jueves, 25 de enero de 2018

Voltaire y Rousseau discuten en el siglo XXI

JOSE ANDRES ROJO

EL PAIS

¿Tienen todavía los ilustrados algo que contar en los tiempos que corren? ¿O son ya nada más que unos cadáveres empelucados que siguen pontificando sobre las bondades de la razón? Hace no mucho se ha publicado una breve antología de la Enciclopedia que reúne “las entradas más significativas del magno proyecto que dirigieron Diderot y D’Alembert y que fue uno de los hitos de la Ilustración” (el entrecomillado forma parte del título). La selección la ha realizado Gonzalo Torné, que ha preparado un exquisito menú que hará las delicias de cuantos disfruten del brillo de la inteligencia. “La Enciclopedia fue un símbolo”, escribe Fernando Savater en el prólogo, “el estandarte de una forma de pensar distinta a la tradicional, la leva de la veda para desacreditar los dogmas más acrisolados, el final del respeto”. He ahí la cuestión: ¿hace falta volver a la Ilustración cuando llevamos siglos faltándoles el respeto a los dogmas de la tradición?
Otra cita actual con los enciclopedistas tiene lugar en el teatro. Voltaire/Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, pone en escena algunos profundos desacuerdos que existieron entre dos de las grandes figuras que participaron en aquella “magna obra”. Josep Maria Flotats (V.) y Pere Ponce (R.) están magníficos, y saben llenar de matices un conflicto que sigue vivo. El hilo conductor no es lo más relevante: Rousseau acude al castillo de Ferney, donde vive Voltaire, para intentar averiguar quién es el autor de un libelo anónimo que circula por Ginebra y que lo desacredita gravemente.
No ha pasado un minuto, y ya están enzarzados en la disputa (nunca directa, siempre a dentelladas). Esa disputa que estalla con especial virulencia tras un periodo de crisis y en la que, hoy mismo, seguimos metidos hasta las trancas. Cuando las cosas no van bien es cuando más claramente se definen esas dos maneras antagónicas de lidiar con los asuntos que nos rodean. Voltaire entiende que habrá que arremangarse para combatir los errores, pero reconoce los logros culturales y científicos que la humanidad ha ido conquistando. Rousseau piensa, en cambio, que esa humanidad es buena por naturaleza y que es la sociedad la que la ha corrompido: no hay problemas que arreglar, hay que cambiarlo todo. ¿No les suena? Aquí en España, por ejemplo, hay quienes reconocen que la Constitución de 1978 igual necesita algunos retoques; otros la tienen, al contrario, como la armadura que sostiene ese régimen putrefacto heredado de la Transición.
Tanto Voltaire como Rousseau están llenos de contradicciones, no son de una pieza y, además, los dos son brillantes. El conflicto entre ambos es antiguo. Ya Nietzsche le hablaba a su amigo Heinrich Köselitz, en una carta de 1887, a propósito de los enemigos de aquel canalla, Voltaire: todos esos románticos que bebían de Rousseau (y del resentimiento). Y le decía, citando unos versos del propio Voltaire, que compartía por completo: “Un monstruo alegre es preferible / a un sentimental aburrido”. Pues eso.


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