sábado, 5 de noviembre de 2016

LUTERO Y EL GOLPE DE DADOS


                 JEAN MANINAT

Mire que le ha llovido tupido a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) en la últimas semanas. Ha cosechado éxitos con la organización de copiosas marchas en todo el país, ha levantado grandes expectativas al anunciar que se le abriría un juicio político al presidente y despertado torbellinos de expectativas al anunciar una marcha hasta Miraflores con libreto prèt-à porter, que le ha valido todo género de palmaditas en el hombro, abrazos efusivos y un terrible y canalla #malditamud que brotó de los desaguaderos cuando la inspiración divina se entrometió con lo cotidiano a través del diálogo.
Teme a tus propios deseos, pues pueden cumplirse es una admonición que tiene siglos rodando para advertir a los bípedos que reinan en el planeta de los peligros que pueden esconder sus anhelos.  Y henos aquí que, finalmente, tantos petitorios fueron  escuchados, tantos rosarios atendidos, y el Papa Francisco decidió enviar un emisario del Vaticano para participar en un diálogo gobierno-oposición ya traumatizado antes de haber nacido. Sólo que el mensaje no era del gusto de todos los feligreses: había que darle una oportunidad al diálogo. Padre aparta de mí este cáliz.
Para ser justos, no hacía falta ser un consumado teólogo para haber previsto que cualquier iniciativa del Vaticano iba a estar acompañada de un llamado a conversar, a sentarse en una mesa para intentar evitar el atajaperros por todos anunciado. Por eso, llama la atención tanto sobresalto, el no haber estado preparados para esa eventualidad y así evitar dar rienda suelta al cúmulo de especulaciones banales y teorías conspirativas, graciosamente antipontificias, que animaron las redes sociales de este país tan fervorosamente católico.
Pero más allá de esta visita inopinada de Lutero a Venezuela –a expensas del Vaticano–  la discusión alrededor del diálogo le ha permitido a la MUD reafirmar su liderazgo en medio de la desavenencia.
Hay razones de peso, bien argumentadas, alejadas del extremismo por default, que fueron expuestas en contra del diálogo –o, mejor dicho, de este diálogo– que merecen ser tomadas en cuenta. Todo indica que fueron sopesadas, pero una mayoría en la MUD decidió asumir el riesgo político de asistir al diálogo, pautar una hoja de discusión (los temas incluidos abarcan las prioridades de casi todos en la oposición democrática) e iniciar un proceso de incierto destino, pero de necesario recorrido.
La discusión no cesará hasta que se vean los resultados –muchos apuestan a la profecía autocumplida del fracaso–; de lograrse avances para la restitución de la democracia cada quien argumentará que fue gracias a su propuesta: unos presionan absteniéndose, otros participando, según la versión ecuménica. Si los resultados no son rápidos y furiosos, se alegará la falta de asfalto y el pie temeroso en el acelerador para llegar a Miraflores.
Mientras se dilucida el destino de la próxima marcha, la decisión de la MUD de asumir el diálogo ha dado una señal de firmeza en la dirección del proceso de cambio. La política no se traza en una tarima, en base a consignas altisonantes para satisfacer los ánimos exaltados de la primera fila. Es mucho lo que se ha avanzado para entregarlo al azar de un golpe de dados.

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