que ha cometido la oposición. En 2006, la miopía opositora cantó fraude para no reconocer la derrota frente a Chávez. Al año siguiente, el cierre de RCTV y la propuesta de reforma constitucional. Ahí nos tocó jugar un papel. Era un país donde los referentes habían regalado la política. La acción de calle y el activismo había perdido vigencia. La primera vez que vi una encuesta, yo tenía 18 años, fue en la oficina de un político connotado de aquella época y decía que perdíamos la reforma por 12 puntos, la recomendación era no participar en esa reforma, para deslegitimarla.
Eso hubiese significado seguir por el barranco de 2005. La política no se puede hacer solamente con las encuestas en la mano. Ni siguiendo las pautas equivocadas que marca la mayoría.
Era abstenerse y desde ahí buscar la confrontación que provocara un cambio político profundo. Nosotros organizamos una asamblea en el aula magna de la UCV y quienes decíamos que había que ir a votar ganamos 80 a 20. Hago memoria, porque yo creo que 10 años después, aunque hay elementos y diferencias muy profundas, nuestro país está en un contexto similar. Era un país desesperanzado después del robo del revocatorio, donde la política había perdido mucho, luego del diálogo fracasado. La duda y la oscuridad. Esas eran las referencias. Llega la sentencia del TSJ que a mi modo de ver marca un punto de inflexión donde el gobierno devela claramente cuál es su visión del poder.
La dirigencia opositora se parecía a esa izquierda radical que siempre se refugió en la abstención, pero la abstención nunca ha tenido una expresión política en Venezuela. También en el diálogo se cometieron graves errores. De modo que hay una continuidad. La ruptura se produce a raíz de las sentencias del TSJ. Lo que vimos en diciembre fue desesperanza, frustración. Pero la gente retomó la calle, la protesta. Una reacción contundente, sorpresiva.
Era un país anclado en el suspiro. Pero yo creo que hubo una conexión emocional con lo que la gente aspiraba de la política. Y especialmente con la respuesta que esperaba frente a los abusos del gobierno. Eso configuró varios caminos. Yo no soy de los que cree que la dirigencia opositora está compuesta por unos superhéroes y que nuestro accionar ha hecho que la gente salga a la calle a exigir cambios. Hay una conjunción de gente que protesta por distintas razones: los que quieren que sus familiares regresen al país; los opositores que nunca han apoyado al chavismo; los que desde el hastío y la frustración rechazan el fracaso de este proyecto político; los que están desesperados por el hambre y la angustia que produce la crisis económica.
Digamos que eso ya formaba parte del paquete. ¿Qué es lo que está marcando la diferencia?   
Creo que ese escenario, en un principio, fue subestimado por la dirigencia de la oposición. Pero estuvo presente allí, desde hace mucho tiempo. Sí, requería interpretación,  requería organización. Y sobre todo conducción política, que tuviera objetivos y un canal para seguir sumando expresiones y movimientos. Pero hay una novedad. Este es un movimiento de conciencias, que ha obligado a romper silencios y a tomar posturas. Frente a lo que ocurre, los caminos se han bifurcado. Ahí está el camino del gobierno que nos lleva a la destrucción del voto universal, directo y secreto, a la destrucción de las libertades individuales y a la destrucción de un modelo que hundió al 80% de los venezolanos en la pobreza. Y hay otro camino, que si bien es incierto en su desenlace, porque no controlamos la variable de tiempo y la intensificación de la confrontación, es un camino que nos lleva al cambio político y social.
¿Realmente ustedes reemplazaron a la vieja guardia? ¿Por qué no se refiere a “lo segundo más que a lo primero”, en el planteamiento que hizo el señor Diosdado Cabello?
Lejos de un desplazamiento de los liderazgos, hoy ocurre algo en nuestro país que tiene que ver con la política, pero sobre todo con la sociedad. Hoy todo el mundo es útil haciendo algo. Así como hay decisiones que tomar en la alta política, relacionadas con la comunidad internacional, la OEA y UNASUR, por ejemplo, hay un segundo espacio que nos ha correspondido a los jóvenes, por condiciones físicas y hasta espirituales, que es la conducción en la calle, para darle un contenido que nos dé legitimidad en todo el espectro opositor, desde el más moderado hasta el más radical. ¿Por qué Diosdado hace lo que hace? Por dos razones. La primera para marcarnos como un enemigo; para marcar, entre las fuerzas del gobierno, a quién debe perseguirse, a quién debe intimidarse. Por eso publican nuestras direcciones, nuestros teléfonos y por eso nos dejan recados con nuestras mamás, porque una madre es el talón de Aquiles para un joven. Pero además lo hace por un segundo motivo, porque cree que el supuesto desplazamiento de la dirigencia por los más jóvenes podría generar un conflicto generacional, apela a la inmadurez política que tenía la oposición. Pero este no es el mismo país ni la oposición es la misma de unos años atrás.
La gente marcha por distintas razones, pero todavía no comparte una visión de país. ¿Por qué no hay una propuesta que aglutine? No sé si los jóvenes, que no tienen la experiencia y su formación es una interrogante, la van hacer. ¿Usted qué piensa?
El gran reto de este movimiento no es estar en contra de, sino convertirse en una alternativa. Creo que tenemos una deuda programática, que nos permita explicar cuatro pilares del cambio político. Uno, la economía. ¿Qué hacemos nosotros con la economía? El Estado controlador ha fracasado —desde la extinta RDA hasta las comunas de Mao, pasando por visiones más liberales como lo que intentaron hacer en la Europa del este una vez que cayó la cortina de hierro—. El Estado en Venezuela tiene que ser redefinido. Su papel debe ser marcar reglas, impulsar, articular. Dos. Las políticas sociales. La visión tiene que ser integral. Lo que arranque como un programa de hambre cero pase luego a un esfuerzo de formación para el trabajo que luego garantice un empleo sostenible, protección para los niños y ancianos y producción para los jóvenes. Tres. ¿Qué hacemos con la institucionalidad del país? Instituciones sí, pero no para que le sirvan a un partido político, sino a los ciudadanos. Cuatro. La educación. Mi generación aprendió de fechas, pero no de procesos, incluido la democracia. Una educación que pase de la formación tecnocrática a empoderar al ciudadano.
La propuesta programática está contaminada por la visión del poder, por las distintas variables ideológicas, por las apetencias personales. Se convierte en una suerte de pasticho, de galimatías, que le resta credibilidad a cualquier interlocutor de la oposición, especialmente en la esfera internacional. Favorece esa tesis de que al mundo no le interesa lo que ocurre en Venezuela.
De eso estoy seguro, por eso nos hemos dado a la tarea de formarnos y de darnos una visión programática que nos una. Tenemos una deuda pendiente. Quizás cuando había que hacer una propuesta programática, la simplificamos con una propuesta electoral. Pero eso ha cambiado en esta etapa. Acá hay visión y trabajo construido alrededor de lo que debemos hacer en esos cuatro pilares fundamentales. Eso ha permitido una mayor comprensión de lo que ocurre en el país. ¿Qué ocurre hoy en el mundo? Hay países que se movilizan por la respuesta política. La dictadura de Maduro, el uso de la represión, el uso de la violencia. Eso produce una solidaridad inmediata. Pero hay otro nivel que responde a otras variables. El mundo financiero, por ejemplo, que antes advertía esas incongruencias, hoy nos presta mayor atención, precisamente porque conoce cuál es nuestra propuesta institucional de cómo se debe manejar el mercado. Hay llamados de atención de países muy importantes. China, por ejemplo, ha manifestado su interés de que el conflicto se encauce por la vía pacífica. Pero lo peor que le puede pasar a este país, una vez que salgamos de Maduro, es que venga un nuevo gobierno y alrededor de la materia cambiaria tengamos una discusión que nos divida. O que al transferir subsidios indirectos, mediante un bono a las personas, esa discusión nos re polarice. Lo peor es que queramos combatir el populismo con más populismo y terminemos de destruir el tesoro de la Nación.
El eco de la violencia, la represión, y la propuesta de una constituyente francamente dictatorial, efectivamente, han retumbado en la comunidad internacional. La gente acude en masa a las marchas de protesta a sabiendas de que la van a reprimir a sangre y fuego. Todos sabemos que esto no se puede sostener indefinidamente. Que hay un desgaste del material anímico, del material físico, del material político. ¿Ustedes han pensado hasta dónde se puede llegar? ¿Y cuál sería el desenlace?
El día del entierro de Juan Pablo Pernalete, cuando nosotros llegamos al cementerio, Elvira, su mamá, me toma de la mano y me dice: la noche antes de salir a la protesta, Juan Pablo lo último que hizo fue ponernos tu discurso en el teléfono, él se inspiraba en ti. El papá de Cañizales, cuando llegamos al entierro, me dijo mi hijo se tatuó por tu culpa y cuando yo le armé un rollo, me respondió. Pizarro es diputado, tatuarme no me va a acabar la vida. Y ambos padres tenían en común que el sacrificio de sus hijos no fuera en vano. Que esa pérdida humana, dolorosa, que anuda la garganta, no fuera en vano. Yo no soy pitoniso, no sé hasta dónde se puede aguantar. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro. Aquí el que tiene la familia fuera del país y está cansado de verla por la pantallita, no se va a cansar de protestar. Aquí el que ha perdido a un familiar por la escasez de medicinas, por la violencia o la represión, no se cansa de protestar. Aquí el que no pueda realizar su proyecto de vida, porque sencillamente quebraron al país, no se va a cansar. El gobierno, con su forma de ver la política, con sus decisiones para preservar el poder a cualquier precio, ha puesto la pelea en un plano existencial.
Es cierto, para los venezolanos, la demanda de libertad y democracia se ha convertido en una lucha de vida o muerte. 
La constituyente y su fraude histórico es la consolidación de una dictadura en nuestro país; es la eliminación del voto directo, universal y secreto; es la eliminación del reconocimiento a cada uno de nosotros como ciudadanos. Pero además es lo que le permitirá al gobierno imponer una dictadura bajo un marco legal. Ni el ejercicio de la política, el periodismo o la economía, nada será como lo conocemos hoy. Y por eso, la protesta es radicalmente distinta a la que hubo en otros momentos del pasado. Una amiga, Teresa, del barrio Unión de Petare, me dijo. El que duerme en el piso no tiene miedo a caerse de la cama. A mí me impresionan esos dos minutos antes de que lleguemos al piquete. Ese lapso donde la manifestación se detiene, esos dos minutos de silencio de una masa que sabe adónde va, que sabe lo que va a ocurrir, pero lo hace convencida de que esa es la gota que cae sobre la piedra hasta que se rompa. Y que además, lo hace convencida de que el gobierno y su accionar ha cerrado, ha liquidado, todas las otras formas de expresión. No han permitido otra cosa que la represión.
Pese a todo lo que hemos visto, pese a todo lo que hemos vivido como sociedad, el discurso del gobierno sigue inalterable. Los irracionales están del otro lado… la guerra económica… la estrategia opositora para provocar un golpe suave y la injerencia extranjera. Siempre hay un culpable en la acera de enfrente. Este discurso de la polarización, en nada se parece a lo que uno ve en la calle, sufrimiento, sacrificio, impotencia en muchos sentidos. Pero a la vez es el deseo de cambiar todo esto. ¿Cómo es que dos realidades se ven de forma tan distintas?
Yo creo que ellos parten de un principio erróneo. Ellos subestiman al país. Nos subestiman a nosotros. Y no hablo por la dirigencia opositora, digo a nosotros, los ciudadanos, los venezolanos. Ellos creen que la propaganda puede sustituir a la realidad. La propaganda tenía asidero cuando la bonanza petrolera permitía que muchas de las cosas que nosotros decíamos se vieran como alienígenas o anti climáticas, en medio de un país que recibía una lluvia de dinero y el cupo de Cadivi era de 3.000 dólares. Era un mundo imaginario, el que vivimos durante un rato. Pero en Amazonas, cualquiera que se enferme tiene que navegar 10 ó 12 horas en bongo para llegar a un centro de atención médica, en Delta Amacuro aumenta la peor epidemia de Sida que hayamos tenido en nuestra historia, en Bolívar regresó el paludismo, en Táchira todo el mundo sabe que la Guardia es la que hace el contrabando, en Zulia es el Ejército. En la región central hay una nueva clase económica, nuevos potentados, que vienen del gobierno. Y esa realidad estruendosa, que mueve al dolor, a la frustración y a la impotencia, pero que también mueve a la acción para cambiarla, es el peor enemigo que tiene la propaganda gubernamental. El 80% del país quiere cambio. El 60% responsabiliza a Maduro de lo que está ocurriendo. Es un país que tiene conciencia política de lo que está ocurriendo. Y que no se deja amedrentar ni manipular.
Los que quieren la paz versus los que quieren la violencia. Los que quieren trabajar por el país versus los que quieren destruirlo. En fin, los buenos versus los malos. Ese es el mensaje clave de VTV.
A nosotros nos califican de terroristas, de grupos violentos, porque la propaganda busca desmovilizar, busca amedrentar, aterrorizar. A mí me impresiona la claridad de la gente cuando dice. Aquí solo hay violencia cuando hay represión. Nadie puede decir que un plomo disparado por una carabina, que una bomba lacrimógena disparada a quemarropa, el uso de la ballena a corta distancia, como lo hacen, que provoca fracturas, y el arrollamiento pueden equipararse a un escudo de madera y una franela. Yo soy uno de los más moderados opositores que existen en el país. Siempre he creído que la confrontación violenta nunca debe ser una opción para nosotros. Creo en el reconocimiento, en la discusión, en la política que permita llegar a acuerdos, pero cuando estalla la violencia sin siquiera mediar palabra. ¿Cómo le dices a un chamo que no se defienda de las lacrimógenas? ¿Cómo le dices que no use un escudo de madera con el que intenta proteger de bombas lacrimógenas y perdigones a una masa de miles de personas?
En cada una de las protestas, los diputados de oposición y, particularmente, los más jóvenes, se ubican en la primera línea de fuego. ¿Cómo ha enfrentado la violencia? Digamos, en su caso personal.
La protesta tiene como tres bloques. Uno que va adelante, dispuesto a llevar perdigonazos o bombas, que está dispuesto a que no nos destruyan físicamente, en ese bloque me incluyo porque tengo la condición física y la convicción mental de que uno sólo puede dar testimonio con su ejemplo. Por eso estamos ahí. Hay un segundo bloque que está justo detrás del primero. Que está ahí para servir de apoyo, que tiene un malox, un trapito mojado. Que está pendiente de cargar un herido, atento y viendo cómo ayuda. Y un tercer bloque donde están los papás, las mamás, los tíos de quienes están en el primer y en el segundo bloque. Que saben que su papel es permanecer ahí y demostrar que somos una mayoría. Que somos una fuerza. Y cuando miras toda esa configuración ves a un pueblo que lucha contra una cúpula que quiere mantener la crisis.
Se acabó el cuento de la UNES (Universidad Experimental de la Seguridad), del uso proporcional de la fuerza. De la actuación bajo parámetros cónsonos con el respeto de los Derechos Humanos. Tanto bla, bla, para darle la razón a un viejo comunista: tombo es tombo, aquí y en cualquier parte del mundo. La revolución pacífica terminó siendo otra gran estafa.
Es así, por ahí iba a empezar yo. No sólo ha sido una gran estafa. Ha sido una gran traición. Muchos de los que están hoy en el gobierno estuvieron presos con mi papá entre 1980 y 1982. Aquí, en 1998, se prometió que se iba a acabar la persecución de la policía política. Hoy el Sebin allana con más impunidad que en los 60 y los 70. Aquí se permitía la visita a los presos políticos. Mis hermanos rompieron piñatas en el Cuartel San Carlos. Cantaron cumpleaños con los hijos de Virgilio Yunta y con los sobrinos del Gocho Hernández. Todos en el mismo recinto. Hoy ni siquiera eso se permite. Los aíslan. Y lo hacían utilizando el nombre de Belinda (dirigente estudiantil asesinada) que, por cierto, les quedó grande. En nombre de Belinda decían que aquí había una nueva propuesta policial, que era hora de que la protesta fuera libre. Que la ballena iba a quedar para regar el Parque del Este y el Ávila. Que aquí no iba a haber más homicidios extrajudiciales por parte de policías. ¿Dónde estamos hoy? Viendo la peor represión, con más saña a la que habíamos visto, al menos, en la última década. Es una traición porque los que hoy son victimarios fueron víctimas ayer. Parte de su legitimidad política venía del sufrimiento y de la promesa de que esas violaciones a los Derechos Humanos más nunca se iban a repetir. Esto tiene un componente de estafa. Pero sobre todo es una traición. ¿Cómo el Partido Comunista justifica lo que hoy estamos viviendo? ¿Cómo Tarek William Saab que estuvo con mi mamá y el padre Camuñas, ayudando en casos de violación a los Derechos Humanos en los años 80, puede dormir tranquilo?
Lo que uno ve en las marchas es mucho dolor, mucho sufrimiento. El alma de un país dolido. El sacrificio ha sido muy alto. Sin embargo, no hay una autoridad que diga, tal como Dudamel lo hizo, ya basta, ya es suficiente. ¿Por qué tanta indiferencia ante el dolor del pueblo?
Habría que explicar por qué actúan como actúan. ¿Cuál es el objeto de la violencia? ¿Cuál es el objeto de la represión, del asesinato? En primer lugar, que nos cuestionemos, que el dolor nos haga pensar que la protesta no tiene sentido. Que uno, después de hablar en el velorio con los amigos de Miguel (Castillo) se plante ante el espejo y se pregunte. ¿Será que el camino es por ahí? A lo único que ellos le prenden vela es que la duda nos lleve a preguntarnos. ¿Es correcta la presión de calle? Y que nosotros nos cansemos, nos rindamos o retrocedamos. No. Si bien este movimiento aún no ha sido determinante, yo no tengo ninguna duda de que lo será en el futuro. Es un movimiento que además ha despertado conciencias. Es el movimiento que obliga a la fiscal a hablar, que obliga al hijo del Defensor del Pueblo decir, pude haber sido yo, papá. Es el movimiento que hace que más de 80 guardias nacionales estén detenidos por negarse a reprimir. Y cuando hago el símil de la gota que cae contra la piedra es saber que lo que hacemos va a despertar conciencias. Yo estoy seguro de que lo que hoy vemos como indolencia, indiferencia, en el fondo es una enorme procesión por dentro. Hoy el que nos reprime y se burla cuando llega a su casa tiene un familiar al que le tiene que rendir cuentas y se tiene que calar un chaparrón. No puede salir a la calle y caminar tranquilo y eso, mucho más temprano que tarde, va a provocar que esos muros se rompan.
Ustedes encabezan este movimiento y se han puesto al frente, en la primera línea, a riesgo de su propia integridad física. Eso marca una diferencia con respecto a las marchas anteriores a 2007, donde más de un dirigente, al estallar la primera bomba lacrimógena, se subía de parrillero a una moto de alta cilindrada que seguía una ruta de escape. Ustedes que se han plantado frente a los militares para exigirle respeto al derecho a manifestar, al libre tránsito y a la propia Constitución, ¿Cómo interpreta esa diferencia?
Hay un cambio de paradigma. Yo soy un convencido de que uno tiene que predicar con el ejemplo. Tú puedes hablar de entrega y de sacrificio, pero si estás pendiente de las cámaras de TV y te subes a una moto, apenas detonan la primera bomba, no estás predicando absolutamente nada, más allá de palabras vacías. Y eres lo mismo que el gobierno. Nosotros aprendimos que la única forma de liderar es con el ejemplo. Es demostrando que uno está dispuesto a hacer lo mismo que le pide a los ciudadanos que hagan. Nosotros no somos superhéroes. No usamos el interior por encima del pantalón, ni llevamos capa, sino que afrontamos la política como seres humanos. ¿Por qué tratar de convencer a los militares para que nos dejen llegar a nuestro destino? ¿Por qué aguantar la represión y ser el último que se vaya? Porque si le pides a la gente sacrificios y entrega, no lo puedes hacer a través de twitter. No lo puedes hacer desde el estudio de televisión. Lo tienes que hacer desde el asfalto. Tienes que ganarte la legitimidad de que te escuchen.
¿Usted cree que vamos a conseguir el cambio por esta vía?
Yo creo que es una combinación de varias vías. La calle es una vía que se debe complementar con la presión institucional que haga la AN, con la presión internacional que hagan los organismos multilaterales. Que se tiene que complementar, además, con una vía política y electoral, que tenemos que forzar a que se abra. ¿Por qué tenemos que entender que son tres tableros? Porque eso nos ayuda a todos a interpretar por qué la agenda debe ser como es. ¿Por qué debe haber un día de manifestaciones masivas que reten al poder y traten de llegar a instituciones? ¿Por qué hay días en que esas manifestaciones deben ser simbólicas, que le suban el costo a los errores del gobierno, pero que también nos permitan reconocernos como iguales, más allá de la política? ¿Por qué debe haber días donde el centro debe ser el discurso político, la institucionalidad parlamentaria y la denuncia internacional? ¿Y por qué debemos forzar una salida pacífica y electoral que le dé un cierre político a esta crisis? Porque nosotros no somos un ejército de liberación. Un segundo objetivo que ellos persiguen con la violencia y con la represión es que nosotros dejemos de pensar como civiles y como ciudadanos y pensemos con una lógica militar y empiecen las discusiones de por dónde tiene que ir la estrategia de calle. No, por donde nos metamos nos van a reprimir. No, tenemos que seguir un camino pacífico, institucional, que tenga como colofón, un cierre político a todo esto.

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