domingo, 6 de noviembre de 2016

¿SE GANA ALGO NEGOCIANDO?

Luis Vicente  León

Es muy fácil decir a través de los medios de comunicación y las redes sociales, con discursos encendidos, que la salida de Maduro por la fuerza está garantizada; que basta con ser la mayoría para que el pueblo se rebele, vaya a Miraflores y saque al Presidente por las mechas y ponga a un presidente opositor que nos deje a todos felices como las lombrices. Decir todo eso es fácil de decir y popular. Lo difícil es hacerlo.
No es verdad que basta con ser mayoría para sacar a un presidente, bueno o malo, por una vía no electoral. Esa mayoría se tendría que convertir en un ejercito dispuesto a matar o morir. Estar dispuesto a enfrentar a una contraparte que tiene mucho que perder y por eso va a defenderse como sea. Y lo hará controlando los poderes, las instituciones, el dinero, las armas y el poder fáctico.
No estoy diciendo que no sea un escenario posible. Lo que estoy diciendo es que subestimar la fuerza del chavismo para defenderse es un error garrafal.
Sería grave volver a intentar una salida no electoral del Gobierno y tener el mismo resultado, desmotivando más a la gente, pulverizando su deseo de lucha y dividiendo más a la oposición. Eso no es una mejor opción que tener que ceder en algunas cosas y esperar los tiempos propios de una negociación política
Pero supongamos que la oposición tuviera éxito en una estrategia de presión pública y sacara a Maduro del gobierno. Podemos hacernos algunas pregunticas simples. Por ejemplo: ¿quién tomaría el poder? Según nuestra Constitución, sería el Vicepresidente, quien por cierto podría cantar Golpe de Estado e invalidar la necesidad de convocar una elección en treinta días.
También podría darse el escenario de que el sector militar decida tomar el poder para rescatar los equilibrios perdidos. Incluso una combinación de los dos escenarios anteriores o, finalmente, podríamos estar hablando de un Golpe de Estado abierto en el cual un opositor toma el poder: claro, con la suposición previa de que el sector militar se lo permita, como resultado de una negociación que los lleve a garantizar la seguridad de sus miembros, el control militar de los actuales líderes y la seguridad de que no se va a perseguir ni pulverizar al chavismo que controla el resto de las instituciones.
Y si ese último escenario fuera posible, ¿cuál será la acción futura del chavismo, que aún sin el poder tendría más de 20% de la población, dinero, grupos armados y el deseo de desprestigiar cuanto antes al nuevo gobierno? Pensemos en que será un gobierno que tendría la necesidad de aplicar medidas de ajuste impopulares para atender los gravísimos problemas económicos, que mucha gente pensará que se resolverán por arte de magia con un cambio de presidente.
Si la oposición no se hubiera sentado a negociar, el Gobierno la hubiera enfrentado por la vía radical. Y aunque no se puede predecir el resultado, sabemos que quienes marchan pacíficamente no necesariamente lo harían en una convocatoria a luchar contra los grupos antimotines y los fusiles del ejércitos, más los colectivos apostados alrededor de Miraflores.
Nada de esto, sin embargo, invalida la tesis crítica de que la negociación en este momento no va a traer como resultado ni un referendo ni una salida adelantada del Gobierno, entre otras cosas porque aunque se siente la oposición en la mesa, con respaldo internacional y mayoría popular, su poder de negociación está restringido.
Lograr la liberación de presos políticos, recomponer algunas instituciones y garantizar que se convoque, con fecha concreta, a las elecciones de gobernadores y alcaldes (y al menos se respete la presidencial) es algo que parece insólito, porque son derechos constitucionales. ¿Pero acaso no se trata de una negociación con un gobierno que no cumple la Constitución? Entonces, abrir opciones a futuro es un logro invaluable.
Sin negociación no hay opción. Y con negociación, pero sin presión social y unidad, tampoco.

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