sábado, 17 de febrero de 2018

EL DIA DE LA MARMOTA

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          ELVIA GOMEZ

POLITIKA UCAB EDITORIAL


16 de febrero de 2018
“Bienaventurados los que están en el fondo del pozo
porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando”.
Joan Manuel Serrat
Lo dijo en la radio, el pasado jueves 8 de febrero, el diputado Julio Borges: “Hemos pasado un naufragio”. Como principal portavoz de la delegación de la oposición en la mesa de negociaciones en República Dominicana, el expresidente de la Asamblea Nacional también convocó a la constitución –el día anterior al informar al país el fracaso del intento de acuerdo con el Gobierno– de un “frente amplio dentro y fuera de Venezuela para materializar” la lucha por elecciones libres y justas.
Cuando Borges habló del “naufragio”, se refirió a todo el proceso de agresión enfrentado por los dirigentes de los partidos afiliados en la MUD. A ese acoso atribuyó que todos estén “aturdidos”, y así, precisamente, atolondrados, desconcertados, se sienten los millones de venezolanos que han acompañado a la oposición democrática durante años, en sus idas y venidas, muchas sin lógica, o aparentemente sin ella por mal comunicadas. Todo eso ha dejado a la población que se siente atrapada en el territorio patrio en situación de incertidumbre y parálisis, ante un Gobierno que debería estar completamente anulado y exánime, pero que, en cambio, tiene a sus adversarios contra las cuerdas.
La Mesa de la Unidad Democrática –que suma puntos para que le entonen su réquiem– fue el segundo intento de una oposición organizada para hacer frente al chavismo. La primera vez se articuló en el año 2002, luego de crecer de una simiente propuesta por la sociedad civil en la conmemoración de ese 5 de julio, tres meses después del fallido “Carmonazo”. La Coordinadora Democrática (CD), como tal, cobró cuerpo a finales del 2002 y animó y congregó a una enorme fuerza popular que se patentizó en las marchas multitudinarias que acompañaron e hicieron presión a lo largo del proceso de negociaciones, llevadas a cabo en Caracas con la coordinación del entonces secretario general de la OEA, César Gaviria. Todo el esfuerzo culminó con la derrota electoral de la oposición en el referendo presidencial de 2004 y el cadáver insepulto de esa coalición se le encargó al difunto Pompeyo Márquez. Toda le energía motorizada, en lugar de ser capitalizada para seguir la lucha, se dispersó y la decepción y el desencanto campearon libres, mientras el régimen se fortaleció.
Pasado el desierto, en junio de 2009, recobró vida una fuerte organización política de oposición bajo el nombre de Mesa de la Unidad Democrática, coordinada por Ramón Guillermo Aveledo, que logró concitar tal cantidad de apoyos que pudo vencer las condiciones adversas y presentar dos veces un candidato presidencial único y los electores respondieron en las urnas. Pese a los dos reveses presidenciales –además de la victoria numérica de las parlamentarias de 2010, escamoteada por el CNE–, la MUD logró lo que muchos de sus integrantes dudaron: mayoría calificada en el Parlamento en 2015 con la emblemática tarjeta unitaria de la manito.
Sin embargo, el desempeño errático de la dirigencia opositora ha desperdiciado, varias veces, el envión que le ha dado la sociedad venezolana que, con sus bemoles, ha demostrado su vocación pacífica y democrática, como lo hizo en la conmovedora y aleccionadora jornada del 16 de julio de 2017, con el plebiscito contra la Constituyente, que superó en significado a la victoria en las parlamentarias de 2015.
De manera inexplicable –así lo atestiguan las muchísimas preguntas asombradas que llegan desde el exterior– en una suerte de espiral descendente, el país entero está siendo arrastrado a un agujero. Mientras, la dirigencia democrática dilapida su caudal electoral cuando repite, una y otra vez con algunas variantes, los errores estratégicos y comunicacionales que mantienen al Gobierno en el poder. Porque salvo las FANB –cada vez más aborrecidas y desestructuradas– son los errores de la oposición los que principalmente sostienen a Nicolás Maduro en el cargo.
COLOMBIA-VENEZUELA-CRISIS-OPPOSITION-VOTE
Foto: Reuters

En “El día de la marmota” (Groundhog Day, 1993), una película que se hizo su espacio entre los clásicos de Hollywood dignos de ser preservados por los archivos estatales, el protagonista del filme se queda atrapado viviendo indefinidamente un mismo día. El único consciente de ese prodigio es él, e intenta diferentes estrategias tratando de zafarse. Se pelea, enemista y suicida varias veces, pero nada, ¡ahí está de nuevo! amaneciendo en el mismo día. El protagonista, agobiado, harto, frustrado, sólo logra superar la situación y ver la luz de un nuevo día cuando, ¡por fin!, decide usar la experiencia y todo su conocimiento adquirido –sobre los otros personajes y la inutilidad de las tonterías experimentadas– y hace lo correcto. Los venezolanos viven, de la mano de la dirigencia de oposición, su propio Groundhog Day, con la enorme diferencia de que no es ficción ni da risa.
Los tropiezos experimentados por los venezolanos que se han opuesto a la deriva totalitaria en los últimos tres lustros indican claramente cuáles caminos no deben volverse a andar porque conducen al fracaso. Una vez definida por el CNE la elección presidencial para el 22 de abril, ya es tiempo de que los que han asumido como profesión el ejercicio de la política y la representación popular hagan acopio de lo aprendido –incluyendo las propias limitaciones personales– y cooperen, y permitan que otros lo hagan con ellos, para la reconducción de la energía potencial democratizadora existente. Sea cual sea la decisión que tomen –concurrir o no a los comicios– debe ser unívoca y certera, que concite a la población ansiosa de dirección. Lo dijo Borges: es tiempo de “un frente amplio”. Esa idea gravita en ciertos sectores de la sociedad civil organizada y, es bueno recordar, que el primer movimiento multitudinario que plantó cara a Hugo Chávez vino precisamente de allí, de la sociedad civil, con el Movimiento 1.011.
La coyuntura presente es, al tiempo que dramática y desesperante, también una oportunidad dorada para aunar esfuerzos y poner fin a este bucle temporal con la reacción y movimiento de los ciudadanos, que presione y obligue a la dirigencia política a hacer lo correcto. Ya es tiempo de que la marmota salga del agujero y vaticine al país el inicio de una primavera larga.

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