jueves, 3 de noviembre de 2016

Negociaciones en tiempos de conflicto

VLADIMIRO MUJICA

Bajo cualquier otra circunstancia uno debería limitarse a afirmar que llevar a una proto-dictadura como el gobierno venezolano, dueña de las armas y la violencia, a una mesa de negociaciones con participación internacional es una proeza formidable y un triunfo para las fuerzas democráticas de Venezuela. En nuestro caso, esa afirmación debe complementarse con otra igualmente importante: nuestro pueblo se enfrenta a su peor Némesis, una oligarquía que se nutre como un parásito de nuestras propias contradicciones y carencias y que está dispuesta a arriesgarlo y sacrificarlo todo con tal de mantenerse en el poder. La misma ligereza en la custodia de nuestra democracia que condujo a la fractura del sistema de partidos y al advenimiento del desastre chavista, ahora nos acecha. La oligarquía chavista se nutre de sus aciertos y  su falta de escrúpulos. Pero también de nuestras limitaciones y errores.
Así como es necesario exigirle al liderazgo de la MUD la máxima transparencia en un momento tan delicado para nuestro país, es indispensable exigirnos madurez como pueblo. La insistencia en que lo que hace falta en este momento es un último acto de arrojo, de valor audaz y decidido para salir del funesto gobierno de Maduro, puede ser una peligrosa fantasía. Las armas están de un solo lado en Venezuela y un paso en falso que conduzca a un enfrentamiento o al tantas veces mentado estallido social, puede terminar en una espiral de caos y violencia que hará palidecer el sufrimiento que ahora vive nuestro pueblo frente a lo que puede venir. Nada por supuesto está escrito, pero más que a las puertas de una guerra civil podemos estar a la puerta de una matanza, dado el desequilibrio en la posesión de armas. Es solamente si se divide el chavismo o las fuerzas armadas, o ambos, los dos pilares de sustento del régimen, que la sola presión de calle puede derribar al gobierno.
Pensar que el diálogo y las negociaciones con el gobierno son per se actos de traición es una simpleza cargada de riesgos. La historia del mundo está llena de ejemplos en los cuales enemigos jurados, inclusive enfrentados en crueles guerras de exterminio, se encontraron finalmente en una mesa de negociaciones. Todo lo que pueda hacerse para evitarle el sufrimiento de una colisión fraticida a nuestro pueblo debe intentarse. No hay nada intrínsecamente negativo en dialogar o negociar con el enemigo, sobre todo si éste está en posición de fortaleza de las armas y debilidad en el apoyo popular, como es el caso de Venezuela. El asunto de fondo es que los opositores no le creen al gobierno, asunto de Perogrullo, y tampoco confían en el liderazgo de la MUD. Ahí está el verdadero dilema y por eso la frustración y arrechera que inundan al mundo opositor.  
El punto fuerte de la oposición no ha sido construir un movimiento ciudadano donde participen las organizaciones de la sociedad civil. Un movimiento que tenga la robustez necesaria para soportar cambios tácticos y revisiones de la estrategia. La MUD es en buena medida una alianza electoral que hace milagros por funcionar como una dirección política. Los venezolanos debemos estarle agradecidos al liderazgo de la oposición por haber mantenido la unidad y por llevar a las fuerzas democráticas a una posición de fortaleza, pero eso no significa que deban disminuirse las exigencias de transparencia y consulta que permitan que la gente acompañe este espinoso y complejo camino.
La tentación de confundir el estar en lo correcto con tener la fuerza para imponer lo correcto entraña riesgos enormes. El desastre de la era chavista representa un inmenso retroceso para nuestro país, ha conducido a la ruina a nuestra nación y ha obligado a la separación de las familias y al éxodo de más de un millón de venezolanos. Qué duda cabe de que el daño infligido a nuestro pueblo clama por justicia. Qué duda cabe que los culpables deberían pagar por sus acciones ante la justicia. Eso sería lo correcto y lo justo y tenemos el derecho inalienable a exigirlo. Del mismo modo, estamos obligados a defender nuestra Constitución frente a un gobierno que la ha violentado en su esencia y que pretende confiscar el acto fundamental de la democracia que es el derecho del pueblo a elegir y decidir.
Pero frente a esta inmensa tragedia que exige reparación a los poderes divinos y terrenales, están los hechos duros de la política y el juego del poder. El chavismo no va a contribuir a su caída ni va a ayudar a las fuerzas democráticas. Para quienes hoy gobiernan a Venezuela las palabras ética, deber y el bien del pueblo no significan absolutamente nada. No hay caminos mágicos que nos lleven a salir de esta pesadilla, pero hay errores de mucha monta que pueden agravar nuestra situación, entre ellos uno de los peores apostar a un estallido social que difícilmente puede ser controlado por la oposición y que tiene el potencial para atornillar en el gobierno a los sectores más atrasados y militaristas. La combinación de movilización ciudadana, el cambio en la percepción internacional sobre Venezuela y el mantenimiento de una firme estrategia pacífica y democrática han metido al gobierno en un verdadero callejón. Pareciera que perseverar en esa ruta, aún con todas las contradicciones internas es el camino a seguir. Sin garantías, con riesgos, pero sin permitir que se esparza la desesperanza y el desaliento. Si eso ocurre será nuestra única responsabilidad, no la del gobierno enemigo de su propio pueblo.

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