domingo, 1 de noviembre de 2015

CATÁSTROFE

REVISTA DINERO

El segundo semestre está corriendo y el desastre económico también. Pero con un impulso curioso: va  más rápido que la acelerada inflación –ya con rango de hiper— y el gobierno de Nicolás Maduro no reacciona, no hace nada, está paralizado ante la crisis,  viendo como crece geométricamente la pobreza.  El Presidente y su gabinete –donde no hay, de paso, ningún economista— parecen creer que el rumbo es el correcto y combaten de brazos cruzados, con pura indiferencia,  su fantasma de la “guerra económica”.

Estamos ya en el tobogán de la estanflación:  un enemigo desbocado que aprovecha la absurda anomia oficial y avanza sin obstáculo alguno, como un cáncer social a cuyos síntomas –colas en cada esquina, escasa producción, *bachaqueo *infame, empresas en cesantía, importaciones mínimas, desabastecimiento y carestía galopantes-- el Ejecutivo ignora con una pasmosidad  que asombra. Incluso no quiere enterarse de los números  –ni que nadie se entere— por lo que el Banco Central hace rato no los publica.

Eso sí, cada día, en cadena nacional, la verborrea presidencial amenaza al empresariado y acusa a la “economía criminal” y  a los “pelucones” (curioso calificativo con posible referencia a la aristocracia del siglo XIX). Pero sigue sin oír a nadie, sin demostrar verdadero interés en resolver los problemas y sin temor, tampoco,  a que la grave crisis le estalle en la cara.

Algo insólito, porque para peor sucede en un año electoral de comicios parlamentarios que el Gobierno no puede darse el lujo de perder (y la oposición tampoco, de paso, por lo que también es absurdo que no intervenga más y mejor). Pero la obligación de conducir el país es del Gobierno. Es desde Miraflores que deben partir las acciones para restablecer el equilibrio, sosegar al mercado, aprovisionarlo, crear empleo y resolver la enorme brecha cambiaria que ya marca record Guinness: quizá no hubo nada similar en el mundo, quitando la Alemania de 1923.

En diciembre de 1998, cuando el chavismo ganó el poder, un dólar valía 565 bolìvares.  En febrero de 2003 llegó el control cambiario y en el 2008 la reconversión monetaria dio a luz el Bolívar Fuerte. Al cierre de esta nota hay cuatro tipos de cambio con abismales brechas entre los oficiales –desde 6,30 y 12,70 hasta casi 200 bolívares del “dólar simadi”--  y el mercado negro según el valor de la divisa en la frontera: unos 700 bolívares fuertes (sic), que representan 700.000 bolívares de la época previa a la reconversión, que le quitó tres ceros al bolívar “débil”.

Esta distorsión monumental, inmanejable, se nutre además de otro montón de distorsiones entre las cuales la gasolina de mayor octanaje a 0,97 bolívares el litro (¡Dios!) bate también record Guinness. Haga la cuenta en dólares al cambio que prefiera. Todos los precios resultan ridículos.

Otros desaguisados son la falta de política monetaria y su espejo: la impresión infernal de moneda sin respaldo, que para colmo se manifiesta con el empecinamiento de seguir haciendo billetes de 2; 5 y 10 bolívares. Fabricar cualquiera  de ellos –e incluso los de 100—cuesta por unidad mucho más que su valor facial de compra. Pero el gobierno sigue como si nada, imprimiendo a millón esa monedita.

¿Será tan difícil corregir todo este enredo?  Económicamente no, dicen los que saben. Sólo con dar una progresiva salida al control cambiario, libertades elementales al mercado y sus agentes, seguridad jurídica a los inversionistas y aliento crediticio al devastado sector industrial, se pondría rumbo a una segura senda de bienestar, promoviendo trabajo en vez de la limosna de las misiones y el *bachaqueo*. Y de paso subirían las reservas, hoy caídas pese a los controles y la baja de importaciones por la crisis.

Pero si la inacción prosigue, para desgracia del gobierno se llegará a las elecciones del 6 de diciembre con la contracción económica más grande de la historia de Venezuela (7 por ciento del PIB) sumada a una inflación de superior al 200 por ciento,  dependiendo de quién y cómo la mida.

Humillante para un país petrolero, geográficamente privilegiado, que es además agrícola, ganadero, pesquero, turístico, gasífero, rico en hierro, bauxita, uranio, madera, oro y diamantes; con más agua que ninguno y menos habitantes que los que podría albergar; que fue faro democrático de Latinoamérica cuando casi todos los demás países padecían la bota militar.
Un país de oportunidades, perdido en su laberinto y hundido en un oscuro túnel que, por desgracia, desató además una furiosa crisis  social, política, educativa, moral y ética superior al drama económico. Un país rico, hoy más pobre que nunca, que solo se hace una pregunta al borde delabismo: ¿hasta cuándo?

¿Será capaz usted de responderla, señor Presidente?

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