domingo, 6 de noviembre de 2016

UNA DICTADURA DIALOGADA

ALBERTO BARRERA TYSZKA

PRODAVINCI


Tenemos derecho a reconocer nuestra confusión. También tenemos derecho a protestarla. Hay que asumirlo y hay que denunciarlo sin vergüenzas, sin penas. En estos días, estar confundido es tan natural como no conseguir arroz o harina pan. Debería formar ya parte de nuestros protocolos de saludos cotidianos: “Epa, ¿cómo anda la vaina?”, preguntas, de pronto, tras encontrarte con tu vecino en las escaleras. Y él responde: “Ahí vamos, tú sabes, la vaina va bien pero confundida”. Te mira y añade: “¿Y tú? ¿Qué más?” Tú contestas: “Aquí, confuso, mi pana, pero pa’ lante”. Quizás eso sería más sincero. Una forma más honesta de desearnos buenos días. Se trata incluso de una difícil certeza sobre lo que está por venir. Ahora lo único que parece más o menos claro en nuestro futuro es que será confuso.
Y tampoco está mal señalar y asumir que, a veces, nuestros líderes políticos son responsables de algunas de estas confusiones. A cuenta de cerrar filas con la unidad y de defendernos del ataque feroz de la casta que controla el Estado y las instituciones, tampoco es saludable establecer complicidades ciegas. El temor a ser percibido como fanático, como radical de tarima o como héroe del Twitter, no debe ser un mecanismo paralizante de la crítica y del debate. Esta semana, Fernando Mires destacaba asertivamente que la base opositora no es una masa, un rebaño que solo espera las instrucciones de su vanguardia. No. Somos una diversidad muy politizada, con demasiados años de experiencia en el deporte extremo de la desesperación. Si éste es el momento de la política, somos una ciudadanía que exige cada vez más y mejor política.
Las imágenes de las mesas de diálogo, primero con Chúo Torrealba y luego, en una instancia aparentemente más formal, con el enviado de El Vaticano, todos en una mesa en semi círculo, presidida por un Nicolás Maduro vestido de blanco, fueron desconcertantes. Nuestros dirigentes de pronto nos miraban y parecían decirnos: “Bueno, coño, tampoco nos tomen tan en serio. Sí, es verdad, esto es una dictadura, pero no es una dictaduuuuura. También es cierto que hablamos de rebelión, pero no tan así, tampoco es que la vaina es una rebelióóóóón. Vamos poco a poco. Con calmita. Déjennos conversar a ver qué pasa”.
Antes, no sintieron la necesidad de explicar nada. No entendieron que, en escenarios tan estrechos y crispados, la comunicación es una responsabilidad política. Tal vez demasiado tarde, El Vaticano terminó siendo el argumento, la justificación. Un milagro instantáneo al que se aferraron todos. Pero, sin duda, de forma demasiado abrupta y sin consulta, saltaron de la trinchera al salón de té. Sin avisar. Sin decir nada. Y por eso es normal que la gente se sienta confundida, políticamente huérfana.
No es algo que afecte únicamente al sector de la oposición. Del otro lado, probablemente, la crisis es peor. ¿Qué clase de liderazgo político tiene el chavismo? La respuesta a esa pregunta tiene, esta semana, variables patéticas. Elías Jaua le ofrece coñazos a un periodista. Tareck El Aissami escribe un tuit hablando de los testículos de Henrique Capriles. Nicolás Maduro estrena un show musical. Las bases que le quedan al chavismo deben estar todavía más confundidas. Sus líderes, tan combatientes tan anti imperialistas, también terminan reuniéndose en secreto con Thomas Shannon. Jamás tuvimos un Gobierno tan cruelmente frívolo en Venezuela. Jamás tuvimos a un presidente capaz de bailar sobre el hambre y la necesidad de la gente. Mientras le entrega a los militares la distribución de las medicinas en la salud pública, Maduro toca bongó en la televisión. Su única política es la banalización de la realidad.
Pero por supuesto que, de entrada, nadie se puede negar a que nuestros líderes se sienten a dialogar, a negociar. Frente a esto, no hay dudas. Cualquier instancia que evite la continuación y el crecimiento de la violencia debe ser agotada. Pero, hay que insistir, el diálogo político en Venezuela pasa por un cambio fundamental en la mentalidad y concepción del oficialismo. Mientras el Gobierno no reconozca la legitimidad de la oposición, ninguna negociación será posible. Un presidente que afirma que sus adversarios políticos no podrán llegar al poder por las buenas, a través de los votos, es un tirano que está absolutamente inhabilitado para dialogar. Lo único que está dispuesto a escuchar Maduro es el sometimiento de los demás.
El 20 de octubre se produjo en el país una crisis y un cambio sentido. Por primera vez, de forma mayoritaria, desde diversos sectores y voces, tanto a nivel nacional como internacional, se definió y se verbalizó al Gobierno como un régimen de fuerza, como un poder no democrático. El diálogo está obligado a permanecer en el 20 de octubre. Al Gobierno le interesa que avance el calendario, pero al país le interesa seguir ahí, en ese día. Se puede hablar y negociar sin perder jamás ese destino: recuperar el orden constitucional y volver a la democracia. Lo otro es seguir aceptando que la confusión es nuestro modo de vida; que ahora, simplemente, estamos en una dictadura dialogada.

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